Leyenda de los Héroes Galácticos, 5: Mobilización

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Capítulo 1. El frío hechizo se desata.

I

En los primeros momentos del año 799 de la era espacial correspondiente al 490 del calendario Imperial, el Duque Reinhard von Lohengramm miraba las incontables constelaciones que bailaban salvajes con un firmamento índigo como escenario.

Los ojos helados del joven conquistador que iba a cumplir 23 el próximo año, lanzaron dardos helados a través del techo de cristal reforzado en una especie de declaración silenciosa: Todas esas estrellas distantes existen solamente para que yo pudiera conquistarlas. Reinhard agitó su lujosa melena dorada, mientras daba la espalda a los comandantes de la marina imperial reunidos en esa gran sala de recepciones. Las campanas que sonaban a través de los altavoces montados en la pared anunciaron la entrada de un nuevo año. Reinhard camino de vuelta a su mesa, alzando una copa de cristal llena de champan. Sus comandantes alzaron las suyas en respuesta, llenando la luz con ondas de luz reflejada.

“¡Prosit!”

“¡Prosit! ¡Por el año nuevo!”

“¡Prosit!¡Por nuestra victoria!”

Uno de los brindis sobresalió del resto;

“¡Prosit! ¡Por el fin de la Alianza de planetas libres!”

Aquel que había pronunciado esas palabras mantenía la vista fija en Reinhard mientras alzaba su copa. Todo en el daba a entender que era orgulloso y arrogante. Reinhard mostró una sonrisa elegante y volvió a levantar su copa ante las nuevas felicitaciones, lo que hizo que las mejillas de aquel que las había pronunciado enrojecieran.

La voz en cuestión pertenecía a Isaak Fernand Thurneisen, un vicealmirante de la marina imperial. Se contaba entre los mas jóvenes de entre las tropas de Reinhard, ya que contaba la misma edad que su señor. En la escuela de cadetes había estado en el mismo cuadro de honor que Reinhard, que había sido delegado de la clase, antes de labrarse un nombre en la Academia Imperial de la fuerza aérea antes de abandonar sus estudios a la mitad para unirse directamente a las líneas del frente, recolectando medallas como comandante de combate y oficial táctico. Contrariamente a los otros compañeros de clase de Reinhard, muchos de los cuales se habían dedicado en cuerpo y mente a la Liga Lippstadt y a la guerra civil que se había desatado en el año 488 del cómputo imperial, logrando así su perdición, había demostrado una gran capacidad de juicio y veracidad al ponerse del lado de Reinhard y a través de sus grandes logros bajo el mando del difunto Karl Gustav Kempf. Tras la guerra. Abandonó el ala de Kempf para servir directamente bajo el mando de Reinhard, evitando por los pelos participar en el destino de Kempf y caer en batalla a manos del Almirante Yang Wen-li. Esto era suficiente para convencer al mismo Thurneisen y a los que lo rodeaban, de que el joven que contaba con el misterioso favor de un angel guardián.

Obligado a satisfacer las expectativas que sobre él habían al contar con tal favor, sobresalía en todas las cosas. Ya fuera en el espacio de batalla o en otro lugar, Thurneisen se esforzaba por ser la estrella más brillante.

Tal celo no era de ninguna manera rechazado por Reinhard, pero le recordaba incluso mas a un hombre que nunca había alardeado de sus habilidades, un hombre ahora muerto. Siegfried Kircheis, ese amigo pelirrojo que había salvado la vida de Reinhard al coste de su propia vida, jamás habría tolerado ese pavoneo.

Más que el esplendor de la lujosa fiesta, ver a todo el mundo vestido de uniforme y preparado para el despliegue en cualquier momento llenaba el corazón de Reinhard de orgullo. Desde luego, algunos de los asistentes marcharían al espacio de batalla tan pronto como la fiesta terminase. Estos eran el alto almirante Wolfgang Mittermeier, comandante de la vanguardia de la fuerza expedicionaria y el comandante de la segunda división, Neidhart Müller.

Müller, de cabello color de la arena; que era el Almirante imperial más joven , cumpliría 29 ese año. Su hombro izquierdo caído era todo lo que tenia para mostrar las muchas heridas que había sufrido durante una carrera militar inusualmente larga para su edad. De cualquier otro modo, se parecía un poco al típico oficial de personal manso que se aferraba apasionadamente a unos ideales de ataque viril y defensa tenaz.

No mucho mayores que él, eran el alto Almirante Mittermeier, conocido como el “Lobo del Vendaval”, y el alto almirante Oskar von Reuentahl, en ese momento ocupado con la captura de la Fortaleza Iserlohn, que en conjunto eran conocidos como los “bastiones gemelos” de la Armada Imperial. Mittermeier tenía el cuerpo pequeño pero bien proporcionado de un gimnasta. Tenía ocho años más que Reinhard y dos años más que Müller; según los estándares de la sociedad, todavía era un novato en la vida. Nada de eso impedía a Mittermeier hablar como un hombre experimentado.

“Es alentador ver tanto entusiasmo en la generación más joven”.

Era el más condecorado de los almirantes que se disponían a pasar por el corredor Phezzan en esta ocasión, con un historial de percances para demostrarlo. Sin embargo, para él, la bravuconería de los almirantes más jóvenes también revelaba un substrato inmaduro.

“Puede que yo también sea joven, pero no tengo ese nivel de energía”.

La voz de Müller sonó con un cinismo impropio. Entre los soldados más jóvenes, la impaciencia era a veces la norma. Las personas más ambiciosas preferían el cambio a la estabilidad, los tiempos difíciles a la paz, sabiendo que acelerarían su ascenso a la cima. Una ilustración viviente de este fenómeno apareció ante los ojos de Mittermeier y Müller.

Ahora que la supremacía del duque Reinhard von Lohengramm estaba a punto de materializarse, las oportunidades de avanzar entre sus hombres se estaban desvaneciendo rápidamente. En todo caso, su visión estrecha, restringida por barreras de pretensión, efectivamente les cerraba la puerta a la fama en la cara. Por lo tanto, incluso cuando colegas y mentores jugaban entre sí como rivales, se estaban convirtiendo en camaradas iguales en la vida y la muerte. Y como Müller aún no había alcanzado el renombre de un Mittermeier o un Reuentahl, continuó siendo franco sobre sus deseos.

“En fin. Imagino que el comandante en jefe de Armada tomará el control de las fuerzas Aliadas”

“¿Quieres decir el Almirante Alexander Bucock?”

“Es un veterano de los de verdad. Incluso si combinásemos nuestras hojas de servicio, junto a la de Reuentahl y Wittenfeld, apenas rascaríamos la superficie de lo que ese anciano ha conseguido. Es un museo militar andante.”

Mittermeier reconocía los méritos cuando era necesario hacerlo. Desde que Müller había conocido a ese camarada dos años mayor que él, había tratado de emular conscientemente sus virtudes, pese a que era consciente de que nunca alcanzaría la destreza expresiva de Mittermeier.

“Estáis teniendo una conversación muy animada”

Los dos almirantes se giraron en dirección de la voz, y se inclinaron ante su joven señor, que estaba de pie con una copa de cristal en la mano.

Tras intercambiar unas pocas palabras, Reinhard le formuló una pregunta al lobo del vendaval.

“No hay nada que pueda decir de un táctico tan inigualable como usted, pero las fuerzas armadas de la Alianza contraatacaran una vez que los hayamos acorralado. Me gustaría saber como planea lidiar con eso.”

El vaso vacío salpicaba con sus refracciones arcoíris a través de los ojos del comandante imperial de más alto rango.

“Si la alianza tiene suficiente potencia de fuego y no le importa sufrir ciertos daños colaterales, es seguro asumir que saldrán a nuestro encuentro para así bloquear la salida del corredor Phezzan. No tendremos otra opción salvo la de hacer lo mismo, lo que nos costaría tiempo y muchas bajas. En cuyo caso, las probabilidades de que nuestras fuerzas de retaguardia alcanzaran Phezzan serían escasas, y sin una base sólida estaríamos en una seria desventaja.”

El análisis de Mittermeier era acertado. La presentación clara. Su audiencia asintió, de acuerdo con él.

“Todo sea dicho, no veo como la Alianza podría tener los recursos para ejecutar una maniobra así esta vez. No pueden permitirse perder ya que dejaría su capital indefensa. Su primera batalla sería la ultima, tendrían que rendirse.

Mittermeier tomo aire y continuo.

“Considerando que no pueden sostener un ataque directo, probablemente nos atraerán a su territorio. Una vez que alcancemos los limites de nuestra movilización, cortarán nuestras lineas de suministro y bloquearan nuestras comunicaciones para entonces aislar a nuestras fuerzas y encargarse de ellas una a una, en una recreación casi exacta de la batalla de Amritzer de hace tres años. Si fueramos a mantener formaciones de batalla largas por nuestra propia vanidad, estaríamos haciendo lo que esperan de nosotros. Pero hay una forma de ganar.”

Mittermeier se detuvo un momento para mirar a Reinhard. La sonrisa de su joven señor era una exquisita mezcla de perspicacia y elegancia en reconocimiento a las habilidades de su subordinado.

“Una serpiente de dos cabezas ¿cierto?”

“Precisamente”

Mittermeier expresó de nuevo admiración por la perspicacia de su señor.

Reinhard movió sus ojos azul hielo.

“¿Qué dice usted, Almirante Müller?”

El almirante mas joven de la marina imperial ejecuto una brusca reverencia.

“Comparto la opinión del Almirante Mittermeier. Aunque me pregunto si la alianza será capaz de mantener sus operaciones militares en orden.”

“Siempre habrá incompetentes de mente estrecha que echen un vistazo al enemigo y equiparen pacifismo con cobardía.” Dijo Reinhard mostrando una sonrisa burlona a un enemigo imaginario.

“Lo que nos da la ventaja. Si podemos conducirlos a una guerra de desgaste sin propósito táctico, la diosa de la victoria estará de nuestra parte.”

“¿Pero donde esta la diversión en eso?” Susurró Reinhard.

Su expresión podría haber parecido arrogante en cualquier otra cara. Pero como un genio que había aniquilado a un enemigo que le doblaba en numero en la región estelar Astarté y había aniquilado (de una forma sin precedentes) a una fuerza de la alianza de treinta millones de soldados, tenía derecho a tener tal actitud. Lo único que Reinhard odiaba mas que un aliado incompetente era un enemigo incompetente.

“Solo puedo esperar que nuestros enemigos actuaran con algún sentido de metido.”

Con esto, Reinhard se despidió de los dos hombres y caminó para unirse a otra charla amistosa. La secretaria privada de Reinhard, Hildegard von Mariendorf, trataba de recuperarse de todo el vino con un poco de zumo de manzana frío. El vicealmirante Thurneisen bajó su copa y se dirigió a Hilda con buen humor, puesto que ella era conocida por su belleza e ingenio.

“Los historiadores del futuro seguro la envidian, fräulein ¿No se unirá a la fiesta y será testigo de como se forja la historia?”

El vicealmirante Thurneisen, con su rostro juvenil rebosante de arrogancia eufórica, miró a Hilda en busca de aprobación. Hilda respondió afirmativamente, pero solo pudo encogerse de hombros por dentro. Nunca había pensado en Thurneisen como un incompetente, pero tampoco pudo reprimir sus recelos ni una sonrisa irónica por el hecho de que él estaba más enamorado de Reinhard de lo necesario. Reinhard era un genio, sin duda, pero los genios no siempre eran los objetos de emulación más apropiados. En todo caso, habría hecho mejor en aspirar a la fiabilidad y tenacidad de un Müller o un Wahlen, pero Thurneisen estaba demasiado deslumbrado por el inimitable resplandor de Reinhard para darse cuenta de ello.

Dos horas después del año nuevo, el alto almirante Wolfgang Mittermeier dejó su copa de vino y, con ritmo en sus pasos, se acercó a su joven señor.

“Bueno, entonces, excelencia, me iré”, dijo, inclinándose.

Reinhard levantó la mano ligeramente.

“Rezaré por su buena suerte en el espacio de batalla. Nos volveremos a encontrar en el planeta Heinessen “.

El lobo del vendaval respondió a la sonrisa intrépida de Reinhard con una de las suyas y se inclinó una vez más, luego se fue, llevando su cuerpo vestido de negro y plata más allá del brillo de los candelabros. Los Almirantes Droisen, Büro, Bayerlein y Sinzer siguieron a su valiente y honorable comandante, saliendo a su vez. A continuación, Neidhart Müller hizo una reverencia antes de despedirse del salón de banquetes con sus propios hombres a cuestas.

Con un tercio de los asistentes fuera, el estruendo de la conversación se calmó como el viento que hace crujir las copas de los árboles. Después de hacer sus rondas con los almirantes más importantes, Reinhard se sentó en un rincón lejano de la habitación y cruzó las piernas.

Por un momento, áridas ráfagas de emoción recorrieron las llanuras de su corazón. A pesar de sentirse animado por la perspectiva de una batalla épica, su interior se descomprimió y la escena reflejada en él comenzó a desvanecerse.

Estaba inquieto: había un vacío insondable en su corazón que no podía explicar ni hacer entender a los demás. Una vez que capture a Phezzan y conquiste la Alianza de Planetas Libres para gobernar el universo entero, pensó, ¿cómo voy a soportar una vida sin enemigos?

Cuando Reinhard nació en este mundo, el fuego de la guerra se había estado librando entre el imperio y la alianza durante 130 años. Equivalían a 1.140.000 horas. Reinhard no había conocido nada más que la guerra. Para él, la paz era solo una fina rebanada de jamón encajada entre el espeso pan de la contienda. Pero después de derribar a sus némesis y unificar el universo, abriendo así el camino hacia una nueva dinastía, perdería a todos y cada uno de los oponentes contra los que pudiera ejercer su intelecto y coraje.

Este joven de cabello dorado, que desde el primer día había vivido para luchar, vencer y conquistar, tuvo que prepararse para el peso de la paz y el tedio. Entonces otra vez …

Reinhard sonrió con ironía. Se estaba adelantando. La victoria aún no le pertenecía. ¿Se interpretaría en su lugar una elegía dolorosa para él? ¿Cuántos hombres ambiciosos habían ganado batalla tras batalla, solo para salir del escenario en el acto final? Pero se negaba a ser como ellos. Tenía toda la intención de pasar el día de hoy sin incidentes mientras volvía su atención hacia el mañana. A partir de ese día, su vida dejaría de ser suya.

A las 4:00 a.m. el grupo se dispersó y la gente partió hacia sus respectivos alojamientos para prepararse para la batalla que se avecinaba. Las naves de la flota del alto almirante Wolfgang Mittermeier ya se estaban lanzando a los oscuros cielos desde el puerto espacial central de Phezzan. La primera misión de lobo del vendaval, ese día de año nuevo era asegurar el otro extremo del corredor Phezzan: La entrada a la Alianza de planetas libres.

final de la alianza del Corredor Phezzan.

II

Relativamente pocos oficiales de lato rango de la alianza de planetas libres levantaban sus copas , como mucho estaban al borde del pánico ante un remolino de nuevas responsabilidades y realmente lo ultimo que querían hacer era la confirmación de la llegada del año nuevo. Los informes de la ocupación de Phezzan por parte de la Marina imperial se mantenían en secreto, pero como una bestia enredada, esa información hizo un agujero a través de su velo de secreto e inundó los medios de comunicación de la alianza. Mientras tanto, los altos ejecutivos del gobierno habían reunido sus pálidos rostros en una sala de conferencias rodeada de gruesos muros. Pero incluso cuando empezaron a hablar de dirigirse al público, en una esquina a menos de un kilómetro de su mesa redonda, los viajeros espaciales que habían regresado de Phezzan estaban transmitiendo los peligros que se avecinaban.

Sin un plan de defensa efectivo a la vista, los niveles de satisfacción se rompieron para desatar una corriente fangosa de histeria colectiva. La dignidad del gobierno de la alianza apenas se salvó por el hecho de que, durante el período de bloqueo informativo, ningún alto funcionario intentó escapar, aunque los rumores insistían en que esto se debía a que no se habían declarado zonas seguras. Por lo tanto, el gobierno de la alianza no consiguió recuperar la confianza de la gente, ni siquiera a nivel moral.

En cambio, y sin ningún otro recurso, los buenos ciudadanos recurrieron a las autoridades gubernamentales para dar salida a sus emociones. Entre abucheos y agravios , llamando a sus representantes “incompetentes” o “ladrones de sueldos”, exigieron acciones decisivas y contramedidas al mismo tiempo.

Mientras tanto, el gobierno de la alianza estaba dirigido por la batuta del “sofista elocuente” conocido como el presidente del Alto Consejo Job Trünicht. Como político, pertenecía a lo que se podría llamar una generación más joven. Poseía una apariencia sobresaliente y una carrera impecable, e incluso era popular entre las votantes femeninas. Su historial en la industria de defensa le había garantizado el acceso a enormes fondos políticos. Incluso el golpe de Estado del Congreso Militar para el Rescate de la República, que de otro modo hubiera destruido su reputación, apenas le dejó un rasguño. La gente esperaba nada menos que una persuasión elocuente en su discurso. Y cuando no pudieron decidir si les estaba mientiendo, se escondió de su “amado pueblo” y emitió una declaración a través del secretario de prensa del gobierno:

“Soy plenamente consciente del peso de mis responsabilidades”.

Habiendo dicho solamente eso y sin verdaderamente clarificar su situación, solamente había hecho más profundos los recelos de su propia gente. Job Trünicht, ahora decían era un demagogo complaciente directo de alguna civilización clásica que huía con el rabo entre las piernas al primer signo de crisis.

El Almirante Yang Wen-li, comandante de la fortaleza Iserlohn, quien despreciaba a Trünicht con cada fibra de su ser tenía un punto de vista diferente. Su impresión de Trünicht era la de un hombre que podía escaparse con éxito de cualquier situación. Sin importar si la estimación de Yang era una sobreestimación o una subestimación, el hecho era que Trünicht había herido las expectativas a corto plazo de su gente. Para empeorar las cosas, aquellos mismos periodistas que una vez habían presentado a Trünicht como el faro de la esperanza en la arena política, y que se habían ganado al publico mediante su alabanza, ahora lo condonaban diciendo “Debemos ser conscientes de que no es solamente la responsabilidad del Presidente del alto consejo, sino una responsabilidad de todo un colectivo.” Así, la prensa había devuelto las criticas de vuelta a sus lectores, que estaban “sólo subrayando el privilegio de su gobierno al negarse a aceptar sus medidas”.

Y también estaba Walter Islands, Presidente del consejo de defensa, que pese a ser poco más que un secuaz de Trünicht anterior a la guerra , no era necesariamente visto como tan poco digno de confianza. Trünicht solamente le había nombrado presidente del consejo de defensa en primer lugar, debido a que alguno de sus predecesores en el gobierno, temiendo una dictadura había prohibido por ley el nombramiento de personal adjunto como miembros o presidentes de Consejo. Pero como los rumores maliciosos habían confirmado, el “inútil” Presidente Islands apenas era nada mas que un punto de contacto entre Trünicht y las autoridades militares. Jamas había compartido un punto de vista independiente o una política diferente a la del gobierno y parecía contento con ser nada mas que un estadista de tercera clase, sacado del remanente de la cinta transportadora que unía a Trünicht con las industrias militares de la Alianza.

Tras la invasión Imperial de Phezzan , sin embargo, su aparentemente minusculo valor había sido grandiosamente rectificado.

Tras manifestar los factores primarios tras su futura mala reputación, Trünicht se enclaustro en un paraíso privado. Tuvo que ser el mismo Walter Islands el que tuvo que disciplinar a sus confusos colegas en una reunión express del gabinete en la que se adoptaron las medidas políticas para tratar de evitar la desintegración del gobierno de la Alianza. En mitad de la cincuentena y ahora sentado como ministro del gabinete por primera vez, parecía haber rejuvenecido diez años pese a la difícil situación en la que se le había puesto. Su postura era completamente erguida, su piel luminiscente y sus pasos ahora tenían un ritmo vigoroso. Lo único que no recupero fue el pelo de la cabeza.

“En lo que respecta a las directrices de batalla, se las dejaremos a los expertos. En este momento, debemos decidir si rendirnos o resistir. En otras palabras, determinar el camino futuro de nuestra nación y lograr que todas las autoridades militares lo sigan. Si evitamos esta responsabilidad ahora, los efectos se filtrarán a cada soldado en la línea del frente, invitando a una caída caótica y un derramamiento de sangre inútil. Significaría el verdadero suicidio de nuestro gobierno democrático”, dijo Islands.

Al ver que ninguno de los presentes expresó interés en rendirse, el presidente del Comité de Defensa cambió de tema.

“¿Deberíamos optar por resistir, debemos luchar contra las fuerzas invasoras hasta que la alianza sea arrasada y todos los ciudadanos hayan perecido? ¿O tomamos las armas como medida práctica hacia el objetivo más amplio de la reconciliación y la paz? Esa es la decisión que enfrentamos actualmente “.

Los otros ministros del gabinete se sentaron en silencio desconcertados, menos por la gravedad de la situación que por el lúcido ataque a sus prejuicios por parte de un presidente del Comité de Defensa que, aunque hasta hace poco era un mero funcionario nominal, había captado la situación con exigente discernimiento y conocimiento, y había ahora presentó ante sus colegas el camino más conveniente hacia la resolución con un discurso digno como arma de persuasión.

La existencia de Islands en paz había sido la de un parásito proveniente del sucio trasero de la administración. Pero cuando se enfrentó a la crisis, su espíritu interior surgió con fuerza, como un fénix democrático de las cenizas de un político clientelar. Después de medio siglo de inactividad, su nombre finalmente quedaría grabado en la tabla de la posteridad.

Si bien era cierto que el comandante en jefe de la Armada Espacial de las Fuerzas Armadas de la Alianza, el almirante de lengua afilada Alexander Bucock, era muy cínico, ese temperamento no tenía ningún efecto en su imparcialidad. El viejo almirante, que ahora pasaba de los setenta, estaba más que dispuesto a cooperar con el presidente del Comité de Defensa, un hombre que creía que estaba haciendo todo lo posible como político y como ser humano en una línea de tiempo comprimida. Donde antes había criticado con vehemencia la lasitud y la temeridad de Islands, ahora vio a un presidente revitalizado mostrando su rostro en el Cuartel General de Comando de la Armada Espacial para criticar abiertamente su propio comportamiento pasado. Bucock estaba medio convencido al principio, pero como el presidente del Comité de Defensa exigió la cooperación de las autoridades militares para decidir los “términos de la reconciliación”, no pudo evitar pensar que Islands finalmente se había recuperado.

“Parece que el ángel de la guarda del presidente del Comité de Defensa ha salido de su retiro”, murmuró el viejo almirante después de que Islands terminase la conferencia y saliera de la sala. “Mejor tarde que nunca.”

El ayudante de Bucock, el teniente comandante Pfeifer, no estuvo del todo de acuerdo con la broma de su superior. Estaba bastante molesto porque Islands no había abierto los ojos a la realidad antes.

“Quizás no debería decir esto, pero a veces me pregunto si las cosas no estarían mejor si el golpe de estado del año pasado del Congreso Militar por el Rescate de la República hubiera tenido éxito. Podría haber sido solo el tiro en el brazo que necesitaban nuestras defensas nacionales “.

“¿Y enfrentar el despotismo del imperio y la dictadura militar de la alianza uno contra el otro en una batalla por la hegemonía universal? ¿Qué esperanza habría en eso? “

El tono del viejo almirante, aunque lejos de ser cínico, era sin embargo ácido. La boina negra en la cabeza del anciano hizo que su cabello pareciera un tono más blanco.

“Si hay algo de lo que estoy orgulloso es de haber sido un soldado del republicanismo democrático. Nunca aprobaría convertir la alianza en un sistema antidemocrático como excusa para oponerse a la dictadura política del imperio. Preferiría que la alianza pereciera como democracia a que sobreviva como dictadura “.

Al ver que había incomodado al teniente comandante, el viejo almirante sonrió con picardía.

“Supongo que suena duro. Pero la verdad del asunto es que, si no puede proteger sus principios fundacionales y las vidas de sus ciudadanos, no hay razón para que una nación continúe existiendo como tal. Si me preguntas, vale la pena luchar por nuestros principios fundamentales, es decir, nuestro gobierno democrático y la vida de sus ciudadanos “.

El Almirante Bucock se marchó para visitar al almirante Dawson, director del Cuartel General Operativo Conjunto y el único hombre de uniforme al que con razón podía llamar su superior. El director era el tipo de funcionario mezquino cuyos deberes habían embotado su cutis y su apetito, pero que, a instancias de Bucock, había restaurado su cuartel general para que funcionara antes de una batalla defensiva precisa.

Los altos mandos de la alianza habían consolidado sus fuerzas militares. Junto con la Primera Flota bajo el mando del Almirante Paetta, desde el año anterior se habían reunido apresuradamente unas cuantas flotas más pequeñas, que consistían principalmente en divisiones de infantería pesada seleccionadas de patrullas interestelares y guardias de todos los sistemas estelares, por un magro total de treinta y cinco mil buques. También se incluyeron en ese número los buques no probados y obsoletos que estaban programados para su desmantelamiento, que se utilizarían para comunicaciones y distracciones. Bucock dividió veinte mil naves no afiliadas a la Primera Flota, entre la Decimocuarta y la Decimoquinta. Lionel Morton fue asignado a la decimocuarta flota, Ralph Carlsen a la decimoquinta. Tras ser interrogados en el Cuartel General de Operaciones Conjuntas, ambos pasaron de la retaguardia al rango de vicealmirante, aunque con el sacrificio de tener que librar una batalla con tropas desordenadas, sin experiencia y con recursos inadecuados contra una Armada Imperial infinitamente más fuerte.

Bucock, junto con tres comandantes de flota y el jefe de personal general de la armada espacial, redactaron planes para contraatacar a las fuerzas imperiales. El vicealmirante Haussmann, jefe de personal, sufrió un colapso debido a un aneurisma cerebral y fue trasladado a un hospital militar. El desafortunado jefe de personal general fue relevado de su cargo cuando aún estaba en su lecho de enfermo, y el vicejefe de personal Chung Wu-cheng, un hombre de unos treinta años acostumbrado solo al papeleo, entró en la sala de conferencias a lo largo de la alfombra de su inesperado ascenso. Solo tres semanas antes, había estado impartiendo un curso de posgrado en estrategia en la Academia de Oficiales de la alianza, una joven estrella entre un equipo de profesores ya dotados, pero los más experimentados en asuntos militares empezaron a llamarlo panadero de segunda generación. . Hace dos años, durante el Golpe de Estado del Congreso Militar de Rescate de la República, logró reunirse con Bucock, quien se encontraba bajo arresto domiciliario por ser cómplice de la vigilancia del congreso. Y ahora, agarrando una gastada bolsa de papel bajo el brazo de su ropa de civil, miró con curiosidad a su alrededor como un idiota de campo.

Chung Wu-cheng hizo una reverencia a sus superiores desde su importante asiento del consejo y murmuró un saludo. Un sándwich de jamón a medio comer se asomaba por el bolsillo del pecho de su uniforme militar. Incluso el tenaz vicealmirante Carlsen se sorprendió. No obstante, el recién nombrado jefe de personal sonrió con aire de compostura.

“¿Oh esto? No se preocupe. Incluso el pan duro sabe bien cuando lo cocinas un poco al vapor “.

Carlsen pensó que estaba completamente fuera de lugar, pero no vio ninguna utilidad en dejarlo claro. Se volvió hacia Bucock.

Su conclusión fue al grano. Enfrentarse de frente a las fuerzas invasoras al final del Corredor Phezzan no era lo ideal. Su única opción era esperar a que el enemigo agotara su movilidad y líneas de suministro, y luego forzar la retirada alterando sus sistemas de mando, comunicaciones y suministros. Por el momento, la alianza no tenía suficientes fuerzas militares para desplegar en el corredor de Phezzan.

“¿Y si llamamos al almirante Yang Wen-li de regreso de la fortaleza de Iserlohn?” propuso el recién nombrado jefe de personal, Chung Wu-cheng, con el sándwich a medio comer aún sobresaliendo del bolsillo del pecho.

Los demás se sorprendieron por la desconexión entre la seriedad de lo que acababa de proponer y la forma pausada en que lo había propuesto. Bucock enarcó las cejas blancas a modo de exigir una explicación.

“El ingenio del almirante Yang y la fuerza de su flota son extremadamente valiosos para nuestras fuerzas, pero si lo dejamos en Iserlohn como está, sería como poner pan recién horneado en el refrigerador”.

Al hacer uso de este símil, el nuevo jefe de personal confirmó su condición de “panadero de segunda generación”.

“Una vez que la Fortaleza Iserlohn esté rodeada por fuerzas militares a ambos lados del corredor”, concluyó, “puede estar seguro de que su valor estratégico se disparará. Pero si ambos extremos están igualmente cerrados por nuestro enemigo, Iserlohn estará prácticamente aislada. Incluso si el imperio no captura la fortaleza inexpugnable mediante un derramamiento de sangre, habrá logrado dejarla impotente sin disparar un solo tiro. Al ver que las fuerzas imperiales ya han atravesado el corredor de Phezzan, no tendría sentido desperdiciar más recursos para proteger Iserlohn “.

“Puede que tenga razón, pero el almirante Yang se está enfrentando actualmente con una fuerza separada de la Armada Imperial. No es como si pudiéramos sacarlo de allí “.

A Chung Wu-cheng no le conmovió la meticulosa observación de Paetta.

“El almirante Yang pensará algo. Sin él, estaríamos en una gran desventaja desde un punto de vista puramente militar “.

Era una opinión demasiado franca, pero no una que pudieran refutar. Para las Fuerzas Armadas de la Alianza, el nombre de Yang Wen-li se estaba convirtiendo en sinónimo de victoria. Paetta, una vez superior de Yang, había sido rescatado de una condena segura por Yang en la Batalla de Astarte.

“Incluso si hiciéramos una propuesta de paz, la Armada Imperial exigiría el control de la Fortaleza de Iserlohn como parte de esas condiciones. En cuyo caso, ninguna cantidad de ingenio por parte de Yang haría ningún bien a la alianza. Con suficiente fuerza y ​​tiempo en nuestras manos, tal vez sería de otra manera, pero tal como están las cosas, deberíamos hacer que él haga el trabajo sucio por nosotros “.

“Quieres decir que ordenamos a Yang que abandone Iserlohn”.

“No, Excelencia Comandante en Jefe, no hay necesidad de nada tan específico. Será suficiente para asegurarle a Yang que el Comando de la Armada Espacial asumirá toda la responsabilidad y que debe proceder como mejor le parezca. Supongo que no le gustará quedarse para proteger la fortaleza de Iserlohn “.

Concluyendo así su audaz propuesta, Chung Wu-cheng sacó tranquilamente el sándwich a medio comer de su bolsillo y reanudó su almuerzo interrumpido.

III

Los que sufrieron la mayor censura sobre Heinessen fueron un grupo de refugiados que una vez se jactó de haber formado el “gobierno galáctico imperial legítimo” ni siquiera medio año antes.

Teniendo en su poder al Kaiser Erwin Josef II, que había “escapado” de la capital imperial de Odin, y tomando prestado el poder militar de la Alianza de Planetas Libres, derrocarían la dictadura militar de Reinhard von Lohengramm. De acuerdo con su pacto con la alianza, un cambio hacia un sistema constitucional era inevitable, pero bajo ese sistema se restauraría la soberanía y los privilegios de la antigua nobleza, y aquellos que no hubieran podido evitar la deserción se recuperarían muchas veces de todas esas cosas. había perdido. El lienzo de su autodeterminación se estaba haciendo trizas ante sus propios ojos.

Esos incompetentes ya no intentarán pintar una imagen dulce de la realidad disolviendo sus pinturas en agua azucarada.

Tales eran los pensamientos de Bernhard von Schneider, a quien el llamado gobierno legítimo había otorgado el rango de comandante. Siendo el espécimen inteligente que era, Schneider no tenía ni una pizca de ilusión sobre el castillo en el cielo de los nobles exiliados, construido completamente sobre ilusiones. Aunque se sentía lejos de la desesperanza, tampoco podía actuar como si estuviera viendo esta farsa desde un alto punto de vista. El objeto de su lealtad, Wilibald Joachim von Merkatz, había sido tratado como un “almirante invitado” desde que desertó del imperio , pero como secretario de defensa del legítimo gobierno galáctico imperial estaba organizando a regañadientes un nuevo regimiento. Incluso mientras trabajaba incansablemente como ayudante de Merkatz, Schneider pensaba mucho en el futuro.

Si la Armada Imperial invadía a través del Corredor Phezzan, las posibilidades de una victoria de la alianza eran escasas. Incluso con el ingenio incomparable de Yang Wen-li de su lado, las escalas estaban equilibradas en el mejor de los casos. De la forma en que Schneider lo veía, el peor de los casos era más que probable.

Lo máximo que podía esperar la alianza era el alto el fuego y la reconciliación. Como parte de esa reconciliación, los altos mandos del “gobierno legítimo” deberían ser castigados. La paz sería solo una medida temporal. Si alguna vez iba a reconstruir sus fuerzas, la alianza necesitaba enfrentar su egoísmo nacional, lo que significaba que el “gobierno legítimo” se convertiría en su chivo expiatorio. Y el Kaiser de siete años, Erwin Josef, estaba montando ese chivo directamente al campo de ejecución.

A Schneider le dolía pensar en ese desafortunado niño. El niño Kaiser, cuya propia voluntad había sido ignorada en todo esto, que había sido explotado como apoyo para la política y las ambiciones de los adultos, era digno de simpatía. Pero Schneider ya no podía permitirse el lujo de considerar el futuro del Kaiser. Tuvo que poner todos sus esfuerzos en proteger a Merkatz del ciclón político que estaba a punto de golpearlos. Además, como iba en contra de la conciencia de Merkatz proteger su propia seguridad a expensas de los demás, Schneider tuvo que mostrar su preocupación por Merkatz mientras fingía distanciamiento emocional. La expresión de Schneider se profundizó en intensidad y astucia. El joven soldado se miró en el espejo, recordando una época en la capital imperial de Odín cuando las damas de la corte lo conocían como dulce y guapo. Como un hombre en bancarrota que anhela sus extravagancias anteriores, se hervía en su propio desaliento.

Sin embargo, Schneider tenía una responsabilidad voluntaria y una perspectiva del futuro, mientras que la mayoría de la gente ni siquiera podía comprender lo que se suponía que debían hacer para salir adelante hoy, y mucho menos mañana. Pero el primer ministro interino del gobierno legítimo, el conde Jochem von Remscheid, se había desequilibrado por completo cuando la situación superó sus expectativas, y uno solo podía imaginar cuántos días había pasado tratando de restablecer su equilibrio. Los nobles exiliados, carentes de opiniones fijas y que, bajo la influencia del conde Remscheid, habían estado durmiendo en un jardín del optimismo, habían perdido su razón de ser como objetos del escrutinio burlón de Schneider.

Desde que se fugase de Odín con Erwin Josef II, el conde Alfred von Lansberg había sido empleado como subsecretario militar del gobierno legítimo. Su lealtad al niño Kaiser y la dinastía Goldenbaum eran inquebrantables, pero como hombre poético no solo de corazón sino también de mente, le dolía no haber ideado ningún plan concreto para salvaguardar a la familia real. El ex capitán Leopold Schumacher, que había sido incitado a su infiltración en la capital, tenía un sentimiento no pequeño hacia la traición de la tradición de la familia imperial. No tener noticias acerca del bienestar de sus subordinados en Phezzan también lo inquietaba bastante. Ambos hombres se sentían impotentes, y todo lo que podían hacer era evitar que sus emociones se precipitaran al abismo.

La primera reunión del gabinete del gobierno legítimo del año nuevo se convocó apresuradamente, pero de los siete ministros del gabinete, no estuvieron presentes ni el secretario de Finanzas, el vizconde Schaezler ni el secretario de justicia, el vizconde Herder. Entre los cinco que estaban, el secretario de la casa imperial, el barón Hosinger, echaba humo como un dragón que guarda su tesoro alcohólico. La botella de whisky que tenía en la mano se había abierto camino silenciosamente alrededor de la mesa de conferencias. Incluso el secretario de Defensa, el almirante Merkatz, guardaba un profundo silencio. Esto dejó el debate sobre el futuro del gobierno en el exilio en manos de tres hombres: el primer ministro y secretario de Estado, el conde Remscheid, el secretario del interior, el barón Radbruch, y el secretario en jefe del gabinete, barón Carnap. Como la incubación de un huevo no fertilizado, el debate fue un esfuerzo serio pero inútil y fue interrumpido por la risa histérica del secretario de la casa imperial. Acribillado por las miradas de ira y reproche, Hosinger tornó su rostro de color negro azulado en una exhibición ostentosa.

“¿Qué tal decir la verdad, mi noble y leal caballero? No le preocupa en absoluto el destino de la dinastía Goldenbaum. Solo se preocupas por su propia seguridad, tú que desafiaste descuidadamente al duque Lohengramm. Y cuando ese mocoso dorado pise nuestro suelo como vencedor, ¿dónde se esconderá entonces?”

“Barón Hosinger, ¿está seguro de que quiere ensuciar su nombre en un ataque de embriaguez?”

“No tengo un nombre que ensuciar, Su Excelencia Primer Ministro. A diferencia de usted.”

Su risa era repugnante y su aliento apestaba a alcohol.

“Puedo gritar desde los tejados cosas que nunca dirían por miedo a arruinar vuestra preciosa reputación. Entregar Su Majestad el joven Kaiser al duque Lohengramm, por ejemplo, para ganarnos su favor “.

Esperó con gran expectación las reacciones de sus colegas, cuyo orgullo había herido con una espada inmaterial. Incluso Merkatz se quedó momentáneamente sin palabras y miró horrorizado al secretario de la casa imperial. El secretario del Interior Radbruch pateó su silla mientras se ponía de pie de un salto.

¡Borracho sinvergüenza! ¿Cuándo perdiste tu integridad como noble imperial? Te olvidas de las innumerables gracias y honores que el imperio te ha dado y piensas solo en tu propia seguridad, tú … “

Incapaz de pronunciar un insulto apropiado, Radbruch se quedó sin aliento y miró a Hosinger con el ceño fruncido. Escudriñó la mesa redonda en busca de apoyo, pero ni siquiera el secretario de Estado, el conde Remscheid, hizo ningún esfuerzo por desenredar la zarza de este tenso silencio, aunque solo fuera porque comprendió que el verdadero oponente de Radbruch no era Hosinger, sino el monstruo del egoísmo que se alzaba su fea cabeza de debajo de su propia conciencia vergonzosa.

Este enfrentamiento no fue poca cosa. Aparte de Merkatz, su participación en el gobierno en el exilio fue de hecho el resultado del interés propio, y cuando ese interés propio les fallara, otro inevitablemente ocuparía su lugar en los escenarios de sus corazones. La idea de entregar al niño Kaiser al duque Reinhard von Lohengramm para salvar sus propios pellejos, aunque era un tentador salto de intuición, era suficiente para sumergirlos en un autodesprecio tan profundo que el alcohol era su única defensa contra eso.

Para complicar aún más el estado de ánimo de los líderes del gobierno en el exilio, estaba el hecho de que al objeto de su lealtad, el niño Kaiser Erwin Josef, no podía importarle menos su simpatía.

Sin haber aprendido nunca a reprimir su ego, y sin darse cuenta de que lo expresaba solo con arremetidas, este niño de siete años emocionalmente inestable, a los ojos de sus súbditos cansados, también era una manifestación de sus demonios más íntimos. Su lealtad no era más que narcisismo reflejado en el espejo de feria que era Erwin Josef. Naturalmente, sin embargo, nada de esto era responsabilidad de un niño de siete años que había sido arrebatado de su trono involuntariamente tan rápido como lo había asumido. De los adultos que lo admiraban y respetaban con afecto formulaico, ninguno había asumido jamás la responsabilidad del desarrollo de su carácter.

Erwin Josef ya no era apto para ser llamado Kaiser. A más de diez mil años luz de distancia, en la capital imperial de Odín, ya se estaba produciendo un cambio en el amo del trono. Después de la partida de Erwin Josef, en el trono de oro y jade habían sentado a una niña cuyos dientes aún no habían salido: “Kaiserinne” Katharin Kätchen I. Era la soberana más joven en la historia del Imperio Galáctico y también sería la última gobernante de la Dinastía Goldenbaum fundada por Rudolf el Grande cinco siglos atrás. Erwin Josef ya figuraba en el registro público como un “Kaiser destronado”.

Cuando el flujo político-militar de acontecimientos entre el imperio despótico de Lohengramm y la Alianza de Planetas Libres pasó de una corriente rápida a una cascada furiosa, el estado de ánimo de los nobles exiliados se vio inevitablemente alterado. El interés propio reinaba rampante, lo suficiente, como Hosinger había comentado tan descuidadamente, como para cegarlos al hecho de que podían entregar al ” Kaiser destronado” a su acérrimo enemigo Lohengramm para protegerse. Por más que intentaran negarlo, superarían su vergüenza y entregarían al Kaiser a manos enemigas, y sin garantía de que el duque Lohengramm los perdonara. En todo caso, era probable que los persiguiera y castigara severamente por su traición y juego sucio.

Huir de las fuerzas invasoras con la creencia de que algún día la dinastía Goldenbaum sería restaurada significaba una existencia errante y a la fuga. Aunque romántica en teoría, en la práctica una vida así no sería nada fácil. Sin la protección política de la Alianza o la influencia económica y la capacidad organizativa de Phezzan, además de carecer incluso de un poder militar incipiente, era poco probable que pudieran sobrevivir mientras estaban a la fuga en territorio enemigo. Por mucho que estos nobles pudieran haber carecido de previsión, no podrían haber sido tan inconscientes.

Al final, no había salida a la vista. Remscheid, consciente de que no tenía sentido, sintió lástima por Hosinger y levantó la sesión, habiendo llegado al límite de su fatiga.

Al día siguiente se celebró otra asamblea seria pero improductiva de nobles exiliados. Pero Jochen von Remscheid, que lo presidía, se encontró con cinco asientos vacíos y el secretario de Defensa Merkatz sentado solo en silencio. Remscheid se había quedado solo y desamparado.

IV

En medio de una agitación pasiva, la gente temía lo que pudiera ser de ellos. Incluso si estaban demasiado orgullosos para resignarse a la victimización unilateral, los eventos a nivel macro abrumaban su fuerza de voluntad y discreción a nivel micro. Era como correr en la dirección opuesta por la cubierta de un barco: no importa cuan rápido corrieras, nunca podrías llegar a tierra.

Boris Konev sentía ese desamparo en sus venas. Desde que fue destinado a la oficina del alto comisionado de Phezzan en Heinessen, había estado trabajando como secretario. A pesar de no tener ningún deseo de ser un funcionario del gobierno, había asumido el cargo por orden del funcionario administrativo más alto de Phezzan, el terrateniente Adrian Rubinsky. Boris Konev era un comerciante independiente cuya tendencia a seguir sus propias convicciones era fuerte incluso para un phezzaní. Su padre y el padre de su padre habían navegado en naves mercantes por todo el universo, venciendo poderes políticos y militares y viviendo sus vidas basándose únicamente en su propia voluntad e ingenio. Era una tradición familiar que Boris todavía esperaba continuar, por lo que estar atrapado en la rutina del servicio gubernamental era suficiente para herir su amor propio.

No pasó un solo día en el que no pensara en estampar su carta de renuncia en la mesa y volver a convertirse en un ciudadano común, renunciando a rango y título. Ahora que su lugar de nacimiento de Phezzan estaba ocupado por la Armada Imperial y el terrateniente Rubinsky se había ido de incógnito, tenía la intención de abandonar su puesto e ir de incógnito él mismo. Y, sin embargo, se quedó quieto. Por irracional que fuera, estaba por debajo de él abandonar un barco que se hundía.

Temía por su nave mercante, la Beryozka, que había dejado en casa junto con una tripulación de veinte hombres. Pero las comunicaciones con Phezzan estaban, así como las rutas que podrían haberlo llevado allí, bajo estricta suspensión de la alianza, lo que hacía que el regreso fuera casi imposible. Algo dramático, como la retirada de la Armada Imperial de Phezzan o la derrota de las Fuerzas Armadas de la Alianza, tendría que ocurrir antes de que pudiera pensar en reunirse con su amada nave y tripulación. A los ojos de Boris, la última posibilidad era mucho más probable. Rezó a un dios en el que no creía solo por eso, manteniendo las apariencias en la oficina del comisionado, donde su trabajo ya se había reducido a nada.

Ese año, 799 de la era espacial, 490 del calendario imperial , pasaría a la historia como la marcha más larga de la Armada Imperial Galáctica. A finales del año anterior, después de ocupar Phezzan como base de retaguardia, el imperio había puesto bajo su control a todos los mundos habitados del Corredor Phezzan. Al comprender la relevancia del gobierno, El orden en Phezzan se mantuvo estable por el momento. Pero si la ocupación imperial se prolongaba a expensas de sus recursos materiales, los Phezzanis, independientes por naturaleza, se cansarían rápidamente de su servidumbre impuesta.

Por ahora, el deber y las preocupaciones de Wolfgang Mittermeier no estaban detrás sino por delante de él. Tres días después de colocar a su valiente vicealmirante Bayerlein a la vanguardia con la esperanza de detectar actividad de la alianza, recibió noticias de Bayerlein.

“No hay señales del enemigo al final del corredor de Phezzan”.

Al recibir este informe, Mittermeier miró con recelo a su jefe de personal, el vicealmirante Dickel.

“Bueno, nos han dejado entrar al vestíbulo. Ahora la pregunta es si llegaremos al comedor. E incluso entonces, cuando me siente a la mesa, la comida que me traigan puede estar envenenada “.

El 8 de enero de SE 799, la Primera Flota Imperial atravesó el Corredor Phezzan como invitados imprevistos de la alianza, navegando hacia un océano gigante de estrellas fijas y planetas que nunca antes habían visto.

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