Leyenda de los Héroes Galácticos, 5: Mobilización

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Capítulo 1. El frío hechizo se desata.

I

En los primeros momentos del año 799 de la era espacial correspondiente al 490 del calendario Imperial, el Duque Reinhard von Lohengramm miraba las incontables constelaciones que bailaban salvajes con un firmamento índigo como escenario.

Los ojos helados del joven conquistador que iba a cumplir 23 el próximo año, lanzaron dardos helados a través del techo de cristal reforzado en una especie de declaración silenciosa: Todas esas estrellas distantes existen solamente para que yo pudiera conquistarlas. Reinhard agitó su lujosa melena dorada, mientras daba la espalda a los comandantes de la marina imperial reunidos en esa gran sala de recepciones. Las campanas que sonaban a través de los altavoces montados en la pared anunciaron la entrada de un nuevo año. Reinhard camino de vuelta a su mesa, alzando una copa de cristal llena de champan. Sus comandantes alzaron las suyas en respuesta, llenando la luz con ondas de luz reflejada.

“¡Prosit!”

“¡Prosit! ¡Por el año nuevo!”

“¡Prosit!¡Por nuestra victoria!”

Uno de los brindis sobresalió del resto;

“¡Prosit! ¡Por el fin de la Alianza de planetas libres!”

Aquel que había pronunciado esas palabras mantenía la vista fija en Reinhard mientras alzaba su copa. Todo en el daba a entender que era orgulloso y arrogante. Reinhard mostró una sonrisa elegante y volvió a levantar su copa ante las nuevas felicitaciones, lo que hizo que las mejillas de aquel que las había pronunciado enrojecieran.

La voz en cuestión pertenecía a Isaak Fernand Thurneisen, un vicealmirante de la marina imperial. Se contaba entre los mas jóvenes de entre las tropas de Reinhard, ya que contaba la misma edad que su señor. En la escuela de cadetes había estado en el mismo cuadro de honor que Reinhard, que había sido delegado de la clase, antes de labrarse un nombre en la Academia Imperial de la fuerza aérea antes de abandonar sus estudios a la mitad para unirse directamente a las líneas del frente, recolectando medallas como comandante de combate y oficial táctico. Contrariamente a los otros compañeros de clase de Reinhard, muchos de los cuales se habían dedicado en cuerpo y mente a la Liga Lippstadt y a la guerra civil que se había desatado en el año 488 del cómputo imperial, logrando así su perdición, había demostrado una gran capacidad de juicio y veracidad al ponerse del lado de Reinhard y a través de sus grandes logros bajo el mando del difunto Karl Gustav Kempf. Tras la guerra. Abandonó el ala de Kempf para servir directamente bajo el mando de Reinhard, evitando por los pelos participar en el destino de Kempf y caer en batalla a manos del Almirante Yang Wen-li. Esto era suficiente para convencer al mismo Thurneisen y a los que lo rodeaban, de que el joven que contaba con el misterioso favor de un angel guardián.

Obligado a satisfacer las expectativas que sobre él habían al contar con tal favor, sobresalía en todas las cosas. Ya fuera en el espacio de batalla o en otro lugar, Thurneisen se esforzaba por ser la estrella más brillante.

Tal celo no era de ninguna manera rechazado por Reinhard, pero le recordaba incluso mas a un hombre que nunca había alardeado de sus habilidades, un hombre ahora muerto. Siegfried Kircheis, ese amigo pelirrojo que había salvado la vida de Reinhard al coste de su propia vida, jamás habría tolerado ese pavoneo.

Más que el esplendor de la lujosa fiesta, ver a todo el mundo vestido de uniforme y preparado para el despliegue en cualquier momento llenaba el corazón de Reinhard de orgullo. Desde luego, algunos de los asistentes marcharían al espacio de batalla tan pronto como la fiesta terminase. Estos eran el alto almirante Wolfgang Mittermeier, comandante de la vanguardia de la fuerza expedicionaria y el comandante de la segunda división, Neidhart Müller.

Müller, de cabello color de la arena; que era el Almirante imperial más joven , cumpliría 29 ese año. Su hombro izquierdo caído era todo lo que tenia para mostrar las muchas heridas que había sufrido durante una carrera militar inusualmente larga para su edad. De cualquier otro modo, se parecía un poco al típico oficial de personal manso que se aferraba apasionadamente a unos ideales de ataque viril y defensa tenaz.

No mucho mayores que él, eran el alto Almirante Mittermeier, conocido como el “Lobo del Vendaval”, y el alto almirante Oskar von Reuentahl, en ese momento ocupado con la captura de la Fortaleza Iserlohn, que en conjunto eran conocidos como los “bastiones gemelos” de la Armada Imperial. Mittermeier tenía el cuerpo pequeño pero bien proporcionado de un gimnasta. Tenía ocho años más que Reinhard y dos años más que Müller; según los estándares de la sociedad, todavía era un novato en la vida. Nada de eso impedía a Mittermeier hablar como un hombre experimentado.

“Es alentador ver tanto entusiasmo en la generación más joven”.

Era el más condecorado de los almirantes que se disponían a pasar por el corredor Phezzan en esta ocasión, con un historial de percances para demostrarlo. Sin embargo, para él, la bravuconería de los almirantes más jóvenes también revelaba un substrato inmaduro.

“Puede que yo también sea joven, pero no tengo ese nivel de energía”.

La voz de Müller sonó con un cinismo impropio. Entre los soldados más jóvenes, la impaciencia era a veces la norma. Las personas más ambiciosas preferían el cambio a la estabilidad, los tiempos difíciles a la paz, sabiendo que acelerarían su ascenso a la cima. Una ilustración viviente de este fenómeno apareció ante los ojos de Mittermeier y Müller.

Ahora que la supremacía del duque Reinhard von Lohengramm estaba a punto de materializarse, las oportunidades de avanzar entre sus hombres se estaban desvaneciendo rápidamente. En todo caso, su visión estrecha, restringida por barreras de pretensión, efectivamente les cerraba la puerta a la fama en la cara. Por lo tanto, incluso cuando colegas y mentores jugaban entre sí como rivales, se estaban convirtiendo en camaradas iguales en la vida y la muerte. Y como Müller aún no había alcanzado el renombre de un Mittermeier o un Reuentahl, continuó siendo franco sobre sus deseos.

“En fin. Imagino que el comandante en jefe de Armada tomará el control de las fuerzas Aliadas”

“¿Quieres decir el Almirante Alexander Bucock?”

“Es un veterano de los de verdad. Incluso si combinásemos nuestras hojas de servicio, junto a la de Reuentahl y Wittenfeld, apenas rascaríamos la superficie de lo que ese anciano ha conseguido. Es un museo militar andante.”

Mittermeier reconocía los méritos cuando era necesario hacerlo. Desde que Müller había conocido a ese camarada dos años mayor que él, había tratado de emular conscientemente sus virtudes, pese a que era consciente de que nunca alcanzaría la destreza expresiva de Mittermeier.

“Estáis teniendo una conversación muy animada”

Los dos almirantes se giraron en dirección de la voz, y se inclinaron ante su joven señor, que estaba de pie con una copa de cristal en la mano.

Tras intercambiar unas pocas palabras, Reinhard le formuló una pregunta al lobo del vendaval.

“No hay nada que pueda decir de un táctico tan inigualable como usted, pero las fuerzas armadas de la Alianza contraatacaran una vez que los hayamos acorralado. Me gustaría saber como planea lidiar con eso.”

El vaso vacío salpicaba con sus refracciones arcoíris a través de los ojos del comandante imperial de más alto rango.

“Si la alianza tiene suficiente potencia de fuego y no le importa sufrir ciertos daños colaterales, es seguro asumir que saldrán a nuestro encuentro para así bloquear la salida del corredor Phezzan. No tendremos otra opción salvo la de hacer lo mismo, lo que nos costaría tiempo y muchas bajas. En cuyo caso, las probabilidades de que nuestras fuerzas de retaguardia alcanzaran Phezzan serían escasas, y sin una base sólida estaríamos en una seria desventaja.”

El análisis de Mittermeier era acertado. La presentación clara. Su audiencia asintió, de acuerdo con él.

“Todo sea dicho, no veo como la Alianza podría tener los recursos para ejecutar una maniobra así esta vez. No pueden permitirse perder ya que dejaría su capital indefensa. Su primera batalla sería la ultima, tendrían que rendirse.

Mittermeier tomo aire y continuo.

“Considerando que no pueden sostener un ataque directo, probablemente nos atraerán a su territorio. Una vez que alcancemos los limites de nuestra movilización, cortarán nuestras lineas de suministro y bloquearan nuestras comunicaciones para entonces aislar a nuestras fuerzas y encargarse de ellas una a una, en una recreación casi exacta de la batalla de Amritzer de hace tres años. Si fueramos a mantener formaciones de batalla largas por nuestra propia vanidad, estaríamos haciendo lo que esperan de nosotros. Pero hay una forma de ganar.”

Mittermeier se detuvo un momento para mirar a Reinhard. La sonrisa de su joven señor era una exquisita mezcla de perspicacia y elegancia en reconocimiento a las habilidades de su subordinado.

“Una serpiente de dos cabezas ¿cierto?”

“Precisamente”

Mittermeier expresó de nuevo admiración por la perspicacia de su señor.

Reinhard movió sus ojos azul hielo.

“¿Qué dice usted, Almirante Müller?”

El almirante mas joven de la marina imperial ejecuto una brusca reverencia.

“Comparto la opinión del Almirante Mittermeier. Aunque me pregunto si la alianza será capaz de mantener sus operaciones militares en orden.”

“Siempre habrá incompetentes de mente estrecha que echen un vistazo al enemigo y equiparen pacifismo con cobardía.” Dijo Reinhard mostrando una sonrisa burlona a un enemigo imaginario.

“Lo que nos da la ventaja. Si podemos conducirlos a una guerra de desgaste sin propósito táctico, la diosa de la victoria estará de nuestra parte.”

“¿Pero donde esta la diversión en eso?” Susurró Reinhard.

Su expresión podría haber parecido arrogante en cualquier otra cara. Pero como un genio que había aniquilado a un enemigo que le doblaba en numero en la región estelar Astarté y había aniquilado (de una forma sin precedentes) a una fuerza de la alianza de treinta millones de soldados, tenía derecho a tener tal actitud. Lo único que Reinhard odiaba mas que un aliado incompetente era un enemigo incompetente.

“Solo puedo esperar que nuestros enemigos actuaran con algún sentido de metido.”

Con esto, Reinhard se despidió de los dos hombres y caminó para unirse a otra charla amistosa. La secretaria privada de Reinhard, Hildegard von Mariendorf, trataba de recuperarse de todo el vino con un poco de zumo de manzana frío. El vicealmirante Thurneisen bajó su copa y se dirigió a Hilda con buen humor, puesto que ella era conocida por su belleza e ingenio.

“Los historiadores del futuro seguro la envidian, fräulein ¿No se unirá a la fiesta y será testigo de como se forja la historia?”

El vicealmirante Thurneisen, con su rostro juvenil rebosante de arrogancia eufórica, miró a Hilda en busca de aprobación. Hilda respondió afirmativamente, pero solo pudo encogerse de hombros por dentro. Nunca había pensado en Thurneisen como un incompetente, pero tampoco pudo reprimir sus recelos ni una sonrisa irónica por el hecho de que él estaba más enamorado de Reinhard de lo necesario. Reinhard era un genio, sin duda, pero los genios no siempre eran los objetos de emulación más apropiados. En todo caso, habría hecho mejor en aspirar a la fiabilidad y tenacidad de un Müller o un Wahlen, pero Thurneisen estaba demasiado deslumbrado por el inimitable resplandor de Reinhard para darse cuenta de ello.

Dos horas después del año nuevo, el alto almirante Wolfgang Mittermeier dejó su copa de vino y, con ritmo en sus pasos, se acercó a su joven señor.

“Bueno, entonces, excelencia, me iré”, dijo, inclinándose.

Reinhard levantó la mano ligeramente.

“Rezaré por su buena suerte en el espacio de batalla. Nos volveremos a encontrar en el planeta Heinessen “.

El lobo del vendaval respondió a la sonrisa intrépida de Reinhard con una de las suyas y se inclinó una vez más, luego se fue, llevando su cuerpo vestido de negro y plata más allá del brillo de los candelabros. Los Almirantes Droisen, Büro, Bayerlein y Sinzer siguieron a su valiente y honorable comandante, saliendo a su vez. A continuación, Neidhart Müller hizo una reverencia antes de despedirse del salón de banquetes con sus propios hombres a cuestas.

Con un tercio de los asistentes fuera, el estruendo de la conversación se calmó como el viento que hace crujir las copas de los árboles. Después de hacer sus rondas con los almirantes más importantes, Reinhard se sentó en un rincón lejano de la habitación y cruzó las piernas.

Por un momento, áridas ráfagas de emoción recorrieron las llanuras de su corazón. A pesar de sentirse animado por la perspectiva de una batalla épica, su interior se descomprimió y la escena reflejada en él comenzó a desvanecerse.

Estaba inquieto: había un vacío insondable en su corazón que no podía explicar ni hacer entender a los demás. Una vez que capture a Phezzan y conquiste la Alianza de Planetas Libres para gobernar el universo entero, pensó, ¿cómo voy a soportar una vida sin enemigos?

Cuando Reinhard nació en este mundo, el fuego de la guerra se había estado librando entre el imperio y la alianza durante 130 años. Equivalían a 1.140.000 horas. Reinhard no había conocido nada más que la guerra. Para él, la paz era solo una fina rebanada de jamón encajada entre el espeso pan de la contienda. Pero después de derribar a sus némesis y unificar el universo, abriendo así el camino hacia una nueva dinastía, perdería a todos y cada uno de los oponentes contra los que pudiera ejercer su intelecto y coraje.

Este joven de cabello dorado, que desde el primer día había vivido para luchar, vencer y conquistar, tuvo que prepararse para el peso de la paz y el tedio. Entonces otra vez …

Reinhard sonrió con ironía. Se estaba adelantando. La victoria aún no le pertenecía. ¿Se interpretaría en su lugar una elegía dolorosa para él? ¿Cuántos hombres ambiciosos habían ganado batalla tras batalla, solo para salir del escenario en el acto final? Pero se negaba a ser como ellos. Tenía toda la intención de pasar el día de hoy sin incidentes mientras volvía su atención hacia el mañana. A partir de ese día, su vida dejaría de ser suya.

A las 4:00 a.m. el grupo se dispersó y la gente partió hacia sus respectivos alojamientos para prepararse para la batalla que se avecinaba. Las naves de la flota del alto almirante Wolfgang Mittermeier ya se estaban lanzando a los oscuros cielos desde el puerto espacial central de Phezzan. La primera misión de lobo del vendaval, ese día de año nuevo era asegurar el otro extremo del corredor Phezzan: La entrada a la Alianza de planetas libres.

final de la alianza del Corredor Phezzan.

II

Relativamente pocos oficiales de lato rango de la alianza de planetas libres levantaban sus copas , como mucho estaban al borde del pánico ante un remolino de nuevas responsabilidades y realmente lo ultimo que querían hacer era la confirmación de la llegada del año nuevo. Los informes de la ocupación de Phezzan por parte de la Marina imperial se mantenían en secreto, pero como una bestia enredada, esa información hizo un agujero a través de su velo de secreto e inundó los medios de comunicación de la alianza. Mientras tanto, los altos ejecutivos del gobierno habían reunido sus pálidos rostros en una sala de conferencias rodeada de gruesos muros. Pero incluso cuando empezaron a hablar de dirigirse al público, en una esquina a menos de un kilómetro de su mesa redonda, los viajeros espaciales que habían regresado de Phezzan estaban transmitiendo los peligros que se avecinaban.

Sin un plan de defensa efectivo a la vista, los niveles de satisfacción se rompieron para desatar una corriente fangosa de histeria colectiva. La dignidad del gobierno de la alianza apenas se salvó por el hecho de que, durante el período de bloqueo informativo, ningún alto funcionario intentó escapar, aunque los rumores insistían en que esto se debía a que no se habían declarado zonas seguras. Por lo tanto, el gobierno de la alianza no consiguió recuperar la confianza de la gente, ni siquiera a nivel moral.

En cambio, y sin ningún otro recurso, los buenos ciudadanos recurrieron a las autoridades gubernamentales para dar salida a sus emociones. Entre abucheos y agravios , llamando a sus representantes “incompetentes” o “ladrones de sueldos”, exigieron acciones decisivas y contramedidas al mismo tiempo.

Mientras tanto, el gobierno de la alianza estaba dirigido por la batuta del “sofista elocuente” conocido como el presidente del Alto Consejo Job Trünicht. Como político, pertenecía a lo que se podría llamar una generación más joven. Poseía una apariencia sobresaliente y una carrera impecable, e incluso era popular entre las votantes femeninas. Su historial en la industria de defensa le había garantizado el acceso a enormes fondos políticos. Incluso el golpe de Estado del Congreso Militar para el Rescate de la República, que de otro modo hubiera destruido su reputación, apenas le dejó un rasguño. La gente esperaba nada menos que una persuasión elocuente en su discurso. Y cuando no pudieron decidir si les estaba mientiendo, se escondió de su “amado pueblo” y emitió una declaración a través del secretario de prensa del gobierno:

“Soy plenamente consciente del peso de mis responsabilidades”.

Habiendo dicho solamente eso y sin verdaderamente clarificar su situación, solamente había hecho más profundos los recelos de su propia gente. Job Trünicht, ahora decían era un demagogo complaciente directo de alguna civilización clásica que huía con el rabo entre las piernas al primer signo de crisis.

El Almirante Yang Wen-li, comandante de la fortaleza Iserlohn, quien despreciaba a Trünicht con cada fibra de su ser tenía un punto de vista diferente. Su impresión de Trünicht era la de un hombre que podía escaparse con éxito de cualquier situación. Sin importar si la estimación de Yang era una sobreestimación o una subestimación, el hecho era que Trünicht había herido las expectativas a corto plazo de su gente. Para empeorar las cosas, aquellos mismos periodistas que una vez habían presentado a Trünicht como el faro de la esperanza en la arena política, y que se habían ganado al publico mediante su alabanza, ahora lo condonaban diciendo “Debemos ser conscientes de que no es solamente la responsabilidad del Presidente del alto consejo, sino una responsabilidad de todo un colectivo.” Así, la prensa había devuelto las criticas de vuelta a sus lectores, que estaban “sólo subrayando el privilegio de su gobierno al negarse a aceptar sus medidas”.

Y también estaba Walter Islands, Presidente del consejo de defensa, que pese a ser poco más que un secuaz de Trünicht anterior a la guerra , no era necesariamente visto como tan poco digno de confianza. Trünicht solamente le había nombrado presidente del consejo de defensa en primer lugar, debido a que alguno de sus predecesores en el gobierno, temiendo una dictadura había prohibido por ley el nombramiento de personal adjunto como miembros o presidentes de Consejo. Pero como los rumores maliciosos habían confirmado, el “inútil” Presidente Islands apenas era nada mas que un punto de contacto entre Trünicht y las autoridades militares. Jamas había compartido un punto de vista independiente o una política diferente a la del gobierno y parecía contento con ser nada mas que un estadista de tercera clase, sacado del remanente de la cinta transportadora que unía a Trünicht con las industrias militares de la Alianza.

Tras la invasión Imperial de Phezzan , sin embargo, su aparentemente minusculo valor había sido grandiosamente rectificado.

Tras manifestar los factores primarios tras su futura mala reputación, Trünicht se enclaustro en un paraíso privado. Tuvo que ser el mismo Walter Islands el que tuvo que disciplinar a sus confusos colegas en una reunión express del gabinete en la que se adoptaron las medidas políticas para tratar de evitar la desintegración del gobierno de la Alianza. En mitad de la cincuentena y ahora sentado como ministro del gabinete por primera vez, parecía haber rejuvenecido diez años pese a la difícil situación en la que se le había puesto. Su postura era completamente erguida, su piel luminiscente y sus pasos ahora tenían un ritmo vigoroso. Lo único que no recupero fue el pelo de la cabeza.

“En lo que respecta a las directrices de batalla, se las dejaremos a los expertos. En este momento, debemos decidir si rendirnos o resistir. En otras palabras, determinar el camino futuro de nuestra nación y lograr que todas las autoridades militares lo sigan. Si evitamos esta responsabilidad ahora, los efectos se filtrarán a cada soldado en la línea del frente, invitando a una caída caótica y un derramamiento de sangre inútil. Significaría el verdadero suicidio de nuestro gobierno democrático”, dijo Islands.

Al ver que ninguno de los presentes expresó interés en rendirse, el presidente del Comité de Defensa cambió de tema.

“¿Deberíamos optar por resistir, debemos luchar contra las fuerzas invasoras hasta que la alianza sea arrasada y todos los ciudadanos hayan perecido? ¿O tomamos las armas como medida práctica hacia el objetivo más amplio de la reconciliación y la paz? Esa es la decisión que enfrentamos actualmente “.

Los otros ministros del gabinete se sentaron en silencio desconcertados, menos por la gravedad de la situación que por el lúcido ataque a sus prejuicios por parte de un presidente del Comité de Defensa que, aunque hasta hace poco era un mero funcionario nominal, había captado la situación con exigente discernimiento y conocimiento, y había ahora presentó ante sus colegas el camino más conveniente hacia la resolución con un discurso digno como arma de persuasión.

La existencia de Islands en paz había sido la de un parásito proveniente del sucio trasero de la administración. Pero cuando se enfrentó a la crisis, su espíritu interior surgió con fuerza, como un fénix democrático de las cenizas de un político clientelar. Después de medio siglo de inactividad, su nombre finalmente quedaría grabado en la tabla de la posteridad.

Si bien era cierto que el comandante en jefe de la Armada Espacial de las Fuerzas Armadas de la Alianza, el almirante de lengua afilada Alexander Bucock, era muy cínico, ese temperamento no tenía ningún efecto en su imparcialidad. El viejo almirante, que ahora pasaba de los setenta, estaba más que dispuesto a cooperar con el presidente del Comité de Defensa, un hombre que creía que estaba haciendo todo lo posible como político y como ser humano en una línea de tiempo comprimida. Donde antes había criticado con vehemencia la lasitud y la temeridad de Islands, ahora vio a un presidente revitalizado mostrando su rostro en el Cuartel General de Comando de la Armada Espacial para criticar abiertamente su propio comportamiento pasado. Bucock estaba medio convencido al principio, pero como el presidente del Comité de Defensa exigió la cooperación de las autoridades militares para decidir los “términos de la reconciliación”, no pudo evitar pensar que Islands finalmente se había recuperado.

“Parece que el ángel de la guarda del presidente del Comité de Defensa ha salido de su retiro”, murmuró el viejo almirante después de que Islands terminase la conferencia y saliera de la sala. “Mejor tarde que nunca.”

El ayudante de Bucock, el teniente comandante Pfeifer, no estuvo del todo de acuerdo con la broma de su superior. Estaba bastante molesto porque Islands no había abierto los ojos a la realidad antes.

“Quizás no debería decir esto, pero a veces me pregunto si las cosas no estarían mejor si el golpe de estado del año pasado del Congreso Militar por el Rescate de la República hubiera tenido éxito. Podría haber sido solo el tiro en el brazo que necesitaban nuestras defensas nacionales “.

“¿Y enfrentar el despotismo del imperio y la dictadura militar de la alianza uno contra el otro en una batalla por la hegemonía universal? ¿Qué esperanza habría en eso? “

El tono del viejo almirante, aunque lejos de ser cínico, era sin embargo ácido. La boina negra en la cabeza del anciano hizo que su cabello pareciera un tono más blanco.

“Si hay algo de lo que estoy orgulloso es de haber sido un soldado del republicanismo democrático. Nunca aprobaría convertir la alianza en un sistema antidemocrático como excusa para oponerse a la dictadura política del imperio. Preferiría que la alianza pereciera como democracia a que sobreviva como dictadura “.

Al ver que había incomodado al teniente comandante, el viejo almirante sonrió con picardía.

“Supongo que suena duro. Pero la verdad del asunto es que, si no puede proteger sus principios fundacionales y las vidas de sus ciudadanos, no hay razón para que una nación continúe existiendo como tal. Si me preguntas, vale la pena luchar por nuestros principios fundamentales, es decir, nuestro gobierno democrático y la vida de sus ciudadanos “.

El Almirante Bucock se marchó para visitar al almirante Dawson, director del Cuartel General Operativo Conjunto y el único hombre de uniforme al que con razón podía llamar su superior. El director era el tipo de funcionario mezquino cuyos deberes habían embotado su cutis y su apetito, pero que, a instancias de Bucock, había restaurado su cuartel general para que funcionara antes de una batalla defensiva precisa.

Los altos mandos de la alianza habían consolidado sus fuerzas militares. Junto con la Primera Flota bajo el mando del Almirante Paetta, desde el año anterior se habían reunido apresuradamente unas cuantas flotas más pequeñas, que consistían principalmente en divisiones de infantería pesada seleccionadas de patrullas interestelares y guardias de todos los sistemas estelares, por un magro total de treinta y cinco mil buques. También se incluyeron en ese número los buques no probados y obsoletos que estaban programados para su desmantelamiento, que se utilizarían para comunicaciones y distracciones. Bucock dividió veinte mil naves no afiliadas a la Primera Flota, entre la Decimocuarta y la Decimoquinta. Lionel Morton fue asignado a la decimocuarta flota, Ralph Carlsen a la decimoquinta. Tras ser interrogados en el Cuartel General de Operaciones Conjuntas, ambos pasaron de la retaguardia al rango de vicealmirante, aunque con el sacrificio de tener que librar una batalla con tropas desordenadas, sin experiencia y con recursos inadecuados contra una Armada Imperial infinitamente más fuerte.

Bucock, junto con tres comandantes de flota y el jefe de personal general de la armada espacial, redactaron planes para contraatacar a las fuerzas imperiales. El vicealmirante Haussmann, jefe de personal, sufrió un colapso debido a un aneurisma cerebral y fue trasladado a un hospital militar. El desafortunado jefe de personal general fue relevado de su cargo cuando aún estaba en su lecho de enfermo, y el vicejefe de personal Chung Wu-cheng, un hombre de unos treinta años acostumbrado solo al papeleo, entró en la sala de conferencias a lo largo de la alfombra de su inesperado ascenso. Solo tres semanas antes, había estado impartiendo un curso de posgrado en estrategia en la Academia de Oficiales de la alianza, una joven estrella entre un equipo de profesores ya dotados, pero los más experimentados en asuntos militares empezaron a llamarlo panadero de segunda generación. . Hace dos años, durante el Golpe de Estado del Congreso Militar de Rescate de la República, logró reunirse con Bucock, quien se encontraba bajo arresto domiciliario por ser cómplice de la vigilancia del congreso. Y ahora, agarrando una gastada bolsa de papel bajo el brazo de su ropa de civil, miró con curiosidad a su alrededor como un idiota de campo.

Chung Wu-cheng hizo una reverencia a sus superiores desde su importante asiento del consejo y murmuró un saludo. Un sándwich de jamón a medio comer se asomaba por el bolsillo del pecho de su uniforme militar. Incluso el tenaz vicealmirante Carlsen se sorprendió. No obstante, el recién nombrado jefe de personal sonrió con aire de compostura.

“¿Oh esto? No se preocupe. Incluso el pan duro sabe bien cuando lo cocinas un poco al vapor “.

Carlsen pensó que estaba completamente fuera de lugar, pero no vio ninguna utilidad en dejarlo claro. Se volvió hacia Bucock.

Su conclusión fue al grano. Enfrentarse de frente a las fuerzas invasoras al final del Corredor Phezzan no era lo ideal. Su única opción era esperar a que el enemigo agotara su movilidad y líneas de suministro, y luego forzar la retirada alterando sus sistemas de mando, comunicaciones y suministros. Por el momento, la alianza no tenía suficientes fuerzas militares para desplegar en el corredor de Phezzan.

“¿Y si llamamos al almirante Yang Wen-li de regreso de la fortaleza de Iserlohn?” propuso el recién nombrado jefe de personal, Chung Wu-cheng, con el sándwich a medio comer aún sobresaliendo del bolsillo del pecho.

Los demás se sorprendieron por la desconexión entre la seriedad de lo que acababa de proponer y la forma pausada en que lo había propuesto. Bucock enarcó las cejas blancas a modo de exigir una explicación.

“El ingenio del almirante Yang y la fuerza de su flota son extremadamente valiosos para nuestras fuerzas, pero si lo dejamos en Iserlohn como está, sería como poner pan recién horneado en el refrigerador”.

Al hacer uso de este símil, el nuevo jefe de personal confirmó su condición de “panadero de segunda generación”.

“Una vez que la Fortaleza Iserlohn esté rodeada por fuerzas militares a ambos lados del corredor”, concluyó, “puede estar seguro de que su valor estratégico se disparará. Pero si ambos extremos están igualmente cerrados por nuestro enemigo, Iserlohn estará prácticamente aislada. Incluso si el imperio no captura la fortaleza inexpugnable mediante un derramamiento de sangre, habrá logrado dejarla impotente sin disparar un solo tiro. Al ver que las fuerzas imperiales ya han atravesado el corredor de Phezzan, no tendría sentido desperdiciar más recursos para proteger Iserlohn “.

“Puede que tenga razón, pero el almirante Yang se está enfrentando actualmente con una fuerza separada de la Armada Imperial. No es como si pudiéramos sacarlo de allí “.

A Chung Wu-cheng no le conmovió la meticulosa observación de Paetta.

“El almirante Yang pensará algo. Sin él, estaríamos en una gran desventaja desde un punto de vista puramente militar “.

Era una opinión demasiado franca, pero no una que pudieran refutar. Para las Fuerzas Armadas de la Alianza, el nombre de Yang Wen-li se estaba convirtiendo en sinónimo de victoria. Paetta, una vez superior de Yang, había sido rescatado de una condena segura por Yang en la Batalla de Astarte.

“Incluso si hiciéramos una propuesta de paz, la Armada Imperial exigiría el control de la Fortaleza de Iserlohn como parte de esas condiciones. En cuyo caso, ninguna cantidad de ingenio por parte de Yang haría ningún bien a la alianza. Con suficiente fuerza y ​​tiempo en nuestras manos, tal vez sería de otra manera, pero tal como están las cosas, deberíamos hacer que él haga el trabajo sucio por nosotros “.

“Quieres decir que ordenamos a Yang que abandone Iserlohn”.

“No, Excelencia Comandante en Jefe, no hay necesidad de nada tan específico. Será suficiente para asegurarle a Yang que el Comando de la Armada Espacial asumirá toda la responsabilidad y que debe proceder como mejor le parezca. Supongo que no le gustará quedarse para proteger la fortaleza de Iserlohn “.

Concluyendo así su audaz propuesta, Chung Wu-cheng sacó tranquilamente el sándwich a medio comer de su bolsillo y reanudó su almuerzo interrumpido.

III

Los que sufrieron la mayor censura sobre Heinessen fueron un grupo de refugiados que una vez se jactó de haber formado el “gobierno galáctico imperial legítimo” ni siquiera medio año antes.

Teniendo en su poder al Kaiser Erwin Josef II, que había “escapado” de la capital imperial de Odin, y tomando prestado el poder militar de la Alianza de Planetas Libres, derrocarían la dictadura militar de Reinhard von Lohengramm. De acuerdo con su pacto con la alianza, un cambio hacia un sistema constitucional era inevitable, pero bajo ese sistema se restauraría la soberanía y los privilegios de la antigua nobleza, y aquellos que no hubieran podido evitar la deserción se recuperarían muchas veces de todas esas cosas. había perdido. El lienzo de su autodeterminación se estaba haciendo trizas ante sus propios ojos.

Esos incompetentes ya no intentarán pintar una imagen dulce de la realidad disolviendo sus pinturas en agua azucarada.

Tales eran los pensamientos de Bernhard von Schneider, a quien el llamado gobierno legítimo había otorgado el rango de comandante. Siendo el espécimen inteligente que era, Schneider no tenía ni una pizca de ilusión sobre el castillo en el cielo de los nobles exiliados, construido completamente sobre ilusiones. Aunque se sentía lejos de la desesperanza, tampoco podía actuar como si estuviera viendo esta farsa desde un alto punto de vista. El objeto de su lealtad, Wilibald Joachim von Merkatz, había sido tratado como un “almirante invitado” desde que desertó del imperio , pero como secretario de defensa del legítimo gobierno galáctico imperial estaba organizando a regañadientes un nuevo regimiento. Incluso mientras trabajaba incansablemente como ayudante de Merkatz, Schneider pensaba mucho en el futuro.

Si la Armada Imperial invadía a través del Corredor Phezzan, las posibilidades de una victoria de la alianza eran escasas. Incluso con el ingenio incomparable de Yang Wen-li de su lado, las escalas estaban equilibradas en el mejor de los casos. De la forma en que Schneider lo veía, el peor de los casos era más que probable.

Lo máximo que podía esperar la alianza era el alto el fuego y la reconciliación. Como parte de esa reconciliación, los altos mandos del “gobierno legítimo” deberían ser castigados. La paz sería solo una medida temporal. Si alguna vez iba a reconstruir sus fuerzas, la alianza necesitaba enfrentar su egoísmo nacional, lo que significaba que el “gobierno legítimo” se convertiría en su chivo expiatorio. Y el Kaiser de siete años, Erwin Josef, estaba montando ese chivo directamente al campo de ejecución.

A Schneider le dolía pensar en ese desafortunado niño. El niño Kaiser, cuya propia voluntad había sido ignorada en todo esto, que había sido explotado como apoyo para la política y las ambiciones de los adultos, era digno de simpatía. Pero Schneider ya no podía permitirse el lujo de considerar el futuro del Kaiser. Tuvo que poner todos sus esfuerzos en proteger a Merkatz del ciclón político que estaba a punto de golpearlos. Además, como iba en contra de la conciencia de Merkatz proteger su propia seguridad a expensas de los demás, Schneider tuvo que mostrar su preocupación por Merkatz mientras fingía distanciamiento emocional. La expresión de Schneider se profundizó en intensidad y astucia. El joven soldado se miró en el espejo, recordando una época en la capital imperial de Odín cuando las damas de la corte lo conocían como dulce y guapo. Como un hombre en bancarrota que anhela sus extravagancias anteriores, se hervía en su propio desaliento.

Sin embargo, Schneider tenía una responsabilidad voluntaria y una perspectiva del futuro, mientras que la mayoría de la gente ni siquiera podía comprender lo que se suponía que debían hacer para salir adelante hoy, y mucho menos mañana. Pero el primer ministro interino del gobierno legítimo, el conde Jochem von Remscheid, se había desequilibrado por completo cuando la situación superó sus expectativas, y uno solo podía imaginar cuántos días había pasado tratando de restablecer su equilibrio. Los nobles exiliados, carentes de opiniones fijas y que, bajo la influencia del conde Remscheid, habían estado durmiendo en un jardín del optimismo, habían perdido su razón de ser como objetos del escrutinio burlón de Schneider.

Desde que se fugase de Odín con Erwin Josef II, el conde Alfred von Lansberg había sido empleado como subsecretario militar del gobierno legítimo. Su lealtad al niño Kaiser y la dinastía Goldenbaum eran inquebrantables, pero como hombre poético no solo de corazón sino también de mente, le dolía no haber ideado ningún plan concreto para salvaguardar a la familia real. El ex capitán Leopold Schumacher, que había sido incitado a su infiltración en la capital, tenía un sentimiento no pequeño hacia la traición de la tradición de la familia imperial. No tener noticias acerca del bienestar de sus subordinados en Phezzan también lo inquietaba bastante. Ambos hombres se sentían impotentes, y todo lo que podían hacer era evitar que sus emociones se precipitaran al abismo.

La primera reunión del gabinete del gobierno legítimo del año nuevo se convocó apresuradamente, pero de los siete ministros del gabinete, no estuvieron presentes ni el secretario de Finanzas, el vizconde Schaezler ni el secretario de justicia, el vizconde Herder. Entre los cinco que estaban, el secretario de la casa imperial, el barón Hosinger, echaba humo como un dragón que guarda su tesoro alcohólico. La botella de whisky que tenía en la mano se había abierto camino silenciosamente alrededor de la mesa de conferencias. Incluso el secretario de Defensa, el almirante Merkatz, guardaba un profundo silencio. Esto dejó el debate sobre el futuro del gobierno en el exilio en manos de tres hombres: el primer ministro y secretario de Estado, el conde Remscheid, el secretario del interior, el barón Radbruch, y el secretario en jefe del gabinete, barón Carnap. Como la incubación de un huevo no fertilizado, el debate fue un esfuerzo serio pero inútil y fue interrumpido por la risa histérica del secretario de la casa imperial. Acribillado por las miradas de ira y reproche, Hosinger tornó su rostro de color negro azulado en una exhibición ostentosa.

“¿Qué tal decir la verdad, mi noble y leal caballero? No le preocupa en absoluto el destino de la dinastía Goldenbaum. Solo se preocupas por su propia seguridad, tú que desafiaste descuidadamente al duque Lohengramm. Y cuando ese mocoso dorado pise nuestro suelo como vencedor, ¿dónde se esconderá entonces?”

“Barón Hosinger, ¿está seguro de que quiere ensuciar su nombre en un ataque de embriaguez?”

“No tengo un nombre que ensuciar, Su Excelencia Primer Ministro. A diferencia de usted.”

Su risa era repugnante y su aliento apestaba a alcohol.

“Puedo gritar desde los tejados cosas que nunca dirían por miedo a arruinar vuestra preciosa reputación. Entregar Su Majestad el joven Kaiser al duque Lohengramm, por ejemplo, para ganarnos su favor “.

Esperó con gran expectación las reacciones de sus colegas, cuyo orgullo había herido con una espada inmaterial. Incluso Merkatz se quedó momentáneamente sin palabras y miró horrorizado al secretario de la casa imperial. El secretario del Interior Radbruch pateó su silla mientras se ponía de pie de un salto.

¡Borracho sinvergüenza! ¿Cuándo perdiste tu integridad como noble imperial? Te olvidas de las innumerables gracias y honores que el imperio te ha dado y piensas solo en tu propia seguridad, tú … “

Incapaz de pronunciar un insulto apropiado, Radbruch se quedó sin aliento y miró a Hosinger con el ceño fruncido. Escudriñó la mesa redonda en busca de apoyo, pero ni siquiera el secretario de Estado, el conde Remscheid, hizo ningún esfuerzo por desenredar la zarza de este tenso silencio, aunque solo fuera porque comprendió que el verdadero oponente de Radbruch no era Hosinger, sino el monstruo del egoísmo que se alzaba su fea cabeza de debajo de su propia conciencia vergonzosa.

Este enfrentamiento no fue poca cosa. Aparte de Merkatz, su participación en el gobierno en el exilio fue de hecho el resultado del interés propio, y cuando ese interés propio les fallara, otro inevitablemente ocuparía su lugar en los escenarios de sus corazones. La idea de entregar al niño Kaiser al duque Reinhard von Lohengramm para salvar sus propios pellejos, aunque era un tentador salto de intuición, era suficiente para sumergirlos en un autodesprecio tan profundo que el alcohol era su única defensa contra eso.

Para complicar aún más el estado de ánimo de los líderes del gobierno en el exilio, estaba el hecho de que al objeto de su lealtad, el niño Kaiser Erwin Josef, no podía importarle menos su simpatía.

Sin haber aprendido nunca a reprimir su ego, y sin darse cuenta de que lo expresaba solo con arremetidas, este niño de siete años emocionalmente inestable, a los ojos de sus súbditos cansados, también era una manifestación de sus demonios más íntimos. Su lealtad no era más que narcisismo reflejado en el espejo de feria que era Erwin Josef. Naturalmente, sin embargo, nada de esto era responsabilidad de un niño de siete años que había sido arrebatado de su trono involuntariamente tan rápido como lo había asumido. De los adultos que lo admiraban y respetaban con afecto formulaico, ninguno había asumido jamás la responsabilidad del desarrollo de su carácter.

Erwin Josef ya no era apto para ser llamado Kaiser. A más de diez mil años luz de distancia, en la capital imperial de Odín, ya se estaba produciendo un cambio en el amo del trono. Después de la partida de Erwin Josef, en el trono de oro y jade habían sentado a una niña cuyos dientes aún no habían salido: “Kaiserinne” Katharin Kätchen I. Era la soberana más joven en la historia del Imperio Galáctico y también sería la última gobernante de la Dinastía Goldenbaum fundada por Rudolf el Grande cinco siglos atrás. Erwin Josef ya figuraba en el registro público como un “Kaiser destronado”.

Cuando el flujo político-militar de acontecimientos entre el imperio despótico de Lohengramm y la Alianza de Planetas Libres pasó de una corriente rápida a una cascada furiosa, el estado de ánimo de los nobles exiliados se vio inevitablemente alterado. El interés propio reinaba rampante, lo suficiente, como Hosinger había comentado tan descuidadamente, como para cegarlos al hecho de que podían entregar al ” Kaiser destronado” a su acérrimo enemigo Lohengramm para protegerse. Por más que intentaran negarlo, superarían su vergüenza y entregarían al Kaiser a manos enemigas, y sin garantía de que el duque Lohengramm los perdonara. En todo caso, era probable que los persiguiera y castigara severamente por su traición y juego sucio.

Huir de las fuerzas invasoras con la creencia de que algún día la dinastía Goldenbaum sería restaurada significaba una existencia errante y a la fuga. Aunque romántica en teoría, en la práctica una vida así no sería nada fácil. Sin la protección política de la Alianza o la influencia económica y la capacidad organizativa de Phezzan, además de carecer incluso de un poder militar incipiente, era poco probable que pudieran sobrevivir mientras estaban a la fuga en territorio enemigo. Por mucho que estos nobles pudieran haber carecido de previsión, no podrían haber sido tan inconscientes.

Al final, no había salida a la vista. Remscheid, consciente de que no tenía sentido, sintió lástima por Hosinger y levantó la sesión, habiendo llegado al límite de su fatiga.

Al día siguiente se celebró otra asamblea seria pero improductiva de nobles exiliados. Pero Jochen von Remscheid, que lo presidía, se encontró con cinco asientos vacíos y el secretario de Defensa Merkatz sentado solo en silencio. Remscheid se había quedado solo y desamparado.

IV

En medio de una agitación pasiva, la gente temía lo que pudiera ser de ellos. Incluso si estaban demasiado orgullosos para resignarse a la victimización unilateral, los eventos a nivel macro abrumaban su fuerza de voluntad y discreción a nivel micro. Era como correr en la dirección opuesta por la cubierta de un barco: no importa cuan rápido corrieras, nunca podrías llegar a tierra.

Boris Konev sentía ese desamparo en sus venas. Desde que fue destinado a la oficina del alto comisionado de Phezzan en Heinessen, había estado trabajando como secretario. A pesar de no tener ningún deseo de ser un funcionario del gobierno, había asumido el cargo por orden del funcionario administrativo más alto de Phezzan, el terrateniente Adrian Rubinsky. Boris Konev era un comerciante independiente cuya tendencia a seguir sus propias convicciones era fuerte incluso para un phezzaní. Su padre y el padre de su padre habían navegado en naves mercantes por todo el universo, venciendo poderes políticos y militares y viviendo sus vidas basándose únicamente en su propia voluntad e ingenio. Era una tradición familiar que Boris todavía esperaba continuar, por lo que estar atrapado en la rutina del servicio gubernamental era suficiente para herir su amor propio.

No pasó un solo día en el que no pensara en estampar su carta de renuncia en la mesa y volver a convertirse en un ciudadano común, renunciando a rango y título. Ahora que su lugar de nacimiento de Phezzan estaba ocupado por la Armada Imperial y el terrateniente Rubinsky se había ido de incógnito, tenía la intención de abandonar su puesto e ir de incógnito él mismo. Y, sin embargo, se quedó quieto. Por irracional que fuera, estaba por debajo de él abandonar un barco que se hundía.

Temía por su nave mercante, la Beryozka, que había dejado en casa junto con una tripulación de veinte hombres. Pero las comunicaciones con Phezzan estaban, así como las rutas que podrían haberlo llevado allí, bajo estricta suspensión de la alianza, lo que hacía que el regreso fuera casi imposible. Algo dramático, como la retirada de la Armada Imperial de Phezzan o la derrota de las Fuerzas Armadas de la Alianza, tendría que ocurrir antes de que pudiera pensar en reunirse con su amada nave y tripulación. A los ojos de Boris, la última posibilidad era mucho más probable. Rezó a un dios en el que no creía solo por eso, manteniendo las apariencias en la oficina del comisionado, donde su trabajo ya se había reducido a nada.

Ese año, 799 de la era espacial, 490 del calendario imperial , pasaría a la historia como la marcha más larga de la Armada Imperial Galáctica. A finales del año anterior, después de ocupar Phezzan como base de retaguardia, el imperio había puesto bajo su control a todos los mundos habitados del Corredor Phezzan. Al comprender la relevancia del gobierno, El orden en Phezzan se mantuvo estable por el momento. Pero si la ocupación imperial se prolongaba a expensas de sus recursos materiales, los Phezzanis, independientes por naturaleza, se cansarían rápidamente de su servidumbre impuesta.

Por ahora, el deber y las preocupaciones de Wolfgang Mittermeier no estaban detrás sino por delante de él. Tres días después de colocar a su valiente vicealmirante Bayerlein a la vanguardia con la esperanza de detectar actividad de la alianza, recibió noticias de Bayerlein.

“No hay señales del enemigo al final del corredor de Phezzan”.

Al recibir este informe, Mittermeier miró con recelo a su jefe de personal, el vicealmirante Dickel.

“Bueno, nos han dejado entrar al vestíbulo. Ahora la pregunta es si llegaremos al comedor. E incluso entonces, cuando me siente a la mesa, la comida que me traigan puede estar envenenada “.

El 8 de enero de SE 799, la Primera Flota Imperial atravesó el Corredor Phezzan como invitados imprevistos de la alianza, navegando hacia un océano gigante de estrellas fijas y planetas que nunca antes habían visto.

Capítulo 2. La flota del arca del almirante Yang.

I

En la Fortaleza de Iserlohn, al otro lado de la Alianza de Planetas Libres, el nuevo año también asomaba su cabeza imparcial. Si sus soldados, asediados como estaban por la gran flota del Imperio Galáctico bajo el mando del alto Almirante Oscar von Reuentahl, hubieran querido siquiera brindar por el nuevo año, no estaban de humor para emborracharse cómodamente.

Lo único que les impedía caer en la desesperación absoluta era la fe firme que tenían en el almirante Yang Wen-li, su “Milagro Yang”, que estaba al mando sobre la fortaleza y su flota . El joven comandante de cabello negro y ojos oscuros cumpliría treinta y dos ese año. Desde que se graduara de la Academia de Oficiales, había acumulado medalla tras medalla en guerras tanto en el extranjero como en casa, y llamó la atención incluso de los almirantes de la Armada Imperial Galáctica enemiga como el general más ingenioso de la alianza. Según las apariencias, era un erudito en ciernes y no tenía nada que ver con un soldado obsesionado con el orden y el rango.

“No importa lo que trate de hacer en este mundo, siempre falla. Bien podría beber e irme a la cama “.

Con estas silenciosas advertencias a sí mismo, Yang dio la bienvenida al nuevo año, atrapado entre el peligro y la angustia. Pero incluso mientras miraba la lejana eclosión de disparos y rayos de luz en la pantalla, una directiva de la capital pasó por alto el bloque de comunicaciones de la Armada Imperial para llegar a él.

“El Comando de la Armada Espacial asume toda la responsabilidad. Tome cualquier curso de acción que considere necesario. Comandante en Jefe de la Armada Espacial de las Fuerzas Armadas de la Alianza, Alexander Bucock ”.

Cuando Yang leyó el mensaje varias veces, los músculos de su rostro se convirtieron en una sonrisa delicada, como si fuera a estallar en una canción en cualquier momento. Lo aprobaba mucho.

“Todos deberían tener la suerte de tener un jefe tan comprensivo”.

Después de decir lo mismo, inconscientemente frunció las cejas. Con todas las piezas ahora en su lugar, era hora de actuar. Si hubiera sido la simple y poco iluminada orden de “proteger a Iserlohn hasta la muerte”, Yang habría utilizado todos los trucos tácticos a su disposición contra el comandante del asedio Oscar von Reuentahl. Pero ahora que le habían dado rienda suelta, lo mejor para la Alianza de Planetas Libres sería que Yang respondiera a la buena voluntad de Bucock considerando la guerra en el metanivel, mucho más allá de los confines del espacio de batalla que tenía ante él. Cualquiera que lo conociera por primera vez no lo habría creído, pero Yang era el más alto al mando después de los almirantes Dawson y Bucock.

            “Ese anciano astuto”, se quejó Yang. “Él espera que trabaje por más de lo que me pagan…”

              Condenó la admiración que había expresado hace un momento al olvido, y agregó:

              “¿Cuánto aumentaré mi pensión por nave enemiga?”

              La teniente Frederica Greenhill, siempre a su lado, alcanzó a escucharle. Yang solo le había hablado de esta manera a su pupilo, Julian Mintz, por lo que la mayoría de los historiadores futuros no sabrían nada de ese hecho. Lo que sabrían es que Yang se levantó del asiento de su comandante y, a través de su asistente, convocó una reunión de líderes ejecutivos. Luego, a esos líderes reunidos en su sala de conferencias, habló libremente una vez que se decidió el menú del almuerzo:

“Abandonamos la fortaleza de Iserlohn”.

Los líderes de Iserlohn no deberían haberse sorprendido tanto. El Director administrativo de la fortaleza , el Contralmirante Alex Cazellnu, el jefe de personal Contralmirante Murai, el vicecomandante de la Flota de Patrulla de Iserlohn Contralmirante Fischer, el comandante de las defensas de la fortaleza Contralmirante Walter Schenkopp, el subjefe de personal Comodoro Fyodor Patrichev y el comandante de división dentro de la Patrulla de Iserlohn El contralmirante de la flota Dusty Attenborough fueron todos testigos vivos del ingenio de Yang Wen-li. Sin embargo, devolvieron las tazas de café a sus platillos en una sinfonía tintineante de recelo.

              “¿Qué acaba de decir, excelencia?” dijo el contralmirante Murai, quien pensó en la sabiduría táctica común como un abrigo de piel en una ola de frío, en su voz baja.

              Los contraalmirantes Cazellnu y Schenkopp intercambiaron miradas rápidas cuando la ingeniosidad de la estratagema de Yang se hundió.

              “Estamos abandonando la Fortaleza de Iserlohn”, repitió Yang robóticamente.

              El vapor que salía de las tazas de café hizo cosquillas en la barbilla de los oficiales de estado mayor que aún intentaban procesar esa declaración. Yang estaba acostumbrado a tener una taza de té frente a él, pero desde que Julian Mintz se había ido, y con él, el mejor té negro del universo, Yang había cedido al café tanto como podía soportar.

              “No es que quiera oponerme a usted, pero ¿podría al menos darnos una explicación?”

              Yang asintió con la cabeza a la pregunta del contraalmirante Murai, que era a partes iguales fe y sospecha.

              Aunque la Fortaleza de Iserlohn estaba situada en el corazón de un largo corredor, tenía valor estratégico solo en la medida en que distintas fuerzas militares controlaban los extremos de ese mismo corredor. Atrapado entre la espada y la pared, c Iserlohn no tenía forma de evitar ser aislada. La fortaleza, así como la flota estacionada allí, serían inútiles si no luchaban. Y así, mientras Iserlohn era estratégicamente inexpugnable, la estratagema de Reinhard von Lohengramm la había vuelto ingeniosamente insignificante. No solo era innecesario que las Fuerzas Armadas de la Alianza se mantuvieran firmes en Iserlohn, sino que también fue una tontería. Por lo menos, aunque solo sea por medio de su flota estacionada, tenían que actuar prácticamente en caso de un ataque imperial.

              “¿No podríamos mantenernos firmes, utilizando los frutos de nuestros logros militares para negociar algún tipo de tratado de paz con el imperio?”

              “¿Pero no exigirían que les devolviésemos la Fortaleza Iserlohn de todos modos, como parte de ese tratado? ¿Y entonces dónde nos dejaría eso? De cualquier manera, deberíamos pensar que Iserlohn esta perdida. Nos corresponde irnos ahora “.

              Aunque Yang habló en términos generosos, sus jefes de personal sabían que era mejor no pensar que estaba entregando la fortaleza como un regalo al imperio.

              “Pero, ¿cómo podemos quedarnos al margen y ver cómo algo por lo que luchamos para ganar por nosotros mismos cae de nuevo en manos del enemigo?”

   El subjefe de personal, el comodoro Patrichev miró alrededor de la mesa, inclinando su enorme cuerpo hacia adelante.

              “Más lamentable todavía para la Armada Imperial, que con grandes dolores gastó tanto en recursos y trabajo para construir la fortaleza, solo para que se la arrebataran en primer lugar”, respondió Yang con indiferencia.           

              Hace tres años, había desposeído a la Armada Imperial de Iserlohn, para gran disgusto de los comandantes bajo la dictadura de Reinhard von Lohengramm. Yang Wen-li no estaba en condiciones de criticar desde el punto de vista de un filántropo. La razón por la que el contraalmirante Walter von Schenkopp se rió tan cínicamente fue porque en ese momento había cumplido un papel importante en las operaciones militares de Yang, habiendo sido quien arrojó su cañón láser al comandante de la fortaleza de la Armada Imperial, el almirante Thomas von Stockhausen.

              “Pero, comandante, incluso si abandonamos Iserlohn, dudo que la Armada Imperial nos mire pasivamente. ¿Cómo vamos a evitar un ataque? “

              ¿Quizás deberíamos intentar hacer una solicitud seria al almirante Reuentahl de la Armada Imperial? Dado que estamos renunciando a la fortaleza, podríamos pedirle que haga la vista gorda ante las mujeres y los niños “.

              Nadie se rió de esta broma mal concebida. Por otra parte, incluso una buena podría no haber sido suficiente para perforar sus caparazones de tensión y muerte inminente. Mientras hablaban, una gran flota de naves de la Armada Imperial se desplegaba ante su propia fortaleza bajo el exquisito mando táctico del almirante Oscar von Reuentahl, lo que les ponía los nervios de punta. La espada de la emboscada de Schenkopp se había acercado a Reuentahl, pero el honorable almirante heterocromático no estaba dispuesto a permitir que eso sucediera por segunda vez. A pesar de las reconocidas habilidades de combate cuerpo a cuerpo y el heroísmo de Reuentahl, Schenkopp siguió castigándose a sí mismo por dejar escapar al pez gordo.

              El contralmirante Murai se mantuvo firme.

              “Aún así, no se pueden negar las ramificaciones psicológicas. Si el almirante Yang es expulsado de la Fortaleza Iserlohn por la Armada Imperial, los ciudadanos de la alianza se sentirán muy perturbados. Atormentados por una sensación de derrota, perderán la moral incluso antes de que peleemos. Lo que significa que una revancha estará fuera de discusión. Te aconsejo que consideres esa posibilidad “.

              Yang reconoció algo de verdad en los comentarios de Murai pero, con toda honestidad, no vio la reacción del público como su responsabilidad. Luchar contra la enorme Armada Imperial usando solo la flota que le había sido confiada requeriría que usara cada gramo de su reserva táctica si quería prevalecer.

              Schenkopp fue el primero en intervenir.

              “Estoy de acuerdo con la opinión del jefe de gabinete. Será mejor que dejemos que esos peces gordos se pongan rojos exigiendo que dejemos Iserlohn antes de hacer todo lo posible por ellos. Solo entonces esos ingratos se darán cuenta de lo mucho que significa para ellos la existencia de Su Excelencia “.

              “Para entonces, sería demasiado tarde. Perderíamos nuestra oportunidad de ganar “.

              “Espera un minuto. Con ‘oportunidad de ganar’, ¿quieres sugerir que aún podríamos ganar?

              Fuera de la Fortaleza de Iserlohn, tal comentario habría sido inapropiado. Pero Yang tenía la mente abierta cuando se trataba de los puntos de vista de sus subordinados, y a veces los superiores de su generación e historiadores posteriores lo criticaron por ser demasiado tolerante en ese sentido.

              “Sé lo que quiere decir, contraalmirante Schenkopp. Militarmente hablando, estamos en una posición extremadamente desventajosa, y nuestro entrenamiento nos dice que una victoria táctica no puede triunfar sobre una estratégica. Pero aquí tenemos una oportunidad, y solo una oportunidad, de cambiar las tornas a nuestro favor “.

              “¿Y eso es …?” 

              Incluso el perspicaz Schenkopp tuvo dificultades para comprender su respuesta. Milagro Yang sonrió con frialdad.

              “Lohengramm no está casado. Ese es su punto débil “.

II

Cuando la reunión terminó, Yang llamó a su ayudante.

 “Teniente Greenhill, tome todas las medidas necesarias para una evacuación civil completa. Será mejor que sigamos el protocolo para este tipo de situación … suponiendo que exista uno”. 

              “Bien, esperaré la orden de Su Excelencia, entonces”, respondió Frederica Greenhill con una voz clara y llena de convicción. “¿Significa esto que ya tiene un gran plan en mente, excelencia?”

              “Sí, bueno, necesito estar a la altura de las expectativas tanto como pueda, ¿verdad?”

Yang no era de los que presumían. Sostuvo un desprecio extremo por las ilusiones de “victoria segura” y “enormes logros militares”. Tales ideales nunca habían ayudado a Yang a ganar una sola batalla.

              Frederica tenía sus propias razones para confiar en su superior. Cuando tenía catorce años y aún vivía con su madre en el planeta El Facil, había experimentado el terrorífico poder de la Armada Imperial de primera mano. Frederica todavía era una niña en ese momento y lo había manejado mejor que su madre, que era propensa a la histeria. Y la persona responsable de sacar a la gente del planeta de forma segura no fue otro que Yang Wen-li, quien recientemente había sido ascendido a subteniente. Frederica preparó sándwiches y trajo café para el subteniente de veintiún años, que acababa de cortarse el pelo de mala gana. Tímidamente, ella le preguntó sobre la posibilidad de un éxito estratégico, pero el subteniente tenía la cabeza en las nubes y respondió con frases evasivas como “Bueno …” o “De alguna manera …” que sólo aumentaban el malestar y la desconfianza de la gente.  

“Estoy haciendo lo mejor que puedo. Cualquiera que haga menos que eso no está en posición de criticarme “.

              Frederica, que siempre lo defendió, había sido la única aliada de Yang. Pero después de haber logrado formular una estrategia de escape milagrosa y ser reverenciado como un héroe, ese no fue el caso.

              “Hemos creído en su genio desde que era anónimo”, corearon las masas.

              Ante esto, Frederica echó una mirada de soslayo antes de regresar a la capital, donde se reunió con su padre, Dwight, y cuidando a su madre mientras se esforzaba por el examen de ingreso a la Academia de Oficiales. Su padre había pensado durante mucho tiempo en las ambiciones militares de su hija como la consumación de su influencia.

              Si bien la Frederica del pasado había ayudado a Yang, solo había sido con las pequeñas cosas. Ahora sus habilidades y posición se fortalecieron considerablemente, y sin ella, la incapacidad de Yang para lidiar con el papeleo lo habría agotado por completo. La ampliación de su propio valor era, para Frederica, una alegría no pequeña, (aunque una extremadamente privada) sobre la cual la ayudante de Yang, que encarnaba la belleza y el cerebro en igual medida, guardaba silencio.

      Walter Von Schenkopp regresó. Parecía que el comandante de las defensas de la fortaleza, conocido por su audacia y lengua afilada, aún no había terminado de entonar su cancion. Acariciando su mandíbula afilada, Schenkopp se enfrentó a Yang sin vergüenza.

              “Solo estaba pensando, ya ves. ¿Qué harán esos peces gordos una vez que sepan que ya no están seguros en Heinessen? Y luego me di cuenta: ¿no abandonarán simplemente a sus ciudadanos y escaparán de Heinessen con sus seres queridos al inexpugnable Iserlohn?”

              Yang no dijo nada. Porque no podía o porque no quería, no podía decirlo con certeza. Yang estaba molesto porque los altos funcionarios abusaban de su poder político en la Alianza de Planetas Libres. No porque repudiaron el sistema político de la alianza, sino porque despreciaban el espíritu de la democracia en sí. De cualquier manera, no estaba en posición de expresar tales opiniones.

              “Aquellos que tienen la obligación de proteger a su gente y, en cambio, protegerse solo a sí mismos deben ser castigados en consecuencia. Sería bueno reunirlos donde han huido y entregárselos a Lohengramm en un paquete ordenado. O tal vez podríamos simplemente ejecutarlos por traición. Eso te pondría en la cima. Una república de Iserlohn no es tan mala idea “.

              Aunque era difícil discernir el grado de seriedad de las palabras de Schenkopp, claramente tenía el corazón puesto en la autoridad de Yang. Si Yang estaba de acuerdo, probablemente comandaría su propio regimiento RosenRitter y se dispondría a arrestar a esos altos funcionarios él mismo. Yang dio su respuesta pero evitó una respuesta directa.

 “Si me preguntas, el poder político es como un sistema de alcantarillado. Sin uno, la sociedad no puede funcionar. Pero el hedor se adhiere a todo lo que toca. Nadie quiere acercarse a él “.

              “Hay quienes no pueden acercarse a él por mucho que quieran”, contraatacó Schenkopp, “y quienes son lo contrario. Es extraño para mí señalar esto ahora, pero no te convertiste en militar porque te gustara “.

 “No creo que sea lógico pensar que todos los dictadores comienzan como militares”, dijo Yang. “Pero si es así, me gustaría lavarme las manos y dejar este negocio inutil más temprano que tarde”.

              “Si el pueblo es el que apoya al dictador, entonces también le toca a ellos resistir y exigir su emancipación. Han pasado treinta años desde que fui exiliado a este país, pero hay una pregunta que todavía no puedo responder: ¿Cómo se reconcilia la paradoja de una mayoría que desea la dictadura sobre la democracia? ”.

 Schenkopp notó una destreza inusual en el joven comandante cuando Yang involuntariamente se encogió de hombros, sacudiendo la cabeza al mismo tiempo.

              “Dudo que alguien pueda responder a esa pregunta”. Yang hizo una pausa, sumido en sus pensamientos. “Ha pasado un millón de años desde que los humanos descubrieron el fuego, y ni siquiera dos milenios desde que se estableció la democracia moderna. Creo que es demasiado pronto para saberlo “.

              Todo el mundo sabía que Yang aspiraba a ser historiador, pero ese razonamiento era más apropiado para un antropólogo, pensó Schenkopp.

“Lo que es más importante”, dijo Yang a modo de cambio de tema, “tenemos algunos asuntos urgentes por delante, así que vamos a ocuparnos de eso primero. Aquí estamos discutiendo sobre el desayuno de mañana cuando ni siquiera hemos preparado la cena de esta noche “.

              “De acuerdo, pero estás siendo demasiado generoso al devolver los ingredientes a quienes los proporcionaron”.

              “Simplemente los tomamos prestados cuando los necesitábamos. Y ahora que no lo hacemos, simplemente los estamos devolviendo “.

              “¿Y qué pasa cuando los volvemos a necesitar?”

              “Los tomamos prestados una vez más. Hasta entonces, dejaremos que el imperio los cuide. Ojalá pudiéramos cobrar intereses “.

     “No puedes tomar prestada una fortaleza, o la esposa de otro hombre (por ejemplo) tan fácilmente”.

              La sugerente metáfora de Schenkopp provocó una sonrisa irónica en el joven comandante de cabello negro.

              “Si pides prestado, naturalmente te rechazarán”                           

              “Lo que estás diciendo es que solo podemos atraparlos”.

              “Nuestro oponente es Reuentahl. Una de los bastiones gemelos del Imperio Galáctico. No es de los que se dejan atrapar “.

              A pesar de los intentos de burla de Yang, desde donde se encontraba Schenkopp, la expresión de su comandante, más que la de un general ingenioso que trabaja en una gran estrategia, era la de un estudiante que le está gastando una broma a un maestro infame.

III

              El alto almirante de la Armada Imperial Galáctica y comandante de su flota destinada al asedio de Iserlohn, Oscar von Reuentahl, dio la bienvenida al nuevo año en el puente de su buque insignia Tristan . En la pantalla principal, el orbe plateado de la fortaleza de Iserlohn, separado por ochocientos mil kilómetros de espacio vacío, colgaba como un globo ocular incorpóreo.

              Reuentahl era un hombre atractivo con cabello castaño oscuro, pero nada daba una impresión tan profunda como sus ojos de diferentes colores. La heterocromía que dejó su ojo derecho negro y su ojo izquierdo azul tuvo no poca influencia en su vida. El hecho de que su madre hubiera intentado sacarle uno de los ojos antes de suicidarse, que su padre se había ahogado en alcohol hasta el borde de la autosuficiencia, todos eran polluelos deformados nacidos de los huevos intangibles puestos por su condición.

              Su padre, ya confinado en el segundo nivel de su espaciosa mansión, que había abandonado la diligencia y la honestidad de su soltería para compartir una cama perpetua con Baco, a veces bajaba hasta el primer piso. De pie frente a su hijo, ahora libre del control de su mayordomo y nodriza, el viejo Reuentahl lo fulminaba con los ojos inyectados en sangre y decía cosas como “Nadie te quiso nunca” y “Ojalá nunca hubieras nacido. “

              Este último se había convertido en el estribillo del descontento de Oscar von Reuentahl. Con el tiempo, llegó a creer que, de hecho, no debería haber nacido. Pero en algún momento, cuando no podía decirlo, había pasado de un deseo de muerte a sacar lo mejor de las cosas.

              En la actualidad, tenía dos comandantes de flota esperando sus órdenes: los almirantes Cornelius Lutz y Helmut Lennenkamp. A diferencia de Lutz, Lennenkamp había captado la atención de Reuentahl por su actitud poco cooperativa hacia un comandante supremo más joven y continuó presionando para un ataque total contra Iserlohn en los términos más enérgicos posibles.

           Reuentahl no pensaba en Lennenkamp como incompetente. Reinhard von Lohengramm nunca habría permitido la incompetencia entre sus filas. Lennenkamp tenía suficientes habilidades tácticas y de mando. Su ámbito se limitaba principalmente al espacio de batalla en cuestión. Él daba mayor valor a las victorias tácticas y no podía ver el bosque por los árboles cuando se trataba de los propósitos más grandiosos de la guerra.

              Reuentahl lo calificó como un “luchador de una sola pista”.

              De hecho, Reuentahl ni siquiera se valoraba tanto a sí mismo. Ganar o perder, superioridad o inferioridad, todo esto era relativo y subjetivo.

              “Un ataque total sería inútil”, dijo Reuentahl a Lennenkamp con la esperanza de persuadirlo. Y si pudiera tomarse por la fuerza, la Fortaleza de Iserlohn ya habría cambiado de manos cinco o seis veces. El único que lo ha logrado es ese impostor que supervisa Iserlohn mientras hablamos “.

  Sólo por esta razón, Reuentahl tenía en alta estima al general enemigo de pelo negro.

              Lennenkamp también tenía una base para su afirmación. Los informes de Mittermeier y los demás en Phezzan ya les estaban llegando. Tal como estaban las cosas, un enfrentamiento infructuoso contra Yang Wen-li en el Corredor Iserlohn solo serviría para beneficiar a Phezzan y sus aliados. Al menos no tendrían el honor de recuperar la Fortaleza de Iserlohn. Con el abrumador poder militar de tres flotas a su disposición, ¿no deberían planear ataques más violentos para aplastar al enemigo: mente, cuerpo y alma?

              “Una opinión interesante, pero cuanto más intensamente uno se niega, más rápido se agota”.

              Lennenkamp, ​​sintiendo malicia en el tono de Reuentahl, miró a su comandante supremo con expresión herida.

              “No puedo cumplir con su posición, almirante. Si Yang Wen-li abandona la fortaleza, será acusado de actuar en beneficio del enemigo. Y en todo caso, un auténtico militar defiende su puesto hasta el final ”.

  “¿Y que sentido tendría eso? La Armada Imperial ya está intentando invadir el territorio de la alianza desde el Corredor Phezzan. Cuando el Corredor Iserlohn era el único objetivo de la acción militar, la existencia de la fortaleza tenía un significado. Pero los tiempos han cambiado. Aferrarse a la fortaleza por el mero hecho de hacerlo no hace nada en absoluto para hacer avanzar la guerra “.

              No solo eso, sino que si no podían movilizar la flota estacionada en la fortaleza, las Fuerzas Armadas de la Alianza no tendrían nada que mostrar militarmente. Tal como estaban las cosas, las posibilidades de éxito de una alianza eran insignificantes en el mejor de los casos, y la posibilidad de que esta fuerza de reserva, que aún no había visto el combate, infligiera un golpe fatal era inexistente. Su único recurso lógico era retirarse de Iserlohn.

              “Yang lo sabe”, dijo Reuentahl. “Hay una pequeña brecha en el ángulo de la línea de tiro entre el buen sentido de Yang Wen-li y el tuyo”.

   Lennenkamp respondió con una pregunta obvia: “Y si la alianza es destruida e Iserlohn permanece inexpugnable, ¿no quedará intacta la reputación de Yang?”

              “Sí, Yang podría pensar de esa manera si fuera tú”.

              Incapaz de ocultar su desprecio, Reuentahl necesitó todas sus fuerzas para mantener la calma. El “luchador de una sola pista” era incorregible, incapaz de imaginar el mayor significado de la batalla que se avecinaba.

  En un nivel estratégico, Reinhard había dejado impotente a la fortaleza de Iserlohn, tácticamente inexpugnable, a través de su paso por el corredor Phezzan, lo que significaba que Reinhard no era un simple militar. Pero Lennenkamp, ​​para quien la victoria era únicamente un resultado táctico, no podía comprender del todo el revolucionario cambio de circunstancias.

              Reuentahl asintió cínicamente para sí mismo. Ya veo, por eso ese mocoso rubio puede apoderarse del universo . Los espacios de batalla estaban llenos de hombres valientes, pero los cerebros estratégicos que orquestaban las guerras que tenían lugar dentro de esos espacios de batalla eran pocos y distantes entre sí.

              “Almirante Lennenkamp, ​​si fuera posible, también me gustaría lanzar una ofensiva masiva contra la fortaleza, pero nuestro comandante supremo dice que es imposible. Solo podemos seguir órdenes “.

              Kornelias Lutz tuvo que intervenir. Reuentahl se enjugó la expresión de sus ojos desiguales y se inclinó levemente ante ambos almirantes.

              “Parece que he cruzado la línea. Perdonad mi descaro. Pero tarde o temprano caerá la fruta madura. En este momento, no creo que debamos extendernos demasiado “.

              “¿Entonces simplemente dejamos de atacar Iserlohn y los rodeamos?”

              —No, almirante Lutz. Eso tampoco funcionará. Compraría al enemigo un tiempo precioso. Si están planeando algo, eso no significa que les vayamos a permitir que pongan toda su atención a sus preparativos “.

              “¿Quieres decir que sometemos al enemigo a fuego hostigador?”

          “Eso es decirlo de forma directa. Digamos que estamos poniendo todas las cartas sobre la mesa “.

              En cuanto a Reuentahl, que se equivocó por el lado de la previsión política, no albergaba el mismo espíritu de lucha que animaba a un hombre como Lutz. Solo era apto para ser el comandante de una flota, como sabían los subordinados bajo su mando.

              El ataque a gran escala instigado por Reuentahl perturbó a Yang Wen-li hasta la médula.

              Incluso cuando estaba lidiando con la feroz ofensiva de Reuentahl, Yang tuvo que prepararse para la evacuación. Le había confiado a Cazellnu los aspectos prácticos involucrados, pero para aliviar la indignación y el descontento de los civiles que eran arrebatados de sus hogares, era necesaria la persuasión directa. Una aparición pública, pensó, podría ser suficiente para calmar sus temores.

    “Las cosas se están poniendo frenéticas por aquí con rapidez. No estoy hecho para horas extras “.

              El capitán de la Primera División Espacial en la Fortaleza de Iserlohn, el teniente comandante Olivier Poplin, se había ganado un inmenso odio y respeto por parte de los pilotos de combate del bando contrario. La cantidad de pilotos imperiales que habían caído como polvo espacial entre sus dedos era suficiente para constituir una flota completa en sí misma. Los perforados por los colmillos de los escuadrones de cazas espaciales bajo su mando eran diez veces más. Su capacidad para agrupar tres cazas espertanos uniasiento y hacer que funcionaran como una sola unidad era algo que le inculcó el comando de instrucción militar como una medida desesperada, pero en el mundo de las peleas de cazas, donde la habilidad individual era primordial, llevar la estrategia del equipo a la mesa era revolucionario. En el futuro, pasaría a la historia como un piloto as, un innovador de alto vuelo en las técnicas de peleas de cazas y un extraordinario libertino, pero solo él sabría qué honor era el más alto.

              Después de repetidas salidas, por fin tuvo un breve respiro. En el comedor de oficiales, se quejó como uno de los primeros defensores del socialismo.

              “Cuando regrese a Heinessen, formaré un sindicato de pilotos. Dedicaré mi vida a deshacerme del exceso de trabajo. Solo espera y verás “.

              “¿Pensé que ibas a dedicar tu vida a las mujeres?” bromeó el teniente comandante Ivan Konev, líder del segundo regimiento de combate espacial.

              A pesar de ser un as de habilidad y hazañas comparables, Konev era un hombre recto cincelado en basalto que se mantenía alejado del libertinaje de Poplin. Mientras Poplin se divertía con las mujeres y el vino, Konev hacía libros de crucigramas tan gruesos que casi los habría confundido con diccionarios. Estas dos personalidades contrarias formaban una pareja sorprendentemente complementaria.

IV

Al día siguiente, la Armada Imperial había estado golpeando la fortaleza sin descanso, y el comandante de las defensas de la fortaleza, el contralmirante Schenkopp, estaba siendo perseguido en represalia. Empleando tantos artilleros como pudo, envió a su cuerpo de ingenieros para evaluar todos los puntos de daño y respondió a cada disparo que se disparó contra la fortaleza de la misma manera. Los operadores estaban enviando actualizaciones, mensajes e instrucciones constantes. Uno colapsó por exceso de trabajo, otro encontró sus cuerdas vocales paralizadas, y ambos fueron sustituidos rápidamente. El contralmirante Cazellnu tampoco durmió mientras se preparaba para la evacuación masiva, pero una delegación de civiles había logrado abrirse paso a empujones y rodear los cuarteles de Yang en protesta.

         “Por favor, buenos ciudadanos, cálmense”.

              La expresión de Yang era aparentemente indiferente, pero era todo lo que pudo hacer para ocultar la inquietud en su corazón. Su plan consistía en asegurarse de que todas las estaciones de la flota en Iserlohn estuvieran relativamente ilesas y sin obstáculos. Con un experto en tácticas como Reuentahl como su enemigo, Yang sintió que la batalla había cobrado sentido nuevamente, y la posibilidad de verse forzado a una guerra de desgaste estaba más lejos de su mente. Agregue a eso una población que se tambalea al borde de la histeria colectiva, y era una maravilla que no se tambaleara con ellos.     

              “No se preocupen, todo estará bien. Tengan la seguridad de que los llevaremos a todos ilesos a una zona estelar segura “.

              Ofreciendo esta promesa simbólica a una delegación inquieta, solo podía esperar que alguien pudiera garantizar ese mismo éxito. Más que un ateo, era un incrédulo, por lo que no estaba en lo más mínimo inclinado a confiar su destino y el de los demás a un dios que nunca había conocido. De la misma manera que, desde tiempos inmemoriales, no existió justicia donde la ira humana era innecesaria, tampoco hubo éxito donde la habilidad humana fue innecesaria. Aun así, soportar la carga de cinco millones de vidas militares y civiles era demasiado para que Yang pudiera manejarlo solo.

              Seguramente un hombre inteligente como Reuentahl ya había destilado la esencia de la situación. Yang solo tenía dos caminos para elegir: quedarse en Iserlohn o abandonarlo. Cuando llegara el momento, ya sea obstaculizando la fuga de Yang o debilitando su poder militar, cualquier intensificación de los ataques no supondría una diferencia sustancial para Reuentahl. Esta comprensión solo agregó combustible al odio de Yang.

              Incluso cuando los comandantes intermedios de la flota de Yang estaban ocupados manejando las frustraciones entre ellos y sus subordinados, se vieron obligados a ocupar una posición difícil. El comandante Yang Wen-li permitió una única salida, pero prohibió estrictamente salir del alcance de la batería principal de la fortaleza.

              El contralmirante Dusty Attenborough, quien dio la orden, continuó sosteniendo fuego severo en combate cuerpo a cuerpo, pero con la ayuda del bombardeo de la fortaleza, logró hacer retroceder a las fuerzas imperiales. Sin embargo, fue una retirada medio planificada por parte de la Armada Imperial. Attenborough apenas logró evitar que sus hombres continuaran su persecución. Presionado por sus constantes quejas, le rogó a Yang de vuelta en la base que le dejara ir tras ellos de nuevo.

              “Ni hablar.”

              “No hay necesidad de decirlo así. No soy un niño pidiendo su paga. Se trata de la moral de nuestras tropas. Por favor, te lo imploro. Salgamos otra vez “.

 “Ni en tus mejores sueños.” Yang lo rechazó como un avaro al que se le pide un préstamo. Al darse cuenta de la inutilidad de la negociación, Attenborough sólo pudo replegarse en su abatimiento.

              Yang estaba de hecho en un estado mental miserable. Mantener una flota sin heridas y preservar la potencia de fuego había agotado la mayor parte de su energía mental, por lo que no pudo evitar ser frugal al poner en peligro a su tripulación. Esta conciencia de sí mismo lo puso de un humor considerablemente amargo.

 Apodos como “Milagro Yang” pesaban mucho sobre él. Albergaban un peligro inevitable no solo de fe sino también de sobreestimación. Tanto los soldados como los civiles parecían creer que el almirante Yang saldría adelante de alguna manera, pero ¿qué pasaba con aquel en quien creían? ¿En qué tenía que confiar? Si Yang no era todopoderoso, tampoco era omnipotente. En verdad, no era más que diligente. Entre los comandantes de primera línea de la alianza, nadie había gastado tantos días de vacaciones pagadas como él, y sería el primero en admitir que sus estrategias y tácticas no eran más que victorias de sillón. Como se le había dicho una vez a Yang, la cultura surgió del deseo innato de la humanidad de producir mucho haciendo poco, y solo los bárbaros consideraban correcto explotar la mente y el cuerpo en busca de justificación.

   “¿Y si asumiera toda la responsabilidad? ¿Me dejarías ir entonces? Por favor, sácame ahí fuera “.

              Yang tenía poca paciencia para las suplicas. A pesar de ser un militar joven y muy condecorado, Yang despreciaba todos los sistemas de valores, formas de pensar y expresiones militares. Tal pensamiento le valdría la designación de “contradicción andante” en el futuro.

              Su siempre presente asistente, la teniente Frederica Greenhill, se dio cuenta de esto. Una tos discreta de su parte alertó a Attenborough de la incomodidad de su comandante. Inmediatamente cambió de táctica.

              “Se me ocurrió una manera bastante fácil de vencer a nuestro enemigo. ¿Me permitirías ponerlo a prueba?

              Yang miró a Attenborough, luego a Frederica. Sacudió la cabeza con una sonrisa amarga. Frederica exigió detalles. Destruir a las fuerzas imperiales tanto como fuera posible, a la larga, no era tan mala idea.

              Cuando, después de algunas enmiendas, Yang le dio permiso a Attenborough para continuar con su plan, el joven comandante de la división salió de la oficina de Yang con un salto evidente en su paso. Yang exhaló un suspiro y expresó su descontento con su hermosa asistente de cabello castaño dorado.

              “No sea tan astuta, teniente. Ya tenemos suficientes problemas “.

              “Sí, fui demasiado lejos. Mis disculpas.”

              Frederica contuvo una sonrisa, por lo que Yang no se quejó más. Si el contralmirante Cazellnu hubiera escuchado la queja de Yang, él mismo habría sonreído. Porque, para sus supuestos “problemas”, Frederica manejaba casi todo el papeleo.

              Aproximadamente cuatrocientos transportes partieron de la Fortaleza de Iserlohn hacia el territorio de la Alianza de Planetas Libres, escoltados por cinco veces la esa cantidad en naves de guerra.

              En respuesta a los informes de su equipo de exploración enemigo, Reuentahl frunció el ceño y miró por encima del hombro a su compañero cercano.

              “¿Qué opinas, Bergengrün?”

              El joven jefe de personal heterocromático del comandante respondió con tacto.

              “En la superficie, parecería que los jefes o civiles de Iserlohn están intentando escapar. Teniendo en cuenta la posición en la que se encuentran, no es impensable “.

              “Pero no te lo crees. ¿Tu razón?”

             “Estamos hablando de Yang Wen-li. Nunca se sabe qué tipo de trampa podría estar tendiendo “.

              Reuentahl sonrió.

              “Yang Wen-li es un gran problema, un héroe veterano que nos hace temblar en las botas”.

              “¡Su excelencia!”

              “No te enfades. Incluso yo le tengo miedo a sus trucos. No estoy exactamente emocionado de tomar el lugar de Stockhausen después de que le quitaran Iserlohn “.

             Reuentahl no necesitaba fanfarronear para proteger su honor. Logros, habilidad y confianza: estos tres puntos de apoyo estabilizaron su juicio sobre un enemigo formidable. Las señales de una trampa encendieron una señal en su cerebro. Por otra parte, tal vez Yang estaba tratando de convencerlo de eso y engatusarlo a una persecución mortal. No fue tan fácil para un general de primera clase adivinar perfectamente las tácticas de otro.

              Después de recibir la noticia de que Lennenkamp había movilizado su flota en busca de los evacuados de Iserlohn, von Reuentahl mostró una sonrisa desviada.

              “Espléndido. Se lo dejo a él “.

              Pero, ¿y si el almirante Lennenkamp atrapa al pez gordo? ¿De verdad vas a renunciar al honor de ese logro? “

              Los comentarios de Bergengrün fueron un 80% advertencia, un 20% de sospecha de que su comandante era demasiado confiado. Reuentahl se mordió la lengua durante unos momentos para hacer un balance de este cóctel cuestionable.

              “Si Lennenkamp tiene éxito, significaría que el pozo del ingenio de Yang Wen-li se ha agotado. No sé de quién será la desgracia, pero no creo que haya terminado todavía. Observemos las tácticas de Lennenkamp y esperemos que no defraude, ¿de acuerdo?

              Bergengrün asintió con la cabeza en silencio, mirando cómo Reuentahl giraba su alta figura con fluida elegancia. Bergengrün había servido una vez bajo el mando del difunto Siegfried Kircheis y desde entonces había sido reasignado a Reuentahl. Comenzó a preguntarse cuán diferentes eran estos dos almirantes en temperamento.

              Sin duda, Lennenkamp era un comandante experto. Renunciando a algo tan simple como una persecución lineal, dividió sus fuerzas por la mitad en un ataque de pinza, enviando a uno en un arco suave ante el enemigo para cortar su ruta de escape, mientras el otro intentaba cerrar la retaguardia. El brillante cerco parecía completo, por lo que Reuentahl, mirando de cerca su pantalla, chasqueó la lengua con asombro simultáneo. Pero solo por un momento.

              Las Fuerzas Armadas de la Alianza, siguiendo su propio plan inteligente, habían anticipado los movimientos de la flota de Lennenkamp y habían atraído a la Armada Imperial al alcance de las torretas antibuque de la Fortaleza Iserlohn. Esta estrategia, que en el pasado había asestado un duro golpe a Neidhart Müller, no debería haber funcionado por segunda vez, pero Lennenkamp se convirtió en un ejemplo repetido. Se produjo un espectáculo terrible cuando, golpeada por una lluvia de luz, su flota explotó en bolas de fuego de destrucción. Reuentahl se enteró momentos después.

              “No podemos quedarnos de brazos cruzados y verlos morir. ¡Ayudadles!”

              Esta vez, decenas de miles de rayos de luz imperiales cayeron sobre la fortaleza de Iserlohn. Enormes cantidades de energía impactaron silenciosamente en la pared exterior de la fortaleza. Sin hacer mella, el bombardeo envolvió el enorme globo hecho por el hombre, de sesenta kilómetros de diámetro, en una niebla de los colores del arco iris. Tormentas de energía se arremolinaron a lo largo de la pared exterior, torretas de armas y emplazamientos que se derrumbaron por el calor. Fragmentos del mismo golpearon el casco exterior con granizo candente. La potencia de fuego de la alianza se redujo drásticamente y la flota de Lennenkamp, ​​retorciéndose como una serpiente mordida en el vientre, logró restablecer el orden.

  Pero eso no significaba que la amarga sinfonía de la Armada Imperial, compuesta por Attenborough, orquestada por Yang, hubiera revelado cada movimiento.

              De la flota de Lennenkamp, ​​una división de avanzada todavía estaba ilesa. Enfurecidos por un deseo de venganza, esa división asaltó la flota enemiga. Pero incluso mientras lo hacía, la Armada Imperial ya mostraba signos de desintegración, y después de una contraofensiva de mala calidad, el enemigo comenzó su retirada como sedimento que se difunde en un lago.

              “Incluso con un comandante tan disciplinado, parece que esas malditas Fuerzas Armadas de la Alianza no sienten vergüenza por huir”.

   Lennenkamp era por naturaleza un hombre que subestimaba a sus propios enemigos, pero esta vez estaba vigilando de cerca al comandante general Reuentahl. Lennenkamp quiso, a toda costa, evitar ser ridiculizado por Reuentahl por recuperar los puntos perdidos en la primera parte.

              Oscar von Reuentahl, en lo que respecta a su talento como estratega y habilidades como comandante, nunca mereció críticas. Sus subordinados tenían mucha confianza en él, pero como un mujeriego susceptible al desprecio, se ganaba la animosidad ocasional de sus colegas. El hecho de que esta animosidad no estuviera profundamente arraigada hizo que el Jefe de Estado Mayor Paul von Oberstein lo odiara más visiblemente que nadie. Bastaba con que sus elogios llamaran la atención de tantos compañeros. Además, cuando la muerte de Siegfried Kircheis sumió a Reinhard en un estupor de dolor, Reuentahl fue uno de los primeros en calmar la confusión entre los almirantes y aprovechar las amenazas a la estabilidad de Reinhard para establecer su régimen dictatorial. Kempf también, que había peleado y perdido contra Yang el año anterior, tuvo una racha competitiva que lo llevó a perseguir demasiado el éxito. Al igual que Lennenkamp, por supuesto.

         Dio una orden severa, acercándose a los lentos transportes antes de dar la señal.

              “Detén esas naves. Si se niegan, ábran fuego “.

   En ese momento, un destello de luz blanqueó todo su campo de visión cuando explotaron los quinientos transportes. Aquellos que habían estado mirando sus pantallas sintieron como si sus ojos fueran a estallar. El destello se convirtió en una bola que se hinchaba rápidamente y se tragó por completo a las fuerzas imperiales.

           La flota imperial perdió por el perfecto control de la inercia, y mientras desaceleraba se sumergió en la corriente fangosa de su propia energía. Cualquier barco que se detuviera por completo fue golpeado por la espalda por aquellos que no pudieron, y juntos bailaron en un enredo de luz y calor, mientras estiraban sus sistemas para evitar colisiones hasta sus límites. Dentro de la explosión más grande, aparecieron cadenas de otras más pequeñas, destruyendo todo, vivos y no vivos por igual.

              “¡De todos los trucos rastreros posibles!”

              Lennenkamp echaba espuma por la boca. Como aquel a quien se estaba jugando este truco, estaba completamente desinflado. Su nave insignia apenas había escapado de la corona de energía. La mayoría de sus naves no habían tenido tanta suerte.

              Sin perder la oportunidad, Attenborough ordenó un ataque. Aquel compañero de Yang, de la Academia de Oficiales era un prodigio táctico por derecho propio. Su mando desató de manera extraordinaria y eficiente el celo de sus subordinados por el combate.

              El almirante Lutz actuó con rapidez y, en el poco tiempo que tardó en realizar un ataque cruzado, se abrió paso y pulverizó a las fuerzas imperiales. De todas las batallas que habían tenido lugar entre Yang y Reuentahl, ninguna se había decidido con un resultado tan unilateral.

              La Armada Imperial fue derrotada, perdiendo más de dos mil buques de guerra y sufriendo cien veces más bajas.

V

 Lennenkamp regresó a la base completamente abatido. Reuentahl se limitó a mirarlo como diciendo: “Te lo mereces”. Pero no lo dijo, sino que reconoció sus servicios y lo despidió. Reuentahl no vio ninguna razón para marcar esto como una pérdida , por así decirlo, en su libro mayor. Aunque en un nivel táctico habían concedido un paso, las Fuerzas Armadas de la Alianza, al tomar tan a la ligera su plan, se aseguraron de que la Armada Imperial se desanimara de ir tras ellos cuando llegara el momento de evacuar en serio. Si hubieran deseado una simple victoria táctica, no hubiera habido necesidad de todo ese teatro.

              “¿Eso significa que debemos prepararnos para perseguirlos?” preguntó Bergengrün.

              “¿ perseguirlos?”

              Los ojos desiguales de Reuentahl brillaron cínicamente.

              “¿Por qué deberíamos tener que perseguirlos? Si les permitimos escapar, podemos tomar la Fortaleza de Iserlohn sin tener que mover un dedo. ¿No crees que eso por sí solo es una victoria suficiente para nosotros, Bergengrün?

              Si iban tras ellos por impulso, la probabilidad de caer presa de otro hábil contraataque era alta. Yang había sido llevado a la batalla con las fuerzas principales de la Armada Imperial. ¿No deberían simplemente dejarlo ir a donde quería ir?

              “Pero si permitimos que Yang Wen-li quede libre, en algún momento podría volver para perseguirnos, como una enfermedad”.

              Reuentahl frunció ligeramente los labios.

              “En ese caso, será mejor que trabajemos juntos en esto. Nuestra flota no debería ser la única en correr el riesgo de infección “.

              “Pero, Su Excelencia …” 

              “Me pregunto si conoces la máxima, Bergengrün: ‘Sin presas, no habría necesidad de cazadores. Por eso no matan todo lo que se mueve ‘. ” 

              El jefe de personal cuyos ojos verdes temblaban con el brillo de la comprensión y la ansiedad, volvió a mirar a su comandante, y habló en voz baja.

         “Su Excelencia, no diga cosas tan precipitadas, que podrían provocar malentendidos inútiles. No, más que malentendidos, podrían tomarse por calumnias. Por favor conténgase. Como uno de los generales más famosos de la Armada Imperial, cualquier error que cometa Su Excelencia tendrá un gran impacto en los demás “.

              “Tu consejo es sólido. Intentaré ser un poco más cuidadoso con mis palabras “.

              Reuentahl habló con franqueza y expresó su gratitud por el consejo de su jefe de personal. Sabía que era difícil encontrar a un hombre así.

              “Me alegra que tomes en serio mi consejo. Incluso si no vamos tras ellos, deberíamos prepararnos para ocupar la Fortaleza de Iserlohn “.

              “Sí, hazlo bien”.

              Y con eso, Reuentahl puso en marcha una recaptura incruenta de Iserlohn.

    Como Yang Wen-li le dijo una vez a su pupilo, Julian Mintz:

              “Cuando se trata tanto de estrategia como de táctica, es mejor tender una trampa mientras le das al enemigo lo que quiere”.

              También había dicho:

              “No hay nada mejor que despertarse después de un sueño profundo y descubrir que las semillas que ha sembrado han producido un tallo de judías imponente”.

              Y ahora, Yang estaba tratando de poner en práctica esas mismas estratagemas. Su huida de la fortaleza Iserlohn —lo que el teniente comandante Poplan llamó un “vuelo nocturno” – no había sido muy inteligente, sino más bien una medida necesaria para capitalizar la fuerza de su flota guarnecida. De lo contrario, habría estado desperdiciando el poder a su disposición, sin mencionar las muchas vidas que dependían de él. Cuando se trataba de proteger la seguridad de la población civil de Iserlohn, abandonar la Fortaleza de Iserlohn como si fuera un hardware era como quitarse un abrigo pesado en primavera: un mero cambio de estación.

Debido a que el contralmirante Cazellnu, administrativamente a cargo de evacuar a cinco millones de personas, nunca había sido alguien creativo, Yang sintió que se le hundía el corazón cuando le dio a la operación el nombre en clave de “Proyecto Arca”. Aunque no creía que fuera suficiente para soplar viento en sus velas, en lugar de preocuparse por cosas tan insignificantes, dijo Cazellnu, que pensaba que deberían preocuparse mas por el hecho de haber desperdiciado quinientos barcos de transporte ya decrépitos en la refriega de Yang con Attenborough.

              Era seguro decir que el efecto sobre la capacidad de sus naves de transporte y naves hospital había sido perjudicial, por lo que un buen número de civiles se distribuyó a bordo de naves normalmente reservados para el combate.

              Seiscientos recién nacidos y sus madres, junto con médicos y enfermeras, fueron colocados a bordo del acorazado Ulysses . El Ulises tenía un historial impecable, habiendo sobrevivido ileso a numerosas batallas, por lo que se lo consideraba el medio más seguro de transporte de bebés, cuya seguridad era máxima prioridad. Sin embargo, un cinismo creciente a bordo hizo que los tripulantes se sintieran mal preparados para tal tarea. Incluso el capitán, el comandante Nilson, estaba desanimado por la perspectiva de ver miles de pañales colgando para secarse en el puente de su barco. Aunque el subteniente Fields, oficial de navegación en jefe, hizo todo lo posible por levantar la moral al insistir en que las mujeres eran más atractivas después de dar a luz y que tres compañías de ellas vendrían para el viaje, la imaginación de sus hombres se estimuló menos con la idea de legiones de hermosas Madonnas que por un coro de bebés llorando, y así el aliento del subteniente cayó en oídos sordos.

              Acomodar a un gran total de cinco millones de personas — 5.068.224, para ser exactos, una mezcla de soldados y civiles, hombres y mujeres — no era poca cosa. Cazellnu vio que la situación no se estaba manejando con la suficiente empatía. Incluso su propia familia, una esposa y dos hijas, estaba molesta por dejar Iserlohn. El trabajo se ejecutó con rapidez.

              El cuerpo de ingenieros bajo el mando del Capitán de Ingeniería Links había colocado bombas de frecuencia extremadamente baja en todas partes de la fortaleza, incluso en sus reactores de fusión y centros de control. Aquellos con un rango más alto que los oficiales de campo lo sabían, pero solo unos pocos sabían los deberes que estaba llevando a cabo la teniente Frederica Greenhill por órdenes estrictamente secretas de Yang. Yang estaba sentando las bases para la futura recaptura de Iserlohn. Cuando se le informó sobre los detalles, Frederica contuvo su sorpresa y entusiasmo.

              “Idealmente, tenemos que asegurarnos de que el enemigo descubra nuestros explosivos, pero no sin un poco de esfuerzo. De lo contrario, verán la trampa real. ¿Estoy en lo cierto?

              “Eso es, exactamente. En otras palabras, teniente, he creado una pantalla para desviar los ojos de la Armada Imperial de la trampa real.”

              La trampa en cuestión era ridículamente simple y en eso radicaba su efectividad. Yang se lo explicó a Frederica nuevamente.

              “Si la fortaleza y sus sistemas operativos se dejan como están, nuestro subterfugio no tiene ningún valor. Tendremos que desecharlos antes de que se den cuenta “.

              Frederica dio vueltas al contenido de la orden en su mente y no pudo evitar admirar su simplicidad y la grandiosidad de su resultado. 

             “No es nada ingenioso ni de primera clase.  Es astuto , aunque estoy seguro de que se pondrán lívidos una vez que lo usemos ”, respondió Yang para desviar sus cumplidos. “Además, no sabemos siquiera si tendrá el efecto deseado. Es posible que ya no necesitemos Iserlohn “.

              Por un momento, Frederica miró el perfil del joven comandante con sus ojos color avellana como si estuviera recibiendo una revelación divina o profiriendo profecías, aunque no era así en absoluto.

             Sospecho que algún día resultará útil. La Fortaleza Iserlohn es nuestro hogar … el hogar de toda la flota Yang. Estaremos de vuelta. Y cuando eso suceda, el plan de Su Excelencia dará sus frutos para que todos lo vean “. 

              Yang se acarició la cara con una mano, como era su costumbre cuando no sabía cómo expresarse. Mientras bajaba el brazo, el joven comandante de cabello oscuro habló como un chiquillo de poca experiencia.

              “En cualquier caso, teniente, mucha suerte a medida que avanzamos.”

              Era el tipo de cosas que Frederica esperaba que dijera Yang.

VI

              Los informes de naves que comenzaban a partir en masa de la Fortaleza Iserlohn convergieron en Reuentahl por múltiples fuentes. La mitad de ellos esperaba una orden de represalia. El heterocromático comandante de la flota prohibió estrictamente la apertura de hostilidades sin su orden expresa. Había sido demasiado rápido para apretar el gatillo la última vez, y su tendencia a la acción era conocida en toda la marina.

              “Es inútil perseguirlos”, aseguró Reuentahl. “No es como si la alianza pudiera llevarse la Fortaleza Iserlohn con ellos. La ocupación total de la fortaleza es nuestra máxima prioridad “.

              Poco después, el almirante Lennenkamp preguntó directamente sobre la conveniencia de un ataque, pero la respuesta del comandante fue un rotundo no.

              “Solo incurriría en otro contraataque. Déjalos ir por ahora. Preferiría no pasar a la historia como alguien que causó daño a los civiles que huían ”.

              Lennenkamp se retiró obedientemente, su beligerancia empañada por la derrota del otro día.  Reuentahl asintió con satisfacción. Bien, ahora las cosas irán mejor, de una forma u otra.

              “Bergengrün, debes ir tras Yang Wen-li, pero solo después de haber asegurado la fortaleza. No será necesario alcanzarlo ni entablar combate con él. Eso lo dejaremos para otro día ”, le dijo a su jefe de personal. “Solo pégate a él. El almirante Yang liderará el camino. ¿Tomamos Iserlohn, ya que ha sido tan diligentemente preparada para nuestra llegada?”

              Sobre la cuestión de quién debería ir primero, Cornelius Lutz ofreció su completa opinión. Aunque Yang Wen-li había evacuado la fortaleza Iserlohn, tenían que estar atentos a cualquier “regalo de despedida” que la alianza pudiera haber dejado atrás. En lo que a Lutz se refería, no era paranoico asumir que la alianza había colocado bombas en los reactores de la fortaleza para masacrar a las fuerzas imperiales de un solo golpe cuando se dispusieran a ocuparla. Dada la velocidad a la que las flotas de la alianza se alejaban, el grado de riesgo al acercarse a la fortaleza era extremadamente alto. Lo mejor que podían hacer ahora era enviar expertos en bombas para investigar y, una vez hecho eso, ocuparlos sólo después de que se hubiera dado el visto bueno.

              ” El argumento del almirante Lutz no debe tomarse a la ligera”.

               Reuentahl ordenó a todas las flotas que se retiraran de los alrededores mientras un grupo de expertos dirigido por el Capitán de Ingeniería Schmude era escoltado a la fortaleza.

              Habiendo recibido este inesperado honor, el capitán Schmude estaba de muy buen humor pero nervioso cuando entró en el antiguo campamento enemigo. Las sospechas de Lutz se confirmaron cuando un barrido cuidadoso reveló una serie de bombas de baja frecuencia. Estas fueron desmanteladas con éxito.

              “Llegamos justo a tiempo. Las bombas estaban muy bien escondidas. Cinco minutos más tarde, y la Fortaleza Iserlohn se habría convertido en una bola de fuego, infligiendo un daño considerable a nuestras fuerzas “.

El Capitán Schmude no pudo reprimir su entusiasmo mientras entregaba su informe. Oskar von Reuentahl asintió con la cabeza,como si una rueda de agua de comenzase a girar en el torbellino de pensamientos que se agitaba detrás de sus ojos desiguales. ¿Era posible que Yang hubiera dispuesto eso para su propio beneficio? Por otra parte, la explosión de la fortaleza habría forzado un contraataque que quizás no hubiera podido sostener. De todos modos, ¿se suponía que debían estar satisfechos con su éxito? ¿Y eran estos los únicos obsequios de despedida que Yang Wen-li les había dejado? La duda se apoderó del almirante heterocromático. Se preguntó si Yang no habría escondido algo más siniestro.

              “Es un hombre astuto. Me pregunto qué está planeando ahora … ” 

              Mientras tanto, Yang Wen-li, con el éxito de su vuelo nocturno, estaba en el puente de su Nave principal, la  Hyperion , incapaz de apartar su ansiosa mirada del orbe de la Fortaleza Iserlohn que colgaba en el centro de su pantalla principal. No pensó que sucedería en un millón de años, pero ante la posibilidad infinitesimal de que la Armada Imperial no detectara las bombas, Yang no solo habría destruido la fortaleza, sino que también habría comprometido inútilmente muchas vidas humanas. Pasó el tiempo señalado para la explosión, y una vez que confirmó que no habían aparecido grietas en la hermosa superficie de Iserlohn, exhaló un suspiro de alivio.

              “Gracias a Dios, parece que las encontraron”.

              Yang se llevó una mano al pecho con alivio, apartándose de la pantalla, y salió del puente para tomar una siesta en su habitación privada, inclinándose ante el globo blanco plateado mientras lo hacía. Para él, era una forma de mostrar gratitud cuando era debida.

              “Adiós, Iserlohn. No me engañes mientras no estoy. Realmente eres la reina del espacio. Ninguna mujer se le acerca ”, dijo el teniente comandante Olivier Poplin, despidiéndose de mala gana con su característica caballerosidad.

              Junto a él, el contralmirante Schenkopp levantó silenciosamente una petaca de whisky a la altura de los ojos. Murai se puso de pie y saludó. Frederica y el contralmirante Cazellnu siguieron su ejemplo. Cada uno tenía sus propios pensamientos al despedirse de la fortaleza espacial donde habían pasado los últimos dos años. Varios de ellos volverían a pisar la superficie artificial de Iserlohn.

             De vuelta en la Fortaleza de Iserlohn, ahora ocupada nuevamente por la Armada Imperial, se estaba desarrollando un modesto interludio. Se descubrió que un oficial gerente con una larga hoja de servicios se había apropiado indebidamente de algunos de los suministros abandonados de la alianza sin anotarlos en el registro público. Cuando la policía militar investigó el asunto, se reveló que lo había hecho muchas veces en el pasado. Reuentahl no toleraba este tipo de insubordinación. En cumplimiento de la ley marcial, condenó al hombre a muerte en una audiencia sumaria y llevó a cabo el acto él mismo. El oficial gritó histéricamente hasta el momento en que lo arrastraron al campo de ejecución, donde sollozó pidiendo piedad. Pero al darse cuenta finalmente de que era inútil, recurrió a las acusaciones directas.

 “El mundo es injusto. No importa si destruyen ciudades o matan a decenas de miles de personas en nombre de la guerra. Mientras ganes, los almirantes y comandantes recibirán títulos y medallas elegantes. Y, sin embargo, me trata como a un criminal sólo por robar una cantidad insignificante de recursos materiales “.

              “¿Qué sentido tiene lloriquear ahora? Solo escucharte hace que me duela los oídos “.

  “Esto va más allá de la razón. Puedes llamar a Duque Lohengramm un héroe o un genio, pero al final del día, ¿no es un villano que intenta conquistar la galaxia? Mis crímenes no son nada comparados con los suyos”.

              “Entonces, ¿por qué no intenta tomar la galaxia en su lugar?”

              Las bien formadas cejas de Reuentahl temblaron levemente cuando apretó el gatillo , esparciendo en el aire los sesos del oficial. Sus camaradas guardaron un solemne silencio.

              Después de que Reuentahl se instalara en la oficina ejecutiva de Yang Wen-li, el oficial de ingeniería vino a entregar su informe escrito. Hasta que se pudiera instalar el propio software de la Armada Imperial, se acumularían montañas de informes escritos en su escritorio. Según este, todos los datos en la computadora táctica habían sido borrados, lo que significa que la Armada Imperial necesitaría ingresar los suyos desde cero. Esto era de esperar. Todos los asuntos prácticos que siguieron a la reconquista de la fortaleza estaban fuera del alcance de los deberes de Reuentahl, ya que sus preocupaciones serían puramente estratégicas de ahora en adelante.

              El futuro estaba más allá de la deliberación. Independientemente del extraño truco táctico que Yang Wen-li hubiera utilizado para forzar la recaptura de la Fortaleza Iserlohn, siempre que él, Oskar von Reuentahl, lograra evitar ser el alivio cómico en todo esto, estaría contento con su posición. Reuentahl lo vio todo. En primer lugar, Yang Wen-li esencialmente les había entregado la Fortaleza Iserlohn en bandeja. Lo que quería decir que la probabilidad de que alguna otra cosa estuviera hirviendo a fuego lento, más allá de su alcance, esperando, era más alta de lo que podía imaginar

              La fortaleza es nuestra en cualquier caso. Aceptaré lo que se me ofrezca de buena fe , pensó, y envió un mensaje a través de su oficial de comunicaciones.

             “Ponte en contacto con Odin. Diles que he capturado la fortaleza Iserlohn “.

              Y así, el 9 de enero, la Fortaleza Iserlohn fue devuelta a manos de la Armada Imperial por primera vez en casi dos años.

Capítulo 3. En busca de un nuevo universo.

I

Ese año estelar de 799, Julian Mintz cumpliría 17, y por segunda vez le dio la bienvenida al nuevo año, aunque no sin preocupación.

La primera vez fue cuando se convirtió en el pupilo de Yang Wen-li como consecuencia de la Ley Travers. Yang, que entonces era capitán, se había convertido en almirante, y el propio Julian había pasado de ser un civil a servicio del ejército a un soldado de pleno derecho, avanzando al rango de alferez. Su compensación llegó en forma de reasignación a Phezzan como oficial residente de Yang, pero su itinerario lo había desviado de la Fortaleza Iserlohn a la capital, Heinessen, y solo entonces a Phezzan, a casi diez mil años luz de distancia.

Ni siquiera habían pasado seis meses desde que se despidiera de sus seres queridos y comenzara una nueva vida ajetreada en suelo Phezzaní. Lo que mantuvo el corazón de Julian bajo control era el hecho de que allí era como si no existiera en absoluto.

“Asegúrate de encontrar una chica hermosa y traerla de vuelta”.

El teniente comandante Poplin lo había alentado con este tipo de charlas, pero Julian no podría haber tenido un amante aunque quisiera. Si hubiera tenido el 10% de la pasión de Poplin, al menos podría haberle dado vueltas a la idea…

“Y así, nuestro héroe muere solo y en la oscuridad”, murmuró Julian para sí mismo.

En su camino a los diecisiete, la altura de Julian había alcanzado los 176 centímetros, acercándose por fin a la de su tutor, Yang. Pero sólo en estatura física, pensó Julian. El chico de cabello rubio era muy consciente de que, en todos los demás aspectos, apenas podía mantener un pie a la sombra de Yang. Todavía tenía mucho que aprender y aún tenía que salir del ala del almirante Yang. Hasta que pudiera emprender su propio camino utilizando las estrategias, tácticas e historias que había aprendido, siempre sería menos que el almirante Yang.

En su escondite ubicado en un callejón de Phezzan ocupado por los imperiales, Julian se apartó el cabello rubio que le caía obstinadamente sobre la frente. Los rasgos que revelaba este gesto, gracioso pero vivaz, eran casi femeninos. No es que le importara. Su único motivo de orgullo, en este momento, era cuánto había subido de nivel desde que obtuvo conocimientos tácticos de Yang, puntería y habilidades de combate cuerpo a cuerpo de Walter von Schenkopp y las técnicas de combate aéreo de Olivier Poplin.

“¿Seguimos castigados?” Julian le preguntó a Marinesk, quien había venido al escondite por invitación suya.

Marinesk, que por medio de sus contactos les había conseguido una nave espacial y un astronavegante, era el oficial administrativo de la Beryozka, una nave mercante independiente. Marinesk también era un amigo de confianza de Boris Konev, quien se estaba poniendo ansioso por su inactividad obligatoria en la capital de la alianza, Heinessen. Aunque todavía tenía treinta y tantos años, su cabello era fino y su cuerpo flácido. Solo sus ojos estaban llenos de vitalidad juvenil.

“No todavía. Por favor, no se impaciente. Oh, dije lo mismo ayer, ¿no?”

La sonrisa de Marinesk estaba desprovista de cinismo o sarcasmo, pero Julian, consciente de su propia impaciencia e inquietud, no pudo evitar sonrojarse. Por el momento, la Armada Imperial no admitía el paso de naves civiles a través del Corredor Phezzan. No importa lo bien que planearan su escape de Phezzan, seguramente serían capturados si se marchasen en ese momento. Era probable que la Armada Imperial permitiera el paso de naves civiles una vez que las actividades militares hubieran cesado, aunque sólo fuera para apaciguar a los ciudadanos de Phezzan. Y cuando eso sucediera, las inspecciones espontáneas de todos y cada uno de las naves serían imposibles. Esto, aseguró Marinesk, facilitaría mucho su escape.

Aunque sus predicciones y conclusiones persuadieron a Julian, era todo lo que pudo hacer para soportar los nerviosos latidos de su corazón, que obligaron al niño con todo el poder de un instinto de búsqueda.

“Sea como sea, ¿cuánto tiempo debemos esperar?”

Estas palabras, llenas de descontento, salieron de la boca del comisionado Henslow. Henslow, propietario de cierta gran empresa, había sido abandonado por altos ejecutivos por su falta de perspicacia y talento para los negocios, tras lo cual le habían otorgado un puesto honorífico en el gobierno de la alianza y discretamente exiliado a un planeta extranjero. Si la alianza hubiera sido sincera sobre la importancia de la diplomacia, un hombre de su posición nunca habría sido enviado a Phezzan, como si fuera un símbolo modesto de una democracia rota.

“¿Cuánto tiempo? Hasta que podamos partir sanos y salvos, obviamente “.

Marinesk trataba a Julian con el respeto que le tocaba, pero hacia Henslow no mostró la más mínima deferencia.

“Ya hemos pagado una nave”.

Henslow no fue tan lejos como para decir que el dinero había salido de su bolsillo, pero tal vez fue porque sus peculiares estándares no lo permitían.

“Y eso es todo lo que hemos hecho. Así que preferiría que no actuaras con tanta pompa y altanería al respecto. El pasaje está a nombre de Julian Mintz, mientras que tu solo eres equipaje extra “.

“¡Pero fui yo quien pagó por ello!”

En un instante, perdió la compostura, pero su arranque no dejó mella en Marinesk.

“En lo que a mí respecta, fue el Alférez Mintz quien pagó. Puede que le hayas prestado el dinero, pero eso es entre tú y él y yo no lo sé “.

Más que el propio Henslow, fue el que estaba sentado a su lado, el suboficial Luis Mashengo, quien sintió que Marinesk estaba jugando con él. El hombre negro de magníficas proporciones, cuyo físico recordaba al de un toro, intervino con indiferencia para neutralizar la creciente tensión.

“Marinesk, cuando entró, sentí que tenía algún tipo de regalo para nosotros. Me pregunto si me equivoqué “.

Su consideración fue recompensada con simpatía. Marinesk abortó su inútil intercambio con el comisionado y se volvió hacia el rostro del gigante de piel oscura.

“Tiene buen ojo, suboficial. De hecho, vine aquí para darle estos “.

El oficial administrativo de la Beryozka sacó tres pasaportes autorizados de su bolsillo interior.

II

Julian Mintz caminaba por la calle con una gran bolsa de papel de la panadería. Cada día hacía el esfuerzo por salir de su escondite una vez al día para familiarizarse con la ciudad. En ese momento aun no había levantado sospechas, entre los soldados imperiales errantes. Julian, por diferentes razones que Yang, no parecía en absoluto un militar. Estaba atrayendo el interés de las chicas de su edad, e incluso ese problema menor amenazaba con comprometer su bajo perfil.

Julian se congeló en seco cuando una conmoción repentina se apoderó de sus tobillos. La mirada curiosa de sus ojos marrón oscuro se movió nerviosamente a su alrededor. No vio nada fuera de lo común. Y luego comprendió.

La causa de su conmoción no fue física sino auditiva. Un solo nombre propio había surgido de las conversaciones de los peatones a su alrededor y asaltó su conciencia con una energía dominante: Lohengramm. ¡El duque Reinhard von Lohengramm iba a pasar pronto por esa misma calle! El primer ministro imperial, el comandante más alto de la Armada Imperial Galáctica, el mariscal imperial, ¡el duque Reinhard von Lohengramm venía por aquí!

Una amarga sensación de pesar penetró oblicuamente en el pecho de Julian. En la remota posibilidad de una inspección imperial, había dejado su arma en el escondite. Si hubiera estado en su persona, podría haber tomado el destino de ese joven de cabello rubio que había traído cierta calamidad a la Alianza de Planetas Libres en sus propias manos. Si hubiera podido retroceder en el tiempo, habría traído su blaster en contra de los deseos del suboficial Mashengo.

Julian cerró sus ojos y tomó una profunda bocanada de aire, mientras rechazaba el arranque de furia violenta que por un momento había pasado a dominar su compostura. Apenas había conseguido mantenerse alejado del abismo de estupidez en el que hubiera rendido mente y cuerpo a una fantasía estúpida. Ninguna clase de deseo materializaría el blaster en su mano. Ademas ¿no le había dicho algo una vez el Almirante Yang? “Ni el terrorismo ni el misticismo han movido jamas la historia en direcciones constructivas.” Julian había pensado en convertirse en militar desde que era un muchacho, pero jamás había pensado en convertirse en terrorista. La caída de ese tirano de cabellos rubios, el Duque Reinhard von Lohengramm, no debería ser orquestada a través de un acto terrorista, sino a través de una pelea justa. Lo mejor para todos, era que estuviera desarmado.

Esta era una oportunidad para hacer una cosa diferente al terrorismo: La oportunidad de ver a Reinhard von Lohengramm con sus propios ojos. Conocía la elegancia de Lohengramm solo a través del renderizado de hologramas o por imágenes de los medios. Ni siquiera el Almirante Yang le había visto en persona. Y ahora ese mismo tirano estaría allí mismo en cualquier momento , en carne y hueso. Habiendo recuperado sus sentidos y ahora conducido por un deseo más intento, Julian nadó a través de un pequeño océano de gente.

Se habían colocado barreras a lo largo de la calzada y las aceras. Filas de guardias corpulentos, impecablemente armados y uniformados, empujaban suavemente a las oleadas de personas que iban delante y detrás. Teniendo en cuenta la posición y la autoridad de aquel que estaban custodiando, era un nivel de protección bastante decepcionante. Julián se dirigió al frente y, mientras se apartaba casualmente el cabello de la frente, esperó a ver al joven dictador.

Una procesión de vehículos terrestres apareció por la calzada. El primero fue un vehículo blindado automático, seguido de un automóvil de lujo, que por sí solo no habría llamado la atención de nadie. Julian siempre había oído que, por regla general, al duque Lohengramm no le gustaba el exceso de extravagancia, y los rumores estaban resultando ser ciertos. Solo por ese punto, Julian ya tenía una impresión favorable de Reinhard.

El vehículo terrestre, que transportaba a un alto funcionario; pasó frente a la multitud. Julian aguzó la vista, pero lo que le llamó la atención fue un rostro pálido y anguloso con el pelo veteado. La luz que emanaba de sus ojos tenía una cualidad inorgánica y su expresión era completamente descorazonada. Julian guió esa impresión a través de la biblioteca de su memoria y se detuvo frente al estante que decía “Jefe de Estado Mayor de la Armada Espacial Imperial, Alto Almirante Oberstein”. Pero no hubo tiempo para reflexionar sobre ese nombre porque el próximo vehículo terrestre había entrado en el campo de visión de Julian. En el momento en que reconoció ese soberbio cabello rubio dorado en el asiento trasero, el corazón de Julian comenzó a bailar claqué.

¿Era el duque Lohengramm? Julian reunió la totalidad de su memoria visual para grabar el elegante rostro del joven dictador en sus retinas, solo para darse cuenta de que tales esfuerzos eran innecesarios para un rostro tan imposible de olvidar. No solo por sus cualidades tan poco comunes, sino también por el tipo y volumen de vitalidad mental que había detrás. Julian escuchó el suspiro escapando de sus labios como desde la distancia y cambió levemente su línea de visión.

La persona sentada junto a Reinhard al principio parecía ser un hermoso muchacho de la misma edad que Julian. Pero el cabello rubio apagado y corto y la expresión digna revelaban el rostro de una mujer joven. Debía ser la secretaria privada del duque Lohengramm, cuyo nombre Julian no recordaba.

Desde el interior del vehículo terrestre, Reinhard escudriñó a la multitud. Su mirada fluyó horizontalmente, pasando sobre el chico de cabello rubio.

Por el más breve de los momentos, su mirada y la de Julian se cruzaron. Fue un momento mucho más significativo para Julian. Para el otro, no era más que una pequeña ola en un mar de muchos. Si Reinhard, como Yang Wen-li o Julian, no era superhumano, tampoco era un apóstol elegido por algún poder superior. Aunque su disposición superaba con creces a la persona promedio en el alcance de su proporción, todavía estaba dentro de los límites de lo que cualquier ser humano podría ser capaz. En el pasado habían existido otros que habían superado la enormidad de su genio militar, la magnificencia de su ambición política, su justa elegancia y la intensidad con la que se conducía. Solo aquellos que poseían cada una de estas cualidades en igual medida eran raros, al igual que la gran cantidad de estrellas fijas y planetas que estaba tratando de poner bajo su dominio. En cualquier caso, no podía prever perfectamente el futuro, y dentro de unos años ni siquiera recordaría los acontecimientos de este día.

Cuando el vehículo terrestre de Reinhard aceleró y la multitud se dispersó, Julian también se alejó. Él, por su parte, no olvidaría este día mientras siguiera vivo. En ese momento, sintió un ligero golpecito en el brazo. En sus ojos sorprendidos se reflejaba el rostro sonriente del oficial administrativo de la Beryozka.

“Marinesk …”

“Lo siento, no fue mi intención asustarte. Entonces, ¿cómo te sientes ahora que has visto al verdadero Duque Lohengramm? “

“No soy rival para él”.

Esas palabras se escaparon con resignación de la boca de Julian. Tanto en la expresión de Reinhard como en su apariencia física, Julian reconoció solo el brillo brillante que abrumaba a todos a su alrededor. Ahora Julian entendía por qué el almirante Yang admiraba al dictador rubio del que se había convertido en enemigo.

Al escuchar los breves pero pesados ​​pensamientos del chico sobre el asunto, Marinesk arqueó ligeramente las cejas.

“Veo. Puede parecer un joven noble ahora, pero no es como si hubiera nacido de esa manera. Antes de recibir el Apellido de Von Lohengramm y convertirse en duque, su apellido era solamente el de un hombre pobre que resultó ser noble de nombre. Su padre vendió a su propia hija para garantizar un futuro mejor para su hijo”.

*Nota del traductor: El apellido original de Reinhard es “von Musel”. La familia pertenecía a la baja nobleza (no eran ricos) y al final su padre (Sebastian von Musel) terminó vendiendo a Annerose… porque era perfectamente consciente de que si se negaba igual le ponían una bala en la cabeza por negarse a un capricho del Kaiser. Reinhard siempre odió a su padre por ello, y cuando más tarde el Kaiser le ofreció el título de conde y el apellido de “Von Lohengramm”, no es que se lo pensara demasiado.

“¿Vendió a su hija …?”

“La había encerrado en el palacio trasero del Kaiser. No es que la hubiera vendido oficialmente, pero bien podría haberlo hecho “.

Para un noble de clase baja del imperio, una hija era un bien precioso, una llave de oro que abría la puerta a un verdadero salón de banquetes de riqueza y poder. Reinhard y el padre de su hermana Annerose no fueron los únicos en hacer un uso práctico de él. Sin embargo, si el hermano menor de la amante favorita del Kaiser hubiera sido incompetente, podría haber disipado cualquier animosidad, pero la habilidad incomparable de Reinhard hizo que los recelos y la animadversión de una persona se fueran acumulando hasta que terminaban estallando. Naturalmente, Reinhard nunca había concedido el más mínimo favor a nadie que se aferrara a valores anticuados. En la cosmovisión de Reinhard, esa clase de gente existía solo para ser dominada. Incluso su propio padre no fue la excepción. Reinhard nunca le había perdonado la fealdad del gesto de vender a Annerose. Antes de su repentina muerte, el padre de Reinhard había gastado la poca vitalidad que le quedaba en libertinaje y extravagancia, y Reinhard se había negado vehementemente a enmendar las cosas. La única razón por la que había asistido al funeral de su padre había sido para no enfadar a su hermana.

Julian sabía algo del pasado de Reinhard, pero, al oírlo de nuevo ahora, no podía odiar al enemigo de la alianza. En todo caso, se sintió algo avergonzado. La figura de un muchacho que, a pesar de su disposición violenta, pensaba solo en su hermana mayor borró la imagen hambrienta de poder que había construido en su mente.

“Dadas estas circunstancias, se ha dicho que Reinhard debe su éxito a la influencia de su hermana. Honestamente, sin ella, él no es nada “.

“¿Pero no era ya un militar de primer nivel y muy condecorado cuando tenía mi edad?”

“Usted mismo ha sido condecorado, Alférez. Y si no le importa que lo diga, nuestro propio Milagro Yang era solo un estudiante mediocre en la Academia de Oficiales a su edad. Comparado con él, está un paso o dos por delante “.

Una nube de pensamientos profundos oscureció los ojos de Julian.

“Marinesk, al explotar solo los puntos más convenientes sobre el almirante Yang y el duque Lohengramm, uno podría pensar que estaba tratando de provocarme, pero es una causa perdida. Si me hubieras comparado con alguien de un nivel inferior, podría estar dispuesto a aceptar un pequeño halago. Pero cuando me comparas con gente como el almirante Yang y el duque Lohengramm, la confianza que tengo en mí mismo se desvanece. Está teniendo el efecto contrario. Me hace sentir aún más inadecuado “.

Julian intentó controlar su tono pero sin éxito.

“Oh, ¿entonces crees que pretendía tratar de provocarte?” —dijo Marinesk sin un rastro de timidez, acariciando su fino cabello. “Mis más sinceras disculpas si Ha pensado así. Solo estaba tratando de señalar que nadie nace como un héroe o un gran comandante, pero supongo que fui demasiado lejos “.

“No, yo fui el que se sobrepasó”.

“Dejemos atrás el asunto entonces, ¿de acuerdo? De todos modos, ya le he hecho perder suficiente tiempo. De hecho, estoy de camino a ver a un cliente “.

“¿Un cliente?”

“A decir verdad, no podría obtener ganancias simplemente transportándote a ti y a tu grupo. Mi objetivo es reunir tantos clientes como pueda. También ayudará a disipar algunos de los peligros que te rodean “.

Julian podía entender de dónde venía. Cuantos más objetivos hubiera, menos rigurosas serían las vigilancia y las inspecciones. Aun así, Julian no pudo evitar pensar que así era como a los phezzanís les gustaba hacer las cosas. ¿No había gente que había perdido dinero confiando en su lógica al pie de la letra? Por otra parte, los phezzanís en cuestión probablemente creían en la corrección de su propia lógica considerándolo como algo más que mera retórica.

Julian preguntó quién era el cliente, aunque solo fuera para mantener la conversación, ya que tenía poco interés en la respuesta. A Julian le preocupaba que sus propias circunstancias atrajeran la atención de otros clientes, que probablemente ocultarían las suyas si les molestaba que él lo supiera.

“Un sacerdote de la Iglesia de Terra”, dijo Marinesk despreocupadamente. “Ahora que lo pienso, es alguien más importante que eso. ¿Un obispo, tal vez? En cualquier caso, no trabaja y pone comida en la mesa dando sermones “.

Marinesk no vio ninguna razón para ocultar su estrecho prejuicio hacia personas de tal estatus.

“Pero no puedo negar muy bien las necesidades de un clérigo. Convierte a uno en aliado, y puede convertir a cien de sus creyentes en lo mismo. Eso me dará acceso a una gran cantidad de información. Aun así …”

Marinesk agregó con disgusto que nunca podría entender la contradicción de cómo todos estos Kaisers, nobles y clérigos, personas que nunca sobrevivirían sin seguidores trabajando por su causa, eran adorados con tanta frecuencia. Su opinión, como Phezzaní trabajador y rentable, fue compartida por muchos.

“Pero es un cliente importante, ¿verdad?”

“No, pero una vez fue un hombre importante”.

Marinesk no sabía esto de primera mano. Como una joya con una leyenda siniestra, la información había pasado por las manos de muchos comerciantes antes de aterrizar en las suyas. Este antiguo sacerdote había prosperado una vez bajo el patrocinio del terrateniente, yendo y viniendo a su antojo. Saber esto fue suficiente para incitar a la cautela de los ricos comerciantes conservadores. Mientras que el terrateniente Adrian Rubinsky tuviera buena salud, intentarían ganarse su favor, pero Rubinsky se había ido de incógnito inmediatamente después de la ocupación imperial. Aunque desde entonces no se había visto en público ni el pelo, la lealtad del obispo era inquebrantable.

Marinesk rara vez era propenso a la especulación, pero si lo empujaban podría agarrar al capitán Boris Konev, un hombre que rara vez ponía un pie en tierra, por el cuello y derribarlo. Lo más silenciosamente posible, por supuesto. Pero ahora que ya había decidido enfrentarse al peligro de llevar a Julian Mintz al territorio de la Alianza de Planetas Libres, el director administrativo de la Beryozka no veía el peligro como un problema. Un proverbio de Phezzan corroboraba su pensamiento al respecto: si el veneno es lo suficientemente letal, el resultado es el mismo sin importar la dosis.

“Entonces, Alférez, ¿le importaría estirar un poco las piernas y conocer a su compañero de viaje?”

Marinesk escrutó la expresión de Julian, extendiendo suavemente sus manos en imitación de su sonrisa.

“Para ser honesto, todavía tengo que conocer a este sacerdote u obispo o lo que sea que sea, y estoy un poco incómodo con todo esto. No podré manejarlo por mi cuenta si resulta ser un loco. Me sentiría mejor si me acompañara “.

Marinesk era un tipo imposible de odiar. Además, Julian no vio ningún daño en hacerle un pequeño favor, considerando todo lo que había hecho. Si Marinesk hubiera querido tenderle una trampa, ya había tenido múltiples ocasiones para hacerlo.

Julian accedió y, todavía agarrando su bolsa de panadería, caminó un paso detrás de Marinesk hacia un edificio abandonado que estaba a punto de derrumbarse. El aire estancado era como un lodo convertido en vapor. Los dos caminaron hacia el segundo piso con el acompañamiento de ratas que coreaban su amenaza a estos intrusos. Marinesk abrió una puerta.

“Obispo Degsby, de la Iglesia de Terra, ¿supongo?” Entonó cortésmente en la habitación en penumbra.

Como nunca antes había visto a este hombre, Marinesk había elegido llamar a esta persona, de quien pensaba tan mal, con esa fórmula de cortesía. Una manta se movió lentamente y un par de ojos nublados miraron a los visitantes.

III

Un informe detallando la recaptura de la fortaleza Iserlohn a manos del alto almirante Reuentahl esperaba a Reinhard cuando este apareció por su oficina improvisada de primer ministro.

“Felicidades. Con esto su excelencia controla ambos corredores.”

Streit habló con cortesía, aunque parecía como si de alguna manera estuviera leyendo un guion. El almirante Lutz también ofreció sus felicitaciones, pero el contraste poético de sus palabras intrigó a Hilda.

“Que los acontecimientos sigan favoreciéndole.”

Eran buenas noticias y Reinhard no tenía razón para estar de mal humor, pero el hinchado globo de su ánimo estaba a una aguja de pincharse.* La última vez que Reinhard había probado a tomar la fortaleza Iserlohn, los estadistas de la Alianza de planetas libres habían estado convencidos de que su dominio era manifiesto. No veía razón para celebrar esa pequeña victoria.”

“Asumo que Yang Wen Li esta sano y salvo,” susurró Reinhard desde detrás de su escritorio, mientras sus finos dedos pasaban las páginas del informe. En ninguna parte el informe de Reuentahl glorificaba el logro de su autor. Era exhaustivamente objetivo en su perfecta reconstrucción de los hechos.

Streit miró a su joven maestro.

“Su Excelencia, escuché que Yang Wen-li ha abandonado y evacuado la fortaleza, pero ¿esas acciones no incitarán la ira del gobierno de la alianza y significarán una ejecución segura para él?”

Reinhard levantó la vista del informe. La mayoría de las veces, recibía con agrado las preguntas de sus subordinados. Con bastante mérito, servían como estímulos moderados para su pensamiento.

“Y si lo ejecutan, ¿quién comandaría la flota del almirante Yang? Incluso si no hace más que aprobar documentos como comandante en algún lugar seguro, sus soldados nunca podrán hacer nada solos. Y si ignoran eso … “

… entonces los máximos comandantes del gobierno de la alianza son aún más imbéciles que los altos nobles del imperio, pensó Reinhard burlonamente para sí mismo.

“ Como desee, pero si pudiera asegurar el Corredor de Iserlohn, también podría mantener a raya nuestras agresiones imperiales en el Corredor de Phezzan. ¿Por qué no tomaría tales precauciones?”

“No sería muy seguro. Aún así, dar rienda suelta a sus soldados es la única forma por la que la alianza podría la victoria “.

“Cómo es eso … ?”

“¿No lo entiendes? Matándome en batalla “.

La expresión y la voz de Reinhard eran indiferentes. Solo Hilda dio una indicación momentánea de una respuesta. Vio que sus ojos, como si fueran joyas azules abandonadas en un témpano de hielo, comenzaban a parpadear con renovado brillo.

Después de que los Almirantes Streit y Lutz se marcharan, Reinhard llamó a su asistente e hizo que prepararan café para él y para Hilda. El muchacho, escogido de entre los estudiantes de la escuela preparatoria militar le había acompañado durante la expedición. Al poco rato trajo café y crema y el agradable aroma de la mezcla les acariciaba las fosas nasales.

“Has visto a través del plan del Almirante Yang, ¿y aún así pretendes liderar a la flota tu mismo?”

“Por supuesto. Fraülein von Mariendorf, pretendo ser el soberano supremo y si voy a alcanzar ese objetivo, insisto en hacerlo siguiendo mis propias reglas. Estar en las líneas del frente es lo que me separa de cada noble incompetente al que me he enfrentado y vencido. Y es por ello por lo que me apoyan mis soldados.”

Reinhard bajó la mirada y comparó el negro del café con el blanco de su taza de porcelana. Hilda ofreció su opinión de todos modos.

“Me atrevería a decir, excelencia, que no debe perder el tiempo con otra batalla inútil. Regrese a Odín. Si deja el corredor Phezzan al almirante Mittermeier y el corredor Iserlohn al almirante Reuentahl, seguramente ganarán. Preferiría que se sentara y saboreara los frutos de sus victorias “.

Aunque Reinhard no estaba enojado, las palabras de Hilda tampoco le hicieron cambiar de opinión, porque, como ella misma sabía, su sugerencia era eminentemente ordinaria.

“Fräulein, quiero pelear”.

El tono de Reinhard ya lo decía todo. Más que el de una persona ambiciosa que ansiaba poder, sugería a un muchacho que no deseaba nada más que reclamar las huellas de algún sueño olvidado. Para Reinhard, luchar no podría ser algo más simple. Por un momento, Hilda se consideró una maestra estricta y poco comprensiva que intentaba privar a un niño de su caja de curiosidades. Sin duda esto era una ilusión, pero prácticamente hablando, ella tenía razón. Se suponía que los líderes, en lugar de acumular medallas ellos mismos, debían dejar que los subordinados acumularan medallas en su lugar. Pero privar a Reinhard de la batalla era obligar a un ave de presa salvaje y orgullosa a meterse en una jaula como un periquito común. Tal confinamiento seguramente atenuaría el brillo de sus ojos, junto con el brillo y el poder de sus alas.

Reinhard había creado una vida para sí mismo a partir de las entrañas de los muchos enemigos con los que había luchado. Durante los primeros diez años de su vida, su única amiga había sido su hermana, Annerose, cinco años mayor que él. Como su único aliado incondicional, Annerose era una fuente de luz y, antes de ser cautiva por un gobernante anciano, le había dado su segundo amigo.

El chico pelirrojo, Siegfried Kircheis, más alto a pesar de ser de la misma clase y edad, estaba constantemente al lado de Reinhard y había derribado a muchos enemigos en su nombre. Siempre que regresaban triunfalmente a casa después de dispersar a un gran número de matones, Annerose nunca los elogiaba, pero sí preparaba chocolate caliente para los pequeños héroes. Esas tazas baratas y el chocolate caliente barato que las llenaban apaciguaron bastante bien a los chicos con su calidez. No importa lo dura que se pusiera la niñez, esos momentos eran recompensa suficiente. En comparación con la alegría y la satisfacción de esos días, cualquier recompensa que pudiera ofrecer a su hermana a cambio era, en el mejor de los casos, trivial.

Le había concedido una posición alta, pero aún tendrían que embotarse los sentidos del corazón para llegar al punto de imaginar que ella estaba feliz con eso. Pero era la única manera que conocía de mostrarle al mundo cuánto valoraba su existencia. Su título de condesa (sin conde), y la finca y el dinero que lo acompañaban, apenas expresaban la magnitud total de los sentimientos de Reinhard por su hermana mayor.

En la lista de elementos que Reinhard le había preparado, el elemento de “marido” estaba notoriamente ausente. Ya sea consciente o inconscientemente, se negaba a aceptar una pareja para su hermana. Al verlo así, Hilda no podía evitar sentirse ansiosa. Mientras su incomparable hermana mayor estuviera cerca, Reinhard nunca amaría como una persona normal. Sin duda, era una ansiedad innecesaria. Era simplemente que una mujer de la que podría enamorarse aún no se había cruzado en su camino …

Reinhard apartó la mirada de su costosa taza de café de porcelana blanca.

“Dejamos Phezzan”, declaró. “Mañana, como estaba previsto”.

Con eso, el corazón de Hilda, nadando en el espacio, fue devuelto a la realidad por la atracción gravitacional. Ella respondió afirmativamente.

“Fräulein, si voy a sostener el universo, preferiría hacerlo no con guantes, sino con mis propias manos”.

Hilda asintió a los sentimientos de Reinhard con su cuerpo y alma, incluso cuando una sombra nublaba su corazón. Una puntada en la enorme cortina del tiempo se estaba deshaciendo, y la débil luz antes del amanecer iluminó momentáneamente su futuro perfil. Tal vez fueran solo los crudos colores neutros tejidos de una alucinación, pero para Hilda, las palabras de Reinhard insinuaban no solo cómo vivía, sino también cómo moriría. Todavía faltaba mucho para eso, y ahora mismo Reinhard era una verdadera llama de vida. La vitalidad de su cuerpo y alma brillaba a través de cada miembro, hasta la punta de los dedos.

IV

El mismo día en que el duque Reinhard von Lohengramm partía de Phezzan preparándose para nuevas conquistas, tanto los almirantes Wittenfeld como Fahrenheit llevaron flotas del imperio a Phezzan. Cinco días después, planeaban unirse a Reinhard en su operación expedicionaria. A los soldados se les dio un último día libre en sus respectivos lugares de origen.

Los ciudadanos de Phezzan tenían sentimientos encontrados sobre el hecho de que Nicolás Boltec estuviera a bordo de una nave de guerra imperial a un paso de Fahrenheit y Wittenfeld. Habiendo ocupado sucesivos trabajos como ayudante del terrateniente Adrian Rubinsky y comisionado residente imperial, al menos nadie podía llamarlo incompetente. Aunque no les había advertido de una invasión imperial, su nombramiento como “ gobernador general interino de Phezzan ” por parte del duque Lohengramm en el mismo puerto espacial justo antes de su partida dejó claro que había sabido de la invasión de antemano. Claramente, el que alguna vez había sido conocido como la mano derecha del terrateniente había vendido la libertad y la independencia de Phezzan, tomando el cargo de gobernador general interino como pago por su traición.

“Ya sea tu país o tus padres”, decía un chiste Phezzaní, “no dudes en venderlos. Pero solo al mejor postor “.

Ahora que los phezzanís eran los vendidos, sin embargo, no tenían muchos motivos para reírse. De hecho, algunos creían que los acontecimientos recientes habían sido diseñados con el único propósito de promover el dominio inmediato de la Armada Imperial. Los ciudadanos más asertivos predicaron un cambio de rumbo y, viendo que el dominio total de la sociedad humana por parte del imperio no solo estaba en ciernes sino que tomaba forma ante sus propios ojos, desearon un camino en el que Phezzan floreciera bajo el nuevo sistema. Habían decidido arbitrariamente que sería de necios estar tan obsesionados con una mera muestra de estatus político.

Ambos lados del debate tenían un argumento válido, pero el cerebro humano tenía dificultades para clasificar las emociones, y la gente siguió de cerca a Boltec mientras se instalaba en la oficina del gobernador general interino y comenzaba a ocuparse de su administración.

Un ideal común de la gente de Phezzan afirmaba que uno debe pararse y caminar sobre sus propios pies. Por lo tanto, era difícil alabar ciegamente a Boltec mientras pasaba, consagrado en el cochecito del imperio.

La gente ocultaba sus voces en los bares y tras las puertas cerradas de sus propios hogares.

“¿Dónde podía haber desaparecido Rubinsky, el Zorro Negro de Phezzan? ¿Desde dónde estaba mirando, sin hacer nada mientras Boltec seguía como de costumbre?

En cualquier época, en cualquier sistema político, las figuras de autoridad siempre tendrán escondites secretos desconocidos para el público. Para cualquier niño que convirtiera su ático en un castillo de sueños, solo le resultaba familiar en su forma, ya que tenía razones únicas para existir. Para aquellos con poder, era su miedo a la humillación y el egoísmo de la autopreservación

El refugio secreto de Adrian Rubinsky no era algo que él hubiera creado, sino algo que había capitalizado a través de la herencia de un predecesor. Había sido sabia, aunque también astutamente, colocado en un nivel por debajo de un refugio subterráneo para altos funcionarios y era conocido solo por unos pocos elegidos en el gobierno autónomo. Las instalaciones públicas requerían un sistema de sifón uniforme, para el vasto sistema de suministro de energía y agua, ventilación, drenaje y desechos que usaban. Por tanto, las posibilidades de ser descubierto eran mínimas.

Oculto con no más de diez colaboradores cercanos en un palacio subterráneo sin nombre, Adrian Rubinsky disfrutaba del reposo que le ofrecía su arresto domiciliario autoimpuesto. No reparó en gastos para hacer que su refugio se sintiera lo más lujoso posible, equipado como estaba con techos altos y espacio más que suficiente para sus necesidades. El menú era tan extenso que uno podía comer una comida diferente todos los días durante un año y aún así no agotar su abundancia de opciones. La amante de Rubinsky, Dominique Saint-Pierre, era la única mujer presente y pasaba la mayor parte del tiempo con el terrateniente. Y aunque las conversaciones entre estos dos amantes podían haber sido prosaicas, su devoción era inimaginable incluso para sus asociados más cercanos. Una disputa entre ellos fue la siguiente:

“Parece que Degsby, ese astuto obispo de la Iglesia de Terra que ayudaste a salir de Phezzan, ha sido recogido por un nuevo dios”, dijo Rubinsky. “Así que eso es bueno”.

“¿De qué diablos estás hablando?”

“Siempre fuiste talentosa como cantante y bailarina, pero nunca como actriz”.

El tono de Rubinsky era como el de un maestro suspirando por un estudiante indigno. Dominique puso un vaso de whisky frente a su amante con un tintineo más fuerte de lo habitual.

“¿Es eso así? Ese amado hijo tuyo, Rupert Kesselring, creyó que yo estaba de su lado hasta el momento en que lo mataste “.

“No era el público más atento en ese sentido. No era tanto el tipo de persona que se paraba a observar las actuaciones de los actores sino que se intoxicaba mientras proyectaba sus propios engaños sobre ellos “.

Cuando Dominique nombró expresamente al joven que había intentado matar a su padre y, en cambio, había sido asesinado por él, el asesino la privó del placer de una reacción. La tensión superficial del vaso de whisky en su mano no tembló en lo más mínimo. Tal compostura, o la capacidad de fingir, puso los nervios de Dominique al límite. Dejó de fingir ignorancia y lanzó su contraataque.

“Podrías pensar en conseguir un seguro, asumiendo que te preocupas aunque sea un poco por el que controla tu destino”.

Dominique había guardado silencio sobre el hecho de que el difunto Rupert Kesselring había ordenado la fuga del obispo Degsby con pleno conocimiento de la relación entre Rubinsky y la Iglesia de Terra.

“Me obligas a decírtelo, pero no pienses que fui cómplice del asesinato de tu hijo. Ni siquiera puedo decirte el mal sabor que me deja en la boca “.

“Siempre pensé que querías ayudarme”.

Rubinsky miró, extrañamente inexpresivo, la luz que se reflejaba en el hielo de su bebida antes de volver a mirar a Dominique.

“¿Eso significa que me elegiste a mí sobre Rupert por puro instinto? Y ahora que tu instinto ha demostrado ser correcto, ¿Acaso no sirve de nada llorar por la leche derramada? ¿Estoy en lo cierto?

“La leche derramada, en este caso, era exactamente como la vaca de la que provenía, que afirmaba ser la más inteligente”.

“Tienes razón, en ese sentido se parecía demasiado a mí en los peores aspectos. Si tan solo hubiera aprendido a controlar un poco más su ambición, no habría muerto tan joven. Pero de nuevo… “

“Es responsabilidad de un padre educar a su hijo”.

“Cuando se trata de la vida en general, sí. En cualquier caso, soy la última persona a la que debería haber emulado. No importa cuán poco talento haya tenido, si hubiera aspirado a convertirse en un académico o artista, le habría ofrecido todo el apoyo que necesitase “.

Dominique lanzó una mirada inquisitiva, incapaz de captar el verdadero significado de Rubinsky.

“Al final, priorizaste la autoconservación. Seguramente entiendes mi posición “.

“Lo hago, al igual que cualquiera que haya tenido que rebajarse al nivel de alguien debajo de ellos”, respondió Rubinsky con desdén, mientras volvía a llenar su vaso. “Tengo toda la intención de cortar los lazos con la Iglesia de Terra de todos modos. Lo que hiciste por mí estuvo básicamente en línea con mi objetivo. Y así, acepté “.

El poder que ostentaba la Iglesia de Terra se basaba, en su mayor parte, en el secreto de su existencia. Y cuando las contraventanas de ese secreto se rompieran y la luz del sol de la verdad entrase a raudales, los espíritus malignos que acechaban en esa habitación sin abrir durante ocho siglos habrían sido prácticamente derrotados.

Rubinsky organizó mentalmente las muchas personas y planes que tendría que emplear en el futuro. Hasta que se terminara ese complejo plan, estos días en la clandestinidad serían un caldo de cultivo ideal para el comienzo de la primavera.

V

El buque mercante independiente Beryozka, que transportaba a ochenta pasajeros indocumentados, partió de Phezzan el 24 de enero. Tras la partida de Reinhard y el regreso de Phezzan a la democracia, al fin se reabrieron las rutas civiles y la Beryozka fue uno de los primeros en abandonar el planeta. Solo las rutas entre Phezzan y el imperio tenían luz verde. Cualquier ruta en la dirección de la alianza todavía estaba cerrada. Marinesk, por supuesto, había falsificado su destino y no tendría más remedio que rendirse en caso de que fueran capturados por la Armada Imperial.

Antes de partir, Marinesk insistió en nuevas medidas de seguridad, una de las cuales era presentar una denuncia ante la oficina del gobernador general interino, alegando la existencia de un grupo que planeaba volar por el camino hacia la alianza.

“Nunca pensarán que el que informó es también el cerebro detrás de toda la operación”, le explicó Marinesk a Julian, quien no veía la necesidad de arrojar un petardo a una cueva de serpientes.

El suboficial Mashengo, como ayudante, le confiaba esas cosas a Marinesk, un autoproclamado experto en dichos quehaceres. Para comprender la naturaleza humana, hay que respetar los logros y el orgullo de los oponentes. En cuanto a Julián, cuya coronilla apenas llegaba al rostro de Mashengo, estaba listo. Considerando cuántos lugares estaban fuera de su alcance, ¿qué sentido tenía preocuparse por todos ellos? ¿Acaso no le decía Yang Wen-li siempre lo mismo? “Incluso si haces tu mejor esfuerzo, siempre habrá cosas en las que eres malo. Y no importa cuánto te preocupes por esos lugares fuera de tu alcance, es mejor dejarlos en manos de quienes pueden llegar a ellos “. A la luz de esto, Julian sabía que solo estaba poniendo excusas para sí mismo.

Su piloto, Kahle Wilock, había tenido una impresión favorable de Julian desde que se conocieron. De hecho, ya había decidido que le gustaría Julian antes de esa fecha. Alabó a Julian por ser más audaz de lo que parecía al intentar pasar al territorio de la alianza bajo la detección imperial y prometió hacer todo lo posible para asegurarles un vuelo exitoso. Aunque Julian pensó que era un hombre en el que valía la pena confiar, Wilock también tenía una racha agresiva. Dijo que si las fuerzas restantes de la alianza se unían a la riqueza de Phezzan, derribar a la Armada Imperial no era imposible, y procedió a enumerar métodos concretos para hacer precisamente eso. Abandonó todas las explicaciones técnicas y, con una risa sardónica, propuso fervientemente la formación de un frente único contra Lohengramm. Era impensable para Julian escuchar como se hablaba de la Alianza como si ya hubiera sido derrotada y destruida. Con Yang Wen-li todavía en buen estado de salud, creía que las fuerzas de la alianza nunca se rendirían tan fácilmente. Más que una creencia, era un credo, como había afirmado el propio Yang. En la mente de Julian, Yang Wen-li, la democracia y la Alianza de Planetas Libres seguían siendo una trinidad indivisible.

Entre sus compañeros de viaje, la mayoría de los cuales habían sido alcanzados con un dardo lanzado de espaldas por la diosa del azar, Julian estaba principalmente interesado en este hombre conocido como Degsby, obispo de la Iglesia de Terra. En poco tiempo, había pasado de un puritano fanático a un libertino blasfemo, y era imposible sondear el conducto espiritual que lo había llevado allí. El interés de Julian se despertó por primera vez cuando visitó a Degsby en su húmedo escondite con Marinesk. También estaba intrigado por la influencia política de la iglesia, cuyos orígenes todavía lo confundían.

Y así, Julian dejó Phezzan como pasajero a bordo de la Beryozka. Esto fue medio mes antes de que las fuerzas imperiales y de la alianza chocaran en la Región Estelar de Rantemario, momento en el que él estaría montando una nave con diferente nombre, tal y como registrarían varios libros de historia posteriormente, y aterrizaría en la capital de la alianza, Heinessen.

Capítulo 4. La serpiente de dos cabezas.

I

La flota imperial comandada por Mittermeier penetró 2800 años-luz en territorio enemigo sin entablar combate. Mientras esperaban al resto de fuerzas aliadas en la región estelar Porewit, sus naves adoptaron una formación esférica en la que los acorazados rodeaban a un núcleo de naves de transporte, preparándose así para recibir el ataque de enemigos de todas direcciones.

Porewit había sido nombrado por un mítico dios de la guerra con cinco rostros, porque además de un sol maduro, el sistema estelar albergaba a cuatro gigantes gaseosos. Mittermeier sabía esto por los datos de Navegación de Phezzan.

Hasta que llegaron a la región esteral Porewit, las bases de la alianza que habían pretendido usar en provecho de sus comunicaciones, suministros y fuerzas de combate habían resultado ser, pese a ser más de 60, considerablemente insuficientes si se comparaban con las que estaban en las cercanías de Iserlohn. La mayoría habían sido abandonadas por órdenes de la capital y por ello la flota de Mittermeier había pasado a través de varias regiones estelares remotas con la fuerza de un fuego ardiente en un desierto árido, mientras mantenía todo el rato la respiración.

Mientras tanto, una historia paralela que Mittermeier desconocía se iba desarrollando, e involucraba a la base de comunicaciones JL77 de la región estelar Špála. Mientras el resto de bases eran evacuadas, JL77 se convirtió en un núcleo funcional. Continuó recopilando y transmitiendo información sobre la invasión imperial hasta su llegada, y para entonces los soldados vieron que era imposible escapar.

JL77 solamente tenía un personal de batalla de 2000 soldados. Su potencia de fuego era insustancial, y su movilidad era prácticamente inexistente. No tenía una sola nave de guerra a su nombre. Un mero roce con el meñique por parte de la fuerza imperial habría sido suficiente para aplastarlos como una hormiga es aplastada bajo el pie de un elefante.

Ya que JL77 tenía una gran responsabilidad en sus manos, los cuarteles generales operativos conjuntos de la Marina espacial de la Alianza de planetas libres consideró que abandonar ante tal adversidad a quien había estado allí trabajando con tanta dedicación, les haría sentirse culpables más allá de lo razonable. 30000 soldados y 300 naves de batalla iban a ser lanzadas para Apoyarles. Sin embargo, cuando el comandante temporal de la base, el capitán Bretzeli recibió la noticia del envío de dichos refuerzos, no se puso precisamente a dar botes de alegría.

“Aprecio el gesto” dijo con la suficiente cortesía, solo para rechazar directamente los refuerzos.

Quizás otro aparte de él habría estado horrorizado.

“¿Esto significa que vamos a aceptar nuestra derrota con honor? Seguramente no podemos simplemente dejar pasar esta oferta, ¿verdad?” Preguntó su subordinado con una expresión patética en su rostro.

Bretzeli sacudió su rostro.

“No es tan sencillo. Mi negativa asegurará nuestra misma supervivencia. Tal y como estamos ahora, nuestra existencia no supone una amenaza para el Imperio. La marina imperial lo sabe a través de los datos que obtuvieron de Phezzan. En el momento en el que movilizamos a miles de soldados y trescientas naves, serán conscientes de nuestras intenciones. Y en ese caso, el enemigo que había considerado dejarnos tranquilos podría verse forzado a cambiar de idea. Si quieren permitirnos vivir, no veo sentido en desperdiciar esa oferta.”

La previsión de Bretzeli era acertada. Sin la aparente necesidad de atacar y destruir la indefensa base JL77, Mittermeier la había dejado estar mientras avanzaba. Mittermeier, no era en ningún caso un blandengue, y no dudaría en destruir por completo JL77 ante la menor sombra de duda.

Como Bretzeli le dijo a su esposa al día siguiente:

“Para serte sincero, no sé si el enemigo nos dejará ir o no. Pero si hubieran atacado habrían muerto miles. Me gustaría pensar que han elegido perdonarnos la vida. Dudo que esa clase de caridad vuelva a repetirse.”

El 30 de enero, una fuerza expedicionaria imperial comandada por Reinhard se reunió en el sistema estelar Porewit. Dejando a la mitad de sus fuerzas en Phezzan, se había agrupado con las flotas de Wittenfelt y Fahrenheit en el corazón del espacio de la Alianza. En total, esas fuerzas alcanzaban un total de 112,700 naves de guerra, 41900 naves de suministros, transporte y médicas, y 16.6 millones de soldados. Era la primera vez que Reinhard comandaba una fuerza tan grande en una situación de combate real. Incluso al enfrentar a la alianza durante la batalla de Amritser, cuyo número superaba los 30 millones de soldados, sus fuerzas habían sido de menos de la mitad de ese número.

Mientras Reinhard y sus almirantes se reunían en el puente de la nave insignia Imperial, la Brunhilde, Mittermeier se levantó para comunicar su informe.

“Es Probable que las fuerzas armadas de la alianza consideren este sector del espacio como un punto de inflexión para nuestra flota* y parece que preparan un contraataque o una ofensiva total.”

Ndt: El original, para comparar… era “It’s likely the Alliance Armed Forces regards this sector of space as our naval threshold, and it would seem they’re preparing for a counterattack or an all-out offensive.” La cosa es que no me he quedado muy contento con la traducción de Naval Threshold. Lo siento. Espero que se me ocurra algo mejor XD.

Mientras Mittermeier hablaba, la información que habían recopilado en Phezzan apareció en varias pantallas. Uno de los más significativos éxitos estratégicos de su ocupación Phezzani era la riqueza de información cartográfica que habían confiscado referente al vasto territorio de la alianza. Con esto en sus manos, los frutos de la victoria total no podían estar mejor garantizados (sin realmente estarlo.)

“Desde el sistema estelar Porewit hasta Rantemario, no detectamos planetas habitados. Para evitar daños colaterales, la Alianza no tendrá más elección salvo presentar batalla en ese sector. Lo digo con absoluta confianza.”

Cuando el lobo del vendaval terminó, Reinhard se levantó en un movimiento fluido.

Aquellos que lo veían de uniforme no podían evitar pensar que la casa de sastres que originariamente había recibido de la marina Imperial el encargo de diseñar ese uniforme negro y plateado, lo había hecho sabiendo de alguna manera que en un futuro un joven al que le sentaría tan impecablemente bien aparecería.

“Pienso que tus observaciones son correctas. Las fuerzas de la alianza han logrado resistir hasta ahora, pero en cualquier momento tendrán que ir a la guerra para tranquilizar a su gente. Tranquilizaos, puesto que responderemos a su salido de forma acorde, con una formación de serpiente de dos cabezas.”

En respuesta a la declaración triunfante de Reinhard, un aire de emoción se agitó entre los almirantes.

La serpiente de dos cabezas era una formación de batalla tradicional que había sido empleada a menudo por ejércitos en combate de superficie, y ahora iba a ser empleada en el espacio.

Imagina una serpiente gigante, con una cabeza en cada extremo de su alargado cuerpo. Si alguien trataba de matarla, atacando una de sus cabezas, la otra podía morder al agresor. Y si el cuerpo es es atacado en el medio, ambas cabezas pueden atacar a la vez.

Una victoria ganada por esta formación grabaría a fuego en los ojos de esos lamentables perdedores una magnífica y dinámica muestra de genio militar.

La pega de usar esa formación era que requería fuerzas numéricamente superiores. Si una parte de la formación era sujeta a un ataque concentrado, debía ser capaz de aguantar el tiempo suficiente para que las cabezas llegaran al rescate. De otra forma, el enemigo podría romper la formación y prevalecer.

Y ya que la flexibilidad y adaptabilidad eran esenciales, mantener la funcionalidad de la serpiente era de la mayor importancia, especialmente cuando se trataba de la comunicación y las maniobras. Si esta cadena resultaba comprometida los soldados serían forzados a ver como sus camaradas eran atacados en la distancia.

Por esta razón, la red de comunicaciones de la Armada Imperial estaba equipada con un sistema anti interferencias. En el improbable caso de que dicho sistema fallase, se habían preparado como respaldo dos mil lanzaderas con capacidades warp a corta distancia. El liderazgo del comandante en jefe Reinhard fue impecable, y mientras la transmisión de sus órdenes y la movilidad para responder fueran posibles, la victoria seguramente sería rápida. Una vez que se resolvió ese punto, el tema de discusión pasó a las reasignaciones.

“No hace falta decir que la primera división, La primera cabeza, si lo preferís, estará al mando de Mittermeier”.

Al menos eso era lo que los almirantes esperaban que dijera, pero dudaron de sus propios oídos cuando les ordenó lo contrario.

“¿Estás sugiriendo que estarás al mando del frente?” Neidhart Müller se levantó a medio camino de su asiento. “Es un gran riesgo. Las fuerzas de la alianza pueden estar debilitándose, pero eso solo aumenta la probabilidad de que luchen como berserkers. Creo que debería quedarse atrás y dejarnos luchar “.

“En esta formación de batalla, no hay retaguardia, Müller. Sólo hay una segunda cabeza “, señaló Reinhard con frialdad.

Müller guardó silencio y el joven dictador desenredó su lujoso cabello dorado con dedos blancos y flexibles.

“Mittermeier, tú comandas el cuerpo. Ahí es donde la alianza seguramente atacará si planea separarnos. Obviamente, serás la primera línea real “.

“Pero …”

“Vine aquí para ganar, Mittermeier. Para hacer eso, debemos luchar, y no voy a acurrucarme en un rincón para mi propia protección “.

Después de asignar el resto de asignaciones, Reinhard hizo un gesto para un receso de una hora y se alejó mientras sus almirantes se levantaban y saludaban detrás de él.

“Un guerrero hasta el final”.

Mittermeier sintió este sentimiento con más fuerza que nunca.

“Le encuentra sentido a la victoria en batalla. Ningún gobernante estaría tan obsesionado con como consigue sus objetivos.”

Mientras Reinhard volvía a sus aposentos privados, su elegante cadencia fue interrumpida por una reservada, aunque determinada voz que provenía de una esquina del pasillo. Reinhard barrió la estancia con su penetrante mirada para ver a un soldado (no más de un niño, tendría 13 o 14 años) con cabello marrón rojizo que estaba de pie contra el muro. Las enrojecidas mejillas del niño y su postura nerviosa le daban una impresión de inocencia. Por su uniforme, Reinhard supuso que sería un cadete en prácticas.

“¿Puedo ayudarte?”

“Su excelencia, por favor, perdone mi rudeza, pero me gustaría pedirle algo si es posible. Por favor, gane y una el universo…”

Pensamientos de pura e intensa admiración y aspiración hicieron que la voz del niño temblara apasionadamente. Viendo en el niño un reflejo de sí mismo en el pasado distante, los ojos azul hielo de Reinhard se ablandaron. De esa misma boca que increpaba a grandes armadas espaciales, salió una voz gentil.

“¿Puedo saber tu nombre?”

“Si. Es Emil von Selle.”

“Un buen nombre. Así que quieres que gane ¿verdad?”

“Si… ¡Eso quiero!”

“Muy bien. Entonces ¿Lo comprenderás si no dejo enemigos que puedas derrotar en el futuro?”

El joven dictador sonrió al muchacho, que se había quedado sin respuesta. La gracia de esa sonrisa era algo que el chico jamás olvidaría hasta que sintiera como la fría mano de la muerte le cerraba los ojos.

“Emil, ganaré porque deseas que gane. Así que cuando regreses a casa, cuéntale a tu familia ‘ Soy el que inspiró la victoria de Reinhard von Lohengramm en Rantemario’”.

II

La alianza, que debería haber organizado un banquete de bienvenida para los invasores, no tenía espacio en el menú para un almuerzo completo de tan alta uniformidad e integridad como los del imperio. El hecho de que hubieran escogido la región estelar Rantemario como espacio de batalla decisivo había sido resultado de un proceso de eliminación.

“La armada imperial ha reunido a la totalidad de sus fuerzas en la región estelar Porewit y mientras que ahora se reorganizan sospecho que avanzarán en dirección a Heinessen.”

Esa había sido la última información enviada desde la base JL77, que pese a las interferencias imperiales, llegó a Heinessen el primero de febrero. durante una reunión conjunta entre el mando de la armada espacial y los mandos de los cuarteles generales conjuntos. Impacientes y privados de sueño, las caras de esos oficiales de alto rango allí reunidos en la sala de conferencias subterránea estaban en su totalidad pálidas y surcadas por líneas de preocupación.

“Suponiendo que se dirijan directamente a Heinessen, pasarán por las regiones estelares de Rantemario, Jamshid y Kerim en el camino”.

“¿De verdad crees que la Armada Imperial tomaría una ruta tan directa? Es demasiado obvio “.

“En este punto, el imperio no tiene ninguna razón para hacer lo contrario. Seguro que tomarán la ruta más corta a Heinessen “.

“Todos los planetas entre Jamshid y Heinessen están habitados. Rantemario, que ya no merece ser llamado frontera, es nuestra última línea de defensa contra el enemigo”.

“Eso también se aplica a la sincronización”.

Esa sincronización de la que hablaban no era puramente militar, sino también política.

El gobierno de la alianza solo había logrado defender la capital de Heinessen, y los temores de que hubieran abandonado a los ciudadanos en otros lugares se acumulaban a través de canales invisibles de todas las regiones estelares. Para aprovechar al máximo sus recursos mínimos, el plan era proteger a Heinessen con sus fuerzas restantes y entablar una batalla decisiva con un enemigo que había hecho la larga marcha para llegar allí.

Pero desde que se había construido una ciudad amurallada en algún lugar de la superficie del planeta, surgieron las sospechas de que los que estaban en el poder, escondidos detrás de su preciosa causa justa, solo acaparaban el poder militar para protegerse a sí mismos cuando deberían haber estado protegiendo a sus ciudadanos. A medida que crecían esas sospechas y se intensificaban los temores, y el gobierno de la alianza no mostraba signos de querer proteger sus territorios, existía un peligro muy real de que los gobiernos del sistema estelar de frontera declarasen su neutralidad en el conflicto. Un grito desagradable podría ser suficiente para desencadenar una reacción en cadena entre las masas, desde la boca del corredor Phezzan hasta el sistema estelar de Barlat, escasamente poblado. Neutralidad sería, por lo tanto, un nombre poco apropiado, ya que cada nación se escondía bajo el paraguas coercitivo del imperio.

La alianza no tenía más remedio que asegurarse la lealtad luchando y ganando. Tales circunstancias eran difíciles de aceptar para el gobierno, pero era cierto que no tenían excusa si su incapacidad para garantizar la seguridad de esos sistemas estelares se les echaba en cara. Tres años antes, partidarios acérrimos tanto del gobierno como de las autoridades militares habían conspirado en conjunto para llevar a cabo una invasión impulsiva del territorio imperial, perdiendo la mayor parte de sus fuerzas militares en Amritzer, y ahora estaban sintiendo el pinchazo de esa locura.

La elaboración de estrategias en la Sede Operativa Conjunta ya no era una opción. Se habían visto obligados a adoptar una posición lamentablemente desventajosa, balanceándose en un estrecho puente sobre un abismo entre el pánico y el derrotismo nihilista. Y, en su lugar, se habían apoderado del mando de la Armada Espacial.

El director del Cuartel General Operativo Conjunto, el almirante Dawson, reveló que, a través de una conexión con un VIP del gobierno, se le había otorgado la autorización militar más alta. Si bien no se sintió abrumado abiertamente por esto, le quitó su asertividad e independencia, y sin las órdenes del presidente del Comité de Defensa Nacional o el consejo de sus subordinados, jugó a lo seguro. Con solo aprobar los documentos que se le presentaban y manejar la administración diaria, se había encerrado en una celda monomaníaca de autoaislamiento, apartando continuamente sus ojos de la catástrofe inminente.

Las Fuerzas Armadas de la Alianza habían inspirado a todos a darlo todo. Nadie había preguntado qué pasaría si perdían.

Tras recibir la orden de llevar a cabo un ataque frontal completo, próximo en tiempo y distancia, todo el ejército, con la excepción de Dawson, bullía con actividad frenética. Su estrecho objetivo táctico era lo suficiente sencillo para que los soldados de carrera tuvieran sentimientos reales. Solo Yang Wen-li no había luchado con el imperio directamente en los últimos dos años, y todos encontraron inspiración en su voluntad innata de luchar. Siguiendo el consejo de Chung Wu-cheng de retrasar la batalla, Yang Wen-li abandonó Iserlohn y se dirigió a Heinessen para proteger a sus ciudadanos. Chung Wu-cheng había insistido en el valor de los soldados de Yang desde el principio.

Yang abandonó Iserlohn el 18 de enero. No había ido muy lejos, pero ¿si en algún lugar del camino encontraba refugio para sus ciudadanos en un planeta adecuado y se apresuraba hacia Rantemario? Chung Wu-cheng había considerado esta misma posibilidad y le resultaba difícil abandonarla. Suponiendo que todo saliera bien, la flota Yang llegaría a la Región Estelar Rantemario el 15 de febrero. Y si posponían el inicio de la batalla hasta entonces, podrían fortificar rápidamente sus fuerzas y oponerse al imperio. Por otra parte, existía una clara posibilidad de que las fuerzas imperiales pudieran entrar en el sistema estelar Barlat antes de la llegada de Yang, por no hablar de la gran fuerza imperial separada acercándose por detrás, lo que significaba que mientras Yang luchaba en Rantemario, él podría terminar sacrificando el sistema Barlat a una flota imperial. Estos riesgos dejaron el plan muerto antes de nacer.

Ahora, al menos, el Comité de Defensa (es decir, el gobierno de la alianza con un nombre diferente y alimentado por un liderazgo ferviente que habría sido impensable seis meses atrás) había optado por evacuar a la población urbana del planeta Heinessen a las montañas y bosques para protegerlos y lanzó su armada espacial, todo mientras se preparaba para recibir a los refugiados de Iserlohn. El comité también envió edictos a cada sistema estelar en apoyo de los planetas que desearan rendirse al imperio para evitar conflictos.

El 4 de febrero, la armada espacial de la Alianza abandonó Heinessen y el sistema Barlat. Bajo las órdenes directas de Alexander Bucock había una flota central de 32900 naves de guerra y 5,206,000 soldados.

El viejo almirante, que ese año iba a cumplir 73; había recibido una comunicación del gobierno justo antes de salir al espacio en el que le informaban de su ascenso a mariscal.

“¿Es su forma de decirme que no vuelva con vida?”

“No, probablemente esten simplemente desesperados” Fue la inexpresiva respuesta del jefe de Personal Chung wu Cheng, que había sido promovido a Almirante; mientras se quitaba migas de pan de la pechera del uniforme.

Yang Wen-li, por sus propias razones, no parecía un militar. Cuando asumió el papel de instructor de la academia y apareció para la inspección vestido de civil, un estudiante, que había confundido a Yang con un vendedor de comida, lo escoltó hasta la puerta trasera del comedor. Era una leyenda muy conocida, pero debido a que nunca se dio el nombre de ese estudiante, la gente dudaba de su autenticidad. De cualquier manera, un hombre para quien tal historia no era sorprendente era un candidato improbable a almirante en tiempos de desvaneciente paz.

A medida que las fuerzas de la alianza se acercaban al espacio de batalla decisivo de la Región Estelar Rantemario, su nerviosismo colectivo se intensificó. Los empleados en las divisiones de búsqueda y reconocimiento del enemigo eran muy conscientes de su enorme responsabilidad. Esta conciencia por sí sola alimentó su estrés. Con rostros pálidos y severos, los operadores traicionaron su ansiedad retorciendo sus manos fuera de la vista, debajo de los paneles de control en sus estaciones.

“Es una pena ver esto”, dijo el nuevo asistente de Bucock.

Dicho ayudante era objeto de constantes burlas por parte de sus compañeros y subordinados, y no era por culpa suya. Su apariencia y comportamiento eran bastante normales, pero podía realizar cualquier tarea. La razón de este maltrato se remontaba a un pariente lejano, de quien había heredado una parcela exigua y con ella un apellido singularmente extraño: Soulzzcuaritter.

Su autoidentificación como tal fue seguida inevitablemente por una pregunta sobre cómo deletrearlo. Y cualquiera que lo viera por escrito, sin excepción, fruncía el ceño, preguntándose cómo pronunciarlo. Además, su nombre de pila era “Soon”, y cuando fue honrado como el mejor de su clase en la escuela secundaria, cada sílaba era como un cuchillo en su pecho.

“Representante de la clase que se gradúa: ¡Soon Soulzzcuaritter!”*

Ndt: Aquí hay un juego de palabras muy tonto en inglés. En español sería “Pronto”. Pero no toco los nombres por lo general.

Esa voz todavía sonaba en su cabeza, al igual que la risa que había estallado en todo el salón de la ceremonia de graduación. Incluso el director, que tenía el poder para pararlo, se unió.

Cuando Soulzzcuaritter ingresó en la Academia de Oficiales, temía la vergüenza de convertirse en el director de su clase entrante. Sin embargo, esto demostró ser un miedo innecesario cuando se dio cuenta de que había otro representante de la clase llamado Fork. A partir de entonces, su carrera como militar de la alianza comenzó en serio, y de la misma manera que maldijo a sus antepasados, él mismo llegaría a ser maldecido por futuros historiadores. Ni siquiera el erudito más descaradamente perezoso negaría ese nombre en la Batalla de Rantemario.

El día antes del lanzamiento de la flota, el teniente comandante Soulzzcuaritter fue nombrado asistente del mariscal Bucock porque su antiguo asistente, el teniente comandante Pfeifer, había caído en un coma profundo después de un ataque cardíaco y estaba bajo observación en un hospital militar. El joven oficial con el extraño nombre que había ayudado con frecuencia a Pfeifer en asuntos militares era conocido por ser franco, pero debido a sus incansables primeros auxilios de emergencia, se acercó al viejo almirante. Así que, junto con el jefe de personal de la alianza, el personal central de la división fue eximido de la batalla y cambiado.

El viejo almirante prescindió fácilmente de la cuestión del inusual y difícil nombre de su ayudante y decidió llamarlo por las primeras cuatro letras de su apellido de quince letras. Por lo tanto, fue apodado “Teniente Comandante Soul”. Para su deleite, este finalmente se convirtió en su apellido oficial. Aunque significaba profanar su herencia, estaba más que feliz de evitar el insulto habitual: “La verdad es que tiene tres padres potenciales, y como nadie sabe cuál es el verdadero, combinaron los tres nombres para hacer su apellido” Mientras fuera el teniente comandante Soon Soulzzcuaritter, nunca estaría libre de burlas.

El nuevo ayudante transmitió su inquietud al antiguo almirante a las 12.40 del 7 de febrero, después de que los oficiales hubieran terminado de almorzar. Bucock, junto con el jefe de personal Chung Wu-cheng y el comandante Emerson, capitán de la nave insignia, la Rio Grande, estaban en el comedor de oficiales de alto rango. El jefe de gabinete era algo torpe y descuidado a la hora de comer, por lo que su servilleta estaba diez veces más manchada que la de los demás. Una vez, en una fiesta, Yang Wen-li le susurró a Julian Mintz: “Él hace que incluso yo parezca refinado”.

A lo que Julian le había dicho: “No te bajes tanto el listón”.

Un mensaje urgente de la primera nave de reconocimiento los había alertado sobre la ubicación de la Armada Imperial, seguido de una avalancha de informes similares. Las doce pantallas en el puente de la nave estaban llenas de datos tácticos que se transmitían al cuartel general.

“¿El imperio ha asumido una formación de serpientes de dos cabezas? En cuyo caso, querrán que ataquemos al medio. Es demasiado arriesgado, si me pregunta. “

Bucock asintió profundamente en respuesta al consejo del joven ayudante.

“Quizás. Bueno, tacha eso, estoy seguro de que tienes razón. Pero no tenemos otra estrategia a la que recurrir. Debemos aprovechar la formación del enemigo para destruir el medio, una flota a la vez “.

Mientras decía esto, el viejo almirante suspiró ante la disparidad entre su determinación de luchar y su preparación para hacerlo. Se suponía que la Armada Imperial tenía al menos un millón de naves a su disposición.

“Sea como fuere, el duque Lohengramm no se ganó la reputación de genio bajando la guardia. Siempre ha estado un paso por delante de nosotros “.

“Es por eso que Yang Wen-li y todos los demás elogian tanto sus habilidades tácticas. Me pregunto si sabe lo que dijo Yang Wen-li, teniente comandante Soul. Lo escuché de él mismo: ‘Si hubiera nacido en el imperio, habría izado con orgullo su bandera’ “.

“Eso que dijo es algo bastante peligroso, ¿no?”

“¿Cómo que peligroso? Yo haría lo mismo. Aunque no es que Reinhard pueda servirse de mi , con mi debilidad y mis pobres habilidades ”, dijo el viejo almirante con indiferencia.

El joven ayudante se quedó perplejo por un momento, luego sonrió con comprensión.

Al día siguiente, el 8 de febrero, a las 13.00 horas, la distancia entre las fuerzas imperiales y aliadas se redujo a 5,9 segundos luz. Desde el punto ventajoso del cenit del espacio de batalla, grupos de puntos luminosos indicaban el acercamiento vertical de las Fuerzas Armadas de la Alianza hacia la sección media de un tramo largo y horizontal de naves imperiales que se curvaban ligeramente hacia adentro: una flecha apuntaba directamente al cuerpo de una serpiente gigante.

Al acercarse, sin embargo, Bucock había reconsiderado atacar por el medio. El cuerpo de la formación imperial estaba especialmente bien fortificado, e incluso si podía hacer un trabajo rápido para atravesarlo, Bucock corría el riesgo de ser flanqueado por ambos lados. ¿No era más fácil dejar que el enemigo hiciera el primer movimiento, atraerlos mientras se defendían de sus ataques y luego destruir cada cabeza a medida que aparecía?

Hacia las 13:40, había puesto en marcha un nuevo plan. Tras reducir la brecha entre ellos a 5,1 segundos luz, el primer disparo se efectuó apenas cinco minutos después.

III

La batalla de artillería terminó en treinta minutos. Los rayos de energía y los misiles se cruzaron y chocaron en una malla de luz, extendiéndose silenciosamente en formas infernales pero hermosas.

La flota de Mittermeier, el cuerpo de la serpiente, había dado el primer paso. Un mensaje supralumínico ordenó un avance simultáneo. Todas las flotas hicieron lo que se les dijo, disparando continuamente. No para lograr una victoria rápida, sino para demostrar su potencia de fuego y probar la respuesta del enemigo. Ese era el método habitual de enfoque de Mittermeier. Pero la visión de grandes fuerzas acercándose en innumerables puntos de luz mantuvo una fascinación extrañamente abstracta para los comandantes de primera línea de la alianza, cuyas gargantas se contrajeron por el miedo. A pesar de la cuidadosa insistencia del veterano Bucock en que todos permanecieran a la espera, una de sus divisiones respondió accidentalmente al fuego. Aunque orientados hacia las fuerzas imperiales, la mayoría de esos disparos se quedaron cortos o fueron disparados aleatoriamente. Fue suficiente para incitar al caos.

A medida que la alianza golpeaba indiscriminadamente con rayos de energía de alta densidad y misiles, no parecía que fuera suficiente para romper el enorme muro imperial, para sorpresa de ambos lados. Pero luego, cuando las defensas imperiales alcanzaron su límite, se abrió una grieta temporal. Contra todo buen juicio, la vanguardia de la alianza se apresuró a avanzar y se abrió paso con los colmillos descubiertos. Las fuerzas imperiales se habían visto comprometidas.

Mittermeier miró la pantalla del buque insignia y chasqueó levemente la lengua. Pateando el suelo pulido del puente con el tacón de sus zapatos militares, se volvió hacia su ayudante, el teniente comandante Amsdorf.

“Personalmente, me gustaría preguntarle al diablo si está dejando espacio para la alianza o para nosotros”.

Reinhard se mantuvo firme al observar el progreso de la guerra en la pantalla del puente de su nave insignia, la Brünhilde. Su ayudante secundario, el teniente Rücke, rompió el silencio con una voz de mansa admiración.

“Me sorprende que el almirante Mittermeier se vea obligado a retroceder. La alianza tiene una buena cantidad de luchadores valientes, ¿no es así? “

“La alianza es más maníaca que valiente”, dijo Reinhard a modo de corrección fría. “Mittermeier es un torero. Puede parecer que está siendo empujado por el toro cuando en realidad está conservando sus fuerzas y buscando una oportunidad de ganar. Pero …”

Reinhard inclinó la cabeza con gracia y ligereza, murmurando para sí mismo a través de una risa tensa.

“Tal vez este ataque realmente lo haya dejado perplejo. ¿Debo hacer mi movimiento ahora …? “

La observación de Reinhard había dado en el blanco en ambos puntos. De hecho, Mittermeier estaba alejando a las fuerzas de la alianza mientras se defendía de sus ataques para dispersarlas, pero estaba asombrado por su vivacidad.

Era un tigre feroz que era atacado y trataba de alejarse de una manada de perros salvajes que nunca habían conocido el miedo. La Armada Imperial podía tener la ventaja en lo que respecta a las habilidades de sus comandantes y en la calidad y cantidad de sus soldados, pero una tendencia de la alianza hacia un vigor errático a menudo comprometía los planes y cálculos imperiales.

Sin duda, el ataque de la alianza no era solamente errático. Cuando abrieron todas las escotillas de armas, lanzando flechas de luz desde múltiples direcciones, se precipitaron a gran velocidad a través del espacio vacío. Algunas naves desactivaron sus propios sistemas anticolisión, lo que resulto en que sus cascos fueran cortados en dos. Los cruceros dispararon su artillería principal contra los enemigos que estaban directamente delante de ellos, envolviendo sus propias naves en bolas de luz explosiva. Esta loca carrera rompió todas las reglas razonables de autodefensa, extendiendo un banquete de destrucción. Bucock agotó todos los medios disponibles antes de tomar el control del canal de comunicación principal de la nave.

“¡Retroceded! ¡Retiraos y reagrupaos con la formación! ¿No habéis probado suficiente sangre por un día? “

Ebrios de carnicería, los combatientes de la alianza finalmente recobraron el sentido y cesaron su alboroto, reorganizaron sus naves e intentaron hacer retroceder el frente de guerra.

Pero las fuerzas imperiales no estaban dispuestas a dejar que la alianza retrocediera, manteniendo la ventaja. Los generales más valientes de Mittermeier, Bayerlein, Büro y Droisen, lanzaron un contraataque con una precisión aparentemente predeterminada, con el estómago revuelto con la lava abrasadora de la venganza. En ese mismo momento, la gran serpiente, que constaba de 150.000 naves, formó una hoz y se abalanzó sobre la alianza. La totalidad de la fuerza imperial, cinco veces el tamaño de la alianza, dejó escapar un temblor silencioso, como un dragón despertando sobre su pila de oro.

En un sombrío cambio de suerte, la alianza pasó de ser perpetradora a víctima de una masacre. Fueron asaltados desde el frente por una brillante tormenta de fuego. Desde la izquierda, la división bajo el control directo de Reinhard escupió cientos de miles de lenguas llameantes de pura energía, y desde la derecha, Müller, Fahrenheit y Wahlen lanzaron implacables lanzas de la misma.

Las explosiones eran tan brillantes que era como si el universo entero estuviera ardiendo, y la alianza, ahora el objetivo del fuego concentrado, estuviera siendo incinerada viva. Incluso si las paredes exteriores de una nave pudieran resistir el calor de tal ataque, los hombres dentro de ellas no podrían. Fueron arrojados a las paredes y al suelo, así como al abrazo de la muerte por el rápido aumento de las temperaturas dentro de sus naves.

Los que murieron instantáneamente fueron bastante afortunados. Para aquellos que sufrieron sus heridas fatales en los minutos que transcurrieron hasta que finalmente se abrieron las puertas de la misericordia, sus cuerpos convulsionaron por la agonía de los órganos internos hirviendo en el lodo de su propia sangre arrojada, que luego se evaporó en humo blanco. Los pisos derretidos incineraron los cuerpos de los vivos y los muertos por igual, y una luz blanca pura blanqueó este horrible espectáculo cuando las naves se partieron en bolas de fuego. Un tremendo desperdicio de vidas, materiales y energía se esparció por el espacio de batalla como una gran ola de inutilidad.

Ese día, desde las 16.00 hasta las 19.00 horas, los combates de ambos bandos alcanzaron su máxima intensidad. La división Dieudonné de la alianza, que constaba de 840 naves, se redujo a 130 en tan solo tres horas. La flota de Wahlen intentó acabar con la división Dieudonné. Mientras Wahlen avanzaba, atacando por el lado de babor de la alianza con fuego incesante, trató de abrir una brecha en su formación. Contra el contraataque del almirante Morton, Wahlen mantuvo su flanco de babor y provocó el derramamiento de sangre de la alianza a través de ataques repetidos y sistemáticos.

Fahrenheit esquivó la flota de Wahlen y, en una maniobra audaz, trató de escabullirse a la retaguardia de la alianza, pero esto acercó peligrosamente a sus naves a la estrella fija de Rantemario, cuyo magnetismo y calor hizo que sus instrumentos se descontrolaran, y de mala gana tuvo que retirarse. La alianza, gracias a las órdenes sensatas de Bucock, escapó de una situación que se había alargado prácticamente una hora con su frente intacto.

“La victoria no llegará tan fácilmente”, se dijo Reinhard. “Ese anciano es inflexible. Como Merkatz “.

Reinhard llamó a su ayudante principal, el contralmirante Streit. Al ver que la batalla estaba estancada, retiró sus fuerzas para evitar daños innecesarios y ordenó a todos los oficiales que descansaran para reponer fuerzas.

Desde que había comenzado la batalla, los soldados habían estado ingiriendo en repetidas ocasiones galletas ricas en calorías, fortificadas con calcio y vitaminas; junto con bebidas ionizadas. La presencia o ausencia de apetito reveló una sorprendente diferencia entre novatos y veteranos. Estos últimos hacían alarde de su sobrante, culpando a la insipidez de la comida, mientras que los oficiales más jóvenes en su primera campaña, por puro cansancio, querían vomitar ante la sola idea de llevarse sólidos a la boca, y toleraban las bebidas ionizadas. lo mejor que podían. Aun así, habían salido adelante hasta ahora, incluso cuando muchos de sus camaradas estaban perdiendo la oportunidad de convertirse en soldados experimentados.

El 9 de febrero surgió una abrumadora diferencia entre estas dos facciones militares. Las fuerzas imperiales empujaron sus líneas del frente hacia adelante, condensándose en un anillo medio circundante para superar la resistencia de la alianza. El agujero en la formación imperial se cerró tan rápido como se abrió, mientras que el que se abrió en la alianza permaneció así.

Acorralada, la alianza abandonó sus tácticas ofensivas y se puso a la defensiva. Cortadas al chocar espadas de luz, descargando energía en lugar de sangre y penetrando planchas blindadas en lugar de carne, las fuerzas de la alianza perseveraron con todas sus fuerzas. Desde detrás de los escombros flotantes de las naves destruidas, hicieron llover fuego sobre sus enemigos. Lo que hizo que el imperio se maravillara en particular del ingenio de la alianza fue cómo utilizó naves de combate espartanas de un solo asiento para atraer a las naves enemigas dentro del alcance de tiro. Mientras el imperio estaba ocupado persiguiendo a un enemigo que pensaban que estaba tratando de escapar en confusión, golpes letales golpearon sus motores por detrás y por encima.

En general, la superioridad del imperio no mostró signos de vacilación, pero la alianza, que fortaleció la unidad y la coordinación de su cadena de mando, solo necesitó un golpe fuerte para convertir el rumbo de la batalla en un escenario de destrucción mutuamente asegurada. Un estratega tan experimentado como Bucock estaba decidido a ganar, y ni siquiera Mittermeier sabía interpretar a uno tan concentrado.

“Supongo que no tenemos otra opción”.

Reinhard miró la pantalla con los brazos cruzados, convocando por fin a su oficial de comunicaciones y, volviendo sus ojos azul hielo hacia él, dando su orden.

“Hágale la señal a Wittenfelt. Dígale: “Ahora es tu turno. Levanta la boina del comandante de la alianza con el extremo de la lanza de los Schwarz Lanzenreiter y tráemela”.

IV

Eran las 11.00 horas del 9 de febrero cuando los Schwarz Lanzenreiter, con una potencia de fuego incomparable, se movió por orden del comandante de más alto rango. Al no haber recibido la orden de disparar el día anterior, lo último que el almirante Wittenfelt quería era mirar sin llegar a participar, pero ahora, dejando escapar un silbido de éxtasis, levantó un brazo ante la pantalla de comunicaciones y lo bajó.

“Los Schwarz Lanzenreiter están en movimiento”.

En respuesta al informe del vicealmirante Bayerlein, Mittermeier se agitó vigorosamente el cabello color miel con una mano.

“La hora final está cerca. Parece que Wittenfelt, su mejor intérprete, hará acto de presencia después de todo “.

“¿Qué le gustaría que hiciera nuestra flota?”

“Nos movemos para atacar. No podemos permitir que los Schwarz Lanzenreiter obtengan la mejor carne de nuestra presa “.

“Me lees la mente.”

Con una amplia sonrisa, Bayerlein dio la orden a su flota, animando a sus hombres a seguir el ritmo de los Schwarz Lanzenreiter.

Al recibir la noticia de la movilización de Wittenfelt y sus lanceros negros, las flotas de Müller, Wahlen y Fahrenheit se emocionaron. Las tropas imperiales sintieron profunda y unánimemente que la victoria era suya.

Un enorme río de exceso de energía, guiado por un flujo constante de vientos solares y movimientos planetarios, se interpuso en el camino de Wittenfeld. Los restos de naves despojadas de movilidad y decenas de cuerpos humanos inorgánicos flotaban a lo largo de su corriente silenciosa y creciente hacia el borde de la oscuridad más allá de la atracción gravitacional del sol. Quizás a su debido tiempo enviaría esos restos y esos cuerpos de regreso a su lugar de origen.

Este río formidable no era nada que Wittenfeld pudiera eludir fácilmente, pero tampoco estaba a punto de comprometer su reputación de valentía. Ordenó a todos las naves que avanzaran.

Este grupo de naves de guerra color negro azabache se metió audazmente en la feroz corriente, lo que interrumpió su ordenada formación más rápidamente de lo que esperaba.

Al ver esto, el jefe de personal de la alianza, Chung Wu-cheng, gritó a los operadores de la nave insignia.

“¡Calculad la velocidad de la carga de la flota imperial y la de la corriente de energía! ¡Con los cálculos correctos, deberíamos poder determinar su punto de salida! “.

Después de procesar rápidamente algunos números, los operadores tuvieron su respuesta. Las órdenes del comandante en jefe volaron de nuevo y la alianza se preparó para disparar contra el punto en el que la flota de Wittenfelt saldría de la corriente.

A las 11.20, la alianza abrió todos los puertos de armas.

Por fin, los Schwarz Lanzenreiter comenzaron a aparecer en la orilla opuesta de la rápida corriente de energía, solo para encontrarse con una tormenta de rayos y misiles. Las explosiones de fusión nuclear estallaron en forma sucesiva, y las naves de guerra rotas fueron arrojadas al río de energía del que acababan de salir a la superficie, para ser transportados río abajo.

Pero los almirantes de los Schwarz Lanzenreiter no eran pacifistas que abrazaban un espíritu de no resistencia total. Sostenían sus propias hojas de energía, desenvainando y cortando ferozmente a la alianza. Láser contra láser, enviando cegadoras espirales de luz que atravesaban el cielo negro. Las balas de acero al carburo disparadas desde los cañones de riel perforaron la armadura compuesta y las balas de fotones diseminaron a la flota en una disposición desordenada. Los rayos de energía que impactaban en ángulos agudos golpeaban los reactores de energía de hidrógeno, lanzando torretas de armas volando y enviando a los miembros de la tripulación a ciclones mortales de viento caliente y radiación.

Utilizando por fin todas sus fuerzas, la debilitada alianza fue cortada como hierba por los despiadados Schwarz Lanzenreiter. Las detonaciones de fusión nuclear se superpusieron en una pared gigante de luz incandescente. Dentro de ese muro, las naves de la alianza explotaron en pedazos, se incendiaron o se hundieron en haces de luz en espiral, solo para ser borrados por el resplandor crepuscular, con sus tripulaciones y todo.

“¡Hemos sufrido un gran daño! Nuestra nave está inmovilizada “.

“Las pérdidas humanas y materiales son abrumadoras. No podemos mantener el frente. Solicitando permiso para retirarse “.

“¡Mayday! ¡Solicitando asistencia inmediata! “

Estos gritos de ayuda obstruyeron los canales de comunicación de la alianza, pero fueron en vano. En poco tiempo, los gritos se convirtieron en silencio. La muerte había prevalecido.

“Supongo que eso es todo. Y así se pone el sol, y un general asciende a la fama a través de los cuerpos de miles de soldados”.

El mariscal Alexander Bucock miró fijamente la pantalla con la mirada vacía. Casi toda su flota, junto con el grupo de oficiales bajo su liderazgo, había sido reducido a átomos como objetivos unilaterales de destrucción y carnicería. Con cada brote de luz, las víctimas eran producidas en masa, al igual que los huérfanos y las viudas dejadas por esa destrucción. Bucock no tenía una solo nave o soldado de sobra para el rescate. Alrededor de la nave insignia Rio Grande, todo lo que quedaba eran treinta cruceros y destructores en su parte delantera y trasera; los rostros de los pocos supervivientes estaban pálidos de miedo.

“Necesito algo de tiempo para estar solo”, murmuró el viejo almirante antes de abandonar el puente.

Confinado en su habitación privada, sacó una pistola laser y un instrumento de escritura de un cajón del escritorio. En ese momento, la puerta, que debería haber estado bloqueada, se abrió con gran fuerza para revelar a su jefe de personal.

“No debe quitarse la vida, Excelencia. Incluso el almirante Merkatz perseveró después de ser derrotado, ¿no es así?

Al ver la ganzúa electrónica en la mano de Chung Wu-cheng, el viejo almirante negó lentamente con la cabeza. En ese gesto estaba la sombra de su fatiga acumulada.

“¿De qué sirve que un comandante siga viviendo cuando su flota ha sido destruida?”

Chung Wu-cheng cerró el dispositivo y suavizó su expresión.

“Nuestras fuerzas no han sido completamente destruidas. La flota de Yang Wen-li sigue siendo sólida. Incluso con un último buque a su nombre, el deber de un comandante es continuar “.

“¿Estás diciendo que hay una manera de que yo asuma la responsabilidad de esta derrota aparte de morir?”

El viejo almirante miró con anhelo el desintegrador de su escritorio. Dado que habían sufrido una derrota adecuada a manos de un enemigo cinco veces su tamaño, y sin ningún milagro a la vista, solo quedaba una cosa por hacer, o eso le decía cada fibra de su viejo cuerpo. Pero su ayudante ignoró deliberadamente el silencioso discurso del anciano.

“Al cometer suicidio, solo te harías responsable de tus aliados. Pero me refiero al enemigo, sí, la responsabilidad hacia los que obtienen la victoria sobre nosotros “.

Esas palabras fueron inesperadamente claras para Bucock. La mirada del viejo almirante se separó por fin del escritorio y se volvió hacia el intruso.

“Lo que voy a decir puede sonar inhumano”, dijo Chung Wu-cheng a modo de prefacio de su explicación. “Y si no le gusta, entonces siéntase libre de apuntarme con esa pistola”.

Incluso si la Alianza de Planetas Libres se incendiara, su organización nacional podría florecer. Cuando las cosas pasaran del alto el fuego a la reconciliación gracias al ingenio de Yang Wen-li, el imperio celebraría un juicio para los criminales de guerra. Pero si, cuando llegara ese momento, su comandante más alto ya había muerto en acción o por su propia mano, entonces aquellos que trabajaban bajo él se convertirían en chivos expiatorios en la silla del acusado.

En este punto, la comprensión amaneció en los ojos del viejo almirante, y una expresión bastante brillante se apoderó de su rostro envejecido.

“Sí, tienes razón. Necesitaré este viejo cuerpo para enfrentar el cañón de mi enemigo “.

El comandante en jefe se inclinó cortésmente y con reverencia.

“Yo y el mariscal Dawson incluidos. Un tribunal militar necesita al menos tres hombres uniformados para ser juzgado. No hagamos las cosas más difíciles de lo necesario. Por el bien del futuro de la alianza, Yang Wen-li y los demás deben sobrevivir “.

Incluso mientras hablaban sobre su responsabilidad y comportamiento después de la derrota, la batalla estaba dando el paso final hacia su conclusión.

Pero detrás de las fuerzas imperiales, que intentaban desesperadamente sostener un ataque total, se estaba gestando una situación modesta pero inusual.

V

Los primeros en advertirlo fueron los operadores del crucero Oberhausen, adscrito a la flota de Müller. Habiendo perdido más de la mitad de sus torretas en el fragor de una feroz batalla, y debido a que el capitán había quedado inconsciente por una herida grave, la nave se había retirado de la línea del frente por orden del primer oficial y atracado con un barco de reparaciones en un área más segura del espacio de batalla. Sin embargo, vieron más barcos acercándose desde la dirección opuesta a donde se desarrollaba la batalla.

“¿De qué lado están?”

Era cruel que el primer oficial preguntara de tal manera que delatara su falta de preocupación, especialmente cuando la victoria estaba cerniéndose sobre ellos. Pero cuando envió una señal de identificación formal, se encontraron con flechas de energía como respuesta. Debido a que estaban lejos, carecían de intensidad y precisión y no causaban mucho daño, pero fue suficiente para engañar al crucero para que entrara en pánico. Las tornas de repente habían cambiado de repente.

“¿Son esas tropas de refuerzo enviadas por la alianza?”

El ataque envalentonó al imperio. El poder militar de la alianza era mayor de lo que habían anticipado. Había mucho margen de maniobra para que una división atacara a las fuerzas imperiales desde el frente mientras que otra se desviaba más lejos para cortar el camino de retirada del imperio.

La sola idea de esto hizo que incluso a los líderes del imperio, cuyo valor era igualado por nadie, se les pusiera la piel de gallina momentáneamente. Habían invadido su camino a 2.800 años luz de profundidad en territorio enemigo. La exaltación de la conquista y la victoria había adormecido a la termita de la nostalgia en las infraestructuras mentales de sus soldados. Una vez despertara, la base de su éxito estaba destinada a caer trágicamente.

“¡Nos están cortando! Reorganízad la formación de batalla y prepáraos para enfrentar al enemigo en la retaguardia “.

Esa tensa orden atravesó el sistema de mando del imperio por cualquier medio que pudieran movilizar. Pero lo que corrió el telón de su victoria fue la misma dificultad de reducir su velocidad de vuelo. Las naves del imperio no estaban en formación. Sabiendo esto, la alianza había aprovechado una oportunidad ideal para devolver el fuego mientras retrocedía, por lo que abrieron todas las escotillas de armas, trazaron un nuevo curso y concentraron cada rayo y misil en las nerviosas fuerzas imperiales.

“¡Nuestro camino a Phezzan está bloqueado! Ahora nunca volveremos al imperio “.

Fue necesaria la reprimenda de Reinhard para silenciar estos gritos de pánico.

“¡¿De qué estáis tan asustados?! ¿A quién le importa si han aparecido más fuerzas de la alianza? Las aplastaremos, una por una. ¡No perdáis la fe en vosotros mismos! Os retirareis de manera ordenada “.

Su frialdad y coraje bajo el fuego hicieron una mezcla exquisita.

“En el improbable caso de que el camino hacia Phezzan se cierre, simplemente avanzamos hacia el sistema Barlat y ponemos fin a la alianza de una vez por todas. Después de eso, pasamos por el Corredor Iserlohn y regresamos triunfalmente al imperio. ¿No os tranquiliza eso?

Mientras Reinhard decía esto, su voz firme pareció disipar la niebla del pánico. Los soldados miraron hacia su sol, ese joven conquistador invicto, y rápidamente su fe fue restaurada. Mientras tuvieran a este joven de cabello dorado como la melena de un león, perseverarían sin conocer la derrota.

En su pantalla de comunicaciones, Mittermeier expresó su gratitud por mantener la situación bajo control.

“Me comporté vergonzosamente. Mis disculpas. Dejamos que ganar se apoderara de nosotros y nos volvimos descuidados. Supongo que nos hemos acostumbrado tanto a la victoria que estamos oxidados cuando se trata de lidiar con giros repentinos “.

Reinhard no lo reprendió.

“Es entendible. Incluso yo nunca esperé que el enemigo tuviera las reservas para realizar tal maniobra. En cualquier caso, todo esto podría ser simplemente una distracción, por lo que procederemos con precaución “.

“Entendido. De cualquier manera, ¿crees que esto es obra de Yang Wen-li? “

Reinhard curvó levemente sus elegantes labios, pero lo suficiente para reflejar su belleza.

“Si alguien puede hacer algo tan rastrero, es ese embaucador”.

Mientras tanto, el comandante de cabello negro conocido como “tramposo” en el lenguaje de Reinhard y Reuentahl estaba evaluando el espacio de batalla, ahora un mar gigante de energía residual, desde el puente de su buque insignia Hyperion.

Si Yang se hiciera cargo del imperio en serio en las circunstancias actuales, no tendría ninguna posibilidad de éxito. Librar una batalla inútil solo, era una cosa, pero hacerlo como un comandante con subordinados a sus órdenes era la corrupción más baja imaginable. El objetivo de Yang era confundir al imperio con una desviación a gran escala y evitar la aniquilación total de la alianza. En ese punto, Reinhard había discernido correctamente su plan.

Desde Iserlohn, el almirante Yang había acelerado, dejando la nave de transporte de los ciudadanos bajo el mando de Cazellnu en el camino. Hizo una escala en el sistema estelar de Barlat y, sin perder tiempo en órdenes, llegó más rápido de lo que incluso Reinhard había previsto.

“Pero llegamos medio día tarde. Supongo que estoy perdiendo mi toque “.

Yang estaba sumergiendo los pies hasta los tobillos en un estanque de autoreprimenda. Y aunque no se le había escapado la posibilidad de que Reinhard von Lohengramm llevara a cabo con éxito una invasión desde el corredor de Phezzan, su formulación de contramedidas había fracasado una vez más.

Se había hecho creer a la Armada Imperial que la alianza tenía una fuerza naval secreta al acecho, que tenía la intención de cortar el camino del imperio a Phezzan, y que esto se había hecho para dispersar a las fuerzas imperiales a través de la desinformación y la desinformación. El duque Lohengramm, genio como era, había visto a través de su plan, lo que sin embargo, les había dado algo de tiempo. Y, sin embargo, ¿por qué no le había informado al Comandante en Jefe Bucock o al Jefe de Estado Mayor Chung Wu-cheng de antemano? Si lo hubiera hecho, podrían haber luchado de manera diferente …

Yang se encogió de hombros.

“Estaba demasiado cerca para llamar”, murmuró.

¿Acaso no era convencerse a sí mismo de que su presencia podría haber cambiado las cosas, un caso de sobreestimación de sus habilidades? Yang tuvo que decirse a sí mismo que había hecho todo lo posible esta vez. Incluso en el peor de los casos, con Bucock y el resto aniquilados, aún podría entrar en el espacio de batalla, aplastando a todos los objetivos en su camino. Y ahora que había salvado a la alianza de una perdición segura y el imperio se estaba retirando, tenía que restaurar sus fuerzas, regresar al sistema Barlat y proteger la capital indefensa de ser consumida por las fuerzas de Reuentahl.

¡Todas las naves, pongan rumbo a la capital de inmediato! ordenó Yang, sintiéndose con exceso de trabajo.

Él también se había sentido frustrado por Reinhard y no podía permitirse el lujo de ceder a placeres simples. Por fin, las divisiones restantes de una alianza obstinadamente abrumada se consolidaron alrededor de la flota de Yang. Las comunicaciones se llevaron a cabo sin demora. Yang preguntó por la seguridad del viejo almirante Bucock y se sintió aliviado al ver una figura familiar de cabello blanco en la pantalla de su monitor de comunicaciones.

“Lo logré, pero no sin sacrificar en vano a mis subordinados”.

“¿Qué está diciendo? Debe seguir adelante y tomar el mando de nuestra batalla de venganza “.

Yang confió las últimas defensas al almirante Fischer y se apresuró a dirigirse a la capital, en Heinessen. Luego, cuando Fischer comenzó su retirada mientras pretendía cambiar de rumbo en persecución de las fuerzas imperiales, se detectó un destructor imperial que se acercaba en su radar.

La flota de Fischer envió nerviosamente una señal: “Detenga su nave. Si no lo hace, abriremos fuego “, pero la respuesta fue de lo más inesperada.

“Aquí Julian Mintz, de la Alianza de planetas libres, proveniente de Phezzan. Tomamos el mando de esta nave imperial. Nos oponemos al imperio. Solicitamos permiso para ser escoltado a la capital de la alianza, Heinessen “.

Sin dar crédito a sus oídos, los oficiales de comunicaciones informaron rápidamente al almirante Fischer de la situación.

“Esto es inesperado. ¿Julian Mintz? ¿Entonces está a salvo?”

La voz de Fischer estaba llena de asombro, pero, siempre hábil comandante, actuó con cautela al dar la bienvenida al destructor que se aproximaba. Consideró la posibilidad de un subterfugio: que Julian Mintz estaba incitando al enemigo sin saberlo. Mientras el buque de guerra mantenía su batería principal fija en el destructor, los sesenta hombres al mando del teniente Piazzi, armados hasta los dientes, confirmaron que la comunicación de Julian era genuina. El informe voló a la capital a través de la línea directa de FTL. Olivier Poplin murmuró para sí mismo cuando lo vio.

“Entonces, ¿se apoderó de un destructor enemigo? Ese bastardo seguro que es rápido “.

“Parece que realmente existe un enemigo natural”.

Reinhard estaba hablando solo mientras, en su pantalla, las fuerzas imperiales estaban a medio camino de volver al orden. El aura de algo más que ira se dibujó en su rostro pálido.

Reinhard recordó cuando había vencido a un enemigo el doble del tamaño de su flota en la Región Estelar de Astarte, y nuevamente a una alianza de treinta millones de hombres en Amritzer. En ambos casos, el que había evitado la victoria total en el último segundo posible había sido Yang Wen-li. Justo después de la Batalla de Amritzer, Reinhard había reprendido al almirante Wittenfeld frente a todos por juzgar mal el momento de su ataque, lo que atestigua el renombre de Yang en el proceso. Había intentado que Wittenfeld fuera castigado, pero había hecho falta que su difunto amigo pelirrojo Siegfried Kircheis interviniera para cortar su rabia de raíz. Kircheis habló claramente, diciendo que Reinhard solo estaba enojado consigo mismo y que Wittenfeld se había convertido en el desafortunado objeto de su autoproyección y exigiendo que Reinhard reflexionara sobre sus acciones.

“Kircheis, si tan solo estuvieras aquí, no dejaríamos que Yang Wen-li se pavonee abiertamente”.

Una vez más, Reinhard se encontró hablando con un hombre muerto. El elegante dictador se dijo a sí mismo que no podía permitirse el lujo de lamentar a los muertos, pero el sentimiento atravesó el vacío de su pecho y nada remotamente constructivo surgió a cambio. Cuando perdiera sus pensamientos sobre Kircheis, Reinhard supo que perdería los días más templados y claros de su pasado. Este miedo sobrepasaba toda razón e interés propio.

Las fuerzas imperiales abandonaron el espacio de batalla, viajando 2,4 años luz hasta el sistema estelar Gandharva, donde aterrizaron en Uruvashi. El segundo planeta de Gandharva tenía una población exigua de aproximadamente 100.000 habitantes, tierras apenas desarrolladas y recursos hídricos vitales. Anteriormente, una corporación de desarrollo planetario había adquirido enormes cantidades de terreno, que rápidamente perdió en una carrera por el desarrollo monopolístico, y durante mucho tiempo la tierra se había dejado tal y como estaba. Reinhard planeaba darle un buen uso construyendo una base militar semipermanente en él. En el futuro, cuando el territorio de la alianza hubiera caído en sus manos, este planeta anónimo serviría como una importante base de operaciones para reprimir la insurrección militar y la piratería.

Capítulo 5. La oscuridad antes del amanecer

 

I

Los registros existentes pertenecientes a los días de febrero, del año 799 de la era espacial, son extremadamente deficientes. Los recuerdos de esa época están revueltos, los datos son inconsistentes. Cada registro cuenta una historia diferente:

 “La gente, tratando de apartar la vista de una catástrofe inminente, llenaba las casas de placer, y los casos de intoxicación por alcohol y lesiones causadas por peleas de borrachos estaban por las nubes. Las calles estaban envueltas en una niebla de histeria “.

 “Incluso en las habitualmente tumultuosas casas de placer, durante esos pocos días hubo cierta calma como un elefante viejo acostado cerca del agua para morir. El silencio fue roto por una trompeta que señalaba su destrucción”.

 “La desesperación asfixiaba a la gente. El aire era tan denso que era casi sólido “.

 “La adversidad política y militar no necesariamente influyó en la vida cotidiana de las personas. La música y otros entretenimientos fueron, en todo caso, más vibrantes que nunca “.

 En última instancia, las grandes diferencias regionales y personales, junto con la falta de resolución, fueron motivo de gran confusión e inconsistencia.

 La gente hizo todo lo posible por disfrutar de un buen trago de optimismo, pero había demasiadas incógnitas flotando en sus vasos. En cualquier caso, sus flotas espaciales mejor fortificadas habían sufrido una aplastante derrota y la capital de Heinessen estaba a punto de caer en manos enemigas. Otros sistemas estelares eran estériles, abandonados al enemigo.

 Agachada en el fondo de un valle de pesimismo y llorando lágrimas de autocompasión, la gente todavía tenía un rayo de esperanza al que aferrarse. Milagro Yang y su flota seguían siendo fuertes, ahora fortificados cinco veces. Además, los informes de que el hijo adoptivo de Yang, Julian Mintz, se había apoderado de un destructor imperial y lo había usado para volver a casa desde Phezzan avivaron las llamas del ingenuo culto de la gente al héroe.

 “Solo un protegido del mariscal Yang podría haber hecho tal cosa. Cualquiera que fuera la diablura que utilizó, es tan astuto como su mentor “.

 Dos horas después de poner un pie en Heinessen, Yang había sido ascendido a mariscal. Solo para Yang, quien no estaba exento de dudas acerca de las posibles críticas que le lloverían por abandonar la Fortaleza Iserlohn; había sido inesperado. El jefe de gabinete, Chung Wu-cheng, tenía la misma opinión y pensaba que la oportunidad de tratar los derechos humanos como un juguete era algo que se aprovechaba al máximo solo por desesperación.

 De cualquier manera, a los treinta y dos años, Yang se había convertido en el mariscal de flota de la alianza más joven. El récord anterior lo había establecido el almirante Bruce Ashbey a la edad de treinta y seis años, y como el suyo era póstumo, una vez más Yang había reescrito la historia, aunque, por supuesto, no era una circunstancia de la que se sintiera particularmente feliz.

 “No soy tan modesto como para rechazar ese honor, pero tampoco estoy exactamente emocionado de recibirlo. Supongo que lo compartiré con el almirante Bucock “.

 Bajo los auspicios de su nuevo título, Yang viajó en un vehículo terrestre que le envió el presidente del Comité de Defensa y se dirigió a la sede del comité. Ni siquiera un año antes, había viajado en un vehículo del comité oficial similar ese como acusado y había sido tratado casi como un prisionero, pero ahora era un invitado de honor. Se le unieron dos compañeros de viaje: el “vicealmirante” Walter von Schenkopp y la “teniente comandante” Frederica Greenhill. Al incluir incluso al “vicealmirante” Alex Cazellnu como marcador de posición, el Comité de Defensa claramente estaba tratando de compensar el estancamiento de los recursos humanos de una sola vez.

 Los tres entraron al edificio del Comité de Defensa. Bañados con miradas de anticipación, fueron recibidos en la oficina del presidente. A pesar de estar ya al tanto de la transformación de Chairman Islands, considerablemente revitalizado como estaba en mente y cuerpo bajo la presión de una enorme crisis, no pudieron evitar sentirse impresionados, incluso si abrigaban dudas cínicas sobre cuánto tiempo duraría. Después de ofrecerles un asiento a los tres, Islands atrapó a Yang con una mirada que lo tranquilizó.

 “Almirante, amo a mi patria a mi manera”, dijo.

 Yang ya lo sabía. Sin embargo, no se atrevió a respetarlo incondicionalmente. Su rostro se contrajo levemente, lo que provocó una sonrisa diabólica de Schenkopp.

 En lo que respecta al espíritu humano y la historia, Yang no creía que el patriotismo tuviera ningún valor supremo. La gente de la alianza se sentía patriótica por la alianza, mientras que la gente del imperio se sintió patriótica por el imperio. Al final, el patriotismo sólo justificaba la singularidad de la bandera a la que se saludaba. Se utilizaba para validar el sacrificio, a veces era coercitivo y, en la mayoría de los casos, era incompatible con la razón. Cuando la élite lo usaba como arma, el alcance de su daño era inimaginable. Cuando Islands habló del amor por su país como el secuaz de Trünicht, Yang quería estar en cualquier otro lugar y no fuera escuchándolo.

 “Si ama a esta nación tanto como yo, Mariscal, espero que esté dispuesto a colaborar con nosotros”.

 Era el tipo de razonamiento que más detestaba Yang, pero no pudo evitar enredarse en los hilos de la situación, por lo que solo expresó una mansa afirmación.

Al menos Islands, que hasta ahora no había sido más que un insustancial contratista político desde que despertó a la conciencia como servidor público patriótico, no vio la necesidad de arrojar agua a estas llamas que crecían sin remedio.

            “Ciertamente, haré todo lo posible para proteger los frutos de nuestra democracia”.

            Yang se había cuidado de no decir nada sobre su “nación”. Tal y como estaban las cosas, apenas consiguió un equilibrio entre la formalidad y la sinceridad. El presidente asintió.

“Y yo -no, el gobierno- recompensará sus esfuerzos. Si hay algo que podamos hacer, no dudes en pedirlo”.

            “Por el momento, sólo me gustaría que pensara en lo que ocurrirá si perdemos. Si ganamos, podremos dormirnos en los laureles durante un tiempo. Después, podremos llevar a cabo una diplomacia pacífica y repondremos nuestras fuerzas. Esas cosas son competencia de los políticos y no son competencia de un militar”.

            “¿Sería una tontería pedirte que prometas que vas a ganar?” preguntó Islands.

            “Si pudiera prometer mi camino a la victoria, prometería cualquier cosa, pero…” Yang trató de no parecer despiadado, a pesar de lo despiadado de su comentario. Pero Yang decía la verdad. Al carecer de la capacidad de moldear el mundo a través de las palabras, no podía hacer promesas sobre un futuro no regulado sólo por sus opiniones.

            “En efecto. Qué tonto soy. Te agradecería que dejaras de lado lo que he dicho. Nunca me atrevería a restringirte de ninguna manera”.

            Al recibir tal deferencia, Yang sintió que este hombre estaba tratando de ordeñar la esperanza por todo lo que valía.

“Si alguna vez vamos a compensar nuestra inferioridad estratégica mediante una victoria táctica, sólo veo una manera posible”.

            Yang se detuvo aquí por un momento. No buscando un efecto dramático, sino porque necesitaba un trago para lubricar su garganta. El vaso de té helado que le habían puesto al entrar estaba vacío. Yang se sintió incómodo al pedir que se lo rellenaran, pero le deslizaron un vaso intacto a través de la mesa ya que Frederica empujó suavemente el suyo en dirección a Yang. Yang abrió las cortinas de la duda y aceptó agradecido su buena voluntad.

            “En resumen, matar al duque Reinhard von Lohengramm en batalla”.

            Mientras Yang hablaba, con el vaso en la mano, una confusión momentánea contorneó el rostro del presidente. Parecía que era algo demasiado obvio para haberlo dicho. Antes de que esa confusión pudiera reescribir “desesperación” en su etiqueta, Yang orientó la conversación hacia el meollo de su argumento.

            “El duque Reinhard von Lohengramm es soltero. Mi objetivo es aprovecharnos de eso”.

            Esta vez, el presidente Islands devolvió la mirada al mariscal, como si se le mostrara el camino de la razón. Ni siquiera un ángel del guarda despierto a su tarea tenía el discernimiento necesario para extraer las verdaderas intenciones detrás de esta sorprendente declaración. Naturalmente, Yang tenía toda la intención de explicárselo.

            “En otras palabras, si al morir el duque Lohengramm dejara esposa e hijos, especialmente un heredero varón, sus subordinados simplemente prepararían a ese heredero para impulsar la dinastía Lohengramm. Pero él no tiene hijos. Si muere, el régimen Lohengramm muere con él. La lealtad y la unidad de sus subordinados perderán inevitablemente el poder de cohesión y se disolverán en el aire. Volverán al imperio sin saber por quién luchar y discutirán violentamente sobre un sucesor”, dijo Yang.

            Los ojos de Islands -esos ojos que durante tanto tiempo habían estado centrados en luchas internas de facciones, la búsqueda de cargos y las concesiones- brillaron con la luz de la comprensión y la admiración. Impulsado por un cómodo estímulo, asintió repetidamente.

            “¡Claro que tiene razón, mariscal! Los planetas no pueden vivir sin su sol. Con su muerte, el imperio se desmoronará y la alianza se salvará”.

            Nunca en su vida Islands había deseado tan ferviente y verdaderamente la muerte de otro ser humano. Yang continuó:

            “Si de alguna manera podemos separar las fuerzas imperiales y destruirlas de una en una, entonces el duque Lohengramm, siendo un hombre de gran valor y ambición, vendrá por mí directamente. Esa es la oportunidad que debemos crear. Es nuestra única oportunidad de ganar”.

            “Si sus subordinados son eliminados uno por uno, entonces no tendrá más remedio que mostrarse. Sí, tiene sentido”.

            “Bueno, es más una cuestión de psicología que de táctica”.

            Yang se cruzó solemnemente de brazos. Reinhard von Lohengramm no se refugiaba felizmente en su palacio, sino que se ponía al frente de una fuerza militar en busca de peligros y dificultades. Si este joven de lujosos cabellos dorados hubiera sido simplemente un soldado, sólo estaría buscando pelea. Y si fuera simplemente un gobernante, entonces sólo desearía la victoria. Reinhard valoraba tanto la lucha como la victoria, y más que cualquier otra cosa. ¿Y no era ésta, pensó Yang, una de las razones por las que era el gobernante supremo de los gobernantes supremos?

            Yang confiaba en que Reinhard se mostraría, pero no podía asegurarlo hasta que ocurriera. Podría acorralar a Reinhard en una posición comprometida durante cinco minutos y, si tenía suerte, enfrentarse a ese brillante genio de la guerra frente a frente. Además, primero tendría que luchar y derrotar sucesivamente a los veteranos generales de Reinhard. A nivel táctico, no tenía dudas sobre las dificultades poco comunes que le esperaban. El heterocromático Reuentahl y “Lobo de la ventisca” Mittermeier: sólo la participación de estos dos hacía que Yang se sintiera cansado.

            Intentaremos evitar a toda costa a Mittermeier y a Reuentahl. No debemos comprometer nuestro rendimiento gastando demasiada energía mental en ellos, pensó Yang.

            Los elementos químicos del masoquismo y el narcisismo sólo existían por debajo de la línea de flotación de su espíritu, por lo que no estaba envenenado por la idea de que “jugar contra rivales más fuertes sólo te hace más fuerte”, que confundía el combate con el deporte. Si Yang tenía que luchar, debía hacerlo con eficacia, es decir, con el menor esfuerzo posible. Si se veía obligado a luchar contra Mittermeier y  Reuentahl, ganar supondría un gran gasto de energía y tiempo.

La luz fría proyectó una débil sombra a los pies de Yang. Mientras salía de la habitación, mirando hoscamente los movimientos de esa sombra, una voz de grave duda reverberó en su cerebro. Dejando a un lado la estrechez de miras y el falso patriotismo, odiar a alguien sólo porque alzaba una bandera diferente era tan estúpido como creer en la propia. Pero, ¿justificaba eso la posición de Yang? ¿Era posible que la gente se arrojara a sí misma y a los demás al cráter de la guerra sin cometer una locura? Y Yang tenía una duda aún más grave, que era…

            De repente, una figura apareció ante los tres. Yang estaba sumido en sus pensamientos cuando se dio cuenta de que Schenkopp había desenfundado su bláster y se precipitó frente a Yang. Se trataba de un hombre que se identificó con una voz metálica como reportero en misión. Su petición estaba claramente ensayada.

            “Almirante Yang, por favor, prometa a todos los ciudadanos de la alianza -aquí y ahora- que salvará a nuestro país y a nuestro pueblo de las manos ensangrentadas de esos diabólicos invasores, que la justicia prevalecerá sobre el mal cuando llegue el Armagedón, que responderá a las esperanzas de nuestros ciudadanos con la victoria. Por favor, promételo ¿O no puede?”

            Aunque la puerta de las emociones de Yang estaba asegurada con un candado de resistencia, a estas alturas estaba a punto de saltar. Se giró para encarar al intruso y estaba a punto de echarle la bronca cuando una voz mucho más calmada acudió en su ayuda.

            “Su Excelencia el Mariscal está cansado, y no estamos en libertad de discutir nada remotamente relacionado con información militar clasificada. Si quiere que ganemos, le pido que lo entienda y nos deje en paz”.

            Algo en los ojos avellana de Frederica hizo que el hombre se apartara. Schenkopp apartó al periodista. Si no fuera por su rápido ingenio…

 

II

Nadie se opuso cuando Julian Mintz fue ascendido a subteniente. Defendiendo a su superior, el comisario residente de Phezzan, Henslow, había conseguido escapar de territorio enemigo y tomar por la fuerza un destructor imperial. Si un logro valiera un ascenso de rango, a nadie le habría sorprendido verle ascender dos peldaños hasta teniente titular, pero, como aparente formalidad, se sustituyó por una medalla de “Combatiente de la Libertad”.

            En cualquier caso, la aparición de un héroe demasiado joven para su propio bien hizo furor entre cierto sector periodístico. Un periódico electrónico escribió: “El mariscal Yang reconoció el prodigio del subteniente Mintz desde una edad temprana y lo tomó como hijo adoptivo”, pero tales palabras tenían la exageración por quintaesencia. El joven héroe en cuestión no era muy sociable con los que le alababan.

            “Creo que yo -o, más exactamente, la táctica que empleé- será extremadamente eficaz cuando la alianza luche contra futuros invasores. Por lo tanto, entiendan que revelar cualquier detalle antes de nuestra batalla decisiva con el enemigo sólo les ofrecería una ventaja.”

            Con esa única página arrancada del libro de razonamientos de Frederica Greenhill, Julian apuntaló un dique roto de cobertura informativa unilateral e irresponsable. Cuando por fin lo liberaron de la prensa, Julian esperaba poder reunirse con los que había dejado atrás en Iserlohn, pero lo único que sabía era que el vicealmirante Cazellnu estaba en una carrera de tres patas tratando de procesar a todos los refugiados. Julian iba por la acera mecánica, pensando que tendría que volver a la residencia oficial de la calle Silverbridge si quería reunirse con Yang, cuando una voz de mujer le llamó por su nombre. Su corazón dio un vuelco cuando se giró para ver el cabello castaño dorado de Frederica Greenhill. Unos cuantos peatones estaban claramente molestos con ella por bloquear un carril rápido.

            “Bienvenido, Julian. Parece que te has convertido en todo un héroe”.

            “Gracias. Pero aunque el almirante se alegrará de mi vuelta, no creo que le haga tanta gracia que me pongan en un pedestal tan alto.”

            “¿Estás diciendo que podría ponerse celoso, Julian?”

            En contraste con los torneados labios de Frederica, sus ojos color avellana no parecían sonreír. Julian le devolvió la mirada, incapaz de responder de inmediato, y su corazón y sus pulmones se desordenaron.

            “Ni por asomo. La idea nunca se me pasó por la cabeza”.

            “Bien. En caso contrario, te habría dado una buena bofetada, así”, dijo ella, haciendo una mímica. “De pequeña era conocida por mis manos rápidas”.

            Una vez más, Frederica había logrado sorprender al héroe infantil de la alianza. Frederica sonrió al ver la cara de Julian, que delataba su incredulidad.

            “Desde que entré en el ejército, he tenido que ser más femenina. No ha sido fácil”.

            “No lo habría sabido al mirarte”.

            “Vaya, gracias”.

            Apartando su cabello castaño dorado, Frederica le dijo que se había dispuesto que Yang se alojara en el Hotel Capricornio, cerca del edificio del Comité de Defensa. Y así, el 13 de febrero, Julian pudo reunirse por fin con Yang en un lúgubre hotel reservado para el personal militar. Cuando Julian abrió la puerta, la nostálgica voz de Yang le dio la bienvenida.

            “Hola, Julian. Echa un vistazo. Es como mi corazón, y las costumbres de nuestra época”.

            Yang señalaba una mesa apilada indiscriminadamente, y sin reparar en la estética, con salchichas, huevos, pescado frito, puré de patatas y albóndigas. Julian volvió a sus antiguas y severas críticas.

“No encontrarás a muchos mariscales comiendo comidas tan burdas en ningún momento de la historia”.

 “Estoy de acuerdo. Ahora que soy mariscal, mi pensión será más alta, así que salgamos a comer para celebrar nuestro reencuentro, ¿de acuerdo?”

            “Estaría encantado. A pesar de todo, eres tan exigente como siempre con tus finanzas”.

            “Naturalmente. No cobraré nada si el gobierno de la alianza deja de existir. Lucho contra el imperio para garantizarme una jubilación estable. Solo soy coherente”.

            “En cualquier caso, felicidades por el ascenso”.

            “Tu ascenso a subteniente es mucho más impresionante que el mío a mariscal”, dijo Yang.

            Yang cogió un abrigo que estaba tirado sobre el gran sofá y miró al chico de pelo lino con ojos cálidos y oscuros.

            “Me alegro de que hayas vuelto sano y salvo. Te ha ido muy bien. Incluso te han salido algunos centímetros para demostrarlo. Te estás haciendo un hueco”.

            “Ni hablar, apenas soy medio hombre”, respondió Julián, queriendo decir cada palabra. “Todavía tengo mucho que aprender de ti”.

            “No creo que me quede nada por enseñarte”.

            Yang se puso el abrigo y salió por la puerta. Julian le siguió de cerca, corriendo por el pasillo poco iluminado.

            “En todo caso, quiero que me enseñes tu a mí. ¿Qué clase de hechicería usaste para tomar un destructor imperial?” preguntó Yang. “Sé que es algo clasificado, pero me lo dirás, ¿verdad?”.

            La amabilidad del tono de Yang indicaba que había visto el informe en el Solovisor. Como él también estaba harto de los periodistas insolentes, el trato con Julian le devolvió la esperanza, pero Julian sólo se sonrojó.

            Se dirigieron a un viejo local, el conejo de marzo. Estaba lleno cuando llegaron. El viejo camarero sonrió mientras Yang felicitaba al restaurante por su continuo éxito.

“Gracias a ustedes. A pesar de estos tiempos inciertos, una sociedad sin restaurantes y hoteles no es ninguna sociedad que se precie. Los chefs hábiles siempre están en demanda. Tal vez sea imprudente que lo diga, pero no puedo preocuparme por la guerra y nuestra nación arruinada”.

            “venga, venga”, dijo Julián.

            Yang, que nunca había aspirado a ser militar, asintió con entusiasmo y pidió carne asada como plato principal. Hubiera querido hacer un alarde de originalidad, pero el deterioro de las cadenas de distribución interestelar hacía que no hubiera suficientes ingredientes para hacer una variedad de platos.

            “Ahora bien, subteniente Mintz, me gustaría escuchar todo sobre sus hazañas durante la cena”.

            “Por favor, no se burle de mí. Solo puse en práctica el mismo método que usaste para tomar la fortaleza de Iserlohn”.

            “Hmm, poner en uso práctico, ¿lo hiciste? Tendría que haber registrado los derechos de autor. Una pensión más los derechos de autor …”

            Pensando que esto no sonaba a broma en absoluto, Julian comenzó su relato.

Al planear su huida de Phezzan, lo más molesto para Julian era el comportamiento errático de la Armada Imperial. No tenía ni idea de cuándo podrían mostrar la verdadera naturaleza de su dominio militar reprimiendo el tráfico de naves civiles.

            Marinesk les había asegurado con confianza que estaban bien en ese frente. En ese momento, el imperio aún no había puesto bajo control todas las rutas civiles. El motivo era doble. En primer lugar, desde el punto de vista político, no habían logrado ganarse la simpatía popular de una Phezzan ocupada militarmente. Por esta razón, abolieron el gobierno directo y auparon al poder al antiguo ayudante del terrateniente, Nicolas Boltec, para ser gobernador general de una falsa democracia. Con una gestión más estricta, evitarían una rebelión entre los comerciantes.

            “Ya veo. ¿Y la otra razón?”, preguntó Julian.

            Marinesk le había guiñado un ojo.

            “Porque es físicamente imposible”.

            Por muy extensas que fueran las fuerzas imperiales, palidecían en comparación con el alcance de la población y la actividad económica de Phezzan. No había forma de controlarlo todo, y si se hacía de forma descuidada, la circulación de dinero y bienes se estancaría, dando lugar a un levantamiento de los la población.

 E medio de ese clima, Julian y los demás emprendieron la huida, aunque cuando su nave abandonó el planeta, Julian estaba preparado para lo peor. Como no estaba involucrado en un negocio pacífico en una época pacífica, no tenía razones para sentirse 100% seguro de su seguridad. Sólo actuaron gracias a una combinación de la inventiva de Marinesk, el piloto Wilock, el suboficial Mashengo y él mismo, junto con un poco de destino por si acaso. O tal vez el destino había jugado un papel más importante que toda su planificación combinada.

            De hecho, incluso un hombre atento a cada pequeño detalle como Marinesk había pasado por alto una cosa: la existencia de un traidor en su entorno. El gobernador general en funciones, Boltec, consideró necesario demostrar primero su lealtad al imperio, enviando a sus propios subordinados en naves patrulla imperiales para vigilar las rutas bajo vigilancia imperial y haciéndoles participar en las incursiones imperiales. Tal y como él lo veía, determinar el paradero del terrateniente Rubinsky serviría a las necesidades del imperio y aumentaría la estabilidad de su posición. Estaba más que entusiasmado. Históricamente, los colaboradores de las naciones ocupadas eran siempre más capaces que los soldados que las ocupaban en el humilde trabajo de vigilar y desenmascarar a los civiles. Antes de que Julian y los demás escaparan, Boltec había descubierto a más de doscientos polizones de treinta naves y los había detenido a todos. Entre ellos, como Julian supo posteriormente por los datos a bordo del destructor imperial, estaba el agregado militar de la alianza, el capitán Viola.

“Parece que subestimé la situación”.

            Cuando Marinesk dijo esto, examinando la información clasificada de otras naves, había pasado una semana desde que dejaran atrás Phezzan. Ya no había vuelta atrás. Seguían evitando la red de vigilancia del imperio. Teniendo en cuenta todos los colaboradores de Phezzan que estaban al acecho, ni siquiera los pasaportes falsos les servirían. Pero antes de que pudieran decidir un plan alternativo, los operadores anunciaron la aproximación de un destructor imperial. Marinesk miró a Julián con abatimiento.

            “Ojalá hubiera podido ser más fiable. Perdóname, pero supongo que aquí acaba todo”.

            “No tan rápido. Todavía hay una posibilidad de salirnos con la nuestra”.

            Cuando Yang había ocupado la Fortaleza Iserlohn sin derramar una sola gota de sangre de sus camaradas, Julián aún tenía catorce años y ni siquiera era un militar, pero había aprendido dos lecciones del éxito ejemplar de Yang: Primero, cuando tu enemigo no puede ser capturado desde fuera, lo haces desde dentro. Segundo, tu enemigo siempre tendrá como rehén al miembro más importante de tu tripulación. El tren de pensamiento de Julian corrió a toda velocidad. En cinco minutos tenía un plan, y durante los tres siguientes lo explicó a un grupo de compañeros de viaje.

            “Pues bien, vamos a dar lo mejor de nosotros”, añadió al final, adoptando conscientemente un aire de compostura similar al de Yang.

            No había ninguna garantía de que su propuesta funcionara, pero era su única esperanza, y así fue aceptada.

            Cuando el destructor imperial Hamelin IV ordenó a la sospechosa nave civil que se detuviera, su capitán fue informado de que los polizones a bordo habían intentado apoderarse de la nave y que la única razón por la que habían cambiado de rumbo era para establecer contacto con el Hamelin IV. El oficial administrativo de Beryozka, Marinesk, les imploró que se llevaran a estos peligrosos elementos -tanto oficiales como suboficiales de la alianza- lo antes posible. El capitán del destructor confirmó con cautela la información que aparecía en su pantalla de comunicaciones y, durante el acoplamiento, hizo subir a los “elementos peligrosos” a su nave.

            “¿Quién de ustedes es el oficial de la alianza que planeó el secuestro?”

            Mientras Julian era arrastrado hacia delante, con el pelo pajizo revuelto, la cara sucia y la ropa rota, el capitán levantó las cejas de forma afectada.

            “Bueno, esto es sorprendente. Todavía eres un niño. Parece que la alianza  se está quedando sin recursos humanos…”.

El capitán soltó una carcajada desdeñosa que no llegó a su coda (ndt: una coda es la parte que marca el final de una pieza musical). Las muñecas del chico, que parecían firmemente encadenadas con unas esposas electromagnéticas, salieron disparadas, empujándolo por debajo de la barbilla. Instantes después, el cuerpo del capitán había caído al suelo. Mientras era inmovilizado por el muchacho, tres de sus guardaespaldas fueron lanzados contra la pared por los brazos de Mashengo, que parecían pilares. Un cuarto saltó hacia atrás ante el ataque giratorio de Mashengo, preparando su arma, pero un rayo disparado desde el lateral le alcanzó la pantorrilla derecha. Soltó un grito y cayó al suelo, retorciéndose de dolor. El disparo procedía del cañón que el capitán Wilock había hecho apuntar a Julian.

            Así, el destructor Hamelin IV había sido tomado por una banda ilegal.

            Pero los vencedores no estaban listos para celebrar todavía. Todavía tenían que tener cuidado con otras fuerzas imperiales y tomar las precauciones pertinentes. Julian y los demás se trasladaron al destructor y dejaron la Beryozka vacía. Marinesk estaba triste, pero era una consecuencia inevitable de su éxito: la Beryozka tendría que ser sacrificada.

            Pusieron la nave en piloto automático y, después de dar tres señales de alarma, Julian se disculpó en su corazón, haciendo que la Beryozka saltase por los aires. Después de hacer un convincente espectáculo ante los ojos de la Armada Imperial, en el momento en que entró en territorio de la alianza, Julian desalojó a la tripulación del destructor y la subió a una lanzadera de rescate, en cuyo interior se encontraba el colaborador Phezzani. Al principio, mirando la imagen en la pantalla de comunicaciones, confirmó las caras de Marinesk y los demás. Wilock y sus amigos tenían toda la intención de matar a ese hombre que se había convertido en un perro de caza para el imperio, pero Julian dudaba en quitarle la vida a un hombre desarmado. Julian les proporcionó comida y agua y había establecido un bloqueo de tiempo para abrir las comunicaciones después de cuarenta y ocho horas. De lo contrario, la tripulación desalojada nunca habría podido ponerse en contacto con la Armada Imperial para que la recogieran. Tal era la meticulosidad de la técnica de Julian. Después de eso, su único objetivo era enlazar con la alianza.

            Todo estaba lejos de terminar. Marinesk seguía insistiendo en que el destructor pertenecía ahora a la tripulación de Beryozka y se preparaba para un pleito con la alianza…

III    

Mientras Julian narraba estos acontecimientos, la comida avanzaba hasta llegar a un postre de tarta de arándanos y té negro.

“Deberíamos compensar a Marinesk de alguna manera. Por su cooperación por encima de todo”.

            Yang era lo suficientemente generoso como para pensar que debía ser él quien proporcionara esa compensación. Y en ese aspecto, Yang había triunfado de la manera más atrevida. Ahora le tocaba a Julian hacer preguntas.

            “¿Así que devolviste la fortaleza Iserlohn al imperio? Estoy seguro de que tenías algún motivo de importancia para hacerlo, pero ¿puedes decirme cuál era?”

            “No fue nada, en realidad. Sólo les tendí una trampa, eso es todo”.

            Yang no estaba siendo especialmente modesto. Los explosivos eran una distracción, y cuando Yang le contó sus planes, Julian se encogió de hombros.

            “Eso es rastrero, incluso para ti. Si funciona, el imperio sin duda se pateará a sí mismo. Eres un hombre perverso”.

            “Me parece bien. Lo tomaré como el mayor de los cumplidos”.

            La expresión de Yang cambió ligeramente.

            “Los únicos que saben de esto son Schenkopp, la teniente comandante Greenhill y ahora tú. Quizá no sirva de nada, pero recuérdalo por si acaso”.

Julian se alegró de saberlo, pero cuando le preguntaron por el resto de su viaje, recordó algo importante.

            “Llegué a conocer a dos, y sólo dos, personas notables. Una directamente, la otra indirectamente, y que ahora está en Heinessen. Una vieja Amistad tuya, al parecer”.

            “Oh, ¿es bonita?”

            El comentario de Yang era sólo ligeramente serio.

            “Es un él: Boris Konev. ¿Lo conoces?”

            “¿Boris Konev…?”

            Sostuvo su cuchillo en el aire, escarbando en las minas de su memoria, pero en ninguna parte del mineral que encontró estaba tallado ese nombre. Yang lo descubrió, por fin, en el fondo del túnel, cuando Julian mencionó que era un amigo de la infancia.

            “Ah, ese Boris. Ahora me acuerdo de él”.

            “He oído que la senilidad empieza por no poder recordar los nombres de la gente”.

            “¿A quién llamas senil? Sólo tengo treinta y un años”, dijo Yang, quitándose un año de encima y clavando un tenedor en su tarta de arándanos.

“Es sólo porque le llamaste por su nombre completo, Boris Konev, que no lo podía recordar. Si lo hubieras llamado ‘Boris el alborotador’, entonces habría sabido de quién estabas hablando”.

            “¿Tan malo era?”

            “Seguro que lo era. Hacía llorar a todo el mundo. A sus padres, a sus amigos, a todo el mundo. Era un gamberro de primera, un auténtico incordio. Siempre se metía en mi camino”.

            “¿En serio?”, dijo Julián con sarcasmo. “Según Marinesk, Boris era capaz de realizar sus numerosas travesuras sólo gracias a su excelente compañero de fatigas”.

            “Estoy seguro de que me encontraré con Konev uno de estos días. Ahora, ¿quién era la segunda persona?”

            Los intentos de Yang por disimular su complicidad no fueron precisamente convincentes, pero Julian no insistió en el asunto.

            “El otro era un hombre llamado Degsby, un obispo de la Iglesia de Terra. Afirmó que ya no era un clérigo, que era un apóstata, pero…”

            “Debe haber habido una razón para su autodesprecio”.

            Julian le contó a Yang lo que Degsby le había dicho. Yang se enteró por primera vez del conflicto entre el Terrateniente Rubinsky de Phezzan y su hijo y ayudante Kesselring.

            Ya veo, pensó Yang. Así que por eso estaban jugando su disputa secreta entre bastidores. Aun así, el hecho de que un hijo intentara matar a su padre, para que luego se volviera en su contra, parecía algo sacado de una tragedia de la corte medieval. Sin embargo, nada de esto explicaba por qué un obispo podía tener un conocimiento tan profundo de la élite de Phezzan. Parecía que la relación de la Iglesia de Terra con los líderes de la alianza era profunda, pero quizás su relación con Phezzan era aún más profunda. ¿El rizoma de la Iglesia de Terra se extendía tanto?

            “Sí, lo hubo. Degsby me dejó algo antes de morir. Dijo que el origen de todos estos acontecimientos estaba en Terra y en su iglesia, y que debía mirar a la Tierra si quería conocer la verdad del pasado y del presente”.

Degsby había exhalado su último aliento justo después de ser trasladado de la Beryozka a la Hamelin IV. Parecía más bien un suicidio prolongado. El color de su piel y la descomposición de sus órganos internos eran signos seguros de abuso de alcohol y drogas. Quizá el dolor le había torturado, pero a Julián le parecía que se había sometido a ese abuso como castigo por su apostasía. Cuando el obispo fue enterrado en el espacio, Julian no pudo evitar sentir pena por él.

            “Así que todo está en la Tierra”, murmuró Yang, girando su taza de té con ambas manos y observando con recelo las nubes de borrasca que se elevaban en el horizonte de su corazón.

            “También me dijo esto: la humanidad nunca debe olvidar su obligación y deuda con la Tierra”.

            Parecía que esto era lo que Degsby más había querido decir. Yang seguía observando y analizando las nubes de lluvia, pero asintió igualmente a las palabras de Julian.

 “Es un argumento sólido. Pero la conciencia justa no siempre conduce a la acción justa. Julian, nuestra civilización comenzó hace unos siete mil años en un rincón de un pequeño planeta llamado Tierra”.

            “¿En el Este, no?”

            “Sí. Algunas teorías postulan la existencia de una civilización avanzada desconocida antes de eso, pero de cualquier manera, la continuidad de la historia nos dice que el mundo antiguo fue el vientre de nuestra actual civilización espacial”.

            Mientras el malogrado estudiante de historia hablaba, sus pensamientos de estratega trabajaban afanosamente en su cabeza. No podía descartar que lo que había dicho el obispo fuera una divagación delirante.

            “Pero incluso sólo en la superficie de este único planeta llamado Tierra, el centro político, económico y cultural ha cambiado con el tiempo. Desde que los humanos se aventuraron en el espacio exterior, ese centro se ha desplazado inevitablemente fuera del planeta”.

            Yang adivinó que los discípulos de la Iglesia de Terra estaban involucrados en actividades extrarreligiosas con el objetivo de restaurar la soberanía de la humanidad a su legítimo trono en la Tierra. Eso era lo que el difunto, utilizando los términos más grandilocuentes que se permitía, había intentado transmitir. Había detectado en Julián el fragmento secreto que quería que conociera.

            “Julián, comparados con los que construyeron las primeras ciudades a orillas del Tigris y el Éufrates, no nos hemos desarrollado tanto mentalmente. Pero, a pesar de estar bien o mal, nuestros conocimientos han aumentado y nuestros miembros han crecido demasiado como para que podamos volver a nuestra cuna. Es impensable que la Tierra recupere su supremacía mediante alguna conspiración”.

A pesar de pensar así, no podía hacer nada al respecto.

            “¿Entonces deberíamos dejar a la Tierra tranquila?” Preguntó Julian.

            “No, yo no iría tan lejos”.

            Yang abrió urgentemente el directorio de su cerebro, dibujando una línea roja en cierta página.

            “Haré que Bagdash lo investigue. Esas cosas le gustan más que la lucha”.

            Así, su personal de inteligencia, que llevaba dos años sin hacer nada en la fortaleza de Iserlohn, recibió una tarea importante por primera vez en mucho tiempo.

            “Mientras tanto, haré que se ponga en contacto con los de la oficina del comisario de Phezzan que aún quedan aquí en Heinessen. Con su rápido ingenio, al menos atrapará la cola de esa serpiente venenosa”.

 “El capitán Bagdash…” Lo que Julián había dicho no era ni una pregunta ni una confirmación, sino una humilde objeción. Bagdash era un miembro del personal de campo de Yang, pero su participación tenía un pretexto no menor. Hacía dos años, cuando un grupo de militares acérrimos conocido como el Congreso Militar para el Rescate de la República dio un golpe de Estado con el objetivo de establecer una dictadura militar, fue Bagdash quien los había introducido en la flota de Yang para asesinarle. Pero su intención había sido fácilmente detectada, y Bagdash había traicionado a sus compañeros para profesar su lealtad a Yang.

 “No hay nadie más”.  Julian cedió. A modo de cambio de tema, le preguntó por el plan estratégico de Yang para acabar con Reinhard von Lohengramm. Yang abrió su corazón a Julian de una manera que no había hecho al hablar con el presidente Islands.

            “Aunque tenga éxito, me pregunto qué importancia histórica tendrá. Lo que quiero decir es que, aunque derrotar a Reinhard von Lohengramm por la fuerza y disolver el imperio seguramente beneficiará a la Alianza de Planetas Libres, ¿qué significará para el resto de la humanidad?”

Julian había pensado que deshacerse de un dictador debería beneficiar a toda la humanidad durante mucho tiempo, pero Yang no se tragaba ese reduccionismo optimista. Yang se revolvió el desordenado cabello negro.

 “Obviamente, sería un gran golpe para la gente del imperio. Exigirán a un gobernante una poderosa reforma, a la que probablemente seguirá la ruptura del gobierno. Y si -no, cuando- las cosas van mal, puedes estar seguro de que habrá una guerra civil. El pueblo se convertirá en víctima de los demás. Es una historia muy dura. ¿Debemos hacer esto sólo para conseguir algo de paz a corto plazo para la alianza?”

 “¿Pero por qué preocuparnos hasta ese punto? Creo que sería mejor dejar los asuntos del imperio al imperio”.

 Yang se decepcionó al escuchar esto.”Julian, no pienses nunca que porque luches contra otra nación no debes preocuparte por lo que le ocurre a su gente”.

 “Lo siento.”

 “No, no te disculpes. Es sólo que cuando miras las cosas sólo a través del prisma de la nación, tu campo de visión se estrecha y pierdes de vista cosas más lejanas. Deberías dejar de distinguir entre amigos y enemigos en la medida de lo posible”.

 “De acuerdo, lo intentaré”.

 “Las cosas sólo se pondrán más difíciles a partir de aquí, pero dicen que siempre está más oscuro justo antes del amanecer”.

 “Ese es un famoso dicho de nuestro padre fundador, Ahle Heinessen, ¿no es así? Estaba animando a sus compañeros cuando escaparon del sistema estelar Altair montados en naves de hielo seco natural para emprender la larga marcha de diez mil años luz.”

 “Eso se dice, pero ¿quién sabe si algo de eso ocurrió realmente? Es algo que podría haber dicho cualquier revolucionario o líder de un movimiento político. Pero que lo diga Heinessen tiene más caché que que lo diga un don nadie. Dudo que Ahle Heinessen buscara ser idolatrado, y mucho menos deificado”.

            Yang sacudió la cabeza. Aunque sentía una violenta aversión por cualquier pensamiento que aprobara la supremacía nacional, aquí estaba mostrando obedientemente su respeto y afecto por el fundador de Heinessen. Había comprometido una parte de sí mismo para proteger su amada democracia, pero cuando pensó en cómo los resultados de su victoria podrían afectar a la gente del imperio, las alas de su corazón se volvieron pesadas y húmedas.

 

IV

A finales de febrero de 799 de la era espacial, año 490 del calendario imperial, las maniobras de la flota de Yang Wen-li estaban en marcha. Descritas posteriormente como el principal ejemplo del “exquisito arte de las operaciones militares”, llegarían a ser ampliamente conocidas como un elegante éxito táctico, pero no tenían precedentes ni siquiera a nivel conceptual. El hecho de que sus acciones fueran tácticas de distracción y su objetivo final algo totalmente distinto entusiasmaría a los futuros historiadores.

            Como militar de una nación democrática para la que la autoridad no era un ideal despótico, Yang se había enfrentado a numerosas limitaciones y hasta ahora siempre había cedido a la superioridad del frente de Reinhard von Lohengramm. Por fin podía enfrentarse al imperio de frente.

            En cuanto a Reinhard, el primer acto había sido totalmente decepcionante. Las razones de ello serían también de gran interés para los historiadores, pero incluso un genio sin parangón era propenso a cometer ocasionales errores de juicio. Mientras construía una base militar en el planeta Uruvashi, Reinhard reunió a sus más altos dirigentes para elaborar y determinar estrategias a medio plazo. El alto almirante Oskar von Reuentahl y el almirante Lennenkamp llegaron con sus flotas, elevando el total de soldados a veinte millones. Sólo el almirante Kornelius Lutz permaneció en la fortaleza Iserlohn para establecer la soberanía sobre el corredor. Con casi todos los máximos dirigentes de las fuerzas expedicionarias de Reinhard reunidos en la reunión táctica que se celebraba en la nave insignia Brünhild en la órbita del satélite de Urvashi, Mittermeier y Reuentahl se dieron la mano para celebrar su reencuentro.

El objetivo a largo plazo de convertir en irrelevante a la fortaleza Iserlohn pasando por el corredor de Phezzan ya se había conseguido, y habían cosechado beneficios más que suficientes al reconquistarla. Pero había pocos motivos para estar orgullosos de su logro cuando la flota más fuerte de Yang seguía campando a sus anchas. Su plan actual dependía de dos opciones. La primera era desplegar todas las fuerzas y atacar directamente a la capital de la nación enemiga en el planeta Heinessen. La segunda era capturar y suprimir los demás planetas y dejar la capital independiente, asegurando así las futuras rutas de suministro desde el continente imperial. La decisión de Reinhard determinaría el rumbo que seguiría el imperio.

 En las últimas reuniones, Reinhard se había guardado sus propios juicios, y esta vez no fue una excepción. No estaba presente del todo, y la discusión de los almirantes era insignificante para sus oídos.

 “Es totalmente inútil que estemos aquí encerrados en la indecisión. Yo digo que ataquemos la capital enemiga de un solo golpe y logremos la conquista total. ¿No es por eso que hemos venido hasta aquí?”

            Por supuesto, habían opiniones contrarias.

            “Ahora que estamos aquí, debemos evitar hacer algo precipitado. Obtener el control total de la capital no garantiza que la alianza caiga. Hay una buena posibilidad de que nos engañen con rebeliones en otros sectores. Haríamos mejor en subyugar las zonas circundantes acorralándolas física y psicológicamente hasta que pidan clemencia”.

            Este vigoroso argumento no estimuló en absoluto la mente de Reinhard, y la reunión se levantó sin haber llegado a una conclusión. El joven dictador tenía la cabeza pesada y no tenía apetito para cenar.

            A la mañana siguiente, Reinhard no podía levantarse de la cama. Tenía 38 grados de fiebre. El médico se apresuró a acudir con cierto nerviosismo, pero sus temores no tardaron en derretirse como el hielo en primavera cuando diagnosticó que Reinhard no tenía más que fiebre por exceso de trabajo. El capitán Kissling, jefe de la guardia personal de Reinhard y quien había llamado al médico, se sintió tan aliviado como él.

            Cuando Reinhard, apoyando su dorada cabeza en una almohada, pensó en ello, se dio cuenta de que llevaba más de una década corriendo sin parar. No es que mirara hacia atrás en este ascenso con algún tipo de autocompasión. Comparado con su rival, Yang Wen-li, Reinhard era mucho más duradero en su sector. Siempre había trabajado tanto en el ámbito militar como en el político, donde sus juicios eran siempre necesarios y razonables.

            Probablemente era una buena idea tomarse un descanso de vez en cuando. Un cuerpo cansado significaba una mente cansada. Aunque se obligaba a pensar y a tomar decisiones, le resultaba imposible estar tan al tanto de las cosas como cuando estaba sano. Estaba impaciente, pero en algún momento tenía que ceder.

            “Deberías tomarte las cosas con calma hoy, y mañana si puedes. El descanso es la medicina más sencilla, pero más eficaz”.

            Reinhard siguió obedientemente el consejo del médico, dando una vuelta por los dominios de morfeo, y se despertó cerca del mediodía. Pulsó el interruptor del intercomunicador cerca de su almohada para pedir agua.  Hacía siete años que Reinhard no estaba en la cama con fiebre. De niño había tenido muchas fiebres. Cada vez, su hermana Annerose le cuidaba hasta que recuperaba la salud. De hecho, aunque no tuviera mucha fiebre, a veces se quedaba en la cama sólo para sentir el tacto de porcelana de su mano en la frente.

 “Es sólo un poco de fiebre. Sigue durmiendo si quieres. Antes de que te des cuenta, te aburrirás y querrás salir de la cama, Reinhard…”

            Su hermana tenía razón. Por la mañana, ya estaba harto de la sensación de sábanas limpias, y cuando le dieron de comer una sopa de verduras de la mano de su hermana, le dolían los músculos que ansiaban una mayor actividad, y se preocupaba por cómo podría justificar el levantarse de la cama.

            Un estudiante de la academia entró llevando una bandeja con una jarra de agua de cristal. Reinhard recordaba su pelo castaño rojizo y sus ojos verde oscuro. Ante la mirada inquisitiva de Reinhard, Emil von Selle sostuvo el vaso con reverencia e hizo una profunda reverencia.

            “He recibido la orden de Fräulein von Mariendorf de atender a Su Excelencia”.

            “¿Tienes conocimientos de medicina?”

            Reinhard sólo se burlaba un poco de él, pero el muchacho respondió con seriedad.

 “Mi padre era médico. He pensado en estudiar medicina militar cuando me gradúe en la academia”.

 Reinhard se dio cuenta de que el chico había utilizado el tiempo pasado.

 “¿Y a qué se dedica tu padre ahora?”

“Murió hace tres años en la batalla. Trabajaba como médico a bordo de un crucero, pero fue volado junto con su nave en la batalla de Amritzer…” El tono del muchacho era neutral. “Pero Su Excelencia le vengó. Me gustaría darle las gracias, también en nombre de mi madre, por haber destruido la armada rebelde en Amritzer”.

 Reinhard se bebió el vaso de agua fría casi de un trago y habló con suavidad.

 “Asegúrate de obtener tu licencia médica tan pronto como puedas, y te haré mi médico personal cuando lo hagas”.

 Estas palabras hicieron que los ojos del muchacho brillaran con profunda emoción. Emil enrojeció y se comprometió a hacer todo lo posible por este joven y elegante dictador que era objeto de su admiración.El médico entró con el capitán Kissling y, tras dar de nuevo su poco original opinión de que la fiebre estaba relacionada con la fatiga, utilizó un inyector atomizante para tratarle con un medicamento antipirético. Para el capitán Kissling, de ojos color topacio, que estaba cerca, parecía estar haciendo una demostración de su lealtad al maestro. Por supuesto, si el médico hacía algún movimiento sospechoso, Kissling estaba dispuesto a matarlo allí mismo.

Reinhard volvió a dormir, soñando de forma intermitente. Primero, con su hermana Annerose, tal como era antes de ser encarcelada en la corte trasera del Kaiser, entró en el jardín de sus sueños. Vestida con ropas modestas pero inmaculadas, le preparaba un pastel de cebolla. Aquel olor fragante desapareció y, sobre el fondo estrellado de la pantalla, un Siegfried Kircheis pelirrojo le sonrió. Con esa nostalgia llegó una queja ociosa.

 “Si al menos estuvieras vivo, no tendría que lidiar con estos problemas. Podrías haber dirigido los mandos de mi fuerza expedicionaria mientras yo me concentraba en los asuntos internos de la capital imperial…”

            Incluso mientras pronunciaba estas autoindulgencias, fue expulsado del país del sueño. Mientras parpadeaba despierto, balbuceando incoherencias, una figura se movía en silueta más allá de la fina cortina. Recordó que el niño Emil había estado allí todo el tiempo. El joven dictador rubio le aseguró que estaba bien, pero cuando notó que su frente y su cuello estaban cubiertos de sudor, hizo que Emil se lo limpiara. Después de cumplir amablemente con su deber, el chico le deseó, con cierta vacilación, éxito en la batalla.

            “No te preocupes por mí, Emil. Cuando las habilidades de ambos bandos son iguales, el resultado puede ser cualquiera. Pero además de mi propia suerte, también recibo suerte de mi amigo, que me dio su vida y su futuro”.

 Reinhard cerró momentáneamente los ojos a instancias de algo informe.

 “Llevo sobre mis hombros la suerte de dos personas, y por eso nunca perderé contra Yang Wen-li. No te preocupes”.

 Reinhard no sólo era responsable de sí mismo, sino también de los veinte millones de miembros de sus fuerzas expedicionarias, así como de los veinticinco mil millones de ciudadanos del imperio. Pero en este momento, la sensación de seguridad que le daba este único muchacho era lo más preciado para Reinhard por razones que él mismo no comprendía.

Capítulo 6. Una batalla tras otra

 

I

            La “tiranía de la distancia” era una frase utilizada para indicar lo difícil que sería el gobierno unificado de una sociedad humana que había crecido un tercio mediante la sola fuerza militar. El que había impulsado esta política era Münzer, que había trabajado como jefe de justicia del Kaiser Maximilian Josef II. Maximillian Josef aceptó su lealtad, desechó sus planes de invadir la Alianza de Planetas Libres y, durante dos décadas de gobierno pacífico, nunca montó una campaña en el extranjero.

            Pero fue Kim Hua Nguyen quien acuñó el término “tiranía de la distancia” cuando fue elegido para ser el primer gobernante de la Alianza de Planetas Libres, un honor que rechazó incondicionalmente debido a su avanzada edad y su ceguera. Era amigo íntimo del padre fundador Ahle Heinessen, que murió en el camino durante la Larga Marcha de los 10.000 Años Luz. Tras fundar la nación, no ocupó ningún cargo público, asumiendo en su lugar el papel de presidente honorario de la Fundación del Aniversario de Heinessen. Cuando los líderes del gobierno le preguntaron sobre las futuras políticas de defensa, respondió:

            “La distancia entre el imperio y nuestra mancomunidad se convertirá en nuestra mayor barrera de protección”. Y aunque es probable que alguien dotado de una enorme ambición y genio rompa esta barrera a su debido tiempo, no tendremos que preocuparnos por ello hasta dentro de un siglo o más.”

Nguyen había muerto en 538 de la era espacial, 238 años antes de que naciera Reinhard.

            “En resumen, la distancia controla militarmente las redes de transporte, suministro, comunicación y mando. Estas dificultades existen en proporción a la magnitud de esa distancia”.

            Estas condiciones eran de dominio público en el ámbito militar, y al hacerlas valer, tanto el imperio como la alianza habían sufrido dolorosas y vergonzosas derrotas.

            En el 799 de la era espacial, año 490 del calendario imperial, llegó Reinhard von Lohengramm con su enorme ambición y genio, obligando a todos a ceder a su propia tiranía de la distancia, y aparentemente había roto esa barrera protectora como había predicho Nguyen. Pero si tenía en cuenta los suministros y las comunicaciones con el territorio imperial para una armada de veinte millones de personas, no podía conformarse con ganar sólo una batalla. Y aunque era un hecho que estaban en una posición abrumadoramente ventajosa, la historia estaba llena de ejemplos de poderosas fuerzas expedicionarias que perdían ante débiles defensas.

            Esta tiranía de la distancia, en lo que respecta a los recursos humanos, había causado una impresión duradera. Los promotores de la insurrección y el sabotaje vieron sus espíritus apagados por la nostalgia y el cansancio de la guerra.

            Los soldados hacían oídos sordos a los conquistadores que juraban extender su poder “hasta los confines del mundo”.

            “Si tienen tantas ganas de ir”, decían, “¿por qué no van ustedes mismos? Preferimos volver a nuestros pueblos y morir entre nuestros seres queridos”.

            En la antigüedad, las enfermedades provocadas por los cambios de terreno físico dejaban sus huellas en el cuerpo, aunque nadie puede decir que eso no siga siendo cierto hoy en día. Enfrentarse a constelaciones en el cielo nocturno diferentes a las que estaban acostumbrados era difícil de conciliar para los soldados. Para Reinhard, viajar a quince mil años luz de la capital de Odín era un destello en la sartén cósmica. Por otra parte, el corazón de sus soldados nunca había volado tan lejos como el suyo. Con Odín como base de operaciones, y una vez completada la expedición de la alianza durante su posterior reinado, esta tiranía de la distancia le seguiría allá donde fuera.

            “Preferiría hacer de Phezzan la capital del nuevo imperio”.

            Recientemente, Reinhard había considerado esa opinión. Una vez conquistada la alianza, su territorio se duplicaría. Para gobernar con eficacia y mantener un alto sentido de la uniformidad, la actual capital de Odín estaba demasiado lejos del nuevo territorio. Trasladar la capital a Phezzan la situaría en un punto nodal entre el antiguo y el nuevo territorio, suficiente para un gobierno centralizado como centro de materiales e información. Si pudiera construir bases como la fortaleza de Iserlohn a ambos lados del corredor de Phezzan, sería inexpugnable. Originalmente, Odín había sido la base de la dinastía Goldenbaum, pero eso no significaba que Reinhard tuviera motivos para heredarla acríticamente. Una nueva dinastía implicaba una nueva capital. Una capital sencilla que prescindiera de la ostentación de la antigua dinastía…

 Pero mientras tanto, Reinhard debía concentrarse en el desarrollo de su base en el planeta Uruvashi, que no sería su futura capital.

El primer ataque de Yang Wen-li infligió daños a un grupo de naves de transporte que se dirigían a Uruvashi via Iserlohn. Este iba a ser el paso inicial para hacer una base permanente de Uruvashi. Doscientos cuarenta contenedores esféricos gigantes, completamente cargados con suficiente comida y combustible, invernaderos y plantas de armamento, todo tipo de materias primas e hidrógeno líquido para veinte millones de personas durante un año, todo ello custodiado por ochocientos cruceros y naves de escolta.

 Los contenedores esféricos se habían fabricado perforando túneles a través del meteorito de níquel, llenándolos de hielo y sellándolos en ambos extremos antes de calentarlos mediante reflectores solares. En el momento en que el calor penetraba en el centro, el gran volumen de hielo del meteorito se convertía en vapor y se expandía enormemente, dejando tras de sí una gigantesca esfera hueca con un grueso revestimiento de níquel. Llenos de carga y equipados con unidades de propulsión, los contenedores esféricos estaban completos. Sin que los contenedores pudieran defenderse, el convoy era una medida necesaria.

            A cargo de esta operación estaba un joven contraalmirante de nombre Sombart, que había solicitado personalmente esa tarea. Por sencilla que fuera la tarea, quería ser conocido por algo.

El joven militar tenía la mente puesta estrechamente en la guerra y tendía a restar importancia a los suministros. A pesar de su juventud, era mayor que su maestro, pero cuando Reinhard consideró que las fuerzas de la alianza estaban lejos de ser destruidas, le animó a estar en constante vigilancia, manteniendo siempre la comunicación con la fuerza principal, y a pedir refuerzos en el momento en que percibiera cualquier peligro. Sombart hinchó el pecho con orgullo.

            “Si fracasara, ofreceré mi indigna vida a Su Excelencia, para confirmar la justicia de toda nuestra flota. Puede contar conmigo”.

            Su pavoneo hizo que los veteranos Mittermeier y Reuentahl alzaran las cejas aún más que Reinhard. Mittermeier se ofreció a ir, pero Reinhard sacudió sus mechones dorados. Por muy importantes que fueran los suministros, parecía un despilfarro de recursos humanos invertir a generales del calibre de Reuentahl y Mittermeier en una operación así.

            “Ya que ha hablado tan bien de sí mismo, esperaré que responda con resultados y no solamente con palabras”, dijo dando permiso a Sombart para irse.

En contra de las expectativas de Reinhard, Sombart se marchó rebosante de confianza y con el ánimo por las nubes. No es que no tuviera genio, pero no estaba hecho precisamente para prosperar bajo presión. Al menos, tenía la dosis justa de autoestima y precisión. Había afinado sus nervios y sus colmillos, pero no era suficiente para rivalizar con la flota Yang, que estaba al acecho, esperando su oportunidad. Cuando la flota del vicealmirante Thurneisen salió corriendo al encuentro de las naves de transporte por orden imperial, Reinhard previó una crisis cuando las comunicaciones se volvieron intermitentes. Los contenedores habían sido destruidos, junto con su preciosa carga, y las naves de escolta habían quedado reducidas a treinta, vagando por el espacio de batalla aturdidas como perros que han perdido de vista a sus amos.

            Aunque el contralmirante Sombart había logrado escapar de la muerte, sólo viviría unos días más. Volvió avergonzado ante un Reinhard implacable.

            “Es natural que el enemigo apunte a nuestros canales de suministro. Aunque me empeñé en recalcarlo, y a pesar de tu arrogancia, no hay excusa para que ese cargamento, precioso para nuestras fuerzas sufra daños por negligencia. Sé tu propio juez, pues.”

            El contralmirante Sombart recibió la orden de suicidarse con veneno. Los almirantes no dijeron nada. La razón por la que Mittermeier y los demás no lo defendieron fue que la ley marcial no hacía distinciones. Era despiadada, pero no había nada que hacer.

            Aunque tuviera el efecto psicológico de servir de ejemplo a los demás, Reinhard convocó a sus más altos dirigentes para pronunciar su veredicto.

            “Tengo parte de culpa por no haber formulado ningún plan concreto hasta ahora, pero si queremos conseguir la dominación total, y no sólo la invasión y captura temporal, debemos ser más cuidadosos. Creo que es hora de eliminar las fuerzas sistemáticas del enemigo de una vez por todas”.

            La flota Yang aún no había regresado a la capital de Heinessen y atravesaba el sistema estelar Bharlat en busca de otras bases de recolección y abastecimiento. El genio de Reinhard le permitía ver lo que estaba en la raíz de esa estrategia básica de cambiar las bases de acopio y suministro con cada batalla, pero también comprendía la dificultad de capturar y destruir al enemigo incluso con esa comprensión de las tácticas de la alianza. En cualquier caso, tenía que dar con el paradero de Yang. Y cuando lo hiciera, movilizaría todas las fuerzas.

            Reinhard designó al almirante Steinmetz para el trabajo. El almirante Steinmetz, con su flota, se dirigió inmediatamente hacia Uruvashi.

II

La ruina de las naves de suministro de la Armada Imperial fue un gran éxito por parte de la flota de Yang. Pero era sólo el primer paso hacia la más grande y agonizante batalla que se avecinaba. Para atraer a Reinhard von Lohengramm y enfrentarse a él de frente, tenía que seguir luchando y ganando. Sólo con esa perspectiva, sus problemas no habían hecho más que empezar. Cuanto más ganara, más enemigos formidables se interpondrían en su camino. Todo se asemejaba deformadamente a los intereses de una deuda, y a estas alturas Yang sentía que la situación se le iba de las manos. Al verlo así, Julián sonrió.

            “Cada día te pareces más a una especie de segundo Yusuf Topparole”.

            Julian estaba al lado de Yang como si fuera lo más natural del mundo, cuando en realidad, a pesar de su ascenso a subteniente, no se había dado ninguna orden de reasignación de trabajo, por lo que nominalmente seguía siendo un agregado militar en Phezzan y no un subordinado de Yang. Yang sólo se dio cuenta de ello después de partir hacia Heinessen. Por supuesto, Julian lo había sabido todo el tiempo, pero había guardado silencio al respecto. La teniente comandante Frederica Greenhill manejó hábilmente la situación, afirmando que el subteniente Julian Mintz era el responsable de suministrar la información que había reunido en Phezzan para ayudar a las decisiones tácticas del almirante Yang, y eso fue suficiente para asegurar el puesto de Julian a bordo. Julian también lo agradeció. Yang murmuró durante un rato, pero no expresó ninguna objeción y finalmente abandonó el tema.

El 1 de marzo, Steinmetz descubrió la flota de Yang mucho antes de lo que esperaba. Esto fue, sin que Steinmetz lo supiera, porque Yang había querido hacerse notar. Pero la ubicación de su descubrimiento era problemática. A medio camino entre los sistemas estelares Raighar y Tripura, estaba muy alejado de cualquier ruta de navegación conocida. La razón de esto era obvia a partir de los datos capturados en Phezzan.

            “Hemos confirmado la existencia de un agujero negro. Su radio de Schwarzschild* es de unos nueve kilómetros, pero su masa es de sesenta cuatrillones de toneladas a la decimomilésima millonésima potencia, y el radio de la zona de peligro se estima que es, como máximo, de 3.200 segundos luz, o 960.000.000 de kilómetros.”

Ndt: https://es.wikipedia.org/wiki/Radio_de_Schwarzschild De nada.

            “¿Entonces asumo que no deberíamos acercarnos a más de mil millones de kilómetros?”

            Según el operador, la flota de Yang se acercaba precisamente a esa línea de mil millones de kilómetros. Además, había asumido una formación convexa con el agujero negro en su retaguardia.

            “¿Qué podrían estar planeando?”

            Mientras Steinmetz inclinaba ligeramente la cabeza hacia un lado, el vicealmirante Neisebach, jefe del Estado Mayor, disipó las dudas de su comandante.

            “Poner la zona de peligro en su retaguardia limita nuestras trayectorias de ataque. No hay manera de que podamos rodearlos. Ese debe ser su objetivo”.

 Steinmetz asintió. La opinión de Neisebach era sólida por su capacidad de persuasión. Steinmetz ordenó una formación cóncava. Ambos bandos se vieron obligados a enfrentarse de frente.

            A las 21:00 horas de ese mismo día, las flotas estaban a tiro. Primero, la flota de Yang lanzó lanzas de luz al enemigo. Las fuerzas imperiales devolvieron el fuego, enviando una cascada deslumbrante al espacio negro. Poco a poco, Steinmetz fue avanzando, empujando a la alianza en aparente desventaja. La alianza comenzó a retroceder. Steinmetz calmó su acelerado corazón, extendiendo silenciosamente las dos alas de su formación cóncava en un semicírculo.

            Un punto de inflexión en la batalla se produjo cuando, a las 05:30 del 2 de marzo, la alianza, acorralada por la formación de medio círculo del imperio, cargó de repente con un feroz fuego de artillería. Momentos después, las naves de Yang habían abierto una brecha en el centro de la flota de Steinmetz, extendiéndose a ambos lados detrás del enemigo y conduciéndolo hacia el agujero negro.

            Era la ejecución perfecta de la estrategia de “abrir brecha y extender”. La formación de Steinmetz había fracasado por completo. Habría hecho mejor en mantener su ventaja y cargar contra la flota Yang. Un comandante más temerario habría hecho precisamente eso. Pero Steinmetz era de primera categoría y por eso había tomado el camino más seguro, muy a su pesar. No se había dado cuenta de que Yang no se había puesto a la defensiva precisamente para poder llevar a cabo este audaz ataque.

La flota de Yang había rodeado a las fuerzas imperiales en un semicírculo, concentrando el fuego consistente en un solo punto, empujando así a la flota de Steinmetz hacia el campo gravitatorio del agujero negro. Las fuerzas imperiales se precipitaron como una estampida hacia el mortal horizonte de sucesos, un abismo con un campo gravitatorio que alcanzaba seiscientos billones de veces la densidad normal. La potencia de fuego de la flota de Yang fue devastadora, y una nave imperial tras otra explotó en partículas de luz.

            Los operadores de la nave insignia de Yang, el Hyperion, gritaron de emoción. Esto no hizo más que incitar la cautela de su comandante.

            “¡Enemigo en la retaguardia! Temo un ataque en pinza”.

 El receptor de este informe no mostraba ni una décima parte de la excitación que el que lo daba. Yang se quitó la boina negra, alborotando su revuelto pelo negro.

 “Cuando dices en la retaguardia, ¿de qué distancia estamos hablando? La distancia temporal está bien”.

El operador se dirigió al panel de control, hizo algunos números y calculó sobre unas tres horas, más o menos. Yang asintió una vez, se volvió a poner la boina en la cabeza y se metió el pelo revuelto debajo de ella.

 “Entonces derrotamos al enemigo en dos horas y utilizamos la tercera para huir. ¿Suena bien?”

 Con un tono despreocupado que uno podría haber utilizado para sugerir una cena después de una película, Milagro Yang ordenó a toda su flota que intensificara su fuego.Como un rebaño de ganado perseguido por un acantilado, la flota de Steinmetz fue presa del campo gravitatorio del agujero negro, que sus naves no pudieron resistir.

            “¡Ayuda, estamos siendo arrastrados!”

            Esos gritos congestionaron los canales de comunicación de la Armada Imperial antes de enmudecer. A medida que la gravedad ineludible del agujero negro succionaba a la flota Steinmetz, las naves centrales eran arrastradas en línea recta, mientras que las naves de guerra circundantes eran retorcidas y desgarradas como muñecos de papel por una feroz marea. Montados en gigantescas ondas gravitacionales, se precipitaron por el espacio contra su voluntad. Desapareciendo en el horizonte de sucesos, no eran más que trozos de metal y no metal. Aquellos que resistieron con todas sus fuerzas la atracción del agujero negro murieron por la rotura de órganos y huesos antes de convertirse en bolas de fuego al explotar los reactores nucleares, mientras se precipitaban por un oscuro túnel de extinción. Era un espectáculo maravilloso, como ver a un grupo de luciérnagas bailando frente a la muerte, su luz absorbida como la sustancia física que era. Los vencedores se convirtieron en esclavos de una extraña sensación de irrealidad a medida que cada bola de fuego se apagaba, una por una.

            La mitad de la flota de Steinmetz se hundió para siempre más allá del horizonte de sucesos. De la mitad restante, muchas naves habían sido destruidas por los disparos, mientras que las que lograron escapar tanto del pozo de gravedad como del ataque de la alianza y volver con sus compañeros no constituían más del 20% de toda la flota. Este 20%, acosado por el ataque coordinado de Yang, apenas llegó a la línea de radio de Schwarzschild y, montando en su órbita hiperbólica, ganó suficiente velocidad para salir del alcance. Aunque los comandantes habían conseguido separarse, sus rostros estaban blancos, como los de los muertos.

 Tras el éxito de su ataque en pinza, Yang se retractó de sus observaciones anteriores. Suspendió sus planes de huida, decidido a librar la batalla contra la siguiente oleada enemiga. No sólo porque había muchas posibilidades de ser atacados por la retaguardia, sino también porque, juntando varias piezas de información, sabían que el almirante Helmut Lennenkamp encabezaba la división de refuerzo. Preocupado por dejar las cosas en manos de Steinmetz, Reinhard no había perdido tiempo en enviar refuerzos. Lennenkamp había planeado estar allí a su debido tiempo, sin imaginar que Yang caería sobre un enemigo que le doblaba en tamaño en cuestión de horas. Lennenkamp tendría que ser igual de rápido.

 “Señor Lennen, ¿verdad?” murmuró Yang para sí mismo, abreviando el apellido como solía hacer para su propia comodidad.

Durante unos pocos segundos, se llevó una mano a la barbilla pensando profundamente antes de chasquear los dedos, un sonido que sólo él podía oír, e incluso entonces sólo débilmente. Si no fuera por la fe de aquellos que trabajaban bajo su mando, sus órdenes habrían sido difíciles de entender y aceptar.

            “Disparad tres salvas justo antes de que el enemigo se ponga a tiro. Después, nos retiraremos al sistema Raighar. Pero lo haremos lenta y sistemáticamente”.

            Incluso dentro de la flota Yang, nadie comprendió el significado de esta orden, pero tampoco nadie la cuestionó. Tras atravesar la infinita oscuridad con tres disparos sin rumbo, emprendieron la huida como si estuvieran acorralados por las fuerzas imperiales que avanzaban. Al principio, éstas mordieron el anzuelo y aumentaron su velocidad, pero entonces el comandante Lennenkamp ordenó repentinamente a sus hombres que retrocedieran, y esto lo hicieron a regañadientes.

 Fue entonces cuando Yang, con los ojos fijos en la pantalla, ordenó un contraataque total.

 Su sincronización fue exquisita. La retirada de Lennenkamp había dado impulso al ataque del enemigo. Los destellos de luz acribillaron tanto a la oscuridad como a la flota imperial de una sola vez, iluminando las pantallas y las retinas por igual con sus explosiones. Al ver el muro de luz que se acercaba a su nave insignia, Lennenkamp perdió las ganas de luchar y se retiró después de todo. A las 13:00 horas, después de que la mitad de sus fuerzas se hubieran dispersado, la flota imperial volvió a reunirse, momento en el que Yang emprendió su huida en serio.

            “Me pregunto por qué el enemigo se retiró a mitad del ataque. Si hubieran seguido adelante, probablemente habrían ganado”, dijo Julian al joven mariscal de pelo oscuro en el puente del Hyperion. Incluso para Julian, era un misterio.

 Lennenkamp, le explicó Yang, había sido atraído por la flota de Yang en la batalla por la fortaleza Iserlohn y le había asestado un duro golpe. Si Yang había aprendido algo de este intercambio, era que Lennenkamp probablemente tomaría cualquier oportunidad que se le diera como una trampa y tomaría precauciones en consecuencia. Si la retirada de la alianza parecía deliberada, no cabe duda de que Lennenkamp se cuidaría de darles caza. Cualquier simple comandante empeñado en vengarse habría hecho lo contrario. Yang había hecho un uso inteligente de esta psicología.

            “Una vez más, muchas decenas de miles de viudas y huérfanos me despreciarán por lo que he hecho hoy. Es demasiado pesado para mí soportarlo todo. Sólo hay que caer en el infierno una vez…”

            A pesar de haber hecho un rápido trabajo con dos flotas imperiales en un solo día, densos nubarrones se acumularon en la expresión de Yang.

            “Si el almirante se va al infierno, entonces yo me voy contigo. Al menos no te sentirás solo”, ofreció Julián, hablando con el corazón.

 La expresión de Yang se suavizó.

“No seas tonto”, dijo, riendo amargamente. “Pensaba enviarte al cielo para que me sacaras del infierno. Quiero que hagas todo el bien que puedas en este universo”.

            Julian dijo que se esforzaría al máximo, incluso mientras saltaba de orgullo en su interior por la victoria de Yang. Julian había aprendido la psicología de sus estrategias y tácticas. Precisamente porque tanto Steinmetz como Lennenkamp no eran líderes incompetentes, cayeron en las trampas psicológicas que Yang les tendió. Julian tomó nota mentalmente de que los adversarios de cierto grado de fuerza también podían ser los más predecibles.

 “En la flota de Yang, ni siquiera una docena de vidas es suficiente cuando se lucha contra dos flotas en un día”.

 En la sala de espera de los pilotos de caza del Hyperion, el “As” Olivier Poplin, que había ascendido al rango de comandante, se quejaba como siempre. Su amigo Ivan Konev le reprendió.

 “En tu caso, necesitarías una docena de mujeres por cada una de esas vidas, así que es difícil de cualquier manera”.

 “Eso no es del todo cierto. Por cada una de mis vidas, son una docena de mujeres las que me necesitarían”, dijo Poplin.

 “Bueno, cuando mueras, esas mujeres se irán con otros hombres con sus propias virtudes”.

            Habiendo dejado a su amigo sin respuesta, Ivan Konev bostezó.

III

            El éxito de los ataques consecutivos de Yang Wen-li contra las flotas de Steinmetz y Lennenkamp fue un duro golpe para la autoestima de Reinhard. A pesar de su prominencia, los dos almirantes habían sido llevados de la mano. Su rabia era incomparablemente mayor que cuando sus naves de transporte habían sido destruidas.

            Con su mirada azul hielo, Reinhard amonestó duramente a los dos almirantes arrodillados ante él. Se negó a permitirles reagrupar sus flotas y les prohibió seguir participando en el espacio de batalla. Sus compañeros se sintieron aún más aliviados que ellos por haberse librado tan fácilmente.

            “Espero que hayáis aprendido de esto. Hay oponentes con los que no os podéis medir, cuya altura no podréis alcanzar. Pensad bien por qué os he dado vuestros puestos actuales y empezad desde el principio”.

            Reinhard pretendía reasignar a Lennenkamp como comandante de la fortaleza Iserlohn y sustituirlo con Lutz, pero se opuso su secretaria privada, Hildegard von Mariendorf. Sus razones eran tres. Primero, si Steinmetz se quedaba mientras Lennenkamp era reasignado, el reasignado lo consideraría injusto. Segundo, ya había purgado al contralmirante Sombart, castigándolo como ejemplo para los demás, y hacerlo de nuevo en este caso dañaría la moral general. En tercer lugar, todo el mundo estaba seguro de que se tomaría a la ligera las obligaciones del comandante de la fortaleza Iserlohn. Reinhard vio la solidez del argumento de Hilda y detuvo su diatriba contra Steinmetz y Lennenkamp. Retirar a ambos de la primera línea a estas alturas del partido mermaría mucho su fuerza militar. Sólo pudo acceder al mejor juicio de Hilda. Los ojos azul hielo de Reinhard parecían emitir una luz penetrante, reflejando la tormenta que se desataba en su interior. Necesitaría un día entero para calmar esa tormenta.

Con su lúgubre diseño interior y su mobiliario, los alojamientos de los oficiales de alto rango ya estaban en su sitio en Uruvashi. Por primera vez en meses, Reuentahl y Mittermeier sintieron el tacto de la tierra real bajo sus pies y disfrutaron de una conversación con vino. Tras rememorar diversas batallas, el tema giró inevitablemente en torno al astuto general enemigo al que se enfrentaban en ese momento.

 “Sus tácticas son nada menos que magníficas. Pero no imagino que ni siquiera Yang Wen-li intente compensar sus carencias estratégicas con victorias tácticas. Debe tener algo más en la manga”.

 Reuentahl miró el rostro de su amigo, pero sus ojos desencajados estaban llenos de dudas.

            “¿De qué se trata? ¿Ha dado con algo?”

            “Bueno…”

            Mittermeier se cruzó de brazos.

            “Dímelo, sólo a mí”.

            El aire de la habitación se sentía espeso como el barro, como también lo había sido cuando luchaban como oficiales de bajo rango en el frente. Fue esa misma espesura la que impulsó a Mittermeier a dudar.

 “Es algo que dijo el Duque Lohengramm. A saber, que para que la alianza supere su desventaja estratégica, tendrían que matarlo -es decir, al Duque Lohengramm- en el espacio de batalla. Su victoria no puede venir a otro precio”.

            “Ah…”

            En el brillo de esos ojos desiguales, había un ligero parpadeo. Algo en él hizo que su amigo se sintiera incómodo.

 “Así que, aunque parece que Yang Wen-li insiste en una victoria a nivel táctico, estás diciendo que todo esto es una treta para sacar al Duque Lohengramm a la luz para poder luchar contra él de frente”.

 “Todo tiene sentido, si lo piensas.”

 “Así es”.

  Reuentahl asintió mientras Mittermeier servía vino en sus copas.

 “Si el Duque Lohengramm cayera, perderiamos a nuestro líder, el objeto de nuestra lealtad. La pregunta entonces es: “¿Por quién luchamos? Es todo lo que nuestro enemigo podría esperar”.

 “La cuestión de quién le sucederá aún no se ha resuelto.”

“Quien le suceda, nunca tendrá un gobierno absoluto a la altura del Duque Lohengramm”. El tono de Mittermeier, al igual que el parpadeo en los ojos de su amigo, era complejo. Él sabía que el abundante poder de razonamiento de Reuentahl venía con su propia carga irracional.

 No se trataba sólo de las aventuras amorosas, que daban la impresión de una imprudencia subyacente, sino también de que, cuando trabajaban juntos como hombres ambiciosos en tiempos difíciles, se percibía en él un aroma de peligro excesivo. Probablemente era el único que lo sabía, o eso pensaba Mittermeier, pero Reuentahl quería cuidarse. No creía que debiera malgastar su talento perforando agujeros inútiles en terreno llano.

 Conociera o no los sentimientos más íntimos de su amigo, Reuentahl miró la botella de vino vacía con anhelo.

 “¿Es todo lo que tenemos? Me vendría bien otra”.

 “Lamentablemente, desde que nuestros barcos de suministro fueron destruidos, nuestros proveedores han sido menos generosos. No podemos tener sólo a los oficiales de alto rango disfrutando”.

 “Quedarse sin vino y cerveza es una cosa, pero si nuestras raciones de carne y pan se quedan cortas, afectará a la moral de nuestros soldados. Ningún soldado hambriento ha ganado una guerra”.

            “En cualquier caso, tendremos que luchar antes de llegar a ese punto”.

Esto significaba que Reinhard se vería obligado a enfrentarse a Yang Wen-li de frente, después de todo. Hasta ahora, había construido una posición ventajosa, y mientras esperaba estar a poca distancia de la capital de la alianza, un dúo instrumental entre la impaciencia y la inquietud resonaba en los rincones de los cerebros más veteranos del imperio.

            Fue durante este intervalo cuando las fuerzas imperiales hicieron aparecer a su tercera víctima. Una vez más, el almirante August Samuel Wahlen sería derrotado por la flota Yang.

Wahlen tenía una opinión muy diferente sobre un imperio que se pasaba los días esperando el próximo envío de suministros. Acudió a Reinhard con un plan operativo propio.

 “Según la información recabada en Phezzan, la alianza cuenta con ochenta y cuatro bases de suministro en su territorio, y almacenes de material, además. Dado que nuestro convoy de suministros fue atacado, propongo que hagamos un ojo por ojo: ataquemos sus bases de suministros y saqueemos todo lo que podamos”.

            Reinhard estuvo de acuerdo con este plan no por una pequeña codicia, sino porque no estaba cerca de tomar una decisión definitiva, y el plan de Wahlen al menos mostraba iniciativa. Necesitaba más tiempo y, en cualquier caso, no podía desaprovechar la oportunidad de elevar la moral de sus hombres con la perspectiva de más suministros.

            Por otra parte, dado que la fortaleza del imperio estaba en el planeta Uruvashi, suponiendo que los observara, Yang sabría con bastante certeza si estaban en movimiento. Para ello, la flota de Yang habría desaparecido en algún lugar no muy lejos de Heinessen, dejando a Reinhard sin saber dónde debía centrar su vigilancia. Esta desventaja ponía en considerable desventaja incluso a los generales más competentes del imperio.

            Cuando la flota de Wahlen se dispuso a atacar la base de suministros de la alianza en la región Tassili, su paso fue bloqueado por la flota de Yang desde la dirección de Tassili. Una vez más, Yang hizo acto de presencia y se habría sentido decepcionado si hubiera sido ignorado.

            Dado que las naves de transporte nunca fueron construidas para el combate, sólo tenía sentido colocarlas en el centro de la flota para protegerlas de los ataques. Sin embargo, Yang había colocado los contenedores de suministros al frente, mientras las naves de guerra los seguían como sirvientes que asistían a su reina. La formación no tenía forma de responder a un ataque frontal. En la mente de Wahlen, esa falta de atención al protocolo básico significaba que estaban buscando una pelea.

 Cuando las fuerzas imperiales adoptaron su formación cóncava más cerrada y se precipitaron hacia adelante, la alianza los detuvo en seco. Lo que siguió fue un espectáculo vergonzoso. Si las fuerzas de la alianza se enfrentaban, sus propios contenedores se interpondrían en su camino. Si se desplegaban en formación de batalla, serían demasiado delgadas para oponerse a una formación cóncava. Su fingida confusión provocó el primer disparo de las fuerzas imperiales, momento en el que la flota de Yang huyó tan gallardamente como pudo. Aunque era algo intencionado en todos los aspectos, parecía tan genuino que el jefe de personal de Yang, el vicealmirante Murai, no pudo evitar comentarlo.

 “Nuestra flota se ha vuelto muy buena fingiendo la retirada”.

 La flota de Wahlen persiguió a las fuerzas de la alianza, disipando la desgracia de sus camaradas Steinmetz y Lennenkamp en el proceso, pero el comandante se abstuvo de continuar su ataque, ordenando en cambio a sus naves que se apoderaran del cargamento tal y como estaba previsto. Wahlen no era de los que se dejaban llevar por la beligerancia. Como las naves de transporte llevaban mucho tiempo sin llegar, más de ochocientos contenedores, con su preciada carga, cayeron en manos de las fuerzas imperiales sin incidentes. El desgarbado ganso de la alianza les había entregado sus huevos de oro recién puestos.

Pero cuando la flota de Wahlen absorbió el gran grupo de contenedores en su centro y emprendió la retirada, cantando una canción de victoria como los vikingos de antaño, las fuerzas de la alianza reaparecieron, pisándoles los talones.

            “Retirada sin dejar de proteger los contenedores”, ordenó Wahlen.

            Colocó su nave en la cola de la flota, dejando a la cabeza de la formación responsable del contraataque. Su formación coordinada y su potencia de fuego hicieron vacilar a las fuerzas de la alianza, que por un momento empezaron a retroceder en aparente confusión. Mantuvieron la distancia y se mantuvieron tímidamente a su cola.

 “No saben cuándo rendirse. Supongo que es natural, ya que nos hemos llevado su preciosa carga…”

 A continuación, innumerables haces de luz salieron disparados de los contenedores esféricos. No se podía escapar de ser disparado a tan corta distancia y densidad. Uno de los destructores fue destruido, mientras que un crucero y dos destructores más sufrieron daños masivos. Fue suficiente para sumir a las fuerzas imperiales en el caos.

“¡Han escondido tropas dentro de los contenedores! ¿Así que ese es su pequeño juego, saber que necesitábamos los suministros?”

 Wahlen chasqueó la lengua, ordenando a sus hombres que desistieran de transportar los contenedores y que, en su lugar, exterminaran a los parásitos revoltosos que se habían infiltrado en sus entrañas. Un contenedor, enroscado en hilos de rayos de energía que convergían desde ocho direcciones, explotó en una convulsión momentánea. La primera de muchas.

            Una bola de luz blanca y caliente cubrió el campo de visión de los soldados imperiales mientras se producía una cadena de explosiones y aparecían gigantescos racimos de joyas ardientes en sus centros. El precio de una de esas joyas era la vida de decenas de miles de soldados.

 Cada contenedor había sido equipado con un rudimentario sistema de disparo automático y cargas de helio líquido. Y cuando sus haces de energía convergían con los contenedores, las fuerzas imperiales desencadenaban por su propia mano gigantescas y mortales explosiones. La turbulencia de calor y luz los desgarró por dentro. Los navegantes de las naves se pusieron en blanco ante sus paneles de control tratando de evitar colisiones con sus compañeros de flota, pero sus esfuerzos se vieron recompensados con un feroz ataque cuando la alianza cargó contra ellos con toda su fuerza.

            La flota Wahlen había provocado un caos tanto en la forma como en el espíritu, y fue completamente golpeada hasta la sumisión por los disparos del repentino asalto de Yang. Decenas de miles de ráfagas de energía azotaron a las fuerzas imperiales, que gritaron y se retorcieron de dolor. Cada ráfaga de luz era como un chorro de sangre que salía de las heridas de las fuerzas imperiales. Las naves de Wahlen, con tripulación y todo, sangre y metal, se vaporizaron, pareciendo una cadena de soles en miniatura.

            “Los seres humanos tienen su propio valor”, dijo el vicealmirante Schenkopp a modo de crítica a la estrategia de su comandante en el puente de la nave insignia de Yang, la Hyperion.

 Julian Mintz contemplaba la violenta danza de luces y sombras sin decir nada. Yang había imaginado que las fuerzas imperiales colocarían los contenedores en medio de ellos, rodeándolos con sus naves, y había llegado a instalar los mecanismos de autodisparo para aumentar sus posibilidades de atrapar a Wahlen. A pesar de querer la destrucción unilateral, Yang no se atrevía a unir sus manos a las de sus animados subordinados en el optimismo.

 “La ira y el orgullo del duque Lohengramm ya habrán alcanzado una masa crítica. No tiene los recursos para mantener un conflicto prolongado. Cualquier día de estos, vendrá a por nosotros con todo lo que tiene, y quizás con una determinación aún más feroz y unas tácticas aún más grandiosas que todo lo que hemos visto”.

 Todas las miradas estaban puestas en Yang, que se dio cuenta de que acababa de pronunciar en voz alta unas palabras que había querido guardar para sí mismo. No era fácil intentar evitar que el muro que rodeaba su corazón se resquebrajara.

 IV

El último golpe a las fuerzas imperiales había sido el más grave hasta la fecha. Reuniendo a todos los supervivientes que pudo, Wahlen regresó con vida, pero mientras se arrodillaba ante el joven mariscal imperial y se disculpaba por su irreflexiva pérdida, Reinhard resumió su fría ira en una palabra:

 “Suficiente”.

 A continuación, Reinhard salió furioso de la sala. Los almirantes que quedaron atrás dejaron caer sus hombros, con expresiones de alivio reflejadas en los ojos de los demás.

 “Incluso alguien tan sensato desde el punto de vista táctico como Wahlen fue engañado”, se quejaron.

 “No, es precisamente por su habilidad que fue engañado. Lo mismo ocurre con Steinmetz y Lennenkamp en ese punto”.

 No estaban poniendo excusas. Un hombre más impulsivo habría olvidado por completo los contenedores y habría ido a por el enemigo. En cuyo caso, seguramente no habría caído en los trucos de Yang. Wahlen había tropezado con su propio razonamiento. Sin embargo, la pérdida de Wahlen no significaba necesariamente que no hubiera cosechado al menos un tallo de trigo. Justo cuando estaban a punto de sufrir una estampida por todos lados, había reagrupado su flota, mientras seguía el comportamiento de la flota Yang tras la batalla, confirmando así que la flota Yang, que había salido de Tassili, había desaparecido en dirección a la región estelar Lofoten.

 Yang Wen-li cambiaba los puntos de reunión de la flota y las bases de aprovisionamiento después de cada batalla, pasando de una a otra mientras luchaba. Ahora que la realidad había confirmado la genial intuición de Reinhard, los veteranos generales del imperio estaban momentáneamente perdidos. Esto significaba que Yang no tenía una base central de operaciones, sino que procedía de forma nómada y con confianza táctica.

 “Esto es problemático. Eso significa que todo el territorio de la alianza se ha convertido efectivamente en su base”, murmuró Fahrenheit, con una mezcla de disgusto y admiración en sus ojos azul claro. En otras palabras, se trataba de una guerra de guerrillas llevada a cabo por una armada regular, y la Armada Imperial no tenía más remedio que luchar contra un enemigo que no tenía cuartel general. Los más de diez mil años luz que habían atravesado para llegar hasta aquí no parecían tan largos después de todo. En retrospectiva, Yang había renunciado a la fortaleza Iserlohn con demasiada facilidad. Habían predicho que no estaba demasiado apegado a ella como base de operaciones, pero tenían vagos temores respecto a su minuciosidad.

 Mittermeier pateó el suelo con el tacón de su zapato.

 “Es sólo una flota”.

 Había una compleja cantidad de emociones plegadas en esta voz baja. La admiración y la humillación, el asombro y la cólera formaban una sopa hirviente.

 “¡Con sólo una flota, está jugando con nuestras múltiples fuerzas! Puede aparecer en cualquier momento y en cualquier lugar que le plazca”.

            Aunque las fuerzas imperiales eran conscientes de que la alianza tenía más de ochenta y cuatro bases de suministro, predecir cuál sería la siguiente que usaría Yang era difícil, y en este caso, el conocimiento era más una fuente de confusión que de claridad.

“Cuando luchábamos contra esos despilfarradores hijos de la alta nobleza en la Guerra de Lippstadt hace dos años, pensábamos que no había nadie tan incompetente como ellos. Pero eso fue un terrible error de juicio por nuestra parte. Por muy ingenioso que sea Yang Wen-li, nos está bien empleado por habernos dejado engañar por una sola flota”.

            Fahrenheit respondió al suspiro de Mittermeier con un destello en sus ojos azul claro.

            “Preferiría destruir las ochenta y cuatro bases de suministro sin ocuparlas. Al menos así la flota Yang quedaría inmovilizada por el hambre”.

            “Una propuesta vacía”, dijo Reuentahl sin rodeos. “Desplegar nuestras fuerzas ahora dejaría nuestra base militar en el sistema Gandharva madura para la cosecha. E incluso si pudiéramos obtener el control de las ochenta y cuatro bases, sería una tontería dispersar tanto nuestras fuerzas. Hasta ahora, todo lo que Yang ha hecho es eliminarnos uno por uno”.

“¿Está sugiriendo, almirante Reuentahl, que nos quedemos quietos y veamos cómo lleva a cabo sus travesuras?”

 El tono de Fahrenheit era punzante. El almirante heterocromático mantuvo la calma, rechazando esa lengua afilada.

 “En absoluto. Lo único que intento señalar es que huye cada vez que lo alcanzamos. Moverse sin rumbo sólo le daría más oportunidades de jugar con nosotros”.

 “Pero no es que tengamos suficientes recursos para pasar desapercibidos durante un tiempo”.

            “Por eso debemos ser nosotros los que lo atraigamos. Prepararemos una trampa para rodearlo y destruirlo. Es la única manera. Ahora sólo tenemos que averiguar a qué tipo de cebo responderá”.

            “Si no logramos derribarlo esta vez, nunca ganaremos”.

 Los ojos arenosos de Müller se llenaron de luz solemne.

Que la preocupación de los líderes del imperio se dirigiera más a Yang Wen-li que a la capital y al gobierno de la alianza era un prejuicio innegable. Tal y como ellos lo veían, un ataque de Yang Wen-li suponía una amenaza más real que cualquier cosa que pudiera hacer el gobierno de la alianza. Siempre que una división militar operaba independientemente de su propio gobierno, el poder y la autoridad de los conquistadores opuestos era insostenible.

 “Debe haber un patrón en los movimientos de Yang”, dijo el ambicioso y acalorado vicealmirante Thurneisen.

 Si analizaran los patrones, podrían averiguar a qué base se dirigía.

 “¿Qué eres, un idiota?”, dijo Wittenfeld. “¿Quién sabe cuántos años nos llevaría eso? ¿Debemos esperar hasta que haya agotado todas sus bases de suministro?”

Ndt: creo que es la primera vez que Wittenfelt dice algo inteligente. XD

Sin prestar atención a Thurneisen, ahora rojo de la rabia, el comandante de los Schwarz Lanzenreiter se volvió hacia Mittermeier y el resto.

 “Mientras Yang Wen-li merodea como una gata en celo, yo digo que le ignoremos y ataquemos directamente la capital enemiga”, declaró Wittenfelt.  (Ndt. Otra vez!! XD)

 Su opinión no era del todo desacertada, a pesar de la vulgaridad con la que la expresó.

 “Y mientras nuestros hombres se retiran al imperio, un Yang Wen-li ileso saldrá de su actual base de suministros, reconquistará la capital y reconstruirá la alianza. Lo que significa que tendríamos que ir a Odín sabe dónde para derrotarlo”.

 El tono de Mittermeier, aunque comedido, provocó bastante a Wittenfelt.

 “Todos tenéis tanto miedo a Yang Wen-li como un cordero a un lobo. ¿Cómo pretendéis evitar que las generaciones futuras se burlen de nosotros?”.

            Mittermeier mantuvo la calma ante estas duras palabras.

“Lo que me da miedo no es el propio Yang Wen-li, sino la distancia que estamos poniendo entre el frente de guerra y nuestra patria. Si no puedes entender eso, entonces no tenemos nada que hablar”.

            Wittenfeld guardó silencio, porque efectivamente no había nada más que decir. Y aunque las comunicaciones entre el imperio y Phezzan eran completamente estables por el momento, la situación de los suministros era, en el mejor de los casos, errática. Nadie en la facción de Reinhard era tan tonto como para pensar que se podía hacer una guerra sin suministros.

            Antes de que se presentara una conclusión, llegó una orden de Reinhard.

            “Llamando a todos los almirantes. He decidido nuestra estrategia”.

            El Jefe de Estado Mayor Oberstein sintió curiosidad por los detalles del plan de Reinhard, pero el joven de pelo rubio sólo dio una críptica garantía.

 “Dentro de un mes, la flota de Yang Wen-li será borrada del espacio exterior. Lo estoy deseando”.

 Oberstein se despidió, sin saber qué era lo que había devuelto tan dramáticamente la confianza a su maestro

V

La sala en la que se habían reunido los almirantes estaba totalmente desprovista de decoración. Si su flota de abastecimiento no hubiera sido derrotada por Yang, se habría prestado un poco más de atención al diseño interior, pero por ahora la única elegancia de la sala se presentaba ante ellos en la forma de un joven dictador, aunque las palabras que salían de sus labios eran ásperas.

            “Os pregunto, ¿por qué nos enfrentamos a esta larga marcha de diez mil años luz? ¿Fue para trazar una línea bajo el nombre de Yang Wen-li? No, ¡fue para trazar una línea a través de él! ¿Acaso a a vuestro orgullo militar le salió alas para volar a alguna parte?”

            Varios almirantes, como si hubieran oído el grito de un trueno muy cerca de ellos, se pusieron rígidos al ver a Reinhard vestido con su elegante uniforme negro y plateado. Al oír las palabras “trazar una línea bajo el nombre de Yang Wen-li”, los almirantes Wahlen, Steinmetz y Lennenkamp bajaron la mirada, como si una mano invisible les empujara la nuca. Sólo Wahlen levantó la cabeza con determinación, mirando a su joven maestro a los ojos.

            “Hemos dañado el inviolable nombre de Su Excelencia, y la profundidad de mi remordimiento por haberle fallado no tiene límites. A pesar de ello, no, a causa de ello, me ofrezco en cualquier capacidad que pueda necesitar. Espero que me permita compensar mis transgresiones con una nueva victoria”.

 “No espero menos. Pero ya es hora de que salga a la palestra y resuelva esto de una vez por todas”.

            Los ojos de Reinhard se dirigieron a otro almirante.

            “¡Reuentahl!”

            “Sí, señor”.

            “Llevará su flota a la región estelar Río Verde, donde atacará la base de suministros local y asegurará la zona”.

 Cuando Reuentahl tragó su respuesta y volvió a mirar a Reinhard, el joven dictador sonrió ligeramente.

 “¿Lo ves? Todo es una treta. Los demás cogeréis vuestras respectivas flotas y os iréis por vuestra cuenta. Y cuando Yang Wen-li vea que me he quedado solo, saldrá de su cueva a la luz. Será entonces cuando lo atrapemos”.

Los almirantes intercambiaron miradas.

 “¿Entonces Su Excelencia se convertirá en un señuelo, enfrentándose al ataque de Yang Wen-li con su flota en solitario?”, preguntó Neidhart Müller, hablando en nombre de todos los presentes.

 El brillo en los ojos de su joven maestro fue respuesta suficiente. Müller levantó la voz de repente.

 “Eso es demasiado arriesgado. Por favor, déjame al menos quedarme atrás como vanguardia”.

 Reinhard sonrió.

 “No hay nada de lo que tengas que preocuparte. ¿Crees que perdería contra Yang Wen-li con el mismo número de tropas, Müller?”

            “No, no es eso lo que quería decir…”

 Viendo que Müller se quedaba sin palabras, Mittermeier se adelantó en su nombre.

 “Eso no es lo que me preocupa. Yang Wen-li puede ser un general de renombre, pero, a fin de cuentas, no es más que un comandante de flota. ¿No se da cuenta de que no tiene sentido que Su Excelencia se enfrente a él en igualdad de condiciones? Le ruego que lo reconsidere”.

Esa voz también fue rechazada por el joven dictador.

            “Efectivamente, tu discurso tiene mérito, pero por lo que he oído, Yang Wen-li ha ascendido al rango de mariscal. Y como soy mariscal del imperio, diría que eso nos hace iguales”.

            “Nadie en el universo es tu igual”, gritó Thurneisen con ardor, pero como no propuso nada concreto, Reinhard se limitó a asentir secamente. En los ojos artificiales de Oberstein, y en los ojos desajustados de Reuentahl, se encendieron los colores de la burla. Ambos miraron a Thurneisen.

            “Lameculos”, dijeron, rotundamente.

 Mittermeier se aclaró la garganta.

 “Muy bien. Como Su Excelencia ya ha decidido, no nos corresponde interferir. Pero si pudiera hacernos partícipes un poco de su pensamiento, tranquilizaría a sus humildes servidores”.

            “Entonces, permítame borrar una de sus inseguridades”.

            Reinhard dirigió sus ojos azules como el hielo hacia el muchacho Emil, que esperaba en un rincón, y le pidió un poco de vino. Los almirantes se sorprendieron al oírle hablar con tanta suavidad, su tono era más parecido a una petición que a una orden. Se dieron cuenta de que Reinhard tenía una gruesa pila de papeles sobre su escritorio.

 Atado por invisibles cadenas de nerviosismo, Emil acercó una botella de vino tinto y una copa de vino. Llenó la copa de vino y se la tendió reverentemente a Reinhard. Tal vez los almirantes se sintieron más aliviados que él por no haber derramado ni una sola gota.

            Mientras Reinhard agitaba su mano, tan finamente labrada que parecía el trabajo de un escultor que reunía su mayor pasión y concentración, vertió el contenido carmesí de la copa como luz húmeda sobre la pila de papel. La mirada colectiva de los almirantes se centró en el papel, ahora manchado como de sangre. Su mirada era tan ardiente que parecía que el papel iba a estallar en llamas cuando sus puntos focales se alinearon perfectamente. Los dedos de Reinhard cogieron una hoja de papel. Luego otra hoja, y otra, hasta que una oleada de comprensión se apoderó de Mittermeier y Reuentahl. Cuando por fin levantó la primera hoja en blanco, el joven dictador examinó la sala.

“Mirad más de cerca. El papel es delgado, pero si se superponen muchas hojas de él, pueden absorber todo el vino. Pienso usar esta estrategia contra lo más crudo del ataque de Yang Wen-li. Sus fuerzas no podrán penetrar en todas las capas de mi defensa”.

 Reinhard sólo hablaba metafóricamente, pero los veteranos generales comprendieron claramente el arte del plan de su maestro.

 “Una vez que hayamos neutralizado su asalto, todos ustedes retrocederán con sus flotas y lo rodearán, aniquilando sus fuerzas y forzando su rendición”.

 Los almirantes saludaron en silencio. Una vez más, su joven maestro había demostrado su genio.

La secretaria jefe de Reinhard, Hildegard von Mariendorf, solicitó una reunión formal después de la cena para proponer cómo podrían evitar un ataque frontal de Yang. La melena rubia de Hilda brillaba a la luz mientras exponía sus argumentos.

 “Propongo que nos neguemos a dar a la flota de Yang el beneficio de nuestra atención, tomemos Heinessen y forcemos la rendición del gobierno de la alianza. Si entonces podemos hacer que ordenen a Yang Wen-li que cese su inútil resistencia, habremos logrado su objetivo de conquista sin disparar un solo tiro.”

 “Pero entonces, desde un punto de vista puramente militar, habré perdido la guerra”.

 Hilda guardó silencio.

 “No, no puedo hacer eso, fräulein. No hay manera de que pierda ante nadie. Mi popularidad y la fe que la gente tiene en mí se deben al hecho de que estoy invicto. No es por mi santa virtud por lo que me gano el apoyo de soldados y civiles por igual”.

Hilda se sorprendió al ver que en el rostro de Reinhard se dibujaba un manto de autodesprecio. Se preguntó si la agudeza de la inteligencia de este joven no era también la semilla de su descontento.

 “Como quieras, entonces. Me reuniré con usted a bordo de la nave insignia”.

 “No, Fräulein von Mariendorf. Usted no está hecha para la guerra. Ni puedo soportar que te traiga la más mínima deshonra. Prefiero que te quedes aquí en el Gandharva y esperes mis buenas noticias. Esta guerra no será como la del otro día. No hay lugar para espectadores”.

 Hilda empezó a protestar, pero Reinhard la cortó.

 “En el caso improbable de que te ocurriera algo, me correspondería disculparme con tu padre, el conde Mariendorf”.

 Hilda no dijo nada más. Un subteniente llamado Alois von Liliencron fue asignado para dirigir un convoy de veinte naves para ella.

El niño Emil, que vino a preparar la cama de Reinhard, culpó a Yang Wen-li. Todo esto de huir sin luchar era pura cobardía. El joven dictador rubio sacudió su hermosa cabeza con una sonrisa.

 “Te equivocas, Emil. Los generales ganan su fama sólo si saben cuándo y cómo huir. Un animal salvaje que vive en modo de ataque constante no es más que una diana para los que lo cazan”.

 “Pero Su Excelencia nunca ha huido de nada, ¿verdad?”

 “Lo haría si fuera necesario. Sólo que no lo he necesitado”. El suyo era un tono tranquilo y reconfortante. “Emil, no intentes aprender de mí. Nadie puede hacer lo que yo hago. Sólo les traería perjuicios. Pero si aprendes de un hombre como Yang Wen-li, al menos no serás un general tonto. No es que importe, ya que algún día te convertirás en médico. Ahora estoy divagando”.

 ¿Por qué dejaba Reinhard que este chico entrara en los pasillos de su corazón? Es más, ¿por qué le obligaba? Reinhard, a su manera, estaba encontrando una respuesta, pero no sabía si era correcta. Quizá era una forma de reparación, pero el propio Reinhard no quería reconocerlo como tal.

 “No puedo vivir de otra manera. Tal vez no sea del todo cierto, pero a pesar de todo me pusieron en este camino desde una edad muy temprana. Empecé a recorrerlo para poder recuperar todo lo que me habían quitado. Pero…”

            Reinhard se quedó callado. Emil no podía ni imaginar cómo pretendía Reinhard terminar aquella frase. Reinhard volvió a mirar al niño con ojos distantes.

            “Es hora de ir a la cama. Un niño necesita tiempo para soñar”, dijo en cambio, haciéndose eco de las palabras que una vez le dijo su hermana mayor Annerose. Con Siegfried Kircheis, que había venido a pasar la noche, estaba divagando en su estrecha cama, cuando su hermana había llamado desde la puerta: “Es hora de ir a la cama. Los niños necesitan más tiempo para soñar que los adultos”.

 Cuando Emil se inclinó respetuosamente y se dispuso a marcharse, a Reinhard se le encogió el corazón sólo de pensar en su archienemigo. Se quedó junto a la ventana de cristal duro, disfrutando de una panorámica del cielo nocturno, y habló consigo mismo.

 “Esto es lo que siempre has querido. Y ahora que te lo doy, será mejor que te muestres, Milagro Yang”.

 Reinhard von Lohengramm dirigió su mirada azul hielo a la multitud de estrellas parpadeantes. Eran los ojos de alguien que luchaba por la supremacía. Sacando el pecho, envuelto en una tela negra y plateada, apretó la palma de la mano contra la ventana. Al sentir la reverberación de su propio pulso en el cristal, el joven rubio esbozó algo menos que una sonrisa en su elegante rostro. Un sentimiento de completa exaltación llenó su cuerpo, haciendo palpitar cada célula.  Por un momento, fue feliz. Había pasado un año y medio desde que la muerte de Kircheis, su más grande aliado. Y ahora, estaba a punto de enfrentarse a su mayor enemigo. Reinhard necesitaba a ese enemigo. No importaba cuántas luces brillaran en el cielo nocturno, no había razón para que ninguna de ellas brillara sin algo que las reflejara.

 El 4 de abril, Wolfgang Mittermeier tomó su flota y se dirigió a la región estelar de Eleuthera. Cinco días después, la flota de Reuentahl atacó Eleuthera y la vecina Región Estelar de Río Verde. El joven almirante de ojos desorbitados estaba en el puente de su buque insignia Tristán, mirando los planetas que se alejaban.

 “Todas las flotas volverán para rodear y destruir la flota de Yang Wen-li. Ese es el plan, ¿verdad?” Dijo estas palabras sólo para sí mismo. “Una estrategia espléndida. Pero, ¿qué pasa si no regresamos todos?”

Capítulo 7. Vermillion

 I

 No es fácil precisar cuándo comenzó la llamada Guerra de Vermillion. Si tomamos las sucesivas victorias de Yang sobre tres flotas imperiales como el primer acto, entonces ya estaba en marcha en febrero de 490 (CI). Además, la operación de Reinhard de tratar todos los sectores de la Alianza de Planetas Libres como una trampa, con la que intentaba confinar a la flota de Yang como en una gigantesca tela de araña, se puso en marcha el 4 de abril, cuando la flota de Mittermeier partió por primera vez hacia la región Eleuthera. Yang lo sabía, pero ordenó marchar a la Región Gandharva el 6 de abril y el día 10 se había reencontrado con Willibald Joachim von Merkatz, que había sido invitado como secretario de defensa del legítimo gobierno del imperio galáctico”.

            Cuando Merkatz acudió a despedirse, el primer ministro del gobierno en el exilio, el conde Remscheid, se mostró visiblemente molesto. Reprendió a Merkatz por actuar como un general veterano que lo abandonaba. Merkatz no era de los que responden a distorsiones y malentendidos.

            “¿Qué sentido tendría para mí quedarme aquí? ¿Por Su Excelencia el Conde o por Su Majestad el Káiser? Preferiría buscar la posibilidad de unirme a la flota Yang y derrotar al Duque Lohengramm de una vez por todas. Su Excelencia, esperaba que aprobara mis acciones por esa razón”.

 El Conde Remscheid guardó silencio. Se sentía avergonzado de sí mismo por no haber mencionado al niño Kaiser. Cuando Merkatz salió del despacho del primer ministro, Bernhard von Schneider recibió a su superior con un saludo. Le acompañaba un grupo de hombres cansados con uniforme militar. Schneider sonrió con amargura y se volvió hacia sus hombres.

            “Esto es todo lo que queda de las fuerzas legítimas del gobierno imperial. Están preparados para unirse a Su Excelencia en el largo camino”.

            Merkatz miró los rostros de estos “soldados del gobierno”. De diferentes edades y complexiones, el más joven era un muchacho que no llegaba a los veinte años y que se sentía claramente incómodo con un viejo y holgado uniforme que probablemente había heredado de su padre. El  más mayor parecía ser de la generación de Merkatz. Lo único que tenían en común era su semblante, en el que detectó una frágil combinación de lealtad, valentía y autosatisfacción. Merkatz renunció a intentar disuadirlos. Era obvio que iban a seguir su determinación pase lo que pase. Así, se añadieron siete divisiones a la flota de Yang.

Merkatz no era el único que se uniría a esta banda de irregulares. Los almirantes Morton y Carlsen, que se habían enredado con Reinhard y se habían visto forzados a la derrota, habían reagrupado a sus soldados, muy mermados, y se habían unido a la flota de Yang, pero el hecho de que lo hubieran hecho sin esperar a que el Ministerio de Defensa o el Cuartel General aprobaran sus peticiones era una prueba de que el orden militar sólo existía de nombre.

En estas circunstancias se llegó a debatir el carácter de los soldados voluntarios de la alianza en vísperas de una “batalla decisiva final”, pero los llamados soldados voluntarios, a pesar de estar dotados de espíritu de lucha y valentía, se consideraban una “turba desordenada” en lo que respecta a los suministros y las comunicaciones. Y aunque los partisanos podían llegar a ser activos valiosos más allá de sus capacidades, era difícil imaginar que fueran capaces de reunir el poder suficiente en un enfrentamiento decisivo entre flotas tan gigantescas. Incluso durante la guerra civil del Congreso Militar para el Rescate de la República, el número de voluntarios de sangre caliente había sido asombroso. Con tanta confusión en el fondo, la capacidad de mando de Morton y Carlsen era exactamente lo que Yang deseaba.

También descubrió la existencia de algunos irregulares a su alrededor. El hombre que acompañaba a Julian Mintz, con su enorme estructura asomando detrás de la guardia de Yang, era el alférez Louis Mashengo. Cuando la teniente comandante Frederica Greenhill le trajo los últimos datos sobre los movimientos de la Armada Imperial, Yang abrió los ojos ante el enorme hombre.

            “¿Quién demonios es ese?”

            “¿Qué quieres decir con “quién demonios es ese”? Es el alférez Louis Mashengo”.

            “Eso ya lo sé. ¿Qué está haciendo en mi nave?”

            “Está aquí por Julian, por supuesto. Es un espléndido guardaespaldas”.

            Al decirlo con tanta sencillez, Frederica hizo callar a Yang, que había estado refunfuñando por separar lo público de lo personal. Mashengo había asegurado su asiento.

Leyendo los datos que le traía Frederica en su habitación privada, Yang suspiró al sentir que el sol se ponía en el horizonte de su alma. Todos los datos sugerían que la flota principal de Reinhard von Lohengramm, seguida por las flotas de sus veteranos generales, había abandonado la región estelar Gandharva. Yang se sintió obligado en ese momento a aspirar al control total de Gandharva.

            “Qué hombre tan despreciable”, murmuró Yang en su interior.

 Yang sintió que esas palabras se convertían en un lento goteo de frío miedo, que se filtraba por cada célula de su cuerpo.

            El alcance de las habilidades conceptuales de Reinhard von Lohengramm o la elaboración de su planificación habrían sido difíciles de manejar para cualquier persona ordinaria, pero el joven dictador rubio había llevado ambas cosas al extremo.

 Mientras Reinhard enviaba a sus almirantes lejos, fingiendo el aislamiento de su flota principal, el hecho de que intentara atraer a la alianza a una enorme trampa entraba dentro de la previsión de Yang. Pero nunca había imaginado que el mismo Reinhard abandonaría la Región estelar Gandharva. Cuando los almirantes de Reinhard estuvieran lo más lejos posible de la flota principal, Yang ya planeaba aprovechar la oportunidad para obtener la victoria en una batalla corta pero decisiva, antes de que pudieran volver y enfrentarse a él. Pero Reinhard había movido su flota principal. El ordenador de Yang predijo, por la velocidad y el ángulo de los movimientos de Reinhard, que cuando sus almirantes estuvieran más alejados de la flota principal y hubieran alcanzado el umbral de una maniobra de retorno, Reinhard estaría en el sistema estelar Bharlat, donde Heinessen sería visible a simple vista. Para evitar que Reinhard penetrara en el sistema estelar Bharlat y que los sectores que rodean la capital se convirtieran en el escenario de una batalla, Yang tendría que luchar contra Reinhard antes de lo que había previsto. Del mismo modo, Mittermeier y Reuentahl seguramente volverían antes y más cerca de lo previsto al posible espacio de batalla. Con Reinhard delante de él y Reuentahl y Mittermeier en su retaguardia, Yang no era tan iluso como para pensar que podría ganar. Sus planes de victoria habían sido deducidos por el imperio, y como el comandante supremo Reinhard sería necesariamente su principal objetivo, por primera vez podía poner el dedo en la llaga de las cincuenta yardas.

(ndt. A ver.  El traductor en cuyo trabajo me baso es yanqui. Por lo tanto, tenía que colar una referencia a una expresión de futbol americano aunque seguro que en el original ni aparece. Básicamente, desde la línea de 50 yardas puedes ver todo el campo.)   

“¿Y qué hay de las otras cincuenta…?”

Por una vez, Yang no estaba en la mejor de las posiciones tácticas. Tenía que ganar, pero hasta que sus almirantes volvieran corriendo al espacio de batalla, Reinhard tendría que mantener el frente de guerra. Teniendo en cuenta el carácter de Reinhard, seguramente valoraba más “ganar” que “no perder”, pero esa asertividad y proactividad iban de la mano de su ingenio incalculable. No era un simple torero que corría a lo loco por el ruedo. Yang tenía que encontrar la manera de ganar a este heroico oponente.

            “No tengo otra opción, ¿verdad?”

Yang sonrió amargamente para sí mismo. Nunca le había gustado esa actitud de “hay que hacer”. Aunque no todo lo que su corazón deseaba se hacía realidad, quería mantenerse en la senda de la independencia y la espontaneidad en la medida de lo posible. En las huellas de su vida ya se acumulaba el polvo del arrepentimiento.

 “Si tan sólo otra persona pudiera hacer esto por mí”.

 Por supuesto, no existía tal persona. Los demás siempre le habían impuesto ingredientes que no sabía cocinar, tras lo cual le hacían permanecer en la cocina hasta que conseguía una comida.

            Al notar un golpe reservado, Yang abrió la puerta a control remoto para revelar a un muchacho de cabello pajizo con una expresión nerviosa en su rostro.

            “¿Puedo entrar, mariscal?”

            “Mi puerta siempre está abierta para ti. Pasa”.

 El chico, que había alcanzado el rango de subteniente cuatro años antes que su tutor, saludó y entró en la habitación. Se peinó hacia atrás el flequillo pajizo que caía molesto sobre su rostro torneado. Tomó asiento y Yang le preguntó qué le pasaba. Julian se inclinó hacia delante.

            “¿Qué te parece que el duque Lohengramm haya dispersado sus flotas?”

            “Lo que pienso, desde luego”.

 “Entonces, si no te importa que ventile mis pensamientos, es evidente que se trata de una trampa. Nos está enviando una invitación: Venid a atacarme, ahora que he enviado abiertamente a mis almirantes en diferentes direcciones y he dejado mi base vacía. Si vamos tras él, estaremos cayendo en su trampa”.

            “¿Qué tipo de trampa?”

 Una niebla se cernió sobre la expresión de Yang, pero la caliente agudeza de la mirada de Julián la disipó. Sin apartar la mirada de Yang, hiló sus palabras en un suspiro.

 “Cuando nuestra flota se acerque a su fortaleza, el enemigo estará cronometrando todos nuestros movimientos. Cada flota dará la vuelta, nos acorralará en su gigantesca red y nos aniquilará. Ese tipo de trampa”.

            Yang se quitó la boina negra con su estrella blanca de cinco puntas y se abanicó la cara. En esos momentos, no sabía cómo alabar la exactitud de las intuiciones del muchacho.

            “Lo has sabido todo el tiempo, ¿supongo? Incluso yo puedo verlo. Y, sin embargo, muerdes el anzuelo a propósito”.

 Yang se revolvió el pelo negro en silencio. Julian se inclinó más hacia él. Yang fue incapaz de compartir el celo del chico.

 “Vaya, normalmente son los más jóvenes los que se empeñan en ir a por todas mientras los mayores intentan contenerlos, pero aquí es lo contrario ¿Crees que voy a perder contra el duque Lohengramm?”.

            “No creas que me puedes callar con ese tipo de comentarios. Es injusto”.

            Tras un momento de silencio, Yang admitió que estaba equivocado y agachó la cabeza.

            “Lo siento. Tienes razón. Ha sido una forma injusta de decirlo”.

            “No, me pasé de la raya. Lo siento”.

            Yang descruzó las piernas y se enderezó.

 “Escucha, Julian. Mi lema siempre ha sido no luchar cuando no hay posibilidad de ganar. No voy a ir en contra de esa lógica esta vez”.

            “¿Entonces no hay posibilidad de ganar?”

            “Sinceramente, no”.

 Yang volvió a colocarse la boina en la cabeza y se metió el pelo revuelto bajo ella. Quería que los demás comprendieran los hechos de la situación, pero sólo en la medida de lo necesario.

            “Aun así, sólo tenemos una oportunidad. Dado que el duque Lohengramm ha adivinado con precisión mis objetivos, me envía una invitación. Si fuera puramente interesado, se olvidaría de mí y atacaría a Heinessen. Tal vez eso sería más eficiente, pero nunca lo hará, porque ha aceptado mi grosero desafío”.

            “¿Entonces se enfrentará a él en una batalla a gran escala?”

            Yang lo pensó con cierta dificultad.

 “No, no soy tan romántico. Lo único que me pregunto ahora es cómo podría utilizar el propio romanticismo orgulloso del duque Lohengramm contra él. Sinceramente, me gustaría que hubiera una forma más fácil de salir de esto”.

            Julian abrió la boca para decir algo, pero luego la cerró. Nunca le había interesado incomodar a Yang. Pero Julian se preguntó si realmente no había una forma más fácil. Si no, ¿por qué se habría sentido tan obligado a preguntar por ella?

            “En cualquier caso, no te pases”.

            Yang asintió, aparentemente satisfecho.

 “Estaré bien. No es mi costumbre hacer más de lo que se me exige. Agradezco tu preocupación”.

 

 II

El 11 de abril, el día antes de abandonar la base, Yang dio a sus oficiales y hombres medio día de descanso. Era una costumbre hacer esto antes de cualquier batalla, y Yang lo cumplía estrictamente.

 “Este es un mensaje de su comandante. A partir de hoy, sois libres de hacer lo que queráis hasta las 24:00 horas. Procuren no tener remordimientos”.

            Este mensaje, comunicado por el vicealmirante Murai, provocó vítores esperanzados, pero en cierto modo vacíos. Ludmila, que ahora les servía de base de operaciones, era un pequeño planeta de roca estéril, y sin siquiera unas escasas instalaciones recreativas que les mantuvieran entretenidos, tener libertad de tiempo no significaba tener muchas opciones sobre cómo pasarlo. Olivier Poplan echó una mirada a su amigo Ivan Konev y se encogió de hombros.

 “Heinessen e Iserlohn no estaban tan mal, pero ¿qué clase de libertad podemos ejercer en un lugar como éste? Oh, bueno, supongo que iré a buscar a alguien con quien compartir una noche de pasión. ¿Y tú?”

            “Dormiré en mi habitación”.

            “Eres valiente por decir algo tan idiota en voz alta.”

            “¿Idiota?”

            “Asumiendo que estabas bromeando, sí. Más aún si lo decías en serio”.

            “Te gustan tus bromas, eso es seguro”.

 Al estar en el extremo receptor de la despreocupación de Konev, Poplin hinchó un poco el pecho.

            “No se puede vivir sólo de bromas, pero tampoco querría vivir sin ellas”.

            “Tu mera existencia es una broma”.

 “Creo que se ha salido de los límites del sarcasmo, señor Konev”.

 “En realidad no. Son sólo los celos de un hombre impopular los que hablan. Por favor, no piense en ello, Sr. Poplin”.

 Los dos ases intercambiaron sonrisas cínicas y siguieron su camino.

Cuando Yang Wen-li la invitó a su habitación privada, la teniente comandante Frederica Greenhill sabíaexactamente cómo iba a pasar su “libertad de Cenicienta”. Cuando se retocó el ligero maquillaje y entró, Yang se volvió hacia la mesa de cristal reforzado, sin saber cómo reaccionar, y le dio la bienvenida. Le ofreció amablemente un asiento.  Con un solo dedo, Yang Wen-li era capaz de movilizar una gigantesca flota de decenas de miles de naves en espacios de batalla de todo el universo. Y, sin embargo, este joven, que originalmente había aspirado a ser historiador, no era el actor principal en todas las escenas de este drama llamado vida. En algunas, era el actor secundario que no podía decir sus líneas para salvar su vida. En este caso, consiguió, con no poco esfuerzo, poner en marcha el motor de su boca, y pronunció el nombre de su invitada: primero como “Teniente” antes de corregirlo a “Teniente Comandante” y luego a “Señorita Greenhill”. Cada vez provocó una respuesta en su bella ayudante, pero no hizo ningún esfuerzo por continuar. No por despecho, sino por cobardía. Le hacía falta más valor que para luchar contra enemigos diez veces mayores que él. La llamó por cuarta vez.

            “Frederica”.

 Esta vez, la joven de ojos avellana no dio ninguna respuesta inmediata. Para él era prácticamente rompedor llamarla por su nombre de pila. Ella abrió los ojos aún más, respondiendo por fin con un sí, con lo que recuperó su propia facultad de hablar.

 “Parece que hemos retrocedido once años en el tiempo”.

 Frederica sonrió con ternura.

 “El mariscal no me ha llamado por mi nombre de pila desde que me salvó la vida en El Facil. ¿lo recuerdas?”

            Yang Wen-li se sintió avergonzado y sacudió la cabeza como un autómata de pacotilla.

            Era un subteniente de veintiún años cuando evacuó a los numerosos civiles de El Facil, entonces completamente rodeado por la Armada Imperial. Mientras se rascaba la cabeza sin poder evitarlo, lo que hizo a continuación escribió la primera página de “El milagro de Yang”. Cuando Frederica le trajo el almuerzo, el joven subteniente dijo sinceramente: “Gracias, señorita Greenhill”, a la niña de catorce años, que sonrió por reflejo y le dijo al joven oficial, más parecido a un erudito en ciernes que a un militar, que la llamara Frederica. El “Rescate de El Facil” hizo surgir su amistad. El destino de esa amistad seguía estando fuera del alcance de su visión. Yang se encontraba ahora en una encrucijada, y no era fácil para él salir de este estancamiento.

            “Frederica, cuando esta guerra termine…”

Yang había organizado sus pensamientos hasta ese punto, pero no logró coordinar sus emociones e intenciones, por lo que sus palabras resultaron ser incoherentes e inconexas.

 “Soy siete años mayor que tú y, cómo decirlo, bueno, no soy la persona más fácil con la que convivir, y además tengo muchos defectos. Ahora que lo pienso, no estoy seguro de estar capacitado para pedirte esto. Incluso consideré retirar mi rango de alguna manera. Probablemente sea impropio de mí preguntarte esto en la víspera de la batalla…”

 Frederica contuvo la respiración. Sin dejar traslucir su confusión, comprendió a dónde quería llegar Yang. Sintió que su pulso se aceleraba.

“Pero prefiero arrepentirme de haberlo dicho que de no haberlo hecho. Ah, esto es tan embarazoso. He estado hablando de mí todo el tiempo. Mi punto… mi punto es que me gustaría que nos casáramos”.

 Yang se había abierto paso, vaciando sus pulmones de una sola vez. Se requería una gran cantidad de resistencia para librarse de su indecisión. Frederica sintió que unas alas se extendían y emprendían un vigoroso vuelo en su corazón. Pensó durante lo que le pareció una eternidad en su respuesta a esta propuesta.

 “Si combinamos nuestras pensiones anuales, no tendríamos que preocuparnos de nada, ni siquiera en la vejez. Y…”

 Frederica buscaba lo mejor que podía decir, pero su magnífica memoria la había. Sus palabras se habían ido a algún lugar de vacaciones.

 “Mis padres se llevaban ocho años de diferencia de edad. Quizá debería haberlo mencionado antes”.

Frederica estaba fuera de sí, pensando que, si no decía nada, Yang podría confundir su silencio con alguna declaración definitiva. Mirando a Yang, pudo ver que no compartía su alegría. A pesar de toda la fama que le había proporcionado ser el mariscal más joven de la historia de las Fuerzas Armadas de la Alianza, este joven militar que no daba la talla ni siquiera con el uniforme estaba inquieto bajo el flequillo que sobresalía de su boina.

            “¿Qué pasa?”

            Yang se esforzó por expresar lo que sentía. Su cara era la de un estudiante de la academia al que sometían a un examen oral. Esa seriedad era muy impropia de él. Se quitó la boina y habló con incomodidad.

            “No me has dado tu respuesta. ¿Te casarás conmigo?”

            “¡¿Eh?!”

 Frederica abrió mucho sus ojos color avellana y se sonrojó ante su propio descuido. Todo lo que él había querido era un sí o un no. Todo lo que había dicho se había saltado indiscriminadamente ese obstáculo. Después de refrenar su corazón extasiado, Frederica dio su respuesta.

 “Es un sí, Su Excelencia”, dijo. “Es un sí, Su Excelencia”, repitió, impulsada por la absurda duda de que sólo ella había escuchado su propia voz y que Yang no lo había hecho. “Sí, sería un honor…”

 Yang asintió torpemente, de nuevo luchando por juntar las palabras en una frase coherente.

 “Gracias. Lo que quiero decir es que… cómo decirlo… yo…”

 Al final, Yang no dijo nada.

Julian Mintz entró en la habitación privada del vicealmirante Alex Cazellnu como por atracción gravitatoria. Cazellnu sospechó y sonrió una vez que supo el motivo. Preparó un trago apenas aguado y se lo ofreció al muchacho.

            “Ya veo. Yang finalmente se atrevió a preguntar, ¿eh?”

 Julian asintió y bebió vigorosamente, atragantándose al tragar. Los cubitos de hielo de su vaso tintinearon. Cazellnu sonrió y llenó su propio vaso.

            “Es básicamente una ocasión propicia. ¿Brindamos por ello?”

 Julian miró su vaso y se puso rojo, y no sólo por el alcohol. Se disculpó por haber bebido tan bruscamente antes de compartir el brindis. Cazellnu dejó caer un poco de hielo en el vaso de Julian, sirviéndole una bebida de color ligeramente más oscuro que la primera. Después de hacer el brindis, Julian preguntó:

            “Dijiste que era básicamente una ocasión propicia. ¿Qué querías decir con eso?”

“Es propicia para Yang, porque realmente encontró a alguien para compartir su vida. Y es una chica de primera clase. Y aunque pueda cuestionar los gustos de la Teniente Comandante Greenhill, se va a casar con alguien a quien ama, lo cual es realmente algo para celebrar. Puedes tener un funeral solo, pero se necesitan dos para una boda”.

            “Entonces, ¿por qué has dicho ‘básicamente’? ¿Tienes reservas?”

            Cazellnu evitó una respuesta inmediata y se sirvió un tercer vaso. Tomando la bebida en la mano, respondió sin llevársela a los labios.

            “Por la misma razón por la que has vaciado tu vaso antes de brindar”.

            Julian guardó silencio

            “Sólo puedo suponer que tienes algo con la señorita Greenhill”.

            Julian se puso completamente rojo. Los cubitos de hielo bailaron mientras volvía a golpear su vaso sobre la mesa.

 “¡Sólo quiero lo mejor para ellos! De verdad, los quiero a los dos. Es natural que terminen…”

            “Lo entiendo”.

            Cazellnu hizo lo posible por mantener la calma del muchacho.

            “¿Otra ronda?”

            “Sí, aguada”.

            El vicealmirante cumplió la orden del chico.

            “Quizá no me corresponda decirlo, pero los mecanismos del amor y del corazón humano no se pueden resolver con aritmética. No hay una fórmula mágica. Eres lo suficientemente joven como para simplemente seguir adelante. Pero cuando la cosa se pone más seria, tu amor por una cosa va en detrimento de tu amor y respeto por otras cosas. No es una cuestión de bien contra mal. Simplemente no puedes evitarlo. Sinceramente, me preocuparía un poco si estuvieras de cabeza a estas alturas. Eres un chico inteligente y de buen carácter. Pero las llamas suelen surgir en los lugares más inesperados”.

            “Sí, lo entiendo”.

            “Hmm, bueno, me alegro de que lo hagas, aunque sólo sea en tu cabeza”, dijo Cazellnu, que vio a través de Julian, cambió de tema. “Pero me pregunto, ¿seguirán llamándose ‘almirante’ y ‘teniente comandante’ incluso después de casarse?”.

            “De ninguna manera, nunca lo harían”.

            Cazellnu puso una cara severa ante la respuesta instintiva de Julian.

            “Cuando mi mujer y yo nos casamos, al principio me llamó Comandante Cazellnu.  Y yo no podía evitar saludar cada vez que pasaba”.

 Julian se rió, pero para Cazellnu era obvio que lo hacía sobre todo por cortesía.

 “Dejemos esta discusión para después de nuestra victoria. ¿Y qué harás, Julian, una vez que se hayan casado? Siempre puedes vivir con ellos”.

 El aliento de Julian estaba cálido por el alcohol y otras cosas. Volvió a dejar su vaso vacío sobre la mesa y tosió un par de veces.

 “No me gustaría interferir en su vida de recién casados ¿Cómo dice el dicho? ‘Los que perturban el amor de los demás tendrían que morir de una patada de caballo’. Sólo estorbaría”.

 Julian intentaba quitarle importancia, pero si Yang y Frederica se casaban, sabía que tendría que distanciarse de ellos.

 En el pecho de Julian, la imagen de un planeta que aún no había visto estaba tomando forma. Era un planeta modesto que giraba alrededor de un pequeño sol, situado en las afueras del territorio imperial. Este planeta, Terra, era el tercero de su sistema solar. En su día había sido el único mundo habitado de la humanidad. Cuando escuchó ese nombre de la boca moribunda del obispo Degsby, Julian supo que tenía que ir allí al menos una vez. Julian no tenía forma de saber lo que le esperaba en Terra. Si la hoja con la que podría rasgar el velo de la historia estaba escondida allí, entonces tenía que agarrarla. Mezclado con la crema de este deseo, el café negro de su previsión ya no era sólo eso.

            De cualquier manera, vio el valor de ir allí por el puro gusto de hacerlo. Julian no tenía ni de lejos la perspicacia de Yang, que no tenía más remedio que acercarse al pasado y al futuro de forma diferente. Pero lo que le faltaba a Julian en cuanto a perspicacia lo compensaría con la acción. Si tenía una vida después de esta guerra, y el matrimonio de Yang con Frederica se hacía realidad, lo tomaría como una señal para partir hacia Terra.

            “Por vuestra felicidad”, murmuró Julian en voz baja, metiendo sus pensamientos sin rumbo en un cajón y cerrándolo.

            Cazellnu lo observó atentamente, con una expresión de curiosidad y simpatía.

 III

La flota Yang abandonó la base y puso rumbo al sistema Vermillion.

 “De repente, nos hemos convertido en una gran familia extendida. No envidio a Yang por tener que supervisarlo todo”.

            Cazellnu se dirigía a Julian como un “irregular” más. Tras dejar la Fortaleza Iserlohn, su puesto de director administrativo se había ido con ella, pero hasta que se decidieran sus funciones posteriores, se montaría con autoridad en la nave insignia Hyperion. La reducción de la distancia que les separaba de su destino era directamente proporcional al aumento de su ansiedad.

            Cuando llegaron al perímetro más exterior del sistema estelar Vermillion y vieron en pantalla su tenue sol colgando como una pequeña fruta al principio de la primavera, los líderes de la alianza casi pudieron oír cómo se contraían sus propias venas.

            “Qué sol tan patético”, maldijo el vicealmirante Attenborough.

 En su nerviosismo, la debilidad de aquella solitaria estrella fija le incomodaba. Por más que esa estrella brillara, él habría encontrado una forma de criticarla.

 “Si no conseguimos bloquear al duque Lohengramm esta vez, no tendremos otro lugar al que ir”.

            Más que una constatación ordinaria, se trataba de una realidad decidida, por lo que Julian no podía simpatizar del todo con lo que decían los oficiales de Estado Mayor. Sus ojos, de acuerdo con algún pacto silencioso, se centraban únicamente en su comandante. Ver a Yang disfrutando de su conversación con Merkatz con tanta compostura disminuía ligeramente su carga emocional. Mientras su comandante estuviera vivo y sano, podían esperar un milagro.

            Incluso como mariscal, el atuendo militar de Yang no había cambiado. Su boina negra -con una estrella blanca de cinco puntas-, su chaqueta negra y sus botas de media altura, su pañuelo color marfil y sus pantalones eran los mismos. Sólo las insignias del rango de la estrella habían aumentado en una. El significado de lo que simbolizaba esa estrella parecía importante, pero no había provocado ningún cambio notable en el comportamiento de la persona a la que honraba y hacía que Yang no pareciera más militar que antes.

            Merkatz, de pie junto a Yang como su consejero, llevaba el uniforme negro y plateado de la Armada Imperial. En su cuerpo de mediana edad, las insignias se superponían unas a otras. Era, naturalmente, un hombre de cualidades más guerreras que militares, e incluso en la más alta estima de Frederica Greenhill parecía más bien el superior de Yang.

La escaramuza entre ambos bandos se abrió con una silenciosa competición de reconocimiento. La alianza dividió los 125.000 millones de segundos luz cúbicos que rodeaban el sistema estelar Vermillion en diez mil sectores, que fueron cubiertos por dos mil patrullas de reconocimiento. El Jefe de Estado Mayor Murai supervisó toda la operación, superando con creces a su comandante de pelo negro en estas meticulosas tareas. Yang se sentía justificado en esta asignación de tareas, ya que cualquier diligencia práctica que quedara en él había sido destruida por su agotadora evacuación de El Facil, once años antes.

            En los treinta minutos que precedieron a la batalla, el nivel de su ansiedad aumentó con cada silencio continuado hasta que las fuerzas imperiales llegaron a la escena. Un suboficial de la división de reconocimiento FO2 del teniente Chase fue el primero en hacer el descubrimiento.

            “¡teniente, mire!”

            La voz del oficial era de volumen contenido, su tono todo lo contrario, y fue suficiente para poner nervioso al teniente. Una ondulante multitud de luces amenazaba con sobrepasar la extensión negra, tragando la débil luz de las estrellas detrás de ellos en una aproximación silenciosa.

            El teniente encendió el FTL, con voz y dedos temblorosos.

 “Aquí, reconocimiento, división FO2. Hemos localizado las fuerzas principales del enemigo. Posición actual es sector 00846, dirigiéndose al sector 1227, a 40,6 segundos luz. Se acercan rápidamente”.

            En el otro lado, la red de búsqueda de enemigos de la Armada Imperial había descubierto un pequeño nido de ratones vagando por delante de ellos. El vicealmirante Rolf Otto Brauhitsch, que había luchado en la batalla de Kifeuser a las órdenes de Siegfried Kircheis, fue el primero en recibir las imágenes de su satélite de reconocimiento, junto con un informe de su pequeño grupo de patrulla.

            Cuando su subordinado le preguntó si debían buscar y destruir, negó con la cabeza.

            “Sería una pequeña victoria, en el mejor de los casos, atacar a una flota de reconocimiento. No perdamos el tiempo. Es mejor que intentemos determinar la dirección de su regreso, junto con la posición de las fuerzas principales del enemigo”.

 La orden de Brauhitsch dio en el clavo, pues mientras la división de reconocimiento de la alianza FO2 daba a conocer la posición del enemigo a sus aliados, también ocurría lo contrario. Como no estaban tomando el rumbo más directo hacia su base de operaciones, la trayectoria de su camino era fácilmente discernible por el ordenador táctico.

 Cuando recibió el informe de Brauhitsch, Reinhard contemplaba el océano de estrellas que se extendía en la pantalla superior desde el puente de su buque insignia Brünhild. Su bello rostro adquirió un tono más pálido a la luz de las estrellas que llovían sobre él, como una imagen de porcelana blanca en el fondo de un río. Los demás a su alrededor dudaron en hablar, conteniendo la respiración mientras se sumergían en sus respectivas tareas. Fue el alto almirante Paul von Oberstein quien rompió aquel silencio sagrado anunciando al joven mariscal imperial la aproximación de la flota enemiga.

            “Lo más probable es que hagamos contacto en el sistema Vermillion”.

 Desde el comienzo de su misión, Reinhard había estado de acuerdo con las deducciones de Oberstein en todos los frentes. Desde tiempos inmemoriales, la mayoría de las veces los espacios de batalla se elegían en base a acuerdos implícitos entre enemigos y aliados. En este caso, y por esa razón, Reinhard no tenía ninguna duda de por qué Yang Wen-li había elegido el sistema estelar Vermillion como espacio de batalla decisivo.

            “Así que, después de todo, será aquí”.

 Aunque el joven de pelo rubio murmuró estas palabras sin mucha admiración, cuando llamó a su ayudante principal, el contralmirante Streit, ordenó un descanso para todas las divisiones. Reinhard sonrió a su sorprendido ayudante.

 “No hay razón para pensar que la batalla vaya a comenzar pronto.  Controlemos los nervios mientras podamos. Que hagan lo que quieran durante tres horas. Incluso pueden tomarse una copa si quieren”.

            Cuando el ayudante se despidió, Reinhard permaneció sentado en su silla de comandante y cerró sus oscuras pestañas, entregándose a la amplitud de su corazón.

Todas las tropas gozaron de un inesperado descanso también en el lado de la alianza, mientras sus máximos dirigentes se dedicaban a charlar en la sala de conferencias tomando café. Yang dio un sorbo a su taza. No tenía ni idea de café. Tampoco le importaba su calidad.

 “No es que tenga que recordártelo, pero el duque Lohengramm es un genio sin parangón. Si nos enfrentamos a él en igualdad de condiciones, apenas tendremos posibilidades de ganar”.

            “Probablemente tengas razón”, dijo Yang.

Schenkopp estaba siendo franco. No era tabú dentro de la flota de Yang insinuar la retirada o la rendición.

            “Dicho esto, no eres tan malo. Sólo este año, ¿no te has llevado por delante no a uno, sino a tres almirantes imperiales de renombre?”

            “He tenido suerte. Quizá no fui meramente afortunado, pero tuve suerte al fin y al cabo”.

            Yang dijo la verdad tal y como la veía. A pesar de haber destruido ya tres flotas imperiales en esta guerra, enfrentarse a Oskar von Reuentahl y Wolfgang Mittermeier significaba que Reinhard von Lohengramm no podría componer su canción de victoria como había planeado. Aunque no creía que fuera a perder, una victoria sucinta sería más fácil de decir que de hacer. En la medida en que se encontraba en la fase de exploración, era impensable que el propio Reinhard y la Armada Imperial -estas dos cosas inigualables- se lanzaran al ruedo en ese momento, y por esa razón no tenía intención de seguir probando suerte. Ciertamente, hasta ahora había tenido éxito, pero eso no significaba que la diosa del destino le siguiera sonriendo. Más bien, por esas victorias consecutivas sentía que había agotado sus tres deseos.

 Merkatz miró a su comandante, que era lo suficientemente joven como para ser su hijo, con ojos amables, pero no dijo nada.

 “La formación del enemigo es estrecha, pero lo compensa con profundidad y densidad. Yo diría que están planeando un ataque de perforación central”.

            Los brazos cruzados del Jefe de Estado Mayor Patrichev eran prácticamente del tamaño del torso de Yang. Aunque pretendía trascender su trabajo de escritorio para convertirse en comandante de primera línea desde los días en que la flota de Yang se llamaba la Decimotercera Flota, este hombre jovial y dinámico había estado siempre al lado de Yang en el cuartel general.

            “¿No te preocupa dejarlos libres?”, comentó Olivier Poplin.

            Pero Patrichev comprendió la estrategia de Yang.

            “Para mí tiene sentido”, entonó en su bajo operístico, aunque se preguntó hasta qué punto sería un alivio para los soldados.

            Cuando la cadena de discusiones que tiraba de su equilibrio mental hasta el límite se aflojó, y los oficiales del Estado Mayor abandonaron la sala, Walter von Schenkopp se quedó. Yang apartó momentáneamente la mirada antes de hablar.

            “¿Cree que podemos ganar, vicealmirante?”

            “Eso depende de si realmente quieren ganar”.

            El tono de Schenkopp era mortalmente serio. Yang no estaba en condiciones de descartar eso.

            “Cada fibra de mi ser quiere ganar”.

            “Querer no es suficiente. Si no te lo crees, ¿cómo vas a conseguir que los demás lo crean?”

            Yang guardó silencio. La incisiva lengua de Schenkopp le había cortado en seco.

            “Tanto si eres un soldado de carrera con el corazón puesto sólo en ganar como si eres un simple hombre ambicioso que desea el poder sin saber cuánto, eres un digno adversario. Y ya que estoy en el tema, si fueras un hombre de convicciones y responsabilidad inquebrantables que cree en su propia rectitud, sería muy fácil agitarte. Pero el hecho es que eres alguien que, incluso en el fragor de la batalla, no cree en su propia rectitud”.

            Yang no respondió.

            Schenkopp dio un golpecito a su taza de café y continuó.

 “Quien está seguro de ganar en una pelea, aunque no crea en sí mismo, vive, desde el punto de vista espiritual, una existencia imperdonable. Esa es la definición de un hombre sin esperanza”.

 “Incluso el peor gobierno democrático es superior a la mejor autocracia. Por eso lucho contra Reinhard von Lohengramm en nombre de Job Trünicht”, dijo Yang. “Creo que eso es convicción suficiente”.

            Incluso al abrir la boca, Yang confirmó la verdad de la aguda percepción de Schenkopp al no creer ni una sola palabra de lo que acababa de decir.

 En la antigua Tierra, mientras el imperio democrático de Atenas estaba en guerra con el despótico imperio de Esparta, la nación independiente de Mílos había asumido la neutralidad, sin afiliarse a ninguna de las dos facciones. Molestos con Mílos por negarse a la subordinación, los atenienses invadieron, tratando a Mílos como su enemigo. Masacraron a los civiles, se anexionaron su territorio y brindaron por sus propias acciones como una victoria de la democracia. Esta fea paradoja supuso un mal ejemplo para el futuro. Si esta invasión y las subsiguientes matanzas masivas hubieran surgido de la ambición de un gobernante despótico demente, aún habrían tenido esperanzas de salvarse. Sólo los casos en los que el pueblo era perjudicado por los gobernantes que él mismo había elegido eran realmente desesperados. El pueblo tenía la peculiar costumbre de aplaudir a veces a quienes lo despreciaban. Rudolf von Goldenbaum, en su camino hacia el trono, seguramente llegó allí subido a los hombros de su pueblo. Era una consecuencia del “peor gobierno democrático”. A Yang le resultaba imposible creer todo lo que él mismo había dicho. Aun así, pensó, mientras que el colapso de una autocracia podía traer la mejor democracia, el colapso de la peor democracia, curiosamente, nunca había traído la mejor autocracia…

Ndt. No es tan sencillo. Aunque se tiene a la antigua Atenas como parangon de la democracia, al final era una oligarquia.  Básicamente votaba quien tenía pasta (propiedades) y era ciudadano. Eso excluía a muchos habitantes.  Por cierto, ya que menciona de pasada la guerra del Peloponeso. No es por hacer un paralelismo, pero Esparta gana. Su hegemonía duraría muy poco, eso si.  El sistema espartano ya empezaba a resentirse cuando Tebas le comió la tostada en Leuctra.

Cuando terminó su descanso, los preparativos para la guerra se llevaron a cabo de inmediato. Las mentes relajadas cobraron vida de repente con la potencia de los motores encendidos. Varios canales de búsqueda de enemigos habían anunciado la presencia de un gigantesco enemigo por delante, haciendo saltar la alarma en el corazón de cada oficial.

 “Distancia del enemigo: ochenta y cuatro segundos luz”.

 La voz del operador se transmitió a todas las naves, y con ella unas manos frías que agarraban a los soldados por el pecho. Sus respiraciones y pulsaciones se aceleraron, la temperatura corporal aumentó.

            “Se están acercando, poco a poco”.

            “Obviamente. ¿Qué haríamos si se alejaran de nosotros?”

 Las conversaciones entre compañeros de armas y torretas eran un yin-yang de nerviosismo e inquietud. Si dejaban que las armas se sobrecalentaran, se incendiarían y se quemarían por completo.

 Yang, como de costumbre, se sentó encima del escritorio de su comandante, hincó una rodilla y mantuvo los ojos en la pantalla principal. Pero luego su mirada se desvió por sí sola hacia los altos mandos -primero hacia Merkatz, luego hacia Murai, Schenkopp, Julian Mintz, Mashengo, Frederica Greenhill y Patrichev por turnos, y sin detenerse ni un momento- antes de volver a la pantalla. Frederica, sintiendo a la vez una gran tranquilidad y un ligero desánimo, miró al joven mariscal, que se había quitado la boina negra y se revolvía el pelo revuelto. Ahora le pertenecía a ella. Pero no sólo a ella. En comparación con los más de diez mil millones de personas de la Alianza de Planetas Libres que tenían su propia fe en él, la suya era modesta en el mejor de los casos. Se sentía demasiado ambiciosa por querer compartir un futuro con él.

            Yang volvió a ponerse la boina. Frederica se preparó y se concentró en la pantalla. Nada más importaba hasta que sobrevivieran a la guerra.

            “Las fuerzas enemigas están entrando en la zona amarilla”.

            La voz del operador era seca y formal al principio. Luego se agudizó.

            “¡Están completamente dentro del rango de disparo!”

            Los artilleros estaban preparados, con los dedos posicionados en los botones de disparo. Contuvieron la respiración, esperando las órdenes de su comandante en jefe. Yang tomó una bocanada de aire, levantó una mano y la bajó diez veces más rápido de lo que la había levantado.

            “¡Fuego!”

            Decenas de miles de dragones brillantes cargaron por el espacio. Antes de que pudieran alcanzar a su presa, los propios dragones de la Armada Imperial se soltaron de sus jaulas y se abalanzaron sobre sus oponentes. Los colmillos chocaron con los colmillos, explotando en deslumbrantes brotes de luz.

            A las 14:20 del 24 de abril del 799 de la era espacial, año 490 del calendario imperial, dio comienzo la batalla de Vermillion de la forma más mundana posible.

 IV

Las ráfagas de luz llenaron el espacio exterior con su cadencia insonora. Una nueva espada cortó esta vorágine al rojo vivo, dispersando las naves como sombras agitadas. No habían transcurrido ni treinta minutos desde el inicio de las hostilidades y la batalla se había sumido en un combate feroz.

            la batalla de Vermillion se había iniciado con una nota tan ordinaria que tanto Reinhard von Lohengramm como Yang Wen-li estaban preocupados por si el otro tenía algún astuto plan bajo la manga. En previsión del próximo movimiento del otro, cada uno de los dos sólo podía dar sus primeros pasos utilizando tácticas extremadamente convencionales.

            Reinhard había estado planeando una táctica de “defensa profunda” sin precedentes contra la ofensiva de Yang. Yang, por supuesto, tenía sus propias ideas. Pero ninguno de los dos las puso en marcha, para no dar ventaja al otro. Por lo tanto, este épico espectáculo de luces estaba muy lejos de lo que cualquiera de los dos bandos deseaba. Pero la batalla estaba en marcha. Como caballos salvajes que desprecian las riendas del jinete, salieron en estampida salvaje y libre. Yang estaba lo suficientemente frustrado por las acciones de Reinhard como para tener que concentrar buena parte de sus nervios en las correcciones orbitales.

            Los cambios en la marea de la batalla eran precipitados y desordenados, y ni Reinhard ni Yang podían manejarlos todos. Para cuando se recibían las órdenes, la situación había cambiado drásticamente, haciendo que esas órdenes carecieran de sentido. Cuando los informes de las líneas del frente de la Armada Imperial pedían más instrucciones, un rayo brilló en los ojos azul hielo de Reinhard.

 “¡Cada división responderá según sea necesario! ¿Qué sentido tiene tener oficiales de mando de rango medio? ¿Tengo que hacerlo todo desde aquí?”

 A la alianza le fue peor. Cuando los comandantes del frente pidieron instrucciones detalladas, Yang suspiró.

 “Discutidlo con el enemigo, venga. No es que tenga poder de elección en esta situación”.

            Las perturbaciones mentales de su más alto comandante estaban bastante enredadas en la ferocidad culminante del conflicto. Rayos y misiles chocaron en hostilidad, poderes destructivos y defensivos por igual compitiendo por la superioridad. En los casos de poder destructivo superior, atravesaban los campos magnéticos neutralizadores de energía y los blindajes, destripando las naves por la turbulencia de su calor letal. En los casos de poder defensivo superior, su enorme energía se dispersaba en vano, dañando sólo a las presas más débiles que se encontraban en su camino. Mientras ambos ejércitos eran juguetes a merced de las oleadas de energía, lanzaban todos los proyectiles a su disposición. Incluso mientras las naves sufrían impactos en sus propias entrañas por parte de los misiles de fusión nuclear, ellos atravesaban las naves enemigas a su vez.

            La embestida del imperio con los colores del arco iris explotó alrededor de la nave insignia de Yang, el Hyperion. El primero en caer fue el crucero Narvik, que tras recibir un impacto en el centro se partió en dos mitades iguales, mientras los demás iluminaban su rincón del espacio exterior con bolas de luz. La aprensión apareció en el rostro moreno y viril del capitan del Hyperion, el comandante Asadora Chartian.

“¡Su Excelencia! Nuestra nave insignia está demasiado adelantada. Temo que podamos convertirnos en el blanco del fuego concentrado. Solicito permiso para retroceder”.

            Yang dirigió sus ojos oscuros, rebosantes de confianza; hacia el capitán.

            “Dejo el control de esta nave a su capitán. Haga lo que crea conveniente”.

            A los diez minutos, Yang se arrepintió de esos comentarios. Una división de las fuerzas imperiales, carente de líneas de comunicación con otras flotas, estaba dirigiendo una nueva carga. “¿Por qué nos retiramos? No puedo mandar así”, gritó Yang. En el momento en que Yang vio una brecha, reforzó una de las vigas que sostenían su abanico de opciones táctico. Yang se inclinó hacia delante y dio la orden a Frederica.

            Al final, la orden carecía de convicción, pero en el momento en que la primera formación imperial apuntó con sus cañones al enemigo, una segunda formación entró por detrás para matar. Los sistemas anticolisión de ambas flotas respondieron rápidamente, enviándolas a volar en todas direcciones. Los oficiales de navegación maldecían a dioses y demonios por igual, aferrándose desesperadamente a sus paneles de control.

            El caos duró poco, pero para Yang fue suficiente. Cada una de las naves de la alianza se giró hacia el inesperado baile del enemigo y, de inmediato, desencadenó su batería principal. Aparecieron puntos de luz por todas partes, anulando los bordes de cada una mientras crecían en una esfera colectiva más grande.

            Esto dejó un gigantesco agujero en la formación imperial. Era una mezcla deformada de energía y nada, un gigantesco torbellino de ondas de alta frecuencia que negaba la existencia misma de la vida.

            En la nave insignia imperial, la Brünhild, Reinhard echaba humo.

            “¡¿Qué demonios cree Thurneisen que está haciendo?!”

 El oficial de comunicaciones se encogió ante la voz de Reinhard, luchando por establecer contacto contra las ondas electromagnéticas que interferían sus comunicaciones. También los operadores sudaban en sus intentos por distinguir el revoltijo de señales de ambos bandos. Confirmaron que Thurneisen había abandonado su puesto.

            “Menudo héroe”.

 Los ojos artificiales de Oberstein brillaron con indiferencia.

            “Su voz llega lejos, pero sus ojos sólo ven lo que tienen delante. Deberías desecharlo”.

            “Si todavía estoy aquí cuando termine esta batalla, me tomaré tu advertencia en serio”, espetó Reinhard. “Pero ahora mismo, necesito su fuerza para superar esto. Pónedme con Thurneisen”.

            Una lanzadera de comunicaciones, que llevaba una cápsula de transmisión con las órdenes de Reinhard, salió de la bodega de Brünhild. Esto agravó aún más a Reinhard.

 Al adelantarse por su cuenta, alimentado sólo por su propia beligerancia y ambición, Thurneisen había desbaratado los planes de Reinhard a nivel táctico. Reinhard tendría que arrastrarlo por el cuello y restablecer el orden en su flota. Al precipitarse en una guerra de desgaste como ésta, se arriesgaba a hacer caer en el juego de Yang.

Los temores de Reinhard resultaron ser correctos. Yang estaba en una mala situación, pero había cambiado astutamente de táctica, invitando al fuego concentrado de otras flotas imperiales además de la de Thurneisen a su formación cóncava. La exquisitez de su sincronización le valió una mirada de asombro por parte de Merkatz, y las fuerzas imperiales, como si fueran absorbidas por una pajita, rompieron filas y se apresuraron a neutralizar el bombardeo de la alianza.

            “¡Fuego!”

Fue un ataque de formidable densidad y precisión. Como ganado salvaje llevado por la locura, las fuerzas imperiales se abalanzaron sobre un muro invisible. La luz y el calor se expandieron, y los soldados, antes llenos de coraje y exaltación, se convirtieron en una ruina humana instantánea. Cadenas de explosiones se extendieron en todas las direcciones, haciendo surgir una artesanía de luz tan brillante como la que podían hacer los humanos. Dentro de esas joyas había figuras de vida y muerte que eran cualquier cosa menos gráciles y magníficas.

 Algunos se evaporaron en un instante. Otros ardían por la empinada pendiente hacia la muerte, dejando un rastro de gritos inútiles tras de sí. Soldados cegados por el destello chocaron con compañeros que huían, hundiendo inadvertidamente sus rostros en los cables expuestos y muriendo en una lluvia de chispas.

La crueldad nunca había sido su objetivo en la lucha. Pero ahora comprendían que la justicia y la fe ansiaban la sangre por encima de todo. Para hacer realidad la justicia proclamada por su más alto comandante, hasta saciar su fe, muchos hicieron quemar vivos a los soldados, desgarrados miembro a miembro. Si tan sólo su soberano hubiera renunciado a la justicia y a la fe, aquellos soldados que veían cómo sus entrañas se derramaban por las heridas abiertas nunca habrían tenido que morir aterrados y doloridos. Pero los gobernantes seguían insistiendo en que la justicia y la fe eran más importantes que las vidas humanas, incluso cuando se escondían detrás de su propia autoridad, lejos del espacio de batalla. Si algo distinguía a Reinhard de esos gobernantes cobardes, era que siempre estaba en primera línea.

            “Madre, madre…”

            Estas fueron las últimas palabras de un soldado al que la explosión le había arrancado las piernas y que arrastraba la parte superior de su cuerpo por el suelo con ambas manos mientras la sangre brotaba de su boca. Otro soldado, empapado en su propia sangre, tropezó con él. Una de sus costillas se rompió y la luz se apagó en los ojos del joven soldado.

            La crueldad y la tragedia no fueron en absoluto exclusivas de ninguno de los dos bandos. La alianza, que había recibido un fuerte fuego de respuesta, también sufría las consecuencias.

            Las bombas de uranio-238 disparadas desde catapultas electromagnéticas perforaban los cascos de las naves de guerra de la alianza, irradiando un calor superalto. Los soldados abrazados por brazos de llamas lanzaban extraños gritos mientras rodaban por el suelo. Los propios suelos ya estaban al rojo vivo, y la sangre salpicada se evaporaba en humo blanco al contacto. Las órdenes de abortar cayeron en saco roto. Mientras los que seguían vivos, cubiertos de sangre, se protegían de los zarcillos de llamas y humo, corrían hacia las puertas herméticas tan rápido como sus cuerpos les permitían. La sangre que brotaba de sus heridas besaba el suelo, levantando columnas de vapor fresco, mientras el calor quemaba las plantas de sus pies a través de las suelas de sus zapatos. Hubo otra explosión cuando manos gigantes de viento caliente derribaron a más soldados. Los fragmentos de metal y cerámica volaron a gran velocidad, atravesando sus cuellos, con cascos y todo. Los cadáveres sin cabeza cayeron sobre los compañeros que acababan de conseguir levantarse, dando lugar a más gritos. Las manos se quemaron horriblemente en el momento en que tocaron el suelo, dejando la piel atrás cuando se levantaron, su carne expuesta parecía guantes púrpuras. Incluso cuando las puertas se cerraban, bloqueando esta escena infernal, las puertas de un infierno de matanza se estaban abriendo ante los ojos de los que aún estaban vivos.

 El tiempo exigía un sacrificio proporcional a su paso. La destrucción se hizo más feroz y mayor en cantidad. Ni el imperio ni la alianza pudieron salvarse de sumergirse en las profundidades de un lodo hirviente.

Capítulo 8. Combate Mortal

I

Al principio, 18.860 naves y 2.295.400 soldados del lado del imperio y 16.420 naves y 1.976.00 soldados del lado de la alianza participaron en la batalla de Vermillion. Las cifras eran más o menos las mismas, y teniendo en cuenta que las líneas de suministro de la alianza eran más cortas y que las fuerzas imperiales, ahora a la defensiva, tenían reservas a las que recurrir, estaban igualadas. En todo caso, la alianza estaba, a falta de un término mejor, “no en desventaja”.

Pero la Armada Imperial contaba con los enormes refuerzos de Mittermeier, Reuentahl, Müller y Wittenfeld. La alianza, por otro lado, no tenía ni una sola moneda en su bóveda. Si eran derrotados aquí, no quedaría ni un solo soldado estacionado en Heinessen. El destino de la Alianza de los Planetas Libres dependía de que un hombre, Reinhard von Lohengramm, pudiera ser derrotado.

El peso de la situación era suficiente para aplastar el corazón del alto comandante de la alianza.

A pesar de deshilacharse por la enormidad de su responsabilidad, era todo menos débil.

La rebeldía de Yang se arraigó en la comprensión de que había un límite a lo que los seres humanos eran capaces de hacer. Si Yang Wen-li no podía ganar a Reinhard von Lohengramm, entonces nadie en la alianza podría hacerlo.

Al mismo tiempo, lo único que quería era evitar la dolorosa visión de los soldados muriendo aterrados. Yang sabía que esas bajas eran inevitables, pero las imágenes mentales de la destrucción y el espectáculo sangriento eran suficientes para enfriar el corazón de aquel pseudo-historiador. Ahora, como antes, no podía evitar preguntarse si era siquiera digno de perseguir las alegrías de la vida doméstica. Esta había sido la mayor razón de su reticencia a corresponder a los sentimientos de Frederica Greenhill previamente. Y aunque parecía que por fin lo había superado, su corazón seguía rezagado. Por supuesto, si Yang renunciaba a estos placeres, entonces los muertos no tendrían motivos para volver a la vida…

La batalla de Vermillion sería, durante generaciones, digna de mención especial por la enormidad y precisión de sus maquinaciones tácticas, y por los legendarios mariscales que se enfrentaron bajo su fatídico estandarte. Al final del primer acto de la batalla, Yang y Reinhard ya habían coproducido y dirigido una carnicería insondable, y ahora ambos bandos se preparaban para una renuente guerra de desgaste. A pesar de sentir que estaban en un camino sin retorno hacia la catástrofe, por fin lograron controlar la lucha, cerrando el telón de una hora de matanza mutua que, de otro modo, amenazaba con prolongarse indefinidamente. Su discernimiento y juicio en el manejo de esta situación demostraron su prodigiosidad, aunque sólo sea de forma pasiva.

“Hombre, vaya lío”, suspiró Yang mientras recorría con la mirada los datos entrantes.

Que la frialdad inherente a la ciencia táctica pudiera matar tan eficientemente a sus propios hombres era, esta vez, más claro para él por las valiosas fuerzas militares que había desperdiciado. Estaba de mal humor.

“Si tuviéramos más hombres. Diez mil… no, cinco… incluso tres mil naves más serían suficientes. Si tan sólo…”

Yang volvió a suspirar, sabiendo muy bien la inutilidad de un razonamiento tan infundado. Mientras se alborotaba el pelo negro, se recompuso y volvió a la mesa de trabajo.

Los demás, aparte del comandante, tenían sus respectivos deberes. Los médicos y enfermeras militares habían movilizado toda su red médica para atender a los heridos. Enfrentados a una elección entre humanidad y eficacia, se inclinaron por esta última, y sus métodos fueron en cierto modo crueles. En primer lugar, adormecieron los receptores del dolor de los pacientes con gas paralizante, luego cortaron las partes afectadas y las sustituyeron por órganos y piel artificiales. Las extremidades dañadas sin posibilidad de reparación se extirpaban con bisturíes láser y luego se cambiaban por extremidades artificiales equipadas con baterías de hidrógeno. Al principio, estas medidas se llevaban a cabo sólo en los casos en que las células vivas no podían ser regeneradas por la radiación de electrones, pero como la mitad de las veces el cuerpo no las aceptaba, los heridos más graves que luego recuperaban la conciencia gritaban en señal de protesta cuando no podían detectar bien sus miembros. Pero por mucho que lloraran para recuperar sus apéndices, esas partes amputadas ya habían sido incineradas. No había forma de conservarlas higiénicamente. Así, el número de soldados que salieron de la guerra como biomecanoides parciales era comparable al de los menos afortunados.

A principios del 27 de abril, la guerra sufrió su primer cambio importante cuando, tras reagrupar sus fuerzas, Yang ordenó un ataque relámpago.

Era raro que se mostrara tan proactivo contra un enemigo progresivo. Normalmente, Yang sólo se movía cuando lo hacía el otro bando y prefería tomar a sus oponentes por sorpresa antes que atacarlos de frente. Asimismo, cuando Reinhard fue informado del blitzkrieg de la alianza, actuó fuera de su carácter para alguien tan dinámico al ordenar un contraataque ortodoxo.

Los futuros historiadores hablarían de estos acontecimientos como si hubieran estado allí:

“Y así, la Guerra del Bermellón había comenzado en serio. Las fuerzas de Reinhard von Lohengramm habían dado el primer golpe, mientras que las de Yang adoptaron una profunda postura defensiva. Cada uno, por sus propios méritos, trató de cambiar la marea de la guerra a su favor coaccionando a su oponente a la acción”.

Pero al fin y al cabo, ya sea por activa o por pasiva, Reinhard sólo pudo hacer lo que pudo dentro de los límites de la arena. Cada uno tenía sus propias razones para actuar como lo hizo.

La flota de Yang atacó a las fuerzas imperiales en una formación cónica planificada. Desde las puertas abiertas de la alianza, la energía tangible e intangible llovió sobre el enemigo con la fuerza del martillo de Shiva. La represalia de la flota imperial fue igual de feroz, pero no fue suficiente para detener el avance de Yang. Las explosiones florecieron con profusión a su alrededor.

Los destructores alcanzados directamente fueron subsumidos por variaciones de color blanco, naranja, carmesí, azul, verde y púrpura que perturbaron los nervios ópticos, dispersándose como innumerables fragmentos en todas direcciones. Los haces de energía que chocaban entre sí emitían luz y calor, sacudiendo los barcos con sus turbulencias. Decenas de miles de flechas de fuego golpeaban las naves mientras enormes cantidades de aire y soldados eran succionadas a través de esas brechas hacia la oscuridad.

Si todo esto hubiera ido acompañado de sonido, habría vuelto locos a los combatientes. La técnica de concentración de la flota Yang nunca había tenido mucho efecto en el pasado, pero esta vez era una excepción. Su implacable vorágine de rayos de luz causó graves daños al bando imperial, provocando mucho miedo y confusión. Las fuerzas de Reinhard parecían estar a punto de retirarse, antes de abandonar rápidamente esa opción para cortar un camino horizontal. Pero Yang iba un paso por delante de ellos.

Al intentar dar un rodeo evitando el fuego, las fuerzas imperiales se habían llevado la peor parte. Intentaron dispersarse como un gigantesco río que fluye desde un barranco hacia la llanura, agrupándose estrechamente mientras soportaban el fuego concentrado del enemigo.

Un ataque tan eficaz era digno, en opinión de Yang, de ser esculpido en su lápida. Los artilleros, incluso sin una puntería perfecta, se las arreglaban para crear una explosión tras otra, plasmándolo el espacio de batalla en una suerte de pintura al óleo de sangre y llamas. Una sola de esas explosiones significaba la muerte de miles de vidas humanas.

Las fuerzas imperiales fueron unilateralmente derribadas, sus filas rotas, sus formaciones dispersas. Yang no iba a dejar que esta oportunidad se le escapara de las manos. Su concisa pero poderosa orden fue transmitida a todas las fuerzas.

“¡A la carga!”

La formación cónica de la flota de Yang se lanzó hacia delante con toda su potencia y atravesó la formación de línea de la Armada Imperial como una espada de acero atravesando un escudo de bronce.

El operador dejó escapar un grito de emoción.

“¡Hemos roto sus filas con éxito!¡ Hemos pasado!”

Una vez más, a pesar de los vítores que llenaban el puente de mando de la nave insignia Hyperion, Yang no se sintió conmovido por su alegría.

“Es demasiado fino”, dijo, sonando más como alguien que se queja a su carnicero que como un líder militar escrutador. Julian comprendió a dónde quería llegar Yang con esa afirmación. La formación defensiva de las fuerzas imperiales no debería haber sido tan fácil de atravesar.

“Podemos esperar más enemigos en cualquier momento”.

La predicción del comandante se hizo realidad menos de media hora después. Alrededor de las 12:00 horas, apareció otra línea de defensa que los bañó con disparos.

Mientras la flota Yang seguía avanzando a gran velocidad, persistiendo con el fuego concentrado que era su especialidad, perforó numerosos agujeros en las defensas del imperio, acribillando naves imperiales a quemarropa. La división del comodoro Marino consiguió incluso cortar una cabeza.

El comodoro Marino había sido capitán del Hyperion antes de que el comandante Chartian le sucediera. Sus habilidades como capitán no eran necesariamente comparables a las del comandante de la flota, pero aun así desempeñaba ambas funciones. Como un carpintero trabajando con un punzón, su división había perforado la formación imperial. Pero antes de que sus vítores se asentaran, aparecieron más puntos de luz ante ellos, extendiéndose a ambos lados en un macabro gesto de bienvenida.

“Solo siguen apareciendo ¿Cuántas capas de defensa tienen? ¿Es que se han inspirado en una enagua anticuada o algo así?”

El comodoro, que maldecía, miró a los oficiales de su estado mayor con disgusto, pero ninguno respondió. Mientras el globo de su triunfo se desinflaba, una fina niebla de malestar y fatiga flotaba en el aire.

Las Fuerzas Armadas de la Alianza abrieron igualmente sus cañoneras, sin frenar su carga, y atacaron a la tercera formación. Tras una breve pero violenta batalla, la hicieron literalmente pedazos. De nuevo, hubo vítores, hasta que divisaron la cuarta formación.

II

Era el 29 de abril, y los rápidos ataques de Yang Wen-li habían roto la octava formación defensiva del imperio. Pero una novena se había extendido ante la alianza: decenas de miles de puntos de luz alineados, listos para atacar.

“Semejante grosor y profundidad…”

Yang estaba impresionado. Cuando la formación imperial había contraatacado, Yang había predicho con éxito que asumiría un patrón de defensa profundo, pero no había esperado que fuera tan denso. Este era un ejemplo vivo del dicho: “La realidad siempre es más grande que la imaginación”.

Merkatz se cruzó de brazos.

“Es como si estuviéramos quitando las capas de un pastel. Una a una, estas formaciones de defensa siguen llegando”.

“No tienen fin”.

El Jefe de Estado Mayor Murai negó con la cabeza.

El contralmirante Walter von Schenkopp torció los labios en una curva cínica.

“Es demasiado tarde para parar ahora. ¿Desprendemos la novena capa, o…?”

Yang devolvió su mirada a Merkatz y asintió, habiendo obtenido la respuesta que buscaba. Ya habían pasado el punto de no retorno. Sabiendo que el agua era cada vez más profunda y el barro más espeso, la alianza no tuvo más remedio que caminar hacia el centro del lago. El duque Reinhard von Lohengramm estaba tirando de la alianza por una cuerda invisible, y su manipulación se sentía magníficamente siniestra. ¿Pero cómo estaba observando el duque von Lohengramm el progreso de esta batalla, y dónde se escondía, esperando su momento para atacar?

“Su Excelencia…”

Esta voz reservada salió de la boca de Julian.

“¿Tienes algo que decir?”

“Sí, Su Excelencia. Creo que sé lo que el duque von Lohengramm quiere hacer”.

Yang arrugó ligeramente la frente y miró al muchacho de pelo de lino. Yang era duro con él en ocasiones, aunque sólo fuera para evitar la apariencia de que tenía un favorito.

“Es bueno para mantener las apariencias. Pero hay una distancia de un año luz entre lo que el duque Lohengramm piensa y lo que hace”.

“Sí, pero en este caso, yo diría que esa distancia no es ni siquiera de un segundo-luz”.

Las miradas de los oficiales del Estado Mayor convergieron en Julian. Yang esperó un momento antes de pedir una explicación.

“El objetivo del duque Lohengramm es agotarnos, tanto física como psicológicamente. Esto se demuestra especialmente por el hecho de que cada vez que se rompe una formación, otra ocupa su lugar.”

“Tiene razón”, murmuró Merkatz.

Yang miró al chico en silencio. Julian enunciaba cada palabra con cuidado, como si quisiera confirmar lo que decía para sí mismo.

“No vienen hacia nosotros de frente. Nuestros sensores lo habrían detectado si lo hicieran, y el duque von Lohengramm tendría dificultades para vigilar el desarrollo de la batalla. Presumiblemente, no hay nada en absoluto, y no lo ha habido desde el principio, entre nuestras fuerzas y el Duque Lohengramm. En cambio, creo que las fuerzas del enemigo están posicionadas a ambos lados de nosotros, como si fueran cartas finas”. Julian tomó aire y expuso su conclusión. “En otras palabras, están barajando su baraja frente a nosotros. Si pudiéramos sortear esto, podríamos enfrentarnos a la flota principal del duque Lohengramm”.

Julian se había expresado con una lucidez y precisión incomparables. Cuando el muchacho terminó de hablar, Merkatz asintió primero.

“Ya veo. Eso tiene sentido. Sin duda lo has pensado bien”.

Yang suspiró. Era posible que el duque Lohengramm hubiera trasladado todas las divisiones de los bandos a la vanguardia de la alianza, todo ello sin perder de vista el estado de la guerra. Aun así, pensó Frederica Greenhill, se preguntó si el suspiro de Yang iba dirigido a Reinhard von Lohengramm o a Julian.

Justo entonces, llegó un informe de un operador. Un grupo de valkirias imperiales se acercaba rápidamente.

“Que los escuadrones de Poplan y Konev entren en combate”, ordenó Yang.

Pensando ya en la siguiente táctica a corto plazo, se desplazó de su escritorio a la silla y se puso su boina negra.

Mientras 160 espartanos y 180 valkirias pasaban a gran velocidad entre las grandes naves de guerra, pasaron a un combate aéreo sin cuartel.

A Olivier Poplan le habían llamado muchas cosas censurables, pero cobarde no era una de ellas. Se adelantó, asegurándose de que los que temieran su acercamiento serían los primeros en caer.

“Whisky, Ron, Vodka, Applejack, todas las unidades están listas. No se dejen tragar por el enemigo. Comeoslos”.

Poplan, apropiadamente, había nombrado a sus escuadrones con nombres de tipos de alcohol. Siguiendo su acostumbrada señal de llamada, les dio luz verde para ramificarse en ocho direcciones.

Aunque el escuadrón de Poplan era conocido por sus formaciones de tres-en-uno, el capitán de la flota se divertía demasiado eliminando naves enemigas en solitario. Parecía temerario, cuando en realidad penetraba en la multitud de objetivos enemigos con tal velocidad y vigor que con cada rayo que disparaba reducía una o dos naves a una flor de luz. Sus enemigos se vieron sorprendidos por su inigualable habilidad, pero dos de las valkirias, con sus pilotos espoleados por el valor y la ambición, se burlaron ferozmente de su gran presa con flechas de fuego y le pisaron los talones.

“¿Creeis que podeis provocarme? Llegais medio siglo demasiado pronto para eso”, se rió burlonamente Poplan.

Mientras sus perseguidores se lanzaban detrás de él, corrió por el espacio hacia una nave de guerra enemiga. Ignorando las trazas de bombas fotónicas que acariciaban peligrosamente su nave, salió disparado de repente justo antes del impacto. Subió a la parte superior de la nave, a escasos centímetros del cuerpo, y realizó un giro. Las dos Valkirias que le perseguían no fueron rivales para sus habilidades. Uno de los pilotos se estrelló contra el casco de la nave, dispersándose en una bola de luz naranja. El otro intentó replicar el pronunciado ascenso de Poplan, pero se acercó demasiado al casco de la nave y fue succionado a través de un orificio abierto en su nave después de haber sacado demasiadas chispas de fricción.

“Supongo que no puedo contar a esos dos entre los que he derribado. Konev va a superarme totalmente esta vez”.

Poplan no tuvo mucho tiempo para presumir, ya que sus subordinados se vieron envueltos en un combate como nunca se habían encontrado. Las valkirias imperiales, bajo el mando del comandante Horst Schüler, con ochenta muertes a sus espaldas, estaban empleando su propia estrategia de tres contra uno contra la alianza, capturando y destruyendo a los espartanos en tándem con fuego cerrado. A medida que los espartanos se acercaban a su rango de tiro, se evaporaban, uno a uno.

Poplan reunió a sus pilotos, asombrados por la brusca disminución de su número. El informe de situación del teniente Moranville estaba lleno de amargura.

“El equipo Applejack se ha reducido a dos. Todos los demás murieron en acción… todos los demás…”

De repente su voz se debilitó y clavó una siniestra cuña en el pecho de Poplin.

“¿Qué está pasando? ¿Me copias?”

La voz que volvió no era la de Moranville. El único rasgo común que compartían era una sensación de agotamiento abrumador.

“Soy el suboficial Zamchevsky. Soy todo lo que queda del equipo Applejack”.

Poplin aspiró audiblemente su aliento y lo dejó salir, golpeando su consola de pilotaje con el puño derecho.

El hecho de que la renombrada flota de Poplan hubiera perdido casi la mitad de sus filas hizo que la alianza se estremeciera, pero un impacto aún más fuerte estaba esperando en las alas. A su regreso, Poplan se estaba tomando un whisky en el comedor de oficiales, todavía con su uniforme de piloto, cuando el vicecomandante de Konev, el teniente Caldwell, entró con una pareja de aspecto cansado.

“Oye, ¿qué le ha pasado a tu jefe? Quiero ver su cara más deprimida que la mía”.

El teniente Caldwell se detuvo en seco, con su cara como un estudio de desconcierto y vacilación, y respondió con voz pesada.

“A partir de ahora, soy el comandante en funciones del escuadrón Konev, comandante Poplan”.

Con un rostro que era un cartel de desagrado, pintado y enmarcado, el piloto as se sirvió otro vaso.

“No estoy de humor para explicaciones indirectas. ¿Qué le ha pasado a su comandante?”.

El teniente se resignó y dio una respuesta inequívoca.

“Muerto en combate, señor”.

Poplan miró al teniente con una luz en los ojos que parecía un impulso de matar. La disonancia de innumerables emociones contradictorias fue lo único que impidió que un bramido furioso saliera de su pecho.

“¿Cuántos hicieron falta para derribarlo?”

“¿Señor?”

“Te he preguntado cuántos hicieron falta para derribarlo. Ivan Konev nunca habría sido derribado de un solo disparo. ¿Cuántas naves imperiales necesitaron para derribarlo?”

El teniente miró al suelo como quien es acusado de un delito.

“El comandante Konev no murió en un combate de cazas. Fue disparado por un crucero”.

“Ya veo”.

Poplin se levantó de la mesa. El teniente Caldwell retrocedió medio paso por reflejo.

“Las fuerzas imperiales necesitaban un crucero para alejar a Konev, ¿verdad? Entonces necesitarán al menos media docena de acorazados para mí”.

Poplan se rió, pero su risa hizo pensar al teniente en una tormenta de calor. Poplan lanzó algo, que Caldwell atrapó. El teniente observó cómo el piloto as, que no revelaba nada de su embriaguez, abandonaba el comedor de oficiales antes de mirar su propia mano. Allí, agarrada en su mano, había una botella vacía de whisky de maíz.

Tras superar con éxito la novena capa de las fuerzas imperiales, Yang Wen-li anunció un cambio de estrategia. Por una vez, estaba realmente agotado por esta continua sucesión de batallas.

“La táctica del duque Lohengramm es reducir nuestras fuerzas mediante una forma extrema de defensa profunda. Es tal y como ha dicho el subteniente Mintz. Continuar así sería una tontería, pero detenerse les haría ganar tiempo, así que de cualquier manera le hacemos el juego. Nuestra única posibilidad de victoria es demoler la formación multicapa del enemigo”.

Después de tan rancia introducción, Yang presentó los frutos de su trabajo mental a sus oficiales de Estado Mayor y les instruyó sobre su nueva estrategia.

Así, el 30 de abril, la guerra sufrió su segundo cambio dramático.

III

En este momento, Reinhard, en un aparente estado de letargo, se dedicaba a sostener los ataques de Yang como medio para ir reduciendo su poder de penetración. Enfrentarse a Yang de frente era sólo una parte de su estrategia para capturar todo el territorio de la Alianza. Cuando sus generales se retiraron de los sectores a los que habían sido enviados e inundaron la Región Vermillion, la primera batalla dio la bienvenida a su magnífico clímax. Los preparativos para dicho clímax fueron relativamente sencillos.

Para sostener el asalto de Yang, Reinhard había preparado más de veinticuatro formaciones defensivas. Del mismo modo que había vertido simbólicamente vino sobre una pila de papel para ilustrar a sus generales, planeaba reducir el poder militar de Yang capa a capa. Reinhard había puesto todo su empeño en esta estrategia, lo que llenaba a Yang de una admiración insoportable. Las fuerzas militares de una formación defensiva temporalmente rota se dispersaron a ambos lados y tomaron un camino de ida y vuelta hacia sus aliados en la retaguardia, donde formaron una nueva barrera defensiva. Así, Yang se enfrentó a la perspectiva de una batalla interminable, ganando una y otra vez contra una defensa ilimitada.

La estrategia de Reinhard era una máquina bien engrasada. No sólo detuvo a Yang en su camino, sino que le inspiró a retirarse a unos ochocientos mil kilómetros de distancia, donde ocultó su flota detrás de un pequeño grupo de planetas que serían difíciles de sondear. Al poco tiempo, un informe confirmó que una flota considerable había retrocedido y se dirigía al lado de estribor de la alianza, o sea, al babor de las fuerzas imperiales.

Los ojos azules como el hielo de Reinhard se ensombrecieron. Era impensable que Yang Wen-li dispersara sus fuerzas sin una buena razón. Su propósito al hacerlo era, sin duda, dispersar las fuerzas de Reinhard en la misma medida, pero el problema era si Yang había despachado su fuerza principal para empezar. El jefe de estado mayor de ojos artificiales, Paul von Oberstein, interrumpió el hilo de pensamientos de su maestro.

“Teniendo en cuenta lo abiertamente que lo hicieron, podemos suponer que es un señuelo, pero podría no serlo. En cualquier caso, sería una tontería dispersarnos demasiado”.

Reinhard asintió, pero ese gesto adquirió tintes más de aplazamiento que de aprobación. No tenía grandes esperanzas en Oberstein como estratega. El jefe de estado mayor de ojos artificiales podía ser un excelente estratega y político, pero en lo que se refiere al combate genuino, no podía compararse con el refinado genio de Reinhard.

Reinhard se dio cuenta de que había estado jugueteando con el colgante de su pecho. Si el pelirrojo cuya imagen dormía dentro de ese colgante siguiera vivo, seguro que tendría algún buen consejo para Reinhard. Desde que lo perdió, Reinhard había llevado a cabo él mismo todos los planes de batalla, de la página al escenario, por así decirlo. La enormidad de lo perdido para él era tan profunda como la tontería de haber perdido algo que no debía haber perdido en primer lugar.

“¿Qué dice usted, Excelencia?”, instó Oberstein.

Ante esto, Reinhard arrastró su corazón de vuelta a la planta baja de la realidad. Todavía tardó unos instantes en dar su orden.

“Giren todas las divisiones a babor. El enemigo está usando esto como señuelo para mover sus fuerzas principales. Bloqueamos su camino y les golpeamos donde les duele”.

Por una vez, Reinhard carecía de total confianza. La idea de si debía modificar su primer método de ataque rondaba su cerebro. Si Siegfried Kircheis hubiera estado a su lado y le hubiera propuesto algo así, lo habría seguido sin rechistar. Sin embargo, su ambición innata era una reacción necesaria contra las medidas pasivas que había tomado hasta ahora. También le tentaba la perspectiva de acabar con Yang Wen-li sin apoyarse en las fuerzas militares de sus almirantes. Creyó que había leído con suficiente profundidad las tácticas de Yang. Tendría que ceder las riendas en algún momento, aunque sólo fuera para una batalla. Todavía incapaz de controlar el caos de su corazón, Reinhard pasó a un plan positivo.

Salvo el pequeño número de flotas bajo el control directo de Reinhard en el cuartel general, las fuerzas imperiales reorganizaron sus formaciones de batalla, avanzando rápidamente sobre el enemigo dando un rodeo por el puerto. Pasar de la defensa total a la ofensiva puso a los jóvenes almirantes de buen humor.

Pero cuando las fuerzas imperiales tuvieron al enemigo a tiro, se quedaron asombradas, pues lo que creían que era la fuerza principal de la alianza era un grupo de dos mil señuelos que tiraban de meteoritos para engañar al radar y hacerle creer que eran más numerosos. Mientras esta flota señuelo atraía a las fuerzas principales del imperio, las propias de la alianza salieron de su escondite en el pequeño cúmulo planetario y se dirigieron ferozmente hacia el cuartel general de Reinhard.

Las fuerzas de la alianza cargaron con todas sus fuerzas. Si perdían esta oportunidad, la derrota era inevitable. Dusty Attenborough y el resto gritaron a sus subordinados mientras sus zapatos golpeaban el suelo, atravesando el espacio vacío e indefenso como una flecha.

Para cuando las fuerzas imperiales se dieron cuenta de lo que ocurría, la alianza ya había cruzado por detrás de ellos y se acercaba al cuartel general de Reinhard. La velocidad de su carga impresionó incluso al lobo de la tormenta, Wolfgang Mittermeier.

Thurneisen, Brauhitsch, Aldringen, Carnap y Grünemann hicieron todo lo posible por retroceder, pero fueron bombardeados por el fuego de la flota señuelo, sufriendo importantes daños. No es que les importara mucho, ya que incluso mientras eran atacados por detrás por la flota señuelo, las fuerzas imperiales eran atacadas por filas de naves de la alianza desde la proa.

Si esto tenía éxito, las fuerzas imperiales estaban seguras de ser golpeadas por un agudo ataque de flanco. Las fuerzas de Yang Wen-li estaban en su mejor momento. Aunque los grupos de vanguardia imperiales disparaban rayos y misiles al azar, cuando infligían daños en el flanco de estribor de la alianza, ésta rompía la formación y se lanzaba a babor, haciendo creer que su centro se rompería. Convencidos de ello, Thurneisen y Brauhitsch se recuperaron con rabia de la humillación de ser atacados por el señuelo, y cargaron en tándem.

El cambio fue rápido. Justo cuando estaban convencidos de que los habían roto con éxito, los almirantes imperiales se quedaron boquiabiertos al saber que estaban siendo asediados por la alianza. La curva en la formación de la alianza era en realidad el hueco de una concavidad deformada que la alianza había formado en respuesta a la ofensiva imperial. Si las fuerzas imperiales se enfrentaban a ellos de frente ahora, quedarían atrapados en medio de la formación. Era poco probable que las fuerzas imperiales cometieran ese tonto error. La ilusión óptica que les convencía de que estaban atacando al bando enemigo los había preparado para ser víctimas tácticas de las habilidades sobrenaturales de Yang Wen-li.

También se intensificaron los disparos de la flota señuelo que bloqueaba la retaguardia, y la alianza atacó desde todos los flancos. Innumerables estrías ensartaron a la flota imperial, y cuchillos de luz perforaron sus naves de guerra. Rodeadas e inmovilizadas, las fuerzas imperiales rodaron por una empinada pendiente hacia la muerte y la destrucción en medio de deslumbrantes explosiones de luz.

“La flota de Aldringen está siendo diezmada”.

Este informe, lleno de peligro y miedo, fue recibido con un profundo océano de silencio por la Brünhilde. Más malas noticias llegaron.

“La flota de Brauhitsch está disolviendo su frente de batalla”.

El operador que daba estos informes luchaba por controlar su voz. Reinhard sabía desde el principio que la destrucción en curso no se limitaría a las flotas o a los frentes de batalla, sino que también incluiría la legendaria invencibilidad y la gloria de su autoridad.

“Me han engañado”, reflexionó Reinhard para sí mismo.

Una sombra de autodesprecio recorrió su pálido y bello rostro. Si el cerco era perfectamente exitoso, su derrota era probable, pero estaba condenado si no iba a aplastar a Yang Wen-li antes de que eso sucediera. Con nada más que un cerco imperfecto y una torpe dispersión de fuerzas, él y sus hombres se habían convertido en blancos fáciles.

“¿Hemos ganado todas estas victorias sólo para perder al final? Kircheis, ¿Acaso estaba solamente destinado a llegar hasta aquí? “

Agarrando el colgante en su mano blanca, se hizo estas preguntas silenciosas dentro de su soledad sin fondo. Su amigo pelirrojo no dio ninguna respuesta. Tampoco Reinhard pudo obligarle.

Las fuerzas imperiales estaban en las últimas, esperando el momento en que cayeran como un enorme roble perenne alcanzado por un rayo.

El principal ayudante de Reinhard, el contralmirante Arthur von Streit, se acercó a su joven maestro. Conocido como un hombre de razonamiento sincero, le aconsejó, haciendo lo posible por mantener la determinación ante la catástrofe.

“Su Excelencia, un transbordador estará listo para usted en breve. Por favor, escape mientras pueda…”

Reinhard miró fijamente a su ayudante. En ese momento, el frío destello de sus ojos azul hielo fue lo suficientemente bello como para que el que miraba, recuperara el aliento.

“No te pases de la raya. Nunca he oído hablar de ninguna estrategia que implique huir cuando no es necesario ¿Desde cuándo triunfan los cobardes?”

“Perdóneme por hablar fuera de lugar. Pero huir del campo de batalla en este momento no significa que vayas a perder. Una vez que hayamos reunido todas las fuerzas de los almirantes, podemos volver a la arena para un combate de vuelta”.

El joven de pelo dorado se mostró obstinado, olvidando lo que él mismo había persuadido a Emil el otro día.

“Si me mata Yang Wen-li aquí, eso es todo lo que voy a conseguir ¿Qué clase de gobernante supremo seré entonces? Los que maté se burlarán de mí desde el infierno hasta el Valhalla. ¿Quieres que me convierta en un hazmerreír?”

“Su Excelencia, no tome su preciosa vida tan a la ligera. Empezaremos de nuevo. Por favor, salga mientras pueda”, imploró el capitán Günter Kissling, de la guardia personal de Reinhard, con sus ojos de topacio.

Pero la expresión de Reinhard, que conservaba su solemnidad de porcelana, rechazó su petición. Streit desvió su mirada hacia Kissling. Aunque iba en contra de las intenciones de su amo, le insinuó en silencio que debía escapar de la nave insignia. Kissling asintió.

En ese momento, las tres naves de guerra que protegían a la Brünhilde fueron víctimas de un fuego concentrado. Una de las naves fue alcanzada en su núcleo de energía y se desvaneció en una bola de llamas. Otra se partió en dos, mientras que la última escupió un torrente de escombros de su herida abierta y se tambaleó fuera del alcance de los disparos.

Sus explosiones cruzaron la pantalla, conmocionando a los que estaban dentro de Brünhilde. Enormes volúmenes de energía liberada se abalanzaron sobre la Brünhilde como una manada de caballos salvajes, sacudiendo violentamente la nave insignia imperial. Todos los presentes en el puente, excepto uno, cayeron al suelo. Sólo el joven dictador de pelo dorado consiguió evitar caer gracias a su increíble equilibrio y agilidad.

Y entonces, ocurrió algo extraño. Hubo una pausa en la feroz diatriba de la alianza. Mientras Reinhard trataba de ayudar a levantar al niño Emil, lanzó una mirada aguda a la pantalla. La vorágine de rayos de luz se desvaneció y la pantalla volvió brevemente a la oscuridad del espacio.

“Es la flota de Müller”, gritó el operador. “Müller ha venido en nuestra ayuda, ¡estamos salvados!”

Esas últimas palabras expresaron los verdaderos sentimientos del puente, y fueron respondidas por un coro de aprobación.

IV

Había una razón por la que, entre los generales imperiales dispersos para llevar a cabo el gran cerco de Reinhard, Neidhart Müller fue el primero en pasar a la ofensiva. Habiendo recibido la orden de tomar la base de distribución de la región estelar Lucas, que estaba relativamente cerca de Vermillion, había planeado volver a luchar una vez que hubiera terminado con esa tarea. La base parecía fortificada, y por lo tanto requeriría unos días para someterla. Pero cuando Müller llegó a la región estelar de Lucas, llegó la noticia de que la base los recibiría sin resistencia.

Fue el responsable de la base, un hombre llamado Aubrey Cochran, quien entregó todo al imperio. Por supuesto, sus numerosos subordinados insistieron en que los materiales que allí se encontraban eran demasiado valiosos para entregarlos. Estaban a punto de irradiar e inutilizar ochenta millones de toneladas de grano, veinticuatro millones de toneladas de carne comestible, sesenta y cinco millones de toneladas de alimento para animales domésticos, 2,6 millones de quilates de diamantes para uso industrial, 38,4 millones de toneladas de hidrógeno líquido y almacenes comparables de metales raros, combustible y productos petrolíferos. Pero Cochran se negó, explicando su razonamiento tal que así.

“Si los suministros acumulados aquí fueran para uso militar, sería una cosa, pero son todos para los civiles. Por mucho que cambien nuestros dirigentes y el sistema político, no hay que destruir la vida de la gente. Quizá me llamen traidor, pero esa será mi cruz”.

Los extremistas entre sus hombres, que no tenían intención de entregar sus recursos al imperio, se impusieron a Cochran, pero otros los contuvieron. Al final, la base de suministros de la región estelar Lucas se entregó al imperio sin incidentes. Al principio, Müller detestaba a Cochran por lo que consideraba acciones egoístas y traidoras. Más tarde, tras conocer el razonamiento de Cochran a través de sus hombres, quedó impresionado y le invitó a unirse a sus propios oficiales de Estado Mayor. Pensó en darle el importante cargo de supervisar los suministros y las finanzas.

Cochran rechazó la oferta. Pensando en sí mismo como un cobarde, le preocupaba cómo podrían verle los demás y cómo no podría evitar que la gente dijera que había vendido sus recursos al enemigo sólo para asegurarse un puesto. Se le prometió que los recursos se utilizarían sólo para los civiles y que a él y a sus hombres se les permitiría regresar a Heinessen. Una vez que se le aseguró esto, Müller se fue tranquilamente. Pero la buena fe de Cochran fue traicionada. Después de regresar a Heinessen, según la acusación de sus antiguos subordinados, fue arrestado bajo sospecha de complicidad con el enemigo y enviado a un remoto campo de detención de prisioneros de guerra para esperar su castigo. En medio del caos político y militar, su existencia podría haber caído en el olvido si no fuera por los esfuerzos de un hombre. Dos años más tarde, cuando el levantamiento del sistema estelar Bharlat estaba terminando, Neidhart Müller enviaría a sus hombres en busca del paradero de Cochran y lo rescataría de una muerte por desnutrición casi segura en el campo de detención. Posteriormente, Cochran llegaría a trabajar como jefe de contabilidad a las órdenes de Müller, pero esa es otra historia.

El regreso y el rescate de Neidhart Müller supusieron el tercer cambio radical en la batalla de Vermillion. Sin su agudo ataque por el flanco del 2 de mayo, la alianza bien podría haber capturado a Reinhard von Lohengramm antes del final del día, o eso conjeturarían unánimemente los futuros historiadores, que no pudieron resistir la tentación de dramatizar su tema. Desde el día anterior, el mando táctico de Yang Wen-li había sido casi infalible, superando momentáneamente incluso al de Reinhard. Pero también él estaba a punto de encontrarse con un revés inevitable.

La aparición de la flota de Müller revitalizó a las fuerzas imperiales. Abrieron sus cañoneras, decididos a derrotar a la alianza con toda la energía de que disponían, y bañaron a sus formidables oponentes con rayos y misiles.

Flores de luz florecieron en medio de las filas de naves de la alianza y desaparecieron para revelar agujeros estériles y oscuros. Mientras se les arreaba en una posición desventajosa, las fuerzas de la alianza devolvieron los disparos, atacando a la nave insignia imperial.

El contralmirante Dusty Attenborough de la alianza, llegando al límite de su resistencia, continuó su mando en primera línea sin dormir ni descansar.

“Nuestros comandantes no deberían rendirse y huir sólo porque una flota imperial se haya unido a la contienda. Me gustaría ver qué más se guarda en la manga nuestro milagro Yang”, comentó Attenborough mientras se acariciaba la barbilla sin afeitar.

La flota de Müller había dejado atrás rápidamente a los rezagados y había llegado al espacio de batalla con el 60% de sus fuerzas, lo que apenas merecía llamarse flota. Esto era un pequeño éxito para Yang.

Para él, la aparición de Müller olía más a casualidad que a cálculo. Entre los almirantes imperiales, pensó que Wolfgang Mittermeier, de incomparable rapidez, habría llegado antes que el resto, y Yang había planeado acabar con Reinhard antes de que eso sucediera. A partir de ese momento, los ingresos y gastos de sus planes estaban bien equilibrados. Si la situación seguía así, la victoria estaba a su alcance. Pero no sin un nuevo plan.

Yang murmuró para sí mismo mientras se abanicaba la cara con su boina.

“Realmente me adelanté al ignorar a Müller…”

No había planeado burlarse del almirante más joven de la Armada Imperial, pero había acabado haciéndolo.

El primero en recibir la peor parte de la ofensiva de Müller fue el almirante Lionel Morton.

Fue un ataque muy severo. La flota de Morton, que al comienzo de la batalla sumaba 3.690 barcos, se redujo a 1.560 tras una hora. Sus pérdidas en esa hora ascendieron al 57,7% , una cifra que, aunque perfectamente exacta, resultaría dudosa a los ojos de los historiadores militares.

Por supuesto, las fuerzas imperiales tampoco pagaron una pequeña compensación. El cerco de la alianza mantuvo su forma, golpeando a la nave insignia imperial que avanzaba con todo lo que tenía, desatando al mismo tiempo corrientes de luz y energía explosivas. Pero en este momento, Müller superó a Yang por la fuerza con la que entró en la arena.

“El Almirante Morton ha muerto en acción”.

Al escuchar este informe luctuoso, Yang cerró brevemente los ojos. Al notar los colores seguros de la desesperación y el cansancio en su rostro juvenil, Julian y Frederica intercambiaron miradas.

Los restos de la flota de Morton, habiendo perdido a su comandante, y bajo un intenso fuego, apenas lograron mantener sus filas y reagruparse con la flota principal de Yang. Müller, habiendo matado a Morton en acción, se abrió paso entre Yang y Reinhard y pareció proteger a su maestro de los ataques enemigos con su propio cuerpo.

“Es un comandante de primera categoría. Lee bien la situación, lucha bien y protege bien a su Kaiser”.

Yang no era el único con la mala costumbre de alabar la fuerza de su enemigo. Reinhard tenía una afección similar, y no era raro que su mentalidad y su sensibilidad como militar dieran un giro completo hacia el máximo respeto y adoración por sus enemigos y el desprecio y el odio por sus camaradas.

Pero esta vez, no había margen para la admiración. La violencia del ataque de Müller fue demasiado para que la alianza pudiera asimilarlo, ya que las fuerzas imperiales se abrieron paso entre ellos. Destellos y bengalas llovieron sobre las fuerzas de la alianza en una tormenta de llamas sobrecalentadas. Las estrías letales se abrieron paso en todas las direcciones, iluminando por un momento el oscuro camino hacia la muerte, interpretando un silencioso réquiem por sus víctimas.

“Müller lo ha hecho bien”, murmuró Reinhard desde el puente de Brünhilde, ahora salvado de la retirada. Se limpió su hermoso rostro con la toalla que le entregó Emil y literalmente recuperó el aliento.

V

Las fuerzas de la alianza habían sido llevadas al precipicio entre la vida y la muerte. Si Müller hubiera sido capaz de reunir a toda su flota, los habría empujado por ese precipicio. Nada de eso significa que las fuerzas imperiales tenían la ventaja en todos los frentes. Sin duda, la lucha entre la alianza y las fuerzas imperiales encerradas dentro de su anillo ininterrumpido de captura había tomado una cantidad abrumadora de tiempo y energía. Las flotas de Aldringen y Brauhitsch no eran más que restos militares, mientras que a las flotas de Thurneisen, Carnap y Grünemann les quedaban pocas fuerzas para romper el cerco. Las manos de Thurneisen estaban ocupadas en la defensa, y Grünemann, tras sufrir graves heridas, cedió el mando a su jefe de estado mayor.

Veinticuatro horas más tarde, también Carnap había sucumbido al poder del cerco de la alianza, y tras acumular suficientes pérdidas se puso en contacto con la flota principal de Reinhard para solicitar refuerzos. Al oírlo del oficial de comunicaciones, el joven dictador agitó su lujoso cabello dorado.

“No tengo fuerzas de reserva. Que mueran y si quiere decir algo, le escucharé en el Valhalla”.

Reinhard no estaba siendo simplemente frío. Realmente no le sobraba ni un solo soldado ni una nave.

Carnap, en cambio, no se tomó muy bien este consejo.

“¡¿Morir como estamos, dice?! Que así sea. Y si muero primero, ¡llegaré al Valhalla antes que tú y te convertiré en mi recadero, Reinhard von Lohengramm!”

Carnap se levantó de su silla de comandante, dando órdenes a todas las flotas agotadas bajo su mando para que atacaran con toda la velocidad a su disposición. Si sus esfuerzos se hubieran concentrado en un solo punto, o si se hubiera roto el cerco, la flota de los Yang podría haberse derrumbado. La decisión de Carnap fue natural, pero dio a Yang una valiosa oportunidad.

“Abran fuego, con toda la precisión y eficacia que puedan”.

Yang hizo hincapié en esta última parte, porque la alianza estaba empezando a quedarse sin suministros de energía. Hizo que se abriera intencionadamente una esquina del cerco que soportaba el fuego de ambos lados.

Las fuerzas imperiales se vieron gratamente sorprendidas. Y cuando los que estaban dentro del cerco intentaron escapar de él, las fuerzas imperiales exteriores trataron de irrumpir para salvar a sus camaradas. Ambos bandos se precipitaron hacia el mismo punto del espacio vacío, congestionando la zona al hacerlo. Esto hizo que la flota Yang pudiera blandir fácilmente su habilidad especial: concentrar el fuego en un solo punto.

Carnap se evaporó junto con su flota, que dejó un vasto cementerio de luz brillante en el espacio para mostrar su última resistencia.

Así, el estado de la batalla cambió por cuarta vez.

Neidhart Müller vio su flota principal envuelta en llamas. Tornados de colores se reflejaban en sus ojos de arena. La severidad y la fuerza del poder destructivo de la alianza en el último momento fue nada menos que maravillosa. La nave insignia resultó dañada en seis puntos, lo suficiente como para afectar a su reactor de fusión nuclear, obligando a los miembros de la tripulación a ponerse a cubierto.

“Su Excelencia”, imploró el comandante Guzmán, con gotas de sudor formándose en su pálido rostro, “por favor, abandone la nave. Su destino está sellado”.

Müller asintió suavemente con la cabeza a regañadientes, pero no quería simplemente abandonar la nave.

“Muy bien, entonces, trasladaremos nuestro cuartel general a otro lugar. ¿Cuál es el acorazado más cercano?”

Al saber que era el Neustadt, Müller asintió.

“Vendrán conmigo en el transbordador”.

Sólo esa orden evitó que el capitán se suicidara. Los pies de Reinhard estaban inevitablemente atados por las cadenas de su propia búsqueda de la gloria, pero Müller, que había sufrido una vez una gran derrota a manos de Yang, había aprendido a ser flexible ante una condena segura. Se encomendó al transbordador y dejó que su nave insignia pereciera.

Pero cuando Müller cambió de nave insignia, la alianza se dirigió al centro de Neustadt, dejándolo inoperativo. Cinco minutos después de que Müller y sus hombres escaparan, se desvaneció en una bola de fuego.

“¿Tengo suerte o mala suerte?”, dijo Müller con una sonrisa amarga.

Trasladó su cuartel general al acorazado Offenburg, y dos horas después al acorazado Helten. Müller no lo hizo por cobardía, sino como prueba de su determinación de seguir luchando tenazmente incluso en el fragor de una batalla perdida.

De este modo, Neidhart Müller sería vastamente reconocido en las generaciones futuras como el almirante de que había luchado en la misma batalla desde tres naves diferentes. Sin embargo, su valor y su abnegado estilo de lucha no fueron suficientes para evitar la embestida de Yang Wen-li. Sus futuros biógrafos destacarían para siempre cómo este ser humano luchó con una determinación tan silenciosa y una extraordinaria capacidad de juicio, atravesando tantos peligros en sus intentos por agarrar la victoria por la cola. Yang superó el peligro extremo de la participación de Müller en la guerra y formuló un nuevo plan de batalla, que llevó a cabo a la perfección.

Pero el 5 de mayo se produjo el quinto cambio brusco de la guerra. Su causa fue algo que había tenido lugar en la capital de la alianza, Heinessen, a 3,6 años luz del espacio de batalla. Ese día, a las 22:40, Yang recibió un mensaje supralumínico. El presidente del Alto Consejo de la alianza, Job Trünicht, había ordenado un alto el fuego incondicional. Cuando se recibió la orden, la batería de la alianza estaba a punto de poner en su punto de mira la nave insignia Brünhilde de Reinhard von Lohengramm.

Capítulo 9. Precipitación.

I

Un alto el fuego.

Yang Wen-li tenía las manos alrededor del cuello del imperio cuando llegó la orden y se estaba preparando para administrar un apretón fatal cuando fue arrinconado por su propio gobierno.

“¿En qué están pensando esos bastardos de Heinessen?”

No era una pregunta, sino una violenta ira manifestada en forma verbal.

“¡¿También nuestros superiores se han vuelto locos?! Estábamos a punto de ganar. No, ¡hemos ganado! ¿Por qué tenemos que parar ahora?”

Con un rugido de rabia, Attenborough tiró su boina al suelo, ya que había estado esperando acercarse a la nave insignia de Reinhard, la Brünhilde.

De vuelta al Hyperion, Walter von Schenkopp se dirigió bruscamente a Yang.

“Comandante, tengo algo que decir”.

Yang se volvió y se encogió ligeramente de hombros.

“Sé lo que quieres decir, así que guárdatelo para ti”.

“Si lo sabes, entonces procedamos como está previsto”.

Los ojos de Schenkopp ardían mientras señalaba la pantalla principal.

“Ignora las órdenes del gobierno y lanza un asalto total. Hazlo y habrás tomado el control de tres cosas: La vida del Duque Lohengramm, el universo y la historia tal y como la conocemos. ¡Hombre! Sigue adelante, y pavimentarás tu propio camino a través de la historia”.

Cuando cerró la boca, la calma después de la tormenta se apoderó de todos en el puente de Hyperion. La gente seguía el sonido de la respiración de los demás, temblando por la elevación de sus propios pulsos. Schenkopp había dicho algo que no debería haber dicho. De niño, había huido del imperio con sus abuelos para convertirse en un hombre de gran talla, ascendiendo por sus propias capacidades y méritos hasta el rango de vicealmirante de las Fuerzas Armadas de la Alianza a los treinta y cinco años. Con todas las miradas puestas en él, había arrancado una fruta prohibida de su rama.

Pero qué dulce era esa fruta prohibida, llena del néctar y el aroma de la conquista, la hegemonía y la gloria. No sólo Yang, sino también los que le rodeaban, casi podían saborearlo.

Yang guardó un silencio incómodo. Después de todo, no era la calma después de la tormenta, sino lo que Frederica Greenhill comparaba con la luz del sol durante el verano indio. Yang no rompió la jaula de ese silencio, sino que la empujó suavemente con sus palabras, con las que profundizó las convicciones de Frederica.

“Existe esa opcion, sí. Pero esa ropa no es de mi talla. Diga a todas las flotas que se retiren, teniente comandante Greenhill”.

Wolfgang Mittermeier había conseguido el control total de la base de suministros y comunicaciones de la alianza en la región estelar Eleuthera y estaba a punto de regresar cuando recibió a un invitado inusual el 2 de mayo. La red de vigilancia enemiga de la nave captó una nave no identificada, pero cuando se le ordenó que se detuviera, lo que llegó fue totalmente inesperado.

“Somos fuerzas amigas que buscan una audiencia con el comandante”.

Así apareció Hildegard von Mariendorf en el acorazado Beowulf, saludando a un lobo del vendaval de ojos abiertos, con una sonrisa que era una mezcla de fatiga física y vitalidad mental. La combinación de su pelo rubio recortado y el uniforme masculino daban la fuerte impresión de ser un hermoso muchacho.

“Fräulein von Mariendorf, qué agradable sorpresa”.

Antes de eso, Hilda había abandonado en secreto el sistema Gandharva y había llegado al borde exterior de la región Vermillion. Medio convenciendo a los oficiales de alto rango para que defendieran su ausencia y medio mediante una aprobación coercitiva a posteriori, había tomado prestado un crucero de alta velocidad. Entonces, justo después de que comenzara la batalla, y tras observar el primer gran asalto de Yang desde la distancia, había llegado a la Región Estelar Eleuthera tan rápido como era humanamente posible. Al no tener un solo soldado para salvar a Reinhard, se sintió obligada a solicitar la ayuda de un aliado en el que pudiera confiar. No quería arriesgarse a enviar una misiva FTL a una distancia tan grande, porque este lugar estaba directamente en territorio enemigo y el peligro de ser interceptado era demasiado grande.

“Hmm, ¿así que está diciendo que es demasiado tarde para dirigirse al sistema Vermillion?”

“Sí, dudo que incluso las rápidas piernas del Lobo de Vendaval lleguen a tiempo para salvar al Duque Lohengramm”.

Mittermeier ofreció una breve y amarga sonrisa, e hizo la pregunta obvia.

“Entonces, ¿qué propone? Supongo que tiene un plan de respaldo en mente, fräulein”.

Hilda asintió.

Hoy era 2 de mayo, explicó. Incluso partiendo de inmediato hacia la Región Estelar de Vermillion, su llegada se produciría cuatro días después, el 6 de mayo. Y no podrían viajar en una sola nave, sino que tendrían que tirar de una gran flota. Tras observar la situación desde la distancia, pudo adivinar lo que ocurriría a continuación. El ataque de Yang Wen-li era inusual, y los fuertes indicios apuntaban a la eventual derrota de Reinhard. Y para cuando llegaran al espacio de batalla el 6 de mayo, sería inútil atacar a un enemigo que ya estaba a punto de ganar. Aun así, la distancia entre este lugar y la capital de la alianza, Heinessen, en el sistema estelar Bharat, era más corta que la que había hasta Vermillion y podía recorrerse, de forma conservadora, en cuarenta y ocho horas. Por lo tanto, si hacían un cambio repentino y atacaban una Heinessen probablemente indefensa, provocando la rendición del gobierno de la alianza y obligándoles a ordenar a Yang que cesara el fuego, salvarían a Reinhard de una derrota segura.

Hilda no sabía que Neidhart Müller había llegado al espacio de batalla de Vermillion tres días antes de lo previsto.

“De hecho, ya se lo propuse una vez al duque Lohengramm, pero lo rechazó rotundamente, diciendo que lo único que importaba era luchar y ganar. Aunque creo que sus valores son sólidos, si perdemos, volvemos a la casilla de salida”.

Mittermeier tanteó el terreno con una pregunta insensible:

“¿Cree que el duque Lohengramm será derrotado?”

Era una pregunta que, de haber sido formulada a Müller por el propio Reinhard, le habría callado por completo. Sin dudarlo, Hilda miró a los ojos al general más reconocido de la Armada Imperial Galáctica.

“Sí, si las cosas siguen como hasta ahora, el duque Lohengramm experimentará la primera y última derrota de su vida”.

Al menos, Mittermeier no pudo evitar reconocer la valentía y el dinamismo de esta mujer de veintidós años. No obstante, la comparó en broma con la diosa Atenea.

“Te entiendo en ese punto. Sólo hay un problema, fräulein”.

Mittermeier se limitó a aspirar el aroma de su café, devolviendo la taza a su platillo.

“Es decir, si Yang Wen-li cumplirá la orden de alto el fuego de su gobierno. Desde su punto de vista, el fruto de la victoria está madurando ante sus propios ojos, así que ¿por qué iba a sentirse obligado a tirarlo por la borda por un alto el fuego? ¿No tiene mucho más que ganar ignorando la orden y tomando ese fruto para sí mismo?”

A Hilda no se le escapó la solidez de lo que había señalado Mittermeier. ¿Quién en su sano juicio renunciaría a una lucha que estaba ganada en un 99% por un alto el fuego? Si hacía caso omiso de la orden y seguía luchando, se apoderaría no sólo de una victoria militar. De hecho, si el gobierno se desmoronaba en ese tiempo, podría fácilmente apoderarse de su autoridad para sí mismo como héroe salvador de su nación. Seguramente nadie renunciaría a tal oportunidad. Entonces, de nuevo…

“La posibilidad ha pasado por mi mente. Pero he llegado a la conclusión de que una orden de alto el fuego será efectiva contra Yang Wen-li. Él ha tenido más que suficientes oportunidades para tomar el poder basándose sólo en su poder y en su perspicacia militar. Pero ha dejado pasar todas esas oportunidades y se ha contentado con ser un soldado, defendiendo las fronteras”.

Mittermeier guardó silencio.

“Es posible que Yang Wen-li sea alguien que siente con cada fibra de su ser que hay algo más valioso que el poder. Y aunque creo que es un rasgo encomiable, debemos usarlo contra él, por muy turbio que parezca”.

“O eso, o puede que de repente desarrolle un gusto por el poder e ignore por completo la orden del gobierno. Esta oportunidad es mucho más grande y tentadora que cualquier otra a la que se haya enfrentado antes”.

“Sí, es muy posible. ¿Está diciendo, entonces, que no vale la pena aplicar mi propuesta?”

“No”, dijo Mittermeier, negando con la cabeza. “Muy bien, Fräulein von Mariendorf. Vamos a intentarlo. No es que tengamos otra opción”.

La rapidez de su decisión, pensó Hilda, era también encomiable por la destreza con que había evaluado la situación.

“Muchas gracias. Su aprobación significa mucho para mí”.

“Pero no voy a hacer esto solo. Me gustaría pedirle a un camarada que me acompañe. Seguro que alguien tan inteligente como usted puede entender la razón, fräulein”.

Hilda asintió. Comprendía la fastidiosa actitud de Mittermeier como militar. Si Mittermeier no se lanzaba a salvar a su maestro Reinhard en el campo de batalla y capturaba él solo a Heinessen, la gente diría que dejaba, o parecía dejar, morir a su maestro por sus propias ambiciones militares y políticas. Tal carga sería insoportable para Mittermeier. Precisamente porque pensaba que el Lobo del vendaval era un hombre así, Hilda lo había elegido como objetivo de su persuasión. Su juicio en ese frente fue recompensado favorablemente.

Si entendía el significado de Mittermeier, Hilda tenía algo que preguntarle, a pesar de saber que no era necesario hacerlo.

“Entonces, ¿quién le acompañará para compartir su logro?”

“Está en un sistema estelar cercano y bastante fácil de alcanzar, un hombre en cuyas habilidades se puede confiar. Oskar von Reuentahl. ¿se opone, fräulein?”

“No, creo que es una elección obvia”.

Hilda no estaba mintiendo, pero tampoco estaba dando voz a todo lo que le pasaba por la cabeza. Ella misma no tenía muy claro por qué había elegido a Mittermeier y no a Reuentahl. Nunca había dado demasiada importancia a la intuición. Si la intuición de un policía fuera siempre correcta, nadie sería acusado falsamente. Del mismo modo, si la intuición de un militar fuera siempre correcta, nadie perdería nunca. Pero su elección se basaba en la intuición, y como tal no tenía nada que la respaldara.

II

Mittermeier cambió el rumbo hacia la capital de la alianza, Heinessen. Sus hombres se quedaron perplejos al saber que se reunirían con la flota de Reuentahl. Karl Eduard Bayerlein, que servía a las órdenes de Mittermeier, bajó la voz.

“Me pregunto qué pensará el almirante Reuentahl de esto. ¿No podría poner a las fuerzas imperiales en contra?”

“Tiene usted una gran imaginación literaria”, se burló Mittermeier, pero como la pausa silenciosa que precedió a esas palabras fue corta pero preñada, cayó en saco roto.

Puede que no tuviera tanta información, pero ese joven llamado Bayerlein demostraba a veces una capacidad excepcional para predecir el futuro. Aunque era valioso por no ser un simple trabajador gruñón, a Mittermeier le resultaba ligeramente molesto por su incapacidad para equilibrar las emociones y la razón.

“Reuentahl es un amigo, pero no soy una persona tan templada como para mantener a un medio tonto como amigo durante diez años. Eres libre de pensar lo que quieras, pero no digas ni hagas nada que cause malentendidos inútiles”.

“Sí, mis disculpas. Me he pasado de la raya”.

Bayerlein inclinó profundamente la cabeza, pero dentro de la lanzadera, de regreso a su nave insignia, llamó a uno de sus hombres y dio la orden de prepararse para la guerra. Cuando el subordinado preguntó por qué, Bayerlein dijo con irritación:

“¿No es natural que un soldado esté siempre preparado para un ataque sorpresa? Estamos en territorio enemigo, no en el patio de recreo de tu escuela primaria. No se puede echar una siesta más allá de la mirada del profesor”.

Como se le escapó algo de su propia infancia, terminó la comunicación.

Incluso él pensó que había ido demasiado lejos. Sabía perfectamente que su superior Mittermeier, al que respetaba, era muy amigo del renombrado comandante Reuentahl. ¿Qué le había hecho pensar que podrían volverse el uno contra el otro? Le asaltó este pensamiento embarazoso. Y pensar que había dicho una cosa así en voz alta y que no le habían echado la bronca por ello. Tal vez debería refrenar las alas de su imaginación. Pero incluso mientras consideraba esto, por alguna razón Bayerlein no pensó en rescindir la orden que había dado.

Cuando la propuesta de Hilda salió por la línea directa de FTL a través de Mittermeier, Oskar von Reuentahl se tomó un tiempo para pensarlo. Incluso un hombre inteligente dotado de unos nervios de acero como los suyos se vio en la tesitura de responder de inmediato.

Había pensado: “¿Y si no vuelvo?” al partir hacia Gandharva, pero si no volvía, los otros almirantes le robarían el protagonismo, y el valor que le otorgaba su señor no haría más que caer en picado. Nada de esto parecía real. Pero la situación avanzó repentinamente como si le hiciera señas.

El jefe de personal Bergengrün ya había venido a informar de que la división del vicealmirante Bayerlein, dentro de la vecina flota Mittermeier, había tomado estrictas medidas defensivas que eran innecesarias en las circunstancias actuales.

Reuentahl guardó silencio, con una luz aguda reflejada en sus ojos desorbitados. Sabía que, entre los que estaban bajo la autoridad inmediata de Mittermeier, Bayerlein era el comandante más joven y decidido. Preguntándose por qué actuaría como si hubiera un enemigo cerca, consideró la posibilidad de interrogar a Mittermeier. Pero Reuentahl pensó que tenía la respuesta. Si Reuentahl no sólo rechazaba la propuesta de Hilda sino que se defendía de ella, ¿significaba eso que tendría que luchar contra Mittermeier? Habiendo observado el comportamiento de Mittermeier, Reuentahl no creía que su amigo hubiera hecho una indicación en ese sentido. Si dependiera de Mittermeier, su temperamento no le permitiría permanecer en silencio. ¿Significaba esto que el novato Bayerlein había hecho esto por su propia voluntad…?

Los ojos dispares de Reuentahl parecían plácidos en la pantalla de comunicaciones, pero Hilda veía la tormenta que se desataba en su abismo sin fondo. Al menos esta vez sabía que sus instintos habían dado en el blanco, y sintió que su malestar aumentaba en consecuencia. ¿Acaso ella había provocado el resultado involuntario de hacer que hombres dotados de una ambición y un talento poco comunes se dieran cuenta de la oportunidad ideal que se les presentaba? Si se les hacía saber que no había tiempo suficiente para salvar a su maestro en el espacio de batalla, tal vez podría brotar una atrevida ambición en hombres que antes no la habían tenido. Sintiéndose como si hubiera hecho una tontería, Hilda se estaba inquietando.

Pero Reuentahl, como si viera a través de su aprensión e incomodidad, sonrió sin una palabra y asintió profundamente.

“Entendido. Haré lo que dice y seguiré la propuesta de Fräulein von Mariendorf. Ordenaré a todas las flotas que ataquen Heinessen, pero iré allí para discutir los detalles más finos. Una vez que hayamos fusionado las flotas, por supuesto”.

Si convocara a Mittermeier aquí, pensó, Bayerlein podría reaccionar exageradamente y pensar que lo estaba tomando como rehén. Reuentahl reflexionó sobre ese punto.

No había necesidad de dificultar las cosas. Reuentahl se esforzó por refrenar su corazón, que era propenso a escaparse de las manos de la buena razón. Fräulein von Mariendorf era sabia y abundante en estratagemas. Pero no todo progresaba de acuerdo con el pensamiento de esta hija del imperio.

III

Mittermeier y Reuentahl, los baluartes gemelos de la Armada Imperial Galáctica, lideraron una flota de treinta mil naves, irrumpiendo en el sistema estelar Bharat el 4 de mayo. Al día siguiente, habían alcanzado la órbita planetaria de Heinessen, sembrando el pánico entre sus ciudadanos por su obstrucción de las estrellas parpadeantes. Por primera vez en su historia, el pueblo de Heinessen vio a la Armada Imperial con sus propios ojos.

En medio de la confusión, el anuncio de Mittermeier secuestró la red de comunicaciones del planeta.

“Les habla el Alto Almirante Wolfgang Mittermeier de la Armada Imperial Galáctica. El espacio aéreo sobre Heinessen está bajo nuestro control. Vengo exigiendo un tratado de paz con el gobierno de la Alianza de Planetas Libres. Por lo tanto, les pido que suspendan todas las actividades militares y depongan las armas. De no hacerlo, se producirá un ataque indiscriminado contra Heinessen. Tienen tres horas para dar su respuesta. Mientras tanto, disfrute de esta pequeña demostración”.

La amenaza de Mittermeier pesó mucho en los oídos de sus destinatarios. Momentos después, una de las naves imperiales disparó sobre un único punto a seis mil kilómetros bajo la flota , en la superficie del planeta.

Un destello y un rugido atronador llenaron la atmósfera. Su luz blanqueó los campos de visión de soldados y civiles por igual, desvaneciéndose con la misma rapidez en medio de una reverberación que golpeó sus tímpanos sin piedad. Una bola de luz naranja desgarró la silueta negra del Cuartel General de Operaciones Conjuntas y lanzó trozos al aire. Mientras la mitad de estos fragmentos eran enviados a flotar en una rugiente onda de choque, uno de los soldados que se cubría en el suelo habló con voz temblorosa.

“¡Cómo se atreven! Un misil de baja frecuencia”.

El impacto directo de ese misil fue suficiente para diezmar las partes aéreas del edificio del Cuartel General Operativo Conjunto. El Lobo del vendaval se dirigió a Hilda, que estaba viendo todo lo que ocurría en la pantalla.

“Eso debería bastar. Los que están en el poder no pestañean cuando se destruyen casas civiles, pero destruye un edificio gubernamental y se les pondrá la cara blanca como el papel.”

“Entonces tratas de evitar hacer daño a los civiles”.

“Bueno, yo nací como uno, así que…”

Hilda vio con buenos ojos la amarga sonrisa de Mittermeier.

“Almirante, ¿podría enviar un mensaje más? Dígales que si se rinden, juramos en nombre del primer ministro galáctico, el Duque Reinhard von Lohengramm que ni siquiera el más alto rango de ellos será procesado. Creo que eso debería ser suficiente para llevarlos a una decisión”.

“Normalmente eso sería una mala idea, pero en este caso podría funcionar. Transmitiré el mensaje”.

Mittermeier confiaba plenamente en el consejo de Hilda.

El paisaje de abajo se reflejaba en la pantalla gigante. En las profundidades del subsuelo, en un lugar seguro y alejado de los ciudadanos de a pie, ya se estaba celebrando una reunión del Comité de Defensa Nacional. Los altos cargos del gobierno y del ejército estaban alineados, con los rostros pálidos como si estuvieran tallados en la tundra. En ese mismo momento, el “mariscal” Dawson, director del Cuartel General Operativo Conjunto, miraba la pantalla con ojos vacíos.

Despertando de una hibernación intempestiva, el presidente del Alto Consejo, Job Trünicht, que había convocado la reunión, rompió el fango del silencio.

“Esta es mi conclusión…”

La voz de Trünicht no era, por supuesto, en absoluto jovial, pero también estaba extrañamente desprovista de cualquier gravedad acorde con las circunstancias. Al igual que su expresión, su voz parecía la de un muñeco mecanizado con máscara.

“Aceptaremos las exigencias de la Armada Imperial. Viendo que han declarado un ataque indiscriminado contra toda la población, no tenemos otra opción”.

Cuando el presidente Islands del Comité de Defensa hizo una protesta, Trünicht le pinchó con la mirada.

“¿Me han llamado oficialmente? Desde luego que no. Eso significa que toda la responsabilidad y las calificaciones para tomar la decisión de poner fin a este conflicto recaen sobre mí. Todo lo que intento es llevar a cabo esa responsabilidad de la mejor manera posible”.

“Por favor, detenga esto”.

La voz del presidente del Comité de Defensa temblaba más por la vergüenza que por la ira.

“No está en su derecho abusar de la institución del gobierno democrático para derribar su espíritu y manchar su historia. ¿Pretende que dos siglos y medio de historia democrática desde nuestro padre fundador Arle Heinessen se pudran, solo porque usted quiere?”

Cuando Trünicht levantó las dos comisuras de la boca, su rostro parecía aún más una mascara.

“No somos santurrones, Islands. Tal vez lo hayas olvidado, pero yo lo recuerdo bien. Aquella noche, cuando viniste a mi casa a sobornarme con una costosa vajilla de plata, suplicando un puesto de ministro del gabinete”.

Los presentes rara vez habían escuchado tal malicia provenientes de su boca.

“Por no hablar de las donaciones y sobornos que recibiste de todas esas empresas interesadas. ¿No desviaste usted fondos electorales para comprar esa casa de verano? ¿No saliste de paseo con tu amante con dinero público? Lo sé todo”.

Numerosas gotas de sudor brotaron de la amplia frente del presidente del Comité de Defensa, y no por el calor.

“Admito que soy un contratista político de tercera categoría. Tengo que agradecerle que haya podido llegar a mi posición actual. Estoy en deuda con usted. Por eso no puedo quedarme de brazos cruzados y ver cómo su nombre queda en la historia como el estadista de una nación arruinada. Por favor, reconsiderelo. Quizá muramos aquí, pero si el almirante Yang mata al duque Lohengramm, la alianza se salvará. No desearía la desgracia a una sola alma, pero esa es la realidad. Si el duque Lohengramm muere, las fuerzas imperiales volverán a su patria, y mientras luchan por la hegemonía en la próxima era, el almirante Yang Wen-li reconstruirá nuestro sistema de defensa nacional. Los comandantes políticos que nos sucedan cooperarán con él a su vez”.

“¿Hmm, Yang Wen-li?”

Si una voz pudiera ser veneno, la de Trünicht también lo habría sido.

“Piénsalo. Si ese tonto de Yang Wen-li no hubiera destruido el Collar de Artemis que una vez protegió este planeta, podríamos habernos salvado de la invasión imperial. Que las cosas hayan llegado a esto es totalmente culpa suya. ¿Un gran comandante? Sólo es un imbécil que no puede ver el futuro”.

El comandante en jefe de la Armada Espacial de la Alianza, el mariscal Bucock, habló por primera vez.

“Ya veo. Entonces, si todavía tuviéramos el Collar de Artemis, sólo este planeta estaría protegido. ¿Pero qué pasa con los otros sistemas estelares? Mientras este planeta, y su autoridad en él, estén a salvo, no podría importarle menos la guerra que se libra en otros sistemas estelares”.

La voz del viejo almirante, ya septuagenario, aunque lejos de ser estricta, erigió un muro de granito contra los imprudentes comentarios de Trünicht.

“La cuestión es que la alianza tiene los días contados. Sus políticos juegan con el poder. Sus soldados, como se vio en Amritsar, están absortos en intereses especulativos. Predican la democracia pero no se esfuerzan por protegerla. Incluso sus ciudadanos han dejado la política en manos de un número cada vez menor de personas y han dejado de intentar dar forma al Estado. El colapso de un gobierno despótico es el pecado de sus gobernantes y altos estadistas, pero el colapso de una democracia recae sobre los hombros de cada ciudadano. Aunque habéis tenido muchas oportunidades de huir de vuestros puestos de poder legítimamente, habéis elegido abandonar vuestra autoridad y responsabilidad vendiéndoos a un político podrido.”

“Supongo que ya ha terminado su discurso”.

Job Trünicht sonrió débilmente. Si Yang Wen-li hubiera visto eso, seguramente su antigua impresión de hombre temido y odiado habría resurgido.

“Sí, ya he terminado. Ahora es el momento de actuar. Sólo tiene que esperar y ver, presidente Trünicht. Le detendré con todo lo que tengo”.

El viejo general se levantó de su silla, con todo su ser rebosante de determinación. Como ninguno de los presentes en la reunión podía llevar un arma, el viejo almirante estaba desarmado, pero sin dudar intentó acercarse al joven presidente treinta años menor que él.

Las voces surgieron de todos los alrededores. Primero de contención, luego de confusión cuando las puertas de la sala de conferencias subterránea dieron paso a más de diez hombres que irrumpieron en ella. No eran policías militares, pero llevaban rifles de partículas cargados y sus rostros estaban inexpresivos, como los de soldados altamente entrenados. La mitad de ellos formaba una barrera humana alrededor de Trünicht, mientras que la otra mitad apuntaba con sus armas a los demás.

“¡La Iglesia de Terra…!”

La exclamación del viejo almirante petrificado convirtió a todos los presentes en fósiles vivientes. Sus miradas se clavaron en los pechos de los hombres, en los que se había bordado claramente un lema: Terra es mi hogar. Terra en mi mano. La marca inconfundible de la iglesia.

“Enciérrenlos”, ordenó el presidente con severidad.

“El gobierno de la Alianza de Planetas Libres ha aceptado la oferta de paz del Imperio Galáctico. Como prueba, cesan inmediatamente toda actividad militar”.

Cuando recibieron la noticia desde la superficie, Hilda, Reuentahl y Mittermeier estaban mirando la pantalla mientras tomaban un café en la sala de conferencias del Beowulf, que ahora servía de cuartel general conjunto en la órbita de Heinessen.

Mittermeier inclinó reverentemente su rostro de tez melosa.

“Fräulein von Mariendorf, su ingenio vale más que toda una flota. Sólo espero que muestre más de lo mismo en nombre del Duque von Lohengramm”.

“Muy agradecido. Pero no podría haberlo hecho sin su cooperación. Por favor, ambos, sean sus alas y levántenlo. Ayudadle en todos los asuntos públicos”.

Esta era, por supuesto, una esperanza dirigida principalmente al almirante heterocromático.

“Honestamente hablando, no pensé que las cosas fueran a ir tan bien. Bravo”.

Reuentahl sonrió pero, en su interior, sintió que el sol se oscurecía. Había previsto la posibilidad de que el gobierno de la alianza desconociera la rendición. Ahora que el cuartel general del gobierno democrático, su baluarte, había llegado a encarnar la justicia en oposición a la tiranía, había pensado que tenía la espina dorsal moral para jugarse la vida en nombre de la autoprotección. Pero para los líderes de la alianza, el destino de su gobierno democrático importaba poco si no tenían poder que mostrar. En cualquier caso, para Reuentahl, el asunto estaba resuelto.

“De hecho, me preocupaba que los patéticos líderes de la alianza ignoraran los riesgos para sus propias vidas y me preguntaba qué haríamos si rechazaban nuestras demandas”.

Mittermeier se encogió de hombros. Hilda asintió. Aunque podían considerarlo un éxito, no estaba exento de insatisfacción.

“Pensar que algo que ha costado un siglo construir a cien millones de personas pueda ser destruido por un solo hombre en un solo día…”

“Esto es lo que se entiende por la muerte de una nación”.

Después de expresar este sentimiento no especialmente original, Mittermeier volvió a mirar a su camarada cercano. Los ojos desiguales de Reuentahl se reflejaban en la superficie oscura de su café sin tocar. Levantó esos ojos y habló.

“La Dinastía Goldenbaum del Imperio Galáctico, la Alianza de Planetas Libres y Phezzan. Hemos sido testigos de primera mano de la destrucción de tres grandes potencias que, entre todas, gobernaban el universo. Si se me permite tomar prestada una expresión del vicealmirante Thurneisen: Los historiadores del futuro seguro que te envidian”.

Y sin embargo, incluso mientras Hilda y Mittermeier expresaban su acuerdo, en la superficie acuosa de cada corazón, una pequeña e inextinguible ondulación extendía sus anillos.

IV

En la región estelar de Vermillion, muy lejos de la capital de la alianza, Heinessen, los corazones de los soldados se agitaban en oleadas furiosas. De acuerdo con las órdenes de Yang, las flotas retrocedieron y los combates se detuvieron, pero los soldados no podían ver más allá de su ira y desesperación por lo absurdo de tener que aceptar un alto el fuego justo antes de la victoria total.

“¿Qué demonios le pasa a la capital? Dejarse asediar por el imperio…”

“Nos hemos rendido. Incondicionalmente. Una rendición pacífica. Levantamos las manos y pedimos ayuda”.

“¿Y qué va a ser de la Alianza?”

“¡Qué va a ser de la Alianza, dice él! Nos convertiremos en parte del imperio. Tal vez nos den una apariencia de autonomía… pero sólo eso, una apariencia. No es que vaya a durar mucho tiempo”.

“¿Y luego qué?”

“¡¿Cómo voy a saberlo?! Ve a preguntarle a ese mocoso rubio, el duque Lohengramm, ya que será él quien tome las decisiones a partir de ahora”.

No sólo algunos estaban enfadados, sino que otros estaban afligidos por este cambio de acontecimientos. Algunos soldados se dirigieron a sus amigos con lágrimas en los ojos.

“Creía que defendíamos la justicia. ¿Acaso la justicia se arrodilla ante un poder oscuro y despótico? Este mundo se ha vuelto loco”.

Sin embargo, no muchos estaban de acuerdo con esa ingenua duda.

“Nuestro gobierno sólo actúa para servir al enemigo”.

Al principio, esas voces de denuncia eran escasas, pero luego se extendieron como un reguero de pólvora por toda la flota.

“Así es, los funcionarios de nuestro gobierno han traicionado a los suyos. Han ido contra la fe y las esperanzas de su propio pueblo”.

“Esos bastardos no son más que traidores. ¿Por qué debemos obedecer sus órdenes?”

Algunos culparon a sus oficiales de comunicaciones. ¿Por qué habían cumplido esa orden? Si sólo hubieran fingido ignorancia durante dos o tres horas, ya podrían haber capturado y matado al Duque Lohengramm. ¡¿Cómo pudieron agacharse como idiotas y transmitirlo tan honestamente?!

En esta tormenta de desmentidos, un pequeño brote de afirmación asomó tímidamente la cabeza.

“Pero mi familia está en Heinessen. Si nos negamos a rendirnos y sufrimos un asalto total… Mi familia se ha salvado porque el gobierno se rindió”.

No había nada más que decir. Miró a su alrededor, y vio cómo sus compañeros de armas habían cambiado sus expresiones. Al menos algunos empezaban a darse cuenta de que hacía falta mucho valor para expresar la propia humanidad en un mar de indiferencia.

“Pidamos al Almirante Yang que mantenga la verdadera justicia y digámosle que no queremos que siga con este escandaloso alto el fuego…”

“¡Así es, hagámoslo!”

Julian Mintz se apresuró hacia la sala de observación en medio del alboroto. Quería hablar con el vicealmirante Schenkopp. Schenkopp estaba en la ventana con una petaca de whisky en la mano. En sus ojos, que reflejaban una oscura quietud y el vals estrellado que había en ella, pendía una niebla de repugnante desesperación. Julian se detuvo y durante un rato no dijo nada, sus ojos graves, plenamente conscientes de la desesperación del vicealmirante.

“Vicealmirante Schenkopp…”

Schenkopp se volvió y saludó al muchacho levantando su petaca.

“Ah, ya que te has desviado de tu camino para verme, ¿puedo suponer, ya que usted y yo pensamos igual, que cree que el almirante Yang debería ignorar el alto el fuego?”

Julian respondió con una expresión reservada pero inflexible.

“Entiendo lo que siente. Pero si hiciéramos eso, sentaríamos un mal precedente histórico. Si permitimos que nuestros comandantes militares ignoren las órdenes del gobierno en aras de sus propias convicciones, el principio más importante del gobierno democrático -es decir, que el poder militar quede subordinado a la voluntad del pueblo- nunca se haría realidad. ¿Cree usted que el almirante Yang es capaz de sentar tal precedente?”

Los labios de Schenkopp se curvaron en una sonrisa cínica.

“Entonces déjeme preguntarle lo siguiente. Si el gobierno ordena la matanza de una población que no se resiste, ¿deben los militares cumplir esas órdenes?”

Julian sacudió enérgicamente su cabeza de lino.

“Por supuesto que no. Cuando algo pone en duda la dignidad de uno, creo que uno debe ser primero un ser humano y después un militar. En cuyo caso uno debe desobedecer, sin importar las órdenes del gobierno”.

Schenkopp no dijo nada.

“Por eso, salvo en los casos más extremos, uno debe actuar primero como militar de una nación democrática y acatar lo que le diga el gobierno. De lo contrario, aunque uno se resista por el bien de la humanidad, será criticado por actuar por interés propio.”

Schenkopp jugueteó con su petaca.

“Chico-no, subteniente Julian Mintz-lo que dices es perfectamente cierto. Y aunque lo entiendo a nivel teórico, tenía que decir lo que dije”.

“Sí, lo sé”

Julian estaba siendo genuino. Su objeción a Schenkopp era una objeción de la razón a sus propias emociones.

“El almirante Yang no tiene ninguna ambición política. Y quizá tampoco tenga talento político. Pero nunca, como Job Trünicht, manipularía la nación como su posesión personal, trataría la política como algo accesorio, o traicionaría a la gente que deposita sus esperanzas en él. En comparación con los más grandes políticos de la historia, las habilidades del almirante Yang probablemente no tendrán mucha importancia, pero en este momento, sólo tenemos a Job Trünicht para compararlo”.

“Sí, yo también lo creo”.

Julian se aflojó el pañuelo del cuello de la camisa. Le costaba un poco respirar. Estar de acuerdo consigo mismo era mucho más difícil que estarlo con otra persona.

“Pero el presidente Trünicht fue elegido para ser soberano por muchos que creyeron en él. Aunque estuvieran desilusionados, es responsabilidad del pueblo corregir su propia desilusión, sin importar el tiempo que lleve. Los soldados de carrera nunca deben intentar corregir los errores del pueblo por la fuerza. Hacerlo sólo provocaría una repetición del golpe de Estado del Congreso Militar para el Rescate de la República que tuvo lugar hace dos años. Los militares dirigirían y gobernarían al pueblo”.

Schenkopp se llevó la petaca de whisky a la boca, pero lo volvió a dejar a la mitad.

“El Imperio Galáctico bien podría exigir la vida del almirante Yang como condición para la paz. Y si el gobierno responde condenándolo a muerte, ¿qué pasa entonces? ¿Estamos dispuestos a aceptarlo?”

El rostro del muchacho se sonrojó.

“Nunca dejaría que eso ocurriera”, declaró. “Jamás”.

“Pero yo creía que había que estar de acuerdo con lo que ordena el gobierno”.

“Esa es una pregunta para el almirante. Esta es una cuestión para mí. No tengo intención de ceder ante el duque Lohengramm y seguir las órdenes de su gobierno. Las únicas órdenes que sigo provienen del almirante Yang. Si el almirante acepta el alto el fuego, entonces yo también debo aceptarlo. Nada más importa”.

Schenkopp tapó su whisky y miró al subteniente de diecisiete años, profundamente impresionado.

“Julian, he hablado fuera de lugar. Has crecido mucho. Debería seguir tu ejemplo y aceptar lo que debo aceptar. Pero hay ciertas cosas que uno no puede soportar, pase lo que pase. En eso también tienes razón”.

El aire en la sala de conferencias del buque insignia Hyperion era tan opresivo que parecía medio solidificado. Uno que estaba de pie y estiraba su columna vertebral con orgullo dentro de ese fluido invisible era el ayudante del almirante invitado Merkatz, Bernhard von Schneider. Sus afilados ojos apuntaban directamente a Yang Wen-li.

“No podemos hacer nada con respecto al alto el fuego. Es una decisión del gobierno. Pero si crees que por un minuto voy a ver cómo la alianza convierte al almirante Merkatz en un chivo expiatorio para su propia protección, no puedo soportar tal egoísmo”.

“¡Schneider!”

“No, Almirante Merkatz, el Comandante Schneider dice la verdad”.

Eso fue todo lo que dijo Yang. No dijo nada malo sobre el gobierno de la alianza. Para empezar, como había una causa justa en la rendición para salvar al pueblo de un ataque indiscriminado, no podía permitirse ninguna crítica. Incluso si era obvio cuáles eran los verdaderos sentimientos del gobierno …

“Me gustaría que el almirante Merkatz abandonara la flota”, continuó Yang.

Estas palabras agitaron el aire, y con él a los oficiales del Estado Mayor, en un frenesí de conmoción y aprensión.

“No tengo forma de predecir el futuro. Pero, como ha dicho el comandante Schneider, no es descabellado pensar que el gobierno de la alianza pueda entregarlo para conseguir el favor imperial. Soy un hombre de la alianza, y como tal estoy obligado a seguir las medidas insensatas de mi gobierno. Usted, en cambio, no tiene esa obligación. Si no abandona este barco que se hunde, me molestaré mucho”.

Yang dudó por un momento.

“Por favor, llévese algunas naves de guerra. Así como el combustible, las provisiones y los hombres que pueda necesitar, por supuesto”.

El fluido volvió a agitarse.

“Si se enfrenta a la derrota, no hay forma de que las Fuerzas Armadas de la Alianza mantengan el poder militar al mismo nivel que antes. Si las naves van a ser destruidas eventualmente por la Armada Imperial de todos modos, yo preferiría esconderlas. Podríamos decir que han sido destruidas en batalla o autodestruidas. Tendrán dificultades para verificar cualquiera de las dos cosas”.

“Le agradezco lo que dice, almirante Yang. Pero, ¿realmente espera que huya por mi propia seguridad y le deje a usted el peso de la situación?”

Cuando Merkatz dijo esto, Yang mostró una expresión determinada. Julian y Frederica la reconocieron como una sonrisa de satisfacción.

“Pensé que diría eso. No es que le esté pidiendo que se retire, almirante Merkatz. Más bien, tengo en mente algo más audaz. Por el bien del futuro, quiero que conserve la parte más esencial de las Fuerzas Armadas de la Alianza. Quiero que seas nuestro “bosque de Sherwood móvil”, como en las antiguas leyendas de Robin Hood”.

Tras unos segundos, la atmósfera opresiva de la sala se disipó de repente. Los que entendieron las palabras de Yang se miraron entre sí con miradas exaltadas. Después de todo, ¡había esperanza! En medio de la conmoción, Yang se acarició la cara, pensando que había hecho algo engreído. Al menos había conseguido que se entendiera su punto de vista.

Y entonces, una sonora voz de declaración:

“Estoy contigo”.

Las miradas de todos se posaron en Olivier Poplan. Al preeminente piloto as de las Fuerzas Armadas de la Alianza no le importó el significado de su declaración.

“El ‘Libre’ en la Alianza de Planetas Libres se refiere a la independencia. No tengo ningún afecto por una alianza reducida a una posesión del imperio. Es como una mujer sin autoestima: poco atractiva. Solicito permiso para acompañar al almirante Merkatz, señor”.

La mayoría de los que escucharon la metáfora pensaron que era propio de él usarla. Sintieron que sus corazones comenzaban a dirigirse hacia un horizonte ligeramente más brillante. Era mucho más fácil seguir que tomar la delantera cuando alguien daba el primer paso. Al menos sabían que no sería un viaje solitario.

“Y yo también, con el permiso de Su Excelencia Schenkopp…”

El segundo al mando del batallón de los Rosen Ritter, el capitán Kasper Rinz, también se levantó con firmeza.

“Como hijo de un refugiado, no soportaré estar subordinado al imperio por más tiempo. Permítame acompañar al almirante Merkatz. Dicho esto…” Rinz miró al mariscal de pelo negro. “Algún día, quiero que el almirante Yang nos dirija a todos. Mientras esté vivo, tiene la lealtad del regimiento Rosen Ritter”.

“Este es el primer paso hacia la militarización, no prometiendo lealtad ni a la nación ni al gobierno, sino a un hombre. Sólo puede salir algo malo de esto”, dijo Alex Cazellnu benignamente, ante lo cual una persona se rió.

Sintiendo que su postura era cuestionada, Cazellnu respondió.

“Me quedaré atrás. O debería decir que debo quedarme atrás. Si desaparecen demasiados oficiales de alto rango , la Armada Imperial podría sospechar. Me quedaré aquí con el mariscal Yang”.

Schenkopp, Fischer, Attenborough, Patrichev, Marino y Carlsen optaron por seguir a Cazellnu. Merkatz abrió una ventana de palabras a algo que había mantenido encerrado durante mucho tiempo y se inclinó ante Yang.

“Cuando me exiliaron aquí, puse mi futuro en tus manos. Lo que me digas que haga, lo haré con gusto”.

“Gracias. Estoy en deuda por tus esfuerzos”.

Los oficiales del Estado Mayor hicieron un receso temporal, dejando a Frederica Greenhill con Yang. Y a la suya, sobre todo, sus ojos dijeron.

“Lo siento, Frederica”, dijo torpemente el joven mariscal de pelo negro cuando se quedaron solos. “Si otra persona hiciera lo mismo, seguramente también la consideraría una tonta. Pero no puedo vivir de otra manera. Y para colmo, he puesto en aprietos a mis queridos camaradas…”

Frederica extendió una mano blanca, arreglando el pañuelo despeinado que asomaba por su cuello. Sonrió, sus ojos oscuros se reflejaron en los de ella.

“No sé si lo que haces es correcto o no. Pero hay algo que sí sé. Estoy loca por ti”.

Frederica no dijo nada más. No era necesario. Siempre había sabido el tipo de hombre del que se había enamorado.

Si bien hubo quienes en la Armada Imperial no se sorprendieron por el repentino cese del fuego, Reinhard no fue uno de ellos. Al recibir el informe del jefe de estado mayor Oberstein, el joven dictador rubio retrocedió como si su autoestima hubiera sido herida.

“¿Qué significa esto?”

La voz de Reinhard era más que incisiva; era diamantina. Al serle señalada esta imperdonable realidad, sintió desprecio y rabia, aunque se tratara de una buena noticia revestida de un vistoso vestido.

“La alianza ha detenido su avance. Y eso no es todo. Piden un alto el fuego”.

Oberstein se guardó de que apareciera el lado violento de su señor.

“Esto es una locura. ¿Cómo ha sucedido tan repentinamente? ¡Un paso más -no, medio paso- y esos bastardos habrían ganado! ¿Qué razón justificable podrían tener para abandonar una victoria segura?”

Esperando a que las ondas de emoción de su maestro se calmaran, Oberstein explicó la situación.

“¿Quiere decir que me han dado esta victoria?”

Comprendiendo la situación, las elegantes extremidades de Reinhard, vestidas de negro y plata, se hundieron en su silla de comandante.

“Un desarrollo patético. ¿Me han dado una victoria que nunca fue mía para empezar? Como si fuera una especie de caso de caridad que recibe una limosna…”

Reinhard se rió como pocas veces. Era una risa carente de magnificencia y vitalidad. La risa de una estatua sin vida. .

Capítulo 10.¡ Larga vida al Kaiser!

I

Eran las 22:40 del 5 de mayo, del 799 de la era espacial, que equivalía al 490 de la era Imperial. Después de casi doce días, la batalla de Vermillion llegó a su fin. Las fuerzas que habían participado en el bando imperial sumaban 26.940 naves de guerra y 3.263.100 hombres. De ellas, 14.820 naves habían sido destruidas y 8.660 habían sufrido daños importantes, con lo que el total de daños fue del 87,2%. Un total de 1.594.400 hombres murieron en acción y 753.700 resultaron heridos, con un índice de bajas del 72%. Las fuerzas que habían participado en el lado de la alianza eran 16.420 naves de guerra y 1.907.600 hombres. De ellas, 7.140 naves habían sido destruidas y 6.260 habían sufrido daños, con lo que el total de daños fue del 81,6%. Un total de 898.200 hombres murieron en acción y 506.900 resultaron heridos, con un índice de bajas del 73,7%.

Los historiadores no han llegado a un consenso sobre si el imperio o la alianza ganaron esta guerra. El hecho de que el índice de bajas en ambos bandos superara el 70% era inusual desde el punto de vista militar, y a nadie se le escapaba la inutilidad de discutir sobre una fracción de porcentaje que determinara el resultado. Fue, a todos los efectos, un empate.

Los que afirmaron la victoria de la alianza dieron las siguientes razones:

“En la batalla de Vermillion, el liderazgo estratégico del comandante de la alianza Yang Wen-li había superado al del comandante imperial Reinhard von Lohengramm. Desde el principio, estaban igualados, y la magnífica defensa en profundidad del duque Lohengramm parecía haber sido un éxito, pero una vez que se desmoronó, el resultado de la guerra estuvo totalmente en manos de Yang. De no haber recibido la orden de cesar el fuego por parte de un gobierno amenazado por el enemigo, la historia lo habría registrado como el vencedor inequívoco”.

Los que defendían una victoria imperial rebatieron lo siguiente:

” la batalla de Vermillion no fue más que un episodio trivial en la guerra a gran escala que Reinhard von Lohen-gramm había tramado con el objetivo de conquistar la Alianza de Planetas Libres y unificar todo el universo. Atrayendo a las principales fuerzas del enemigo a su espacio de batalla, con una fuerza destacada atacó a la capital enemiga y forzó su rendición mediante una estrategia superlativa utilizada desde tiempos inmemoriales. La Armada Imperial logró sus objetivos de batalla, mientras que las Fuerzas Armadas de la Alianza perdieron. En cuanto a quién ganó, sólo hay que resistir la tentación de romantizar y mirar directamente los resultados. La respuesta es clara”.

También hubo quienes hicieron alarde de justicia.

“La alianza puede haber ganado en el espacio de batalla, pero el imperio ganó más allá”.

“El imperio puede haber ganado estratégicamente, pero la alianza ganó tácticamente”.

Se propusieron muchas teorías de este tipo, pero no importaba cómo se presentara, cada una tenía su propio poder de persuasión. Esta guerra daría lugar a innumerables libros en el futuro y proporcionaría sustento a otros tantos historiadores.

Los estados mentales de los actores de la guerra eran claros, ya que ninguno de los dos bandos se consideraba el comandante supremo o el vencedor. Reinhard no podía deshacerse tan fácilmente de la vergüenza que le producía su victoria. Yang, por su parte, desde el punto de vista de su propio pensamiento militar, respetaba mucho más una victoria estratégica que una táctica y no estaba convencido de su éxito. Tal vez estuvieran sobreestimando, pero cada uno valoraba más el éxito del otro que el suyo propio. Ambos bandos se estaban haciendo dolorosamente conscientes de un complejo de superioridad.

El máximo comandante de la Armada Imperial y mariscal imperial, Reinhard von Lohengramm, mantuvo una audiencia con el comandante de las Fuerzas Armadas de la Alianza de la Flota de Patrulla de Iserlohn, el mariscal Yang Wen-li, a las 23:00 horas del 6 de mayo, casi veinticuatro horas después de que el alto el fuego hubiera entrado en vigor.

Durante ese tiempo, en ambos bandos los más fuertes impulsos humanos de apetito y deseo sexual fueron superados por el deseo de dormir. A lo largo de los doce días de guerra, las pausas de las siestas alternas y las sesiones en los tanques cama nunca fueron suficientes para calmar sus crispados nervios. Y ahora, liberados del miedo a que una siesta de una hora se conviertiera en una siesta eterna, tanto los héroes imperiales como los sabios generales de la alianza pudieron disfrutar por fin de un descanso profundo y reparador, aunque no sin la ayuda de medicamentos para dormir.

Mientras tanto, en los alrededores del espacio de batalla, los líderes imperiales -incluyendo al capitán de la flota de los Schwarz Lanzenreiter, Wittenfeld, Fahrenheit, Wahlen, Steinmetz y Lennenkamp- que llegaron a la batalla demasiado tarde, llegaron. Habiendo recibido ya informes del alto el fuego, y dado lo angustiados que estaban por su vergüenza y frustración, era una medida necesaria.

A las 19:00 horas del 6 de mayo, Yang Wen-li se despertó y no pudo volver a dormir. Se levantó a regañadientes de la cama, rodeado de cuarenta mil naves imperiales, perfectamente ilesas. Mientras contemplaba con admiración aquella multitud de luces superpuestas, Yang se duchó, se lavó la cara y se ocupó de su tan necesario aseo.

“Hay algo bastante extraño en beber té mientras se está rodeado de cuarenta mil naves enemigos”.

Yang dejó que el vapor de su té negro le pasara por la cara. Hacía mucho tiempo que no probaba la dulzura de la infusión de hojas de Shillong de Julian. Sólo sus socios más cercanos -Julian, Frederica, Cazellnu y Schenkopp- compartían su mesa. Sin la perspectiva de una masacre imperial que se cerniera sobre ellos, se sentía casi como una reunión con amigos. No obstante, la audacia y la solidez de Yang eran admirables, y sus invitados disfrutaron de la oportunidad de observarlos de cerca.

Para entonces, la flota de sesenta naves al mando de Merkatz ya había abandonado el espacio de batalla, escapando de los ojos y oídos del imperio. Esas mismas sesenta naves incluían ocho naves de guerra -entre ellas la Shiva, la Cassandra y la Ulysses-, cuatro naves nodriza, nueve cruceros, quince destructores, veintidós transportes de armas y dos naves de fabricación. Y aunque todos ellos estaban en realidad ilesos, según los datos falsificados habían sido arrasados en el espacio de batalla. Los que estaban a bordo eran tropas de tierra y personal de acorazado, con un total de 11.820 hombres. El capitán Rinz, el comandante Schneider y el comandante Poplan, por su parte, constaban como muertos en combate.

En el interior de la nave insignia imperial, la Brünhilde, un exquisito acuerdo de solemnidad y elegancia mostraba hasta qué punto su funcionalidad como buque de guerra estaba intacta. Yang atrajo las miradas de franca admiración de todos.

“Así que ése es Yang Wen-li, ¿eh?”.

Pequeñas olas de susurros intercambiados llegaron a la orilla de los oídos de Yang. Tenía la sensación de haberles decepcionado. ¿Y quién podía culparles? Yang estaba muy lejos de Reinhard, que era el joven noble más elegante de todos los tiempos. Y a diferencia de Karl Gustav Kempf, al que había relegado al olvido por su propia voluntad, Yang no era un hombre de apariencia heroica. Tampoco era el tipo de prodigio de cabeza fría. Sin embargo, tampoco encajaba en el molde de un patán desaliñado. Al menos, los que le veían parecían considerarle guapo: Frederica Greenhill, por ejemplo. Con todo, era probablemente más aceptable como joven erudito confinado a ser un profesor debido a su falta de conexiones políticas. Aunque a primera vista parecía tener veintisiete o veintiocho años y una complexión esencialmente media, sus músculos estaban flácidos por el peso de una prolongada batalla que también lo había dejado escuálido. Su pelo revuelto y su boina no le hacían parecer un militar en absoluto. En cualquier caso, su aspecto no daba la impresión de ser alguien que había logrado tanto como él.

Un joven y alto oficial de pelo y ojos arenosos se volvió hacia Yang y le hizo un saludo.

“Soy Neidhart Müller. Es un privilegio y un honor conocer a Su Excelencia Yang, máximo comandante de las Fuerzas Armadas de la Alianza”.

“En absoluto, el honor es todo mío…”

Yang ofreció una respuesta sin artificios mientras intercambiaba saludos. No intentó ninguna otra respuesta.

Parecía haber causado suficiente impresión en Müller como para que éste no pudiera seguir manteniendo sentimientos de derrota o enemistad. Hubo un breve período de silencio, pero Müller, por respeto a alguien tan condecorado, rompió la tensión con una sonrisa, como si su corazón se hubiera tranquilizado.

“Si al menos hubiera nacido en nuestro lado de la galaxia, habría querido estudiar táctica bajo su dirección. Es una pena que eso nunca ocurra”.

La expresión de Yang también se suavizó.

“Muy agradecido. Yo también desearía que hubieras nacido en nuestro lado de la galaxia. Si fuera así, probablemente estaría echando la siesta ahora mismo”.

Yang no sólo estaba siendo educado. Estaba diciendo la verdad. Un hombre del calibre de Müller habría sido un valiente comandante de flota, y habría reducido considerablemente los problemas de Yang.

Müller sonrió, diciendo que era una pena, y condujo a Yang a la cámara privada de Reinhard. Un joven oficial de ojos color topacio estaba ante la puerta. Tras saludar a Müller en silencio, abrió la puerta y dejó pasar a su invitado. Y así, Yang Wen-li, boina negra en mano, se encontró cara a cara con Reinhard von Lohengramm en carne y hueso.

La habitación privada del poderoso dictador no parecía ni mucho menos lujosa, pero eso era probablemente porque su dueño era ya muy magnífico. Cuando el joven de pelo dorado se levantó de uno de los sofás enfrentados, a Yang le pareció casi extraño no oír música. Yang había visto ahora, al alcance de la mano, a una leyenda viva, la figura de un joven que había acaparado el favor de la historia y de los dioses. Yang nunca había visto nada tan regio como su uniforme imperial, plateado contra negro.

Volviendo a sus cabales tras un momentáneo estupor, Yang saludó. Al hacerlo, el flequillo despeinado cayó y le cubrió los ojos. Se lo apartó y trató de compensar su saludo con otro. A Reinhard no pareció importarle. Asintió a Kissling por encima del hombro de Yang. La puerta se cerró detrás de Yang, dejando a los dos solos. Los elegantes labios de Reinhard se resolvieron en una sonrisa.

“Hacía tiempo que quería conocerte. Por fin, mi deseo se ha hecho realidad”.

“Gracias”.

Otra respuesta sin arte, pero no tenía ganas de competir con la elocuencia de este joven rubio. Tomó asiento en el sofá que Reinhard le ofrecía y volvió a colocarse la boina en la cabeza, sintiendo que su pelo estaba más revuelto que nunca. Un chico que parecía tan joven como para estar en el instituto abrió la puerta y trajo un juego de café de plata. Al poco tiempo, un fragante vapor flotaba sobre la mesa de mármol. Cuando el chico se retiró, mirando a su amo con admiración y a su invitado con interés, Reinhard levantó una taza con un movimiento fluido.

“Nuestros destinos están entrelazados. ¿Recuerdas, hace tres años, en la batalla de Astarté?”

“Recibí un mensaje de Su Excelencia. Me deseó lo mejor, hasta la siguiente batalla. Gracias a usted, salí vivo de algunas situaciones peliagudas”.

“Nunca recibí una respuesta suya”.

Reinhard sonrió, y Yang, convencida, le devolvió la sonrisa.

“Perdona mi descortesía”.

“Ese no es el préstamo por el que busco su interés…”

Mientras Reinhard reprimía su sonrisa, devolvió la taza a su platillo sin siquiera hacer ruido.

“¿Qué te parece? ¿Trabajarás para mí? Tengo entendido que has recibido el rango de mariscal, pero me gustaría nombrarte mariscal imperial. Seguramente eso es más que suficiente para atraerte a nuestro lado. Aquí mismo, en este momento”.

Yang se preguntó a si mismo: Puede parecer una locura, pero sin una respuesta preparada, ¿realmente puedo resistirme a tal invitación?

“Es un honor inmerecido, uno que me temo que debo rechazar”.

“¿Por qué?”

Aunque Reinhard no parecía sorprendido, era natural que preguntara.

“No veo cómo podría serle útil a Su Excelencia…”

“¿De verdad eres tan modesto? ¿O estás tratando de decir que me falta carisma como maestro?”

“En absoluto”.

El tono de Yang se hizo ligeramente más fuerte, y se preguntó cómo podría explicarlo para no herir los sentimientos del joven rubio. Sorprendentemente, no temía enfadar al dictador, sino que le parecía un crimen rechazar su amable oferta.

“Si hubiera nacido en el imperio, habría servido con gusto a las órdenes de Su Excelencia, incluso sin que me hubiera invitado. Pero me crié con un agua diferente a la de la gente del imperio, y he oído que beber agua a la que uno no está acostumbrado puede arruinar el cuerpo”.

Pensando que era una pobre metáfora, Yang se llevó el café a los labios para ganar tiempo. Aunque era devoto de su té negro favorito, Yang podía decir que los granos y la artesanía de la más alta calidad habían sido utilizados para hacer este líquido negro que ahora ingería. Sin inmutarse por la negativa de Yang, Reinhard levantó su propia taza.

“No creo que tu agua te siente necesariamente bien. Dada la naturaleza de tus logros, diría que has sido retenido más a menudo que recompensado”.

No podía decir muy bien que él también debería recibir una pensión, por lo que Yang dio una respuesta solemne.

“Yo mismo siento que he sido suficientemente recompensado. Además, me gusta el sabor de mi agua”.

“Entonces, tu lealtad está sólo con la democracia. ¿Es eso lo que estás diciendo?”

“Sí, supongo que sí”.

Fue una respuesta apenas apasionada, pero Reinhard dejó su taza y siguió con diligencia el argumento.

“Pero me pregunto si la democracia es tan buena. ¿Acaso Rudolf von Goldenbaum no fue el hijo deforme dado a luz por el gobierno republicano de la Federación Galáctica?”

Yang guardó silencio.

“Es más, quien vendió a su amada -o eso creen- Alianza de Planetas Libres fue el mismo gobernante elegido libremente por una mayoría de la alianza. Un gobierno democrático es un organismo que, por libre voluntad de sus ciudadanos, desprecia su propio sistema y espíritu”.

Yang ya había escuchado suficiente y se sintió obligado a responder.

“Perdóname por ser grosero, pero también podrías decir que deberíamos devaluar el fuego porque causa mucha destrucción”.

“Hmm…” Reinhard torció la boca, pero ni siquiera eso fue suficiente para estropear la belleza del joven rubio. “Tal vez, pero ¿no ocurre lo mismo con la autocracia? Aunque de vez en cuando aparecen tiranos, no se pueden negar los méritos de un gobierno construido sobre un liderazgo fuerte”.

Yang volvió a mirar a Reinhard con aire pensativo.

“Pero yo sí puedo”.

“¿Cómo es eso?”

“El derecho a perjudicar al pueblo depende del propio pueblo. Dicho de otro modo, el pueblo siempre ha sido responsable de conceder autoridad a personas como Rudolph von Goldenbaum e incluso a actores mucho menos importantes como Job Trünicht. No se puede culpar a nadie más. Ese es el punto crucial aquí. El crimen de la autocracia es que el pueblo puede desplazar los males de su gobierno hacia otra persona. Comparado con la enormidad de ese pecado, las buenas acciones de cien gobernantes sabios son insignificantes. Es más, si podemos pensar que un gobernante de tanta sagacidad como Su Excelencia es raro, entonces sus actos, tanto buenos como malos, son igual de explícitos”.

Reinhard pareció que le habían mentido.

“Sus afirmaciones son tan atrevidas y originales como extremas. Me resisto a ceder. ¿De qué intentas convencerme?”

“De nada”, dijo Yang, desconcertado.

Y en efecto, estaba desconcertado. No tenía ninguna intención de persuadir o acorralar a Reinhard. Como era su costumbre, Yang se quitó la boina y se alborotó el largo cabello negro. Era inútil oponerse a la elegancia de Reinhard, pero esperaba estar al menos un poco más sereno.

“Sólo expongo la antítesis de tu afirmación. A mi modo de ver, si existe una forma de rectitud, también debe existir su opuesto en igual medida. Eso es todo lo que intentaba decir”.

“¿Así que la justicia nunca es absoluta y no puede existir sola? ¿Es eso lo que crees?”

Yang odiaba esta charla sobre la creencia.

“Es sólo lo que creo. Y quién sabe, tal vez en algún lugar del universo exista una verdad única e inimitable, y una ecuación simultánea que la dilucide. Pero mis manos nunca llegarán tan lejos”.

“En cuyo caso mis manos son aún más cortas que las tuyas”. Reinhard sonrió con cierto cinismo. “La verdad nunca ha sido necesaria. Lo único que necesito es el poder de hacer lo que me plazca por los medios que me plazcan. Es el poder de salir adelante sin seguir las órdenes de alguien a quien desprecio. ¿Nunca has pensado así? ¿No hay nadie a quien desprecies?”

“Los únicos a los que desprecio son aquellos que glorifican la guerra y subrayan la importancia del patriotismo incluso mientras se refugian en la seguridad, instando a otros a luchar sus batallas por ellos mientras llevan vidas cómodas en el frente de casa. Estar bajo la misma bandera que esa gente es una agonía insoportable”.

Yang era más que cínico; estaba amargado. Reinhard le observó atentamente. Al darse cuenta, Yang se aclaró la garganta. “Tú eres diferente. Siempre has estado en primera línea. Perdona que te lo diga, pero no puedo reprimir mi admiración”.

“Ya veo. Así que eso es lo único que consideras aceptable de mí. Me siento halagado, de verdad”. Reinhard rió musicalmente, pero su expresión se volvió repentinamente transparente. “Una vez tuve un amigo. Hicimos un pacto juntos para tener el universo en nuestras manos, jurando al mismo tiempo que obtendríamos nuestra victoria luchando siempre en primera línea…”

Aunque Reinhard no había dado un nombre propio, Yang adivinó de quién se trataba. Ese amigo era Siegfried Kircheis, el hombre que había muerto salvando a Reinhard de un asesino.

“Me habría sacrificado por ese amigo en cualquier circunstancia”, dijo Reinhard, apartando con sus dedos blancos el lujoso pelo dorado que le caía sobre la frente.

Quizás consideraba a Yang como un teclado de piano y estaba tocando su réquiem.

“En realidad, él siempre fue el sacrificado. Le di por sentado y me aproveché de él, hasta el punto de que finalmente renunció a su vida por mí…” Sus ojos azules como el hielo brillaron a través de su declaración. “Si mi amigo siguiera vivo, puedes estar seguro de que ahora mismo no me estaría enfrentando a tu persona viva, sino a tu cadáver”.

Yang no respondió, porque sabía que sus respuestas no significaban nada para el joven de pelo dorado.

Reinhard tomó un pequeño respiro y cambió de tema. Parecía haber devuelto su corazón a la realidad.

“Hace un rato, recibí un informe de mis comandantes que ocupan su capital. Parece que procede de su superior, el comandante en jefe de la Armada Espacial de las Fuerzas Armadas de la Alianza. Ha pedido que toda la responsabilidad militar recaiga sobre él y que no acuse a nadie más de un delito”.

Ante esto, Yang reaccionó.

“Eso suena a algo que diría el comandante en jefe Bucock. Pero le ruego a Su Excelencia que rechace semejante ruego. ¿Qué clase de personas seríamos si le dejáramos llevar esa carga solo?”

“Almirante Yang, no soy de los que guardan rencor. Y aunque lo hice contra la alta nobleza del imperio, para mí todos ustedes son dignos oponentes. No tuve más remedio que encarcelar al director del Cuartel General Operativo Conjunto como máximo responsable. Pero cuando el fuego de la guerra se apaga, el inútil derramamiento de sangre no es algo que me guste”.

En la expresión de Reinhard había un noble orgullo, y Yang se inclinó naturalmente ante la perfecta honestidad de sus palabras.

“Por cierto, ¿qué harás si te doy la libertad?”

Yang respondió sin dudar.

“Retirarme”.

Por un momento, Reinhard miró al almirante de pelo negro, nueve años mayor que él, con sus ojos azules como el hielo, y asintió a pesar suyo.

La reunión había terminado.

En el transbordador de regreso a la nave insignia Hyperion, Yang no pudo evitar sumirse en sus pensamientos. Lo que Reinhard había señalado sobre el gobierno democrático era demasiado duro. Un gobierno democrático es un organismo que, por libre voluntad de sus ciudadanos, desprecia su propio sistema y espíritu…

En la superficie, era el más duro de los cristales de carbono: para crear un diamante, era necesaria la presión de enormes características geológicas. Del mismo modo, lo más valioso del espíritu humano era su resistencia esencial a la autoridad y la violencia en nombre de la libertad y la emancipación. Quizá el entorno ideal para la libertad era uno que corrompía la propia libertad.

Yang ya no estaba seguro. Había demasiadas cosas en este mundo que su sabiduría no le permitía decidir. ¿Llegaría alguna vez a tener una respuesta clara?

III

Reinhard pisó el suelo de la capital de la alianza, Heinessen, recibido por los altos almirantes Reuentahl y Mittermeier, así como por su secretaria imperial privada, Hildegard von Mariendorf. A pesar de ser principios de verano, una fría lluvia de niebla se aferraba a su lujosa cabellera dorada como gotas de rocío.

“¡Larga vida al Kaiser Reinhard!”

Ese día, el 12 de mayo, los soldados movilizados para ser los guardaespaldas del joven dictador habían sido originalmente doscientos mil, pero muchos soldados fuera de servicio también habían acudido a echar un vistazo al objeto de su lealtad y devoción, saliendo en tropel de sus alojamientos designados y rasgando la cortina de lluvia con su maníaco estribillo.

“¡Larga vida al Káiser!¡ Larga vida al Kaiser!”

En un extraño giro del destino, esos mismos patriotas autoproclamados que antes asaltaban a los pacifistas en las esquinas y llenaban el aire con gritos de “¡Abajo el Kaiser!”, ahora ensalzaban las virtudes de su conquistador. Al ver al joven de pelo rubio saludando desde la ventanilla de su coche terrestre , sus vítores se hicieron aún más fuertes, teñidos de ardor, y había suficientes emocionado hasta las lágrimas como para formar una división de la Armada propia. Muchos habían muerto por este joven al que estaban consagrados, y muchos más tendrían que morir aún, pero por ahora esas cosas estaban fuera del alcance de su corazón.

Reinhard había llegado al edificio del Alto Consejo unos días más tarde de lo previsto para recibir la bienvenida de los soldados.

Reinhard reunió no sólo a los militares, sino también a los expertos administrativos para escuchar sus opiniones sobre la forma que podrían adoptar los resultados de esta campaña. Sencillamente, era imposible gobernar sólo después de ganar y mantener la hegemonía, por lo que debían idear un método más eficaz.

“No podemos permitir que nuestras fuerzas esten tan repartidas indefinidamente. Nuestra armada ya ha alcanzado el punto de ruptura de sus acciones. Concentremos nuestros esfuerzos en conseguir territorios hasta Phezzan en nuestro poder antes de perfeccionar nuestro dominio sobre la alianza.”

“En este momento, podemos invadir el territorio de la alianza desde los corredores de Phezzan e Iserlohn en cualquier momento. Si podemos garantizar esta supremacía militar, no tendremos que ser tan exigentes con la soberanía.”

“Además, nuestros soldados quieren volver a su tierra natal ahora que han ganado. Una ocupación prolongada sólo intensificará su nostalgia, si no también despertará el descontento con el duque Lohengramm.”

“Tratar de gobernar a doce mil millones de personas rebosantes de enemistad hacia el gobierno imperial sólo con el arte de gobernar es ineficaz. Además, los asuntos financieros y la economía de la alianza están al borde de la bancarrota, y la perspectiva de cargar con todo eso, forzando nuevas cargas sobre las propias finanzas del imperio, que han sido restauradas durante dos largos años de reformas, está lejos de ser ideal.”

Oberstein se lo comunicó a Reinhard.

“Me inclino a coincidir con la opinión predominante de que llevar a cabo la disolución total de la alianza, incluso oficialmente, y ponerla bajo gobierno directo sería prematuro”. A esto, el jefe de personal de ojos artificiales añadió su propia opinión. “Dicho esto, creo que deberíamos establecer medidas para corromper aún más las finanzas de la alianza. En cualquier caso, una vez que hayamos reducido el gasto militar, la economía se restablecerá, así que no hay necesidad de tratarlos como un segundo Phezzan.”

“Por supuesto”.

Reinhard arrojó el informe sobre su escritorio. Aquel escritorio, utilizado por sucesivas generaciones de presidentes del Alto Consejo de la alianza, había sido testigo de muchos planes políticos y militares clandestinos contra el imperio.

El 25 de mayo entró en vigor el Tratado de Bharlat. Reinhard aplazó la fusión total con la Alianza de los Planetas Libres, y antes de que el pueblo pudiera oponer resistencia armada, regresaría a su tierra imperial, donde estaría bien aprovisionado. Repasando los términos del tratado, incluso alguien tan particular sobre la conquista total como Reinhard sólo podía estar satisfecho:

1. El Imperio Galáctico garantiza que la Alianza de Planetas Libres conservará su nombre y soberanía.

2. La Alianza cederá al imperio el sistema estelar Gandharva y los dos sistemas estelares situados en los extremos de ambos corredores.

3. La Alianza sancionará el libre paso de todas las naves imperiales y naves civiles por sus territorios.

4. La Alianza pagará un impuesto de seguridad anual al imperio por valor de un 1.5 billones de marcos imperiales.

5. La Alianza conservará su armamento como símbolo de su soberanía, pero todos los buques de guerra y naves nodriza renunciarán a sus derechos de independencia. Además, la Alianza consultará al gobierno imperial antes de establecer y mejorar cualquiera de sus instituciones militares.

6. La Alianza establecerá una ley nacional y pondrá fin a cualquier actividad que obstaculice la amistad y la conciliación con el imperio.

7. El imperio se instalará en la oficina del alto comisionado en la capital de la alianza, Hei-nessen, y tendrá autoridad para estacionar una guarnición militar para defenderla. El alto comisionado, como representante del soberano imperial (en este caso: el Kaiser), negociará y cooperará con el gobierno de la alianza y se le permitirá asistir a diversas reuniones…

A partir de la octava condición, la realidad de que la alianza se había convertido en un territorio imperial estaba clara para ambas partes. El jefe de Estado de la alianza, Job Trünicht, protegido por un grueso muro de tropas imperiales, firmó y selló el tratado. Inmediatamente después, anunció que asumía toda la responsabilidad de la derrota y que dimitiría inmediatamente. Trünicht dimitió, mientras que el presidente del Comité de Defensa, Walter Islands, agotado de mente y cuerpo, fue confinado a su cama. Una reunión de ministros del gabinete nombró al oponente político de Trünicht, el ex presidente de la comisión de finanzas João Lebello, como gobernante de facto.

Aunque Lebello estaba preocupado por la gravedad de la situación, aceptó el nombramiento, pero una vez que se hicieron públicas las estipulaciones, su amigo Huang Rui las leyó con ojo crítico.

“Te han atado una soga al cuello y sólo las uñas de los pies tocan el suelo. Una situación difícil, Lebello”.

Y si no se despertaba pronto, los otros altos funcionarios, cuyas expresiones francas eran de todo menos de triunfo, estarían derramando lágrimas de resentimiento en su nombre. ¿Por qué Ahle Heinessen había emprendido ese viaje de diez mil años luz tan lleno de penurias hace dos siglos y medio, sólo para poner en marcha los acontecimientos que condujeron a la desgracia de hoy? ¡Y, además, de la mano de un representante de su propio pueblo!

Tal y como había imaginado Trünicht, la furia y el odio del pueblo se dirigieron hacia Reinhard y hacia el mismo por haber aceptado tan humillante tratado.

El 26 de mayo, al día siguiente de la firma del tratado, Reinhard se enteró por su secretaria privada Hilda de que Trünicht buscaba una audiencia con él. Al oír el nombre del ex presidente, conocido por todos como una desgracia andante, las llamas del odio lamieron el blanco rostro de Reinhard.

“¡Me niego a reunirme con él!”

“Eso dices, pero no es tan fácil”.

Reinhard volvió sus ojos, brillantes como los de un niño obstinado, hacia Hilda.

“Después de haber alcanzado la máxima autoridad del universo, ¿por qué tengo que conocer a un hombre al que no deseo conocer?”

“Su Excelencia…”

“Si pudiera, arrojaría a ese pedazo de basura humana a la guarida de los mismos extremistas cuyos corazones arden en deseos de venganza”.

“Entiendo cómo te sientes, pero juraste por tu buen nombre pasar por alto los crímenes de los máximos responsables. Sé que no te agrada, pero si faltas a tu palabra, incurrirás en la desconfianza en tu capacidad de cumplir tus promesas y adherirte a los términos del tratado.”

Mientras Reinhard chasqueaba la lengua con furia, golpeó el escritorio con la palma de la mano. Aunque dejó ondas agitadas en su línea de flotación emocional, dirigió su mirada a Hilda.

“De todas formas, ¿qué quiere ese bastardo de mí?”

“Que le asegure que su vida y sus bienes, así como derecho a residir en territorio imperial. Dice que si puede conseguir algún tipo de puesto, trabajará con gusto para Su Excelencia”.

Una desagradable sonrisa adornó las comisuras de la boca del dictador.

“Parece que no puede soportar vivir junto a la misma gente a la que traicionó. ¿Y qué le hace pensar que recibirá mi protección viviendo en territorio imperial? Muy bien, le concedo su petición. Y ahora que lo he hecho, no hay necesidad de reunirse con él. Que se vaya”.

Sabiendo que era imposible comprometerse más, Hilda se dispuso a marcharse. Mientras lo hacía, Reinhard la llamó para que se detuviera, dudó un momento y luego se sacudió.

“Fräulein von Mariendorf, soy consciente de que soy un hombre de mente estrecha. Y aunque sé que le debo la vida, no me atrevo a darle las gracias ahora mismo. Déme un poco más de tiempo”.

Hilda no puso ninguna objeción. De hecho, no pudo evitar sentirse conmovida por la torpe expresión de gratitud del joven de pelo rubio. Debajo de esa máscara de estratega frío e indiferente estaba el rostro de un muchacho criado por el afecto de su hermana mayor, Annerose.

“Es culpa mía por excederme en mi cometido. No importa la reprimenda que reciba, es natural, pero oírte hablar así me avergüenza. Si se me permite el atrevimiento, tengo una petición: que por favor recompense a Mittermeier y a Reuentahl suficientemente por su meritorio servicio.”

“Ah, considérelo hecho”.

Reinhard levantó un poco la mano, y entonces Hilda hizo una reverencia y se marchó. Cuando salió de la habitación, su cabeza de pelo rubio recortado giró mientras lanzaba una mirada por encima de los hombros a la figura de Reinhard reflejada en su campo de visión, que se estrechaba rápidamente, apoyando la barbilla en las manos y entregándose a la contemplación.

A la hora de nombrar un alto comisionado para enviar a la capital de la alianza, Heinessen, Reinhard consideró a Reuentahl como candidato. El alto comisionado sería algo más que una figura diplomática y tendría que supervisar el gobierno nacional de la alianza y defender al máximo los intereses del imperio. El comisario también sería responsable de lidiar con la resistencia y la oposición en todas sus formas y de suprimir cualquier insurrección armada. Mientras que las capacidades de Reinhard parecían suficientes para hacer frente a estas cosas, su jefe de gabinete Oberstein no estaba de acuerdo. Su subordinado, el capitán Anton Ferner, era el único que conocía las verdaderas razones de su desacuerdo.

“Reuentahl es un ave de presa. Sería extremadamente peligroso dejarlo libre. Un hombre como él debería estar encadenado en un lugar donde se le pueda vigilar en todo momento”.

De hecho, las futuras obras literarias dirían lo mismo. En cualquier caso, Reinhard excluyó a Reuentahl de la candidatura y nombró a Lennenkamp en su lugar. Dado que la dictadura de Lohengramm había institucionalizado esencialmente el gobierno político de un militar, era impensable llevar a un funcionario civil a este importante cargo. Naturalmente, sin embargo, los muchos funcionarios civiles entre los seguidores de Lennenkamp -incluyendo expertos en diplomacia, asuntos financieros y administración- fueron asignados a él.

Por cierto, Oberstein también se opuso a la selección personal de Lennenkamp. La razón era, por supuesto, diferente a la de Reuentahl. Lennenkamp era demasiado militar, y como tal su pensamiento era demasiado rígido. Y como había sufrido una infame derrota contra Yang Wen-li, su actitud hacia la alianza era inflexible. Al oír esto, Reinhard sonrió.

“Si Lennenkamp fracasa, lo destituiré. Y si la alianza es responsable, también les acusaré de ese delito. Eso es todo. No hay nada más que considerar”.

Oberstein se inclinó y se sometió a la sabiduría de su maestro. Al igual que con la ocupación de Phezzan, Oberstein rindió el debido respeto al genio y la magnanimidad de su joven maestro.

Además, Reinhard nombró a Steinmetz comandante de la base del sistema estelar Gandharva, ahora bajo control directo imperial. Era mejor que el alto comisionado y el comandante en residencia ocuparan puestos simultáneos, pero eso era un asunto para un día posterior, cuando la alianza estuviera bajo total subyugación.

El legítimo gobierno galáctico imperial, restos de los antiguos nobles con otro nombre, era naturalmente considerado por la Armada Imperial como hostil. El Secretario de Defensa Merkatz ya fue declarado muerto en acción en Vermillion, y su muerte enderezó los cuellos de los oficiales de alto rango de la Armada Imperial.

El primer ministro del gobierno imperial legítimo, el conde Joachim von Remscheid, se suicidó. Esto ocurrió justo después de que los soldados de Reuentahl rodearan su residencia privada. El almirante heterocromático presentó sus respetos al conde Remscheid y le dio el tiempo suficiente para realizar el acto. Y con ello, el gobierno del exilio desapareció tan fugazmente como se había formado.

Sin embargo, el niño Kaiser que estaba a su cargo no se encontraba en ninguna parte. Los resultados de la investigación revelaron que el conde Alfred von Lansberg, el criminal que se había fugado con el Kaiser desde la capital imperial de Odín para ser después nombrado como subsecretario de defensa del gobierno legítimo, había desaparecido junto con el niño de ocho años.

Este giro de los acontecimientos no sentó bien ni a Reuentahl ni a Mittermeier, que sólo pudieron ampliar su red de búsqueda. Se lo dijeron a Reinhard, pero el joven dictador no les reprendió por su descuido.

“Puede ir a donde le plazca. Cuando algo destinado a perecer no lo hace, ya sea un persóna o una nación, está destinado a morir en la oscuridad”.

En algún lugar detrás de la indiferencia de la voz de Reinhard había una partícula de compasión.

“Si quieren soñar con un regreso de la familia Goldenbaum, entonces son bienvenidos a meterse en sus camas y cerrar los ojos a la realidad. ¿Por qué deberíamos asociarnos seriamente con gente así?”

Reinhard, de hecho, no tenía tiempo para los delirios de los románticos irreales. Tenía que preparar su entronización y coronación, y pensar en cómo planificar una inminente fusión con el territorio de la alianza y el predeterminado traslado de la capital a Phezzan. Además, la asignación de recursos humanos tras el establecimiento del nuevo imperio se estaba convirtiendo en una cuestión extremadamente apremiante. Dado que el nuevo imperio estaría bajo dominio imperial directo, no sería necesario un primer ministro, pero sí ministros del gabinete, y también era necesario reformar el ejército.

Oberstein le advirtió que ordenara un registro por si acaso, pero lo echó en un pozo de olvido y lo selló.

Los habitantes de la alianza tampoco podían permitirse el lujo de lamentarse por el pasado mientras se despreocupaban del futuro. Alexander Bucock liberó su cuerpo de los cargos públicos y decidió curar su corazón herido al lado de su anciana esposa.

Yang Wen-li se retiró del servicio militar, y una vida militar involuntaria de doce años se detuvo por completo y repentinamente, o eso parecía. Su retiro, bastante cómodo, había comenzado, y en los últimos días había estado resolviendo los detalles de su matrimonio con Frederica Greenhill, que también se había retirado. El hecho de que ahora tuviera la vida que siempre había deseado se veía atenuado por el conocimiento de las muchas otras vidas humanas que se habían sacrificado por esta modesta fortuna; era un pensamiento que nunca abandonaría su cerebro. Pero aunque le preocupaba estar bajo la constante vigilancia de la Armada Imperial, los aspectos prácticos de la planificación de su futura vida con Frederica eran abrumadores. De hecho, era como si no tuviera ninguna capacidad conceptual en lo que se refiere al hogar, por lo que no era más que un hombre que aceptaba las modestas propuestas de Frederica.

Julian, mientras tanto, se preparaba en secreto para colarse en Terra, en lo más profundo del territorio imperial, motivado por esa pequeña información que había obtenido del obispo Degsby de la Iglesia de Terra. Si existía un discípulo de la Iglesia con el suficiente poder clandestino como para provocar el antigolpe de Estado del presidente Trünicht, aunque las palabras de Degsby – “Todo tendrá sentido una vez que vayas a Terra”- fueran exageradas, tenía que haber algo de verdad en ellas. Seguramente no pasaría nada malo por investigarlo.

Además, como había declarado a Cazellnu, Julian no tenía intención de entrometerse en la vida de recién casados de Yang y Frederica. Sabía que ellos dos no se interpondrían en su camino. Aunque lo sabía, Julian quería desaparecer durante al menos seis meses. Su corta vida en Phezzan le había hecho madurar hasta cierto punto. Y no quería otra cosa que reunirse con las dos personas que más quería después de este viaje, más de un hombre.

El alférez Luis Mashengo, de piel oscura y ojos redondos, se preparaba para ir a Terra con Julián como si fuera lo más natural del mundo. Cuando dijo: “Uno no puede evitar su destino”, nadie creyó que le obligaran a ir con un destino que no quería. Tanto Julián como Mashengo habían presentado sus cartas de renuncia, sin que les imporata muchi si serían aceptadas. En cualquier caso, justo después de regresar a Heinessen, Mashengo se había convertido en un empleado que vivía en una residencia privada cohabitada por Yang y Julian en la calle Silverbridge, y desde entonces, incluso los soldados imperiales que venían a inspeccionar creían que había estado viviendo en la casa de Yang todo el tiempo.

Yang se encogió de hombros y aceptó la presencia de Mashengo, pero no dudó en confiar en el gigante para proteger a Julian con su vida. Además, Yang era responsable de la desaparición social de Merkatz y el resto, y parecía imposible ser un ermitaño total. Si las fuerzas imperiales lo sabían, la posición de Yang en el nuevo orden se volvería problemática.

Boris Konev, al que Yang conocía como “Boris el alborotador”, se reunió con el oficial administrativo Marinesk, que había llegado de Phezzan. Cuando se enteró de la pérdida de su querida Beryozka, le fue imposible recurrir a su habitual optimismo sin límites.

Mientras tanto, los que quedaban en Phezzan se reunían en la oficina del alto comisario, que había perdido su base legal de existencia, compartiendo con inquietud las escasas noticias que tenían, pero Boris Konev se marchó temprano para hacer una visita a la residencia oficial de Yang Wen-li. Los soldados imperiales ya custodiaban la puerta principal, ya que Yang estaba bajo arresto domiciliario, pero tras exagerar un poco lo amigo íntimo que era del Mariscal, Yang se acercó a la entrada y les convenció para que le dejaran entrar. Konev no había visto a su viejo amigo desde hacía dieciséis o diecisiete años. Saboreando el té negro de Julian, se enteró de que su primo menor, Iván, había muerto en la batalla.

“No puedo agradecerte lo suficiente tu ayuda, Julian. Beryozka, ¿verdad? He oído que todos en esanave te deben la vida”.

“El honor es todo de Marinesk, así que no hay necesidad de agradecerme.”

“ El problema es que esa era mi nave. El gobierno de la alianza ha desaparecido, y no puedo enfrentarme a las fuerzas imperiales para pedirles otra”.

“Déjamelo a mí”, prometió Yang con indiferencia, volviéndose hacia su viejo amigo con una sonrisa cómplice. “Pero primero, voy a necesitar que hagas algo por mí…”

Entre los generales que siguieron a Yang de vuelta a la capital, Schenkopp y Attenborough presentaron con prepotencia sus cartas de dimisión y dejaron el servicio gubernamental. La dimisión de Cazellnu fue rechazada y se le obligó a ocupar el puesto de director general interino de los servicios de retaguardia. Fischer, Murai, Patrichev y Carlsen fueron despedidos temporalmente. Sobre todos ellos, la sombra del tiempo se movía poco a poco, pero nadie sabía lo largo o corto que sería el invierno.

IV

El sol se hundió en el horizonte, y la luz que se desvanecía se reflejó difusamente en las partículas atmosféricas, empapando el mundo en ondas anaranjadas. La tierra, que antaño había prometido una cosecha abundante como si se avergonzara de su propia esterilidad, suplicaba que las alas de la noche le dieran cobijo.

Esta misma tierra, a la que la senectud y la fatiga habían asolado con profundas arrugas, había sido una vez el corazón de este planeta llamado Terra, y de hecho el centro del universo. Eso había sido hace mucho tiempo, treinta generaciones en el pasado.

Un hombre en la flor de la vida, cubierto de negro, caminaba por un viejo edificio de piedra con paso lento. Cuando se detuvo ante cierta puerta, un guardaespaldas se inclinó y la abrió. El interior de la habitación estaba lleno de una luz opaca y nublada. Vio a un anciano, que parecía haber sido amigo del tiempo durante mucho tiempo, sentado sobre una piel de oveja.

“Gran Obispo…” El hombre que tan reverentemente se dirigía al silencioso obispo continuó. “Reinhard von Lohengramm ha conquistado la Alianza de los Planetas Libres”.

Al oír esto, el obispo vestido de negro levantó por fin el rostro y le hizo una señal al hombre con una mano árida. La puerta detrás del hombre estaba cerrada.

“¿Y qué hará ahora?”, dijo, con la voz ronca.

“He oído que ha confiada a un hombre llamado Lennenkamp la vigilancia no sólo de las tierras conquistadas, sino también de la gran armada, y que él mismo ha regresado a la tierra firme imperial, acompañado de un tal Trünicht…”

“Parece que ese hombre también ha cumplido su propósito. ¿Pretendes utilizarlo como manzana podrida dentro del imperio?”

“No, ya preparamos a otro en el imperio hace más de un año. Un barón llamado Heinrich von Kümmel. Sólo necesito un poco más de tiempo”.

“He oído que está muy enfermo, pero ¿estás seguro de que será útil?”

“Si puede aguantar otros seis meses, nuestro objetivo se llevará a cabo. Los médicos han sido enviados, y si está celoso de la buena apariencia y salud de Lohengramm, no será difícil de manipular”.

“Muy bien, entonces. Lo dejaré en tus manos. ¿Qué será de Phezzan?”

“Sí, con respecto a Phezzan, todavía hay demasiadas incertidumbres”.

La voz del hombre perdió por primera vez su exceso de confianza. Un aura de duda vaciló en torno a sus ojos ictéricos. El gran obispo le preguntó más.

“¿Estás en contacto con Rubinsky?”

“Por el momento. Pero las profundidades del corazón de ese hombre me son desconocidas…”

A pesar de que nadie le escuchaba, el subordinado del gran obispo bajó la voz y se inclinó sobre sus rodillas.

“No es sólo que dude del espíritu de su obediencia. Es que tengo razones para creer que podría estar albergando alguna ambición insubordinada hacia nosotros. Tendremos que estar en guardia…”

“Siempre lo he sabido”.

La voz del anciano era indiferente.

“No me importa el estilo que baile, mientras lo haga en la palma de mi mano. Y lo que es más importante, ¿qué ha sido de ese tonto incompetente de Degsby?”

“Puedo confirmar que está muerto. El problema es si ha derramado algún secreto antes de morir…”

Muy por encima de donde estos dos hombres hablaban en secreto de querer cambiar el rumbo de la historia, la profusa luz de las estrellas comenzó a motear el cielo.

Reinhard, habiendo regresado triunfalmente al imperio, comenzó a realizar actividades enérgicas en aras de la formalidad. Varias cosas que debían ser tratadas esperaban su juicio y decisión.

La primera tarea que llevó a cabo fue por su propio deber personal y su tímida insatisfacción. A su hermana Annerose, que ahora tenía el título de condesa Grünewald, le dio el título de archiduquesa. A Siegfried Kircheis le otorgó el título póstumo de archiduque y estableció una medalla en su honor. Oberstein enarcó una ceja ante estas medidas, pero fue puesto en su sitio al decirle que no había nada malo en tomarlas.

Una vez decidido esto, Reinhard se puso el sombrero de los negocios, centrando su atención en los recursos humanos, la organización y las instituciones. En el aspecto militar, Reuentahl, Mittermeier y Oberstein se convirtieron en mariscales imperiales, y Oberstein asumió el papel adicional de secretario de defensa. Diez almirantes se convirtieron en altos almirantes, pero el más joven, Müller, se convirtió en su líder como recompensa por el meritorio servicio de salvar a Reinhard de una derrota segura en Vermillion. Se decidieron los recursos humanos para los funcionarios civiles, y el padre de Hilda, el conde Franz von Mariendorf, fue nombrado Ministro de asuntos internos. Eugen Richter se convirtió en Ministro de finanzas, y Karl Bracke en Ministro de asuntos civiles, que era un cargo de nuevo cuño.

El 20 de junio, el padre de la niña Kaiserinne y actual cabeza de la familia Pegnitz, Jürgen Offer, fue ascendido tres grados, de vizconde a duque. Con la carga de la inquietud y la incertidumbre, fue invitado a pasar por las puertas del primer ministro imperial. Un joven noble de poco más de treinta años que había desviado casi toda su atención a su pasión por coleccionar tallas de marfil y a su patrimonio, y que no tenía ningún interés en la política o en los asuntos militares, Offer recibió un papel de un frío Oberstein: una declaración de abdicación de la Kaiserinne. A esto le siguió una declaración en la que cedía el trono a Reinhard. En total, el joven noble, empapado de sudor, recibió tres papeles, cada uno de los cuales llevaba ya la firma de Reinhard. Se garantizaba el título de nobleza y la seguridad de la familia Pegnitz, y se especificaba que a partir de ese momento la Kaiserinne recibiría una pensión anual de 1.500.000 reichsmark imperiales durante el resto de su vida. El duque Pegnitz, para su propio alivio, se secó la cara con un pañuelo, empapando sus costosas ropas con aún más sudor. Tomando la pluma, firmó dos documentos como autoridad paterna de la Kaiserinne , que ahora tenía un año y ocho meses de edad.

Y con ello, la dinastía Goldenbaum, que desde la época de su fundador Rudolf el Grande había sentado en el trono a treinta y ocho káiseres que habían gobernado al pueblo durante 490 años, llegó a su fin.

El 22 de junio marcó la entronización y coronación del nuevo káiser, Reinhard. A partir de ese día, dejaría de ser Su Excelencia el Duque Reinhard von Lohengramm y pasaría a llamarse Su Majestad el Kaiser Reinhard. La familia Goldenbaum, que en su día le arrebató a su hermana Annerose, lo había perdido todo y se había escondido en tierras del pasado.

Miles de altos funcionarios de la pluma y la espada llenaron hasta los topes la espaciosa Sala de la Perla Negra de Neue Sans Souci para jurar su lealtad a la nueva dinastía. Pero las dos personas que Reinhard más deseaba ver no estaban allí. La que tenía la cabeza dorada como la suya, y la que tenía la cabeza roja como una llama ardiente.

Y mientras los gritos de “¡Viva el Káiser!” inundaban la espaciosa sala, Reinhard recogió la corona dorada del Káiser, envuelta en seda púrpura, y la colocó en su propia cabeza de forma casual, pero con una elegancia que nadie podría duplicar. La corona de oro se entrelazó con su cabello dorado mientras se proclamaba en silencio su legítimo propietario.

La dinastía Lohengramm había comenzado.

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