Leyenda de los Héroes galácticos Vol 6: Vuelo

Prólogo. 1 2 3 4 5 6 7 8 Personajes

Listado de Personajes

Imperio Galáctico

REINHARD VON LOHENGRAMM- Kaiser del Imperio (Neue-Reich)

PAUL VON OBERSTEIN- Mariscal del Imperio. Ministro de Defensa

WOLFGANG MITTERMEIER- Mariscal Imperial. Comandante en jefe de la Armada espacial Imperial. Conocido como “Lobo del vendaval”

OSKAR VON REUENTAHL. Mariscal Imperial. Secretario general de los cuarteles generales Supremos. Tiene ojos heterocromáticos.

FRITZ JOSEF WITTENFELD- Alto Almirante. Comandante de la flota de los lanceros negros.

ERNEST MECKLINGER- Alto Almirante. Administrador de los cuarteles generales supremos (encargado de la logística) Conocido como el “Almirante Artista”

ULRICH KESSLER.Alto Almirante. Comisionado de la Policía militar y comandante de defensa de la capital.

AUGUST SAMUEL WAHLEN.Alto Almirante- Comandante de Flota.

NEIDHART MÜLLER.Alto Almirante. Comandante de Flota. Conocido como Müller “Muro de Hierro”

HELMUT LENNENKAMP.Alto Almirante. Comisionado imperial en la Alianza.

ADALBERT FAHRENHEIT.Alto Almirante- Comandante de Flota.

ARTHUR VON STREIT.Vice Almirante.  Ayudante senior del Kaiser Reinhard von Lohengramm.

HILDEGARD VON MARIENDORF. Secretaria jefe del Kaiser. Tratada como Capitan (¿o Comandante¿) Llamada a menudo Hilda.

FRANZ VON MARIENDORF. Ministro de Interior. Padre de Hilda.

HEINRICH VON KÜMMEL. Primo de Hilda. Barón.

HEIDRICH LANG. Jefe de la oficina de seguridad  doméstica.

ANNEROSE VON GRÜNEWALD. Hermana mayor de Reinhard. Condesa Grünewald y Archiduquesa del Imperio.

JOB TRÜNICHT .Antiguo jefe de estado de la Alianza.

RUDOLF VON GOLDENBAUM. Fundador de la Dinastía Goldenbaum, del Imperio galáctico.

Fallecidos

SIEGFRIED KIRCHEIS. Murió haciendo justicia a la fé que Annerose puso en el.

Karl Gustav Kempf. Murio intentando chocar 2 estrellas de la muerte (XD)

Alianza de Planetas libres.

YANG WEN-LI Mariscal. Antiguo comandante de la fortaleza Iserlohn y su flota patrullera. Retirado.

JULIAN MINTZ.Subteniente. Hijo Adoptivo de Yang.

FREDERICA GREENHILL YANG. Ayudante (y prometida) de Yang. Teniente comandante. Retirada.

ALEX CAZELLNU. Administrador general en funciones de servicios de retaguardia. Vicealmirante.

WALTER VON SCHENKOPP. Vice Almirante. Retirado. 13º Comandante del regimiento Rosenritter. Comandante de defensa de la fortaleza Iserlohn. Retirado.

EDWIN FISCHER. Vice comandante de la flota patrullera de Iserlohn. Maestro de operaciones de flota. Temporalmente  en la reserva.   

MURAI. Jefe de personal de Yang. Contralmirante. Temporalmente en la reserva.

FYODOR PATRICHEV. Subjefe de personal de Yang. Commodoro. Temporalmente relevado de sus deberes.

DUSTY ATTENBOROUGH. Comandante de Division en la flota de Iserlohn. Compañero de clase de Yang. Vicealmirante. Retirado.

OLIVIER POPLAN. Capitán de la primera división de espartanians de Iserlohn. Comandante.

ALEXANDER BUCOCK. Comandante en jefe de la Armada espacial de la Alianza. Mariscal. Retirado.

LOUIS MASHENGO.Guardaespaldas de Julian. Alferez.

KATEROSE VON KREUTZER. Cabo. Apodada Karin.

WILLIBALD JOACHIM VON MERKATZ. Veterano Almirante. Comandante de las tropas restantes de la flota de Yang.

BERNHARD VON SCHNEIDER. Ayudante de Merkatz. Comandante.

JOÃO LEBELLO.Primer Ministro

Fallecidos

IVAN KONEV.Piloto de cabeza fría, fallecido en la batalla de Vermillion.

Dominio Phezzan.

ADRIAN RUBINSKY. 5º terrateniente, apodado “zorro negro de Phezzan”

NICOLAS BOLTEC. Gobernador general provisional

BORIS KONEV. Mercader Independiente. Viejo conocido de Yang. Capitán de la nave mercante Beryozka.

Arzobispo DE VILLIERS.Secretario general de la iglesia de Terra.

*Los titulos y rangos corresponden al estatus de cada carácter al final de Mobilizacion o su primera aparición en Vuelo.

I

“La civilización humana tal y como la conocemos, comenzó en este planeta llamado Tierra. Y ahora, está expandiendo su alcance a otros cuerpos celestes. Algún día, podemos esperar que la Tierra sea un mundo habitado de muchos. Esta no es una profecía. Es solo cuestión de tiempo antes de que se convierta en realidad “.

Así lo proclamó Carlos Sylva, 5º ministro del espacio, para el Gobierno Global, después de que un equipo de exploración diera el primer paso en la colonización interplanetaria al poner rumbo a Plutón en el año 2280 d.C. Sylva era un hombre de negocios capaz, pero no era un pensador filosófico o creativo. Su discurso fue poco más que una repetición de lo que entonces era conocimiento común.

Antes de que la realidad de la que hablaba tomase forma, sin embargo, el ser humano se vería obligado a derramar la sangre de sus semejantes, solo para beberla en masivas cantidades como si fuera alguna clase de comunión blasfema. Tuvieron que pasar otros siete siglos tras ese discurso de Sylva para que el núcleo político de la civilización se desplazara a otro planeta.

El gobierno global se había formado en el 2129 DC, en un mundo cansado tras 90 años de conflicto que terminó por creer que, solo purgando a la peor creación del hombre, las naciones soberanas, terminaría por ser liberada la humanidad de la estupidez de sacrificar millones de vidas en los altares de los poderosos. El tiroteo global (con armas termonucleares) que había sido conocido como la guerra de los trece días, redujo las principales ciudades de los dos bandos implicados (El condominio norteño y los estados unidos de Euráfrica) a pozos de radiación; una mórbida venganza a los abusos del poder militar. Los poderes menores que se vieron atrapados en medio de la carnicería salvaje no escaparon a su propia dosis de dolor y sufrimiento, puesto que tanto el condominio Norteño como los estados unidos de Euráfrica temiendo que el otro obtendría de esos poderes menores los recursos para seguir con la lucha, lanzaron sus arsenales de armas de destrucción masiva a los países neutrales.  Que ambos bandos se destruyeran mutuamente resulto ser un pequeño confort para aquellos que sobrevivieron. Para evitar el resurgimiento de tal tiranía sería necesario un sistema fuerte y unido. Sin él, el mundo estaría abocado a una espiral de destrucción de la que posiblemente no podría recuperarse.

A la larga, se trataba de unir un complejo de estructuras de poder en una única superestructura general. Pero abundaba el cinismo y algunas personas se mostraban menos optimistas acerca de poner su fe en la política. “Incluso si no hubiera más guerras mundiales”, dijeron, “todavía tendríamos guerras civiles”. Quizás no estaban del todo equivocados, pero tal retórica no fue lo suficientemente fatalista como para hacer que la gente hiciera oídos sordos a su advertencia. En cualquier caso, dado que la población mundial se había reducido a unos mil millones de seres humanos y la producción de alimentos se había ralentizado a un ritmo lento, apenas había energía suficiente para sostener una guerra civil.

La capital del Gobierno Global se estableció en Brisbane, una ciudad en el noreste de Australia frente al Océano Pacífico. Su ubicación en el hemisferio sur, donde los daños de la guerra fueron mínimos, la hizo ideal como centro político. También fue un centro para el bloque económico más grande del planeta, rico en recursos naturales y geográficamente alejado de aquellas naciones que habían causado los desastres de la guerra.

Una de las principales consecuencias del establecimiento del Gobierno Mundial fue una fuerte disminución de la influencia de la religión. Por más que lo intentaron, las organizaciones religiosas tradicionales finalmente no lograron poner fin a la era de los conflictos que finalmente se resolvió con el nacimiento del Gobierno Global. En todo caso, la religiosidad fue un factor primordial para fomentar la enemistad y el prejuicio entre bandos opuestos. Los ejércitos privados que representaban a varias sectas religiosas mataron desenfrenadamente a las mujeres y los hijos de los herejes, todo en nombre de su Dios todopoderoso. A raíz de la destrucción del Condominio Norte, las Naciones menores que defendían la autoridad local en todo el continente de América del Norte transformaron esta gran potencia industrial una vez conocida como el pináculo de la razón y el gobierno republicano en un páramo de metal, resina y hormigón, infectando a los supervivientes con virus de superstición y exclusión.

Al final, su Dios no intervino, su mesías no apareció y la gente a duras pena había sido capaz de recomponer su mundo (y eso solamente, a través de un esfuerzo titánico) a partir de un abismo de ruinas.

La reconstrucción procedió con rapidez. La población remanente lo puso todo en proyectos grandes y pequeños, construyendo la nueva capital y revitalizando tierras devastadas, pero siempre con un pie puesto en la frontera del espacio exterior.

Según las palabras de un dicho popular: “El que posee la frontera nunca será contado entre los débiles”. Antes del establecimiento del Gobierno Global, la humanidad había dejado su huella en Marte, pero en 2166 d.C., los humanos habían atravesado el cinturón de asteroides para construir una base de desarrollo en el satélite Io de Júpiter. El Ministerio del Espacio era el departamento más activo del Gobierno Global en ese momento. Su sede estaba ubicada en la superficie de la luna, donde funcionaba como el centro neurálgico de todas las divisiones, incluidas las navegaciones, los recursos, las instalaciones, las comunicaciones, la gestión, la educación, la ciencia, la exploración y el transporte marítimo. La inmensidad de su escala estaba en proporción con la época, y a mediados de la década de 2200 su población superó a la de Brisbane.

Como decían algunos Brisbane, podría haber sido la capital de la Tierra, pero la ciudad lunar era la capital de todo el sistema solar.

Al principio, cualquier actividad de terraformación realizada fuera del planeta permaneció confinada al sistema solar. En el año 2253 d.C., la primera nave de exploración interestelar dio paso a Alpha Centauri, pero cuando no regresó veinte años después, la gente comenzó a dudar si sus sueños de colonizar mundos no descubiertos se realizarían alguna vez. Sin embargo, la población todavía rondaba los cuatro mil millones, por lo que solo el sistema solar ya prometía proporcionar espacio vital más que suficiente.

En 2360 d.C., un equipo de ingenieros espaciales y su líder, el Dr. Antonel János, se convirtieron en los salvadores de toda la raza humana cuando por fin se logró el viaje superlumínico. Al principio, los viajes warp funcionaban solamente en distancias cortas. Más importante aún, provocaban efectos notablemente adversos en el cuerpo humano, especialmente en el área de la fertilidad femenina. Pero para el 2391 d.C., la tecnología estaba completamente implementada y perfeccionada. Esto amplió el alcance de la exploración hasta el punto de que, en 2402 d.C., se descubrió un planeta habitable en el sistema estelar Canopus. Y con ese descubrimiento, comenzó la era de la migración interestelar.

Con esta nueva tecnología, sin embargo, aparecieron las primeras grietas en el sistema de “autoridad única” bajo el cual ahora se gobernaba el mundo. En 2404 d.C., incluso cuando el primer equipo de emigrantes interestelares partía hacia la base de navegaciones en Io con una aclamación entusiasta, los líderes del Gobierno Global en Brisbane se enfrentaban a un debate elíptico: ¿cuánta autonomía deberían otorgar a esos asentamientos cuando se establecieran cada vez más y más lejos de la Tierra? ¿Se les debería permitir la independencia total, acatar las leyes y regulaciones de la Tierra sin compromiso, u operar en algún lugar entre esos dos extremos?

A lo largo de ocho décadas, la organización fundada modestamente como el Departamento de Seguridad de la Navegación Espacial del Ministerio fue ascendida al Departamento de Paz Pública del Ministerio del Espacio, que luego se convirtió en el Comando de Defensa Espacial bajo el subsecretario de Defensa y finalmente en la Fuerza Espacial. La Fuerza Espacial tenía una disposición completamente diferente a la NCASF, o Fuerza Espacial Aérea del Condominio Norte, que amenazaba y dominaba a los países más débiles desde el aire antes de que existiera el Gobierno Global. El propósito de la Fuerza Espacial era garantizar la seguridad de los ciudadanos que viajan por el espacio protegiendo las libertades civiles y las economías contra cualquier irregularidad que pudiera socavar esos privilegios. Con el advenimiento de los viajes interestelares, se produjo una amnesia casi total por el hecho de que cualquier ejército que promocionara un énfasis en la protección pacífica de los asuntos domésticos se estaba volviendo loco inevitablemente con invasiones y campañas ofensivas en el extranjero, donde sus acciones transcurrían relativamente desapercibidas para los poderes centrales.

Una y otra vez, cualquier estudiante de la historia posterior habrá encontrado pruebas de que un ejército es la organización más poderosa y violenta de una nación, que no puede haber grupos militares fuera de cualquier nación que afirme unir a toda la humanidad. Y así, a pesar de una suficiencia mínima de poder militar, La fuerza espacial continuó expandiendo su mano de obra y recursos materiales.

Para el año 2527 d. C., esta organización militar significativamente ampliada mostraba signos de degeneración interna, pero una reunión de la sección sobre desarme y control de armas en el Congreso de Unificación generó quejas cínicas de todos los lados. Uno de esos testimonios describió la situación en los siguientes términos:

“¿Acaso no son los militares de alto rango otra cosa que nobleza armada con otro nombre? Como ejemplo, echemos un buen vistazo a la extravagante vida de Arnold F. Birch, capitán de la Dixieland, la nave nodriza adscrita a la cuarta compañía como cuartel general. Sus dependencias consistían de una oficina, una sala de estar, un dormitorio y un baño, por un área total de 240 metros cuadrados. Pero comparemos eso con las dependencias de los soldados, en el nivel inferior, donde podemos encontrar a noventa hombres apretujados en ese mismo espacio. Con respecto a los trabajadores, es perfectamente natural que un capitán tenga un ayudante asignado. Pero el tenía una secretaria privada (una oficial), seis ordenanzas, dos cocineros personales, y una enfermera privada para atender cualquier necesidad. Por supuesto, sus salarios provenían del erario público. Pero la mayor indignidad resulta en que un hombre enfermo en necesidad de los cuidados de una enfermera esté al mando de una flota completa.”

Esta acusación se convirtió en blanco de acaloradas críticas. Los militares ya tenían suficientes portavoces dentro del Congreso y la prensa como para manejar la situación.

Los viajes interestelares se habían acercado a un techo en términos de innovación tecnológica y alcance efectivo, y cualquier perspectiva de desarrollo ilimitado se estaba desvaneciendo. Para el 2480 d.C., la esfera de influencia de la humanidad había alcanzado un radio de 60 años luz, con la Tierra como centro. Para el 2530 d. C., ese radio se había expandido a 84 años luz; en 2580, se había arrastrado hasta los 91 años luz; y hacia 2630, 94 años luz. Y aunque la expansión claramente se había estancado, los organismos militares y burocráticos que apoyaban estos esfuerzos cada vez más inútiles estaban creciendo a proporciones gigantescas.

Incluso cuando los avances científicos se estancaban, florecían las injusticias económicas. La Tierra ya había plegado sus industrias mineras y agrícolas, apostando capital en cambio para controlar sus más de cien colonias, desviando codiciosamente ganancias y recursos a cambio. Cualquier autonomía gubernamental otorgada nominalmente a los planetas colonia no hizo nada para aliviar su subordinación a la Tierra. Se estableció un Congreso Panhumano con la esperanza de aliviar algunas de estas preocupaciones. Pero mientras que el Congreso Panhumano tenía buenas intenciones de hacerlo, el 70% de sus delegados habían sido elegidos de la Tierra. Y debido a que la enmienda de cualquier proyecto de ley presentado al Congreso requería una aprobación del 70 %, no había posibilidad de que las preocupaciones de las colonias estuvieran representadas de manera justa. En un momento, un delegado elegido por el sistema estelar de Spica llamó la atención sobre la distribución desigual de los abundantes recursos naturales y financieros de la Tierra. El secretario general del Partido Republicano Nacional en el poder del Gobierno Global, Joshua Lubrick, le respondió:

“Cualquier carencia sufrida por los planetas colonia puede deberse solo a su propia incompetencia y nada más. Insistir en que la Tierra tiene la culpa es la definición misma de una mentalidad esclava, una que muestra una falta de independencia y ambición “.

Sentimientos como estos fueron chispas que provocaron incendios de ardiente indignación a través de los planetas colonizados. El monopolio de la Tierra había obligado a las colonias a adoptar monocultivos para comprar sus cosechas muy por debajo del valor real y empujando a quienes las producían al borde de la inanición. Como resultado de estas y otras injusticias, las interacciones con la Tierra se enfriaron.

Según el historiador Ivan Sharma, “En ese momento, la Tierra carecía de recursos, al igual que sus habitantes carecían de imaginación. No hay duda de que esto último alimentó su actual deterioro “.

La falta de imaginación de la Tierra se manifestó en su obstinada lealtad al dogma elitista. Los poderosos solo crecieron a las alturas que lo hicieron porque estaban tan profundamente comprometidos con las nociones de riqueza ancestral y fuerza militar que incluso pensar en cuestionarlos era arriesgarse a socavar los cimientos mismos del poder terrestre. La Tierra saqueó sus colonias y, a través de su abundancia, fortaleció su propia destreza militar. En efecto, la gente de las colonias había apoyado a los mismos soldados que los vigilaban y oprimían.

Para el año 2682 d.C., las colonias habían llegado a un punto de ruptura. Uniéndose, hicieron las siguientes demandas. Primero, la Tierra iba a recortar su ejército desmesurado. En segundo lugar, el número de representantes elegidos para el Congreso Panhumano debía redistribuirse para reflejar las proporciones reales de las poblaciones interplanetarias. En tercer lugar, el capitalismo terrenal dejaría de intervenir en los asuntos económicos de sus colonias. Para quienes hicieron las demandas, estas eran esperanzas naturales, aunque modestas. Pero para quien debía responder dichas demandas, estas eran difíciles de cumplir. De cualquier manera, ¿qué derecho tenían para hacer tales demandas en primer lugar? Esos bárbaros de la frontera apenas conocían su lugar, ¡pero se atrevieron a hacer demandas al superestado soberano de la Tierra como si fueran iguales!

La luna de miel había terminado. La Tierra dejó de cumplir su responsabilidad con el Congreso Panhumano, pero no sin intentar llegar a un acuerdo.

El historiador Ivan Sharma mira oscuramente a través de un catalejo este giro de los acontecimientos:

“En esta coyuntura histórica, la depresión moral de la Tierra fue más profunda que nunca. La gente de la Tierra estaba decidida a garantizar sus derechos manifiestos, incluso si esa garantía volaba en contra de la justicia. Pero, ¿cómo iban a ejercer dichos derechos como primer paso hacia el avance y el progreso? ”

Contrariamente a la perspectiva especulativa de Sharma sobre el pasado, las personas de las que escribe ya no se preocupan por el avance y el progreso. Y así, la Tierra recurrió a la conspiración y la fuerza militar bruta para reprimir el descontento de sus colonias. El gobierno del sistema estelar Sirius pasó a la ofensiva y se encargó de encabezar una naciente facción anti-Tierra.

La Tierra comenzó a difundir desinformación, alegando que Sirius la estaba criticando en cada oportunidad posible. Esto no se debió a que Sirius buscara la igualdad, sino a que aspiraba a gobernar a toda la humanidad en el lugar de la Tierra. Desde el punto de vista de Sirius, la Tierra debía ser temida universalmente, ya que sus políticas habían erosionado hasta la última esperanza de relaciones amistosas con sus colonias. No todos los planetas coloniales tenían motivos para culpar a la Tierra de manera tan descarada. Algunos decían que su descontento no estaba relacionado en absoluto con la ruina de la Tierra, sino con la posibilidad de que cada colonia tuviera que renunciar a su propia libertad y su futuro subordinado a un Sirius maníaco. Sirius ahora se había convertido en un enemigo común tanto para la Tierra como para las otras colonias. Su misma existencia era un peligro para todos. Antes de que nadie supiera mejor, Sirius había acumulado un increíble poder y armamento nacional, e incluso había puesto en marcha una red de espías para proteger sus intereses clandestinos. En poco tiempo, el lema “¡Cuidado con Sirius!” estaba en boca de todos.

Cuando se enfrentaron a este desarrollo de acontecimientos, los líderes de Sirius se rieron de esas acusaciones de tiranía. Otros líderes coloniales se rieron con ellos, aunque solo a la defensiva, con la más sincera esperanza de que la Tierra simplemente hubiera estado difundiendo rumores con el propósito de afirmar su hegemonía.

Por lo tanto, la Tierra reconoció oficialmente a Sirius como una nación enemiga. Eran un enemigo controlable, un villano miserable que solo podía ceder y suplicar piedad si la Tierra decidía mostrar su verdadero poder. Pero incluso cuando la Tierra estaba propagando la amenaza y el poder de Sirius en el escenario principal universal, se estaba gestando un desarrollo imprevisto entre bastidores.

Muchos ciudadanos de a pie comenzaron a creer que el poder y las intenciones de Sirius sobrepasaban a los de la tierra. Todas las demás naciones autónomas, incluida Sirius, siguieron su ejemplo.

Al principio, y con malicioso deleite, la Tierra había magnificado una imagen falsa de Sirius, solo para ver cómo el espejismo tomaba una forma tridimensional como una terrible realidad en la mente de las personas. Las colonias estaban asombradas por el aparente poder de Sirius y se convencieron a sí mismas de que todo terminaría bien si llegaba la Tierra con todo su poder militar. También hubo quienes mantuvieron puntos de vista más cínicos, como el famoso ejemplo de un periodista llamado Marenzio:

“Anoche, una carretera local se inundó cuando se rompió una importante línea de agua subterránea. Tenemos todas las razones para creer que un espía de Sirius estaba detrás del incidente. Esta mañana, un hombre fue arrestado por una serie de incendios provocados en el Bloque F. Las autoridades sospechan que ese mismo espía pudo haberle lavado el cerebro para que cometiera estos crímenes. No se equivoquen al respecto: las intrigas diabólicas de Sirius se remontan a todos esos barcos que han desaparecido en el Triángulo de las Bermudas, al genocidio de los pueblos indígenas e incluso a que Eva comiera la fruta prohibida. Ay, Sirius, dejarás tu nombre en la historia como el de un mal universal.”

No es sorprendente que esta emblemática hipérbole provocara la ira y el odio de las agencias de seguridad en todos los ámbitos. Debido a que no podían castigar abiertamente a su autor por simplemente expresar su opinión, en cambio amenazaron a su jefe y lo degradaron a un lugar no revelado en la frontera, de donde nunca más se supo de él.

Mientras tanto, el complot de la Tierra para pintar a Sirius como el enemigo de su propia propaganda provocó una consecuencia muy irónica cuando varios planetas colonia, albergando animosidad hacia la Tierra, comenzaron a acercarse a Sirius con la esperanza de estar en el bando ganador. De hecho, la Tierra les había hecho creer que echar su suerte con Sirius era la única forma de apuntalar sus defensas contra el despotismo de la Tierra.

La situación se deterioró rápidamente para la Tierra cuando una colonia tras otra decidió unir fuerzas con Sirius. E incluso cuando el gobierno de la Tierra estaba preocupado por los fracasos de su plan aparentemente infalible, Sirius encabezó una vigorosa campaña contra la Tierra en respuesta a las crecientes presiones. En 2689 d.C., temiendo la precipitada expansión militar de Sirius, la Tierra decidió enseñarle a su colonia más autosuficiente una dura lección de provocación.

Sirio reunió a todas las guarniciones coloniales a su disposición para realizar ejercicios militares conjuntos, prometiendo provisiones de artillería pesada. Al ver que estas actividades se estaban montando a una escala tan grande, las fuerzas militares de la Tierra usaron esto como un pretexto para lanzar un ataque preventivo. Sus tácticas de guerra relámpago fueron un éxito rotundo. El planeta natal de Sirius, Londrina, el sexto planeta de la zona estelar Sirius, fue arrasado por las llamadas Fuerzas Globales. Todas las poblaciones coloniales involucradas, comenzando por la de Sirius, huyeron al espacio, dejando las superficies de sus planetas en ruinas.

A pesar de haber salvado a su planeta de la aniquilación, la disciplina y la moral entre las tropas de la Tierra habían degenerado a un nivel abominable. El cuartel general local se dedicó a procesar el enorme número de personas involucradas en la limpieza posterior. Por un lado, la cantidad de materiales confiscados no se informó, mientras que el resto se destinó a los espaciosos bolsillos de los oficiales terrestres de más alto rango. Por otro lado, las bajas enemigas se exageraron drásticamente. El número real de muertos en combate, que ascendía a 600.000, se había elevado a 1.500.000. Para hacer que ese número pareciera más plausible, la Fuerza Espacial no solo masacró a miles de civiles inocentes, sino que también llevó a cabo silenciosamente el acto bárbaro de desmembrar cadáveres para que pareciera que esas partes del cuerpo pertenecían a un mayor número de muertos por la guerra. Los oficiales de la Fuerza Espacial tampoco informaron el número de bajas entre los suyos para que los oficiales pudieran malversar esos salarios que habrían ido a parar a los muertos si todavía estuvieran vivos.

El clímax de esta espantosa farsa tuvo lugar en un tribunal militar celebrado en febrero del año siguiente, 2690, en la capital de la Tierra, Brisbane. Allí, un periodista que había arriesgado su vida en el campo de batalla para informar desde el frente fue acusado de sacar a la luz la atrocidad de la masacre de civiles perpetrada por los soldados de la Tierra. Enfrentándose a la información que ganó con tanto esfuerzo, solo los oficiales militares tomaron el estrado de los testigos. No se trajo a nadie del lado de las víctimas para que testificara. Los perpetradores, por supuesto, negaron su complicidad en el asunto. Se volvieron patrióticos por haber luchado tan valientemente por el honor de su patria y sus compatriotas, solo para que sus motivos fueran cuestionados mientras aún se lamían las heridas. Qué inconcebible era, decían entre lágrimas forzadas, que algún periodista ignorante subiera a su caballo moral y tratara de difamarlos como si se tratara de un truco publicitario. El tribunal exoneró a los acusados ​​y dictó una sentencia por difamación sobre su acusador, prohibiéndole ejercer el periodismo relacionado con el ejército en cualquier momento en el futuro. Los vencedores, montados sobre los hombros de sus compañeros de armas, marcharon por la avenida central de la capital, entonando canciones de guerra a todo pulmón. Mientras los versos de “Bajo la bandera de la justicia”, “Guardianes de la paz”, “Mi vida por honor” y “El regreso triunfal del héroe” salieron de sus labios, su supremacía se sentía más segura que nunca.

Todo lo cual sólo despertó aún más el apetito de las fuerzas militares de la Tierra. No importaba la crueldad, distorsionaron la verdad bajo el engaño de que podían salirse con la suya sin importar lo que hicieran. Sin responsabilidad que mostrar por sus acciones, vieron como una desventaja no cometer delitos para beneficio personal. El asesinado en masa de civiles, la violación de mujeres, la destrucción de ciudades y el saqueo era mucho más natural y más fácil que el desafío de luchar contra un enemigo digno. De este giro pecaminoso, solo podían ganar. Los militares habían pasado de ser un grupo de soldados a una banda de ladrones, y sus corazones ardían de idealismo romántico por el próximo campo de batalla.

Es decir, hasta el incidente de Raglan City.

Si bien los restos de los ejércitos coloniales derrotados habían huido a Ciudad Raglan, con armas y todo, de mayor importancia para las Fuerzas Globales era que Raglan, como centro de producción y distribución de los abundantes recursos naturales del planeta Londrina, había acumulado una gran riqueza tanto a ras de suelo como bajo tierra. La fuerza de asalto terrestre movilizó su infantería, utilizando quince divisiones de campo mecanizadas para hacer un muro de tropas alrededor del perímetro de la ciudad. Además, prepararon cuatro unidades de asalto aéreo y seis unidades de guerra urbana para asaltar la ciudad. La primera ola de ataque estaba planeada para el 9 de mayo, pero se pospuso dos veces: la primera porque el alcalde de Raglan, Massaryk, se había excedido en sus negociaciones para evitar la guerra, y la segunda porque dentro de las fuerzas de asalto terrestres, cierto vicealmirante Clérambault, segundo al mando de la División Estratégica del Cuartel General de Comando, había minimizado repetidamente los planes tácticos de las fuerzas locales para prevenir actos de barbarie. Sin embargo, sus esfuerzos fracasaron cuando, en la noche del 14 de mayo, diez unidades asaltaron las calles de Raglan City desde tierra y aire.

La invasión no salió en absoluto según lo planeado. Asediados por una fuerza masiva y presa del pánico, algunos de los soldados que permanecían en Ciudad Raglan, pensando que podrían neutralizar un ataque entregándose a las Fuerzas de asalto terrestres, se apresuraron a organizar escuadrones de vigilantes y comenzaron a cazar insurgentes. Pero los perseguidos tenían su propia agenda, y debido a que tenían armas, no se permitirían simplemente que los expulsaran. Los tiroteos estallaron en toda la ciudad y, a las 8:20 p.m., los soldados observaron desde el perímetro cómo los tanques de hidrógeno líquido del Bloque Occidental se incendiaban. Tomaron esto como su señal para lanzar una ofensiva en lo que se conocería como la “Noche de Sangre”.

Sus órdenes fueron duras, sin duda:

“Cualquiera que lleve armas será disparado a discreción. Sin hacer preguntas. Cualquiera que fuera sospechoso de portar armas, y aquellos que parecieran resistirse, escapar o esconderse, serían castigados en consecuencia “.

Al dar a la tropa permiso para matar, los militares habían efectivamente condonado abiertamente el asesinato indiscriminado.

Aquellos que asaltaron la ciudad estaban hambrientos del asesinato y destrucción que habían sido autorizados a llevar a cabo, febrilmente violando y saqueando dondequiera que fueran capaces. Tales acciones no habían sido oficialmente sancionadas, pero aun así fueron tranquilamente toleradas. Los cuadros y las joyas que habían sido robadas de los museos de la ciudad, y los libros raros fueron arrojados al fuego por ignorantes soltados que nada entendían de un inestimable valor.

El bloque norteño de la ciudad acomodaba una refinería de diamantes, así como plantas de procesamiento de oro, platino y otros minerales preciosos. Naturalmente, También se convirtieron en un objetivo de ataque por parte de las excesivamente entusiastas fuerzas de asalto terrestre, cuya segunda unidad de asalto aéreo y quinta de asalto terrestre mataron accidentalmente a algunos de sus propios miembros en su afán destructivo. Las bajas se contaron por el millar y medio en ambos batallones, pero una investigación llevada a cabo al día siguiente reveló que más de sesenta cuerpos habían sido abiertos en canal, presumiblemente para obtener los diamantes en bruto que habían tragado. Entre las bajas civiles, las víctimas eran cien veces las de la tropa. Los viejos tenían las mandíbulas cortadas con cuchillos militares y los dientes de oro arrancados, y las mujeres tomadas por la fuerza vieron como les cortaban las orejas para tomar sus valiosos pendientes y los dedos para tomar sus anillos.

La noche de sangre duro diez horas. En ese tiempo, casi un millón de habitantes de Ciudad Raglan fueron asesinados por las fuerzas de asalto global, mientras que los daños provenientes de la destrucción y el saqueo ascendieron a un total de 15.000 millones de la divisa común. Los mandos locales se quedaron una porción sustancial de bienes robados para sí mismos e informaron a la tierra que tras una fiera batalla, las fuerzas enemigas habían sido eliminadas y la ciudad había sido exitosamente ocupada.

En su rabia, Clérambault agarró un bolígrafo y descargó su rabia en su diario por fracasar en prevenir la barbarie de sus camaradas de armas.

Nada en la Sociedad humana es tan atroz como un ejército sin vergüenza ni autocontrol. Y la fuerza a la que sirvo se ha convertido en justamente eso.

En los cuarteles generales de la capital, los líderes de la tropa que charlaban relajadamente ante sus pantallas de comunicación con un vaso de whisky en la mano recuperaron la sobriedad al escuchar la voz cargada de desprecio de un veterano almirante llamado Hazlitt.

“Lucís muy contentos para una panda de hombres que acaban de hacer pasto de las llamas, las ciudades en las que viven otros seres humanos ¿Acaso ese pensamiento os entusiasma? ¿Os trae alegría? Os garantizo que, de aquí a una década, nuestra capital sufrirá el mismo destino. Recordad mis palabras ¿No deberíamos al menos estar preparados para esa eventualidad?”

Pero aquellos que criticaban las malas acciones de sus aliados estuvieron siempre en la minoría. Dos disidentes como esos, fueron tratados con resolución y retirados del deber activo.

Un tal contraalmirante Weber, que trabajaba como secretario jefe de prensa, hizo la siguiente declaración inicial:

“Puedo decir con confianza que no se llevó a cabo ningún caso de masacre o pillaje en Ciudad Raglan. Aquellos que reclaman tanto deberían ser tildados de rebeldes cuyo único objetivo es inventarse historias y así herir el honor de las Fuerzas Globales”.

Tres días después, el ejército cambió de tono:

“Después de un cuidadoso examen interno, hemos determinado que de hecho ocurrieron masacres y saqueos, aunque en una escala mucho menor de lo que se informó originalmente. Las bajas fueron, como máximo, veinte mil. Además, los perpetradores de estos actos atroces no fueron las Fuerzas Globales, sino extremistas guerrilleros anti-Tierra escondidos en la ciudad. Ellos atribuyeron sus propios crímenes a las Fuerzas Globales en un intento de incitar sentimientos anti-Tierra. Puede estar seguro de que estos atroces crímenes recibirán el castigo adecuado “.

Los portavoces militares nunca divulgaron el razonamiento o los procesos de investigación por los que habían llegado a un cambio de posición tan rápido con respecto a su posición en la escaramuza de ciudad Raglan. Las acciones, continuaron enfatizando, eran más importantes que las palabras. Era su responsabilidad castigar brutalmente a estos insurgentes armados que habían destruido las vidas de civiles y el orden público junto con ellos. Llevar a cabo dicho deber al máximo, afirmaron, les obligaría a realizar otra operación de búsqueda y destrucción en ciudad Raglan.

Lo que en la superficie parecía un acto rápido de recompensa en realidad permitió a las Fuerzas Globales regresar por esos bienes materiales que no habían robado la primera vez, eliminar a cualquier testigo ocular persistente que pudiera comprometer la credibilidad de su historia y reprimir completamente la lucha contra los esfuerzos anti-Tierra. Pero las Fuerzas Globales, como había predicho Clérambault, perdieron el control de sí mismas y se desbocaron. Si su cuarto objetivo era sembrar el miedo hacia la facción anti-Tierra y sofocar el entusiasmo por la resistencia, nunca funcionó. En todo caso, sembraron más odio y hostilidad. Su pequeña operación de “limpieza” costó otras 350.000 vidas.

Incluso sus crueles manos de opresión, sin embargo, dejaron que unos pequeños granos de arena cayeran sin ser vistos entre sus dedos, para gran pesar del Gobierno Global y el deleite de las colonias. Resultó que estos granos fueron los primeros de lo que se convertiría en una montaña de proporciones históricas.

Un periodista solivisionista de veinticinco años llamado Kahle Palmgren fue golpeado hasta la inconsciencia con rifles láser y dado por muerto cuando se negó a una inspección material por parte de los militares. Cuando volvió en sí, descubrió que lo habían arrojado encima de una pila de cadáveres. Viendo que el montículo había sido rociado con combustible de cohete y que lo habían prendido, logró escapar a través de la espesa nube de humo antes de que el fuego pudiera agregarlo a sus víctimas.

También estaba Winslow Kenneth Townsend, un contable de veintitrés años que trabajaba en las oficinas de una mina de radio metálico y secretario de un sindicato, que observaba el paso del ejército desde la ventana de su apartamento cuando un soldado borracho le disparó desde abajo. El rayo de la pistola se dirigió directamente a la frente de su madre, que estaba junto a él. Fue completamente ignorado cuando presentó cargos contra las autoridades militares, quienes respondieron acusándolo a su vez de matar él mismo a su madre. Sabiendo que era inútil llevar el caso más lejos, huyó a las minas, escabulléndose de sus perseguidores hasta que desapareció por completo del radar.

Luego estaba Joliot Francoeur, un estudiante de medicina herbal de veinte años en la filial institucional de una escuela de medicina, quien con su guía de referencia médica de dos mil páginas abrió la cabeza a un soldado de la Tierra por violar a su novia. Esto no le dejó más remedio que colarse en las alcantarillas subterráneas como fugitivo. Solo después de su exitosa fuga se enteró de que su novia se había suicidado.

Y finalmente, estaba Chao Yui-lun, de diecinueve años, que no tenía interés ni en la política ni en la revolución, y que había estado estudiando composición en un conservatorio de música. Después de perder a su hermano y a su cuñada, que lo criaron en lugar de sus padres, a causa de los disparos aleatorios de los oficiales del cuerpo de seguridad, agarró a su sobrino de tres años y huyó de una ciudad Raglan envuelta en llamas.

Estos cuatro supervivientes adquirieron gran renombre. A diferencia de ellos, la mayoría de los que juraron vengarse de las Fuerzas Globales mientras veían arder sus calles en llamas murieron en el intento y terminaron con sus vidas en la oscuridad. Para este fatídico cuarteto, la resistencia era más que una cuestión de principios. Era el medio para sobrevivir.

“La ciudad de Raglan ha ardido hasta los cimientos”, decía el informe oficial, “dejando atrás enormes ruinas carbonizadas, 1,5 millones de muertos, 2,5 millones de heridos, 4,5 millones de prisioneros de guerra y cuatro vengadores”.

“Vengadores” no era la forma más precisa de decirlo, porque lo que motivaba a Palmgren, Townsend, Francoeur y Chao no era simplemente el deseo de expulsar a las Fuerzas Globales de su sillón de autoridad y gloria catorce años después, sino ver los fantasmas de la ciudad arrasada elevándose silenciosamente desde las profundidades de sus ideales e ideología, superando a los que los habían matado como ladrones en la noche.

Los cuatro se reunieron primero en Proserpina, quinto planeta de la zona estelar central de Próxima. La fecha fue el 28 de febrero de 2691 d.C. Era la primera vez que se conocían por su nombre, aunque era posible que se hubieran cruzado en la base de operaciones de la facción anti-Tierra sin haber sido presentados formalmente.

La subsecuente división de roles entre los cuatro fue un excelente ejemplo de que las personas adecuadas están en el lugar adecuado en el momento adecuado. Palmgren se basó en sus propios ideales y cosmovisión para unificar las facciones anti-Tierra y crear conciencia entre el público. Estas acciones, combinadas con su liderazgo natural y su poder de unión, le valieron el estatus de ejemplo para el movimiento anti-Tierra. Usando su agudo sentido de las finanzas y las capacidades administrativas, Townsend sentó una base económica ambiciosa para lo que llegó a conocerse como el Frente Unido Anti-Tierra, generando así grandes avances en el potencial de las colonias no desarrolladas para impulsar la producción nacional en sus propios términos. Además, aprovechó con éxito su perspicacia en estos asuntos para impulsar un sistema de distribución eficiente. Francoeur, como comandante supremo de una organización combativa contra la Tierra conocida como la Black Flag Force (O fuerza de la Bandera negra), movilizó a una turba desordenada en una facción revolucionaria altamente entrenada, a la que reorganizó, reguló, dirigió y comandó. En ese momento, el ejército gubernamental de la Tierra contaba con tres almirantes superlativos en sus filas, junto con una abrumadora abundancia de recursos materiales, por lo que inicialmente Francoeur no pudo someterlos en más de una ocasión.

 Pero en la decisiva Batalla de Vega, logró dividir la flota de la Tierra, ganando los ochenta y cuatro enfrentamientos después de descubrir el secreto de su legendaria invencibilidad. Mientras tanto, Chao Yui-lun supervisaba la inteligencia, la estrategia y el espionaje. En su vida normal, había sido un joven reservado que no se atrevería a engañar ni a una panadería con el cambio en una compra, pero cuando se trataba de derrocar la hegemonía gubernamental de la Tierra, no daba cuartel. Para asegurar su liderazgo dentro del Frente Unido Anti-Tierra, acusaron al viejo régimen indeciso de ser espías de la Tierra y los desterraron desde el principio, abriendo así varios agujeros negros dentro de las facciones de ambos lados y reduciendo a la mitad el número de combatientes potenciales.

Los almirantes antes mencionados — Collins, Schattorf y Vinetti — eran tácticos extraordinariamente raros que poseían tanto experiencia como conocimientos teóricos, pero se negaron a cooperar y cortaron el contacto entre sí durante la Batalla de Vega. Todos perdieron ante las tácticas aplastantes de Francoeur. Fue Chao quien aprovechó la disonancia nacida entre los almirantes por este revés. Su plan era lo suficientemente diabólico como para haberle ganado un certificado de elogio del propio Mefistófeles. Primero, obligó a Vinetti a dar un golpe de estado, hizo matar a Collins y le dio a conocer la verdad a Schattorf, quien hizo que capturaran y mataran a Vinetti. Luego se lo aclaró todo a Schattorf e incitó a los antiguos subordinados de Vinetti a matar a Schattorf en rebelión. Después de ser acribillado con docenas de balas, Schattorf vivió lo suficiente como para dejar escapar una palabra de sus labios:

“Tontos…”

Y así, en 2703 d.C.,una Tierra, efectivamente aislada de sus propios suministros de alimentos, materias primas industriales y fuentes de energía, comenzó un ataque desesperado. El ejército terrestre, magnífico sólo en términos de equipamiento, estaba dirigido por almirantes de segunda categoría, desprovistos de talento y espíritu colaborativo. Fueron aplastados repetidamente bajo la bota táctica de Francoeur, especialmente en la Segunda Batalla de Vega, en la que una flota terrestre de sesenta mil naves sufrió una vergonzosa derrota a manos de las meras ocho mil naves de la Black Flag Force. Para el año siguiente, 2704 d.C., el ejército de la Tierra había perdido el control del sistema solar. Usando el cinturón de asteroides como última defensa, la Tierra mantuvo su resistencia casi inútil hasta que abandonó incluso la formalidad de proteger a su propia gente, apoderándose de las provisiones de los ciudadanos y reutilizándolas para el uso militar.

Dentro de la Black Flag force, que se había desplegado hasta Júpiter, las opiniones estaban divididas entre el comandante Francoeur y el comité político de Chao. Mientras que Francoeur insistió en un ataque a gran escala, Chao estaba a favor de una guerra de desgaste. Las únicas opciones que le quedaban a la fuerza global de la tierra eran rendirse o morir de hambre. Suponiendo que fueran demasiado tercos para rendirse, la superficie de la Tierra pronto se reduciría a poco más que un cementerio.

Se llegó a un compromiso y la Tierra se llevó la peor parte. La Black Flag force cortó todos los canales de suministro a la Tierra y, después de dos meses de asedio, comenzó un ataque total.

La tragedia en ciudad raglan se repitió a una escala mucho mayor.

A raíz de esta masacre unilateral, representantes de las Fuerzas Globales, junto con más de sesenta mil altos oficiales militares, fueron ejecutados en masa como criminales de guerra. Después de esto, se estableció la soberanía de Sirius, es decir, del Grupo Raglan. El poder y la autoridad de la Tierra se habían convertido en cenizas en una conflagración que lo consumía todo, y los cuatro que habían unificado una turba enfurecida de fuerzas anti-Tierra seguramente serían los que los reemplazarían. Pero la “Era de Sirius” no sería más que un destello en la sartén.

Dos años después de la Guerra de Sirio, en 2706 d. C., Palmgren, la encarnación viviente de la revolución y la liberación, murió repentinamente a la edad de cuarenta y un años. Un toque de frío se había visto exacerbado por las inclemencias del tiempo cuando asistió a la colocación de la piedra angular de un museo de la guerra emancipadora en un día lluvioso. Inmediatamente después de la ceremonia, el resfriado se había convertido rápidamente en una neumonía aguda, que lo mantuvo postrado en cama hasta su muerte.

“Si muero ahora”, le dijo a su médico de confianza, “este nuevo sistema que hemos creado se desmoronará. Si tan solo la muerte me diera cinco años más … “

Apenas tres meses después de su fallecimiento, la oposición entre el primer ministro Townsend y el ministro de Defensa Francoeur sobre la cuestión de la victoria de Sirius llegó a un punto crítico.

Francoeur estaba molesto porque Townsend no había desmantelado a las llamadas Big Sisters, gigantes corporativos financiados por el antiguo régimen de la Tierra, sino que había optado por absorberlos en la nueva economía.

Francoeur era un realista en el campo de batalla, demostrando una excelente flexibilidad en la planificación y la implementación, pero se apegó a sus principios conceptuales cuando se trataba de política y economía. Cuando sugirió que derribaran el poder de la capital transplanetaria de las Big Sisters, Townsend se negó secamente. No podía permitirse perder ese privilegio, sin el cual su poder significaba poco para él.

Al principio, Chao Yui-lun miró como si estuviera viendo peces de aguas profundas desde muy por encima del nivel del mar Cuando vio con sus propios ojos la degradación del sistema de autoridad de la Tierra hacia la crueldad, se podría decir que su papel había terminado. Ya se había estado retirando de las líneas políticas del frente, y este era el último impulso que necesitaba para divorciarse por completo de sus espirales descendentes. Una vez que el nuevo sistema estuvo en su lugar, se le ofrecieron los puestos duales de viceprimer ministro y secretario interno, pero rechazó los puestos y la autoridad que los acompañaban por principios personales, regresando en su lugar a su ciudad natal de Raglan, en plena recuperación, para cumplir su sueño de toda la vida de abrir un conservatorio de música. Trabajando como presidente de la junta, director y administrador, encontró una satisfacción renovada al enseñar música para órgano y canciones a una generación de niños que, más que nunca, necesitaban la esperanza que solo las artes podían brindar. En lo que a él respectaba, finalmente se había recuperado tanto de la fiebre de la revolución como de la epidemia de la política, y había vuelto a ser quien solía ser. Quién siempre había estado destinado a ser.

Los niños le tenían mucho cariño. Nadie entre ellos jamás imaginaría que su amado y bondadoso director, en dos o tres años, sería engañado por un oponente cruel y amargo, y sería asesinado o llevado al suicidio, provocando así la ruina de la autoridad gubernamental de la Tierra. Los bolsillos del joven decano siempre estaban llenos de chocolates y dulces para los niños, para disgusto de las madres preocupadas por las caries. Una señal, quizás, de su ingenuidad a la hora de asegurar el futuro de quienes más amaba.

Con Chao rechazando afiliarse a una de las dos partes, la disputa entre Townsend y Francoeur llegó a un punto de inflexión. Al principio, Francoeur había intentado adquirir legalmente la máxima autoridad. Cuando se dio cuenta de que era imposible dominar la influencia de un hombre como Townsend, arraigado como estaba en suelo burocrático y económico, Francoeur decidió recurrir a un golpe de estado. Townsend evitó el desastre en cuestión de segundos, ya que un oficial una vez despedido por desobedecer las órdenes de Francoeur expuso el plan del ex estratega. Las consecuencias de este despido se manifestaron una mañana en el dormitorio de Francoeur, cuando un miembro de la Oficina de Seguridad Pública pateó la puerta y mató a tiros a Francoeur justo cuando buscaba su visófono para ordenar el golpe.

Mientras tanto,la Black Flag Force se convirtió en un fiel perro guardián del régimen de Townsend y se reorganizó bajo una severa política de purga y opresión. Entre los llamados Diez Almirantes bajo el mando de Francoeur, uno ya había muerto por causas naturales, seis habían sido ejecutados y otro había muerto en la cárcel. Esto lo dejó con solo dos hombres confiables a su cargo.

Townsend había emergido como el vencedor en esta batalla de autoridad. Como el hombre al que había derrocado, creía en su propia justicia, lo que los hacía más parecidos de lo que quería admitir. Dado que el mínimo de influencia que poseía el Gobierno Global ya se había quedado en el camino, de ahora en adelante sería necesario reconstruir la resolución y el orden a partir del caos y, en aras del desarrollo social y el equilibrio en la vida de los ciudadanos, borrar a Francoeur de historia como el revolucionario dogmático que fue. Con Francoeur desaparecido, Townsend no tenía ninguna duda de que se construiría una nueva sociedad estrictamente de acuerdo con sus planes y habilidades.

El único obstáculo que quedaba, a ojos de Townsend, era Chao Yui-lun. Mientras que, en la superficie, Chao parecía más que satisfecho enseñando canciones a los niños en su conservatorio de música, ¿quién sabía si estaba cultivando en secreto un deseo por su poder, como lo había hecho cuando las fuerzas globales habían puesto sus pelotas contra la pared. ¿Se burlaría de la estrategia de Townsend e intentaría derribarlo? ¿No era él, de hecho, capaz de algo más despiadado de lo que cualquiera pudiera imaginar?

Apenas una semana después de la muerte de Francoeur, ocho investigadores armados de la Oficina de Seguridad Pública del Ministerio de Justicia fueron enviados a Raglan. Una orden de arresto presentada a Chao lo acusaba de ser responsable de la muerte de revolucionarios que habían sido purgados por oponerse una vez al Grupo Raglan y su hegemonía. Después de leer en silencio la orden judicial y confirmar mentalmente su falsedad, Chao se volvió hacia su sobrino, ahora mayor y que habitualmente ayudaba a su tio con el trabajo, mientras continuaba sus estudios.

“Para mí”, le dijo Chao a su sobrino, quien le aconsejó que se escapara, “la estrategia es una forma de arte, pero para Townsend es un negocio. Era solo cuestión de tiempo antes de que perdiera contra él. No hay nadie a quien culpar. Esto es simplemente lo que el destino nos depara “.

Firmó el libro de pagos por el costo del órgano que había comprado recientemente y se lo entregó a su sobrino. Veinte minutos después, un trabajador de la Oficina de Seguridad Pública que había estado esperando órdenes en la habitación adyacente entró en la oficina del director, solo para descubrir que Chao estaba inconsciente por el efecto de una droga. Transcurrieron otros veinte minutos y se confirmó la prematura muerte del “arquitecto” de la revolución. Uno de los alumnos había presenciado a un hombre de aspecto esquelético que salía de la habitación del decano con un pañuelo mojado en la mano. Cuando se lo contó a sus padres en casa, se pusieron pálidos y guardaron silencio, exhortándolo a hacer lo mismo, por el bien de la seguridad de su familia.

Después de frustrar la tiranía de la Tierra en el planeta Proserpina y de jurar emancipar las colonias, el Grupo Raglan fue completamente aniquilado en el año siguiente, 2707. El eminentemente poderoso Winslow Kenneth Townsend, primer ministro de Sirius y presidente del Congreso Panhumano, subió a un automóvil para asistir al aniversario de su victoria contra la Tierra, pero cuando se le advirtió de una bomba colocada en el lugar, se volvió hacia su residencia oficial, solo para ser asesinado por una bomba de microondas en el camino.

Esto fue un mes después de que el sobrino de Chao, Feng, escapara de la vigilancia de la Oficina de Seguridad Pública como un supuesto líder criminal. Feng nunca fue detenido. Si se había embarcado en una ola de delitos o había sido asesinado por un asociado, nadie podía decirlo con certeza. En cualquier caso, nunca más se supo de él.

La investigación de la oficina tampoco fue lo suficientemente exhaustiva como para decirlo con certeza. En el momento en que el cuerpo de Townsend fue volado en pedazos, también lo fue el nuevo orden mundial que había colocado en su lugar. Cualquier lealtad burocrática hacia Townsend había perdido su poder cohesivo, se había dejado filtrar fuera de la vista como toda la sangre que se había derramado para mantener ese poder en primer lugar. La Black Flag Force, por su parte, se había atrofiado ante la trágica muerte de Francoeur y la purga política que siguió. Estos eventos habían desencadenado una explosión de energía reprimida, dividiendo al grupo en un lío de sangrientas luchas internas hasta el punto de la total irreconciliación.

Si Palmgren hubiera vivido solo diez años más, la Era Espacial (SE) podría haber comenzado nueve décadas antes. Sin embargo, a medida que cayeron las cartas, tomaría casi un siglo y los esfuerzos de innumerables personas antes de que un “orden universal, sin la Tierra” pudiera reconstruirse después de ser demolido a la mitad de su construcción cuando, en el año 2801 d.C., la Federación Galáctica de naciones estableció su capital en Theoria, segundo planeta del sistema Aldebarán.

A lo largo de los ocho siglos que siguieron, la humanidad, con todos sus desarrollos y retrocesos, tiempos de paz y tiempos de guerra, tiranía y resistencia, sumisión e independencia, progreso y regresión, desvió la mirada de la Tierra. Además de perder su autoridad política y militar, este planeta solitario había perdido cualquier razón de su existencia y no tenía ningún valor digno de mención. A pesar de todos los valientes (y no tan valientes) esfuerzos de sus ciudadanos, la Tierra se había convertido en nada más que restos flotantes en un mar olvidado.

Pero algunos se quedaron en este olvidado planeta madre para mantener viva su memoria, con la esperanza de tocar la antorcha de su celo terrenal con las velas apagadas del futuro …

Capítulo 1. El incidente Kümmel.

I

HABÍAN PASADO DOCE AÑOS —no era más que un hombre joven— desde que fue testigo de una coronación. En ese momento, él había sido solo un estudiante más en la Escuela Primaria Militar Imperial, donde se había matriculado con el nombre de Reinhard von Müsel. De pie contra la pared del gran salón de recepciones, a unos noventa metros de distancia, apenas había podido distinguir el rostro del que estaba siendo entronizado. Le tomaría cuatro mil días reducir esa distancia a cero.

“Por cada segundo que ese mocoso rubio sigue respirando, aspira una tonelada de sangre. Como un vampiro, nunca está satisfecho “.

Tales eran los sentimientos de quienes lo odiaban. Había llegado a aceptar incluso las críticas más severas con un gracioso silencio. Por exagerados que fueran, esos comentarios negativos se basaban en ciertas verdades. Mientras arrojaba su peso en medio de los horrores de la guerra, Reinhard había perdido muchos aliados, consignando cien veces más enemigos al olvido en el camino.

Sus sujetos levantaron los brazos y las voces en alto.

“¡Larga vida al Kaiser Reinhard!”

“¡Larga vida al nuevo Imperio Galáctico!”

Era el 22 de junio del año 799 del calendario espacial, 490 del calendario imperial, y Año 1 del nuevo calendario imperial. Solo un minuto antes, había recibido una dorada corona sobre su cabello dorado para convertirse en el Kaiser fundador de la dinastía Lohengramm.

Un monarca de veintitrés años. Su ascenso al trono no fue por ningún medio de la providencia. Había ganado el puesto y toda la autoridad que lo acompañaba gracias a su propio ingenioso poder. Hacía ya casi cinco siglos, que Rudolf el grande había usurpado el poder de la Federación galáctica de naciones y reclamado el trono, y ahora a sus descendientes les había sido arrebatado el mismo después de su largo e insensato monopolio del poder. Y habían sido necesarios treinta y ocho generaciones, o 490 años, para que la usurpación se pagara con usurpación. Ninguno antes de Reinhard había podido cambiar la historia de esta manera. Era como si las estrellas hubieran requerido una alineación perfecta para lograr su genio.

Reinhard se levantó de su trono y se encontró con el júbilo de sus muchos súbditos con un simple levantamiento de la mano. Sus gestos asombrosamente naturales parecían seguir una melodía de refinamiento que solo él podía oír. Pero si bien su elegancia, junto con sus talentos comparables en la política y la guerra, fue insuperable en su época, fue la impresión de esos ojos azul hielo mientras escudriñaban a la multitud lo que los presentes recordarían más. Incluso aquellos entre sus súbditos menos propensos a los vuelos de la imaginación mantuvieron esos ojos en su mirada como joyas de azul más puro, forjadas en llamas ultracalientes y luego congeladas, listas para golpear a toda la creación si incluso una lamida del poder inimaginable en ellos rompía su contención.

Los primeros en reflejarse en esos ojos fueron sus oficiales militares imperiales de más alto rango en la primera fila. Todos iban vestidos para la ocasión con sus mejores vestidos, uniformes negros con adornos plateados; eran hombres jóvenes no muy diferentes del Kaiser, hombres en la flor de su vida, soldados notorios que habían ayudado valientemente al ascenso de su joven señor.

El mariscal imperial Paul von Oberstein tenía treinta y ocho años. Su cabello medio blanco lo hacía parecer mayor de lo que era. Sus dos ojos artificiales estaban conectados a una computadora óptica y emitían un brillo que no siempre era fácil de describir. Conocido como un estratega frío y certero, se le permitió hacerse un espacio a la sombra de la supremacía de Reinhard. Tanto si lo valoraba como si lo malinterpretaba, no veía la necesidad de explicarse. Ninguno de sus colegas o subordinados le desagradaba. Nadie lo despreció, porque nadie dudaba de sus logros y habilidades. Nunca fue de los que trataban con condescendencia o se andaban con rodeos con su señor por interés propio. Por lo menos, se le inculcó un sentido de reverencia que le sirvió bien en cada situación. Realmente se esforzó por brindar una cortesía común a todos. En la nueva dinastía fue nombrado Ministro de Defensa, y ocupó también un cargo ministerial como delegado militar oficial.

El mariscal imperial Wolfgang Mittermeier, el del rebelde cabello color miel y vivaces ojos grises, tenía treinta y un años. Si lo empujaran a decirlo, uno podría llamarle de estatura diminuta, pero tenía el físico tonificado y bien proporcionado de un gimnasta y daba la impresión de ser igual de ágil. Conocido en todo el ejército por su otro nombre, el “Lobo del vendaval”, no tenía parangón en velocidad táctica. Según todos los informes, Mittermeier era el general más valiente de la Armada Imperial Galáctica, y para demostrarlo había acumulado importantes hazañas de armas durante la Batalla de Amritzer tres años antes (cuando ingresó por primera vez al mando directo de Reinhard), la Guerra Lippstadt, la ocupación de Phezzan, la batalla de Rantemario y la captura del sistema estelar de Bharlat. Sólo el difunto Siegfried Kircheis y, de los que todavía estaban con ellos, Oskar von Reuentahl poseían antecedentes comparables.

El propio Reuentahl tenía treinta y dos años, era un joven oficial alto de cabello castaño oscuro y rasgos elegantes. Pero seguramente sus ojos heterocromáticos —el derecho negro, el izquierdo azul— eran los más impresionantes de esos rasgos. Junto con Mittermeier, era conocido como una de las “baluartes gemelos” de la Armada Imperial, un hombre de excepcionales capacidades ofensivas y defensivas. Sin embargo, cuando se trataba de ganar sin luchar, era un hombre que podía pensar sin estar atado por los convencionalismos que eran habituales entre la soldada. Una vez, había recapturado la Fortaleza Iserlohn después de que fuera arrebatada por el enemigo jurado del imperio, la Alianza de Planetas Libres, y junto con Mittermeier había sometido la capital de la alianza, Heinessen. Estos fueron solo dos de sus muchos y espléndidos logros militares. Mittermeier había sido su amigo durante diez años. Y, sin embargo, mientras que “el lobo del vendaval” era un buen hombre de familia, Reuentahl era un mujeriego notorio. En la nueva dinastía, como secretario general del Cuartel General del Mando Supremo, supervisaba a toda la Armada Imperial como representante del Kaiser y trabajaba en estrecha colaboración con el propio Kaiser durante las expediciones oficiales.

Fuera de este formidable trío, que llegó a ser conocido como los “Tres Jefes Imperiales”, estaba el Alto Almirante Neidhart “Muro de Hierro” Müller, elogiado por el Mariscal Yang Wen-li de la Alianza de Planetas Libres como “un gran almirante”. También estaban el alto almirante Ernest Mecklinger, de treinta y seis años , quien además de militar era reconocido como poeta y acuarelista; el almirante mayor Ulrich Kessler, de treinta y siete años, comisionado de la policía militar y el comandante de las defensas de la capital; el alto almirante August Samuel Wahlen , de treinta y dos años ; y el alto almirante Fritz Josef Wittenfelt , de treinta y dos años , general condecorado y comandante de la flota de los Schwarz Lanzenreiter .

Mezclada entre estos navegantes estelares, abriéndose camino entre los fuegos cruzados de los hombres, estaba una única mujer joven: Hildegard, también llamada Hilda, hija del Conde Franz von Mariendorf , quien ahora era Ministro de Estado bajo el nuevo régimen. Refiriéndose a los dos como “Fraulein von Mariendorf y su padre”, como hacían los héroes veteranos , parecía bastante acertado. Esta mujer de veintidós años, que mantenía su cabello rubio oscuro corto y vestía casi de manera similar a sus contrapartes masculinas, podría haber sido fácilmente confundida con un joven atractivo y vivaz de no ser por su ligero maquillaje y la bufanda naranja asomando por su cuello. Trabajaba como secretaria imperial en jefe del Kaiser Reinhard y era tratada como una capitana por los militares. Nunca había comandado a un solo soldado, pero en lo que a Mittermeier se refería, tenía el valor suficiente para dirigir una flota completa. Incluso cuando Reinhard había estado librando una dura lucha contra Yang Wen-li en el sistema estelar Vermillion, ella había encontrado una forma de salvarlo. Hilda sola había allanado el camino hacia el éxito al proponer la captura de la capital de la alianza, Heinessen .

En comparación con sus ilustres logros, la mayoría de los funcionarios civiles carecían de brillo frente a la brillantez del pasado, pero ahora que Reinhard había tomado el trono y había pasado a reclamar el dominio total sobre el Dominio Phezzan y lograr la sumisión de la Alianza de Planetas Libres, había llegado el momento del cambio.  Bajo el joven Kaiser y su régimen, la ortodoxia fue destruida y sus progenitores se aseguraron de que el nuevo orden establecido en su lugar fuera materia de leyenda. El futuro estaba llamando sus nombres.

El ministro de interior , el conde Franz von Mariendorf, sintió sólo una modesta satisfacción cuando la ceremonia se convirtió en una fiesta. Aunque la ceremonia reflejaba la extravagancia aparentemente institucionalizada y las formalidades vacías de la dinastía anterior —es decir, la Goldenbaum—, ninguna de ellas era de su agrado, a pesar de que estaba dentro de sus deberes como ministro de interior supervisar las ceremonias y festivales de importancia nacional. Quería que cada velada y exhibición formal fuera lo más simple, pero completa, como fuera posible.

Había varias razones por las que el Kaiser debía mirarlo favorablemente. Uno de ellos era que, siendo el hombre frugal que era, no había hecho la ceremonia más lujosa de lo necesario. Y mientras algunos hablaban mal de él a sus espaldas, acusándolo de fingir, la mayoría de los Kaiseres de la antigua dinastía no habían respetado los límites del proscenio.

“Debes estar cansado, padre”, dijo una voz suave.

El conde Mariendorf se volvió y vio de pie a la única persona que podía llamarlo padre. Ella le ofreció una copa de vino.

“Para nada, Hilda, estoy bien. Aunque a este ritmo, estoy seguro de que descansaré tranquilo esta noche “.

El conde Mariendorf le dio las gracias y aceptó la copa de vino. Tintineó vasos con su hija, disfrutando del tono cristalino, y se tomó su tiempo para saborear el néctar carmesí en su lengua.

“Una buena cosecha. Del año 410, supongo “.

Hilda tenía poco interés en detalles tan inútiles y cortó a su padre antes de que comenzara a sermonearla sobre los méritos del buen vino. Hilda siempre había sido indiferente a los refinamientos culturales sobre los que se suponía que una hija noble tenía conocimiento, no solo en lo que respectaba al vino, sino también a las piedras preciosas y las carreras de caballos, las flores y la alta costura. En lo que a ella respectaba, sabiendo que ya había expertos en el tema del vino y las piedras preciosas, creía que era mejor dejar esos asuntos a los mejor calificados y saber en qué expertos podía confiar cuando se requiriera su conocimiento. Lo había sabido desde que era una niña que aún no tenía diez años. Hilda fue destacada por ser una marimacho y una marginada social entre las otras hijas de la nobleza con las que a veces interactuaba. En respuesta a las preocupaciones de su padre, declaró con elegancia melodramática que no le importaba ser una niña, prefiriendo leer libros y pasear por el campo. Se podría haber dicho que su actual condición de secretaria imperial en jefe era la culminación de esas tendencias infantiles. De cualquier manera, parecía nacida para ocupar su puesto actual.

“Lo que me recuerda… a Heinrich. Está mal de salud, como sabes, y no pudo comparecer en la ceremonia. Pero esperaba que Su Majestad pudiera honrarlo con una visita, si fuera posible. ¿Qué te parece? ¿Estarías dispuesto a preguntarle a Su Majestad en mi nombre?”

Al escuchar el nombre de su débil primo, cabeza de la familia de la baronía Kümmel , una suave sombra se apoderó de los vivaces ojos de Hilda. Una vez había expresado su envidia por Reinhard. Pero no eran las habilidades de Reinhard lo que deseaba tan desesperadamente; era su salud. Cuando lo escuchó decir esto, Hilda dudó en reprenderlo por un comentario tan inmodesto, como lo hubiera hecho normalmente. Podía entender los sentimientos de Heinrich, a quien había llegado a considerar como un hermano menor, pero, y tal vez era cruel decir esto, incluso si hubiera gozado de buena salud, no necesariamente habría podido hacerlo. Para lograr tanto como Reinhard. Heinrich había excedido los límites de sus habilidades y su cuerpo, hacía mucho tiempo. Y así, sin una mecha que quemar, su llama interior se había desvanecido en un mero parpadeo a lo largo de los años. Era natural que maldijera su propia enfermedad y estuviera celoso de la buena salud de los demás.

“Por supuesto,” respondió Hilda. “No puedo garantizar nada, pero si significa tanto para Heinrich, veré qué puedo hacer”.

Tanto Hilda como su padre sabían que Heinrich no tenía mucho más de vida. E incluso si era algo egoísta por su parte hacer tal pedido, ¿quiénes se lo negarían?

Y así, se plantó la semilla para el Incidente Kümmel , que captaría la atención generalizada inmediatamente después de la coronación del nuevo Kaiser.

II

La coronación de Reinhard tuvo lugar el 22 de junio. Ante la insistencia de Hilda y su padre, visitó la residencia de Heinrich von Kümmel el 6 de julio. Mientras tanto, el nuevo pero joven Kaiser se dedicó diligentemente a los asuntos gubernamentales sin descanso, poniendo a su cargo administrativo habilidades para la prueba definitiva.

Los méritos de Reinhard a menudo se habían comparado favorablemente con los de Yang Wen-li en el frente militar, pero superó con creces el impulso de su némesis en lo que respecta a la ética del trabajo. Con una decadencia que otros podrían haberse vertido en la autocomplacencia, y aún sin un heredero, el Kaiser de cabellos dorados siguió su propio código de honor. Y aunque la suya fue una administración autocrática, su virtuosismo, eficiencia y sentido de la justicia lo diferenciaron de sus predecesores de la dinastía Goldenbaum. Había liberado al pueblo de la carga de tener que pagar impuestos exorbitantes para financiar las extravagancias de la nobleza.

Los siguientes diez miembros del gabinete fueron colocados bajo Reinhard.

Ministro de Estado: Conde Franz von Mariendorf

Ministro de Defensa: Mariscal Paul von Oberstein

Ministro de Finanzas: Richter

Ministro de Gobernación: Osmayer

Ministro de Justicia: Bruckdorf

Ministro de Asuntos Civiles: Bracke

Ministro de Industria: Bruno von Silberberg

Ministro de Arte y Cultura: Dr. Seefeld

Ministro de la Casa Imperial: Baron Bernheim

Ministro jefe del gabinete: Meinhof

Sin un primer ministro en su lugar, el Kaiser era el máximo funcionario ejecutivo por defecto. Esto significaba que, con Reinhard como Kaiser, el universo conquistado estaba ahora bajo un sistema de dominio imperial directo. Reinhard había abolido el antiguo Ministerio de Asuntos Ceremoniales, una oficina gubernamental que regulaba los intereses de los altos nobles, investigaba los antecedentes familiares y aprobaba matrimonios y sucesiones bajo el antiguo imperio, y estableció el Ministerio de Asuntos Civiles y el Ministerio de Obras en su lugar.

El Ministerio de Industria tenía sus engranajes en muchas máquinas, incluido el transporte y las comunicaciones interestelares, el desarrollo de recursos, las naves espaciales civiles y la producción de materias primas, así como la construcción de ciudades, plantas mineras y de fabricación, bases de transporte y bases de desarrollo. También supervisaba la reforma económica del imperio y se le otorgó la importante función de mantener el capital social. Para que todo funcionara sin problemas, era necesaria una persona de gran talento que poseyera perspicacia política, experiencia gerencial y habilidades organizativas. El ministro de industria de treinta y tres años, Bruno von Silberberg, tenía la opinión segura de que poseía dos de estas cualidades, pero también se le había otorgado otro título informal, pero no menos importante: ministro de Construcción de la Capital Imperial. En esa capacidad, debía supervisar los planes secretos del Kaiser Reinhard para trasladar la capital al planeta de Phezzan. En el futuro, anexaría todo el territorio de la Alianza de Planetas Libres y, una vez que hubiera duplicado las posesiones del imperio, realizaría su plan de remodelar Phezzan como escenario central de una nueva era de dominio universal.

En comparación con movilizar grandes ejércitos a través de un vasto océano de estrellas y ejercer su omnipotencia para vencer a un enemigo formidable, manejar los asuntos internos era un conjunto de tareas simples y prosaicas. Si las campañas en el extranjero eran un privilegio de Reinhard, los asuntos domésticos eran un deber no creativo. Y, sin embargo, el joven y elegante Kaiser nunca descuidó las obligaciones que de su posición y autoridad. En opinión de Reinhard, incluso la tarea más pequeña era tan importante como las grandes maquinaciones que lo habían llevado a este punto.

Según un futuro historiador, la diligencia de Reinhard como político surgió de su conciencia culpable como usurpador. Nada más lejos de la verdad. Reinhard nunca sintió que sus usurpaciones constituían un lapsus en su moralidad personal. No estaba tan engañado como para creer que el poder y la gloria que había robado de la dinastía Goldenbaum eran eternos. Nadie les había garantizado nunca que lo fueran. Y aunque nunca había estudiado historia con algo que se acercara al celo de su rival Yang Wen-li, sabía que todas las dinastías jamás nacidas por la sociedad humana habían sido conquistadas y superadas, pero que él era el niño atípico que había destruido el útero de orden que predicaba su existencia. Sin duda, había secuestrado la dinastía Goldenbaum. ¿Pero no era su mismo fundador, Rodolfo el Grande, él mismo un niño deforme que había comprometido a la Federación Galáctica de Estados, les había chupado la sangre a millones y se había abierto camino hacia la cima? ¿Quién había imaginado alguna vez que la sola intención del Kaiser podría producir un régimen autocrático interestelar con suficiente poder militar para imponerlo? Incluso Rodolfo el Grande, que había recorrido su propio camino de autodeificación, no pudo burlar a la muerte. Había llegado el momento de que expirara su obra magna, La dinastía Goldenbaum, y de que se escribiera un nuevo volumen en su lugar.

Reinhard no era tan inmaduro como para ignorar la gravedad de sus actos pecaminosos. Del mismo modo, no pudo encontrar ninguna justificación para las acciones de la dinastía Goldenbaum. Otros, tanto vivos como muertos, le habían provocado una aguda mezcla de arrepentimiento y auto-amonestación.

El 1 de julio, cuando el comienzo del verano llegó a la cima de la temporada, el Ministro de estado, Franz von Mariendorf vino a buscar una audiencia con el joven Kaiser. El conde Mariendorf se consideraba indigno de ser un ministro de gabinete en el gobierno de un imperio interestelar tan vasto. Desde la antigua dinastía, nunca había albergado una sola ambición política. Manejó de manera confiable las propiedades de las familias Mariendorf y Kümmel, se mantuvo alejado de las luchas políticas y la guerra, e hizo todo lo posible por vivir una vida frugal. No tenía intenciones de hacerse con el poder o el estatus solo para mejorar su reputación.

Desde donde se encontraba Reinhard, la nueva dinastía estaba bajo su dominio directo. Esto significaba que los ministros de su gabinete no eran más que asistentes, por lo que no había necesidad de que alguien tan prodigioso como un ministro principal del gabinete lo ayudara. Manteniendo un perfil tan bajo como pudo, el Conde von Mariendorf se dedicó a coordinar a los otros ministros del gabinete, mientras administraba ceremonias y otras tareas organizativas con el nivel adecuado de participación. Además, era conocido como un hombre de honrada virtud. Como administrador de la fortuna de la familia Kummel, fácilmente podría haber malversado esos activos si hubiera querido. Muchos de esos precedentes llenaron las páginas de la sala de referencia del antiguo ministro de ceremonias. Sin embargo, cuando Heinrich había heredado la fortuna familiar a los diecisiete años, no había disminuido ni un ápice. 

En ese mismo periodo, los activos de la familia Mariendorf habían disminuido ligeramente debido a un accidente en una mina de agua pesada. Por lo tanto, la imparcialidad del conde nunca estuvo en duda. Como alguien plenamente consciente de las habilidades de su hija, había desarrollado sus puntos fuertes. Estas eran solo algunas de las razones por las que le habían dado el puesto que ocupaba actualmente.

Lo que había venido a decir el conde Mariendorf tomó a Reinhard un poco desprevenido. Después de inclinarse profundamente, el secretario de Estado le preguntó al joven Kaiser si tenía alguna intención de casarse.

“¿Casarme, dices?”

“Sí. Casarse, producir un heredero y con ese heredero determinar la sucesión de su trono. Después de todo, es uno de sus deberes como soberano “.

Reinhard no podía dudar de que era un argumento sólido, aunque ingenuo. Precedió su respuesta con una breve obertura de silencio.

“No es mi intención. Al menos no por ahora. Tengo mucho más que hacer antes de que pueda siquiera pensar en tener un hijo “.

Sus palabras fueron tiernas, pero el cartílago de su rechazo fue diez mil veces más difícil de masticar. El conde Mariendorf se inclinó en silencio. Para él era suficiente que hubiera despertado la discreción en el joven Kaiser hacia la costumbre social del matrimonio y que hubiera afirmado su importancia para asegurar el futuro del trono. Sabía que era mejor no exagerar, no fuera a incitar el temperamento violento del Kaiser.

El conde Mariendorf cambió de tema a su sobrino, el barón Kümmel , un hombre al que le quedaba mucho tiempo de vida (su salud se había ido deteriorando durante mucho tiempo) y que deseaba el honor único en la vida de recibir una visita imperial en su casa. Con extraña gracia, Reinhard inclinó levemente su dorada cabeza y luego asintió con la cabeza.

El conde Mariendorf se mostró complacido y se despidió para afrontar la próxima prueba. Justo antes de que comenzara la reunión ordinaria del gabinete a las dos en punto, el ministro de Defensa, el mariscal Oberstein, abordó el tema con él.

“Tengo entendido que animó a Su Majestad a casarse. Si me permite la audacia, ¿cuál fue su intención al hacerlo? “

El manso ministro de estado no pudo dar una respuesta inmediata. El conde Mariendorf sabía que el ministro de defensa de ojos artificiales no era un hombre rencoroso, pero también sabía que nada se le escapaba y que sería inútil ocultarle algo. Mariendorf todavía estaba en guardia. Eligió sus palabras con cuidado y endureció su expresión.

“Su Majestad solo tiene veintitrés años. Sé que no hay necesidad de que alguien tan joven se apresure a casarse, pero es natural que se case, aunque solo sea para asegurar la línea de sucesión imperial. Pensé que sería prudente sugerir al menos algunos candidatos potenciales para ser su Kaiserin “.

El Conde Mariendorf creyó notar un extraño parpadeo en los ojos artificiales del ministro de Defensa.

“Veo. ¿Y su hija sería la primera en esa lista de candidatos?”

El tono del mariscal Oberstein no plantó un aguijón sino un carámbano. Mariendorf sintió que la temperatura a su alrededor descendía a la de principios de la primavera. Las palabras del secretario de Defensa eran lo suficientemente serias como una broma, pero aún más si eran en serio. Reuniendo su ingenio, el conde actuó como si se lo tomara en broma.

“No, a mi hija le gustan demasiado su independencia y autosuficiencia como para un puesto como ese. Ella no es de las que se ponen aires de mujer noble, ni se recluyen servilmente en la corte. Mi hija está bien versada en muchas cosas, pero a veces me preocupa si es consciente de que es mujer “.

Oberstein no sonrió, pero de todos modos bajó los brazos.

“Nuestro ministro de Estado es un hombre de buen sentido”.

Mariendorf exhaló un suspiro de alivio.

Hilda resumió la situación cuando su padre regresó a casa.

“El Ministro de Defensa nos advierte que no engañemos a Su Majestad ni monopolicemos su soberanía política. Si sus preocupaciones provienen de un lugar de genuina preocupación, es de poca importancia para mí “.

“Todo el asunto es absurdo”.

El conde estaba desanimado. No tenía ninguna intención de oponerse al ministro de Defensa por el mero hecho de obtener una influencia política arbitraria sobre el Kaiser. Además, era difícil imaginar a Reinhard como el marido de su hija, dada la conducta distante del Kaiser. Según los cálculos de Franz von Mariendorf, el Kaiser Reinhard era un gran niño prodigio, pero ser un genio no significaba que tuviera una mayor capacidad para la emoción que la gente común. Por supuesto, poseía tal energía emocional, solo que estaba distribuida de manera desigual fuera de las cuestiones del amor. Como cuando se inclina una taza llena de agua, cuando una parte llega al borde, la otra se retira. Como en la famosa anécdota del antiguo astrónomo que accidentalmente cayó a un pozo mientras miraba hacia el cielo para estudiar los movimientos de las estrellas, ese final que se aleja se revela a nivel diario. Y cuando se trataba de amor sexual, Reinhard era al menos un enigma.

Como lo expresó el vizconde Albrecht von Bruckner, autor de El imperio galáctico: una prehistoria : “Si hubieras desterrado a todos los pervertidos y homosexuales de la historia y las artes, la cultura humana nunca habría avanzado tanto”. Pero Reinhard simplemente carecía de experiencia con la intimidad, lo que era casi tan preocupante para un hombre sensato como el conde, que no quería nada menos para su hija que un hombre corriente, virtuoso y comunicativo. Por otra parte, si Hilda quisiera casarse …

“De todos modos, Hilda, considerando lo bendecidos que hemos sido por el buen favor del Kaiser, no debemos olvidarnos de mantener separadas nuestras vidas profesionales y personales. Como dice el refrán, hay tantas semillas de malentendidos como personas “.

Incluso para su hija inteligente y vivaz, el Conde Mariendorf era un padre típico que sabía que ella haría lo que quisiera sin importar lo que dijera.

“Sí, lo entiendo”, dijo Hilda, aunque sólo sea para aliviar esta confrontación con su padre afable. En su mente, la conversación ya había terminado antes de comenzar.

Sus sentimientos por Reinhard y los sentimientos de Reinhard por ella eran imposibles de analizar. Porque, aunque ciertamente no había odio o disgusto entre ellos, había una gran distancia entre “no odiar” y “amar” a alguien, y había bandas ilimitadas en el espectro de las buenas gracias. Su punto débil, y quizás también el de Reinhard, estaba en tratar de interpretar a través de la razón aquello que se basaba en cualquier cosa menos.

Hilda sabía por qué Reinhard había accedido a visitar la casa Kümmel . Tal visita requiría una cuidadosa consideración política. En el pasado, cualquier Kaiser digno de su corona lo habría pensado dos veces antes de llamar a la residencia de un ministro rival por primera vez, como muchos lo habían hecho antes que él. Estos precedentes eran ridículos para Reinhard. Pero el hecho de que el barón Heinrich von Kümmel no fuera uno de los meritorios, ni siquiera favorecidos, sirvientes de Reinhard funcionó a favor del joven Kaiser. El tirano de cabellos dorados despreciaba al máximo las costumbres y el decoro de la dinastía Goldenbaum, por lo que la idea de honrar a un miembro enfermo de la antigua nobleza con una visita imperial lo intrigaba, en todo caso, como una forma de frotar la nariz del viejo sistema. en su propio accidente.

III

Ese día, 6 de julio, el Kaiser Reinhard visitó la finca del barón Kümmel acompañado de dieciséis asistentes. Estos incluían a Hildegard von Mariendorf, secretaria privada de Reinhard y prima del patriarca de la familia Kummel; el vicealmirante Streit, asistente principal del Kaiser ; el ayudante secundario teniente Rücke ; jefe de la guardia imperial, el comodoro Kissling; y cuatro chambelanes y guardaespaldas.

Si le preguntases a alguno de sus subordinados, te habrían dicho que cualquiera que gobierne el universo entero requiere un nivel mucho más estricto de protección digno de su estatus, un séquito de más de cien personas, al menos. Cuando el antiguo funcionario responsable de las ceremonias de la corte, un hombre que había servido a la dinastía Goldenbaum durante cuatro décadas, sugirió respetar ese precedente, la respuesta de Reinhard fue cortante:

“No tengo la intención de seguir ningún precedente establecido por la dinastía Goldenbaum”.

Para Reinhard, incluso dieciséis era exagerado. Prefería ser lo más casual posible, en ocasiones incluso actuando solo, inspirando a un futuro historiador a creer que el Kaiser Reinhard tenía un doble de cuerpo.

En verdad, nadie lo sabía con certeza, aunque uno de sus criados, de hecho, una vez aconsejó el uso de un doble de cuerpo. Como lo registró el “Almirante Artista” Mecklinger en un memorando, Reinhard no estaba muy contento con la sugerencia:

“¿No es suficiente con cuidar de mí mismo? Si tuviera alguna enfermedad grave, ¿eso significa que llevarían a mi doble al hospital en lugar de a mí? No vuelvas a sugerirme una cosa tan tonta”

El comisionado de la policía militar, el alto almirante Kessler, había dejado un memorando de ideas parecidas, por lo que se asumió que cualquiera de ellos, si no ambos, había propuesto la idea.

“Para el Kaiser”, señaló Mecklinger, “la idea de hacer todo lo posible para garantizar su seguridad personal es absurda. Ya sea por confianza, sobreestimación de sus propias habilidades o resignación filosófica es una incógnita “.

Mecklinger sabía cuándo y dónde trazar la línea entre la fe y el respeto. Admiraba a Reinhard de todos modos y se dedicó por completo a su causa, incluso mientras vigilaba con atención a este personaje único en una generación. Una parte de su cerebro sabía que a la cabeza del imperio había alguien que podía conquistar el universo hasta donde alcanzaran las manos humanas.

La residencia del barón Kümmel no tenía nada de especial. Su linaje no contaba con gobernantes sobresalientes, genios idiosincrásicos o libertinos excéntricos y apenas había fluctuado en términos de estatus o activos desde el reinado de Rudolf el Grande. Y aunque la finca había sido anexada y renovada en numerosas ocasiones durante los últimos cinco siglos y ahora estaba cómodamente enclavada en una barrera protectora de setos y fosos, nadie tenía interés en su arquitectura de vanguardia ahora que las convenciones pasadas de moda vuelto a la popularidad. Dicho esto, la propiedad era lo suficientemente grande como para albergar trescientas casas comunes y, a pesar de su falta de individualidad, su vegetación modestamente arreglada le daba un encanto propio.

Aquellos que conocían al jefe de la finca, sin embargo, podían sentir cierta vitalidad escondida detrás de todo esto. Según todas las apariencias, el maestro Heinrich, barón de la décima generación de la familia Kümmel, era una personalidad equilibrada. Este año cumpliría diecinueve años. Cuando lo sacaron del útero de su madre después de un parto difícil, ambos sufrían un trastorno metabólico congénito. Y así, incluso a medida que crecía, estaba muriendo lentamente más que viviendo. Si hubiera nacido en una familia común, no habría pasado de su primer año. El procedimiento mediante el cual se habían eliminado sus genes inferiores lo había convertido en un mero caparazón, pero una medida tan drástica había sido la única forma de salvar su vida.

Incluso si hubiera tenido una salud moderada, tampoco era como si todas las jóvenes nobles elegantes estuvieran haciendo fila en su puerta. Porque si bien era lo suficientemente elegante en sus rasgos, Heinrich era de complexión exigua y su sangre era demasiado fina. No comía porque lo disfrutara, sino sólo para abastecerse de energía suficiente para pasar cada día. Como resultado, siempre sopesó las consideraciones dietéticas sobre el sabor. Solo existía para prolongar su vida, como las gachas diluidas que solía comer.

A pesar de los enormes esfuerzos, esa papilla diluida se había reducido a poco más que agua caliente. Su mantra personal – ” No durará mucho más largo” – parecía más cerca que nunca de la realización. Sabiendo esto, tanto el conde Mariendorf como Hilda suplicaron al Kaiser que concediera el último deseo de Heinrich.

Cuando el grupo del Kaiser atravesó las puertas de la finca Kümmel, el propio barón salió a recibirlo en su silla de ruedas eléctrica, para sorpresa de todos. La tez de Heinrich estaba pálida, pero su cabello y su ropa estaban arreglados para que parecieran presentables. Miró a Hilda a los ojos, dándole la más breve de las sonrisas y luego inclinó la cabeza hacia Reinhard.

“Me conmueve más allá de toda medida que Su Majestad honre mi humilde morada con su presencia. Por favor, considérelo tanto su hogar como mío. A partir de este día, el apellido Kümmel brillará con una gloria inmerecida “.

A Reinhard no le importaba la retórica excesiva, pero asintió con frialdad, diciendo sólo que estaba contento de ver a Heinrich tan feliz y que su felicidad valía más que la más generosa bienvenida. Reinhard también podía jugar al juego del decoro cuando le apetecía, y estaba más que dispuesto a complacerlo por el bien de Hilda. En este caso, un poco de misericordia era muy útil, y no tenía nada que ver con su importancia personal. Después de su débil saludo, Heinrich tosió brevemente. Hilda se inclinó ante el Kaiser y atendió a su primo.

“No exageres, Heinrich, ¿de acuerdo?”

Reinhard asintió con su gracia natural.

“Fräulein von Mariendorf tiene razón. No quisiera que se excediera demasiado por mi bien. Su salud es primordial “.

Y, sin embargo, incluso cuando el joven Kaiser ofreció estas inusuales palabras de simpatía, una extraña sensación corrió por sus venas. ¿Era solo su conciencia culpable como persona sana? ¿O fue algo más? Era la misma sensación que tenía cada vez que veía puntos de luz creados por el hombre comenzar a llenar la oscuridad del espacio exterior en su pantalla de batalla. Esa sensación de estar a la defensiva. La calma antes de la tormenta.

Reinhard negó con la cabeza en imperceptible negación. No tenía sentido honrar la intuición sobre la razón aquí. Su oponente era un inválido medio muerto cuya ambición y deseo de poder no se registraban en ninguna parte en el radar del destino.

“Por favor, entre. Nos prepararon un almuerzo modesto “.

En su silla de ruedas eléctrica, Heinrich mostró a sus invitados el lugar. Un camino de jardín de losas serpenteaba a través de un bosque de cipreses. Aunque era julio, la capital imperial se libraba del calor y la humedad de las zonas tropicales, por lo que incluso el modesto paisaje de Heinrich daba la impresión de estar en otro mundo. Después de caminar un poco, una ligera evaporación de sudor dejó su piel con una agradable sensación de frescor.

Emergieron del bosque situado en la parte trasera de la finca, donde las losas se ensancharon en un patio abierto de veinte metros de lado y se acurrucaron a la sombra de dos olmos viejos. Les esperaba una comida en una mesa de mármol. Los criados se retiraron a la llegada del grupo. Una vez que todos tomaron sus asientos, la escena tomó un aire inesperadamente diferente cuando su humilde y joven anfitrión estiró la espalda y mostró una sonrisa siniestra.

“Un patio espléndido, ¿no crees, Hilda?”

“Eso es, Heinrich.”

“A decir verdad, Hilda ha estado aquí antes. Lo que ella no sabe es que hay una cámara subterránea justo debajo de nosotros. Está lleno de partículas Céfiro, listo a mis órdenes para dar la bienvenida a Su Majestad al inframundo al que pertenece”.

Y en ese momento, todo quedó en blanco. Al escuchar el nombre de esa sustancia química explosiva extremadamente peligrosa, los ojos color topacio del comodoro Kissling se llenaron de pavor mientras buscaba su bláster enfundado. Los otros guardaespaldas hicieron lo mismo.

“Ahí, ahí, señores. A Su Majestad, soberano universal, unificador de toda la humanidad. Nacido en una familia pobre, noble sólo de nombre, tú que subiste precipitadamente al trono como el modelo de nuestra época. Y a ustedes, sus fieles súbditos. Digo esto: a menos que desee que se presione este interruptor detonador, le sugiero que se queden dónde están “.

El tono del joven barón era celoso pero carente de fuerza, por lo que tomó unos momentos darse cuenta de la gravedad de lo que acababa de decir. Pero la peligrosidad de la situación estaba clara. Todos estaban sentados junto a una bomba esperando a que estallara. La voz de Hilda sacudió el silencio, espesa como melaza.

“Heinrich, tú …”

“Mi querida Hilda. Nunca quise que te involucraras en esto. Si hubiera sido posible, no hubiera querido que acompañaras al Kaiser. Pero ahora, incluso si te dejara a ti, y solo a ti, salir de aquí con vida, no creo que obedecerías, ¿verdad? Mi tío estará muy afligido, pero ya es demasiado tarde para hacer algo al respecto “.

El discurso de Heinrich fue interrumpido varias veces por dolorosos ataques de tos. El equipo de guardaespaldas del comodoro Kissling sabía que era mejor no intentar nada por segunda vez, porque el puño del joven barón apretaba el interruptor del detonador como si fuera una extensión de su cuerpo, y no estaban dispuestos a entregar la vida del Kaiser como una ficha en una mesa de ruleta cuando las probabilidades estaban en su contra. Al escuchar los jadeos de un inválido al que probablemente podrían matar con un meñique, se quedaron inmóviles en una jaula invisible de impotencia, esperando ver qué haría a continuación.

“Creo que el barón tiene algo que decir”, susurró Streit . Déjelo hablar todo lo que quiera. Nos dará algo de tiempo “.

A esto, Kissling y von Rücke asintieron levemente, sus expresiones duras como rocas. Provocar a este joven, que tenía toda la intención de asesinar al Kaiser, solo conduciría a la incineración del mascarón de proa de la dinastía Lohengramm, junto con sus asistentes, en un instante. Heinrich tenía sus vidas en la mano y fue todo lo que pudieron hacer para aflojar su agarre.

“¿Qué tiene en mente, Majestad?”

Reinhard, que hasta entonces había estado sentado sin decir una palabra, enarcó sus bien formadas cejas en respuesta a la sonrisa burlona de Heinrich.

“Si muriera aquí por tu mano, entonces ese es un destino que tendré que aceptar. No me arrepiento de nada.”

El joven Kaiser, mostrando signos de sincero cinismo, curvó sus gráciles labios en un glifo de auto-burla.

“Han pasado solo dos semanas desde mi coronación. Dudo que alguna vez haya existido una dinastía tan corta como la mía. No es exactamente lo que esperaba, pero tu acto descarado inmortalizará mi nombre en la historia. Un nombre vergonzoso, tal vez, pero ¿quién soy yo para preocuparme por su valor futuro? Ni siquiera me importa saber tus razones para matarme “.

Un destello de enemistad brotó en los ojos del inválido. Al ver el temblor en sus labios casi incoloros, Hilda se retiró a su caparazón. En ese momento, había discernido con precisión la intención de su primo. Heinrich quería que Reinhard suplicara por su vida. Si tan sólo el gobernante absoluto de todo el universo se arrodillara ante él y pidiera clemencia, entonces Heinrich podría finalmente desahogar la humillante impotencia que había llegado a definirlo. Y con eso, renunciaría al interruptor del detonador con ciega satisfacción.

Pero de la misma manera que Heinrich nunca pudo liberarse de su frágil cuerpo, tampoco Reinhard podría liberarse de su fama y respeto por sí mismo. Como había dicho Reinhard cuando se reunió cara a cara con el almirante Yang Wen-li de la Alianza de Planetas Libres, quería tener el poder para seguir adelante sin seguir las órdenes de alguien a quien despreciaba. Que Reinhard se arrepintiera de su vida y suplicara piedad a su intimidador ahora negaría cada paso que había dado en el camino para llegar hasta aquí. Y cuando eso sucediera, habría varias personas a las que nunca más podría volver a mostrar su rostro. Gente que había protegido su vida a expensas de la suya. Personas que lo habían amado incluso cuando vivía en las profundidades de la pobreza.

“Heinrich, por favor. No es demasiado tarde. Solo pásame el interruptor “. Hilda exigió su concesión, aunque solo fuera para ganar algo de tiempo, independientemente del resultado.

“Ah, Hilda, incluso tú te enojas de vez en cuando. Para mí, siempre fuiste tan elegante bajo presión, desbordante de radiante vitalidad. Pero ahora, al ver esa oscurecida expresión tuya, debo decir que estoy un poco decepcionado “.

Heinrich se rió. Hilda sintió agudamente que la luz piloto que apenas mantenía caliente a su primo había sido malicia desde el principio. Parecía que no había forma de salir de esto. Incapaz de mirar a su primo con sus ojos demasiado entusiastas, Hilda apartó los suyos y contuvo la respiración. El comodoro Kissling, cuyos ojos color topacio y andar inusual le habían valido apodos como “Gato” y “Pantera”, se estaba moviendo lentamente de su posición original. 

“¡Dije, que no se mueva!”

La voz de Heinrich, expulsada como si fuera una señal, no era ni fuerte ni contundente, pero de todos modos dejó al descubierto una vena de furia en el aire, por lo que su impacto fue suficiente para mantener bajo control la atrevida espontaneidad de Kissling.

“Quédese donde está, durante unos minutos más. Permíteme el placer de tener el universo en mis manos solo por un momento o dos “.

Kissling imploró a Hilda con la mirada, pero ella lo ignoró.

“He vivido toda mi vida durante estos pocos minutos. De hecho, eso no es cierto. Es por eso que he aguantado la muerte durante tanto tiempo. Déjame mantenerlo a raya un poco más “.

Cuando Reinhard escuchó esto, sus ojos azul hielo brillaron, llenos de una emoción que no era ni compasión ni ira.

Hilda notó que sus dedos acariciaban el colgante de plata que colgaba de su pecho y se encontró preguntándose, lo suficientemente inapropiadamente dadas las circunstancias, qué había dentro. Tenía que ser algo de gran importancia.

IV

El alto almirante Ulrich Kessler desempeñaba su trabajo como comisionado de la policía militar y comandante de las defensas de la capital. Cualquiera de los dos trabajos era agotador en sí mismo. Hacer frente a ambos, incluso sin el nacimiento de la nueva dinastía, habría sido casi imposible para un solo hombre.

El hecho de que Kessler tuviera suficiente presencia de cuerpo y mente para soportar esta doble tarea solo confirmaba su valía.

La mañana del 6 de julio, en su oficina de la sede, se reunió con algunos invitados, pero fue el inesperado cuarto el que trajo el negocio más importante. Job Trünicht , un caballero en la flor de su vida que había sido el líder de la Alianza de Planetas Libres hasta el mes pasado, cuando vendió su soberanía a Reinhard y se instaló en el imperio como un medio para garantizar su propia seguridad. La información que trajo fue impactante.

El comisionado de la policía militar trató de mantener la calma, pero sus ojos brillaron intensamente, traicionando las intenciones de su amo. Incluso mientras comandaba flotas en el espacio exterior, sus ojos no habían temblado en lo más mínimo. Pero esto era diferente, como lo atestiguaba en voz alta cada fibra de su ser.

“¿Y cómo obtuviste este conocimiento?”

“Seguramente Su Excelencia conoce la organización religiosa conocida como la Iglesia de Terra. En ocasiones tenido tratos con ellos bajo los auspicios de mi anterior puesto. Fue entonces cuando me enteré de que se estaba gestando una conspiración dentro de sus filas. Me amenazaron con matarme si informaba a alguien, pero mi lealtad a Su Majestad…”

“Entiendo.”

La respuesta de Kessler no fue nada cortés. Al igual que sus almirantes en armas, poco le importaba el derrotista que tenía delante. Todo lo que salía de la boca de Trünicht apestaba a un veneno fuerte que hacía que la gente lo odiara dondequiera que fuera.

“¿Y el nombre del asesino?” preguntó el comisionado de la Policía Militar, a lo que el ex primer ministro de la Alianza de Planetas Libres respondió solemnemente.

Trünicht insistió en que nunca había estado de acuerdo con los principios de la Iglesia de Terra y que la única vez que había cooperado con la iglesia había sido porque la situación lo había forzado, no porque hubiera querido hacerlo… Kessler había escuchado todo lo que necesitaba escuchar y le gritó una orden a uno de sus hombres.

“Lleve al señor Trünicht a la sala de conferencias número dos. No debe salir de esa habitación hasta que lleguemos al fondo de esto. No, no, bajo ninguna circunstancia, deje que nadie se le acerque “.

Trünicht fue puesto bajo arresto domiciliario temporal con el pretexto de que necesitaba protección.

Cuando Kessler actuó, su informante ya no importaba. A Kessler sólo le importaba alimentarse a sí mismo, y no tenía sentido un plato una vez terminado la comida.

Kessler primero llamó a la residencia Kümmel por el visíofono , luego al vicealmirante  Streit y al comodoro Kissling, pero no pudo comunicarse con ninguno de ellos. La razón estaba clara.

Incluso cuando el comisionado de la policía militar rechinó los dientes, no perdió el tiempo en ponerse en contacto con el regimiento más cercano a la finca Kümmel . El oficial al mando era un tal comodoro Paumann , un ex granadero armado con mucha experiencia en batalla para su corta edad. Kessler tenía más fe en aquellos que lucharon con valentía en la batalla que en la policía militar nativa. Aunque él mismo encajaba con este último proyecto de ley, prácticamente hablando, ni siquiera el mejor investigador o interrogador de la policía iba a ayudarlo en este caso. Lo que necesitaba era un comandante de batalla.

Al recibir sus órdenes, Paumann estaba nervioso pero no molesto. Se puso en acción y ordenó a los 2.400 oficiales armados de su jurisdicción que fueran a la finca Kümmel de inmediato. Fue una operación encubierta de libro de texto. Prohibió el uso de vehículos blindados, sabiendo que el sonido de sus motores los delataría incluso antes de que llegaran. Los policías militares corrieron en calcetines hasta la finca Kümmel , llevando sus rifles láser en una mano y sus botas militares en la otra. Algunos se reirían al día siguiente, pero en el calor del momento sus acciones fueron todo menos divertidas mientras rodeaban el recinto.
El plan de Kessler no terminó ahí.

El regimiento de policía militar de 1.600 efectivos bajo el mando de Commodore Raft allanó la casa de la capilla de la Iglesia de Terra en el 19 de la calle Cassel, reuniendo a todos los creyentes que pudieron encontrar en el lugar. Sin embargo, estos no eran pacifistas y, en lugar de rendirse, inmediatamente dieron la bienvenida a la policía militar que irrumpió en su edificio abriendo fuego.

El comodoro Raft ordenó a sus hombres que respondieran al fuego. Los rayos prismáticos se dispararon en todas direcciones. Fue un tiroteo brutal, aunque de corta duración. Diez minutos después, los hombres de Raft se dirigieron al piso superior, disparando a cualquiera que se interpusiera en su camino. Apenas pasado el mediodía, habían obtenido el control total del edificio de seis pisos. Noventa y seis creyentes murieron en la escena, catorce murieron después de sus heridas, veintiocho se suicidaron y los cincuenta y dos sobrevivientes, que sufrían una variedad de heridas, fueron arrestados. Nadie escapó. Por el lado de la policía militar, dieciocho resultaron muertos y cuarenta y dos heridos. El líder de la secta, el arzobispo Godwin, acababa de intentar suicidarse bebiendo veneno cuando un oficial de policía militar irrumpió en la habitación y lo golpeó con la culata de su arma. Godwin fue puesto en esposas electromagnéticas y arrastrado inconsciente de la escena, un fracaso en su propio martirio.

Los oficiales de la policía militar, todavía avivados por la sed de sangre, registraron el interior del edificio salpicado de carmesí para reunir cualquier evidencia que pudiera demostrar la complicidad de los insurgentes en la conspiración del asesinato del Kaiser. Sacaron fragmentos de documentos de las cenizas de un incinerador, desnudaron cadáveres, registraron bolsillos pegajosos de sangre, patearon altares y rompieron las tablas del piso, pero no encontraron nada. Uno de los heridos reprendió sus acciones blasfemas, solo para ser asesinado a patadas por un oficial en la nuca donde había sido herido.

Mientras la unidad del comodoro Raft realizaba su rito sangriento en un rincón de la capital, los soldados de la unidad del comodoro Paumann , que habían rodeado la finca del barón Kümmel , se pusieron las botas y aguardaron la orden de asaltar el recinto. Aquellos en el extremo receptor de esa orden solo podían cumplir, pero la responsabilidad de quien la daba era inmensa. La vida de su Kaiser estaba en la punta de la lengua de Paumann.

Aquellos cuyas vidas pendían del equilibrio de toda esta movilización notaron un cambio en su entorno. Una agitación silenciosa del aire rozó su piel y estimuló sus redes neuronales. Después de jugar un rápido juego de atrapar con las miradas del otro, todos compartieron el mismo pensamiento, algo que era imposible de percibir para alguien como Heinrich, que nunca había experimentado el combate. La ayuda estaba en camino. Ahora todo lo que tenían que hacer era ganar tiempo.

La percepción de Heinrich se centró en dos cosas. Primero, el interruptor detonador de partículas Céfiro en su mano, y segundo, el colgante de plata que Reinhard seguía acariciando como un talismán.

Reinhard movía la mano inconscientemente. O si estaba consciente, seguramente era para provocar la precaución innecesaria de este asesino en potencia. Esto hizo que Heinrich se interesara aún más por el colgante.

Hilda también era consciente de este ciclo peligroso, pero no podía hacer nada al respecto. Cualquier interrupción de su parte podría ser suficiente ímpetu para que Heinrich pusiera en acción su enfermiza curiosidad.

Heinrich, después de apenas abrir y cerrar la boca unas cuantas veces, rompió el silencio.

“Su Majestad, ese colgante parece bastante valioso para usted. Me gustaría mucho verlo y tocarlo, si fuera tan amable “.

Los dedos de Reinhard se congelaron. Fijó la mirada en el rostro de Heinrich. Hilda tembló de miedo, porque sabía que su primo había pisado con sus pies embarrados el santuario inviolable del Kaiser.

“Eso está fuera de toda cuestión.”

“Exijo verlo”.

“No tienes derecho a verlo”.

“Solo déjele verlo, Su Majestad”, intervino Streit .

“¡Su Majestad!” dijo Kissling simultáneamente. Ambos hombres sabían que sus aliados se estaban acercando y no veían ningún daño en comprarse incluso unos segundos más por cualquier medio necesario. ¿Qué sentido tenía enojar más a Heinrich con esta resistencia infantil?

Reinhard claramente no compartía sus puntos de vista. El gobernante sereno, entusiasta y ambicioso que todos sus asistentes conocían y servían había desaparecido, dejando en su lugar a un hombre con la expresión de un niño preocupado. Era como un niño que se aferraba desesperadamente a su caja de juguetes, que para los adultos que lo rodeaban estaba llena de basura, pero estaba convencido de que contenía un tesoro real.

A los ojos de Hilda, Heinrich era ahora el verdadero tirano y nunca lo toleraría. Heinrich había cruzado la línea no solo de su confianza, sino también de la suya propia para emprender acciones aún más audaces.

“Yo soy el que tiene las cartas aquí. ¿O lo ha olvidado Su Majestad? Dámelo en este instante. No te lo volveré a preguntar “.

“No.”

La obstinación de Reinhard era difícil de creer viniendo de un héroe que se arrastró para salir de la pobreza cuando era un joven con solo un nombre para mostrar para su nobleza, solo para convertirse en gobernante del mayor imperio de la historia. Los sentimientos irracionales de Heinrich, al parecer, se habían distorsionado y transferido a Reinhard. Heinrich tuvo un ataque repentino, pero sus pasiones desequilibradas estallaron en una dirección inesperada. Su mano sin vida, que a todos parecía una muestra de laboratorio fijada con formalina, se estiró como una serpiente que salta y agarró el colgante del Kaiser. La elegante mano de Reinhard, que cualquier artista hubiera deseado como modelo, golpeó la mejilla del tirano medio muerto. Los pulmones y el corazón de todos dejaron de funcionar, pero se volvieron a conectar cuando el interruptor detonador voló de la mano del barón y rodó por las losas. Kissling saltó hacia Heinrich, casi vergonzosamente como un gato, y lo inmovilizó contra el suelo.

“¡Ten cuidado con él!” Hilda gritó, momento en el que Kissling ya estaba soltando las delgadas muñecas de Heinrich. El cuerpo enfermizo del barón había dejado escapar un crujido que hizo retroceder al valiente general de ojos color topacio. Sintiendo el regusto de haber empleado mucha más violencia de la necesaria, Kissling dejó a este traidor en manos de su hermosa prima. Esta no era la bajada del telón para Kissling.

—Heinrich, tonto —susurró Hilda, acunando el débil cuerpo de su primo. Era todo lo que incluso alguien de su inteligencia y expresividad podía reunir. Heinrich sonrió. No la sonrisa maliciosa de momentos antes, sino una sonrisa casi pura, dorada por la muerte inminente.

“Quería hacer algo antes de morir. Sin que importara cuán malvado o tonto fuera. Quería hacer algo antes de morir … eso y nada más “.

Heinrich pronunció cada palabra con extraña claridad. No le pidió perdón. Hilda tampoco exigió que se lo suplicara.

“La baronía de Kümmel muere conmigo. No por enfermedad, sino porque actué tan descuidadamente. Mi enfermedad puede que pronto se olvide, pero muchos recordarán mi insensatez “.

Después de decir lo que pensaba, el cráter de la vida de Heinrich arrojó su última gota de lava. Su corazón, abusado por este acto final, fue eternamente liberado, y sus venas cambiaron de ríos de vida a estanques delgados.

Sosteniendo el rostro de su primo muerto en sus manos, Hilda desvió la mirada hacia Reinhard. El joven Kaiser permaneció en silencio, mientras sus lujosos cabellos dorados ondeando en la brisa del verano. Sus ojos azul hielo no delataban nada del mar embravecido que había dentro. Todavía estaba tocando el colgante con una mano.

Streit sacó el interruptor detonador de la piedra, murmurando algo en voz baja. Kissling gritó, anunciando a sus aliados que rodeaban la mansión que el Kaiser estaba sano y salvo. El silencio fue roto por una perturbación en el aire cuando un hombre desconocido saltó frente a todos: un rezagado que había huido de la redada de la Iglesia de Terra y se había metido en el recinto. Apuntó con su desintegrador a Reinhard, dejando escapar un rugido hostil. Pero Rücke estaba un paso por delante de él, disparando un rayo de luz de su bláster. El hombre se dio la vuelta como si su instinto de supervivencia se hubiera disparado de repente. Rücke apretó el gatillo de nuevo, golpeando el centro de la espalda del hombre. El hombre levantó los brazos como un velocista que salta a través de la línea de meta, dio media vuelta y cayó de cabeza en un matorral.

Tres de los guardaespaldas personales de Rücke sacaron cuidadosamente el cuerpo. Fue entonces cuando Rücke notó el bordado distintivo en su ropa que confirmaría sus sospechas. Silenciosamente pronunció las palabras: Terra es mi hogar, Terra en mi mano.

” ¿Así que es uno de esos cultistas de la Iglesia de Terra?” susurró el vicealmirante  Streit por encima del hombro.

Por supuesto, conocía el nombre de la organización religiosa que de alguna manera había expandido su influencia tanto en el imperio como en la alianza en los últimos años. También estaban aquellos que habían oído hablar de Terra pero sabían poco de la Tierra.

Todos eran al menos conscientes de que la Tierra era el lugar de nacimiento de toda la humanidad y entendían que alguna vez había sido el centro del universo conocido. Continuó girando alrededor de su sol, pero el significado de su existencia se había perdido en un pasado lejano. Casi nadie lamentó su pérdida. No era más que un planeta modesto, fronterizo, olvidado, si no obligado a ser desterrado de la memoria. Muy pronto, sin embargo, el nombre “Tierra” sonaría en los oídos de la gente con el acompañamiento de una elegía siniestra, ya que se reveló que era una base estratégica para una escandalosa conspiración para asesinar al Kaiser.

V

Al regresar a Neue Sans Souci, el Kaiser Reinhard había vuelto a su yo dictatorial habitual, como si su vida no hubiera estado colgando de la balanza de las manos de un inválido. Pero como nunca explicó cómo su colgante de plata había provocado un giro inesperado en los acontecimientos, tanto el vicealmirante von Streit como el comodoro Kissling sintieron una falta de cierre de los acontecimientos. En cualquier caso, Hilda, que estaba relacionada con un criminal que había cometido un acto de alta traición sin sentido, fue puesta bajo arresto domiciliario.

El alto almirante Kessler, que ocupó puestos simultáneos como jefe de la policía militar y comandante de las defensas de la capital, señaló a Reinhard en los pasillos. Reprimiendo la oleada de emociones que se hinchaban en su interior, felicitó formalmente a Reinhard por su regreso sano y salvo y se disculpó por no saber de antemano las intenciones de Heinrich.

“Para nada. Lo hiciste bien. ¿No suprimiste la sede de la Iglesia de Terra donde se tramó el complot? No tienes nada de qué culparte “.

“Su magnanimidad no conoce límites. Por cierto, Su Majestad, el Barón Kümmel puede estar muerto, pero sigue siendo un criminal de primer orden y debe ser tratado en consecuencia. ¿Cómo sugiere que procedamos a partir de ahi? “

Reinhard negó con la cabeza lentamente, haciendo que su lujoso cabello dorado se balanceara de manera atractiva.

“Kessler, imagina que acabas de detener a alguien que puso tu vida en peligro ¿Castigas el arma que usó para hacerlo? “

El jefe de la policía militar tardó unos momentos en comprender lo que el joven Kaiser no había dicho. Es decir, que nadie iba a acusar al barón Kümmel de un delito. Lo que significaba, por supuesto, que Hilda y el conde Mariendorf serían exonerados. Si alguien necesitaba ser culpado y castigado, eran los fanáticos religiosos que tiraban de los hilos desde las sombras.

“Interrogaré a los creyentes de la Iglesia de Terra de inmediato, sacaré la verdad a relucir y los castigaré como mejor le parezca”.

El joven Kaiser asintió en silencio y se volvió, mirando a través de la ventana reforzada hacia el jardín abandonado durante mucho tiempo. Un sentimiento de disgusto rugió como un océano distante en lo profundo de él. Aunque había encontrado una gran satisfacción al luchar para ganar poder para sí mismo, no había alegría en seguir luchando para mantener el poder que ya tenía. Habló telepáticamente a su colgante de plata: ¡Cómo disfruté luchando a tu lado contra un enemigo digno! Pero ahora que me he convertido en el gobernante más poderoso de todos, a veces desearía poder derrotarme a mí mismo. Si tan solo hubiera más grandes enemigos. Si solo hubieras vivido un poco más, entonces podría haber satisfecho el deseo de mi corazón. ¿No es así, Kircheis ?

Las intenciones del Kaiser se comunicaron a la policía militar a través de Kessler. Los cincuenta y dos sobrevivientes de la Iglesia de Terra fueron llevados ante la policía militar, quienes estaban hirviendo de lealtad a su Kaiser y deseos de vengar el atentado que se había hecho contra su vida. Kessler procedió a repartir castigos tan crueles que los terraistas supervivientes envidiaban a los muertos. Kessler y sus hombres podrían haber obtenido toda la información que necesitaban sin recurrir a un suero de la verdad, pero no perdieron el tiempo en usar las drogas más fuertes a su disposición. Una razón era que eran delincuentes capitales y la necesidad de obtener confesiones era mucho más importante que cualquier preocupación por el bienestar de quienes las daban. La otra razón tenía que ver con la tenacidad de los creyentes de Terra. Era como si anhelaran el martirio, que solo avivó la animosidad de sus interrogadores. Tal fanatismo provocó sólo repugnancia en aquellos que no compartían su fe.

Durante una de esas sesiones de interrogatorio, un médico dudaba en administrar la dosis completa y se acobardó ante las duras palabras de los oficiales.

“¿Te preocupa que se vuelvan locos? Es un poco tarde para eso, ¿no crees? Esta calaña ha estado loca desde el principio. Es posible que estos medicamentos simplemente los devuelvan a la normalidad “.

En la sala de interrogatorios, cinco niveles por debajo del cuartel general de la policía militar, la cantidad de sangre derramada excedió con creces la cantidad de información recuperada para demostrarlo. La secta de la Iglesia de Terra establecida en el planeta Odin solo había llevado a cabo el complot y no había dado ni redactado la orden.

Al principal infractor, el arzobispo Godwin, después de no morderse la lengua, se le inyectó una copiosa cantidad de suero de la verdad. Al principio no dijo nada, para asombro del médico. Después de la segunda inyección, aparecieron grietas en sus diques mentales y, poco a poco, la información comenzó a fluir. Aún así, incluso él solo podía adivinar por qué se le había ordenado asesinar al Kaiser en este momento.

“Con el paso del tiempo, la base del poder de ese mocoso rubio solo se hará más fuerte. Puede que rechace su ostentación como gobernante supremo, valore la simplicidad y trate de derribar la barrera entre súbditos y ciudadanos, pero eventualmente blandirá su poder y hará un uso generoso de su séquito, de eso puede estar seguro. Nunca volveremos a tener una oportunidad como esta “.

“Mocoso rubio” era un término que solo los oponentes del Kaiser Reinhard usaban para maldecirlo. Esas palabras por sí solas fueron suficientes para condenar al arzobispo Godwin de lesa majestad. Al final, sin embargo, no fue juzgado en un tribunal. Después de recibir su sexta inyección de suero de la verdad, se golpeó la cabeza contra el techo y las paredes de la sala de interrogatorios, murmurando incoherentemente, hasta que murió, sangrando por todos los orificios.

La severidad de este interrogatorio no dejó dudas sobre la verdad. La Iglesia de Terra había cometido alta traición. La única opción era hacer que la iglesia fuera muy consciente de la naturaleza de su ofensa.

“Pero, ¿cuál es el motivo de la Iglesia de Terra? Todavía estoy desconcertado de por qué pretenden asesinar a Su Majestad “.

Esta fue una duda sentida no solo por Kessler, sino por todos los principales estadistas que supieron del incidente. A pesar de su discernimiento, los sueños de los fanáticos eran imposibles de adivinar con solo verdades limitadas como sus varas de radiestesia.

Hasta ahora, el Kaiser Reinhard siempre había tenido más apatía que tolerancia por la religión. Naturalmente, ya no podía permanecer indiferente ante la secta en Odin, que, independientemente de sus objetivos o métodos, tenía la intención de negar su propia existencia. Nunca había dejado de recompensar a sus enemigos con más retribución de la que merecían. La única razón por la que había sido tan generoso esta vez era otro asunto, uno que se dejaba solo para su consideración privada.

Entre los subordinados de Reinhard, la ira y el odio hacia la Iglesia de Terra era mucho más violento entre los funcionarios civiles que entre los soldados. Las campañas extranjeras se habían estancado debido a su control de Phezzan y la rendición de la Alianza de planetas libres. Y mientras la era de los funcionarios civiles había llegado y la de los militares había sido eclipsada, si el nuevo Kaiser fuera derrocado por el terrorismo ahora, el universo entero entraría en conflicto y caos, y el guardián del orden universal se perdería para ellos para siempre.

Y así, el 10 de julio, se convocó un consejo imperial, incluso cuando el destino de la Tierra, o al menos el de la iglesia, estaba perdiendo su control sobre el futuro.

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