Leyenda de los Héroes galácticos Vol 6: Vuelo

Prólogo. 1 2 3 4 5 6 7 8 Personajes

Listado de Personajes

Imperio Galáctico

REINHARD VON LOHENGRAMM- Kaiser del Imperio (Neue-Reich)

PAUL VON OBERSTEIN- Mariscal del Imperio. Ministro de Defensa

WOLFGANG MITTERMEIER- Mariscal Imperial. Comandante en jefe de la Armada espacial Imperial. Conocido como “Lobo del vendaval”

OSKAR VON REUENTAHL. Mariscal Imperial. Secretario general de los cuarteles generales Supremos. Tiene ojos heterocromáticos.

FRITZ JOSEF WITTENFELD- Alto Almirante. Comandante de la flota de los lanceros negros.

ERNEST MECKLINGER- Alto Almirante. Administrador de los cuarteles generales supremos (encargado de la logística) Conocido como el “Almirante Artista”

ULRICH KESSLER.Alto Almirante. Comisionado de la Policía militar y comandante de defensa de la capital.

AUGUST SAMUEL WAHLEN.Alto Almirante- Comandante de Flota.

NEIDHART MÜLLER.Alto Almirante. Comandante de Flota. Conocido como Müller “Muro de Hierro”

HELMUT LENNENKAMP.Alto Almirante. Comisionado imperial en la Alianza.

ADALBERT FAHRENHEIT.Alto Almirante- Comandante de Flota.

ARTHUR VON STREIT.Vice Almirante.  Ayudante senior del Kaiser Reinhard von Lohengramm.

HILDEGARD VON MARIENDORF. Secretaria jefe del Kaiser. Tratada como Capitan (¿o Comandante¿) Llamada a menudo Hilda.

FRANZ VON MARIENDORF. Ministro de Interior. Padre de Hilda.

HEINRICH VON KÜMMEL. Primo de Hilda. Barón.

HEIDRICH LANG. Jefe de la oficina de seguridad  doméstica.

ANNEROSE VON GRÜNEWALD. Hermana mayor de Reinhard. Condesa Grünewald y Archiduquesa del Imperio.

JOB TRÜNICHT .Antiguo jefe de estado de la Alianza.

RUDOLF VON GOLDENBAUM. Fundador de la Dinastía Goldenbaum, del Imperio galáctico.

Fallecidos

SIEGFRIED KIRCHEIS. Murió haciendo justicia a la fé que Annerose puso en el.

Karl Gustav Kempf. Murio intentando chocar 2 estrellas de la muerte (XD)

Alianza de Planetas libres.

YANG WEN-LI Mariscal. Antiguo comandante de la fortaleza Iserlohn y su flota patrullera. Retirado.

JULIAN MINTZ.Subteniente. Hijo Adoptivo de Yang.

FREDERICA GREENHILL YANG. Ayudante (y prometida) de Yang. Teniente comandante. Retirada.

ALEX CAZELLNU. Administrador general en funciones de servicios de retaguardia. Vicealmirante.

WALTER VON SCHENKOPP. Vice Almirante. Retirado. 13º Comandante del regimiento Rosenritter. Comandante de defensa de la fortaleza Iserlohn. Retirado.

EDWIN FISCHER. Vice comandante de la flota patrullera de Iserlohn. Maestro de operaciones de flota. Temporalmente  en la reserva.   

MURAI. Jefe de personal de Yang. Contralmirante. Temporalmente en la reserva.

FYODOR PATRICHEV. Subjefe de personal de Yang. Commodoro. Temporalmente relevado de sus deberes.

DUSTY ATTENBOROUGH. Comandante de Division en la flota de Iserlohn. Compañero de clase de Yang. Vicealmirante. Retirado.

OLIVIER POPLAN. Capitán de la primera división de espartanians de Iserlohn. Comandante.

ALEXANDER BUCOCK. Comandante en jefe de la Armada espacial de la Alianza. Mariscal. Retirado.

LOUIS MASHENGO.Guardaespaldas de Julian. Alferez.

KATEROSE VON KREUTZER. Cabo. Apodada Karin.

WILLIBALD JOACHIM VON MERKATZ. Veterano Almirante. Comandante de las tropas restantes de la flota de Yang.

BERNHARD VON SCHNEIDER. Ayudante de Merkatz. Comandante.

JOÃO LEBELLO.Primer Ministro

Fallecidos

IVAN KONEV.Piloto de cabeza fría, fallecido en la batalla de Vermillion.

Dominio Phezzan.

ADRIAN RUBINSKY. 5º terrateniente, apodado “zorro negro de Phezzan”

NICOLAS BOLTEC. Gobernador general provisional

BORIS KONEV. Mercader Independiente. Viejo conocido de Yang. Capitán de la nave mercante Beryozka.

Arzobispo DE VILLIERS.Secretario general de la iglesia de Terra.

*Los titulos y rangos corresponden al estatus de cada carácter al final de Mobilizacion o su primera aparición en Vuelo.

I

“La civilización humana tal y como la conocemos, comenzó en este planeta llamado Tierra. Y ahora, está expandiendo su alcance a otros cuerpos celestes. Algún día, podemos esperar que la Tierra sea un mundo habitado de muchos. Esta no es una profecía. Es solo cuestión de tiempo antes de que se convierta en realidad “.

Así lo proclamó Carlos Sylva, 5º ministro del espacio, para el Gobierno Global, después de que un equipo de exploración diera el primer paso en la colonización interplanetaria al poner rumbo a Plutón en el año 2280 d.C. Sylva era un hombre de negocios capaz, pero no era un pensador filosófico o creativo. Su discurso fue poco más que una repetición de lo que entonces era conocimiento común.

Antes de que la realidad de la que hablaba tomase forma, sin embargo, el ser humano se vería obligado a derramar la sangre de sus semejantes, solo para beberla en masivas cantidades como si fuera alguna clase de comunión blasfema. Tuvieron que pasar otros siete siglos tras ese discurso de Sylva para que el núcleo político de la civilización se desplazara a otro planeta.

El gobierno global se había formado en el 2129 DC, en un mundo cansado tras 90 años de conflicto que terminó por creer que, solo purgando a la peor creación del hombre, las naciones soberanas, terminaría por ser liberada la humanidad de la estupidez de sacrificar millones de vidas en los altares de los poderosos. El tiroteo global (con armas termonucleares) que había sido conocido como la guerra de los trece días, redujo las principales ciudades de los dos bandos implicados (El condominio norteño y los estados unidos de Euráfrica) a pozos de radiación; una mórbida venganza a los abusos del poder militar. Los poderes menores que se vieron atrapados en medio de la carnicería salvaje no escaparon a su propia dosis de dolor y sufrimiento, puesto que tanto el condominio Norteño como los estados unidos de Euráfrica temiendo que el otro obtendría de esos poderes menores los recursos para seguir con la lucha, lanzaron sus arsenales de armas de destrucción masiva a los países neutrales.  Que ambos bandos se destruyeran mutuamente resulto ser un pequeño confort para aquellos que sobrevivieron. Para evitar el resurgimiento de tal tiranía sería necesario un sistema fuerte y unido. Sin él, el mundo estaría abocado a una espiral de destrucción de la que posiblemente no podría recuperarse.

A la larga, se trataba de unir un complejo de estructuras de poder en una única superestructura general. Pero abundaba el cinismo y algunas personas se mostraban menos optimistas acerca de poner su fe en la política. “Incluso si no hubiera más guerras mundiales”, dijeron, “todavía tendríamos guerras civiles”. Quizás no estaban del todo equivocados, pero tal retórica no fue lo suficientemente fatalista como para hacer que la gente hiciera oídos sordos a su advertencia. En cualquier caso, dado que la población mundial se había reducido a unos mil millones de seres humanos y la producción de alimentos se había ralentizado a un ritmo lento, apenas había energía suficiente para sostener una guerra civil.

La capital del Gobierno Global se estableció en Brisbane, una ciudad en el noreste de Australia frente al Océano Pacífico. Su ubicación en el hemisferio sur, donde los daños de la guerra fueron mínimos, la hizo ideal como centro político. También fue un centro para el bloque económico más grande del planeta, rico en recursos naturales y geográficamente alejado de aquellas naciones que habían causado los desastres de la guerra.

Una de las principales consecuencias del establecimiento del Gobierno Mundial fue una fuerte disminución de la influencia de la religión. Por más que lo intentaron, las organizaciones religiosas tradicionales finalmente no lograron poner fin a la era de los conflictos que finalmente se resolvió con el nacimiento del Gobierno Global. En todo caso, la religiosidad fue un factor primordial para fomentar la enemistad y el prejuicio entre bandos opuestos. Los ejércitos privados que representaban a varias sectas religiosas mataron desenfrenadamente a las mujeres y los hijos de los herejes, todo en nombre de su Dios todopoderoso. A raíz de la destrucción del Condominio Norte, las Naciones menores que defendían la autoridad local en todo el continente de América del Norte transformaron esta gran potencia industrial una vez conocida como el pináculo de la razón y el gobierno republicano en un páramo de metal, resina y hormigón, infectando a los supervivientes con virus de superstición y exclusión.

Al final, su Dios no intervino, su mesías no apareció y la gente a duras pena había sido capaz de recomponer su mundo (y eso solamente, a través de un esfuerzo titánico) a partir de un abismo de ruinas.

La reconstrucción procedió con rapidez. La población remanente lo puso todo en proyectos grandes y pequeños, construyendo la nueva capital y revitalizando tierras devastadas, pero siempre con un pie puesto en la frontera del espacio exterior.

Según las palabras de un dicho popular: “El que posee la frontera nunca será contado entre los débiles”. Antes del establecimiento del Gobierno Global, la humanidad había dejado su huella en Marte, pero en 2166 d.C., los humanos habían atravesado el cinturón de asteroides para construir una base de desarrollo en el satélite Io de Júpiter. El Ministerio del Espacio era el departamento más activo del Gobierno Global en ese momento. Su sede estaba ubicada en la superficie de la luna, donde funcionaba como el centro neurálgico de todas las divisiones, incluidas las navegaciones, los recursos, las instalaciones, las comunicaciones, la gestión, la educación, la ciencia, la exploración y el transporte marítimo. La inmensidad de su escala estaba en proporción con la época, y a mediados de la década de 2200 su población superó a la de Brisbane.

Como decían algunos Brisbane, podría haber sido la capital de la Tierra, pero la ciudad lunar era la capital de todo el sistema solar.

Al principio, cualquier actividad de terraformación realizada fuera del planeta permaneció confinada al sistema solar. En el año 2253 d.C., la primera nave de exploración interestelar dio paso a Alpha Centauri, pero cuando no regresó veinte años después, la gente comenzó a dudar si sus sueños de colonizar mundos no descubiertos se realizarían alguna vez. Sin embargo, la población todavía rondaba los cuatro mil millones, por lo que solo el sistema solar ya prometía proporcionar espacio vital más que suficiente.

En 2360 d.C., un equipo de ingenieros espaciales y su líder, el Dr. Antonel János, se convirtieron en los salvadores de toda la raza humana cuando por fin se logró el viaje superlumínico. Al principio, los viajes warp funcionaban solamente en distancias cortas. Más importante aún, provocaban efectos notablemente adversos en el cuerpo humano, especialmente en el área de la fertilidad femenina. Pero para el 2391 d.C., la tecnología estaba completamente implementada y perfeccionada. Esto amplió el alcance de la exploración hasta el punto de que, en 2402 d.C., se descubrió un planeta habitable en el sistema estelar Canopus. Y con ese descubrimiento, comenzó la era de la migración interestelar.

Con esta nueva tecnología, sin embargo, aparecieron las primeras grietas en el sistema de “autoridad única” bajo el cual ahora se gobernaba el mundo. En 2404 d.C., incluso cuando el primer equipo de emigrantes interestelares partía hacia la base de navegaciones en Io con una aclamación entusiasta, los líderes del Gobierno Global en Brisbane se enfrentaban a un debate elíptico: ¿cuánta autonomía deberían otorgar a esos asentamientos cuando se establecieran cada vez más y más lejos de la Tierra? ¿Se les debería permitir la independencia total, acatar las leyes y regulaciones de la Tierra sin compromiso, u operar en algún lugar entre esos dos extremos?

A lo largo de ocho décadas, la organización fundada modestamente como el Departamento de Seguridad de la Navegación Espacial del Ministerio fue ascendida al Departamento de Paz Pública del Ministerio del Espacio, que luego se convirtió en el Comando de Defensa Espacial bajo el subsecretario de Defensa y finalmente en la Fuerza Espacial. La Fuerza Espacial tenía una disposición completamente diferente a la NCASF, o Fuerza Espacial Aérea del Condominio Norte, que amenazaba y dominaba a los países más débiles desde el aire antes de que existiera el Gobierno Global. El propósito de la Fuerza Espacial era garantizar la seguridad de los ciudadanos que viajan por el espacio protegiendo las libertades civiles y las economías contra cualquier irregularidad que pudiera socavar esos privilegios. Con el advenimiento de los viajes interestelares, se produjo una amnesia casi total por el hecho de que cualquier ejército que promocionara un énfasis en la protección pacífica de los asuntos domésticos se estaba volviendo loco inevitablemente con invasiones y campañas ofensivas en el extranjero, donde sus acciones transcurrían relativamente desapercibidas para los poderes centrales.

Una y otra vez, cualquier estudiante de la historia posterior habrá encontrado pruebas de que un ejército es la organización más poderosa y violenta de una nación, que no puede haber grupos militares fuera de cualquier nación que afirme unir a toda la humanidad. Y así, a pesar de una suficiencia mínima de poder militar, La fuerza espacial continuó expandiendo su mano de obra y recursos materiales.

Para el año 2527 d. C., esta organización militar significativamente ampliada mostraba signos de degeneración interna, pero una reunión de la sección sobre desarme y control de armas en el Congreso de Unificación generó quejas cínicas de todos los lados. Uno de esos testimonios describió la situación en los siguientes términos:

“¿Acaso no son los militares de alto rango otra cosa que nobleza armada con otro nombre? Como ejemplo, echemos un buen vistazo a la extravagante vida de Arnold F. Birch, capitán de la Dixieland, la nave nodriza adscrita a la cuarta compañía como cuartel general. Sus dependencias consistían de una oficina, una sala de estar, un dormitorio y un baño, por un área total de 240 metros cuadrados. Pero comparemos eso con las dependencias de los soldados, en el nivel inferior, donde podemos encontrar a noventa hombres apretujados en ese mismo espacio. Con respecto a los trabajadores, es perfectamente natural que un capitán tenga un ayudante asignado. Pero el tenía una secretaria privada (una oficial), seis ordenanzas, dos cocineros personales, y una enfermera privada para atender cualquier necesidad. Por supuesto, sus salarios provenían del erario público. Pero la mayor indignidad resulta en que un hombre enfermo en necesidad de los cuidados de una enfermera esté al mando de una flota completa.”

Esta acusación se convirtió en blanco de acaloradas críticas. Los militares ya tenían suficientes portavoces dentro del Congreso y la prensa como para manejar la situación.

Los viajes interestelares se habían acercado a un techo en términos de innovación tecnológica y alcance efectivo, y cualquier perspectiva de desarrollo ilimitado se estaba desvaneciendo. Para el 2480 d.C., la esfera de influencia de la humanidad había alcanzado un radio de 60 años luz, con la Tierra como centro. Para el 2530 d. C., ese radio se había expandido a 84 años luz; en 2580, se había arrastrado hasta los 91 años luz; y hacia 2630, 94 años luz. Y aunque la expansión claramente se había estancado, los organismos militares y burocráticos que apoyaban estos esfuerzos cada vez más inútiles estaban creciendo a proporciones gigantescas.

Incluso cuando los avances científicos se estancaban, florecían las injusticias económicas. La Tierra ya había plegado sus industrias mineras y agrícolas, apostando capital en cambio para controlar sus más de cien colonias, desviando codiciosamente ganancias y recursos a cambio. Cualquier autonomía gubernamental otorgada nominalmente a los planetas colonia no hizo nada para aliviar su subordinación a la Tierra. Se estableció un Congreso Panhumano con la esperanza de aliviar algunas de estas preocupaciones. Pero mientras que el Congreso Panhumano tenía buenas intenciones de hacerlo, el 70% de sus delegados habían sido elegidos de la Tierra. Y debido a que la enmienda de cualquier proyecto de ley presentado al Congreso requería una aprobación del 70 %, no había posibilidad de que las preocupaciones de las colonias estuvieran representadas de manera justa. En un momento, un delegado elegido por el sistema estelar de Spica llamó la atención sobre la distribución desigual de los abundantes recursos naturales y financieros de la Tierra. El secretario general del Partido Republicano Nacional en el poder del Gobierno Global, Joshua Lubrick, le respondió:

“Cualquier carencia sufrida por los planetas colonia puede deberse solo a su propia incompetencia y nada más. Insistir en que la Tierra tiene la culpa es la definición misma de una mentalidad esclava, una que muestra una falta de independencia y ambición “.

Sentimientos como estos fueron chispas que provocaron incendios de ardiente indignación a través de los planetas colonizados. El monopolio de la Tierra había obligado a las colonias a adoptar monocultivos para comprar sus cosechas muy por debajo del valor real y empujando a quienes las producían al borde de la inanición. Como resultado de estas y otras injusticias, las interacciones con la Tierra se enfriaron.

Según el historiador Ivan Sharma, “En ese momento, la Tierra carecía de recursos, al igual que sus habitantes carecían de imaginación. No hay duda de que esto último alimentó su actual deterioro “.

La falta de imaginación de la Tierra se manifestó en su obstinada lealtad al dogma elitista. Los poderosos solo crecieron a las alturas que lo hicieron porque estaban tan profundamente comprometidos con las nociones de riqueza ancestral y fuerza militar que incluso pensar en cuestionarlos era arriesgarse a socavar los cimientos mismos del poder terrestre. La Tierra saqueó sus colonias y, a través de su abundancia, fortaleció su propia destreza militar. En efecto, la gente de las colonias había apoyado a los mismos soldados que los vigilaban y oprimían.

Para el año 2682 d.C., las colonias habían llegado a un punto de ruptura. Uniéndose, hicieron las siguientes demandas. Primero, la Tierra iba a recortar su ejército desmesurado. En segundo lugar, el número de representantes elegidos para el Congreso Panhumano debía redistribuirse para reflejar las proporciones reales de las poblaciones interplanetarias. En tercer lugar, el capitalismo terrenal dejaría de intervenir en los asuntos económicos de sus colonias. Para quienes hicieron las demandas, estas eran esperanzas naturales, aunque modestas. Pero para quien debía responder dichas demandas, estas eran difíciles de cumplir. De cualquier manera, ¿qué derecho tenían para hacer tales demandas en primer lugar? Esos bárbaros de la frontera apenas conocían su lugar, ¡pero se atrevieron a hacer demandas al superestado soberano de la Tierra como si fueran iguales!

La luna de miel había terminado. La Tierra dejó de cumplir su responsabilidad con el Congreso Panhumano, pero no sin intentar llegar a un acuerdo.

El historiador Ivan Sharma mira oscuramente a través de un catalejo este giro de los acontecimientos:

“En esta coyuntura histórica, la depresión moral de la Tierra fue más profunda que nunca. La gente de la Tierra estaba decidida a garantizar sus derechos manifiestos, incluso si esa garantía volaba en contra de la justicia. Pero, ¿cómo iban a ejercer dichos derechos como primer paso hacia el avance y el progreso? ”

Contrariamente a la perspectiva especulativa de Sharma sobre el pasado, las personas de las que escribe ya no se preocupan por el avance y el progreso. Y así, la Tierra recurrió a la conspiración y la fuerza militar bruta para reprimir el descontento de sus colonias. El gobierno del sistema estelar Sirius pasó a la ofensiva y se encargó de encabezar una naciente facción anti-Tierra.

La Tierra comenzó a difundir desinformación, alegando que Sirius la estaba criticando en cada oportunidad posible. Esto no se debió a que Sirius buscara la igualdad, sino a que aspiraba a gobernar a toda la humanidad en el lugar de la Tierra. Desde el punto de vista de Sirius, la Tierra debía ser temida universalmente, ya que sus políticas habían erosionado hasta la última esperanza de relaciones amistosas con sus colonias. No todos los planetas coloniales tenían motivos para culpar a la Tierra de manera tan descarada. Algunos decían que su descontento no estaba relacionado en absoluto con la ruina de la Tierra, sino con la posibilidad de que cada colonia tuviera que renunciar a su propia libertad y su futuro subordinado a un Sirius maníaco. Sirius ahora se había convertido en un enemigo común tanto para la Tierra como para las otras colonias. Su misma existencia era un peligro para todos. Antes de que nadie supiera mejor, Sirius había acumulado un increíble poder y armamento nacional, e incluso había puesto en marcha una red de espías para proteger sus intereses clandestinos. En poco tiempo, el lema “¡Cuidado con Sirius!” estaba en boca de todos.

Cuando se enfrentaron a este desarrollo de acontecimientos, los líderes de Sirius se rieron de esas acusaciones de tiranía. Otros líderes coloniales se rieron con ellos, aunque solo a la defensiva, con la más sincera esperanza de que la Tierra simplemente hubiera estado difundiendo rumores con el propósito de afirmar su hegemonía.

Por lo tanto, la Tierra reconoció oficialmente a Sirius como una nación enemiga. Eran un enemigo controlable, un villano miserable que solo podía ceder y suplicar piedad si la Tierra decidía mostrar su verdadero poder. Pero incluso cuando la Tierra estaba propagando la amenaza y el poder de Sirius en el escenario principal universal, se estaba gestando un desarrollo imprevisto entre bastidores.

Muchos ciudadanos de a pie comenzaron a creer que el poder y las intenciones de Sirius sobrepasaban a los de la tierra. Todas las demás naciones autónomas, incluida Sirius, siguieron su ejemplo.

Al principio, y con malicioso deleite, la Tierra había magnificado una imagen falsa de Sirius, solo para ver cómo el espejismo tomaba una forma tridimensional como una terrible realidad en la mente de las personas. Las colonias estaban asombradas por el aparente poder de Sirius y se convencieron a sí mismas de que todo terminaría bien si llegaba la Tierra con todo su poder militar. También hubo quienes mantuvieron puntos de vista más cínicos, como el famoso ejemplo de un periodista llamado Marenzio:

“Anoche, una carretera local se inundó cuando se rompió una importante línea de agua subterránea. Tenemos todas las razones para creer que un espía de Sirius estaba detrás del incidente. Esta mañana, un hombre fue arrestado por una serie de incendios provocados en el Bloque F. Las autoridades sospechan que ese mismo espía pudo haberle lavado el cerebro para que cometiera estos crímenes. No se equivoquen al respecto: las intrigas diabólicas de Sirius se remontan a todos esos barcos que han desaparecido en el Triángulo de las Bermudas, al genocidio de los pueblos indígenas e incluso a que Eva comiera la fruta prohibida. Ay, Sirius, dejarás tu nombre en la historia como el de un mal universal.”

No es sorprendente que esta emblemática hipérbole provocara la ira y el odio de las agencias de seguridad en todos los ámbitos. Debido a que no podían castigar abiertamente a su autor por simplemente expresar su opinión, en cambio amenazaron a su jefe y lo degradaron a un lugar no revelado en la frontera, de donde nunca más se supo de él.

Mientras tanto, el complot de la Tierra para pintar a Sirius como el enemigo de su propia propaganda provocó una consecuencia muy irónica cuando varios planetas colonia, albergando animosidad hacia la Tierra, comenzaron a acercarse a Sirius con la esperanza de estar en el bando ganador. De hecho, la Tierra les había hecho creer que echar su suerte con Sirius era la única forma de apuntalar sus defensas contra el despotismo de la Tierra.

La situación se deterioró rápidamente para la Tierra cuando una colonia tras otra decidió unir fuerzas con Sirius. E incluso cuando el gobierno de la Tierra estaba preocupado por los fracasos de su plan aparentemente infalible, Sirius encabezó una vigorosa campaña contra la Tierra en respuesta a las crecientes presiones. En 2689 d.C., temiendo la precipitada expansión militar de Sirius, la Tierra decidió enseñarle a su colonia más autosuficiente una dura lección de provocación.

Sirio reunió a todas las guarniciones coloniales a su disposición para realizar ejercicios militares conjuntos, prometiendo provisiones de artillería pesada. Al ver que estas actividades se estaban montando a una escala tan grande, las fuerzas militares de la Tierra usaron esto como un pretexto para lanzar un ataque preventivo. Sus tácticas de guerra relámpago fueron un éxito rotundo. El planeta natal de Sirius, Londrina, el sexto planeta de la zona estelar Sirius, fue arrasado por las llamadas Fuerzas Globales. Todas las poblaciones coloniales involucradas, comenzando por la de Sirius, huyeron al espacio, dejando las superficies de sus planetas en ruinas.

A pesar de haber salvado a su planeta de la aniquilación, la disciplina y la moral entre las tropas de la Tierra habían degenerado a un nivel abominable. El cuartel general local se dedicó a procesar el enorme número de personas involucradas en la limpieza posterior. Por un lado, la cantidad de materiales confiscados no se informó, mientras que el resto se destinó a los espaciosos bolsillos de los oficiales terrestres de más alto rango. Por otro lado, las bajas enemigas se exageraron drásticamente. El número real de muertos en combate, que ascendía a 600.000, se había elevado a 1.500.000. Para hacer que ese número pareciera más plausible, la Fuerza Espacial no solo masacró a miles de civiles inocentes, sino que también llevó a cabo silenciosamente el acto bárbaro de desmembrar cadáveres para que pareciera que esas partes del cuerpo pertenecían a un mayor número de muertos por la guerra. Los oficiales de la Fuerza Espacial tampoco informaron el número de bajas entre los suyos para que los oficiales pudieran malversar esos salarios que habrían ido a parar a los muertos si todavía estuvieran vivos.

El clímax de esta espantosa farsa tuvo lugar en un tribunal militar celebrado en febrero del año siguiente, 2690, en la capital de la Tierra, Brisbane. Allí, un periodista que había arriesgado su vida en el campo de batalla para informar desde el frente fue acusado de sacar a la luz la atrocidad de la masacre de civiles perpetrada por los soldados de la Tierra. Enfrentándose a la información que ganó con tanto esfuerzo, solo los oficiales militares tomaron el estrado de los testigos. No se trajo a nadie del lado de las víctimas para que testificara. Los perpetradores, por supuesto, negaron su complicidad en el asunto. Se volvieron patrióticos por haber luchado tan valientemente por el honor de su patria y sus compatriotas, solo para que sus motivos fueran cuestionados mientras aún se lamían las heridas. Qué inconcebible era, decían entre lágrimas forzadas, que algún periodista ignorante subiera a su caballo moral y tratara de difamarlos como si se tratara de un truco publicitario. El tribunal exoneró a los acusados ​​y dictó una sentencia por difamación sobre su acusador, prohibiéndole ejercer el periodismo relacionado con el ejército en cualquier momento en el futuro. Los vencedores, montados sobre los hombros de sus compañeros de armas, marcharon por la avenida central de la capital, entonando canciones de guerra a todo pulmón. Mientras los versos de “Bajo la bandera de la justicia”, “Guardianes de la paz”, “Mi vida por honor” y “El regreso triunfal del héroe” salieron de sus labios, su supremacía se sentía más segura que nunca.

Todo lo cual sólo despertó aún más el apetito de las fuerzas militares de la Tierra. No importaba la crueldad, distorsionaron la verdad bajo el engaño de que podían salirse con la suya sin importar lo que hicieran. Sin responsabilidad que mostrar por sus acciones, vieron como una desventaja no cometer delitos para beneficio personal. El asesinado en masa de civiles, la violación de mujeres, la destrucción de ciudades y el saqueo era mucho más natural y más fácil que el desafío de luchar contra un enemigo digno. De este giro pecaminoso, solo podían ganar. Los militares habían pasado de ser un grupo de soldados a una banda de ladrones, y sus corazones ardían de idealismo romántico por el próximo campo de batalla.

Es decir, hasta el incidente de Raglan City.

Si bien los restos de los ejércitos coloniales derrotados habían huido a Ciudad Raglan, con armas y todo, de mayor importancia para las Fuerzas Globales era que Raglan, como centro de producción y distribución de los abundantes recursos naturales del planeta Londrina, había acumulado una gran riqueza tanto a ras de suelo como bajo tierra. La fuerza de asalto terrestre movilizó su infantería, utilizando quince divisiones de campo mecanizadas para hacer un muro de tropas alrededor del perímetro de la ciudad. Además, prepararon cuatro unidades de asalto aéreo y seis unidades de guerra urbana para asaltar la ciudad. La primera ola de ataque estaba planeada para el 9 de mayo, pero se pospuso dos veces: la primera porque el alcalde de Raglan, Massaryk, se había excedido en sus negociaciones para evitar la guerra, y la segunda porque dentro de las fuerzas de asalto terrestres, cierto vicealmirante Clérambault, segundo al mando de la División Estratégica del Cuartel General de Comando, había minimizado repetidamente los planes tácticos de las fuerzas locales para prevenir actos de barbarie. Sin embargo, sus esfuerzos fracasaron cuando, en la noche del 14 de mayo, diez unidades asaltaron las calles de Raglan City desde tierra y aire.

La invasión no salió en absoluto según lo planeado. Asediados por una fuerza masiva y presa del pánico, algunos de los soldados que permanecían en Ciudad Raglan, pensando que podrían neutralizar un ataque entregándose a las Fuerzas de asalto terrestres, se apresuraron a organizar escuadrones de vigilantes y comenzaron a cazar insurgentes. Pero los perseguidos tenían su propia agenda, y debido a que tenían armas, no se permitirían simplemente que los expulsaran. Los tiroteos estallaron en toda la ciudad y, a las 8:20 p.m., los soldados observaron desde el perímetro cómo los tanques de hidrógeno líquido del Bloque Occidental se incendiaban. Tomaron esto como su señal para lanzar una ofensiva en lo que se conocería como la “Noche de Sangre”.

Sus órdenes fueron duras, sin duda:

“Cualquiera que lleve armas será disparado a discreción. Sin hacer preguntas. Cualquiera que fuera sospechoso de portar armas, y aquellos que parecieran resistirse, escapar o esconderse, serían castigados en consecuencia “.

Al dar a la tropa permiso para matar, los militares habían efectivamente condonado abiertamente el asesinato indiscriminado.

Aquellos que asaltaron la ciudad estaban hambrientos del asesinato y destrucción que habían sido autorizados a llevar a cabo, febrilmente violando y saqueando dondequiera que fueran capaces. Tales acciones no habían sido oficialmente sancionadas, pero aun así fueron tranquilamente toleradas. Los cuadros y las joyas que habían sido robadas de los museos de la ciudad, y los libros raros fueron arrojados al fuego por ignorantes soltados que nada entendían de un inestimable valor.

El bloque norteño de la ciudad acomodaba una refinería de diamantes, así como plantas de procesamiento de oro, platino y otros minerales preciosos. Naturalmente, También se convirtieron en un objetivo de ataque por parte de las excesivamente entusiastas fuerzas de asalto terrestre, cuya segunda unidad de asalto aéreo y quinta de asalto terrestre mataron accidentalmente a algunos de sus propios miembros en su afán destructivo. Las bajas se contaron por el millar y medio en ambos batallones, pero una investigación llevada a cabo al día siguiente reveló que más de sesenta cuerpos habían sido abiertos en canal, presumiblemente para obtener los diamantes en bruto que habían tragado. Entre las bajas civiles, las víctimas eran cien veces las de la tropa. Los viejos tenían las mandíbulas cortadas con cuchillos militares y los dientes de oro arrancados, y las mujeres tomadas por la fuerza vieron como les cortaban las orejas para tomar sus valiosos pendientes y los dedos para tomar sus anillos.

La noche de sangre duro diez horas. En ese tiempo, casi un millón de habitantes de Ciudad Raglan fueron asesinados por las fuerzas de asalto global, mientras que los daños provenientes de la destrucción y el saqueo ascendieron a un total de 15.000 millones de la divisa común. Los mandos locales se quedaron una porción sustancial de bienes robados para sí mismos e informaron a la tierra que tras una fiera batalla, las fuerzas enemigas habían sido eliminadas y la ciudad había sido exitosamente ocupada.

En su rabia, Clérambault agarró un bolígrafo y descargó su rabia en su diario por fracasar en prevenir la barbarie de sus camaradas de armas.

Nada en la Sociedad humana es tan atroz como un ejército sin vergüenza ni autocontrol. Y la fuerza a la que sirvo se ha convertido en justamente eso.

En los cuarteles generales de la capital, los líderes de la tropa que charlaban relajadamente ante sus pantallas de comunicación con un vaso de whisky en la mano recuperaron la sobriedad al escuchar la voz cargada de desprecio de un veterano almirante llamado Hazlitt.

“Lucís muy contentos para una panda de hombres que acaban de hacer pasto de las llamas, las ciudades en las que viven otros seres humanos ¿Acaso ese pensamiento os entusiasma? ¿Os trae alegría? Os garantizo que, de aquí a una década, nuestra capital sufrirá el mismo destino. Recordad mis palabras ¿No deberíamos al menos estar preparados para esa eventualidad?”

Pero aquellos que criticaban las malas acciones de sus aliados estuvieron siempre en la minoría. Dos disidentes como esos, fueron tratados con resolución y retirados del deber activo.

Un tal contraalmirante Weber, que trabajaba como secretario jefe de prensa, hizo la siguiente declaración inicial:

“Puedo decir con confianza que no se llevó a cabo ningún caso de masacre o pillaje en Ciudad Raglan. Aquellos que reclaman tanto deberían ser tildados de rebeldes cuyo único objetivo es inventarse historias y así herir el honor de las Fuerzas Globales”.

Tres días después, el ejército cambió de tono:

“Después de un cuidadoso examen interno, hemos determinado que de hecho ocurrieron masacres y saqueos, aunque en una escala mucho menor de lo que se informó originalmente. Las bajas fueron, como máximo, veinte mil. Además, los perpetradores de estos actos atroces no fueron las Fuerzas Globales, sino extremistas guerrilleros anti-Tierra escondidos en la ciudad. Ellos atribuyeron sus propios crímenes a las Fuerzas Globales en un intento de incitar sentimientos anti-Tierra. Puede estar seguro de que estos atroces crímenes recibirán el castigo adecuado “.

Los portavoces militares nunca divulgaron el razonamiento o los procesos de investigación por los que habían llegado a un cambio de posición tan rápido con respecto a su posición en la escaramuza de ciudad Raglan. Las acciones, continuaron enfatizando, eran más importantes que las palabras. Era su responsabilidad castigar brutalmente a estos insurgentes armados que habían destruido las vidas de civiles y el orden público junto con ellos. Llevar a cabo dicho deber al máximo, afirmaron, les obligaría a realizar otra operación de búsqueda y destrucción en ciudad Raglan.

Lo que en la superficie parecía un acto rápido de recompensa en realidad permitió a las Fuerzas Globales regresar por esos bienes materiales que no habían robado la primera vez, eliminar a cualquier testigo ocular persistente que pudiera comprometer la credibilidad de su historia y reprimir completamente la lucha contra los esfuerzos anti-Tierra. Pero las Fuerzas Globales, como había predicho Clérambault, perdieron el control de sí mismas y se desbocaron. Si su cuarto objetivo era sembrar el miedo hacia la facción anti-Tierra y sofocar el entusiasmo por la resistencia, nunca funcionó. En todo caso, sembraron más odio y hostilidad. Su pequeña operación de “limpieza” costó otras 350.000 vidas.

Incluso sus crueles manos de opresión, sin embargo, dejaron que unos pequeños granos de arena cayeran sin ser vistos entre sus dedos, para gran pesar del Gobierno Global y el deleite de las colonias. Resultó que estos granos fueron los primeros de lo que se convertiría en una montaña de proporciones históricas.

Un periodista solivisionista de veinticinco años llamado Kahle Palmgren fue golpeado hasta la inconsciencia con rifles láser y dado por muerto cuando se negó a una inspección material por parte de los militares. Cuando volvió en sí, descubrió que lo habían arrojado encima de una pila de cadáveres. Viendo que el montículo había sido rociado con combustible de cohete y que lo habían prendido, logró escapar a través de la espesa nube de humo antes de que el fuego pudiera agregarlo a sus víctimas.

También estaba Winslow Kenneth Townsend, un contable de veintitrés años que trabajaba en las oficinas de una mina de radio metálico y secretario de un sindicato, que observaba el paso del ejército desde la ventana de su apartamento cuando un soldado borracho le disparó desde abajo. El rayo de la pistola se dirigió directamente a la frente de su madre, que estaba junto a él. Fue completamente ignorado cuando presentó cargos contra las autoridades militares, quienes respondieron acusándolo a su vez de matar él mismo a su madre. Sabiendo que era inútil llevar el caso más lejos, huyó a las minas, escabulléndose de sus perseguidores hasta que desapareció por completo del radar.

Luego estaba Joliot Francoeur, un estudiante de medicina herbal de veinte años en la filial institucional de una escuela de medicina, quien con su guía de referencia médica de dos mil páginas abrió la cabeza a un soldado de la Tierra por violar a su novia. Esto no le dejó más remedio que colarse en las alcantarillas subterráneas como fugitivo. Solo después de su exitosa fuga se enteró de que su novia se había suicidado.

Y finalmente, estaba Chao Yui-lun, de diecinueve años, que no tenía interés ni en la política ni en la revolución, y que había estado estudiando composición en un conservatorio de música. Después de perder a su hermano y a su cuñada, que lo criaron en lugar de sus padres, a causa de los disparos aleatorios de los oficiales del cuerpo de seguridad, agarró a su sobrino de tres años y huyó de una ciudad Raglan envuelta en llamas.

Estos cuatro supervivientes adquirieron gran renombre. A diferencia de ellos, la mayoría de los que juraron vengarse de las Fuerzas Globales mientras veían arder sus calles en llamas murieron en el intento y terminaron con sus vidas en la oscuridad. Para este fatídico cuarteto, la resistencia era más que una cuestión de principios. Era el medio para sobrevivir.

“La ciudad de Raglan ha ardido hasta los cimientos”, decía el informe oficial, “dejando atrás enormes ruinas carbonizadas, 1,5 millones de muertos, 2,5 millones de heridos, 4,5 millones de prisioneros de guerra y cuatro vengadores”.

“Vengadores” no era la forma más precisa de decirlo, porque lo que motivaba a Palmgren, Townsend, Francoeur y Chao no era simplemente el deseo de expulsar a las Fuerzas Globales de su sillón de autoridad y gloria catorce años después, sino ver los fantasmas de la ciudad arrasada elevándose silenciosamente desde las profundidades de sus ideales e ideología, superando a los que los habían matado como ladrones en la noche.

Los cuatro se reunieron primero en Proserpina, quinto planeta de la zona estelar central de Próxima. La fecha fue el 28 de febrero de 2691 d.C. Era la primera vez que se conocían por su nombre, aunque era posible que se hubieran cruzado en la base de operaciones de la facción anti-Tierra sin haber sido presentados formalmente.

La subsecuente división de roles entre los cuatro fue un excelente ejemplo de que las personas adecuadas están en el lugar adecuado en el momento adecuado. Palmgren se basó en sus propios ideales y cosmovisión para unificar las facciones anti-Tierra y crear conciencia entre el público. Estas acciones, combinadas con su liderazgo natural y su poder de unión, le valieron el estatus de ejemplo para el movimiento anti-Tierra. Usando su agudo sentido de las finanzas y las capacidades administrativas, Townsend sentó una base económica ambiciosa para lo que llegó a conocerse como el Frente Unido Anti-Tierra, generando así grandes avances en el potencial de las colonias no desarrolladas para impulsar la producción nacional en sus propios términos. Además, aprovechó con éxito su perspicacia en estos asuntos para impulsar un sistema de distribución eficiente. Francoeur, como comandante supremo de una organización combativa contra la Tierra conocida como la Black Flag Force (O fuerza de la Bandera negra), movilizó a una turba desordenada en una facción revolucionaria altamente entrenada, a la que reorganizó, reguló, dirigió y comandó. En ese momento, el ejército gubernamental de la Tierra contaba con tres almirantes superlativos en sus filas, junto con una abrumadora abundancia de recursos materiales, por lo que inicialmente Francoeur no pudo someterlos en más de una ocasión.

 Pero en la decisiva Batalla de Vega, logró dividir la flota de la Tierra, ganando los ochenta y cuatro enfrentamientos después de descubrir el secreto de su legendaria invencibilidad. Mientras tanto, Chao Yui-lun supervisaba la inteligencia, la estrategia y el espionaje. En su vida normal, había sido un joven reservado que no se atrevería a engañar ni a una panadería con el cambio en una compra, pero cuando se trataba de derrocar la hegemonía gubernamental de la Tierra, no daba cuartel. Para asegurar su liderazgo dentro del Frente Unido Anti-Tierra, acusaron al viejo régimen indeciso de ser espías de la Tierra y los desterraron desde el principio, abriendo así varios agujeros negros dentro de las facciones de ambos lados y reduciendo a la mitad el número de combatientes potenciales.

Los almirantes antes mencionados — Collins, Schattorf y Vinetti — eran tácticos extraordinariamente raros que poseían tanto experiencia como conocimientos teóricos, pero se negaron a cooperar y cortaron el contacto entre sí durante la Batalla de Vega. Todos perdieron ante las tácticas aplastantes de Francoeur. Fue Chao quien aprovechó la disonancia nacida entre los almirantes por este revés. Su plan era lo suficientemente diabólico como para haberle ganado un certificado de elogio del propio Mefistófeles. Primero, obligó a Vinetti a dar un golpe de estado, hizo matar a Collins y le dio a conocer la verdad a Schattorf, quien hizo que capturaran y mataran a Vinetti. Luego se lo aclaró todo a Schattorf e incitó a los antiguos subordinados de Vinetti a matar a Schattorf en rebelión. Después de ser acribillado con docenas de balas, Schattorf vivió lo suficiente como para dejar escapar una palabra de sus labios:

“Tontos…”

Y así, en 2703 d.C.,una Tierra, efectivamente aislada de sus propios suministros de alimentos, materias primas industriales y fuentes de energía, comenzó un ataque desesperado. El ejército terrestre, magnífico sólo en términos de equipamiento, estaba dirigido por almirantes de segunda categoría, desprovistos de talento y espíritu colaborativo. Fueron aplastados repetidamente bajo la bota táctica de Francoeur, especialmente en la Segunda Batalla de Vega, en la que una flota terrestre de sesenta mil naves sufrió una vergonzosa derrota a manos de las meras ocho mil naves de la Black Flag Force. Para el año siguiente, 2704 d.C., el ejército de la Tierra había perdido el control del sistema solar. Usando el cinturón de asteroides como última defensa, la Tierra mantuvo su resistencia casi inútil hasta que abandonó incluso la formalidad de proteger a su propia gente, apoderándose de las provisiones de los ciudadanos y reutilizándolas para el uso militar.

Dentro de la Black Flag force, que se había desplegado hasta Júpiter, las opiniones estaban divididas entre el comandante Francoeur y el comité político de Chao. Mientras que Francoeur insistió en un ataque a gran escala, Chao estaba a favor de una guerra de desgaste. Las únicas opciones que le quedaban a la fuerza global de la tierra eran rendirse o morir de hambre. Suponiendo que fueran demasiado tercos para rendirse, la superficie de la Tierra pronto se reduciría a poco más que un cementerio.

Se llegó a un compromiso y la Tierra se llevó la peor parte. La Black Flag force cortó todos los canales de suministro a la Tierra y, después de dos meses de asedio, comenzó un ataque total.

La tragedia en ciudad raglan se repitió a una escala mucho mayor.

A raíz de esta masacre unilateral, representantes de las Fuerzas Globales, junto con más de sesenta mil altos oficiales militares, fueron ejecutados en masa como criminales de guerra. Después de esto, se estableció la soberanía de Sirius, es decir, del Grupo Raglan. El poder y la autoridad de la Tierra se habían convertido en cenizas en una conflagración que lo consumía todo, y los cuatro que habían unificado una turba enfurecida de fuerzas anti-Tierra seguramente serían los que los reemplazarían. Pero la “Era de Sirius” no sería más que un destello en la sartén.

Dos años después de la Guerra de Sirio, en 2706 d. C., Palmgren, la encarnación viviente de la revolución y la liberación, murió repentinamente a la edad de cuarenta y un años. Un toque de frío se había visto exacerbado por las inclemencias del tiempo cuando asistió a la colocación de la piedra angular de un museo de la guerra emancipadora en un día lluvioso. Inmediatamente después de la ceremonia, el resfriado se había convertido rápidamente en una neumonía aguda, que lo mantuvo postrado en cama hasta su muerte.

“Si muero ahora”, le dijo a su médico de confianza, “este nuevo sistema que hemos creado se desmoronará. Si tan solo la muerte me diera cinco años más … “

Apenas tres meses después de su fallecimiento, la oposición entre el primer ministro Townsend y el ministro de Defensa Francoeur sobre la cuestión de la victoria de Sirius llegó a un punto crítico.

Francoeur estaba molesto porque Townsend no había desmantelado a las llamadas Big Sisters, gigantes corporativos financiados por el antiguo régimen de la Tierra, sino que había optado por absorberlos en la nueva economía.

Francoeur era un realista en el campo de batalla, demostrando una excelente flexibilidad en la planificación y la implementación, pero se apegó a sus principios conceptuales cuando se trataba de política y economía. Cuando sugirió que derribaran el poder de la capital transplanetaria de las Big Sisters, Townsend se negó secamente. No podía permitirse perder ese privilegio, sin el cual su poder significaba poco para él.

Al principio, Chao Yui-lun miró como si estuviera viendo peces de aguas profundas desde muy por encima del nivel del mar Cuando vio con sus propios ojos la degradación del sistema de autoridad de la Tierra hacia la crueldad, se podría decir que su papel había terminado. Ya se había estado retirando de las líneas políticas del frente, y este era el último impulso que necesitaba para divorciarse por completo de sus espirales descendentes. Una vez que el nuevo sistema estuvo en su lugar, se le ofrecieron los puestos duales de viceprimer ministro y secretario interno, pero rechazó los puestos y la autoridad que los acompañaban por principios personales, regresando en su lugar a su ciudad natal de Raglan, en plena recuperación, para cumplir su sueño de toda la vida de abrir un conservatorio de música. Trabajando como presidente de la junta, director y administrador, encontró una satisfacción renovada al enseñar música para órgano y canciones a una generación de niños que, más que nunca, necesitaban la esperanza que solo las artes podían brindar. En lo que a él respectaba, finalmente se había recuperado tanto de la fiebre de la revolución como de la epidemia de la política, y había vuelto a ser quien solía ser. Quién siempre había estado destinado a ser.

Los niños le tenían mucho cariño. Nadie entre ellos jamás imaginaría que su amado y bondadoso director, en dos o tres años, sería engañado por un oponente cruel y amargo, y sería asesinado o llevado al suicidio, provocando así la ruina de la autoridad gubernamental de la Tierra. Los bolsillos del joven decano siempre estaban llenos de chocolates y dulces para los niños, para disgusto de las madres preocupadas por las caries. Una señal, quizás, de su ingenuidad a la hora de asegurar el futuro de quienes más amaba.

Con Chao rechazando afiliarse a una de las dos partes, la disputa entre Townsend y Francoeur llegó a un punto de inflexión. Al principio, Francoeur había intentado adquirir legalmente la máxima autoridad. Cuando se dio cuenta de que era imposible dominar la influencia de un hombre como Townsend, arraigado como estaba en suelo burocrático y económico, Francoeur decidió recurrir a un golpe de estado. Townsend evitó el desastre en cuestión de segundos, ya que un oficial una vez despedido por desobedecer las órdenes de Francoeur expuso el plan del ex estratega. Las consecuencias de este despido se manifestaron una mañana en el dormitorio de Francoeur, cuando un miembro de la Oficina de Seguridad Pública pateó la puerta y mató a tiros a Francoeur justo cuando buscaba su visófono para ordenar el golpe.

Mientras tanto,la Black Flag Force se convirtió en un fiel perro guardián del régimen de Townsend y se reorganizó bajo una severa política de purga y opresión. Entre los llamados Diez Almirantes bajo el mando de Francoeur, uno ya había muerto por causas naturales, seis habían sido ejecutados y otro había muerto en la cárcel. Esto lo dejó con solo dos hombres confiables a su cargo.

Townsend había emergido como el vencedor en esta batalla de autoridad. Como el hombre al que había derrocado, creía en su propia justicia, lo que los hacía más parecidos de lo que quería admitir. Dado que el mínimo de influencia que poseía el Gobierno Global ya se había quedado en el camino, de ahora en adelante sería necesario reconstruir la resolución y el orden a partir del caos y, en aras del desarrollo social y el equilibrio en la vida de los ciudadanos, borrar a Francoeur de historia como el revolucionario dogmático que fue. Con Francoeur desaparecido, Townsend no tenía ninguna duda de que se construiría una nueva sociedad estrictamente de acuerdo con sus planes y habilidades.

El único obstáculo que quedaba, a ojos de Townsend, era Chao Yui-lun. Mientras que, en la superficie, Chao parecía más que satisfecho enseñando canciones a los niños en su conservatorio de música, ¿quién sabía si estaba cultivando en secreto un deseo por su poder, como lo había hecho cuando las fuerzas globales habían puesto sus pelotas contra la pared. ¿Se burlaría de la estrategia de Townsend e intentaría derribarlo? ¿No era él, de hecho, capaz de algo más despiadado de lo que cualquiera pudiera imaginar?

Apenas una semana después de la muerte de Francoeur, ocho investigadores armados de la Oficina de Seguridad Pública del Ministerio de Justicia fueron enviados a Raglan. Una orden de arresto presentada a Chao lo acusaba de ser responsable de la muerte de revolucionarios que habían sido purgados por oponerse una vez al Grupo Raglan y su hegemonía. Después de leer en silencio la orden judicial y confirmar mentalmente su falsedad, Chao se volvió hacia su sobrino, ahora mayor y que habitualmente ayudaba a su tio con el trabajo, mientras continuaba sus estudios.

“Para mí”, le dijo Chao a su sobrino, quien le aconsejó que se escapara, “la estrategia es una forma de arte, pero para Townsend es un negocio. Era solo cuestión de tiempo antes de que perdiera contra él. No hay nadie a quien culpar. Esto es simplemente lo que el destino nos depara “.

Firmó el libro de pagos por el costo del órgano que había comprado recientemente y se lo entregó a su sobrino. Veinte minutos después, un trabajador de la Oficina de Seguridad Pública que había estado esperando órdenes en la habitación adyacente entró en la oficina del director, solo para descubrir que Chao estaba inconsciente por el efecto de una droga. Transcurrieron otros veinte minutos y se confirmó la prematura muerte del “arquitecto” de la revolución. Uno de los alumnos había presenciado a un hombre de aspecto esquelético que salía de la habitación del decano con un pañuelo mojado en la mano. Cuando se lo contó a sus padres en casa, se pusieron pálidos y guardaron silencio, exhortándolo a hacer lo mismo, por el bien de la seguridad de su familia.

Después de frustrar la tiranía de la Tierra en el planeta Proserpina y de jurar emancipar las colonias, el Grupo Raglan fue completamente aniquilado en el año siguiente, 2707. El eminentemente poderoso Winslow Kenneth Townsend, primer ministro de Sirius y presidente del Congreso Panhumano, subió a un automóvil para asistir al aniversario de su victoria contra la Tierra, pero cuando se le advirtió de una bomba colocada en el lugar, se volvió hacia su residencia oficial, solo para ser asesinado por una bomba de microondas en el camino.

Esto fue un mes después de que el sobrino de Chao, Feng, escapara de la vigilancia de la Oficina de Seguridad Pública como un supuesto líder criminal. Feng nunca fue detenido. Si se había embarcado en una ola de delitos o había sido asesinado por un asociado, nadie podía decirlo con certeza. En cualquier caso, nunca más se supo de él.

La investigación de la oficina tampoco fue lo suficientemente exhaustiva como para decirlo con certeza. En el momento en que el cuerpo de Townsend fue volado en pedazos, también lo fue el nuevo orden mundial que había colocado en su lugar. Cualquier lealtad burocrática hacia Townsend había perdido su poder cohesivo, se había dejado filtrar fuera de la vista como toda la sangre que se había derramado para mantener ese poder en primer lugar. La Black Flag Force, por su parte, se había atrofiado ante la trágica muerte de Francoeur y la purga política que siguió. Estos eventos habían desencadenado una explosión de energía reprimida, dividiendo al grupo en un lío de sangrientas luchas internas hasta el punto de la total irreconciliación.

Si Palmgren hubiera vivido solo diez años más, la Era Espacial (SE) podría haber comenzado nueve décadas antes. Sin embargo, a medida que cayeron las cartas, tomaría casi un siglo y los esfuerzos de innumerables personas antes de que un “orden universal, sin la Tierra” pudiera reconstruirse después de ser demolido a la mitad de su construcción cuando, en el año 2801 d.C., la Federación Galáctica de naciones estableció su capital en Theoria, segundo planeta del sistema Aldebarán.

A lo largo de los ocho siglos que siguieron, la humanidad, con todos sus desarrollos y retrocesos, tiempos de paz y tiempos de guerra, tiranía y resistencia, sumisión e independencia, progreso y regresión, desvió la mirada de la Tierra. Además de perder su autoridad política y militar, este planeta solitario había perdido cualquier razón de su existencia y no tenía ningún valor digno de mención. A pesar de todos los valientes (y no tan valientes) esfuerzos de sus ciudadanos, la Tierra se había convertido en nada más que restos flotantes en un mar olvidado.

Pero algunos se quedaron en este olvidado planeta madre para mantener viva su memoria, con la esperanza de tocar la antorcha de su celo terrenal con las velas apagadas del futuro …

I

HABÍAN PASADO DOCE AÑOS —no era más que un hombre joven— desde que fue testigo de una coronación. En ese momento, él había sido solo un estudiante más en la Escuela Primaria Militar Imperial, donde se había matriculado con el nombre de Reinhard von Müsel. De pie contra la pared del gran salón de recepciones, a unos noventa metros de distancia, apenas había podido distinguir el rostro del que estaba siendo entronizado. Le tomaría cuatro mil días reducir esa distancia a cero.

“Por cada segundo que ese mocoso rubio sigue respirando, aspira una tonelada de sangre. Como un vampiro, nunca está satisfecho “.

Tales eran los sentimientos de quienes lo odiaban. Había llegado a aceptar incluso las críticas más severas con un gracioso silencio. Por exagerados que fueran, esos comentarios negativos se basaban en ciertas verdades. Mientras arrojaba su peso en medio de los horrores de la guerra, Reinhard había perdido muchos aliados, consignando cien veces más enemigos al olvido en el camino.

Sus sujetos levantaron los brazos y las voces en alto.

“¡Larga vida al Kaiser Reinhard!”

“¡Larga vida al nuevo Imperio Galáctico!”

Era el 22 de junio del año 799 del calendario espacial, 490 del calendario imperial, y Año 1 del nuevo calendario imperial. Solo un minuto antes, había recibido una dorada corona sobre su cabello dorado para convertirse en el Kaiser fundador de la dinastía Lohengramm.

Un monarca de veintitrés años. Su ascenso al trono no fue por ningún medio de la providencia. Había ganado el puesto y toda la autoridad que lo acompañaba gracias a su propio ingenioso poder. Hacía ya casi cinco siglos, que Rudolf el grande había usurpado el poder de la Federación galáctica de naciones y reclamado el trono, y ahora a sus descendientes les había sido arrebatado el mismo después de su largo e insensato monopolio del poder. Y habían sido necesarios treinta y ocho generaciones, o 490 años, para que la usurpación se pagara con usurpación. Ninguno antes de Reinhard había podido cambiar la historia de esta manera. Era como si las estrellas hubieran requerido una alineación perfecta para lograr su genio.

Reinhard se levantó de su trono y se encontró con el júbilo de sus muchos súbditos con un simple levantamiento de la mano. Sus gestos asombrosamente naturales parecían seguir una melodía de refinamiento que solo él podía oír. Pero si bien su elegancia, junto con sus talentos comparables en la política y la guerra, fue insuperable en su época, fue la impresión de esos ojos azul hielo mientras escudriñaban a la multitud lo que los presentes recordarían más. Incluso aquellos entre sus súbditos menos propensos a los vuelos de la imaginación mantuvieron esos ojos en su mirada como joyas de azul más puro, forjadas en llamas ultracalientes y luego congeladas, listas para golpear a toda la creación si incluso una lamida del poder inimaginable en ellos rompía su contención.

Los primeros en reflejarse en esos ojos fueron sus oficiales militares imperiales de más alto rango en la primera fila. Todos iban vestidos para la ocasión con sus mejores vestidos, uniformes negros con adornos plateados; eran hombres jóvenes no muy diferentes del Kaiser, hombres en la flor de su vida, soldados notorios que habían ayudado valientemente al ascenso de su joven señor.

El mariscal imperial Paul von Oberstein tenía treinta y ocho años. Su cabello medio blanco lo hacía parecer mayor de lo que era. Sus dos ojos artificiales estaban conectados a una computadora óptica y emitían un brillo que no siempre era fácil de describir. Conocido como un estratega frío y certero, se le permitió hacerse un espacio a la sombra de la supremacía de Reinhard. Tanto si lo valoraba como si lo malinterpretaba, no veía la necesidad de explicarse. Ninguno de sus colegas o subordinados le desagradaba. Nadie lo despreció, porque nadie dudaba de sus logros y habilidades. Nunca fue de los que trataban con condescendencia o se andaban con rodeos con su señor por interés propio. Por lo menos, se le inculcó un sentido de reverencia que le sirvió bien en cada situación. Realmente se esforzó por brindar una cortesía común a todos. En la nueva dinastía fue nombrado Ministro de Defensa, y ocupó también un cargo ministerial como delegado militar oficial.

El mariscal imperial Wolfgang Mittermeier, el del rebelde cabello color miel y vivaces ojos grises, tenía treinta y un años. Si lo empujaran a decirlo, uno podría llamarle de estatura diminuta, pero tenía el físico tonificado y bien proporcionado de un gimnasta y daba la impresión de ser igual de ágil. Conocido en todo el ejército por su otro nombre, el “Lobo del vendaval”, no tenía parangón en velocidad táctica. Según todos los informes, Mittermeier era el general más valiente de la Armada Imperial Galáctica, y para demostrarlo había acumulado importantes hazañas de armas durante la Batalla de Amritzer tres años antes (cuando ingresó por primera vez al mando directo de Reinhard), la Guerra Lippstadt, la ocupación de Phezzan, la batalla de Rantemario y la captura del sistema estelar de Bharlat. Sólo el difunto Siegfried Kircheis y, de los que todavía estaban con ellos, Oskar von Reuentahl poseían antecedentes comparables.

El propio Reuentahl tenía treinta y dos años, era un joven oficial alto de cabello castaño oscuro y rasgos elegantes. Pero seguramente sus ojos heterocromáticos —el derecho negro, el izquierdo azul— eran los más impresionantes de esos rasgos. Junto con Mittermeier, era conocido como una de las “baluartes gemelos” de la Armada Imperial, un hombre de excepcionales capacidades ofensivas y defensivas. Sin embargo, cuando se trataba de ganar sin luchar, era un hombre que podía pensar sin estar atado por los convencionalismos que eran habituales entre la soldada. Una vez, había recapturado la Fortaleza Iserlohn después de que fuera arrebatada por el enemigo jurado del imperio, la Alianza de Planetas Libres, y junto con Mittermeier había sometido la capital de la alianza, Heinessen. Estos fueron solo dos de sus muchos y espléndidos logros militares. Mittermeier había sido su amigo durante diez años. Y, sin embargo, mientras que “el lobo del vendaval” era un buen hombre de familia, Reuentahl era un mujeriego notorio. En la nueva dinastía, como secretario general del Cuartel General del Mando Supremo, supervisaba a toda la Armada Imperial como representante del Kaiser y trabajaba en estrecha colaboración con el propio Kaiser durante las expediciones oficiales.

Fuera de este formidable trío, que llegó a ser conocido como los “Tres Jefes Imperiales”, estaba el Alto Almirante Neidhart “Muro de Hierro” Müller, elogiado por el Mariscal Yang Wen-li de la Alianza de Planetas Libres como “un gran almirante”. También estaban el alto almirante Ernest Mecklinger, de treinta y seis años , quien además de militar era reconocido como poeta y acuarelista; el almirante mayor Ulrich Kessler, de treinta y siete años, comisionado de la policía militar y el comandante de las defensas de la capital; el alto almirante August Samuel Wahlen , de treinta y dos años ; y el alto almirante Fritz Josef Wittenfelt , de treinta y dos años , general condecorado y comandante de la flota de los Schwarz Lanzenreiter .

Mezclada entre estos navegantes estelares, abriéndose camino entre los fuegos cruzados de los hombres, estaba una única mujer joven: Hildegard, también llamada Hilda, hija del Conde Franz von Mariendorf , quien ahora era Ministro de Estado bajo el nuevo régimen. Refiriéndose a los dos como “Fraulein von Mariendorf y su padre”, como hacían los héroes veteranos , parecía bastante acertado. Esta mujer de veintidós años, que mantenía su cabello rubio oscuro corto y vestía casi de manera similar a sus contrapartes masculinas, podría haber sido fácilmente confundida con un joven atractivo y vivaz de no ser por su ligero maquillaje y la bufanda naranja asomando por su cuello. Trabajaba como secretaria imperial en jefe del Kaiser Reinhard y era tratada como una capitana por los militares. Nunca había comandado a un solo soldado, pero en lo que a Mittermeier se refería, tenía el valor suficiente para dirigir una flota completa. Incluso cuando Reinhard había estado librando una dura lucha contra Yang Wen-li en el sistema estelar Vermillion, ella había encontrado una forma de salvarlo. Hilda sola había allanado el camino hacia el éxito al proponer la captura de la capital de la alianza, Heinessen .

En comparación con sus ilustres logros, la mayoría de los funcionarios civiles carecían de brillo frente a la brillantez del pasado, pero ahora que Reinhard había tomado el trono y había pasado a reclamar el dominio total sobre el Dominio Phezzan y lograr la sumisión de la Alianza de Planetas Libres, había llegado el momento del cambio.  Bajo el joven Kaiser y su régimen, la ortodoxia fue destruida y sus progenitores se aseguraron de que el nuevo orden establecido en su lugar fuera materia de leyenda. El futuro estaba llamando sus nombres.

El ministro de interior , el conde Franz von Mariendorf, sintió sólo una modesta satisfacción cuando la ceremonia se convirtió en una fiesta. Aunque la ceremonia reflejaba la extravagancia aparentemente institucionalizada y las formalidades vacías de la dinastía anterior —es decir, la Goldenbaum—, ninguna de ellas era de su agrado, a pesar de que estaba dentro de sus deberes como ministro de interior supervisar las ceremonias y festivales de importancia nacional. Quería que cada velada y exhibición formal fuera lo más simple, pero completa, como fuera posible.

Había varias razones por las que el Kaiser debía mirarlo favorablemente. Uno de ellos era que, siendo el hombre frugal que era, no había hecho la ceremonia más lujosa de lo necesario. Y mientras algunos hablaban mal de él a sus espaldas, acusándolo de fingir, la mayoría de los Kaiseres de la antigua dinastía no habían respetado los límites del proscenio.

“Debes estar cansado, padre”, dijo una voz suave.

El conde Mariendorf se volvió y vio de pie a la única persona que podía llamarlo padre. Ella le ofreció una copa de vino.

“Para nada, Hilda, estoy bien. Aunque a este ritmo, estoy seguro de que descansaré tranquilo esta noche “.

El conde Mariendorf le dio las gracias y aceptó la copa de vino. Tintineó vasos con su hija, disfrutando del tono cristalino, y se tomó su tiempo para saborear el néctar carmesí en su lengua.

“Una buena cosecha. Del año 410, supongo “.

Hilda tenía poco interés en detalles tan inútiles y cortó a su padre antes de que comenzara a sermonearla sobre los méritos del buen vino. Hilda siempre había sido indiferente a los refinamientos culturales sobre los que se suponía que una hija noble tenía conocimiento, no solo en lo que respectaba al vino, sino también a las piedras preciosas y las carreras de caballos, las flores y la alta costura. En lo que a ella respectaba, sabiendo que ya había expertos en el tema del vino y las piedras preciosas, creía que era mejor dejar esos asuntos a los mejor calificados y saber en qué expertos podía confiar cuando se requiriera su conocimiento. Lo había sabido desde que era una niña que aún no tenía diez años. Hilda fue destacada por ser una marimacho y una marginada social entre las otras hijas de la nobleza con las que a veces interactuaba. En respuesta a las preocupaciones de su padre, declaró con elegancia melodramática que no le importaba ser una niña, prefiriendo leer libros y pasear por el campo. Se podría haber dicho que su actual condición de secretaria imperial en jefe era la culminación de esas tendencias infantiles. De cualquier manera, parecía nacida para ocupar su puesto actual.

“Lo que me recuerda… a Heinrich. Está mal de salud, como sabes, y no pudo comparecer en la ceremonia. Pero esperaba que Su Majestad pudiera honrarlo con una visita, si fuera posible. ¿Qué te parece? ¿Estarías dispuesto a preguntarle a Su Majestad en mi nombre?”

Al escuchar el nombre de su débil primo, cabeza de la familia de la baronía Kümmel , una suave sombra se apoderó de los vivaces ojos de Hilda. Una vez había expresado su envidia por Reinhard. Pero no eran las habilidades de Reinhard lo que deseaba tan desesperadamente; era su salud. Cuando lo escuchó decir esto, Hilda dudó en reprenderlo por un comentario tan inmodesto, como lo hubiera hecho normalmente. Podía entender los sentimientos de Heinrich, a quien había llegado a considerar como un hermano menor, pero, y tal vez era cruel decir esto, incluso si hubiera gozado de buena salud, no necesariamente habría podido hacerlo. Para lograr tanto como Reinhard. Heinrich había excedido los límites de sus habilidades y su cuerpo, hacía mucho tiempo. Y así, sin una mecha que quemar, su llama interior se había desvanecido en un mero parpadeo a lo largo de los años. Era natural que maldijera su propia enfermedad y estuviera celoso de la buena salud de los demás.

“Por supuesto,” respondió Hilda. “No puedo garantizar nada, pero si significa tanto para Heinrich, veré qué puedo hacer”.

Tanto Hilda como su padre sabían que Heinrich no tenía mucho más de vida. E incluso si era algo egoísta por su parte hacer tal pedido, ¿quiénes se lo negarían?

Y así, se plantó la semilla para el Incidente Kümmel , que captaría la atención generalizada inmediatamente después de la coronación del nuevo Kaiser.

II

La coronación de Reinhard tuvo lugar el 22 de junio. Ante la insistencia de Hilda y su padre, visitó la residencia de Heinrich von Kümmel el 6 de julio. Mientras tanto, el nuevo pero joven Kaiser se dedicó diligentemente a los asuntos gubernamentales sin descanso, poniendo a su cargo administrativo habilidades para la prueba definitiva.

Los méritos de Reinhard a menudo se habían comparado favorablemente con los de Yang Wen-li en el frente militar, pero superó con creces el impulso de su némesis en lo que respecta a la ética del trabajo. Con una decadencia que otros podrían haberse vertido en la autocomplacencia, y aún sin un heredero, el Kaiser de cabellos dorados siguió su propio código de honor. Y aunque la suya fue una administración autocrática, su virtuosismo, eficiencia y sentido de la justicia lo diferenciaron de sus predecesores de la dinastía Goldenbaum. Había liberado al pueblo de la carga de tener que pagar impuestos exorbitantes para financiar las extravagancias de la nobleza.

Los siguientes diez miembros del gabinete fueron colocados bajo Reinhard.

Ministro de Estado: Conde Franz von Mariendorf

Ministro de Defensa: Mariscal Paul von Oberstein

Ministro de Finanzas: Richter

Ministro de Gobernación: Osmayer

Ministro de Justicia: Bruckdorf

Ministro de Asuntos Civiles: Bracke

Ministro de Industria: Bruno von Silberberg

Ministro de Arte y Cultura: Dr. Seefeld

Ministro de la Casa Imperial: Baron Bernheim

Ministro jefe del gabinete: Meinhof

Sin un primer ministro en su lugar, el Kaiser era el máximo funcionario ejecutivo por defecto. Esto significaba que, con Reinhard como Kaiser, el universo conquistado estaba ahora bajo un sistema de dominio imperial directo. Reinhard había abolido el antiguo Ministerio de Asuntos Ceremoniales, una oficina gubernamental que regulaba los intereses de los altos nobles, investigaba los antecedentes familiares y aprobaba matrimonios y sucesiones bajo el antiguo imperio, y estableció el Ministerio de Asuntos Civiles y el Ministerio de Obras en su lugar.

El Ministerio de Industria tenía sus engranajes en muchas máquinas, incluido el transporte y las comunicaciones interestelares, el desarrollo de recursos, las naves espaciales civiles y la producción de materias primas, así como la construcción de ciudades, plantas mineras y de fabricación, bases de transporte y bases de desarrollo. También supervisaba la reforma económica del imperio y se le otorgó la importante función de mantener el capital social. Para que todo funcionara sin problemas, era necesaria una persona de gran talento que poseyera perspicacia política, experiencia gerencial y habilidades organizativas. El ministro de industria de treinta y tres años, Bruno von Silberberg, tenía la opinión segura de que poseía dos de estas cualidades, pero también se le había otorgado otro título informal, pero no menos importante: ministro de Construcción de la Capital Imperial. En esa capacidad, debía supervisar los planes secretos del Kaiser Reinhard para trasladar la capital al planeta de Phezzan. En el futuro, anexaría todo el territorio de la Alianza de Planetas Libres y, una vez que hubiera duplicado las posesiones del imperio, realizaría su plan de remodelar Phezzan como escenario central de una nueva era de dominio universal.

En comparación con movilizar grandes ejércitos a través de un vasto océano de estrellas y ejercer su omnipotencia para vencer a un enemigo formidable, manejar los asuntos internos era un conjunto de tareas simples y prosaicas. Si las campañas en el extranjero eran un privilegio de Reinhard, los asuntos domésticos eran un deber no creativo. Y, sin embargo, el joven y elegante Kaiser nunca descuidó las obligaciones que de su posición y autoridad. En opinión de Reinhard, incluso la tarea más pequeña era tan importante como las grandes maquinaciones que lo habían llevado a este punto.

Según un futuro historiador, la diligencia de Reinhard como político surgió de su conciencia culpable como usurpador. Nada más lejos de la verdad. Reinhard nunca sintió que sus usurpaciones constituían un lapsus en su moralidad personal. No estaba tan engañado como para creer que el poder y la gloria que había robado de la dinastía Goldenbaum eran eternos. Nadie les había garantizado nunca que lo fueran. Y aunque nunca había estudiado historia con algo que se acercara al celo de su rival Yang Wen-li, sabía que todas las dinastías jamás nacidas por la sociedad humana habían sido conquistadas y superadas, pero que él era el niño atípico que había destruido el útero de orden que predicaba su existencia. Sin duda, había secuestrado la dinastía Goldenbaum. ¿Pero no era su mismo fundador, Rodolfo el Grande, él mismo un niño deforme que había comprometido a la Federación Galáctica de Estados, les había chupado la sangre a millones y se había abierto camino hacia la cima? ¿Quién había imaginado alguna vez que la sola intención del Kaiser podría producir un régimen autocrático interestelar con suficiente poder militar para imponerlo? Incluso Rodolfo el Grande, que había recorrido su propio camino de autodeificación, no pudo burlar a la muerte. Había llegado el momento de que expirara su obra magna, La dinastía Goldenbaum, y de que se escribiera un nuevo volumen en su lugar.

Reinhard no era tan inmaduro como para ignorar la gravedad de sus actos pecaminosos. Del mismo modo, no pudo encontrar ninguna justificación para las acciones de la dinastía Goldenbaum. Otros, tanto vivos como muertos, le habían provocado una aguda mezcla de arrepentimiento y auto-amonestación.

El 1 de julio, cuando el comienzo del verano llegó a la cima de la temporada, el Ministro de estado, Franz von Mariendorf vino a buscar una audiencia con el joven Kaiser. El conde Mariendorf se consideraba indigno de ser un ministro de gabinete en el gobierno de un imperio interestelar tan vasto. Desde la antigua dinastía, nunca había albergado una sola ambición política. Manejó de manera confiable las propiedades de las familias Mariendorf y Kümmel, se mantuvo alejado de las luchas políticas y la guerra, e hizo todo lo posible por vivir una vida frugal. No tenía intenciones de hacerse con el poder o el estatus solo para mejorar su reputación.

Desde donde se encontraba Reinhard, la nueva dinastía estaba bajo su dominio directo. Esto significaba que los ministros de su gabinete no eran más que asistentes, por lo que no había necesidad de que alguien tan prodigioso como un ministro principal del gabinete lo ayudara. Manteniendo un perfil tan bajo como pudo, el Conde von Mariendorf se dedicó a coordinar a los otros ministros del gabinete, mientras administraba ceremonias y otras tareas organizativas con el nivel adecuado de participación. Además, era conocido como un hombre de honrada virtud. Como administrador de la fortuna de la familia Kummel, fácilmente podría haber malversado esos activos si hubiera querido. Muchos de esos precedentes llenaron las páginas de la sala de referencia del antiguo ministro de ceremonias. Sin embargo, cuando Heinrich había heredado la fortuna familiar a los diecisiete años, no había disminuido ni un ápice. 

En ese mismo periodo, los activos de la familia Mariendorf habían disminuido ligeramente debido a un accidente en una mina de agua pesada. Por lo tanto, la imparcialidad del conde nunca estuvo en duda. Como alguien plenamente consciente de las habilidades de su hija, había desarrollado sus puntos fuertes. Estas eran solo algunas de las razones por las que le habían dado el puesto que ocupaba actualmente.

Lo que había venido a decir el conde Mariendorf tomó a Reinhard un poco desprevenido. Después de inclinarse profundamente, el secretario de Estado le preguntó al joven Kaiser si tenía alguna intención de casarse.

“¿Casarme, dices?”

“Sí. Casarse, producir un heredero y con ese heredero determinar la sucesión de su trono. Después de todo, es uno de sus deberes como soberano “.

Reinhard no podía dudar de que era un argumento sólido, aunque ingenuo. Precedió su respuesta con una breve obertura de silencio.

“No es mi intención. Al menos no por ahora. Tengo mucho más que hacer antes de que pueda siquiera pensar en tener un hijo “.

Sus palabras fueron tiernas, pero el cartílago de su rechazo fue diez mil veces más difícil de masticar. El conde Mariendorf se inclinó en silencio. Para él era suficiente que hubiera despertado la discreción en el joven Kaiser hacia la costumbre social del matrimonio y que hubiera afirmado su importancia para asegurar el futuro del trono. Sabía que era mejor no exagerar, no fuera a incitar el temperamento violento del Kaiser.

El conde Mariendorf cambió de tema a su sobrino, el barón Kümmel , un hombre al que le quedaba mucho tiempo de vida (su salud se había ido deteriorando durante mucho tiempo) y que deseaba el honor único en la vida de recibir una visita imperial en su casa. Con extraña gracia, Reinhard inclinó levemente su dorada cabeza y luego asintió con la cabeza.

El conde Mariendorf se mostró complacido y se despidió para afrontar la próxima prueba. Justo antes de que comenzara la reunión ordinaria del gabinete a las dos en punto, el ministro de Defensa, el mariscal Oberstein, abordó el tema con él.

“Tengo entendido que animó a Su Majestad a casarse. Si me permite la audacia, ¿cuál fue su intención al hacerlo? “

El manso ministro de estado no pudo dar una respuesta inmediata. El conde Mariendorf sabía que el ministro de defensa de ojos artificiales no era un hombre rencoroso, pero también sabía que nada se le escapaba y que sería inútil ocultarle algo. Mariendorf todavía estaba en guardia. Eligió sus palabras con cuidado y endureció su expresión.

“Su Majestad solo tiene veintitrés años. Sé que no hay necesidad de que alguien tan joven se apresure a casarse, pero es natural que se case, aunque solo sea para asegurar la línea de sucesión imperial. Pensé que sería prudente sugerir al menos algunos candidatos potenciales para ser su Kaiserin “.

El Conde Mariendorf creyó notar un extraño parpadeo en los ojos artificiales del ministro de Defensa.

“Veo. ¿Y su hija sería la primera en esa lista de candidatos?”

El tono del mariscal Oberstein no plantó un aguijón sino un carámbano. Mariendorf sintió que la temperatura a su alrededor descendía a la de principios de la primavera. Las palabras del secretario de Defensa eran lo suficientemente serias como una broma, pero aún más si eran en serio. Reuniendo su ingenio, el conde actuó como si se lo tomara en broma.

“No, a mi hija le gustan demasiado su independencia y autosuficiencia como para un puesto como ese. Ella no es de las que se ponen aires de mujer noble, ni se recluyen servilmente en la corte. Mi hija está bien versada en muchas cosas, pero a veces me preocupa si es consciente de que es mujer “.

Oberstein no sonrió, pero de todos modos bajó los brazos.

“Nuestro ministro de Estado es un hombre de buen sentido”.

Mariendorf exhaló un suspiro de alivio.

Hilda resumió la situación cuando su padre regresó a casa.

“El Ministro de Defensa nos advierte que no engañemos a Su Majestad ni monopolicemos su soberanía política. Si sus preocupaciones provienen de un lugar de genuina preocupación, es de poca importancia para mí “.

“Todo el asunto es absurdo”.

El conde estaba desanimado. No tenía ninguna intención de oponerse al ministro de Defensa por el mero hecho de obtener una influencia política arbitraria sobre el Kaiser. Además, era difícil imaginar a Reinhard como el marido de su hija, dada la conducta distante del Kaiser. Según los cálculos de Franz von Mariendorf, el Kaiser Reinhard era un gran niño prodigio, pero ser un genio no significaba que tuviera una mayor capacidad para la emoción que la gente común. Por supuesto, poseía tal energía emocional, solo que estaba distribuida de manera desigual fuera de las cuestiones del amor. Como cuando se inclina una taza llena de agua, cuando una parte llega al borde, la otra se retira. Como en la famosa anécdota del antiguo astrónomo que accidentalmente cayó a un pozo mientras miraba hacia el cielo para estudiar los movimientos de las estrellas, ese final que se aleja se revela a nivel diario. Y cuando se trataba de amor sexual, Reinhard era al menos un enigma.

Como lo expresó el vizconde Albrecht von Bruckner, autor de El imperio galáctico: una prehistoria : “Si hubieras desterrado a todos los pervertidos y homosexuales de la historia y las artes, la cultura humana nunca habría avanzado tanto”. Pero Reinhard simplemente carecía de experiencia con la intimidad, lo que era casi tan preocupante para un hombre sensato como el conde, que no quería nada menos para su hija que un hombre corriente, virtuoso y comunicativo. Por otra parte, si Hilda quisiera casarse …

“De todos modos, Hilda, considerando lo bendecidos que hemos sido por el buen favor del Kaiser, no debemos olvidarnos de mantener separadas nuestras vidas profesionales y personales. Como dice el refrán, hay tantas semillas de malentendidos como personas “.

Incluso para su hija inteligente y vivaz, el Conde Mariendorf era un padre típico que sabía que ella haría lo que quisiera sin importar lo que dijera.

“Sí, lo entiendo”, dijo Hilda, aunque sólo sea para aliviar esta confrontación con su padre afable. En su mente, la conversación ya había terminado antes de comenzar.

Sus sentimientos por Reinhard y los sentimientos de Reinhard por ella eran imposibles de analizar. Porque, aunque ciertamente no había odio o disgusto entre ellos, había una gran distancia entre “no odiar” y “amar” a alguien, y había bandas ilimitadas en el espectro de las buenas gracias. Su punto débil, y quizás también el de Reinhard, estaba en tratar de interpretar a través de la razón aquello que se basaba en cualquier cosa menos.

Hilda sabía por qué Reinhard había accedido a visitar la casa Kümmel . Tal visita requiría una cuidadosa consideración política. En el pasado, cualquier Kaiser digno de su corona lo habría pensado dos veces antes de llamar a la residencia de un ministro rival por primera vez, como muchos lo habían hecho antes que él. Estos precedentes eran ridículos para Reinhard. Pero el hecho de que el barón Heinrich von Kümmel no fuera uno de los meritorios, ni siquiera favorecidos, sirvientes de Reinhard funcionó a favor del joven Kaiser. El tirano de cabellos dorados despreciaba al máximo las costumbres y el decoro de la dinastía Goldenbaum, por lo que la idea de honrar a un miembro enfermo de la antigua nobleza con una visita imperial lo intrigaba, en todo caso, como una forma de frotar la nariz del viejo sistema. en su propio accidente.

III

Ese día, 6 de julio, el Kaiser Reinhard visitó la finca del barón Kümmel acompañado de dieciséis asistentes. Estos incluían a Hildegard von Mariendorf, secretaria privada de Reinhard y prima del patriarca de la familia Kummel; el vicealmirante Streit, asistente principal del Kaiser ; el ayudante secundario teniente Rücke ; jefe de la guardia imperial, el comodoro Kissling; y cuatro chambelanes y guardaespaldas.

Si le preguntases a alguno de sus subordinados, te habrían dicho que cualquiera que gobierne el universo entero requiere un nivel mucho más estricto de protección digno de su estatus, un séquito de más de cien personas, al menos. Cuando el antiguo funcionario responsable de las ceremonias de la corte, un hombre que había servido a la dinastía Goldenbaum durante cuatro décadas, sugirió respetar ese precedente, la respuesta de Reinhard fue cortante:

“No tengo la intención de seguir ningún precedente establecido por la dinastía Goldenbaum”.

Para Reinhard, incluso dieciséis era exagerado. Prefería ser lo más casual posible, en ocasiones incluso actuando solo, inspirando a un futuro historiador a creer que el Kaiser Reinhard tenía un doble de cuerpo.

En verdad, nadie lo sabía con certeza, aunque uno de sus criados, de hecho, una vez aconsejó el uso de un doble de cuerpo. Como lo registró el “Almirante Artista” Mecklinger en un memorando, Reinhard no estaba muy contento con la sugerencia:

“¿No es suficiente con cuidar de mí mismo? Si tuviera alguna enfermedad grave, ¿eso significa que llevarían a mi doble al hospital en lugar de a mí? No vuelvas a sugerirme una cosa tan tonta”

El comisionado de la policía militar, el alto almirante Kessler, había dejado un memorando de ideas parecidas, por lo que se asumió que cualquiera de ellos, si no ambos, había propuesto la idea.

“Para el Kaiser”, señaló Mecklinger, “la idea de hacer todo lo posible para garantizar su seguridad personal es absurda. Ya sea por confianza, sobreestimación de sus propias habilidades o resignación filosófica es una incógnita “.

Mecklinger sabía cuándo y dónde trazar la línea entre la fe y el respeto. Admiraba a Reinhard de todos modos y se dedicó por completo a su causa, incluso mientras vigilaba con atención a este personaje único en una generación. Una parte de su cerebro sabía que a la cabeza del imperio había alguien que podía conquistar el universo hasta donde alcanzaran las manos humanas.

La residencia del barón Kümmel no tenía nada de especial. Su linaje no contaba con gobernantes sobresalientes, genios idiosincrásicos o libertinos excéntricos y apenas había fluctuado en términos de estatus o activos desde el reinado de Rudolf el Grande. Y aunque la finca había sido anexada y renovada en numerosas ocasiones durante los últimos cinco siglos y ahora estaba cómodamente enclavada en una barrera protectora de setos y fosos, nadie tenía interés en su arquitectura de vanguardia ahora que las convenciones pasadas de moda vuelto a la popularidad. Dicho esto, la propiedad era lo suficientemente grande como para albergar trescientas casas comunes y, a pesar de su falta de individualidad, su vegetación modestamente arreglada le daba un encanto propio.

Aquellos que conocían al jefe de la finca, sin embargo, podían sentir cierta vitalidad escondida detrás de todo esto. Según todas las apariencias, el maestro Heinrich, barón de la décima generación de la familia Kümmel, era una personalidad equilibrada. Este año cumpliría diecinueve años. Cuando lo sacaron del útero de su madre después de un parto difícil, ambos sufrían un trastorno metabólico congénito. Y así, incluso a medida que crecía, estaba muriendo lentamente más que viviendo. Si hubiera nacido en una familia común, no habría pasado de su primer año. El procedimiento mediante el cual se habían eliminado sus genes inferiores lo había convertido en un mero caparazón, pero una medida tan drástica había sido la única forma de salvar su vida.

Incluso si hubiera tenido una salud moderada, tampoco era como si todas las jóvenes nobles elegantes estuvieran haciendo fila en su puerta. Porque si bien era lo suficientemente elegante en sus rasgos, Heinrich era de complexión exigua y su sangre era demasiado fina. No comía porque lo disfrutara, sino sólo para abastecerse de energía suficiente para pasar cada día. Como resultado, siempre sopesó las consideraciones dietéticas sobre el sabor. Solo existía para prolongar su vida, como las gachas diluidas que solía comer.

A pesar de los enormes esfuerzos, esa papilla diluida se había reducido a poco más que agua caliente. Su mantra personal – ” No durará mucho más largo” – parecía más cerca que nunca de la realización. Sabiendo esto, tanto el conde Mariendorf como Hilda suplicaron al Kaiser que concediera el último deseo de Heinrich.

Cuando el grupo del Kaiser atravesó las puertas de la finca Kümmel, el propio barón salió a recibirlo en su silla de ruedas eléctrica, para sorpresa de todos. La tez de Heinrich estaba pálida, pero su cabello y su ropa estaban arreglados para que parecieran presentables. Miró a Hilda a los ojos, dándole la más breve de las sonrisas y luego inclinó la cabeza hacia Reinhard.

“Me conmueve más allá de toda medida que Su Majestad honre mi humilde morada con su presencia. Por favor, considérelo tanto su hogar como mío. A partir de este día, el apellido Kümmel brillará con una gloria inmerecida “.

A Reinhard no le importaba la retórica excesiva, pero asintió con frialdad, diciendo sólo que estaba contento de ver a Heinrich tan feliz y que su felicidad valía más que la más generosa bienvenida. Reinhard también podía jugar al juego del decoro cuando le apetecía, y estaba más que dispuesto a complacerlo por el bien de Hilda. En este caso, un poco de misericordia era muy útil, y no tenía nada que ver con su importancia personal. Después de su débil saludo, Heinrich tosió brevemente. Hilda se inclinó ante el Kaiser y atendió a su primo.

“No exageres, Heinrich, ¿de acuerdo?”

Reinhard asintió con su gracia natural.

“Fräulein von Mariendorf tiene razón. No quisiera que se excediera demasiado por mi bien. Su salud es primordial “.

Y, sin embargo, incluso cuando el joven Kaiser ofreció estas inusuales palabras de simpatía, una extraña sensación corrió por sus venas. ¿Era solo su conciencia culpable como persona sana? ¿O fue algo más? Era la misma sensación que tenía cada vez que veía puntos de luz creados por el hombre comenzar a llenar la oscuridad del espacio exterior en su pantalla de batalla. Esa sensación de estar a la defensiva. La calma antes de la tormenta.

Reinhard negó con la cabeza en imperceptible negación. No tenía sentido honrar la intuición sobre la razón aquí. Su oponente era un inválido medio muerto cuya ambición y deseo de poder no se registraban en ninguna parte en el radar del destino.

“Por favor, entre. Nos prepararon un almuerzo modesto “.

En su silla de ruedas eléctrica, Heinrich mostró a sus invitados el lugar. Un camino de jardín de losas serpenteaba a través de un bosque de cipreses. Aunque era julio, la capital imperial se libraba del calor y la humedad de las zonas tropicales, por lo que incluso el modesto paisaje de Heinrich daba la impresión de estar en otro mundo. Después de caminar un poco, una ligera evaporación de sudor dejó su piel con una agradable sensación de frescor.

Emergieron del bosque situado en la parte trasera de la finca, donde las losas se ensancharon en un patio abierto de veinte metros de lado y se acurrucaron a la sombra de dos olmos viejos. Les esperaba una comida en una mesa de mármol. Los criados se retiraron a la llegada del grupo. Una vez que todos tomaron sus asientos, la escena tomó un aire inesperadamente diferente cuando su humilde y joven anfitrión estiró la espalda y mostró una sonrisa siniestra.

“Un patio espléndido, ¿no crees, Hilda?”

“Eso es, Heinrich.”

“A decir verdad, Hilda ha estado aquí antes. Lo que ella no sabe es que hay una cámara subterránea justo debajo de nosotros. Está lleno de partículas Céfiro, listo a mis órdenes para dar la bienvenida a Su Majestad al inframundo al que pertenece”.

Y en ese momento, todo quedó en blanco. Al escuchar el nombre de esa sustancia química explosiva extremadamente peligrosa, los ojos color topacio del comodoro Kissling se llenaron de pavor mientras buscaba su bláster enfundado. Los otros guardaespaldas hicieron lo mismo.

“Ahí, ahí, señores. A Su Majestad, soberano universal, unificador de toda la humanidad. Nacido en una familia pobre, noble sólo de nombre, tú que subiste precipitadamente al trono como el modelo de nuestra época. Y a ustedes, sus fieles súbditos. Digo esto: a menos que desee que se presione este interruptor detonador, le sugiero que se queden dónde están “.

El tono del joven barón era celoso pero carente de fuerza, por lo que tomó unos momentos darse cuenta de la gravedad de lo que acababa de decir. Pero la peligrosidad de la situación estaba clara. Todos estaban sentados junto a una bomba esperando a que estallara. La voz de Hilda sacudió el silencio, espesa como melaza.

“Heinrich, tú …”

“Mi querida Hilda. Nunca quise que te involucraras en esto. Si hubiera sido posible, no hubiera querido que acompañaras al Kaiser. Pero ahora, incluso si te dejara a ti, y solo a ti, salir de aquí con vida, no creo que obedecerías, ¿verdad? Mi tío estará muy afligido, pero ya es demasiado tarde para hacer algo al respecto “.

El discurso de Heinrich fue interrumpido varias veces por dolorosos ataques de tos. El equipo de guardaespaldas del comodoro Kissling sabía que era mejor no intentar nada por segunda vez, porque el puño del joven barón apretaba el interruptor del detonador como si fuera una extensión de su cuerpo, y no estaban dispuestos a entregar la vida del Kaiser como una ficha en una mesa de ruleta cuando las probabilidades estaban en su contra. Al escuchar los jadeos de un inválido al que probablemente podrían matar con un meñique, se quedaron inmóviles en una jaula invisible de impotencia, esperando ver qué haría a continuación.

“Creo que el barón tiene algo que decir”, susurró Streit . Déjelo hablar todo lo que quiera. Nos dará algo de tiempo “.

A esto, Kissling y von Rücke asintieron levemente, sus expresiones duras como rocas. Provocar a este joven, que tenía toda la intención de asesinar al Kaiser, solo conduciría a la incineración del mascarón de proa de la dinastía Lohengramm, junto con sus asistentes, en un instante. Heinrich tenía sus vidas en la mano y fue todo lo que pudieron hacer para aflojar su agarre.

“¿Qué tiene en mente, Majestad?”

Reinhard, que hasta entonces había estado sentado sin decir una palabra, enarcó sus bien formadas cejas en respuesta a la sonrisa burlona de Heinrich.

“Si muriera aquí por tu mano, entonces ese es un destino que tendré que aceptar. No me arrepiento de nada.”

El joven Kaiser, mostrando signos de sincero cinismo, curvó sus gráciles labios en un glifo de auto-burla.

“Han pasado solo dos semanas desde mi coronación. Dudo que alguna vez haya existido una dinastía tan corta como la mía. No es exactamente lo que esperaba, pero tu acto descarado inmortalizará mi nombre en la historia. Un nombre vergonzoso, tal vez, pero ¿quién soy yo para preocuparme por su valor futuro? Ni siquiera me importa saber tus razones para matarme “.

Un destello de enemistad brotó en los ojos del inválido. Al ver el temblor en sus labios casi incoloros, Hilda se retiró a su caparazón. En ese momento, había discernido con precisión la intención de su primo. Heinrich quería que Reinhard suplicara por su vida. Si tan sólo el gobernante absoluto de todo el universo se arrodillara ante él y pidiera clemencia, entonces Heinrich podría finalmente desahogar la humillante impotencia que había llegado a definirlo. Y con eso, renunciaría al interruptor del detonador con ciega satisfacción.

Pero de la misma manera que Heinrich nunca pudo liberarse de su frágil cuerpo, tampoco Reinhard podría liberarse de su fama y respeto por sí mismo. Como había dicho Reinhard cuando se reunió cara a cara con el almirante Yang Wen-li de la Alianza de Planetas Libres, quería tener el poder para seguir adelante sin seguir las órdenes de alguien a quien despreciaba. Que Reinhard se arrepintiera de su vida y suplicara piedad a su intimidador ahora negaría cada paso que había dado en el camino para llegar hasta aquí. Y cuando eso sucediera, habría varias personas a las que nunca más podría volver a mostrar su rostro. Gente que había protegido su vida a expensas de la suya. Personas que lo habían amado incluso cuando vivía en las profundidades de la pobreza.

“Heinrich, por favor. No es demasiado tarde. Solo pásame el interruptor “. Hilda exigió su concesión, aunque solo fuera para ganar algo de tiempo, independientemente del resultado.

“Ah, Hilda, incluso tú te enojas de vez en cuando. Para mí, siempre fuiste tan elegante bajo presión, desbordante de radiante vitalidad. Pero ahora, al ver esa oscurecida expresión tuya, debo decir que estoy un poco decepcionado “.

Heinrich se rió. Hilda sintió agudamente que la luz piloto que apenas mantenía caliente a su primo había sido malicia desde el principio. Parecía que no había forma de salir de esto. Incapaz de mirar a su primo con sus ojos demasiado entusiastas, Hilda apartó los suyos y contuvo la respiración. El comodoro Kissling, cuyos ojos color topacio y andar inusual le habían valido apodos como “Gato” y “Pantera”, se estaba moviendo lentamente de su posición original. 

“¡Dije, que no se mueva!”

La voz de Heinrich, expulsada como si fuera una señal, no era ni fuerte ni contundente, pero de todos modos dejó al descubierto una vena de furia en el aire, por lo que su impacto fue suficiente para mantener bajo control la atrevida espontaneidad de Kissling.

“Quédese donde está, durante unos minutos más. Permíteme el placer de tener el universo en mis manos solo por un momento o dos “.

Kissling imploró a Hilda con la mirada, pero ella lo ignoró.

“He vivido toda mi vida durante estos pocos minutos. De hecho, eso no es cierto. Es por eso que he aguantado la muerte durante tanto tiempo. Déjame mantenerlo a raya un poco más “.

Cuando Reinhard escuchó esto, sus ojos azul hielo brillaron, llenos de una emoción que no era ni compasión ni ira.

Hilda notó que sus dedos acariciaban el colgante de plata que colgaba de su pecho y se encontró preguntándose, lo suficientemente inapropiadamente dadas las circunstancias, qué había dentro. Tenía que ser algo de gran importancia.

IV

El alto almirante Ulrich Kessler desempeñaba su trabajo como comisionado de la policía militar y comandante de las defensas de la capital. Cualquiera de los dos trabajos era agotador en sí mismo. Hacer frente a ambos, incluso sin el nacimiento de la nueva dinastía, habría sido casi imposible para un solo hombre.

El hecho de que Kessler tuviera suficiente presencia de cuerpo y mente para soportar esta doble tarea solo confirmaba su valía.

La mañana del 6 de julio, en su oficina de la sede, se reunió con algunos invitados, pero fue el inesperado cuarto el que trajo el negocio más importante. Job Trünicht , un caballero en la flor de su vida que había sido el líder de la Alianza de Planetas Libres hasta el mes pasado, cuando vendió su soberanía a Reinhard y se instaló en el imperio como un medio para garantizar su propia seguridad. La información que trajo fue impactante.

El comisionado de la policía militar trató de mantener la calma, pero sus ojos brillaron intensamente, traicionando las intenciones de su amo. Incluso mientras comandaba flotas en el espacio exterior, sus ojos no habían temblado en lo más mínimo. Pero esto era diferente, como lo atestiguaba en voz alta cada fibra de su ser.

“¿Y cómo obtuviste este conocimiento?”

“Seguramente Su Excelencia conoce la organización religiosa conocida como la Iglesia de Terra. En ocasiones tenido tratos con ellos bajo los auspicios de mi anterior puesto. Fue entonces cuando me enteré de que se estaba gestando una conspiración dentro de sus filas. Me amenazaron con matarme si informaba a alguien, pero mi lealtad a Su Majestad…”

“Entiendo.”

La respuesta de Kessler no fue nada cortés. Al igual que sus almirantes en armas, poco le importaba el derrotista que tenía delante. Todo lo que salía de la boca de Trünicht apestaba a un veneno fuerte que hacía que la gente lo odiara dondequiera que fuera.

“¿Y el nombre del asesino?” preguntó el comisionado de la Policía Militar, a lo que el ex primer ministro de la Alianza de Planetas Libres respondió solemnemente.

Trünicht insistió en que nunca había estado de acuerdo con los principios de la Iglesia de Terra y que la única vez que había cooperado con la iglesia había sido porque la situación lo había forzado, no porque hubiera querido hacerlo… Kessler había escuchado todo lo que necesitaba escuchar y le gritó una orden a uno de sus hombres.

“Lleve al señor Trünicht a la sala de conferencias número dos. No debe salir de esa habitación hasta que lleguemos al fondo de esto. No, no, bajo ninguna circunstancia, deje que nadie se le acerque “.

Trünicht fue puesto bajo arresto domiciliario temporal con el pretexto de que necesitaba protección.

Cuando Kessler actuó, su informante ya no importaba. A Kessler sólo le importaba alimentarse a sí mismo, y no tenía sentido un plato una vez terminado la comida.

Kessler primero llamó a la residencia Kümmel por el visíofono , luego al vicealmirante  Streit y al comodoro Kissling, pero no pudo comunicarse con ninguno de ellos. La razón estaba clara.

Incluso cuando el comisionado de la policía militar rechinó los dientes, no perdió el tiempo en ponerse en contacto con el regimiento más cercano a la finca Kümmel . El oficial al mando era un tal comodoro Paumann , un ex granadero armado con mucha experiencia en batalla para su corta edad. Kessler tenía más fe en aquellos que lucharon con valentía en la batalla que en la policía militar nativa. Aunque él mismo encajaba con este último proyecto de ley, prácticamente hablando, ni siquiera el mejor investigador o interrogador de la policía iba a ayudarlo en este caso. Lo que necesitaba era un comandante de batalla.

Al recibir sus órdenes, Paumann estaba nervioso pero no molesto. Se puso en acción y ordenó a los 2.400 oficiales armados de su jurisdicción que fueran a la finca Kümmel de inmediato. Fue una operación encubierta de libro de texto. Prohibió el uso de vehículos blindados, sabiendo que el sonido de sus motores los delataría incluso antes de que llegaran. Los policías militares corrieron en calcetines hasta la finca Kümmel , llevando sus rifles láser en una mano y sus botas militares en la otra. Algunos se reirían al día siguiente, pero en el calor del momento sus acciones fueron todo menos divertidas mientras rodeaban el recinto.
El plan de Kessler no terminó ahí.

El regimiento de policía militar de 1.600 efectivos bajo el mando de Commodore Raft allanó la casa de la capilla de la Iglesia de Terra en el 19 de la calle Cassel, reuniendo a todos los creyentes que pudieron encontrar en el lugar. Sin embargo, estos no eran pacifistas y, en lugar de rendirse, inmediatamente dieron la bienvenida a la policía militar que irrumpió en su edificio abriendo fuego.

El comodoro Raft ordenó a sus hombres que respondieran al fuego. Los rayos prismáticos se dispararon en todas direcciones. Fue un tiroteo brutal, aunque de corta duración. Diez minutos después, los hombres de Raft se dirigieron al piso superior, disparando a cualquiera que se interpusiera en su camino. Apenas pasado el mediodía, habían obtenido el control total del edificio de seis pisos. Noventa y seis creyentes murieron en la escena, catorce murieron después de sus heridas, veintiocho se suicidaron y los cincuenta y dos sobrevivientes, que sufrían una variedad de heridas, fueron arrestados. Nadie escapó. Por el lado de la policía militar, dieciocho resultaron muertos y cuarenta y dos heridos. El líder de la secta, el arzobispo Godwin, acababa de intentar suicidarse bebiendo veneno cuando un oficial de policía militar irrumpió en la habitación y lo golpeó con la culata de su arma. Godwin fue puesto en esposas electromagnéticas y arrastrado inconsciente de la escena, un fracaso en su propio martirio.

Los oficiales de la policía militar, todavía avivados por la sed de sangre, registraron el interior del edificio salpicado de carmesí para reunir cualquier evidencia que pudiera demostrar la complicidad de los insurgentes en la conspiración del asesinato del Kaiser. Sacaron fragmentos de documentos de las cenizas de un incinerador, desnudaron cadáveres, registraron bolsillos pegajosos de sangre, patearon altares y rompieron las tablas del piso, pero no encontraron nada. Uno de los heridos reprendió sus acciones blasfemas, solo para ser asesinado a patadas por un oficial en la nuca donde había sido herido.

Mientras la unidad del comodoro Raft realizaba su rito sangriento en un rincón de la capital, los soldados de la unidad del comodoro Paumann , que habían rodeado la finca del barón Kümmel , se pusieron las botas y aguardaron la orden de asaltar el recinto. Aquellos en el extremo receptor de esa orden solo podían cumplir, pero la responsabilidad de quien la daba era inmensa. La vida de su Kaiser estaba en la punta de la lengua de Paumann.

Aquellos cuyas vidas pendían del equilibrio de toda esta movilización notaron un cambio en su entorno. Una agitación silenciosa del aire rozó su piel y estimuló sus redes neuronales. Después de jugar un rápido juego de atrapar con las miradas del otro, todos compartieron el mismo pensamiento, algo que era imposible de percibir para alguien como Heinrich, que nunca había experimentado el combate. La ayuda estaba en camino. Ahora todo lo que tenían que hacer era ganar tiempo.

La percepción de Heinrich se centró en dos cosas. Primero, el interruptor detonador de partículas Céfiro en su mano, y segundo, el colgante de plata que Reinhard seguía acariciando como un talismán.

Reinhard movía la mano inconscientemente. O si estaba consciente, seguramente era para provocar la precaución innecesaria de este asesino en potencia. Esto hizo que Heinrich se interesara aún más por el colgante.

Hilda también era consciente de este ciclo peligroso, pero no podía hacer nada al respecto. Cualquier interrupción de su parte podría ser suficiente ímpetu para que Heinrich pusiera en acción su enfermiza curiosidad.

Heinrich, después de apenas abrir y cerrar la boca unas cuantas veces, rompió el silencio.

“Su Majestad, ese colgante parece bastante valioso para usted. Me gustaría mucho verlo y tocarlo, si fuera tan amable “.

Los dedos de Reinhard se congelaron. Fijó la mirada en el rostro de Heinrich. Hilda tembló de miedo, porque sabía que su primo había pisado con sus pies embarrados el santuario inviolable del Kaiser.

“Eso está fuera de toda cuestión.”

“Exijo verlo”.

“No tienes derecho a verlo”.

“Solo déjele verlo, Su Majestad”, intervino Streit .

“¡Su Majestad!” dijo Kissling simultáneamente. Ambos hombres sabían que sus aliados se estaban acercando y no veían ningún daño en comprarse incluso unos segundos más por cualquier medio necesario. ¿Qué sentido tenía enojar más a Heinrich con esta resistencia infantil?

Reinhard claramente no compartía sus puntos de vista. El gobernante sereno, entusiasta y ambicioso que todos sus asistentes conocían y servían había desaparecido, dejando en su lugar a un hombre con la expresión de un niño preocupado. Era como un niño que se aferraba desesperadamente a su caja de juguetes, que para los adultos que lo rodeaban estaba llena de basura, pero estaba convencido de que contenía un tesoro real.

A los ojos de Hilda, Heinrich era ahora el verdadero tirano y nunca lo toleraría. Heinrich había cruzado la línea no solo de su confianza, sino también de la suya propia para emprender acciones aún más audaces.

“Yo soy el que tiene las cartas aquí. ¿O lo ha olvidado Su Majestad? Dámelo en este instante. No te lo volveré a preguntar “.

“No.”

La obstinación de Reinhard era difícil de creer viniendo de un héroe que se arrastró para salir de la pobreza cuando era un joven con solo un nombre para mostrar para su nobleza, solo para convertirse en gobernante del mayor imperio de la historia. Los sentimientos irracionales de Heinrich, al parecer, se habían distorsionado y transferido a Reinhard. Heinrich tuvo un ataque repentino, pero sus pasiones desequilibradas estallaron en una dirección inesperada. Su mano sin vida, que a todos parecía una muestra de laboratorio fijada con formalina, se estiró como una serpiente que salta y agarró el colgante del Kaiser. La elegante mano de Reinhard, que cualquier artista hubiera deseado como modelo, golpeó la mejilla del tirano medio muerto. Los pulmones y el corazón de todos dejaron de funcionar, pero se volvieron a conectar cuando el interruptor detonador voló de la mano del barón y rodó por las losas. Kissling saltó hacia Heinrich, casi vergonzosamente como un gato, y lo inmovilizó contra el suelo.

“¡Ten cuidado con él!” Hilda gritó, momento en el que Kissling ya estaba soltando las delgadas muñecas de Heinrich. El cuerpo enfermizo del barón había dejado escapar un crujido que hizo retroceder al valiente general de ojos color topacio. Sintiendo el regusto de haber empleado mucha más violencia de la necesaria, Kissling dejó a este traidor en manos de su hermosa prima. Esta no era la bajada del telón para Kissling.

—Heinrich, tonto —susurró Hilda, acunando el débil cuerpo de su primo. Era todo lo que incluso alguien de su inteligencia y expresividad podía reunir. Heinrich sonrió. No la sonrisa maliciosa de momentos antes, sino una sonrisa casi pura, dorada por la muerte inminente.

“Quería hacer algo antes de morir. Sin que importara cuán malvado o tonto fuera. Quería hacer algo antes de morir … eso y nada más “.

Heinrich pronunció cada palabra con extraña claridad. No le pidió perdón. Hilda tampoco exigió que se lo suplicara.

“La baronía de Kümmel muere conmigo. No por enfermedad, sino porque actué tan descuidadamente. Mi enfermedad puede que pronto se olvide, pero muchos recordarán mi insensatez “.

Después de decir lo que pensaba, el cráter de la vida de Heinrich arrojó su última gota de lava. Su corazón, abusado por este acto final, fue eternamente liberado, y sus venas cambiaron de ríos de vida a estanques delgados.

Sosteniendo el rostro de su primo muerto en sus manos, Hilda desvió la mirada hacia Reinhard. El joven Kaiser permaneció en silencio, mientras sus lujosos cabellos dorados ondeando en la brisa del verano. Sus ojos azul hielo no delataban nada del mar embravecido que había dentro. Todavía estaba tocando el colgante con una mano.

Streit sacó el interruptor detonador de la piedra, murmurando algo en voz baja. Kissling gritó, anunciando a sus aliados que rodeaban la mansión que el Kaiser estaba sano y salvo. El silencio fue roto por una perturbación en el aire cuando un hombre desconocido saltó frente a todos: un rezagado que había huido de la redada de la Iglesia de Terra y se había metido en el recinto. Apuntó con su desintegrador a Reinhard, dejando escapar un rugido hostil. Pero Rücke estaba un paso por delante de él, disparando un rayo de luz de su bláster. El hombre se dio la vuelta como si su instinto de supervivencia se hubiera disparado de repente. Rücke apretó el gatillo de nuevo, golpeando el centro de la espalda del hombre. El hombre levantó los brazos como un velocista que salta a través de la línea de meta, dio media vuelta y cayó de cabeza en un matorral.

Tres de los guardaespaldas personales de Rücke sacaron cuidadosamente el cuerpo. Fue entonces cuando Rücke notó el bordado distintivo en su ropa que confirmaría sus sospechas. Silenciosamente pronunció las palabras: Terra es mi hogar, Terra en mi mano.

” ¿Así que es uno de esos cultistas de la Iglesia de Terra?” susurró el vicealmirante  Streit por encima del hombro.

Por supuesto, conocía el nombre de la organización religiosa que de alguna manera había expandido su influencia tanto en el imperio como en la alianza en los últimos años. También estaban aquellos que habían oído hablar de Terra pero sabían poco de la Tierra.

Todos eran al menos conscientes de que la Tierra era el lugar de nacimiento de toda la humanidad y entendían que alguna vez había sido el centro del universo conocido. Continuó girando alrededor de su sol, pero el significado de su existencia se había perdido en un pasado lejano. Casi nadie lamentó su pérdida. No era más que un planeta modesto, fronterizo, olvidado, si no obligado a ser desterrado de la memoria. Muy pronto, sin embargo, el nombre “Tierra” sonaría en los oídos de la gente con el acompañamiento de una elegía siniestra, ya que se reveló que era una base estratégica para una escandalosa conspiración para asesinar al Kaiser.

V

Al regresar a Neue Sans Souci, el Kaiser Reinhard había vuelto a su yo dictatorial habitual, como si su vida no hubiera estado colgando de la balanza de las manos de un inválido. Pero como nunca explicó cómo su colgante de plata había provocado un giro inesperado en los acontecimientos, tanto el vicealmirante von Streit como el comodoro Kissling sintieron una falta de cierre de los acontecimientos. En cualquier caso, Hilda, que estaba relacionada con un criminal que había cometido un acto de alta traición sin sentido, fue puesta bajo arresto domiciliario.

El alto almirante Kessler, que ocupó puestos simultáneos como jefe de la policía militar y comandante de las defensas de la capital, señaló a Reinhard en los pasillos. Reprimiendo la oleada de emociones que se hinchaban en su interior, felicitó formalmente a Reinhard por su regreso sano y salvo y se disculpó por no saber de antemano las intenciones de Heinrich.

“Para nada. Lo hiciste bien. ¿No suprimiste la sede de la Iglesia de Terra donde se tramó el complot? No tienes nada de qué culparte “.

“Su magnanimidad no conoce límites. Por cierto, Su Majestad, el Barón Kümmel puede estar muerto, pero sigue siendo un criminal de primer orden y debe ser tratado en consecuencia. ¿Cómo sugiere que procedamos a partir de ahi? “

Reinhard negó con la cabeza lentamente, haciendo que su lujoso cabello dorado se balanceara de manera atractiva.

“Kessler, imagina que acabas de detener a alguien que puso tu vida en peligro ¿Castigas el arma que usó para hacerlo? “

El jefe de la policía militar tardó unos momentos en comprender lo que el joven Kaiser no había dicho. Es decir, que nadie iba a acusar al barón Kümmel de un delito. Lo que significaba, por supuesto, que Hilda y el conde Mariendorf serían exonerados. Si alguien necesitaba ser culpado y castigado, eran los fanáticos religiosos que tiraban de los hilos desde las sombras.

“Interrogaré a los creyentes de la Iglesia de Terra de inmediato, sacaré la verdad a relucir y los castigaré como mejor le parezca”.

El joven Kaiser asintió en silencio y se volvió, mirando a través de la ventana reforzada hacia el jardín abandonado durante mucho tiempo. Un sentimiento de disgusto rugió como un océano distante en lo profundo de él. Aunque había encontrado una gran satisfacción al luchar para ganar poder para sí mismo, no había alegría en seguir luchando para mantener el poder que ya tenía. Habló telepáticamente a su colgante de plata: ¡Cómo disfruté luchando a tu lado contra un enemigo digno! Pero ahora que me he convertido en el gobernante más poderoso de todos, a veces desearía poder derrotarme a mí mismo. Si tan solo hubiera más grandes enemigos. Si solo hubieras vivido un poco más, entonces podría haber satisfecho el deseo de mi corazón. ¿No es así, Kircheis ?

Las intenciones del Kaiser se comunicaron a la policía militar a través de Kessler. Los cincuenta y dos sobrevivientes de la Iglesia de Terra fueron llevados ante la policía militar, quienes estaban hirviendo de lealtad a su Kaiser y deseos de vengar el atentado que se había hecho contra su vida. Kessler procedió a repartir castigos tan crueles que los terraistas supervivientes envidiaban a los muertos. Kessler y sus hombres podrían haber obtenido toda la información que necesitaban sin recurrir a un suero de la verdad, pero no perdieron el tiempo en usar las drogas más fuertes a su disposición. Una razón era que eran delincuentes capitales y la necesidad de obtener confesiones era mucho más importante que cualquier preocupación por el bienestar de quienes las daban. La otra razón tenía que ver con la tenacidad de los creyentes de Terra. Era como si anhelaran el martirio, que solo avivó la animosidad de sus interrogadores. Tal fanatismo provocó sólo repugnancia en aquellos que no compartían su fe.

Durante una de esas sesiones de interrogatorio, un médico dudaba en administrar la dosis completa y se acobardó ante las duras palabras de los oficiales.

“¿Te preocupa que se vuelvan locos? Es un poco tarde para eso, ¿no crees? Esta calaña ha estado loca desde el principio. Es posible que estos medicamentos simplemente los devuelvan a la normalidad “.

En la sala de interrogatorios, cinco niveles por debajo del cuartel general de la policía militar, la cantidad de sangre derramada excedió con creces la cantidad de información recuperada para demostrarlo. La secta de la Iglesia de Terra establecida en el planeta Odin solo había llevado a cabo el complot y no había dado ni redactado la orden.

Al principal infractor, el arzobispo Godwin, después de no morderse la lengua, se le inyectó una copiosa cantidad de suero de la verdad. Al principio no dijo nada, para asombro del médico. Después de la segunda inyección, aparecieron grietas en sus diques mentales y, poco a poco, la información comenzó a fluir. Aún así, incluso él solo podía adivinar por qué se le había ordenado asesinar al Kaiser en este momento.

“Con el paso del tiempo, la base del poder de ese mocoso rubio solo se hará más fuerte. Puede que rechace su ostentación como gobernante supremo, valore la simplicidad y trate de derribar la barrera entre súbditos y ciudadanos, pero eventualmente blandirá su poder y hará un uso generoso de su séquito, de eso puede estar seguro. Nunca volveremos a tener una oportunidad como esta “.

“Mocoso rubio” era un término que solo los oponentes del Kaiser Reinhard usaban para maldecirlo. Esas palabras por sí solas fueron suficientes para condenar al arzobispo Godwin de lesa majestad. Al final, sin embargo, no fue juzgado en un tribunal. Después de recibir su sexta inyección de suero de la verdad, se golpeó la cabeza contra el techo y las paredes de la sala de interrogatorios, murmurando incoherentemente, hasta que murió, sangrando por todos los orificios.

La severidad de este interrogatorio no dejó dudas sobre la verdad. La Iglesia de Terra había cometido alta traición. La única opción era hacer que la iglesia fuera muy consciente de la naturaleza de su ofensa.

“Pero, ¿cuál es el motivo de la Iglesia de Terra? Todavía estoy desconcertado de por qué pretenden asesinar a Su Majestad “.

Esta fue una duda sentida no solo por Kessler, sino por todos los principales estadistas que supieron del incidente. A pesar de su discernimiento, los sueños de los fanáticos eran imposibles de adivinar con solo verdades limitadas como sus varas de radiestesia.

Hasta ahora, el Kaiser Reinhard siempre había tenido más apatía que tolerancia por la religión. Naturalmente, ya no podía permanecer indiferente ante la secta en Odin, que, independientemente de sus objetivos o métodos, tenía la intención de negar su propia existencia. Nunca había dejado de recompensar a sus enemigos con más retribución de la que merecían. La única razón por la que había sido tan generoso esta vez era otro asunto, uno que se dejaba solo para su consideración privada.

Entre los subordinados de Reinhard, la ira y el odio hacia la Iglesia de Terra era mucho más violento entre los funcionarios civiles que entre los soldados. Las campañas extranjeras se habían estancado debido a su control de Phezzan y la rendición de la Alianza de planetas libres. Y mientras la era de los funcionarios civiles había llegado y la de los militares había sido eclipsada, si el nuevo Kaiser fuera derrocado por el terrorismo ahora, el universo entero entraría en conflicto y caos, y el guardián del orden universal se perdería para ellos para siempre.

Y así, el 10 de julio, se convocó un consejo imperial, incluso cuando el destino de la Tierra, o al menos el de la iglesia, estaba perdiendo su control sobre el futuro.

I

MIENTRAS ESTE SANGRIENTO INTERMEZZO reverberaba alrededor de la persona del Kaiser Reinhard, en Heinessen, la capital de la Alianza de Planetas Libres, ahora convertida en un protectorado del Imperio Galáctico, “Milagro” Yang Wen-li estaba viviendo el estilo de vida de jubilado que siempre había querido. O eso parecía.

A pesar de que era exaltado como el oponente más digno del Kaiser Reinhard, Yang nunca, desde el comienzo de su vida, había deseado ser un militar. En primer lugar, solo se había inscrito en la Academia de Oficiales porque la matrícula era gratuita y había ofrecido cursos de su verdadero interés, la historia. Desde el momento en que se puso el uniforme por primera vez, había estado añorando la oportunidad de quitárselo. Después de llevar a cabo la impensable evacuación de El Facil hace once años, una medalla y un ascenso tras otro habían hecho que el uniforme fuera más pesado. Y ahora, a la edad de treinta y dos años, finalmente había podido retirarse.

La pensión de Yang, como correspondía a su estatus, era una expiación por los muchos aliados y muchos más enemigos cuya sangre había sido derramada bajo su supervisión. La misma idea le atravesó el alma, y ​​fue todo lo que pudo hacer para tranquilizarse ahora que su deseo de hacía doce años por fin le había sido concedido. Yang descaradamente dejó notas en ese sentido: la idea de que le paguen por nada es casi vergonzoso. Por otro lado, cobrar por no matar gente parece una forma más adecuada de vivir, o al menos más feliz. Pero cualquier historiador predispuesto en su contra ignoró estos sentimientos.

Había alcanzado el rango de comodoro a los veintiocho, almirante a los veintinueve y ahora mariscal a los treinta y dos. En condiciones más pacíficas, estos logros habrían parecido el sueño de un paciente psiquiátrico. Para él, ser llamado el general vivo más grande e ingenioso de la alianza era nada menos que la mayor apropiación indebida de adjetivos de la historia. Casi todos los éxitos militares de la alianza durante los últimos tres años habían sido arrancados de su boina negra como el proverbial conejo del mago. El hecho de que la alianza en sí se hubiera inclinado ante el imperio no necesariamente funcionaba a su favor, por lo que no pudo evitar preocuparse por este giro histórico de los acontecimientos.

Inmediatamente después de su jubilación, Yang se casó y estableció en una casa el 10 de junio de ese año. Su esposa era Frederica Greenhill, de veinticinco años, quien había trabajado como ayudante de Yang mientras estaba en servicio activo, teniente comandante de rango. Era una mujer hermosa con cabello castaño dorado y ojos color avellana, que solo tenía catorce años durante la fuga de El Facil. Nunca había olvidado a ese subteniente de cabello negro aparentemente inepto, ahora una parte integral de su realidad. Yang sabía lo que sentía por él, pero solo este año se había sentido envalentonado para corresponder. Incluso entonces, sus señales se habían cruzado más de lo que a Frederica le hubiera gustado.

La boda fue un asunto modesto. La principal razón detrás de esta elección fue que Yang odiaba las ceremonias fastuosas. También le preocupaba que una boda extravagante pareciera ser un pretexto ideal para que los antiguos líderes de la alianza se reunieran y tramasen algún plan terrible. Despertar las sospechas de la Armada Imperial en este punto sería extremadamente imprudente.

Cualquier celebración planeada a mayor escala requeriría invitar a los peces gordos domésticos y ajenos, lo que significaba que Yang tendría que aguantar los discursos prefabricados de personas cuya compañía no disfrutaba particularmente. Lo peor de todo, tendría que invitar al cónsul imperial, y a los que ostentaban altas posiciones en el gobierno de la alianza. Los problemas superaban con creces cualquier posible ventaja.

Como resultado de eso, de entre los viejos subordinados de Yang que todavía estaban en activo, invitó solamente al Vicealmirante Alex Cazellnu. El resto se habían retirado y estaban escondidos por órdenes de Yang.

En el día de la ceremonia, la novia se veía increíblemente hermosa. Yang, como siempre, parecía un erudito inmaduro, a pesar de los grandes dolores que había tenido con su uniforme, y sus aliados más cercanos aprovecharon cada oportunidad para recordárselo.

“Una princesa normal y un mendigo”, reprendió Cazellnu en respuesta a las quejas de Yang por su esmoquin. “Si tan solo hubieras mordido la bala antes, es posible que te hubiera ido bien con tu uniforme de gala militar, como fue mi caso. Mirándote ahora, diría que el uniforme te quedaría mejor después de todo “.

Incluso en uniforme, Yang de alguna manera se parecía más a un niño que a un soldado, por lo que no creía que eso hiciera ninguna diferencia al final.

El vicealmirante Walter von Schenkopp, ex comandante de la fuerza Rosen Ritter y comandante de las defensas de la fortaleza en Iserlohn bajo el mando de Yang, mezcló su propio cóctel verbal de cinismo y arrepentimiento: “Has escapado de una prisión militar, solo para marchar hacia el bloque de celdas del casamiento. Es usted un pato raro, Señor Yang “.

A lo que Cazellnu respondió: “Extraño no es la palabra. Una semana de vida matrimonial lo ha iluminado para algo que nunca aprendió en diez años de soltería. Sospecho que algún día engendrará un gran filósofo “.

El compañero de clase (de año inferior) de la Academia de Oficiales de Yang, el retirado vicealmirante Dusty Attenborough, estuvo de acuerdo y arrojó su propia carne en el asador. “A mi modo de ver, Yang obtuvo lo mejor del botín de guerra con su nueva esposa. Adecuado para nuestro ‘Milagro Yang’, viendo que ella se bajó a su nivel y todo “.

El pupilo de Yang, Julian Mintz, de diecisiete años, sacudió su cabeza rubia y de cabello largo ante esta ronda de críticas.

“Almirante, me sorprende que pudiera llevar a esta gente a la victoria. Todos son traidores, si me pregunta. “

“¿Cómo crees que llegué a ser así en primer lugar?” bromeó Yang, como solo haría una persona de carácter. “La resolución tiene que venir de alguna parte”.

Los asistentes exigieron que Yang y su novia se besaran, y él se acercó a ella como un hombre con las piernas temblorosas. Por un momento, Julian mostró una expresión de dolor ante el bello y vivaz rostro de Frederica. Primero, porque había sentido un vago anhelo por ella durante bastante tiempo. En segundo lugar, porque dejaría el planeta Heinessen esa misma noche para embarcarse en su propio nuevo viaje. Y aunque este último fue por su propia elección, era natural que sus emociones corrieran desenfrenadas en su joven corazón una vez que estuviera a diez mil años luz de distancia de las personas que amaba. Cualquier soledad que hubiera sentido antes ahora se magnificaría a niveles cósmicos.

Los interlocutores de Yang se fueron después de la boda. Julian también se despidió de los recién casados ​​y se despidió de los jóvenes novios antes de partir hacia los lagos y marismas de su luna de miel en la montaña. Después de diez días en una villa apartada, regresaron para comenzar su nueva vida en una casa alquilada en Fremont Street. Como la residencia anterior de Yang, la casa de la calle Silverbridge, había sido una vivienda militar oficial, naturalmente tuvo que mudarse al jubilarse.

Por lo tanto, Yang parecía haber pasado la primera página de su vida ideal. Pero la realidad no era tan dulce como se había imaginado, por razones tanto propias como ajenas.

La combinación de las pensiones del mariscal Yang y la teniente comandante Frederica, aunque menos de lo que se hubiera dado a la realeza y la nobleza, era suficiente para garantizarles más libertad de actividad y excedente material de la que estarían acostumbrados a manejar. Aun así, las pensiones se otorgaban solo cuando existían las finanzas gubernamentales para ello y, en ese sentido, el estado de cosas se estaba deteriorando más allá de su control.

La nueva administración de la alianza, de la que João Lebello era primer ministro, había quedado en bancarrota por la guerra. Debido a la imposición de un impuesto de seguridad que se debía abonar al imperio de acuerdo con el tratado de paz, necesitaban mejorar su situación financiera para financiar el esfuerzo de reconstrucción. Había mucho por hacer, pero por ahora se estaban centrando en el corto plazo. La administración expresó su determinación por la reforma financiera mediante la reestructuración del sistema de poder de la siguiente manera:

Los que ocupan cargos públicos enfrentaron recortes salariales promedio del 12,5 %, y el propio Lebello renunció al 25 % . Mientras que antes no había nada más que viento y lluvia fuera de la ventana de Yang, ahora que la alianza había llevado el bisturí de reducción a las pensiones de los soldados también, ese viento húmedo se había estrellado contra el cristal y lo había helado hasta los huesos.

El recorte de pensión para un exmariscal fue del 22,5%, el de un ex teniente comandante del 15%. Yang entendía que esta disparidad reflejaba sus filas, pero eso no hizo nada para evitar que sintiera que su ideal de que le pagaran sin tener que hacer la guerra ya había sido pisoteado. No estaba loco por el dinero, pero nunca había tenido la experiencia de tener tanto dinero, que no sabría qué hacer con él. De cualquier manera, sabía bastante bien que valía la pena. Yang nunca había sido de los que trabajaban más duro solo para aumentar sus ganancias, y los historiadores del futuro tenían razón en al menos un aspecto cuando lo describieron como “alguien que no tenía ningún interés en ganar dinero”.

Aun así, juntar sus pensiones no les garantizaba la vida más cómoda después de todo. Pero el hecho de que la jubilación de Yang se hubiera vuelto opresiva no tenía nada que ver con el dinero, sino con un cierto malestar que persistía más allá de la superficie de su nueva vida.

Las primeras señales ya estaban apareciendo durante su breve paso por la montaña. Cada vez que Yang iba a pescar truchas en el lago, arrojaba leña a la chimenea para evitar el frío de las noches a gran altura o compraba leche fresca en la granja local, no podía evitar la sensación de que alguien estaba observando cada uno de sus movimientos…

II

En mayo del 799 de la Era Espacial, año 490 del antiguo Calendario Imperial y año uno del Nuevo Calendario Imperial, se puso en vigor el Tratado de Paz de Bharlat. De acuerdo con el artículo 7, el cónsul imperial debía estar destinado en la capital de la alianza. Sus deberes eran negociar y consultar con el gobierno de la alianza como representante del Kaiser, pero la realización de inspecciones de acuerdo con el tratado le daba el poder de interferir en los asuntos internos, acercándolo más a un gobernador general.

El nombramiento de Helmut Lennenkamp para este importante cargo fue evaluado así por el hombre conocido como el “Artista-Almirante”, Ernest Mecklinger.

“En el momento del nombramiento, estaba lejos de ser la peor opción. Pero con el tiempo, se ha convertido en el peor. Ahora todos sufrirán las consecuencias de esta decisión”.

Helmut Lennenkamp era un hosco hombre de mediana, cuyo digno su bigote quedaba bastante fuera de lugar entre el resto de sus rasgos. Pero era un táctico sólido que había acumulado medallas en todo tipo de batallas y, al que según todos los informes, no le faltaba nada a la hora de organizar tropas. Fue, durante un tiempo, el superior de Reinhard cuando Reinhard era apenas un teniente comandante, y había albergado una aversión especial por “ese mocoso dorado”. Consciente de esta crítica, Reinhard fue lo suficientemente magnánimo como para asegurarse de que Lennenkamp fuera tratado de manera justa, en la medida en que nadie hablaba de él a sus espaldas. Por lo tanto, su nombre fue incluido en la lista de candidatos elaborada por el fundador de la dinastía Lohengramm, para sorpresa de nadie.

Lennenkamp había sido bendecido con muchas virtudes, entre ellas la lealtad, el sentido del deber, la diligencia, la imparcialidad y la disciplina, y sus subordinados confiaban en él con el respeto y la confianza adecuados. Como tema de un volumen de una serie de biografías de cónsules imperiales, habría recibido muchos elogios. Pero desde una perspectiva que no fuera militar, carecía de la flexibilidad de Oskar von Reuentahl y la mentalidad abierta de Wolfgang Mittermeier, y tenía cierta tendencia a perseguir impotentemente tanto sus propias virtudes como las virtudes de los demás, y la incompatibilidad de su temperamento como militar superior. y un ser humano: todo esto también debería registrarse.

Lennenkamp estaba respaldado por cuatro batallones de granaderos armados y doce batallones de infantería ligera cuando se apoderó del reputado hotel Shangri-La en el centro de Heinessenpolis para establecer su oficina ejecutiva. Aunque la gran flota del almirante Steinmetz estaba controlando el sistema estelar de Gandharva, estar estacionado en lo que había sido territorio enemigo hasta ayer con tanta fuerza militar era inimaginable para un cobarde.

“Si esos bastardos de la alianza quieren matarme, que lo intenten”, había dicho sobre la situación, levantando los hombros desafiantes. “No soy inmortal, pero en el improbable caso de que muera, la alianza muere conmigo”.

Un “gran ejército” era el ideal de Lennenkamp, ​​y para él no era tan descabellado pensar que podría lograrlo. Creía en los superiores que tenían afecto por sus hombres, hombres que a su vez respetaban a sus superiores y en los camaradas que confiaban y se ayudaban mutuamente sin recurrir a la injusticia ni a la insubordinación. El orden, la armonía y la disciplina eran sus valores más preciados. En cierto sentido, era un militarista extremo, uno que seguramente se habría considerado un fiel seguidor del fundador de la dinastía Goldenbaum, Rudolf el Grande, si hubiera nacido en esa época. Por supuesto, no tenía el ego inflado de un Rudolf von Goldenbaum, pero Lennenkamp no usó a su señor como espejo para verse a sí mismo desde un punto de vista objetivo.

Por orden de Lennenkamp, ​​Yang Wen-li estaba siendo vigilado por la Armada Imperial como una amenaza potencial para la seguridad nacional.

Yang estaba cada vez más irritado por tener que informar su destino y hora planificada de regreso cada vez que salían. Ya fuera en servicio activo o retirados, el gobierno vigilaba a sus oficiales de más alto nivel. Esto era de esperarse. Y, sin embargo, la Armada Imperial nunca le había dado ningún indicio de ser guardias de prisión. Más bien, su vigilancia era algo que el gobierno de la alianza había sugerido a la Armada Imperial. Y si bien era comprensible que el gobierno de la alianza hiciera todo lo posible para vigilar tan de cerca a Yang sin darle a la Armada Imperial ninguna excusa por su interferencia, Yang solo quería que terminaran de una vez.

Yang se quejó con su nueva esposa, queriendo saber qué placer obtenían al atormentar a un hombre pacífico e inofensivo como él, aunque cualquiera que supiera la partitura completa nunca habría creído sus afirmaciones de inocencia. Había apoyado el viaje de Julian Mintz a la Tierra, planeado la fuga del almirante Merkatz y otros desterrados del imperio, y había llevado a cabo actividades no exactamente anti imperiales, pero ciertamente no imperiales, por lo que fue audaz por su parte interpretar el papel de prisionero desventurado.

Sobre ese punto, Frederica guardó silencio. En su opinión, estaba a su favor que se ganara las sospechas de la Armada Imperial y comprometiera la posición del gobierno de la alianza.

“En ese caso, adelante y sé tan vago como quieras”.

Yang asintió felizmente ante el consejo de su esposa. Vivir en paz, en silencio y ociosamente le sentaba muy bien. Yang tenía todas las razones para disfrutar de su indolencia. Y así, comenzó a pasar cada día con pereza, incluso descuidadamente, ignorando silenciosamente incluso los signos más obvios de vigilancia.

Un día, el capitán Ratzel, encargado de vigilar a Yang, le dio un informe a su superior.

“Marshal Yang lives a quiet life. I see no reason to believe he’s stirring up anti-imperial sentiment of any kind.”

una vida tranquila. No veo ninguna razón para creer que albergue sentimientos antiimperiales de ningún tipo “.

La respuesta de Lennenkamp fue cínica, como mínimo:

“Tiene una hermosa esposa y comida en su mesa. No puedo decir que no esté celoso. Una vida ideal, ¿no crees? “

Lennenkamp valoraba mucho el trabajo duro y el servicio al país, y no veía ningún mérito en que alguien que alguna vez había ocupado un cargo militar importante arrojara la responsabilidad de la derrota a un armario de olvido y viviera el resto de su vida con una cómoda pensión sin un cuidado en el mundo. Un hombre con el sentido común y los valores de Lennenkamp no podía entender a Yang Wen-li. Algo simplemente no cuadraba, y estaba decidido a llegar al fondo de lo que veía como un comportamiento misterioso.

Yang había obligado a Lennenkamp a tragarse la amarga medicina de la derrota en dos ocasiones. Si Yang hubiera sido un hombre poseedor de alguna virtud militarista, entonces el disgusto de Lennenkamp podría haber sido compensado por su respeto por un enemigo superior. Pero, por desgracia para ambas partes, con demasiada frecuencia eran caras opuestas de la misma moneda, por lo que el deber obligaba a Lennenkamp a mantener un ojo por encima del hombro en todo momento.

Para Lennenkamp, ​​todo era camuflaje. Yang Wen-li no parecía el tipo de persona que se contentaría con vivir la vida de un jubilado ocioso hasta que fuese viejo y decrépito. Seguramente, en su corazón, estaba albergando un plan a largo plazo para restaurar la alianza y derrocar el imperio. Su vida diaria normal no era más que una artimaña para pasar por alto ese hecho.

Las opiniones de Lennenkamp hacia Yang eran miopes, los puntos de vista de un soldado patriota por excelencia. Paradójicamente, Lennenkamp se había abierto camino a través de las marismas de su prejuicio y el denso bosque de su incomprensión para llegar a las puertas de la verdad, ante las cuales se encontraba ahora, con las manos ansiosas por empujarlas para abrirlas.

Pero su subordinado carecía de su nivel de convicción. O eso, o no estaba tan cansado. Si Reinhard había cometido un error al elegir a Lennenkamp, ​​entonces Lennenkamp había cometido un error al elegir a Ratzel. Mientras el capitán estaba monitoreando a Yang, cortésmente entregó el siguiente mensaje:

“Para Su Excelencia, Mariscal, esto debe ser un hecho inconveniente e irritante. Pero estoy al capricho de mi superior y, como funcionario de poca monta, estoy obligado a obedecer. Por favor acepte mis más sinceras disculpas “.

Yang agitó su mano levemente.

“Oh, por favor, no pienses en eso. Todos somos esclavos de quién nos paga. ¿No es así, Capitán? Yo era de la misma manera. Es más que una hoja de papel; es una cadena que une “.

El Capitán Ratzel necesitó unos segundos para sonreír, en parte debido a la broma mal construida de Yang y en parte porque el sentido del humor de Ratzel no estaba tan desarrollado para empezar.

Fue en estas circunstancias que Yang permitió que Ratzel lo observara. Incluso en un régimen democrático como las Fuerzas Armadas de la Alianza, y más aun en la Armada Imperial, los superiores podían ser injustamente duros. Por supuesto, Yang no pudo evitar sentir cierto nivel de incomodidad con el jefe de Ratzel.

“Lennenkamp sostiene que las reglas y regulaciones son evidentes. Incluso si ir en contra de ellos estuviera justificado, dudo que siquiera lo considere. Haría lo peor que pudiera, siempre y cuando eso signifique seguir las reglas “.

Incluso si Yang tenía razón, no le importaban las reglas. Simplemente no había revelado cómo se sentía, porque sabía cuándo y dónde gritar: “¡El rey tiene orejas de burro!” En cualquier caso, de alguna manera se había labrado un estatus digno de una pensión. Por otra parte, también había sido denunciado en una audiencia judicial sin sentido como un cordero manso ante una corte de gobernantes y sus perros falderos, mientras Cazellnu y sus amigos observaban críticamente desde el margen. Pero mientras existió el Imperio Galáctico, el genio militar de Yang era indispensable. Sacarlo de la ecuación por un comportamiento cuestionable era impensable. A pesar de haber sido objeto de burlas sin piedad en la corte, había emergido de la incomodidad de ese recuerdo al enfrentarse a la forma de hacer las cosas de Lennenkamp.

“¿Entonces no te gusta Lennenkamp?”

A la pregunta intencionalmente reductora de su esposa, Yang respondió:

“No es que no me guste. Simplemente me pone de los nervios, eso es todo “.

Eso fue más que suficiente para Yang.

A Yang no le gustaban las intrigas. Odiaba mirarse a sí mismo cuando estaba elaborando un plan para engañar a otros. Pero si Lennenkamp cruzaba la línea y se entrometía en los asuntos personales de Yang, recurriría a métodos clandestinos para ahuyentarlo. Los nervios de Yang todavía estaban lejos de su límite. Si recibía finalmente un empujón, tomaría represalias con otro empujón por si acaso. Estaba completamente preparado para enfrentar cualquier consecuencia de su regreso de frente.

Sin embargo, incluso si Yang se burlaba de la meticulosidad de Lennenkamp, ​​no era probable que alguien más tolerante lo sustituyese en su lugar. No podía permitirse el error de expulsar a un perro, solo para luego invitar a un lobo. Si alguien como el astuto mariscal Oberstein, por ejemplo, entrara en escena, Yang se sentiría mentalmente asfixiado.

“¡Ese bastardo de Lennenkamp! Yo podría…”

Al darse cuenta de la indecencia de lo que estaba a punto de decir, Yang actuó como un caballero y se volvió a componerse.

“Sí, sería ideal si el Sr. Lennenkamp nos dejara en paz, pero el problema es quién lo reemplazaría. Con mucho gusto me aprovecharía de un tipo traidor que disfrutase haciendo lo que le venga en gana a espaldas del Káiser. Pero el Kaiser Reinhard aún tiene que nombrar a alguien así “.

“Podemos asumir que el Kaiser Reinhard solo nombraría a esa persona si él mismo fuera un gobernante corrupto, ¿verdad?”

“Ah, has dado en el blanco. Eso es exactamente “. Yang exhaló con una expresión amarga. “Nos corresponde no solo dar la bienvenida a la corrupción del enemigo, sino también alentarla. ¿No es este un tema deprimente? Ya sea en la política o en el ejército, sé muy bien bajo qué jurisdicción se encuentra el mal. Apuesto a que Dios está disfrutando cada momento de esto “.

Mientras tanto, en la oficina del cónsul imperial, el almirante Lennenkamp estaba nuevamente dando órdenes al capitán Ratzel.

“Manténgase alerta en su vigilancia. Ese hombre está tramando algo, puedo sentirlo. Debemos eliminar todo lo que pueda dañar al imperio o a Su Majestad el Káiser antes de que se convierta en realidad “.

Ratzel guardó silencio.

“¿No tiene nada que decir?”

“Sí. Como usted ordene, de ahora en adelante vigilaré más de cerca al mariscal Yang “. Fue la respuesta de un actor sin talento.

Al ver la forma en que temblaba el bigote de Lennenkamp, ​​Ratzel supo que su comportamiento no era del todo del agrado de su superior.

“Capitán”, dijo Lennenkamp, ​​alzando la voz. “Déjeme preguntarle algo. ¿Necesitamos ser obedecidos o necesitamos ser bienvenidos? “

Ratzel sabía lo que su superior quería oír, pero dudó en responder de inmediato. Volvió a apartar la mirada, su tono desapasionado.

“Ser obedecido, por supuesto, Su Excelencia”.

“Exactamente.”

Asintiendo con gravedad, Lennenkamp continuó su diatriba.

“Somos tanto vencedores como gobernantes. Construir un nuevo orden es nuestra responsabilidad. En este punto, ya no me importa ser condenado al ostracismo por los perdedores. Si alguna vez vamos a cumplir con nuestro deber más importante aquí, entonces debemos ser firmes en nuestra determinación y fe “.

Ernest Mecklinger también tomó nota en el siguiente memorando:

Lo más probable es que el Kaiser se haga cargo de este error en la selección de personal. No estoy de acuerdo con eso. La única razón por la que el Kaiser no ha notado la fijación de Lennenkamp con Yang Wen-li es porque el propio Kaiser no la tiene. La fijación con alguien que ha infligido una derrota a uno mismo se eleva sobre la mente como una enorme cadena montañosa. Y si bien es posible que un pájaro con alas fuertes vuele sobre esas montañas, para un pájaro que no puede hacerlo, son la esencia misma de las dificultades. En mi opinión, Lennenkamp necesita fortalecer un poco más sus alas. El Kaiser no lo nombró carcelero de Yang Wen-li. Ciertamente, el Kaiser no es omnipotente. Pero es inaceptable culpar a un telescopio astronómico por no funcionar también como microscopio.

III

Yang Wen-li no era el único bajo vigilancia imperial. La mayoría de los demás oficiales de alto nivel, al menos aquellos cuyo paradero se conocía, estaban siendo sometidos al mismo trato. La Alianza de Planetas Libres, después de apenas evitar la dominación total de la Armada Imperial, era como un criminal en el corredor de la muerte, esperando lo inevitable mientras las figuras de autoridad sacudían la jaula con sus porras.

Como miembro del personal autorizado del gobierno de la alianza, al cónsul  Lennenkamp se le permitió el privilegio de asistir a todas las reuniones oficiales. Su presencia era entre molesta y simbólica. Aunque se le prohibió dar órdenes y expresar opiniones, la alianza tampoco podía debatir libremente por temor a lo que él pudiera pensar.

João Lebello, que era tanto el primer ministro de la alianza como el director ejecutivo como presidente del Alto Consejo, sucedió a Job Trünicht después de que este último renunciara a su autoridad política. Desde que mordisqueó el dulce fruto del poder, había estado cultivando un huerto marchito.

Lebello estaba decidido a no dar excusas al imperio. Mantendría la independencia, aunque sólo sea nominalmente, de la Alianza de Planetas Libres, que tenía dos siglos y medio de historia a sus espaldas. Tarde o temprano, la Alianza de Planetas Libres necesitaría restaurar la independencia total. El Imperio Galáctico tenía suficiente poder militar para anexar la Alianza de Planetas Libres en cualquier momento que quisiera. Que aún no lo hubiera hecho no significaba que no lo haría en el futuro. El Kaiser Reinhard estaba esperando un momento más oportuno para encajar esa última pieza en el rompecabezas de su gobierno.

El Tratado de Paz de Bharlat era una cadena invisible que sujetaba los miembros de la Alianza de Planetas Libres. Según el artículo 4, la alianza debía pagar un impuesto de seguridad anual de quinientos mil millones de marcos imperiales al imperio, lo que ejercía una enorme presión financiera sobre la alianza. De acuerdo con el artículo 6, la Alianza de Planetas Libres había promulgado diligentemente una ley nacional contra cualquier actividad que obstaculizara la amistad con el imperio. Lebello, además de proponer esta Ley de Insurrección al Congreso, tuvo que prohibir el artículo 7 de la Carta de la Alianza, que garantizaba la libertad de expresión y de reunión, al que los principistas lloraban por esta abnegación de un gobierno democrático.

Lebello lo sabía. Pero el mundo estaba en modo de crisis, y ¿no valía la pena amputar sus brazos asolados por la necrosis para salvar a todo el organismo? Además, Lebello estaba preocupado por el mayor héroe militar de la alianza, Yang Wen-li. Lebello había sido engañado por los conservadores y sólo pudo estremecerse ante la imagen de los estandartes revolucionarios desplegándose tanto en el lado imperial como en el de la alianza.

Lebello sabía muy bien que Yang Wen-li no era el tipo de persona que ansiara ganar poder por la fuerza militar, como podían atestiguar los últimos tres años. Pero el hecho de que Yang hubiera actuado de una manera en el pasado no garantizaba que actuaría de manera predecible en el futuro. El ex almirante Dwight Greenhill, el padre de la nueva esposa de Yang, había sido un hombre de buen sentido, pero las presiones políticas y diplomáticas, ¿no lo habían obligado incluso a él a ponerse del lado de los más radicales, llevándolo a instigar un golpe de estado? Y cuando Yang había reprimido el golpe y rescatado al gobierno democrático, había estado brevemente en condiciones de convertirse él mismo en un dictador. Pero inmediatamente después de liberar la capital ocupada, regresó al frente, contento con su puesto de comandante de las defensas fronterizas. Aunque Lebello pensó que era una acción loable, las personas eran criaturas maleables. Si un hombre como Yang, que ya no podía soportar la vida monótona de la jubilación, despertara sus ambiciones latentes, no habría forma de saber de lo que podría ser capaz y hasta dónde estaría dispuesto a llegar para proteger la integridad de sus ideales.

Y así, el mismo gobierno del que Yang Wen-li recibía su pensión también lo vigilaba de cerca. La realidad de la situación podría pasar por alto a Yang, pero era solo cuestión de tiempo antes de que conectara todos los puntos. Por lo que Lebello sabía, tal vez Yang ya lo sabía. Yang no era masoquista y no encontraba alegría alguna en ser el objetivo de una vigilancia constante. Sin embargo, no tenía ningún deseo de mostrar sus objeciones, aunque sólo fuera porque sabía que el actual gobierno estaba en una situación difícil. No pudo evitar simpatizar, hasta cierto punto. Además, ninguna forma de protesta evitaría que los visitantes se presentaran en su puerta sin previo aviso. Por ahora, solo podía tocar las cosas de oído y ver a dónde lo llevaba.

Independientemente de lo que los demás esperaran de él, sin importar cómo supusieran interferir, Yang tenía la intención de disfrutar el resto de su vida, relajado y pagado. Es decir, hasta que sucedió algo inesperado al día siguiente que le hizo cambiar de opinión para siempre.

Su nueva esposa, Frederica, al igual como su marido perezoso, no hizo otra cosa que no fuera comer y dormir. Aparte de garabatear los destellos de visión histórica de él, dictados al azar, ella pasó su tiempo relajándose. Sin embargo, eso no significaba que disfrutara de esta vida ordinaria e improductiva. Si hubiera seguido el ejemplo de su esposo, el hogar que acababa de construir pronto se habría convertido en un jardín infestado de malas hierbas. Por lo menos, quería mantenerlo como su santuario.

Su hogar de recién casados ​​se había convertido en un campo de entrenamiento para su nuevo papel de ama de casa, y lo aceptó con un compromiso vacilante. Cuando era niña, había manejado las tareas domésticas en lugar de su madre enferma, pero en retrospectiva, su padre había hecho mucho para aliviar sus cargas hasta que ella dejó su casa a los 16 para alistarse en la academia de oficiales. La comida rara vez era un enfoque del plan de estudios en la academia, donde aprendió qué plantas eran comestibles comer si alguna vez se encontraba perdida en la naturaleza, pero nunca cómo hacer una comida casera. Aunque había planeado aprender por sí misma algún día, y a pesar de una memoria superior que le había valido el apodo de “Computadora ambulante” en la academia, se sentía inadecuada cuando se trataba de la vida doméstica. Quizás solo necesitaba práctica.

En el archivo de su memoria, cinco mil años de historia humana y las hazañas de la experiencia de combate y los elogios de Yang habían sido perfectamente catalogadas, sin embargo, ninguna cantidad de erudición o elevada filosofía era útil para preparar el té negro favorito de su esposo, planificar un viaje o un menú que estimularía su apetito en los meses de verano.

Yang nunca se había quejado ni una sola vez de las comidas que preparaba Frederica. Ya sea porque a él realmente le gustara su cocina, porque no le gustaba, pero estaba siendo considerado con sus sentimientos, o porque simplemente no le importaba, estaba más allá de ella. Fuese la razón que fuese, no pasó mucho tiempo antes de que agotara su repertorio culinario y se diera cuenta de que quería aprender más.

“Querido”, preguntó tímidamente, “¿estás en absoluto insatisfecho con mi cocina o con la forma en que cuido la casa?”

“Para nada. Especialmente esa cosa que hiciste … Bueno, como se llamara, estaba delicioso “.

Frederica apenas se sintió reconfortada por esta respuesta entusiasta pero vaga.

“Solo desearía poder darte más variedad. Cocinar nunca ha sido mi fuerte”.

“Tu cocina está bien, de verdad. Oh sí, ¿recuerdas ese bocadillo que me hiciste cuando huíamos de El Facil? Eso fue realmente sabroso “.

Incluso Yang no estaba seguro de si estaba diciendo la verdad o si era simplemente para afuera. Después de todo, eso fue hace once años. Frederica apreciaba que estuviera tratando de hacer que su esposa se sintiera cómoda, pero esperaba que él fuera más franco sobre estas cosas sin que ella tuviera que preguntar.

“Los sándwiches son lo único que se me da bien hacer. De hecho, eso no es cierto. También puedo hacer crepes, hamburguesas…”

“Entonces, básicamente, eres un experto cuando se trata de cualquier cosa que vaya a capas, ¿verdad?”

Pero los intentos de Yang de dejarse impresionar, ya fuera generoso o cabezota, hicieron que Frederica pusiera en tela de juicio sus habilidades. ¿Acaso era “Desayuno: sándwich de huevo, almuerzo: sándwich de jamón, cena: sándwich de sardina” el único tipo de menú que podía diseñar? ¿El alcance total de sus habilidades en la cocina cabía solo entre dos capas de masa?

Cuatro años de vida en la residencia de estudiantes de la Academia de Oficiales y cinco años de vida militar la habían dejado mal preparada para su nuevo papel como ama de casa.

Julian Mintz, antes de partir hacia la Tierra, le había dado instrucciones sobre cómo preparar un té negro fuerte al gusto de Yang. Con cuidado magistral, había demostrado la temperatura perfecta del agua y el momento exacto involucrado, pero cuando felicitó los intentos de Frederica de replicar el proceso, ella se preguntó si estaba siendo genuino, porque nunca salió igual cada vez que intentaba hacerlo para Yang. Claramente, su esposo veía el mundo de manera muy diferente a como lo veía ella. Quería que ambos estuvieran en la misma página, pero parecía que Yang ya se estaba adelantando hasta el final sin preocuparse mucho por los eventos que los llevaron allí.

IV

Alex Cazellnu, conocido como el rey del cubículo de las Fuerzas Armadas de la Alianza por ayudar a Yang con innumerables tareas administrativas, tampoco pudo evitar la incómoda sensación de que estaba siendo vigilado por la Armada Imperial. Convencido de que habían puesto micrófonos en su casa, evitó hablar con Yang por el visiofono. Un día, mientras tomaba café junto a su esposa que en ese momento hacía punto, se burló de los cinco guardias de vigilancia afuera de su ventana.

“Míralos, trabajando tan duro día tras día. ¿Y para qué?”

“Al menos no tenemos que preocuparnos por que nos roben, querido. Los fondos públicos están pagando por nuestra protección. ¿No deberíamos estar agradecidos por eso? ¿Quizás podría ofrecerles un té o un postre? “

“Hazlo a tu manera”, dijo su esposo, escuchando sólo a medias.

La Sra. Cazellnu preparó café para cinco, luego le dijo a su hija, Charlotte Phyllis, que llamara al guardia de aspecto más arrogante que pudiera encontrar. Poco después, la niña de nueve años condujo a un suboficial joven y pecoso al interior, su brazo enlazado dudosamente con el de ella. El oficial estaba visiblemente incómodo y rechazó con pesar el café que se le ofrecía, diciendo que no se le permitía participar en ninguna actividad que pudiera distraerlo de su trabajo mientras estuviera de servicio. Después de que el oficial se disculpó y regresó a sus tareas de vigilancia, Cazellnu tuvo que averiguar cómo conservar esas cinco tazas de café. Pero el gesto de su esposa tuvo el efecto deseado, ya que a partir de ese momento los guardias se ablandaban cada vez que veían a las dos hijas de la pareja corriendo.

Unos días después, la Sra. Cazellnu hizo un pastel de frambuesas y les dijo a sus hijas que lo llevaran a la casa de Yang. Charlotte Phyllis sostuvo la caja de pastel en una mano y la mano de su hermana menor en la otra, lo que provocó sonrisas forzadas del equipo de vigilancia imperial cuando se acercaron a la puerta y tocaron el intercomunicador.

“Hola, tío Yang, hermana mayor Frederica”.

Ante estas inocentes, aunque involuntariamente degradantes, formas de dirigirse a él, el amo de la casa sintió una punzada de orgullo herido, pero su nueva esposa invitó cordialmente a las dos pequeñas mensajeras al interior de todos modos y las recompensó, como Julian Mintz una vez lo hizo, por su trabajo con un batido endulzado con miel. Para calmar a su desinflado esposo, Frederica cortó alegremente el pastel, solo para descubrir una bolsa resistente al agua en el interior que contenía varios mensajes clandestinos cuidadosamente doblados.

Por lo tanto, el mariscal Yang y el vicealmirante Cazellnu dieron con una manera discreta, aunque vulgar, de comunicarse entre sí. Y aunque su pura audacia fue suficiente para pasar desapercibida por los guardias de vigilancia, tuvieron cuidado de no abusar de ella. En cualquier caso, no pasó mucho tiempo antes de que Frederica agotara su repertorio de pasteles y tartas, que ya eran lo suficientemente difíciles de hacer. Esto le dio la excusa perfecta para visitar a la Sra. Cazellnu con más regularidad a fin de aprender más recetas. No era una mentira total, porque ella quería un maestro confiable que la instruyera no solo en la cocina, sino también en la vida doméstica en general.

Fue con este pretexto que la joven pareja llevó un regalo a la casa de Cazellnu. Cuando salió a la calle, Frederica fue recibida con miradas de desprecio por parte de los lugareños. Esto era más que comprensible, dado que la causa de su opresión estaba justo frente a ellos. Fue en momentos como estos cuando, a pesar de sus mejores esfuerzos por ignorar a los guardias de vigilancia, Frederica se alegró de su presencia.

Dos soldados imperiales completamente armados se volvieron ociosos en su dirección. Que no derramaran ni una gota de sudor, a pesar de estar empapados por el sol de verano, era solo uno de los muchos indicios de su riguroso entrenamiento y experiencia de combate. Semejante torpeza les daba un semblante bastante inorgánico y poco mundano que resultaba a la vez reconfortante e inquietante. Aun así, temblaron una vez que tuvieron delante a yang. Todos conocían su rostro por sus solivisiones, pero para ellos se suponía que un Mariscal no debía llevar un estilo de vida tan simple como para caminar sin escolta a plena luz del día con una camisa de algodón descolorida. Claramente, había perdido la cabeza, y era la primera vez que veían una expresión que era remotamente humana en su rostro.

Viendo desde el monitor, que la pareja de recién casados estaba frente a su puerta; Cazellnu llamó a su mujer.

“Hey, la Señora Yang está aquí”

“¿En serio? ¿Ha venido sola?”

“No. Su maridito viene con ella. Aunque si me preguntas, no estoy seguro de que un comandante y su ayudante sean la combinación más compatible…”

“No veo por qué no lo harían”, dijo la Sra. Cazellnu, ofreciendo su evaluación tranquila. “La vida civil les viene algo grande. Creo que establecerse sería un error para ellos. Estoy segura de que pronto se irán a donde sea que pertenezcan. Su destino está ahí fuera en alguna parte “.

“No me di cuenta de que me había casado con una adivina”.

“No soy una adivina. Llámalo intuición de mujer “.

Al ver a su esposa dirigirse tranquilamente a la cocina, Cazellnu murmuró algo en voz baja y se dirigió al vestíbulo para recibir a sus invitados. Sus dos hijas saltaban detrás de él.

Cuando abrió la puerta, el matrimonio Yang estaban hablando con algunos de los soldados imperiales asignados a la casa Cazellnu. A su arrogante interrogatorio sobre el propósito de su visita y el contenido de sus maletas, Yang respondió con sinceridad y con gran paciencia. Mientras las dos niñas Cazellnu empujaban a su padre ligeramente a un lado, los soldados saludaron y retrocedieron. Yang le entregó un regalo a Charlotte Phyllis.

“Dale esto a tu mamá. Es crema bávara “.

Ahora era Yang quien estaba recibiendo las reprimendas de Cazellnu cuando entró en la sala de estar.

“Bueno, no puedo evitar notar que ya no vienes mucho por aquí”.

“¿Qué te corroe, oh gran esposo de Madame Cazellnu?”

¿Te mataría traer una botella de coñac de vez en cuando? ¿Qué pasa con todos los platos femeninos? “

“Bueno, si voy a besar a alguien, será mejor que sea el que usa los pantalones en esta familia. La última vez que lo comprobé, ¿no fue tu mujer quien se tomó la molestia de prepararnos la cena?

“Hombre, estás completamente cegado por tu mujer ¿Quién crees que pagó por esos ingredientes? La comida no simplemente cae del cielo. No importa cómo lo digas, el que usa los pantalones de verdad por aquí … “

“Es tu esposa, como dije.”

Mientras el vicealmirante activo y el mariscal retirado estaban enfrascados en su ligero combate verbal, la Sra. Cazellnu repartió enérgicamente instrucciones para poner la mesa a Frederica y las niñas. Mientras Yang los miraba de reojo, no pudo evitar pensar que, a ojos de la señora Cazellnu, Frederica y sus dos hijas estaban en el mismo nivel de vida doméstica.

“Me encantaría aprender más sobre cocina. Podrías comenzar con algunos platos básicos de carne, algunos platos de mariscos y luego algunos platos de huevo. Esperaba que me fueras enseñando, es decir, si no es demasiado problema “.

Asintiendo con la cabeza a las palabras entusiastas de Frederica, la Sra. Cazellnu respondió con una expresión algo ambigua en su rostro.

“Ciertamente tienes muchas ganas de aprender, Frederica. Pero no hay necesidad de ser tan sistemática al respecto. Cosas como cocinar deberían suceder de forma orgánica. Además, más importante que mantener a su marido es aprender a disciplinarlo. Te pisoteará si eres demasiado suave con él “.

Después de que los Yang se fueron, la Sra. Cazellnu elogió la valentía de Frederica en los términos más enérgicos posibles.

“Pensé que parecía bastante serena dadas las circunstancias. Saludable también “. Cazellnu hizo una pausa para acariciar su barbilla, su expresión seria. “Pero si Julian no regresa pronto a casa, solo encontrará a su regreso los cadáveres de una joven pareja que murió de desnutrición”.

“No digas cosas así. Es de mala suerte “.

“Sólo estaba bromeando.”

“Los chistes son como los chiles: es mejor usarlos con moderación. No tienes exactamente el sentido del humor más equilibrado. A veces, no tienes cuidado y cruzas la línea. Si lo haces demasiado, es posible que otros empiecen a tomárselo de forma incorrecta “.

Alex Cazellnu, que aún no había cumplido los cuarenta, trabajaba como director general interino de los servicios de retaguardia, donde fue constantemente elogiado por su competencia como burócrata militar. Pero en casa, no era más que otra camisa arrugada a planchar. Sabiendo que estaba derrotado, puso a su hija menor sobre sus rodillas, luego le susurró a la orejita que se acurrucaba en su cabello castaño: “Papá no perdió esa. Saber cuándo dar marcha atrás y hacer que la esposa se vea bien es la clave para mantener la paz familiar. Las dos lo entenderéis muy pronto “.

De repente recordó la predicción de su esposa. Si Yang despegaba hacia el universo, tendría que pensar en su propio curso de acción. Su hija miró con curiosidad el rostro de su padre, cuya calma ahora se vio perturbada.

V

El prejuicio de Helmut Lennenkamp contra Yang Wen-li también causaría una gran impresión en los futuros historiadores, seducidos a pensar en Yang como un “héroe de la democracia” y un “general extraordinariamente ingenioso”. Interpretarían las acciones de Yang más como adoradores que como investigadores, como si sus acciones estuvieran predestinadas a ponerlo en el camino hacia la grandeza. Incluso su retiro aparentemente mediocre, concluyeron, fue una táctica dilatoria con visión de futuro y profundamente asentada en anticipación de su objetivo final de derrocar el imperio. Para Yang, habría sido una exageración molesta. Que le pagaran incluso a su corta edad para vivir una vida normal sin tener que trabajar no era nada digno de elogio. Esa fue suficiente provocación para que volviera al juego.

Yang, de hecho, tenía un plan profundamente trazado. Tal vez era solo una forma de que él pasara el tiempo, pero los detalles, como lo transmitieron los testigos después del hecho, se redujeron a algo como esto:

El objetivo primario de su plan era la reconstrucción de un sistema de gobierno republicano, limpio de los inevitables peligros de una dictadura militar. En el mejor de los escenarios, escaparía de las garras del imperio galáctico y restauraría la independencia total de la alianza de planetas libres. Al menos, apuntaría a una república democrática sin importar el tamaño de su escala. Una nación era la Encarnación metodológica del bienestar y los principios republicanos de su gente. Pero era más que eso. Desde tiempos inmemoriales, aquellos que deificaban a una nación, se convertían en parásitos de sus ciudadanos y carecía de sentido verter sangre nueva para tratar de salvarlos. Yang debería ser más resolutivo si quería crear un cambio duradero.

Con un sistema político adecuado, la reconstrucción se dividiría en cuatro partes:

A. Principios fundamentales; B. Gobierno; C. Economía; y D. Militar.

Todo el plan dependía de la integridad de A. Un fundamento filosófico sólido determinaría cuánto entusiasmo se podría cosechar hacia la reconstrucción de un gobierno republicano y la restauración de la autoridad política del pueblo. Si la gente no veía ningún significado en un proyecto así, entonces ninguna cantidad de planificación o intriga daría frutos en sus miembros ya cansados. Para poner en marcha el proceso, Yang necesitaba el gobierno tiránico de un gobierno despótico o un sacrificio carismático. Sería necesario un refuerzo emocional y fisiológico para manejar el trauma que resultaría de cualquiera de los escenarios. Si esto lo intentara una facción puramente republicana, la situación probablemente degeneraría en una conspiración. Yang nunca se había suscrito a los constantes mantras sobre las nociones de esfuerzo. Sin paciencia y acciones sobrias, ni siquiera el esfuerzo mejor intencionado produciría un cambio verdadero y duradero.

Aunque B era el resultado directo de A, la alianza no solo conservaría la autonomía en los asuntos internos, sino que también sería posible organizar una facción antiimperial al más alto nivel de administración. Colocar a alguien en primera línea con experiencia tanto en impuestos como en orden público era preferible a la alternativa. Además, Yang y su cohorte necesitarían colocar a los trabajadores cooperativos tanto dentro del imperio como del Dominio Phezzan bajo control imperial directo. Dichos trabajadores, especialmente aquellos que estaban íntimamente ligados al centro de la autoridad del enemigo, ni siquiera necesitaban ser conscientes de su complicidad. De hecho, era mejor que no lo fueran. Estas eran tácticas extremadamente deshonestas, sin duda, pero también lo eran el soborno, el terrorismo y cualquier otro método utilizado por los jugadores más hambrientos de poder. Los únicos resultados lógicos de tales acciones eran los celos, la animosidad y la traición.

En el caso de C, más que en B, la cooperación de los comerciantes independientes de Phezzan era esencial. Dado que la alianza estaba obligada a pagar al imperio un impuesto de seguridad anual de quinientos mil millones de marcos imperiales, no había esperanzas de que las finanzas cambiaran para mejor en un futuro próximo. Una idea era prestar dinero a los comerciantes de Phezzan a altas tasas de interés, otorgando así privilegios de desarrollo minero y prioridad de ruta, pero garantizar una expansión indefinida no era algo fácil de vender. Lo importante era hacer comprender a esos comerciantes que lo mejor para ellos era cooperar con la facción republicana más que con el imperio. Mientras tuvieran un interés en la nacionalización industrial y la monopolización de las políticas relacionadas con los bienes materiales, pedir su cooperación a los comerciantes Phezzanies independientes sería pan comido. Una de las razones por las que los grandes imperios del mundo antiguo enfrentaron levantamientos de su propia gente fue porque las autoridades codiciaban ganancias injustas, imponiendo monopolios sobre la sal necesaria para la existencia humana. Teniendo en cuenta esta lección del pasado, tendrían que dar a los comerciantes de Phezzan los beneficios adecuados, aunque esto no era una gran preocupación ya que la reconstrucción de una república afectaba tanto a Phezzan como a la alianza.

Solo después de completar A a C, D podría probar los dulces sabores de la realidad. En la etapa actual, no había necesidad de un plan táctico. La reconstrucción militar daría lugar a una organización responsable de frenar las actividades antiimperiales. Para ello, sería necesaria una unidad central. Y aunque la infraestructura ya estaba en su lugar, todavía necesitaban el beneficio del refuerzo militar. También estaba la cuestión de quién lideraría. El almirante Merkatz, que se respetaba a sí mismo, tenía suficiente carácter y capacidad para hacer precisamente eso, pero dada su antigua lealtad y su reciente deserción del imperio, no se podía confiar en él para que dirigiera un regimiento republicano. El almirante Bucock era otra posibilidad. En cualquier caso, seguir deliberando sobre el asunto era una tarea compleja.

Detrás de todo esto había una regla de oro implícita: disminuir al enemigo y aumentar los enemigos del enemigo, incluso si no eran aliados. Todo era relativo.

Estas eran las piedras angulares del plan de Yang, pero aún tenía que encajarlas en un esquema más amplio en el papel. No podía permitirse el lujo de descuidar la competencia del Cónsul Lennenkamp cuando se trataba de mantener el orden público, ni podía dejar ninguna prueba que lo considerara un traidor bajo los nuevos términos dinásticos.

Desde el primer movimiento hasta el final, todas las notas de esta “Sinfonía de la insurrección” se ordenaron en la partitura del cerebro de Yang. Solo su compositor sabía dónde dibujar con lápiz cada empate, calumnia y descanso. Pero si alguna vez le preguntaron a Yang por qué no aparecía su nombre en los asuntos de los líderes militares, tenía una respuesta preparada: “Ya terminé de trabajar. Mi mente está agotada. En este punto, solo puedo vender el resto de mí a una causa mayor. Que hagan conmigo lo que quieran “.

El plan de Yang se redujo a la importantísima tarea de lo que él llamó “restaurar el clan”. En lo que a él respectaba, la nación no era más que una herramienta, cuyo propósito dependía de las intenciones de quienes la manejaban. Se lo había dicho a los demás en repetidas ocasiones e incluso lo había anotado para su propia diversión.

Sin embargo, sobre todo, se las había arreglado para nunca incurrir en el odio de Reinhard von Lohengramm. Por el contrario, se podría decir que nadie más consideraba a Yang como su archienemigo. Desde la perspectiva de Yang, Reinhard era un genio militar sin igual, un monarca absoluto de gran discernimiento y poco interés propio. Su gobierno fue imparcial, virtuoso e inmune a las críticas. No era descabellado pensar que la mayoría de la gente estaba bastante contenta con la perspectiva de su largo reinado.

Pero incluso cuando Reinhard trajo la paz y la prosperidad universales por la fuerza de la sugerencia política, la gente se estaba acostumbrando a ceder su propio poder político a otros. Yang no podía soportar esto. Quizás era idealista de su parte, pero tenía que haber una manera de negociar la paz entre las diferentes facciones galácticas sin apoyar ciegamente ni siquiera al régimen de despotismo más bien intencionado.

Yang se preguntó si el buen gobierno de un tirano no era la droga más dulce en lo que respecta a la conciencia de uno como ciudadano. Si la gente pudiera disfrutar de la paz y la prosperidad, sabiendo que la política se administraba con justicia sin que tuvieran que participar, expresarse o incluso pensar, ¿quién querría involucrarse en algo tan molesto como la política para empezar? La desventaja obvia de tal sistema fue que la gente se volvió complaciente. Nadie parecía nunca ejercitar su imaginación. Si a la gente le preocupaba la política, también lo estaba su gobernante. ¿Qué sucedió, por ejemplo, cuando el gobernante perdiese el interés por la política y comenzase a abusar de su poder ilimitado para satisfacer su propio ego? Para entonces, sería demasiado tarde para que alguien pudiera idear una contraestrategia adecuada, porque su ingenio ya se habría atrofiado más allá del punto sin retorno. Por lo tanto, un gobierno democrático era esencialmente solo comparado con uno autocrático.

Dicho esto, la propia participación de Yang en los principios democráticos no era del todo inamovible. Yang a veces se encontraba reflexionando sobre que, si el cambio para mejor era posible y la humanidad podía disfrutar de los frutos de la paz y la prosperidad indefinidamente, ¿sería realmente útil quedar tan atrapado en las minucias de la política? Se sintió avergonzado al pensar en su propia abstención vergonzosa de votar, cuando bebía hasta quedar inconsciente en la víspera de un día de elecciones y se despertaba la noche siguiente, mucho después de que se cerraran las urnas. Esas no eran las acciones de un hombre honorable.

Esa autoevaluación era necesaria al embarcarse en algo tan grandioso como la reforma universal. La mayoría de la gente habría llamado a este compromiso de cambio nada menos que “fe”. Y si bien no era la palabra que Yang habría usado, nunca podría lograr algo tan monumental si le exigiera ver a sus enemigos como personas inherentemente malas.

Incluso entre los historiadores del futuro estaban los que pensaban que toda fe era perdonable. Esos mismos historiadores invariablemente criticarían a Yang Wen-li por expresar tan a menudo su desprecio por la fe:

“La fe no es más que un cosmético que se usa para encubrir las imperfecciones de la indiscreción y la locura. Cuanto más espesos son los cosméticos, más difícil es ver la cara que hay debajo “.

“Matar a alguien en nombre de la fe es más vulgar que matar a alguien por dinero, ya que, si bien el dinero tiene un valor común para la mayoría de las personas, el valor de la fe no va más allá de los que conciernen”.

Como habría argumentado Yang, bastaba con mirar a Rudolf el Grande, cuya fe había destruido un gobierno republicano y dejado millones de muertos, para darse cuenta de que la fe podía ser una virtud peligrosa. Cada vez que alguien usaba la palabra “fe”, el respeto de Yang por esa persona se reducía en un 10 %.

De hecho, Yang le dijo a su esposa, mientras tomaba su “coñac con té”, como alguien que estaba intentando nada menos que destruir el nuevo orden, era probable que pasara a ser uno de los criminales más aborrecibles de la historia, y dejando a Reinhard como el ejemplo histórico legítimo para la misma grandeza.

“No importa cómo se mire, la mera anticipación de la corrupción es reprobable, porque en última instancia se está aprovechando de la desgracia de otras personas para derribarla”.

“¿Pero no estamos esperando en este momento?” preguntó Frederica, quien con calma trató de alcanzar la botella de brandy, pero Yang se le adelantó por un pelo.

“Necesita mejorar sus tiempos, teniente comandante.”

Yang comenzó a verter más brandy en su té, pero, al ver la expresión de su esposa, vertió solo dos tercios de lo que pretendía y tapó la botella, diciendo en tono de disculpa:

“Solo deseamos lo que el cuerpo pide. Comer y beber lo que nos apetezca es lo mejor para nuestra salud “.

El punto de vista de Yang puede haber sido más amplio, y el alcance de su vista más largo que el de la mayoría de la gente, pero posiblemente no pudo captar todos los fenómenos del universo. Pues justo cuando se estaba asentando en la vida de casado, a diez mil años luz de distancia de su hogar, en el planeta Odín, la capital imperial galáctica, se estaba preparando un despliegue de fuerzas punitivas a las órdenes de Reinhard.

Capítulo 3: Los visitantes

I

Siempre que sus vidas cambiaban irrevocablemente debido a circunstancias que estaban más allá de su control, la gente a menudo desenterraba el término “destino” de la tumba de los recuerdos como si estuvieran afirmando para sí mismos que todo estaba destinado a ser así. Julian Mintz, que aún no había cumplido 18 años, aun no era lo suficientemente viejo como para exhumar por completo al destino de su propio cementerio mental, y recurrió a dormir en posición fetal bajo su cama, esperando que ocurriera algo, cualquier cosa.

Según Yang Wen-li, su tutor legal desde hacía cinco años, el destino tenía “la cara de una vieja bruja nudosa”, un sentimiento natural para alguien que había pasado once años en una profesión que nunca había querido.

Cinco años atrás, Julian había sido enviado a la casa del entonces capitán Yang Wen-li en virtud de la Ley de Travers, que colocaba a los huérfanos de guerra en las casas de otros soldados. Y cuando, tras arrastrar un baúl más grande que él, se había encontrado cara a cara con un hombre de pelo negro y ojos oscuros que no parecía ni un soldado ni un héroe, Julian creyó vislumbrar el perfil del destino, que a sus ojos era de tez blanca. Nunca pudo imaginar cómo cambiaría ese destino en su viaje a la Tierra.

La cuna de la civilización humana, que veía por primera vez en su vida, surgió en la pantalla principal de la nave “Infiel” como una masa de colores tenues. De todos los planetas que Julian había visto, no habría contado la Tierra entre los más bellos. Tal vez fuera sólo una idea preconcebida, pero el nublado globo prácticamente se transmitía a sí mismo como un planeta convertido en un estéril yermo.

Más de un mes después de salir de Heinessen, Julián se encontraba en la zona estelar fronteriza más inhóspita del territorio imperial.

Con motivo de su partida, se decidió que, entre Phezzan e Iserlohn, tomarían la ruta Phezzaní. Hasta hace pocos días, este mismo sector se había visto envuelto en un sangriento conflicto entre la Armada Imperial y las Fuerzas Armadas de la Alianza. Su posición militarmente estratégica había desempeñado un papel fundamental en que la fortaleza de Iserlohn cayera en manos de la Armada Imperial por primera vez en dos años y medio. Actualmente estaba cerrada a naves civiles.

Cada vez que Julian pensaba en la Fortaleza de Iserlohn, una perturbación ondulaba a lo largo de la superficie acuosa de sus emociones. Había el año estelar 796 cuando su tutor, el almirante Yang Wen-li, había rendido Iserlohn, que antes se creía inexpugnable, sin derramar una sola gota de sangre de sus aliados. Tras la aplastante derrota de la alianza en la batalla de Amritsar, Yang había ejercido de comandante tanto de la fortaleza de Iserlohn como de su flota de patrulla, y continuaba en primera línea de la defensa nacional. Julian había permanecido a su lado, en Iserlohn. Había pasado dos años en aquel gigantesco planeta artificial, de sesenta kilómetros de diámetro y, si se contaban los soldados y los civiles, con una población de cinco millones de habitantes. Fue entonces cuando se convirtió oficialmente en soldado. También fue donde experimentó su primera batalla. Conoció a mucha gente, de la que se separó para siempre.

En el reloj de arena de su vida, el más brillante de esos granos de arena había sido arrancado de Iserlohn. Que este lugar, que le había aportado recuerdos cualitativamente más ricos que cualquier otro en sus escasos diecisiete años de existencia, hubiera caído bajo el control imperial era realmente lamentable. Cuando la Fortaleza de Iserlohn había quedado impotente ante la magnífica planificación estratégica de la Armada Imperial, Yang Wen-li la había abandonado sin dudarlo, optando en cambio por garantizar la movilidad de su flota. Yang sabía que había tomado la decisión correcta, y aunque no lo hubiera hecho, Julian le habría apoyado de todos modos. Aun así, Julian se había quedado asombrado por la audacia de Yang, y no era la primera vez. Las acciones de Yang siempre eran sorprendentes a los ojos de Julian.

El capitán de la Unfaithful, Boris Konev, se acercó y se puso al lado de Julian.

“Un planeta bastante sombrío, ¿no crees?”, dijo con un guiño.

Konev había transportado a Julian no sólo en su papel de capitán. Era un orgulloso ex comerciante independiente de Phezzan, compañero de juegos de la infancia de Yang Wen-li y primo del piloto as de las Fuerzas Armadas de la Alianza, Iván Konev, muerto en combate. Por lo tanto, su interés en la seguridad de Julian era multifacética y de máxima prioridad. El Unfaithful había sido construido originalmente como transporte militar para la Alianza y había pasado a ser de su propiedad gracias a las gestiones de Cazellnu a través de Yang. Había querido ponerle el nombre de su amada Beryozka. Desgraciadamente, ese nombre llevaba demasiada carga para atravesar el territorio imperial sin levantar demasiadas sospecas. Como la nave era la ilegalidad encarnada, tenían que mantener las apariencias en la medida de lo posible. Infiel, entonces, había parecido un compromiso digno. Para Konev, era una declaración de la verdad tan obvia que podría pasar desapercibida.

Julian sintió un golpecito en el hombro y se giró para ver al comandante Olivier Poplan, que se había unido a ellos a mitad del viaje. El joven as sonrió a Julian con sus ojos verdes antes de volverse hacia la pantalla.

“Así que ahí es donde empezó todo: el planeta madre de toda la raza humana, ¿eh?”.

Algo poco original, sin duda, pero el timbre de nostalgia en la voz de Poplin no era tan genuino para empezar. Habían pasado casi treinta siglos desde que la Tierra había perdido su condición de centro de la civilización humana, y diez siglos más desde que los antepasados del joven as habían salido de su superficie. El pozo del sentimentalismo por la Tierra se había secado hacía mucho tiempo, y lejos estaba Poplin de malgastar cualquier lágrima en rellenarlo.

En cualquier caso, Poplin no se había reunido con Julian por ningún apego a la Tierra. No podía importarle menos un planeta fronterizo obsoleto.

“No tengo ningún interés en ver a una vieja y débil madre”, dijo con su habitual desparpajo.

Konev, que había estado consultando con su astronavegador, Wilock, volvió a unirse a la conversación.

“Aterrizaremos en el norte del Himalaya, el punto habitual de descenso de los peregrinos. Encontrareis la sede de la Iglesia de Terra cerca”.

“¿El Himalaya?”

“La mayor zona orogénica de la Tierra. No conozco ningún lugar más seguro para aterrizar”.

Konev explicó que había sido un centro de suministro de energía durante la edad de oro de la Tierra. El establecimiento de la energía hidroeléctrica a partir del deshielo de la nieve alpina, la energía solar y las fuentes de energía geotérmica se habían dispuesto cuidadosamente para no interferir con la belleza natural, todo ello mientras se suministraba luz y calor a diez mil millones de personas. Y lo que es más importante, los refugios para los altos mandos del Gobierno Mundial se habían excavado en las profundidades del subsuelo.

Cuando las grandes fuerzas del Frente Unido Antiterrestre, ciegas de venganza, se habían abierto paso en el sistema solar y habían asaltado este “orgulloso planeta” con todo lo que tenían, el Himalaya, junto con las bases militares y las principales ciudades, había sido un epicentro de ataque. Las llamas de una gigantesca erupción volcánica ocurrida novecientos años antes habían aumentado su altura. El suelo, la roca y los glaciares habían formado un muro móvil, derribando todo lo que el hombre había hecho a su paso. Las montañas del Himalaya eran un punto de orgullo terrestre, a veces incluso objetos de culto religioso, pero para los que seguían siendo maltratados y rechazados en las colonias, no eran más que un altísimo símbolo de opresión.

Los representantes del Gobierno Global solicitaron una reunión con el comandante en jefe del Frente Unido Antiterrestre, Joliot Francoeur, para negociar la paz. Pero Francoeur no había venido a pedir clemencia. Con un orgullo propio de cualquier líder legítimo de toda la raza humana, explicó que proteger el honor de la Tierra era responsabilidad de todos los seres humanos. Si lo perdían de vista ahora, ya no había esperanza.

La respuesta de Francoeur fue fría:

“Mi madre vivía a todo lujo con el fruto de su propio trabajo. Y ahora, ¿qué derechos puede reclamar? A mi modo de ver, tiene dos alternativas. Que se arruine o buscarle la ruina a otros. La elección es suya”.

Francoeur les habló de su antigua amante, que se suicidó tras ser violada por un soldado de la Fuerza Terrestre. Los representantes del Gobierno Global se vieron sobrecogidos por la violencia rabiosa de sus ojos, sin saber qué decir. Durante los últimos siglos, los terrícolas habían plantado semillas de odio en los corazones de los colonizados y, con sus acciones, habían acelerado el crecimiento de ese odio. Ni una sola vez los terrícolas habían mostrado compasión, y mucho menos habían contemplado la posibilidad de un compromiso.

Abatidos, esos mismos representantes se suicidaron en masa mientras volvían a casa. Más allá de tener que cargar con la responsabilidad de sus negociaciones fallidas, fue el inevitable banquete de destrucción que les esperaba de vuelta a la Tierra lo que les llevó a tomar medidas tan extremas.

Dicho banquete duró tres días. Sólo después de recibir órdenes estrictas de los líderes del Frente Unido Antitierra, Francoeur puso fin a la matanza. En medio de los vientos azotadores y el rugido de los truenos, su rostro juvenil llegó a parecerse a una cascada mientras la lluvia y las lágrimas de emoción violenta corrían por sus mejillas.

Pensar en la cantidad de sangre derramada en la superficie de este pequeño planeta y en el peso de sus maledicencias hizo que una corriente eléctrica de tensión recorriera el cuerpo de Julián. Mientras que antes siempre se había enfrentado a las preguntas de un futuro incierto, esta vez se encontraba cara a cara con el innegable y horrible pasado que era el legado de todos a bordo de la nave.

II

El itinerario de viaje de Julian Mintz a la Tierra estaba lejos de ser lineal. Dirigirse directamente al planeta abandonado desde Heinessen era ilegal.

A pesar de haber presentado su carta de renuncia, como alguien que había sido oficial de las Fuerzas Armadas de la Alianza hasta hace unos pocos días atrás, su condición de subalterno de Yang Wen-li era todavía bastante vaga desde el punto de vista de la Armada Imperial y del vigilante gobierno de la alianza. El hecho de que Julian y su guardia de seguridad, el alférez Louis Maschengo, se hubieran escapado de manera segura, hizo poco para aliviar sus preocupaciones acerca de las presiones que su fuga podría haber ejercido sobre Yang y Frederica.

Yang había arriesgado mucho por el bien de Julian. Lo había resuelto todo con la ayuda de Cazellnu y Boris Konev, consiguiendo una nave y registrando formalmente a Julian y Maschengo como tripulantes. Y todo esto sin levantar una ceja ni a la Armada Imperial ni al gobierno de la alianza. Mientras tanto, murmuraba en voz baja cosas como: “Un padre de verdad difícilmente haría tanto por su hijo fugitivo”.

Una vez que dejaron el campo gravitacional de Heinessen, Julian y el resto de la tripulación se quedaron solos. El resultado de su viaje dependía únicamente de su discreción y del ingenio de Boris Konev mientras se aventuraban en el lado oscuro de la Iglesia de Terra. Si regresaban sanos y salvos, sería la primera vez que alguien lo lograba.

Y, sin embargo, incluso con todos estos arreglos meticulosos, el primer obstáculo que impedía su curso apareció antes de que el primer día hubiera terminado cuando una señal inesperada detuvo a todos a bordo de la Infiel en seco:

“Deténga su nave o abriremos fuego”.

La Armada Imperial poseía un poder militar abrumador que resonaba con el peor de los instintos humanos. No podían estar seguros de que la Armada Imperial no destruiría una nave civil obediente y la haría pasar por defensa propia.

Cuando le preguntaron a Konev si tenía alguna intención de escapar, Julian negó con la cabeza de cabello rubio. ¿Quién sabía a cuántas inspecciones se someterían de camino a la Tierra? Lo mejor para ellos era tratar cada encuentro imperial como el primero.

Pero cuando Konev hizo lo que se le ordenó, el joven subteniente que se trasladó a su barco para realizar una inspección espontánea solo preguntó si había mujeres jóvenes a bordo. Cuando se encontró con un no inequívoco, su expresión era la de un niño desesperado por terminar su tarea.

“¿Supongo que tampoco llevas armas, sustancias adictivas o contrabando humano?”

“Por supuesto que no”, dijo Konev. “Somos simplemente comerciantes humildes, temerosos del destino y de la ley. Siéntase libre de buscar lo que desee “.

Julian sintió como si acabara de presenciar una ilustración de libro de texto del dicho: “La cortesía es una segunda naturaleza para los phezzanis”. Boris Konev era una prueba viviente tanto de su veracidad como de su eficacia.

Al ver que era inútil hacer algo de la nada, el capitán del destructor imperial los liberó. Libre como estaba ahora para navegar profundamente en el territorio de la Alianza de Planetas Libres e inspeccionar todas las naves registradas con la alianza, solo había estado confirmando ese hecho como un recordatorio sutil de su autoridad para hacerlo. Comenzando en el sistema estelar de Gandharva, ahora supervisado por el imperio de acuerdo con los términos del Tratado de Bharat, el capitán del destructor y su tripulación habían estado bajo el mando del alto almirante Karl Robert Steinmetz. Steinmetz, como era raro para un almirante imperial en ese momento, estaba preocupado por la alianza y era estricto con respecto a que sus subordinados no infligieran crueldad innecesaria a los civiles bajo la ley marcial. La inspección llegó y se fue como nada más que una formalidad. Sin embargo, el viaje de Julian Mintz tenía un comienzo difícil.

Julian se reunió con viejos amigos en la zona estelar de Porisoun. La flota de Merkatz se había estado escondiendo en la base de suministros abandonada y medio destruida de Dayan Khan. Aunque esta reunión había sido planeada, cualquier comunicación al respecto se había codificado a través de ondas de criptocomunicación, lo que permitió al Infiel acercarse con éxito a Dayan Khan. Julian gritó de sorpresa al ver un rostro familiar en el momento en que bajó de la nave.

“¡Comandante Poplan!”

“Oye, ¿cómo te va, chico? ¿Debes tener, ¿qué?, una docena de novias a estas alturas?

Su cabello castaño oscuro y sus brillantes ojos verdes eran una vista bienvenida. Olivier Poplan, el piloto as de 28 años, era un maestro de las técnicas de combate aéreo a la par del fallecido Ivan Konev, y el instructor de aviones de combate espartanos monoplaza de Julian. Había seguido al almirante Merkatz y a los demás en el abandono de la alianza, que en sus mentes se había convertido en una nación vasalla bajo los términos de paz del imperio, y había permanecido oculto desde entonces.

“Aún hay tiempo para eso, Poplan. Pero por ahora, ese puesto aún está vacante “.

“Te diré…” Poplin le guiñó un ojo, pero no obtuvo respuesta. “Hombre, no eres divertido. De todos modos, ¿cómo fue todo en casa? ¿Nuestro estimado mariscal y la princesa Frederica tuvieron su boda?

“Sí, una modesta, como bien puede imaginar”.

Poplin lanzó un silbido de admiración.

“Nuestro estimado mariscal puede haber realizado muchos milagros, pero ninguno de ellos se compara con disparar una flecha en el corazón de la princesa Frederica. Por otra parte, conociendo la extrañeza de sus inclinaciones, apuesto a que ella misma se puso frente al objetivo “.

Julian estaba a punto de preguntar qué habían estado haciendo todos esos mujeriegos en Iserlohn con ellos mismos, cuando aparecieron el almirante Merkatz y su ayudante, Schneider. Julián se despidió de Poplan y se acercó al almirante invitado exiliado.

Después de intercambiar saludos, Merkatz le dio la bienvenida al niño con una sonrisa cálida, aunque un poco cansada. Ahora, con más de sesenta años, era la imagen misma de un militar digno. Aunque había trabajado como asesor de Yang en la Fortaleza de Iserlohn, se comportaba como el superior de Yang.

“Me alegra ver que ha llegado de una pieza, subteniente Mintz ¿Y cómo está el mariscal Yang?”

Julian estaba sin uniforme, mientras que Poplin estaba en el suyo, repleto de boina negra. Merkatz y los demás vestían el negro con adornos plateados de la Armada Imperial. Era un ambiente lúgubre, pero al menos el comedor de oficiales estaba limpio y había café en abundancia. Después de prescindir de los saludos habituales, Schneider se incorporó.

“Por el momento, tenemos sesenta naves. No es suficiente para una flota, y está lejos de estar listo para la guerra “. La expresión de Schneider era severa. “Fue lo máximo que el almirante Yang pudo arreglar para nosotros y sin que el imperio lo detecctase. Estamos realmente agradecidos, por supuesto, pero los números equivalen a poder. Dadas las circunstancias actuales, tenemos los recursos para movilizar una flota patrullera de un centenar de barcos como máximo. El hecho de que el almirante Yang le haya enviado aquí solo puede significar una cosa: tiene algo bajo la manga que no nos está diciendo “.

Schneider se detuvo allí, mirando a Merkatz y Julian.

“Sobre eso”, dijo Julian, “tengo un mensaje verbal del almirante Yang, así que se lo transmitiré de la misma manera”.

Julian se aclaró la garganta y enderezó su postura, teniendo cuidado de transmitir el mensaje palabra por palabra.

“De acuerdo con el Artículo 5 del Tratado de Bharlat, las Fuerzas Armadas de la Alianza están obligadas a deshacerse de todos y cada uno de los acorazados y naves nodrizas restantes. En consecuencia, está previsto que 1.820 barcos sean desmantelados el 16 de julio en el sector Rejiavik ”.

Julian repitió la fecha y el lugar antes de concluir:

“Confío en que la flota independiente de Merkatz sacará el máximo partido a la situación. Fin del mensaje “.

“Ya veo ¿Aprovechar al máximo la situación? No diga más.”

Una amplia sonrisa asomó a los labios de Merkatz.  Schneider lo miró con interés porque el oficial al que respetaba profundamente parecía haber estado más en contacto con su sentido del humor desde el exilio.

“Muy bien, entonces”, concluyó Schneider. “¿Pero el almirante Yang tiene alguna idea de cómo podría cambiar la situación después de esto?”

“El almirante Yang no me dijo lo que tenía en mente, pero puede estar seguro de que no querrá ser un ermitaño toda su vida”, respondió Julian.

¿O si? pensó Julian.

“Creo que Yang está esperando. Una vez me dijo algo: “No tiene sentido prender fuego a los campos durante la temporada de lluvias, cuando es seguro que llegará la estación seca”.

Si el alto comisionado imperial, el almirante Lennenkamp, ​​hubiera tenido conocimiento de esta información, sus sospechas habrían dado en el blanco esperado. De cualquier manera, Yang era un personaje peligroso, y Lennenkamp ciertamente tuvo la previsión de saber eso.

Junto a un Merkatz que asentía con la cabeza, Schneider recordó algo.

“Julian, escuché que Lennenkamp ha sido enviado desde el imperio como comisionado”.

“Escuchaste correctamente. ¿Supongo que está familiarizado con el hombre, comandante Schneider?

Su excelencia Merkatz sabe más de él que yo. ¿No es así, excelencia?

Merkatz se llevó una mano a la barbilla y eligió las palabras con cuidado.

“Un excelente militar, no lo dude. Leal a sus superiores, justo con sus hombres. Pero si da un solo paso fuera de su uniforme, es posible que no pueda ver diferenciar el bosque de los árboles “.

Julian entendió que esto significaba que era miope, pero sin embargo sintió una sombra de inquietud que se extendía hacia Yang y su nueva esposa. Yang no era exactamente popular entre los tipos de supremacistas militares.

“Julian, ¿el almirante Yang te dio alguna indicación de cuánto tiempo debemos esperar?”

“Sí, dijo unos cinco o seis años”.

“¿Cinco o seis años? Ahora que lo pienso, supongo que necesitaremos esa cantidad de tiempo tiempo. Como mínimo, debería ser suficiente para hacer mella en la dinastía Lohengramm “.

Merkatz asintió profundamente.

“Sin embargo, ¿no podemos esperar que suceda algo inusual mientras tanto?”

La pregunta de Julian hizo que Merkatz pensara como pretendía. Con el tiempo, el ex veterano imperial había llegado a tener en alta estima la conciencia estratégica de Julian.

“Yo predigo, digamos, espero, que no ocurra nada. Hemos bajado demasiado para llegar a este punto. Aún quedan muchos preparativos por hacer. Si somos demasiado descuidados al enarbolar una bandera contra el imperio, un paso adelante impaciente podría hacernos retroceder dos “.

Las palabras de Merkatz dejaron una impresión indeleble en la arcilla de la memoria de Julian.

“Los memorandos y cosas así son completamente innecesarias”, le dijo una vez Yang a Julian. “Todo lo que hayas olvidado no fue tan importante para empezar. En este mundo, solo existen aquellas cosas que recordamos, que a veces son las peores, y aquellas que olvidamos, que no nos importan en absoluto. Es por eso que los memorandos son innecesarios “.

Y, sin embargo, Yang nunca iba a ningún lado sin su cuaderno.

Como tenían diez horas hasta la salida, Julian se animó a tomar una siesta en la habitación de Poplan, que parecía haber sido saqueada por un ladrón un momento atrás. Su inquilino estaba ocupado preparando sus cosas, silbando para sí mismo todo el tiempo.

Cuando Julian le preguntó qué estaba haciendo, el joven as le guiñó un ojo.

“Voy contigo.”

“¡¿En serio?!”

“No te preocupes. El almirante Merkatz me dio el visto bueno “. Sus ojos verdes brillaron jovialmente. “Sabes, me pregunto si habrá mujeres en la Tierra”.

“Diría que si.”

“Duh, no me refiero a meras mujeres biológicas, sino a mujeres maduras y buenas que entienden el valor de un hombre”.

“Bueno, no puedo hacer ninguna promesa respecto a ese punto”, dijo Julian con natural prudencia.

“Hmm, bueno. Honestamente, estoy tan lejos que me conformaría con cualquier mujer biológica en este momento. ¿Has notado que casi no hay mujeres por aquí? Nunca pensé tan lejos cuando me inscribí en este problema. La broma es mía, supongo “.

“Siento tu dolor.”

“No es lindo, hombre. Cada palabra que dices echa más sal a la herida. Cuando llegaste por primera vez a la fortaleza Iserlohn, eras como una muñeca de porcelana “.

“Pero si viene conmigo a la Tierra, Comandante, ¿qué harán todos esos pilotos sin usted?” Con despreocupado despotismo, Julian había inclinado el espejo conversacional en dirección a Poplan.

“Se los dejaré todos al teniente Caldwell. Ya era hora de que se mantuviera solo como comandante. Por la forma en que confía en mí para todo, nunca crecerá de otra manera “.

Era un argumento sólido, pero Julian pensó que confiar en el que lo expresaba era más problemático que el argumento en sí. Del mismo modo, Julian no era tan obtuso emocionalmente como para restar importancia a las preocupaciones de Poplin, que ocultó con buen humor.

“No me culpes si no encontramos ninguna mujer hermosa en la Tierra”.

“Entonces será mejor que reces para que haya decenas de bellezas hambrientas de hombres esperando con gran expectación nuestra llegada”.

En ese momento, los ojos de Poplin se abrieron como platos. Le dio una palmada en el hombro a Julian y lo llevó a la zona de carga de los cazas spartanian.

“¡Cabo Kreutzer!”

En respuesta a la voz de Poplan, un piloto completamente vestido se acercó corriendo. El piloto, que era de complexión pequeña, tenía un rostro que era difícil de distinguir con toda la luz de fondo.

“Esta piloto podría muy bien ser el próximo Ivan Konev, si no el próximo Olivier Poplin. Oye, ¿por qué no te quitas el casco y saludas a nuestro invitado? Este es el subteniente Mintz, del que les he estado hablando “.

El casco se desprendió para revelar una cabeza llena de lujoso cabello color té negro. Un par de ojos índigo miraron directamente a los de Julian.

“Cabo Katerose von Kreutzer, a su servicio. Escuché mucho sobre usted del comandante Poplan, subteniente Mintz “.

“Encantado de conocerte”, respondió Julian, pero sólo después de que Poplan le dio un codazo. Estaba estupefacto, porque este piloto adolescente, más allá de la medida de los elogios de Poplan, había hecho algo completamente inesperado. Con un movimiento rápido de sus ojos índigo, Katerose apartó la mirada de Julian y miró al piloto as.

“Necesito hablar con los mecánicos. ¿Si me disculpa?”

Poplan asintió. La niña saludó vigorosamente y giró sobre sus talones. Sus acciones fueron rápidas y rítmicas.

“Lo sé, ella es bastante impresionante. Pero te lo diré directamente, nunca le he puesto la mano encima. Trazo la línea a los quince años “.

“No estaba preguntando”.

“Las mujeres son como el vino. Necesitan tiempo para madurar y alcanzar su sabor con más cuerpo. Si tan solo Karin fuera dos años mayor “.

“¿Karin?”

“Ese es mi pequeño apodo para Katerose. ¿Qué te parece? Ambos están en esa edad descarada. Creo que deberías intentarlo. Habla con ella.”

Con una sonrisa amarga, Julian negó con la cabeza de cabello rubio.

“Ella no pareció darse cuenta de mí en absoluto. De todos modos, no hay tiempo para eso “.

“Entonces haz que ella se fije en ti. Y tómate el tiempo para hacerlo. Naciste con esa cara de bebé, así que úsala. Yang es la excepción uno en un millón que puede holgazanear y hacer que una hermosa mujer se arroje en su regazo “.

“Lo tendré en mente. Por cierto, por su nombre, ¿supongo que es una refugiada imperial?

“Puede que tengas razón, pero rara vez habla de su familia. Debe haber algo ahí. ¿Por qué no preguntárselo tú mismo si tanto quieres saberlo? Lección uno, mi indigno discípulo “.

Poplin le dio una palmada en el hombro a Julian y sonrió. Julian inclinó la cabeza hacia un lado. Cientos, si no miles, de retratos colgaban en los pasillos de su memoria, pero en Katerose había sentido una combinación perfecta. Por razones que no podía explicar, ver el rostro de esa chica lo había golpeado con un déjà vu.

El almirante Merkatz y su ayudante,  Schneider, así como el comandante del notorio regimiento Rosen Ritter, el capitán Rinz, observaron desde la sala de control cómo el Infiel se marchaba. Fue una despedida sobria, sin garantía de regreso.

“Antes de que llegue julio, debemos finalizar los planes para recuperar nuestros acorazados”.

“Sí estoy de acuerdo.”

Pero Merkatz se estaba enfocando en algo más profundo dentro.

“Schneider, mi papel en todo esto es preservar nuestra fuerza militar en preparación para el futuro. Lo más probable es que el sol de ese futuro no salga para mí, sino para alguien más joven que no arrastra la pesada sombra del pasado detrás de él “.

“¿Te refieres al almirante Yang Wen-li?” preguntó von Schneider.

Merkatz no respondió, y Schneider tampoco esperaba que lo hiciera. Ambos sabían que era mejor no hablar en hipotéticos.

Regresaron su atención a la pantalla mientras la nave mercante independiente Infiel desaparecía silenciosamente en una marea alta de estrellas. Continuaron de pie ante la pantalla mucho después de que la nave fuera imposible de distinguir de los innumerables puntos de luz que la rodeaban.

III

Boris Konev, capitán del Infiel, cumpliría treinta ese año. Su estatus legal era el de secretario de la oficina del comisionado del dominio Phezzan en la Alianza de planetas libres, pero ese estatus había estado en el limbo desde que la autonomía de Phezzan se había visto comprometida. En cualquier otra circunstancia, podría haberse sentido abrumado por la inquietud.

Pero Konev no estaba en lo más mínimo desanimado o avergonzado. Por un lado, todavía estaba vivo, y las leyes a las que estaba sujeto eran solo el sombreado de un dibujo lineal.

“Entraremos en la atmósfera de la Tierra en una hora”, anunció a su modesta tripulación. “Una vez que aterricemos, mi trabajo estará a medio terminar. Mientras esté en la Tierra, asegúrese de mantenerse alejado del peligro y la desgracia. Transportar cadáveres es un trabajo miserable y no estoy de humor para eso “.

Konev soltó una risa incongruente.

“Os haréis pasar por peregrinos de la Iglesia de Terra. Es probable que os sintais fuera de lugar, pero solo porque es extremadamente antinatural que alguien que no sea un peregrino venga hasta aquí “.

Julian expresó su asentimiento, mientras que Poplin se limitó a reír, diciendo que era más que consciente de ese hecho. Durante su viaje, él y el capitán de la nave  a menudo se miraban con recelo, intercambiando cínicos palabras de cortesía antes y después de las comidas. El joven as llegó a decir que tenía una aversión natural a cualquiera con el apellido Konev.

“¿Cuál es la población actual de la Tierra?”

“Aproximadamente diez millones, según los datos de la oficina de comercio de Phezzan. Ni siquiera el 0,1% de la población total durante su época dorada “.

“¿Y son todos seguidores de la Iglesia de Terra?”

“Difícil de decir.”

Independientemente de la escala, el hecho de que una denominación haya logrado tomar el control planetario total y lograr la unidad de la iglesia y el estado no dejaba mucho espacio para la libertad religiosa. De lo contrario, los no creyentes habrían establecido sus propios sistemas sociales. Ésa era la suposición de Konev.

“La religión es una herramienta conveniente para quienes están en el poder y asegura que todas las dificultades no tengan su origen en la política o en la autoridad defectuosa, sino en la incredulidad. La revolución está más lejos de la mente de cualquiera que se adhiera a esa ideología “. Boris Konev escupió esas palabras con abierta malicia. Aunque se las había arreglado para evitar vender su nave con los ingresos que obtenía transportando a los creyentes de la Iglesia de Terra a tierra santa, había tenido una buena cantidad de pasajeros desagradables. Sentía cierta ingenuidad en los creyentes radicales, pero no sentía ninguna simpatía por los líderes religiosos que explotaban a esos creyentes para beneficio personal.

“Escuché que el líder de la Iglesia de Terra es un anciano conocido como el Gran Obispo”, dijo Julian, “pero ¿lo has conocido alguna vez?”

“No soy tan importante como para acceder al interior. Incluso si tuviera la oportunidad, no tendría ningún interés en conocerlo. Tal vez sea orgullo hablar, pero nunca me ha complacido escuchar la predicación de los ancianos “.

“El Gran Obispo o como se llame ese anciano”, intervino Poplan, “debe tener algunas hijas o nietas hermosas”.

“¿Eso crees?”

“Estoy seguro de ello. Y están destinados a enamorarse perdidamente del joven héroe rebelde “.

Ahora le tocó a Boris Konev reír con desprecio.

“Creo que nuestro comandante Poplan debería ser un guionista de dramas de solivisión para niños. Por otra parte, los niños están creciendo más rápido que nunca en estos días y es posible que no estén tan impresionados por algo tan formulado “.

“¿Pero no sabes que las historias fórmulaicas tratan con verdades eternas?”

El guardia de Julian, el gigante oscuro Alférez Louis Maschengo, ofreció su propia opinión con una sonrisa:

“Pero si un líder religioso tan austero se casara y tuviera hijas, ¿cómo podría existir esa organización religiosa en primer lugar, me pregunto?”

Poplan frunció las cejas y Konev asintió con satisfacción.

“Sea como fuere…” Popain se cruzó de brazos y aún tenía las cejas fruncidas. “A mi modo de ver, lo que sea que esa gente de la Iglesia de Terra profese amar no es la Tierra misma”.

El legado de la Tierra implicaba controlar a los que vivían en otros planetas monopolizando la influencia política y militar, y mediante los frutos de su propio trabajo. Eso es lo que amaba a la Iglesia de Terra.

“Solo están usando la Tierra como pretexto para lo que realmente quieren, que es restaurar los privilegios que alguna vez disfrutaron sus antepasados. Si realmente amaban su planeta, entonces ¿por qué involucrarse en guerras y luchas de poder? “

Quizás Poplan tenía razón, pensó Julian. Aunque no estaba tratando de negar la religión, había algo inmoral en cualquier organización religiosa deseosa de autoridad política. Controlar a la gente no solo en el exterior sino también en el interior era el peor totalitarismo imaginable, y la Iglesia de Terra había hecho todo lo posible para lograr su actual monopolio en ambos reinos. Con demasiada frecuencia, las personas aceptaron una existencia completamente uniforme al superar la diversidad de sistemas de valores y gustos individuales. Aquellos que profesaban ser Dios o representantes divinos ejercían el poder de matar a los que no creían. No podían quedarse sentados y esperar a que llegara esa edad.

El 10 de julio, Julian puso un pie en el suelo de la Tierra. Nadie podría haber predicho que sería el mismo día en que el consejo imperial galáctico decidiría tomar la Tierra por la fuerza.

Capítulo 4. Pasado, presente, Futuro.

I

Mientras el intento de asesinato del káiser Reinhard se desarrollaba en Odín, los baluartes gemelos de la armada imperial, los mariscales Oskar von Reuentahl y Wolfgang Mittermeier, estaban lejos de la capital imperial en sus propias misiones respectivas. El primero, como secretario general del Cuartel General del Mando Supremo, estaba realizando una inspección de la fortaleza nacional, mientras que el segundo, como comandante en jefe de la Armada Espacial Imperial, supervisaba los ejercicios militares de naves recién construidas y nuevos reclutas en el sistema estelar Jötunheim.

Un mensaje urgente impulsó a ambos hombres a regresar a la capital de inmediato. Estaban más que sorprendidos, lívidos por el hecho de que la vida del Kaiser hubiera caído presa de un plan tan astuto. El hecho de que se convocara un consejo imperial solo después de su regreso demostró lo mucho que el Kaiser los tenía en su estima.

Mientras tanto, el Ministerio de Defensa estaba ocupado reorganizando todos los distritos militares bajo su jurisdicción. El sistema solar que incluía la Tierra estaba destinado a ser asignado al noveno distrito militar, que por el momento solo existía en papel, sin cuartel general ni comandante a su nombre. El Imperio Galáctico era conocido por tener una distribución desigual del poder militar en su centro, las flotas que normalmente usaba para campañas extranjeras partían en grandes formaciones desde la capital de Odín. Reinhard había ordenado su reorganización para liberarse del exceso de autoritarismo.

Una vez que se completara la recalibración de los distritos militares, sería responsabilidad del secretario general del Cuartel General del Mando Supremo su supervisión. El secretario general también asumiría el cargo de comandante en jefe de las fuerzas nacionales. Las responsabilidades de Reuentahl eran enormes, sin duda, aunque sólo fuera en papel.

La relación entre el secretario de Defensa, el mariscal Oberstein y el secretario general del Cuartel General del Mando Supremo, el mariscal Reuentahl estaba lejos de ser dulce como la miel. Cortésmente, evitaban hacer contacto visual entre ellos, hablando y escuchando solo cuando sentían que era necesario. A veces, las emociones se apoderaban de ellos y sus intercambios de cinismo y culpa se volvían tan acalorados como si fueran altercados físicos, a pesar de que el secretario de Defensa era técnicamente el superior del secretario general. Sin embargo, por mucho que se odiaran, ni Oberstein ni Reuentahl podían negar las fortalezas del otro. Reuentahl era reconocido como un general de sabiduría y coraje que siempre prefirió la razón al sentimiento en entornos formales. Oberstein, por otro lado, un hombre tan agudo y sereno que se decía que estaba “esculpido en hielo seco”, era considerado un caparazón vacío desprovisto de emoción. Y aunque claramente tenía prejuicios, nunca hizo ningún esfuerzo por disipar los prejuicios ajenos. En ese frente, al menos, nadie podía culparlo por llevar su corazón en la manga.

Reuentahl se había hecho amigo cercano del “Lobo del vendaval” después de compartir tantas cosas con él en el camino de la muerte en el espacio de batalla, donde mutuamente se salvaron la vida muchas veces. Ni siquiera una elevación de rango tuvo ningún efecto adverso en su estrecha relación. Acerca de Oberstein, Mittermeier evitaba la calumnia habitual – “ese hijo de puta de sangre fría Oberstein”, “ese Oberstein despiadado”, y cosas por el estilo – pero dijo de manera bastante simple, y en un tono que, como sus tácticas rápidas y decididas, nadie podría imitar, “Ese maldito Oberstein”.

Aparte de estos tres, otros que asistieron al consejo imperial del 10 de julio fueron el secretario del Interior Osmayer, el jefe de la Oficina de Seguridad y Seguridad Doméstica Lang, el comisionado de la policía militar, el alto almirante Kessler, y el secretario jefe del gabinete Meinhof, junto con los altos almirantes Müller, Mecklinger, Wahlen, Fahrenheit, Wittenfeld y Eisenach, así como el ayudante principal del Kaiser, el contralmirante Streit y el ayudante secundario, el teniente Rücke. Incluyendo al propio Kaiser, eso hizo un total de dieciséis. El secretario de Estado, el conde Mariendorf, padre de la secretaria jefe del Kaiser, Hilda, todavía estaba bajo arresto domiciliario, por lo que el secretario principal del gabinete actuaba como su apoderado.

Reinhard nunca sería feliz sin sus dos hombres de mayor confianza en el consejo imperial. A pesar de ser un monarca en sentido absoluto, hubo momentos en los que tuvo que ocultar su malestar. La ausencia de Hilda le molestaba, sobre todo. Aunque había tenido otras secretarias privadas antes que ella, algunas carecían de seguimiento a pesar de su lealtad, mientras que otras lo habían engañado descaradamente como un medio para promover sus propios planes de éxito.

El envío de una fuerza militar a la Tierra fue aprobado por unanimidad por el consejo, aunque surgieron diferencias individuales con respecto a los pros y los contras del despliegue. Este no era un asunto que se pudiera menospreciar, por lo que Lang, jefe de la Oficina de Seguridad Nacional, solicitó un breve receso para considerar el asunto más a fondo. Dado que los verdaderos motivos de la Iglesia de Terra aún no estaban claros, Lang esperaba que el envío de tropas tuviera éxito solo después de que se realizara una investigación detallada y privada. El Kaiser se rió de la mera sugerencia.

“Deja de eludir el tema. El rencor de la Iglesia de Terra ya es obvio, así que, ¿qué posible necesidad podría haber de más investigación e indagación? “

“Veo lo que quiere, pero …”

“¿Y estás tan seguro de que no has cometido errores en tus propias investigaciones de esos cultistas hasta ahora?”

“De nuevo, comprendo lo que busca”.

Lang soltó robóticamente sus respuestas ingenuas.

“Lo que significa que no reconocerán otra autoridad que la de su Dios. Más bien, cualquier investigación nos dirá lo mismo: es decir, que la iglesia ni siquiera dudaría en eliminar violentamente a cualquiera que se interponga en su camino. Si no tienen interés en coexistir dentro del nuevo sistema, entonces no veo ninguna razón para no dejar que se martiricen por sus creencias. No podría mostrarles mayor misericordia “.

Lang se sonrojó y se inclinó ante la decisión del káiser, que reemplazó su magro juicio burocrático.

Siempre que el Kaiser Reinhard se movía en su asiento, su leonina melena de cabello dorado se balanceaba magníficamente. Con cada movimiento, algunos escribirían, era como si una columna de polvo de oro se esparciera por el aire. Pero para su asistente, Emil von Selle, sentado pacientemente contra la pared detrás de él, tales descripciones no eran exageradas. El joven de catorce años ahora vivía en la corte y le habían dado todo lo que necesitaba para estudiar medicina mientras se ocupaba de las necesidades del joven Kaiser. Nadie vio nada malo en concederle este privilegio. Emil sabía que era mejor no decepcionar a su ardientemente venerado señor.

“Como Su Majestad ha dicho con razón, no podemos esperar coexistir con los seguidores de la Iglesia de Terra”, dijo el alto almirante Wittenfeld, de pelo naranja. “Ya es hora de que demos a esos insurgentes el castigo que merecen, aunque sólo sea para demostrar el alcance de nuestra voluntad y poder”.

“¿Seguimos adelante y demostramos eso en toda su extensión, entonces?”

“Sí, hagámoslo. Y me sentiría honrado si Su Majestad me concediera el honor de hacerlo “.

Pero el Kaiser negó con la cabeza y se rió levemente.

“Desplegar a la flota de los Schwarz Lanzenreiter para apoderarse de un solo planeta fronterizo sería una exageración. Preferiría que se retirase esta vez, Wittenfeld.”

Después de silenciar al reacio general, Reinhard miró a otro.

“¡Wahlen!”

“Si su Majestad.”

Tus órdenes son las siguientes: coge tu flota y dirígete al sistema solar Terran. Allí, suprimirás la sede de la Iglesia de Terra “.

“¡Comprendido!”

“Debes aprehender a su fundador ya cualquier otro líder religioso que puedas encontrar. Luego los acompañarán de regreso a la capital. En cuanto al resto, mátalos por lo que a mí respecta. Hagas lo que hagas, no pongas una mano sobre los que no están afiliados a la iglesia. Aunque no es que yo esperase que algún incrédulo merodeara por la Tierra “.

Si Boris Konev hubiera estado presente en el asiento más bajo del consejo imperial, habría aplaudido el perspicaz plan del Kaiser.

Wahlen se levantó de su asiento y se inclinó con reverencia ante el káiser.

“Estoy más que honrado de haber recibido esta gran responsabilidad. Tenga la seguridad de que destruiré a los insurgentes de la Iglesia de Terra, arrestaré a sus líderes y haré que se den cuenta del verdadero significado de la santidad y la legítima providencia de Su Majestad “.

El káiser de cabello dorado asintió, levantando ligeramente una mano para señalar el levantamiento de la sesión. El ataque a Terra estaba ahora en manos de quienes realizaban el trabajo real.

Ninguna organización existe sin inconsistencias y luchas internas, e incluso la recién nacida dinastía Lohengramm tuvo una disputa de esta naturaleza* al tratar la seguridad doméstica a raíz del incidente de Kümmel.

*ndt: Literalmente el original es “and even the newly birthed Lohengramm Dynasty had a run in its stocking when it came to spearheading domestic safety in the wake of the Kümmel Incident..” ¿Habéis escuchado alguna vez alguna expresión relativa a fastidiar (hacer una carrera) unas medias? Porque yo no XD.

Entre la fuerza de policía militar y la Oficina de Seguridad Nacional, se había estado produciendo un peligroso antagonismo. El comisionado de la policía militar, el alto almirante  Kessler, y el jefe de la Oficina de Seguridad Nacional, Lang, eran de temperamento demasiado diferente para lograr algún tipo de acuerdo. El primero era un líder militar, el segundo un recién llegado sin logros de los que hablar. Pero Lang había sido jefe de la policía secreta desde que la antigua dinastía estuvo en el poder y, como tal, se había ganado su puesto como uno de los confidentes más cercanos del secretario de Defensa, el mariscal Oberstein. Además, la organización conocida como Oficina de seguridad nacional formaba parte de la Oficina de Asuntos Internos. No había forma de que el secretario del Interior Osmayer, cuyo trabajo era supervisar la seguridad doméstica, fuera a ver cómo se violaba su propia autoridad y cómo se desordenaba la burocracia establecida.

Por lo tanto, el secretario del Interior Osmayer y el comisionado de la policía militar Kessler mantuvieron una conexión tácita, profundizando la oposición encubierta entre el secretario de Defensa Oberstein y el jefe de la Oficina de Seguridad Nacional, Lang.

Después de que el joven Emil trajera café y se retirara, el ministro de defensa Oberstein solicitó de inmediato una audiencia con el Kaiser. Pese a que eso en sí mismo no era algo extraño, Oberstein tomó a Reinhard por sorpresa cuando pidió a su soberano que le pensara más seriamente en la materia del matrimonio. Por un momento, la expresión de Reinhard se volvió infantil y luego una sonrisa amarga apareció en su elegante rostro.

“El conde Mariendorf me dijo lo mismo. ¿Acaso es tan inusual que no esté casado? Usted es quince años mayor que yo ¿No es usted el que debería sentar la cabeza?”

“Nadie llorará la pérdida del apellido Oberstein. Pero no será el caso con la familia imperial Lohengramm. Mientras que la dinastía continúe siendo la defensora de la justicia y la estabilidad, su gente pagara por su perpetuación incluso con su propia sangre si fuera necesario, y les traería mucha alegría el hacerlo. Y les traería mucha alegría si su majestad se casara y tuviera un hijo”

Estos términos, presentados únicamente teniendo en cuenta el bien del Kaiser en mente, tenían un valor real para Oberstein. Continuó:

“Pero una vez que el padre y los hermanos de la Kaiserin- O sea, los parientes maternos de su heredero – presuman vanamente del honor que les trae su asociación con su majestad, esgrimiendo su autoridad como si les fuera propia, causarían un grave daño a la nación. A través de la historia antigua, ha habido muchos casos de soberanos… llevando a cabo actos destinados a la totalidad de la familia de su nueva esposa tras casarse con ella, para atacar a la raíz del mal antes de que siquiera llegue a germinar. Solo pido que por favor lo tenga en mente.”

Los ojos de Reinhard se llenaron de brillantez gélida. Si cualquier otro subordinado aparte del ministro de defensa hubiera tenido la audacia de decirle lo que Oberstein acababa de decirle, era indudable que esa persona habría sido fulminada en su sitio por un rayo. Pero la confianza entre ambos era tal que lo que dijera Oberstein sería tomado seriamente en cuenta mientras hablaba libremente.

“Si no me equivoco, diría que parece que se opone a que cierta persona en particular lleve la tiara de Kaiserin. Pero ¿No le parece que es un tema inapropiado que sacar a colación, antes de que una sola candidata a Kaiserin haya sido decidida?”

“Soy consciente de que es prematuro.”

“Y aun así, ¿sería extremadamente molesto si la Kaiserin se convirtiera en segunda con respecto al Kaiser, políticamente hablando? ¿Es eso lo que está pensando?”

Si Reuentahl o Mittermeier hubieran estado alli para contemplar la conversacion, habrían estado sentados al filo de sus asientos. Sabían de primera mano lo que se sentía al ser objetivo de las afiladísimas críticas de Reinhard.

Por su parte, Oberstein era impasible.

“Su majestad lo ha discernido muy bien.”

“Pero si me caso, nacerá un niño”

“Eso sería algo bueno, por supuesto, ya que sistemáticamente garantizará la continuación de la dinastía.”

Reinhard chasqueó la lengua abruptamente y se acarició el rostro juvenil. Eso le dio una idea, llevándole a cambiar de tema.

“¿Siguen el conde Mariendorf y su hija bajo arresto domiciliario?”

“Viendo que están directamente relacionados con ese traidor de Kümmel, se ha seguido la costumbre. Si algo así hubiera ocurrido bajo el yugo de los Goldenbaum, la familia entera ya habría sido ejecutada o desterrada.”

Reinhard enrolló con un dedo el colgante que llevaba al cuello.

“En otras palabras, la iglesia de Terra no solo tiene mi vida en su mira, ¿también pretende apartar de mi a mi indispensable ministro del interior y a mi secretaria jefe?”

Las emociones privadas y la autoridad pública de Reinhard habían resultado suficientemente dañadas. “¡No veo porque deben seguir bajo arresto domiciliario! Para mañana, Padre e hija habrán sido liberados y volverán a desempeñar sus tareas oficiales.”

“Entendido”

“Una cosa más. Prohíbo que se culpe a los Mariendorf por este estúpido incidente. Quien sea que contradiga mi prohibición en esta matera deberá prepararse para ser castigado por insubordinación.”

Las intenciones del monarca absoluto se elevaban por encima de la ley nacional y las emociones de la gente. Oberstein inclinó la cabeza profundamente y aceptó la indiscutible voluntad del Kaiser. Reinhard fijó su mirada azul hielo en Oberstein y se dio vuelta grácilmente, con su voz y expresión apagadas por completo.

Cuando Oberstein regresó a su oficina en el Ministerio de Defensa, un informe, enviado directamente desde la oficina del cónsul sin pasar por Lennenkamp, lo estaba esperando:

“El cónsul ha ordenado una intensificación de la vigilancia del mariscal Yang Wen-li. Hay motivos para creer que Yang tiene estrechas conexiones con los movimientos antigubernamentales dentro de la alianza “.

Al recibir el informe del director de la Oficina de Investigaciones del Ministerio de Defensa, el comodoro Antón Ferner, el ministro de Defensa, el mariscal Oberstein entrecerró los ojos artificiales.

“Las masas necesitan un héroe para unirse. Es natural que los extremistas y fundamentalistas de la alianza idealicen a Yang Wen-Li. Sin él, no tendrían punto de unión.”

“¿Lennenkamp? Me pregunto…”

“¿Crees que deberíamos dejarlo pasar? Incluso si el mariscal Yang no tiene intención de rebelarse en este momento, siempre que tenga pinturas de colores primarios a su disposición, en algún momento arruinará el lienzo “.

A pesar de que Ferner había encontrado a Oberstein de un humor despiadado, veía al ministro de Defensa como un activo invaluable que no había mostrado signos de erosión por la reciente marea de eventos. El ministro de Defensa se volvió hacia su subordinado con indiferencia, sin mostrar malicia.

“No nos metamos en esto por ahora. Lennenkamp odia especialmente que la gente se inmiscuya en su autoridad “.

“Sí, pero, excelencia secretaria, si el comisionado Lennenkamp es demasiado descuidado al tratar con el chico de oro de la alianza, el mariscal Yang, la resistencia de la alianza de base contra el imperio podría salirse de control. Cuanto más grande se vuelve un incendio, más difícil es apagarlo “.

La voz del comodoro Ferner tenía la más mínima afectación de un actor que recita sus líneas. Esta vez, había algo más que indiferencia en el discernimiento de Oberstein.

“Me he sobrepasado en mis funciones. Por favor, olvide lo que acabo de decir “.

Ahora que Ferner había reconocido su error, Oberstein lo despidió con un gesto de su huesuda mano.

Ferner se fue con una reverencia. No pudo evitar adivinar los pensamientos más íntimos del ministro de Defensa.

¿Oberstein tenía algo planeado para el mariscal Yang? Como enterrar un imán en la arena y sacar pequeños trozos de metal, estaba reuniendo encubiertamente a los fanáticos antiimperialistas y fundamentalistas democráticos de la alianza en torno a Yang. ¿Y luego qué? ¿Cuál fue el pretexto para ejecutar a Yang? ¿Fue para erradicar la angustia del futuro del imperio? ¿O fue para expandir la influencia de los fanáticos partidarios de Yang para provocar una ruptura en las fuerzas antiimperialistas? Si lograba alentar el conflicto interno y destruir mutuamente a ambos lados desde adentro, las manos del imperio permanecerían limpias mientras aumentaba su control sobre el territorio de la alianza.

Pero ¿Se desarrollarán las cosas como el ministro de defensa espera que lo hagan? Pensó Ferner para sí mismo.

En el ámbito del espacio de batalla, Yang Wen-li se destacó por interpretar al ingenioso general que podía arrinconar incluso a un genio militar como el Kaiser Reinhard. Sin flota ni soldados, ¿estaba Yang Wen-li de hecho resignado a ser un ingrediente en el plato del mariscal Oberstein? ¿No se lanzaban siempre las ratas acorraladas sobre los gatos que las perseguían? Si es así, seguramente Lennenkamp sería mordido primero. Una lástima trivial.

“En cualquier caso, esto será algo a tener en cuenta. Ya sea que se haga la voluntad del ministro de Defensa, si la paz actual llegará a definir una época, o si esto es solo el ojo de la tormenta, la historia está en una encrucijada. Cada decisión a partir de este momento tendrá ramificaciones dramáticas “.

Ferner curvó las comisuras de los labios en una sonrisa cínica. Como oficial de estado mayor del antiguo ejército de altos nobles, había planeado asesinar a Reinhard. No por animosidad, sino por fe en su posición. Esa fatídica noche, Reinhard le había permitido actuar como su subordinado y bajo Oberstein principalmente marcó logros en planificación estratégica y administración de oficinas. No era una persona de ambición ilegal, pero como espectador, claramente disfrutaba de la inquietud por la paz, ya que poseía una extraña confianza en que, por su propia capacidad y dinamismo, podría sobrevivir a cualquier situación.

Oberstein se volvió hacia su oficina vacía con un brillo inorgánico en los ojos.

Cualquier cosa que le faltara a un señor, sus criados tenían que compensarlo. Para von Oberstein, la dinastía Lohengramm y el Kaiser Reinhard constituían una obra por la que valía la pena apostar la vida. Era incomparable en rapidez y en la belleza de su tema, pero Oberstein se opuso a su durabilidad, o la falta de ella.

En un salón de la residencia Mariendorf, el conde y su hija estaban sentados en sofás, viendo pasar la lánguida danza del tiempo.

“No siento ninguna lástima por Heinrich”, le dijo Hilda a su padre. “Durante unos minutos, estuvo orgulloso en ese escenario como el actor principal en una producción de su propia creación. Tengo la sensación de que eligió ese lugar a propósito para dedicar su vida a una actuación final … “

“¿Actuación, dices?”

La voz de su padre era inteligente, aunque carente de vitalidad.

“No creo que Heinrich tuviera ninguna intención de asesinar a Su Majestad. Dejando de lado por qué la Iglesia de Terra lo convenció de intentar un acto tan atroz, asumió el deshonor de ser llamado asesino solo para tener esos últimos minutos de su vida “.

Pensar en ello de esa manera solo aplacó un poco el dolor de su padre. Hilda sabía que su padre, que nunca había engendrado un hijo, siempre había sentido cierto afecto por su débil sobrino. Pero ahora Hilda se preguntaba si sus propios pensamientos no habían atrapado la manga de la verdad. El barón Heinrich von Kümmel se había negado a una muerte gradual y había optado por reunir los escasos ahorros de su vida y quemar el polvo de su corta existencia en un destello de resplandor. Hilda no se atrevió a ver esto como un gran acto. Por otra parte, probablemente no había otra forma de que Heinrich hubiera purificado la envidia violenta y los celos que sentía hacia Reinhard.

Hilda extendió la mano y tomó la campanilla de la mesa, con la intención de pedirle un café a su mayordomo Hans. Pero Hans, de tez clara y hombros anchos, apareció antes de que la campana hubiera sonado siquiera.

“Mi señora”, anunció el mayordomo en voz alta. “Hay una llamada de visiofono, directamente desde el palacio imperial. El hombre de la pantalla se ha presentado como Contralmirante Streit y le gustaría compartir una buena noticia. Por favor, venga de inmediato a la sala del visiofono “.

Cuando Hilda devolvió la campana que no había sonado a la mesa, se puso de pie con el movimiento vivaz de un niño. Hilda esperaba buenas noticias. El joven Káiser de cabellos dorados no podía desterrar para siempre al conde Mariendorf y a su hija de la corte. Tampoco pudo evitar predecir que la corte imperial mostraría un lado de su corona espinosa tarde o temprano.

Hilda tuvo que protegerse a sí misma y a su padre para no darles a los perros de caza del secretario de Defensa, el mariscal Oberstein, un rastro de olor a seguir.

“¿De verdad pensaron que me rendiría tan fácilmente?” murmuró mientras caminaba por el pasillo.

Hans miró por encima del hombro con una mirada dudosa.

“¿Sucede algo, mi señora?”

“Oh, no es nada. Solo hablo conmigo misma”.

Incluso mientras decía estas palabras, Hilda se sorprendió a sí misma preguntándose si la típica mujer noble habría mantenido la boca cerrada. Se golpeó la cabeza de cabello corto y rubio apagado ligeramente con el puño. ¿Por qué debería importarle en absoluto cómo se comportaban otras mujeres en la corte? No era propio de ella pensar en esas cosas.

II

El que más se alegró de que terminase el arresto domiciliario del Conde Franz von Mariendorf y su hija, fue el Mariscal Wolfgang Mittermeier.

“¿Quién piensa ese maldito Oberstein que es, de todas formas?” Le dijo a su mujer, Evangeline. “Declarar culpables a familias enteras de delitos de traición, sin que importase su complicidad, es una costumbre obsoleta que terminó en el momento en que comenzó esta dinastía. No se me ocurre mejor candidata a Kaiserin que Hilda. Si los dos engendraran un heredero, puedes estar seguro de que se convertirá en un príncipe sagaz. ¿No sería eso algo digno de ver? “

“Supongo, pero todo lo que importa al final es cómo se sienten el uno por el otro”.

Evangeline mantuvo a raya la impertinencia de su marido, volviendo la cabeza hacia un lado en esa forma de ave que él amaba. A los veintiséis años, no tenía hijos, la inocencia que tenía cuando se casaron por primera vez seguía practicamente intacta. Como siempre, la forma en que manejaba la casa tenía un ritmo musical que complacía infinitamente a Mittermeier.

“No tomé tu mano en matrimonio porque fueras un oficial militar capaz con un futuro prometedor. Fue por quien eras, y sigues siendo, querido.”

“Si hubiera sabido eso, podría haber sido más suave cuando te propuse matrimonio. No sabía mucho en ese entonces … “

El timbre de la computadora de su casa indicó que había un visitante. Evangeline salió del salón con esa cadencia en sus pasos que tanto adoraba y pronto regresó para anunciar que el almirante Reuentahl había venido a verlo.

Oskar von Reuentahl había visitado la residencia de Mittermeier con mucha menos frecuencia de la que Mittermeier había visitado la suya, por lo que su presencia le dijo que algo grave estaba sucediendo. Aunque vio a las familias y el matrimonio a través de los lentes oscuros del prejuicio extremo, siempre se adhirió a la etiqueta al entrar en la casa de un amigo. También entregó un ramo de flores a la mujer de la casa por pura cortesía.

Mientras Evangeline Mittermeier ponía los junquillos* de esa noche en un jarrón y traía un plato de salchichas caseras y requesón al invitado de su marido, los baluartes Gemelos de la Armada Imperial ya estaban regando sus propias flores de conversación con vino.

Ndt. Jonquils (Narcissus jonquilla. Junquillos de olor o Varas de san José. Es una flor endémica de la península ibérica, por cierto. Huele muy bien. Pueden ser blancas o amarillas. Es curioso, porque en la serie le lleva un ramo de rosas amarillas, sin mas.)

Al no tener interés en estar al tanto de los contenidos de esa sesión de confraternización masculina, la Sra. Mittermeier dejó el plato y se fue con el nombre “Trünicht” zumbándole en la oreja.

“Un hombre como Job Trünicht seguramente pasará a la historia como un vendedor extraordinario”, dijo Reuentahl con desdén.

“Vendedor, dices?”

“Sí. Primero, vendió la Alianza de Planetas Libres y su democracia al imperio. Y ahora, la Iglesia de Terra. Cada vez que lanza un producto nuevo, la historia cambia. Él está a la altura de los comerciantes de Phezzan”.

“Supongo que tienes razón. Es un vendedor de primer nivel. Pero como comprador, deja mucho que desear. Solo compra desprecio y vigilancia.”

¿Quién lo respetaría? Todo lo que hace es vender su propio personaje por piezas “.

El secretario general del Cuartel General del Mando Supremo esbozó una sonrisa desagradable.

“Habla correctamente, Mittermeier. No necesita el respeto o el amor de los demás para vivir. Sus tallos pueden ser gruesos, pero sus raíces son profundas. Es como una planta parásita “.

“Un parásito desde luego”.

Los dos afamados generales se quedaron en silencio sin motivo aparente.

El almirante Yang Wen-li, que una vez había sido comandante de la Fortaleza Iserlohn de las Fuerzas Armadas de la Alianza, había sido muy consciente de la esclavitud de Trünicht a un miedo y un odio que iban más allá de los límites del sentido común. Aunque no tan seriamente como él, Reuentahl y Mittermeier llegaron a la misma conclusión.

“Tampoco podemos simplemente descartarlo como un bastardo mezquino. Está lejos de ser un hombre común, en el peor sentido. Tendremos que vigilarlo, de cualquier manera “.

En este punto, aunque hizo contribuciones no insignificantes al desarrollo de la dinastía Lohengramm, en lo que respecta a la falta de respeto y buena voluntad, no había nadie como Trünicht. Incluso el mariscal Oberstein, aunque no era muy querido, al menos se había convertido en objeto de reverencia. Pero Trünicht carecía por completo de popularidad. Los ecos de su legado contaminado todavía se sentían en toda la Alianza de Planetas Libres, y probablemente lo serían durante mucho tiempo.

Después de suprimir la capital de la alianza de Heinessen y enfrentarse a Trünicht por primera vez, la actitud de Oskar von Reuentahl fue de extrema indiferencia, mientras que los ojos de Wolfgang Mittermeier bailaron con notoria animosidad. Por supuesto, Hilda no tuvo más remedio que tratar con Trünicht en lugar de los dos almirantes, pero era completamente imposible mirar con favor a un político que vendería su propio país y su gente a cambio de algo tan insignificante y fugaz como la seguridad personal.

Evangeline trajo un poco de su aspic* de pollo casero y anunció que el subordinado de Mittermeier, Karl Eduard Bayerlein, había venido de visita. El valiente y joven general apareció en la puerta, con su habitual entusiasmo.

Ndt. Es una gelatina de carne, en la que puedes ver los ingredientes.

“Su Excelencia, tenía algunos asuntos cerca, así que espero que no le importe que pase por aquí. Además, me enteré de un rumor extraño “.

Bayerlein tenía un pie en la habitación, que ahora flotaba cinco centímetros sobre el suelo. No esperaba que Reuentahl estuviera allí. Nervioso, improvisó un saludo formal.

“¿Qué tipo de rumor?”

“No es nada, en realidad, solo … No hay pruebas, por lo que no puedo decir con certeza si es cierto”.

“¿Oh?”

“No es nada, en realidad, solo … No hay pruebas, por lo que no puedo decir con certeza si es cierto”.

La presencia de Reuentahl pesó mucho en el corazón del joven Bayerlein. Mittermeier lo instó con una sonrisa aparentemente amarga.

“No importa. Sólo dimelo.”

“Sí, excelencia. Es algo que escuché de los prisioneros de guerra de la alianza “.

“¿Oh?”

“Dicen que el almirante Merkatz todavía está vivo”.

Antes de que Bayerlein cerrara la boca, el silencio entró y dio una vuelta por la habitación. Mittermeier y Reuentahl apartaron la mirada de Bayerlein y se miraron el uno al otro, compartiendo los mismos sentimientos fuertes. Mittermeier verificó con su subordinado.

“¿Ese Merkatz? ¿Estás diciendo que Willibald Joachim von Merkatz no murió después de todo?”

Su uso del demostrativo “ese”, por supuesto, tenía un tono muy diferente al de cuando lo estaba aplicando a Oberstein. Bayerlein se encogió de hombros.

“Solo puedo decirte que eso es lo que escuché”.

“Pero pensé que Merkatz murió en acción durante la batalla de Vermillion. ¿Quién sería tan irresponsable como para escupir sobre su tumba difundiendo información errónea sobre él?”

“Como dije, es solo un rumor”.

El joven general bajó la voz. Oleadas de arrepentimiento estaban surgiendo a su alrededor.

“No está fuera del ámbito de lo posible”, murmuró Reuentahl, como si se liberara de las garras de un estereotipo fijo. “Sabemos que los restos nunca fueron identificados. No sería tan descabellado que fingiera su propia muerte “.

Mittermeier gimió.

Si Merkatz hubiera sobrevivido a la Guerra Bermellón, el Imperio Galáctico exigiría su muerte. Como ex comandante en jefe de la Coalición aristocrática, Merkatz se había enfrentado a Reinhard. Después de eso, había desertado y desde entonces había negado cualquier relación con el joven soberano de cabellos dorados.

“Pero es solo un rumor”.

“Tienes razón. Sería una tontería andar señalando con el dedo en este punto. Dejemos que la Oficina de Seguridad Nacional descubra la verdad “.

“Si no hay nada más, entonces, supongo que me iré …”

Seguramente Bayerlein había querido utilizar el rumor como pretexto para disfrutar de una borrachera con el superior que tanto admiraba. La presencia de Reuentahl había alterado ese plan. Mittermeier se dio cuenta de ello y no hizo ningún esfuerzo por detenerlo más. Llenó sus vasos y cambió de tema.

“Por cierto, escuché que has cambiado de mujer una vez más”.

Sosteniendo su copa, el secretario general del Cuartel General del Mando Supremo curvó sus labios en una leve sonrisa.

“Si solo fuera un rumor… pero es cierto”.

“Que te corteje otra buscona, ¿no?”

El hecho de que esos casos se hubieran vuelto cada vez más frecuentes era una de las razones por las que Mittermeier no se atrevía a criticar con demasiada fuerza la vida de mujeriego de su amigo.”

“Has errado el tiro. Fui yo quien estaba al acecho “.

Una luz se balanceó en sus ojos heterocromáticos.

“La hice mía a través de mi propia autoridad y violencia. Me he vuelto cada vez más cruel. Si no me arrepiento, no escucharé el final de Oberstein y Lang “.

“No hables así. No es propio de ti.”

Había amargura en la voz de Mittermeier.

“Seguro…”

Reuentahl sonrió a su amigo. Él asintió con la cabeza como si estuviera tomando un consejo, luego llenó su copa con más vino.

“Entonces, ¿qué pasó realmente?”

“Para decirte la verdad, casi me mata”.

“¡¿Qué?!”

“Acababa de llegar a casa y estaba entrando por la puerta cuando ella me atacó con un cuchillo. Al parecer, llevaba varias horas esperando mi llegada. Normalmente, le doy la bienvenida a una mujer hermosa que espera mi regreso ”. Los reflejos del vino ondulante parpadearon en sus ojos desiguales. “Se presentó como Elfriede von Kohlrausch y agregó que su propia madre era la sobrina del duque Lichtenlade”.

“¿Un pariente del duque Lichtenlade?”

El joven almirante heterocromático asintió.

“Al escuchar eso, incluso yo estaba convencido. Tenía todas las razones para odiarme. En su mente, soy el enemigo jurado de su tío abuelo “.

Dos años antes, en SE 797, año 488 del antiguo Calendario Imperial, el Imperio Galáctico había experimentado la agitación conocida como la Guerra de Lippstadt, cuando los líderes políticos y militares se habían dividido en dos facciones. Una confederación aristocrática dirigida por el duque von Braunschweig y el marqués von Littenheim había tratado de derrocar al eje representado por el primer ministro, el duque Lichtenlade, y el comandante supremo de la Armada Imperial, el entonces marques Reinhard von Lohengramm. Este eje, habiendo colocado a los viejos autoritarios y a los jóvenes ambiciosos no como amigos sino como base de sus planes, enfureció a los altos nobles al monopolizar su autoridad.

Mientras el almirante Merkatz, un comandante veterano de la Coalición de los Lores, fue derrotado no solo por el ingenio de sus enemigos sino también por la indiferencia de sus camaradas, Reinhard regresó con la victoria en la mano. Su victoria, sin embargo, iría acompañada de tragedia. Cuando el arma de un asesino que le apuntaba fue bloqueada por el cuerpo de Siegfried Kircheis, el joven de cabello dorado perdió a más de un amigo, pero también a la mejor parte de sí mismo, y por un tiempo lo paralizó. Si hubiera sabido eso, el duque Lichtenlade probablemente habría purgado a los jóvenes de la alianza de un solo golpe y habría intentado sacar provecho de toda su autoridad. Los subordinados de Reinhard lo golpearon hasta el final, enterrando al duque Lichtenlade y su camarilla, asegurando así  la autoridad de Reinhard.

Mittermeier negó con la cabeza.

“En lo que respecta a los enemigos, tú y yo no somos diferentes”.

“No, somos diferentes”, dijo Reuentahl. “En ese momento, corriste al parlamento para robar el sello del estado. ¿Y que hice yo? Me presenté en la residencia privada del Duke Lichtenlade para contener a ese anciano. Soy más el enemigo por estar directamente involucrado “.

Reuentahl recordó vívidamente esa noche de hace dos años. Cuando derribó la puerta de Lichtenlade con un grupo de soldados entrenados, la vieja figura de autoridad había estado leyendo en su elegante cama. El anciano había dejado caer su libro al suelo, sabiendo que estaba derrotado. Después de ser detenido por los soldados, Reuentahl dio la vuelta al libro con el tacón de su zapato militar y leyó las palabras de la portada: Política ideal.

“Por cierto, fui yo quien ordenó la ejecución de ese anciano y de toda su familia. Razón de más para que ella esté resentida conmigo “.

“¿Siempre supo lo que había sucedido?”

“No al principio. Si lo sabe ahora “.

“No lo hiciste …”

“Sí. Se lo dije.”

Mittermeier exhaló un suspiro con toda la mitad superior de su cuerpo mientras se despeinaba el cabello color miel con una mano. “¿Qué sentido tenía hacer eso? ¿Por qué le dijiste esas cosas? ¿Te odias tanto a ti mismo? “

“Me dije a mí mismo lo mismo. Incluso yo sabía que era inútil. Solo me dí cuenta después del hecho “.

Reuentahl se vertió una pequeña cascada de vino en la garganta. “Me está destrozando por dentro, lo sé”.

III

Elfriede se movió en el sofá. La puerta de roble de hoja perenne se abrió y el dueño de la residencia Reuentahl proyectó su alta sombra sobre el suelo. Con sus ojos desiguales, el hombre que había tomado la virginidad de Elfriede admiraba su cabello color crema y sus extremidades frescas.

“Estoy conmovido. Parece que no te has escapado después de todo “.

“No es como si hubiera hecho algo malo. ¿Por qué tendría que huir? “

“Eres un criminal que intentó matar al secretario general del Cuartel General del Mando Supremo de la Armada Imperial. Podría hacerte ejecutar en el acto. El hecho de que no te haya encadenado debería decirte que puedo ser un hombre indulgente “.

“No soy un criminal habitual como los de su calaña”.

No se podía herir el orgullo de un héroe veterano con tanto cinismo y salirse con la suya. El joven almirante de ojos heterocromáticos soltó una risa corta y burlona. Cerró la puerta detrás de él y se acercó lentamente. Su ferocidad y gracia estaban en perfecta armonía. Haciendo caso omiso de su intención, los ojos de la mujer fueron atraídos hacia él. Cuando recobró el sentido, su muñeca derecha estaba firmemente sujeta en su mano.

“Qué hermosa mano”, dijo, su aliento apestaba a alcohol. “Me han dicho que las manos de mi madre también eran hermosas, como si estuvieran talladas en el mejor marfil. Ella nunca usó esas manos para nadie más que para sí misma. La primera vez que levantó a su propio hijo, trató de apuñalarlo en el ojo con un cuchillo. Esa fue la última vez que me tocó “.

Atrapada en la atractiva mirada dorada y plateada de Reuentahl, Elfriede contuvo la respiración por un momento.

“¡Una pena! Incluso su propia madre sabía que su hijo algún día cometería traición. Dejó a un lado sus sentimientos y tomó el asunto en sus propias manos. Si tan solo tuviera una pizca de su valentía. ¡Que una madre tan espléndida pudiera dar a luz a un hijo tan indigno!”

“Con un pequeño ajuste, podríamos usar eso como su epitafio”.

Reuentahl soltó la mano blanca de Elfriede y se echó hacia atrás el cabello castaño oscuro que le caía sobre la frente. La sensación de su mano permaneció como un anillo caliente en la muñeca de la mujer. Reuentahl apoyó su alto cuerpo contra un tapiz de pared, sumido en sus pensamientos.

“Simplemente no lo entiendo. ¿Es tan terrible perder los privilegios que tenía hasta la generación de su padre? No es como si tu padre o tu abuelo trabajaran para ganar esos privilegios. Todo lo que hacían era correr como niños ”.

Elfriede se tragó su respuesta.

“¿Dónde está la justicia en ese estilo de vida? Los nobles son ladrones institucionalizados. ¿Nunca te has dado cuenta de eso? Si tomar algo por la fuerza es malo, entonces ¿cómo es diferente tomar algo por la autoridad heredada? “

Reuentahl se incorporó de la pared con la expresión desinflada.

“Pensé que eras mejor que eso. Qué desvío. Sal, ahora mismo, y encuentra un hombre más “digno” de ti. Un idiota que se aferra a una época pasada en la que su cómoda y pequeña vida estaría garantizada por la autoridad y la ley. Pero antes de eso, tengo una cosa que decir “.

El almirante heterocromático golpeó la pared con el puño, enunciando cada palabra.

“No hay nada más feo o más bajo en este mundo que ganar autoridad política sin importar la habilidad o el talento. Incluso un acto de usurpación es infinitamente mejor. En ese caso, al menos uno hace un esfuerzo real para ganar esa autoridad, porque sabe que no era suya para empezar “.

Elfriede permaneció en el sofá, una tempestad sentada.

“Lo entiendo”, escupió, su voz se llenó de calor relámpago. “¡Eres un rebelde regular hasta la médula, ¿no es así ?! Si crees que tienes tanta habilidad y talento, ¿por qué no intentarlo tú mismo? Tarde o temprano, tu presunción te obligará a ir en contra de tu actual señor “.

Elfriede se quedó sin aliento y se hundió en el silencio. Reuentahl cambió de expresión. Con renovado interés, miró a esta mujer que había intentado matarlo. Pasaron unos segundos de silencio antes de que hablara.

“El Kaiser es nueve años más joven que yo y, sin embargo, tiene todo el universo en sus propias manos. Puedo albergar animosidad hacia la familia real Goldenbaum y la élite de los nobles, pero me falta la base para derrocar a la dinastía misma. No hay forma de que pueda ser rival para él “.

Mientras le daba la espalda a la mujer que luchaba por encontrar su réplica, Reuentahl salió del salón con calma. Elfriede vio cómo su silueta de anchos hombros retrocedía, pero de repente se dio la vuelta, habiéndose sorprendido esperando a que este hombre abominable mirara hacia atrás por encima del hombro. Su mirada estaba fija en una pintura al óleo sin complicaciones y permaneció así durante diez segundos. Cuando finalmente miró hacia atrás, el dueño de la casa se había ido. Elfriede no tenía ni idea de si Reuentahl realmente la había mirado.

IV

Los VIP de los militares estaban movilizando activamente la flota destinada a la Tierra. Nadie en el gobierno imperial había dormido.

En el Ministerio de Arte y Cultura, bajo el mando directo del Dr. Seefeld, estaba en marcha la compilación de La dinastía Goldenbaum: Una historia completa. La familia Goldenbaum había sido efectivamente destruida, pero no sin dejar una gran cantidad de datos acumulados bajo el nombre de secretos de estado. La ardua tarea de examinarlo todo seguramente arrojaría luz sobre varias piezas de información hasta ahora consideradas extraoficiales o material de rumores, y la tarea del ministerio era garantizar que se preservara hasta el último detalle incriminatorio para la posteridad.

El mariscal retirado de las Fuerzas Armadas de la Alianza, Yang Wen-li, tenía la voluntad de un historiador, pero desde los quince años, cuando la muerte de su padre había sumido a la familia Yang en dificultades económicas, había pasado por la vida tropezando al borde de la realidad. Si hubiera podido ver a los investigadores del Ministerio de Arte y Cultura imperial peinando a diario montañas de datos no revelados, habría estado salivando de envidia.

El Kaiser Reinhard no dio ninguna indicación de que el Ministerio de Artes y Cultura tuviera que desenterrar pruebas especialmente condenatorias sobre la dinastía Goldenbaum. No había necesidad. Independientemente de la dinastía o el sistema de autoridad, las buenas acciones se valorizaban y se propagaban, mientras que las malas acciones se ocultaban. Por lo tanto, se garantizaba que la información no divulgada contenía pruebas de irregularidades y faltas de conducta. Los investigadores guardaron silencio durante todo el proceso, pero seguramente encontraron oro en todos los lugares que excavaron mientras desenterraban carga tras carga de las fechorías y escándalos de la dinastía Goldenbaum.

Rudolf von Goldenbaum, que había fundado la dinastía Goldenbaum cinco siglos antes, estaba tan lejos de Reinhard como podía estarlo un gobernante. Era un enorme montículo de justicia egoísta, invisible a los ojos de la fe. Logró el éxito como militar primero, como político en segundo lugar. Su aptitud física y mental era inmensa, pero como un profesor de matemáticas de secundaria que recicla las mismas viejas ecuaciones rudimentarias, nunca evolucionó más allá del modelo al que se había acostumbrado. Para aquellos que no compartieron sus pensamientos o valores, respondió primero con mano de hierro y luego con las muchas muertes provocadas por su impacto. ¿Cuántos historiadores habían sido asesinados para mantener su imagen justa y recta?

Reinhard no tenía ningún interés en tales métodos.

Ndt: Recomiendo leer con el allegro de la 5º sinfonía de Beethoven de fondo. https://www.youtube.com/watch?v=agtMrVRr34s&t=1224s

Rudolf el Grande había sido un gigante literal, uno que gobernaba sobre todo con su aire incomparablemente intimidante. Su sucesor más civilizado, Segismundo I, fue un tirano sumamente capaz. Reprimió unilateralmente la insurrección republicana, al mismo tiempo que mantuvo una administración gubernamental relativamente justa para aquellos “buenos ciudadanos” que lo siguieron. Utilizó hábilmente una política de zanahoria y palo para reforzar la piedra angular del imperio que colocó su abuelo. Y aunque el káiser de tercera generación, Ricardo I, que lo siguió, amaba a las mujeres hermosas, la caza y la música más que al gobierno, nunca sobrepasó sus límites como soberano. Vivió una vida cautelosa, caminando por una delicada cuerda floja entre su Kaiserin testaruda y sesenta concubinas, sin caer al suelo ni una sola vez.

El cuarto káiser, Ottfried I, era más decidido que su padre, pero gozaba de buena salud, era austero y prosaico. Para cualquiera que lo conociera, era un aburrimiento total. Parecía que su único objetivo en la vida era digerir un horario diario preciso con la menor variación posible. Su absoluta falta de interés por la música, las bellas artes o la literatura le había valido el sobrenombre de “Earl Grey”, porque su vida era sin duda aburrida e incolora. Se dice que los únicos libros que leyó voluntariamente fueron las memorias del padre fundador Rudolf el Grande, junto con algunos volúmenes aleatorios sobre medicina casera. Era un conservador solemne que aborrecía cualquier tipo de cambio o reforma como un virus y se aferraba a los precedentes puestos ante él por Rudolf el Grande, a quien tanto admiraba.

Un día, por orden de su médico y nutricionista, Ottfried había terminado su almuerzo de verduras, productos lácteos y algas. Apenas se dirigía a su paseol de quince minutos, justo a tiempo, cuando un mensaje urgente le informó que una explosión gigante en una base militar había dejado más de diez mil soldados muertos.

El káiser no pareció impresionado por la noticia.

“Recibir ese informe no estaba en la agenda de hoy”.

Para él, el calendario todopoderoso era una entidad inviolable, esto a pesar de que carecía tanto de la creatividad como de la capacidad de planificación para crear uno por sí mismo. Dichos deberes los dejó al secretario privado imperial, el vizconde Eckhart, cuya responsabilidad y autoridad montaron como arena en un reloj de arena. Antes de que nadie lo supiera, Eckhart llegó a ocupar puestos dobles de consejero privado y secretario general del palacio imperial, donde también se desempeñó como secretario del consejo imperial. Como incluso aquellos con poca perspicacia podían ver, el ceniciento Kaiser se había convertido en nada más que un autómata barato que bailaba al ritmo de la melodía que el vizconde Eckhart tocaba para él. Cuando murió el káiser, a nadie le importó lo suficiente como para conmemorar su vida de manera significativa.

El hijo de Ottfried, Kaspar, se convertiría en el quinto Kaiser del Imperio Galáctico. Como príncipe imperial, mostró una inteligencia superior a la media, pero esos colores se desvanecieron a medida que maduraba. Es probable que escondiera su sabiduría como una forma de rebelarse contra las tendencias despóticas de Eckhart. “Si el difunto Kaiser era una prosa aburrida”, susurraron sus ministros principales, “entonces nuestro soberano actual es una poesía igualmente aburrida”. De hecho, se parecía mucho más a su abuelo que a su padre, y valoraba las artes y la belleza por encima de todas las cosas. Solo que él era menos hábil en el arte de caminar por la cuerda floja que su abuelo había dominado con tanta maestría.

Lo que sorprendió a la Kaiserin viuda y a los ministros principales fue la aparente falta de interés del príncipe heredero en el sexo opuesto. Particularmente favoreció a un castrato del coro imperial. Castrados a una edad temprana, los castrati habían conservado durante mucho tiempo la tradición de los niños soprano y seguían siendo una parte integral de los coros imperiales y de la iglesia.

Incluso después de la coronación de Kaspar, se enamoró de un elegante cantante de catorce años llamado Florian, sin prestar oído a ninguna de las propuestas de matrimonio que la Kaiserin viuda le presentó, por muy atractiva que fuera la perspectiva.

Rudolf el Grande, que había masacrado a los homosexuales en masa como contaminantes que de otro modo infectarían el futuro, ahora había producido un homosexual entre sus descendientes. Escuche con suficiente atención, y uno casi podría escuchar sus gritos de indignación desde  más allá de la tumba.

Mientras tanto, el poder político real seguía estando firmemente en manos de Eckhart. Habiendo ascendido al rango de conde, ahora era un hombre de influencia incomparable, al que se refería en broma como el “Kaiser embaucador”. Hizo del tesoro nacional su patio de recreo personal, donde arrojó el peso de un cuerpo corpulento desprovisto de su virilidad. A medida que desgastaba su sentido de la responsabilidad y su capacidad como administrador político, su enfermedad del poder continuó afligiéndolo. Trató de ofrecer a su propia hija como la nueva Kaiserin, pero ahora se parecía más a su padre que nunca.

Eckhart se acercó al káiser con la esperanza de apartar los ojos de su señor de Florian, pero aunque el káiser siempre había seguido su consejo en otros asuntos, no podía ser persuadido ni coaccionado en este. En el momento en que Eckhart entró en el Rose Room, una banda bajo el mando de un barón Risner lo mató a tiros. Risner, que siempre había detestado la tiranía de Eckhart, había recibido el consentimiento del Kaiser para ejecutar a este “criado desleal”. Eso estuvo muy bien, pero a raíz de este disturbio, el Kaiser dejó una declaración escrita de abdicación en su trono y se fugó con Florian y un puñado de joyas. Esto fue exactamente un año después de que él tomara el trono.

Después de 140 días con el trono vacante, el hermano menor del káiser Ottfried, el archiduque Julius, recogió la corona abandonada. Los principales ministros imperiales, sin embargo, tenían sus ojos puestos en su hijo más popular, Franz Otto.

En el momento de su coronación, el káiser Julius ya tenía setenta y seis años, pero gozaba de muy buena salud para su edad. Cinco días después de su entronización, había establecido un harén de veinte hermosas concubinas, y un mes después agregó veinte más.

Le correspondió al príncipe heredero de mediana edad, el archiduque Franz Otto, satisfacer las necesidades de la política nacional mientras el Kaiser satisfacía las de su carne aún viril. Franz Otto corrigió gran parte de la corrupción que quedó de la era Eckhart, hizo cumplir la ley y redujo ligeramente los impuestos para los ciudadanos comunes. Los ministros superiores confiaban en que habían tomado la decisión correcta. Pero Julio I, a quien esperaban que expirara más temprano que tarde, se mantuvo firme en el trono a los ochenta y luego a los noventa.

Al final, por un extraño giro del destino, cuando Kaiser Julius tenía noventa y cinco años, el “príncipe heredero más antiguo de la historia de la humanidad”, Su Alteza el Archiduque Franz Otto, murió de una enfermedad a los setenta y cuatro. Y debido a que todos los hijos del archiduque habían muerto jóvenes, su nieto Karl se convirtió en “gran heredero del trono imperial” a los veinticuatro años.

Karl solo tendría que esperar unos años antes de ponerse la corona imperial, aunque a él le parecía que el Kaiser viviría para siempre. Julius había sido un anciano desde que Karl podía recordar. Todavía era un anciano y continuaría siéndolo durante los años venideros. ¿Continuaría absorbiendo la fuerza vital de las generaciones futuras este “saco de huesos inmortal”, reflexionó, incluso mientras él continuaba marchitándose en ese ataúd con joyas incrustadas que llamaba trono?

Karl no era un joven particularmente supersticioso, pero la superstición le había hecho ver al Káiser a través de lentes de miedo y odio de colores tenues. En consecuencia, su malicia hacia el viejo Kaiser fue, más allá de sus propias ambiciones, al menos cultivada en el fertilizante de la autoconservación. Toda esta especulación e impaciencia llevó al primer parricidio en toda la historia del Imperio Galáctico.

El 6 de abril, año 144 del antiguo Calendario Imperial, un Julius I de 96 años estaba cenando con cinco de sus concubinas, cuya edad combinada aún no alcanzaba la edad del viejo Kaiser. Después de devorar su venado con el apetito de un adolescente, estaba terminando la comida con un poco de vino blanco frío cuando comenzó a jadear por aire. Vomitó su comida y, momentos después, murió en un espasmo de agonía, con el mantel de seda blanca todavía aferrado en su mano.

La repentina muerte del viejo Kaiser conmocionó a sus principales ministros, menos por sospecha que por su propio alivio de que el anciano finalmente hubiera perecido. En verdad, sus ministros, casi sin excepción, se aburrieron de él. El archiduque Karl presidió un gran funeral, aunque carente de emociones. Todos los ministros superiores esperaban que el joven nuevo káiser implementara una nueva administración después de un período de luto necesario. La gente no esperaba nada. Careciendo de autoridad política alguna, hicieron lo mejor que pudieron, viviendo vidas de trabajos forzados y placeres simples. Pero el 1 de mayo, día de la coronación, el público quedó tan asombrado como los ministros principales cuando no el archiduque Karl, sino el segundo hijo del antiguo archiduque Franz Otto y primo de Karl, el marqués Sigismund von Brauner, aceptó solemnemente la corona imperial.

Las razones detrás de la entronización de Sigismund II, por supuesto, nunca se hicieron públicas. Ahora, más de trescientos años después, los archivos finalmente revelaron la verdad detrás de este cambio de última hora. Tras la repentina muerte del viejo káiser, el archiduque Karl obligó a las cinco concubinas que estaban sentadas a su mesa a seguir a su amo hasta la tumba. Habiendo servido al viejo Kaiser tan fielmente como lo habían hecho, en este tiempo de crisis entraron en pánico y se negaron a llevar sus deberes al siguiente reinado. Por ese crimen, fueron condenadas a quitarse la vida.

Las cinco concubinas fueron confinadas en una habitación ubicada en el palacio trasero, donde fueron obligadas a beber veneno. Justo antes de tomar esa dosis fatal, una de las concubinas escribió la verdad con lápiz labial en el interior de su pulsera y se la envió a su hermano mayor, un oficial de la brigada imperial. Al leer su mensaje, su hermano se enteró de que el archiduque Karl había recubierto el interior de la copa de vino de Julius con un veneno que, una vez absorbido en el revestimiento del estómago, disminuía rápidamente la capacidad de sus glóbulos rojos para absorber oxígeno. Karl había sobornado a su hermana menor, la concubina, para que fuera cómplice. El hermano decidió en ese mismo momento vengarse de la muerte de su hermana. Presentó las pruebas ante Sigismund, segundo en la línea de sucesión. Sigismund se sorprendió gratamente de tener una causa justa para expulsar a Karl, y después de barajar las cosas dentro del palacio, logró obligar a Karl a renunciar a su sucesión al trono imperial. No pudo dar a conocer el hecho de que el káiser había sido envenenado por su propio bisnieto, por lo que llevó a cabo su propio pequeño golpe de estado a puerta cerrada.

Después de ser confinado en palacio, Karl fue trasladado a una institución mental en las afueras de la capital imperial. Allí, detrás de gruesos muros, fue tratado lo suficientemente bien como para vivir una larga vida, eclipsando a su bisabuelo al morir a los noventa y siete años. En el momento de su muerte, los reinados de Segismundo II y Ottfried II habían pasado a la era de Otto Heinz I. Ya no había nadie en la corte que recordara el nombre del anciano que no había podido tomar el trono más de setenta años antes. Entre la muerte de Karl en el año 217 del Calendario Imperial y la Batalla de Dagón que tomó la Alianza de Planetas Libres en 331, la Dinastía Goldenbaum vería ocho Kaiser más, dando lugar a sus propias historias en un espectro de bien y del mal.

Mientras repasaba este informe provisional no oficial que le presentó el Ministerio de Arte y Cultura, Reinhard se encontró a veces sonriendo con desdén, mientras que otros se detenían para reflexionar profundamente. Aunque carecía de la pasión de Yang Wen-li por la historia, aquellos con diseños en el futuro no podían llegar allí sin conocer los planos del pasado. No es que todos los indicadores se encontraran en lo que ya había sucedido. Reinhard no era de los que seguían el camino de otra persona.

Porque ahora, todos seguían el suyo.

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