Heroes galácticos 4: Estratagema

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Capítulo 1. Trueno

Las mutaciones de la historia y las consecuencias de la victoria se determinan en un mero instante. La mayoría de nosotros vive despreocupadamente en ecos de dichos instantes, mientras estos se retiran en el pasado. Aquellos capaces de reconocerlos son pocos, y aquellos capaces de ponerlos en marcha a voluntad son menos aún. Desgraciadamente son estos últimos los que acaban consiguiendo la victoria, auspiciados por los ejércitos de malicia.

-D. Sinclair.

Conocer el futuro, mediante la directa experimentación del presente y la experimentación indirecta del pasado: Cada uno ofrece su emoción de felicidad, miedo o rabia. Aquellos que viven en el pasado están destinados a ser esclavos del arrepentimiento.

—E. J. Mackenzie

I

Corría el año 489 del calendario imperial. La primavera había llegado de forma tardía, pero vengativa contra el tenaz agarre del invierno decorando las calles de la calle imperial de Odín con una gran manto de flores.

La estación cambió y esas flores se marchitaron, dando paso a un verdor fresco y espeso cuando los vientos marcaron el comienzo del primer rubor vigorizante del verano.

Era mediados de junio, un tiempo del año en el que las temperaturas de las zonas midlatitudinales del hemisferio norte de Odín eran de lo más agradables. Ese día, sin embargo, era inusualmente cálido y húmedo. Las nubes se deslizaban sin rumbo, muy por encima de los niños que corrían por los campos en su camino a casa mientras regresaban de la escuela.

El edificio que albergaba la oficina del primer ministro imperial estaba construido en piedra gris claro y emitía un aura intimidadora que sobrepasaba su propósito. Naturalmente no había sido construido por el actual primer ministro, Reinhard Von Lohengramm. Muchos altos nobles y miembros de la familia imperial habían ocupado tan importante cargo, ejerciendo su autoridad como representantes del poder del Kaiser sobre miles de mundos de estrella fija. Reinhard era el más joven y más poderoso de los que habían ejercido ese cargo en el Imperio. Mientras que sus predecesores habían sido nombrados por el Kaiser, él había sido el primero que hizo que el Kaiser le nombrara.

Una joven melancólica y solemne caminaba a través de los altamente reverenciados pasillos del edificio.

Aunque la cadencia de sus pasos, su atuendo discreto y el corto cabello rubio pálido presentaban la apariencia de un hombre, su maquillaje ligero y la bufanda naranja que asomaba por su cuello traicionaban esa imagen.

Como secretaria jefe del primer ministro, Hildegard von Mariendorf (o Hilda) se había ganado el reverente saludo que recibió de los guardias de Reinhard, que le permitieron entrar en su oficina.

Hilda les dio cálidamente las gracias y buscó al joven y apuesto Reinhard dentro de la oficina. El comandante en jefe de la armada imperial había estado mirando por la ventana, pero movió su lujoso cabello dorado en dirección a Hilda cuando ella entró en la espaciosa habitación. Tenía una figura sorprendente, ataviado con su magnífico uniforme negro adornado en plata.

“¿Le estoy molestando, excelencia?”

“De ningún modo. Me gustaría escuchar lo que quiera decirme, fräulein “.

“Vengo con un mensaje del almirante Kessler solicitando una reunión personal. Dice que es urgente “.

“Ya veo ¿Kessler tiene tanta prisa?”

Ulrich Kessler, que tenía los cargos de jefe de la policía militar y comandante de defensa de la capital, no era una persona carente de defectos, pero no era alguien propenso a dejar que la impaciencia o la confusión sacara lo mejor de él, como bien sabían tanto el primer ministro como su secretaria . La urgencia de Kessler, por tanto no debía ser tomada a la ligera.

“le veré, hágale pasar” Dijo el dictador de facto del imperio, apartándose los rizos dorados de su frente con sus esbeltos dedos. Ni una sola ves había tratado de eludir as responsabilidades de su cargo- un hecho que ni siquiera sus enemigos podían negar.

Mientras Hilda se giraba sobre sus talones una tenue luz esparció sus rayos a través de la ventana. Las gruesas nubes comenzaron a descender en el horizonte para dar paso a un cielo de un enfermizo color blanquecino.

“Truena”

“La oficina meteorológica ha previsto una serie de tormentas eléctricas en la capital. Una molestia atmosférica, la llaman.”

El leve chasquido de una descarga eléctrica en la distancia llegó a sus tímpanos. El sonido se intensificó hasta que un martillo de luz impactó en la escena, enviando legiones de refuerzo en forma de gotas de lluvia a través de los cristales.

Ulrich Kessler era mas bajo y ancho de hombros que su joven maestro. Un hombre atractivo y viril, en mitad de la treintena. Su semblante sin embargo contaba una historia de servicio militar mas larga. Sus cejas estaban salpicadas de blanco y sus sienes estaban prematuramente teñidas de gris, rodeadas por sólido marrón.

“Gracias por acceder a verme con tan poca antelación, Duque Lohengramm. Ha llegado a mi conocimiento que dos extremistas partidarios del viejo régimen aristocrático se han infiltrado en la capital. He venido tan pronto como he recibido la información”

El joven lord , parado junto a la ventana, miró a su subordinado por encima de hombro.

“¿Y como es que ha obtenido esa información?”

“De hecho, su excelencia, fue debido a un informe anónimo”

“¿Un informe anónimo?” Dijo el primer ministro , incómodo. Esas dos palabras eran como insectos nocivos que corrompían el jardín de su alma. El siempre había sido muy cuidadoso al respecto de la inteligencia anónima, pese a conocer su valor.

Un flash plateado serpenteo a través del cielo,en medio de truenos aullantes, rompiendo el silencio como porcelana rota. Sus ominosas reverberaciones permanecieron unos segundos en sus canales auditivos. Antes de que se desvanecieran, Reinhard se forzó y urgió al jefe de la policía militar a continuar con los detalles de su reporte.

Kessler manipuló una caja pequeña, que reveló una imagen holográfica ante el joven primer ministro. Pese a que no era exactamente atractivo, ese rostro pertenecía a un hombre de obvio carácter y pedigrí, uno cuyos rasgos no traicionaban nada de la oscuridad que había tras su sonrisa.

“Conde Alfred von Lansberg, 26 años. Como uno de los nobles que tomaron parte de la Alianza Lippstadt huyó a Phezzan tras la derrota.”

Reinhard asintió en silencio. Recordaba el nombre y el rostro. Había sido un activo participante en numerosas ceremonias, y no había mostrado nunca una pizca de animadversión hacia Reinhard. Más inofensivo que lo contrario, habiendo nacido en la paz de la dinastía Goldenbaum, era un hombre de cultura , un aspirante a erudito que empleaba su energía en poesía mediocre y novelas. La clase de hombre que no ha trabajado un solo día en su vida, pensó Reinhard. Un hombre pobremente preparado para esos tiempos turbulentos. Seguramente, su cercanía con la facción opositora a Reinhard no tenía tanto que ver con un acto de odio, sino que era más el resultado de ser una víctima de su propio pedigrí y los valores tradicionales de los que se consideraba guardián.

El holograma de la cara de Lansberg dio paso a la de un hombre ligeramente más joven que tenía todas las cualidades de un hombre de negocios capaz. Así habló el jefe de la policía militar del C apitan Schumacher.

Leopold Schumacher se había graduado de la academia militar a los veinte años para acceder al rango de capitán una década mas tarde. Siendo de origen plebeyo, había tocado toda su vida en las lineas del frente como segundo violín y al contrario de Wolfgang Mittermeier, había tenido pocas oportunidades en las que distinguirse en su servicio militar. Considerando esto, había llegado sorprendentemente alto en la escala de oficiales.

Dotado de agudos poderes de razonamiento y un rendimiento ejemplar durante las misiones, era mas que capaz de poner en acción y movilizar una gran fuerza. Estaba destinado a llegar lejos.

Reinhard notó con pesar que la codicia había dejado una buena cantidad de problemas en su red. Pero todo lo que le hubiera faltado en recursos humanos, lo compensaba con recursos materiales. Desde que perdiera a su compañero pelirrojo Siegfried Kircheis el año anterior, se había mostrado reacio a enterrar su dolor.

Lo que daba pie a la siguiente pregunta; ¿Por qué el conde Alfred von Lansberg y Schumacher habían abandonado su refugio Phezzaní para infiltrarse en un Odín controlado por el enemigo?”

“Asumo que falsificaron su documentación para volver, y usando nombres falsos, ¿verdad?”

La respuesta de Kessler fue un no categórico. Durante la inspección rutinaria de pasaportes, no habían levantado una ceja. De no ser por el chivatazo anónimo, sus verdaderas identidades podrían no haber sido descubiertas nunca. Y dado que sus pasaportes habían sido emitidos por el gobierno autónomo de Phezzan, Phezzan había sido claramente cómplice en este asunto, urgiendo a Kessler a buscar el juicio político de su Excelencia.

Tras dejar marchar a Kessler prometiéndole más instrucciones, Reinhard volvió su vista al cielo, vociferante con plenitud de rayos y truenos.

“Supongo que sabe que un historiador imperial comparó una vez los estallidos de furia de Rudolf el grande, con los truenos, Fraülein von Mariendorf.”

“Si, lo sé”

“Un símil muy acertado.”

Hilda evitó una respuesta inmediata, estudiando en su lugar la elegante figura del joven primer ministro, cuya solemne atención se extendía más allá de la ventana. Hilda detectó un deje de malicia en la voz de Reinhard.

“En lo que concierne a ese fenómeno que conocemos como trueno…”

Las regias facciones de Reinhard brillaron con la luz de un rayo, haciéndole parecer una estatua de sal.

“su energía se desperdicia en el momento en que se usa. Emite una tremenda cantidad de calor, luz y sonido, pero se enfurece locamente por el simple hecho de hacerlo. Eso es, en definitiva; Rudolf”

Hilda abrió sus bien formados labios pero los cerró sin decir una palabra, suponiendo que su respuesta se alejaba de los pensamientos del propio Reinhard.

“Pero yo no. Jamás seré como él”

Hilda sintió que esas palabras iban dirigidas parcialmente al mismo Reinhard, y parcialmente a otra persona que no estaba presente en la estancia.

Reinhard se giró de cara a la habitación y a la joven aristócrata que allí estaba de pie.

“Fraülein von Mariendorf, ¿Qué piensa? Me gustaría escuchar su opinión”

“¿Respecto a la motivación del regreso del Conde Lansberg a Odín?”

“Si. Podría vivir pasar tranquilamente sus días en Phezzan, escribiendo esas ramplonadas que tiene la audacia de llamar poesía, pero aun así regresa para afrontar cierto peligro ¿Por qué razón?”

“Lansberg siempre fue un romántico”

Aun sin ser tener un sentido del humor prodigioso, a Reinhard pareció agradarle su réplica y su boca se torció, en una amplia sonrisa.

“Respeto tu perspicacia, pero encuentro difícil de creer que ese poeta bueno para nada haya vuelto a su viejo mundo buscando romance. Me inclinaría mas a creerlo si fuera un viejo, pero apenas ha pasado un año desde la guerra civil”

“Como usted dice. La razón para que el Conde Lansberg regrese tendría que ser mucho más significativa como para mereciera la pena correr ese riesgo.”

“¿Y que podría ser entonces?”

Reinhard disfrutaba sus charlas con la sabia noble. No meramente por permitirle estar en la compañía de una mujer, pero porque apreciaba los debates intelectuales que surgían entre intelectuales del mismo rango y el valoraba muy positivamente el estímulo y vitalidad que ella proporcionaba a su forma de pensar.

“Como la historia ha enseñado tantas veces, el terrorismo dirigido al poder fáctico es suficiente para seducir a un romántico y hacerle pasar a la acción ¿Podría ser que en esperanza de satisfacer esa lealtad inquebrantable y sentido del deber, el conde Lansberg ha realizado un movimiento de infiltración decisivo?”

Hilda había respondido correctamente. El año anterior ella había terminado relevando en cierto sentido al difunto Siegfried Kircheis, cuyo valor para la sociedad había sido irreemplazable.

se había hecho cargo de parte del irreemplazable valor para la sociedad

“Por terrorismo, ¿quiere decir que tiene planes de asesinarme?”

“No, creo que es otra cosa”

“¿Por qué?”

Hilda contraatacó a la gran pregunta de Reinhard. Un asesinato era mas bien una forma de redimir el pasado de uno más que una forma de construir un futuro. Si Reinhard fuera asesinado , sería reemplazado por otro y el poder simplemente cambiaría de manos. Una razón por la que los Nobles de la alianza Lippstadt habían sido derrotados era el gran desacuerdo que había tenido lugar entre el Duque Braunschweig y el Marques Littenheim sobre quien debería gobernar en lugar de Reinhard una vez que este fuera depuesto.* Como el Almirante Kessler había sugerido, había razón para sospechar de la implicación de Phezzan en la infiltración del conde Lansberg. El colapso de un poder unificado, como resultado de la muerte de Reinhard solo traería el conflicto social y económico y era la última cosa que Phezzan querría, al menos por ahora.

Ndt: No olvidemos que al inicio de la guerra Lippstadt, Reinhard es comandante en jefe de la armada espacial del Imperio y se convierte en la secretario de armada espacial y ministro de guerra; convirtiéndose en el hombre más poderoso del universo. Pero entonces aun no gobierna, puesto que el poder imperial sigue en manos de Lichtenlade. Hasta el golpe de estado auspiciado por Oberstein, Mittermeier y Reuentahl al final de la guerra civil, que acabó con la purga de la familia Lichtenlade ; Reinhard no gobierna en el imperio.

“Es lo que pienso, ahora mismo. Si Phezzan trata de cometer un acto de terrorismo no será un asesinato sino el secuestro de alguien importante.”

“En ese caso, ¿quien sería el objetivo?”

“Puedo pensar en tres personas”

“Yo sería uno de los objetivos, por supuesto ¿Y los otros dos?”

Hilda miró directamente a sus ojos grises.

“Una de ellas sería la hermana de su excelencia, la Condesa Grünewald”

Nada más esas palabras brotaron de los labios de Hilda , el color se extendió a través de la complexión de Reinhard, preludio de un brote de emoción violenta.

“Si mi hermana sufriera algún daño, haré que ese maldito poeta inútil hubiera deseado haber nacido sin capacidad de sentir dolor. Lo mataré de la forma más cruel imaginable.”

Hilda no veía razón para creer que Reinhard no llevaría a cabo cada palabra de ese juramento.

Si en verdad el conde Alfred von Lansberg había cedido a la tentación de la insubordinación, entonces había desatado al siguiente vengador descarriado.

“Duque Lohengramm, me he sobrepasado en mi informe. Por favor, perdóneme. Apenas hay razones para sospechar de que su hermana sería secuestrada en este caso.”

“¿Y como puede estar tan segura?”

“Porque secuestrar a una mujer para usarla como rehén va contra todo lo que el conde Lansberg cree. Como decía, es un romántico empedernido. En vez de cargar con el ridículo de raptar a alguna doncella indefensa, pienso que tomará otro rumbo. Uno menos aparente.”

“Estás en lo cierto. Quizás el conde Lansberg sea solo un poeta necio, después de todo. Aún así, si Phezzan esta involucrado en todo esto , podría ser un recurso conveniente para un fin. Los Phezannies son realistas en el peor sentido posible. Forzarán la mano del conde Lansberg por cualquier método que les traiga el mayor beneficio con el menor esfuerzo posible.”

Los sentimientos de Reinhard por Annerose, la condesa Grünewald, dominaban constantemente su razón. Esta fortaleza psicológica que había construido en torno a ella, al menos en lo concernían a sus puntos débiles no tenía nada que ver con la incondicional sociopatía de Rudolf el grande, que a veces era conocido como “el gigante de acero”

“Duque Lohengramm, he reducido los posibles objetivos del secuestro a tres. Ya he tachado el nombre de su excelencia de esa lista mental, e incluso si usted fuera el objetivo del conde Lansberg, parece no darse cuenta del hecho de que Phezzan esta tirando de los hilos. También descartaría a la condesa Grünewald, ya que no creo que el conde Lansberg sea siquiera consciente de si existencia. Eso nos deja con el tercer candidato. El único, que me parece reúne todos los criterios.”

“¿Quién sería?”

“Lleva la corona de Kaiser, mientras hablamos.”

Reinhard no pareció sorprendido. Había llegado a la misma conclusión que Hilda, pese a que su tono subrayaba lo inesperado.

“¿Quieres decir que nuestro romántico pretende secuestrar al Kaiser?”

“Dudo que Lansberg lo vea como un secuestro, sino mas bien como el deber de un vasallo leal liberando a su joven Kaiser de las manos del enemigo. Lo haría sin dudarlo.”

“Puedo manejar a un poeta ¿Pero y las otras partes implicadas? ¿Que podrían ganar los Phezzanies del secuestro del Kaiser?”

“Eso no está claro. A menos que por supuesto, la participación de Phezzan permaneciera en la oscuridad.”

“Ahora llegamos a algo” Asintió Reinhard, concluyendo que la posibilidad de las inferencias de Hilda era más que certera. No es que pudiera culpar de Phezzan, considerando su pragmática forma de pensar y la personalidad del conde Lansberg.

“Así que el zorro negro de Phezzan levanta su fea cabeza una vez más. Nunca baila solo, pero toca su flauta en el rincón más oscuro tras las cortinas. Así que ese poeta inútil le sirve como su perrillo faldero.”Murmuró Reinhard teñida de desprecio.

Pese a que Reinhard no sentía simpatía alguna por el “poeta inútil”, tampoco podría celebrar la victoria del terrateniente de Phezzan, Adrian Rubinsky.

“Fraülein Mariendorf, sospecho que fue uno de los agentes de Phezzan el que filtró la infiltración de Lansberg y su gente. ¿Que piensa?”

“Si, creo que su excelencia está en lo cierto”

Por un momento, Hilda esperaba que Reinhard sonriera. En su lugar, el joven primer ministro volvió sus ojos azul hielo una ultima vez a la ventana, con una cara rígida como la roca , perdiéndose en el camino de sus pensamientos

II

Aquel tiempo tan impropio de la temporada, se prolongó hasta el día siguiente, envolviendo el cementerio imperial central en capas de gotas de agua que no eran ni niebla ni lluvia. Incluso las hileras de abetos, que en días claros convertían la luz del sol en haces de cristal, permanecían solemnes en la bruma.

Dejando atrás su vehículo, que la estaba esperando, Hilda caminó por un camino de piedra, sosteniendo un ramo de lirios fragantes dorados. Tres minutos después, llegó a la tumba que la había llevado allí. La tumba estaba lejos de ser magnífica. Incluso la inscripción grabada en la inmaculada lápida blanca era rudimentaria:

Aquí yace mi amigo

Siegfried Kircheis

Nacido el 14 de enero 467 ic

Muerto el 9 de septiembre 488 ic

Hilda se quedó parada frente a la lápida, con sus mejillas blancas cubiertas de lágrimas. Mi amigo.

¿Cuanto tiempo necesitaría la gente para comprender completa y correctamente el peso de esas palabras? Reinhard había pagado al camarada pelirrojo que le había salvado la vida varias veces:

había sido nombrado mariscal imperial, ministro de asuntos militares y comandante en jefe de la armada espacial y se había volcado a la importante tarea de ser el tercer comandante imperial , como muchos otros almirantes antes que él habían soñado en convertirse alguna vez. Reinhard aún lloraba a su amigo pelirrojo y para él la inscripción de la lápida llevaba un significado oculto, más profundo que lo que allí estaba escrito.

Hilda dejó el ramo de lirios sobre la fría, húmeda y plana lápida, preguntándose si la temperatura mejoraría o debilitaría la fragancia de las flores. Incluso de niña, ella nunca se había sentido atraída por flores y muñecas, y su amable (pero corriente) había estado demasiado preocupado con asuntos de gestión del territorio y el entorno como para preocuparse.

Hilda nunca había conocido a Siegfried Kircheis. Pero de no haber sido por su victoria en la rebelión Kastropp que había tenido lugar dos años antes, el padre de Hilda, Franz von Mariendorf podría no haber sobrevivido. Ella sentía que le debía algo, al menos. Justo antes de la guerra Lippstadt, Hilda había persuadido a su padre para negociar con Reinhard , trayendo paz al condado Mariendorf y rescatando a la casa de las garras de la muerte. Hilda tampoco había sobrestimado sus propio servicio meritorio.

Siegfried Kircheis no había tenido parangón en cuanto a habilidades, perspicacia y lealtad. Había asistido a Reinhard como consejero y ganado los más altos galones en campañas como la misma rebelión Kastropp, La batalla de Amritzer, y la guerra Lippstadt. Si hubiera seguido con vida, quien diría como y por medio de que hazañas monumentales podría haber cambiado el curso de la historia por medio de sus operaciones anti alianza.

Sin embargo, como hombre, no había sido perfecto, y ciertamente habría cometido algunos errores en el camino, como resultado, sobre todo, de posibles conflictos de emociones y choques de ideales con el propio Reinhard. De hecho, se habían enfrentado a menudo. Cuando Kircheis había salvado a Reinhard a costa de su vida, estaba desarmado. Hasta entonces, solo a Kircheis se le había permitido portar las armas prohibidas a otros. Cuando Reinhard revocó ese privilegio, tratando a su amigo pelirrojo como lo haría con cualquier otro subordinado, la tragedia de todo esto desgarró al rubio dictador con garras de remordimiento. La masacre de Westerland también había abierto una brecha entre ellos, dejando una sensación de pesar inconmensurable y sin resolver.

Hilda negó con la cabeza. Diminutas gotas de agua se pegaron a su corto cabello rubio. Sus hombros cargaban con un peso desagradable. Miró el epitafio una vez más. A pesar de ser un regalo del corazón, tal vez los lirios no eran apropiados para Siegfried Kircheis. Quizás eran un presagio. Tal vez necesitaba aprender más sobre flores.
Hilda se volvió y se fue. Había venido aquí con gran esfuerzo y se había ido sin encontrar palabras para honrar a los muertos.

Ndt: (En el original, los lirios “golden rayed lilies” que Hilda le lleva, se corresponden a una especie nativa de Japón (Lilium auratum, yama yuri o lirio de las montañas, debido a que florecen en julio en las montañas de la isla de Honshu). Desafortunadamente, no conozco el significado específico de la flor .)

Situada en la parte occidental del centro de la capital imperial, la zona montañosa de Freuden se extendía durante seis horas en vehículo terrestre. Las crestas de las montañas se unieron en un solo punto desde tres direcciones, chocando en retorcidas olas de roca. Se habían formado profundos barrancos y cadenas de lagos donde se cruzaban las cordilleras y las vías fluviales. En elevaciones tan altas, la flora mixta daba paso a las coníferas y a los rebeldes racimos de vegetación alpina que parecían besar el cielo, maquillados por el brillo del arco iris de la nieve perpetua golpeada por la luz del sol.

Los pastos y campos de flores naturales salpicaban la tierra entre los bosques y promontorios, afirmándose sin pretensiones como lugares ideales para las villas de montaña que los adornaban. Estas villas, casi sin excepción, pertenecían a la realeza, aunque la mayoría de sus propietarios habían fallecido durante la guerra de Lippstadt. Eventualmente serían entregadas a ciudadanos laicos, pero por ahora simplemente estaban allí, abandonadas y desatendidas.

La villa de Annerose, la condesa Grünewald, estaba situada en una península en forma de Y que sobresalía en medio de un lago.

Una puerta de encina se alzaba, abierta; en la base de la península. En ese punto Hilda se bajó del coche de tierra. El suboficial que estaba sirviendo como su chófer hizo hincapié en lo tarde que era y la distancia que la separaba de la casa. La animó a usar el coche, pero ella lo rechazó.

“Está bien. Me dará una oportunidad de estirar las piernas”

A Hilda le parecía un crimen no deleitarse en esa atmósfera, tan fría y refrescante, como dulce.

El camino sin pavimentar se inclinaba ligeramente entre espesuras de avellanos a través de los cuales se filtraba el rumor de un arroyo que corría a lo margo del camino.

Acompañada de su conductor y con un paso gallardo- Una característica que su futuro biógrafo seguramente recalcaría- Hilda camino por algún tiempo antes de pararse en una curva del camino. Los arboles terminaron revelando una fragante pradera en la que se alzaba una elegante casa de madera de dos plantas. Hilda caminó lentamente hacia la hermosa y esbelta joven que estaba de pie frente a la casa, cuidándose de no asustarla.

“La condesa Grünewald, supongo”

“¿Y tu eres?”

“Hildegard von Mariendorf, secretaria privada de su excelencia el Duque Lohengramm; a su servicio. Estaría muy agradecida por su tiempo.”

Esos ojos azul oscuro evaluaron a Hilda en silencio. Sus miradas se encontraron, a pesar de una vaga tensión había comenzado a arraigar en ellos. Aquí hay alguien, pensó Hilda, que no tiene una pizca de espíritu combativo en su cuerpo y contra la cual, el engaño y la estrategia serían fútiles.

“¡Konrad!”

Un joven emergió de la villa inmediatamente. El cabello dorado del sirviente de Annerose en todas sus sutiles variaciones brillo en la luz desvaneciente del crepúsculo. No parecía tener más de catorce años.

“¿Me llamó, Lady Annerose?”

“Tenemos una invitada a la que debo atender. Acompaña al conductor al comedor ¿quieres? Y dale de cenar.”

“Enseguida, Lady Annerose.”

Mientras el conductor se marchaba con el chico (cuya expresión es una mezcla de gratitud y anticipación), Annerose llevó a su inesperada invitada a un acogedor salon (aunque anticuado) con una chimenea.

“Condesa, ¿no es el chico del Vizconde Moder?”

“Si. Es todo lo que queda de la familia Moder.”

Hilda sabía que ese era el nombre de una de las familias de nobles contra las que Reinhard había luchado. Por algún giro del destino, Annerose se había convertido en su guardián.

Mirando por la ventana, vio la puesta de sol. Un rayo de luz cayó del cielo, tejiendo una banda de oro alrededor de un bosque de hayas distantes hasta desaparecer. El cielo pasó de lo profundo a lo oscuro, y en poco tiempo las siluetas de los árboles eran indistinguibles contra su extensión. Las estrellas llenaban la noche con su luz dura, haciendo que pareciera que todo lo que tenía que hacer era despegar una capa de atmósfera para tocar el cosmos. De día, el cielo pertenece a la tierra; por la noche, pertenece al universo; Hilda recordaba haberlo oído una vez. El hermano menor de Annerose había librado una batalla en ese mismo mar de estrellas, había conquistado algunas de ellas y se estaba preparando para otra ronda.

Las llamas bailaron vigorosamente en la chimenea. La primavera y el verano llegaron a estas montañas dos meses más tarde que en el centro de la capital, mientras que el otoño y el invierno llegaban dos meses antes. El aire crepuscular creció por segundo de frío a helado, contra el cual el fuego brillante parecía un abrigo grueso cosido de carne y espíritu humanos. Hilda se sentó en el sofá y, no queriendo ser descortés, ahogó un suspiro de satisfacción. La relajación era un lujo que no podía permitirse. Después de que Hilda divulgara el motivo de su visita, la hermosa condesa desvió la mirada con gracia.

“Así que Reinhard insiste en protegerme ¿no?”

“Si. El duque Lohengramm tiene razones para temer que usted podría convertirse en un objetivo para los terroristas. Él esperaba que usted podría regresar y vivir con él, pero dijo que probablemente nunca accedería. Al menos, espera que le permitirá colocar algunos guardias armados en el perímetro de Freuden”

Hilda espero que Annerose hablada. Hilda no esperaba una respuesta inmediata y sabía que era mejor no forzarla.

Reinhard le había dicho lo que podía esperar, de una manera menos propia de un dictador que de un niño pequeño genuinamente preocupado por la seguridad de su hermana mayor. Podría haberla visitado él mismo, pero sabía que ella no lo habría visto, por lo que le había confiado el asunto a Hilda.

Es por ella que vivimos en el mundo que vivimos, pensó Hilda, incapaz de contener cierto asombro. La encantadora Annerose, cuya suave modestia daba la impresión de la luz del sol de principios de primavera, fue la piedra angular de su generación. Doce años atrás, mientras estaba alojada en uno de los palacios del difunto Kaiser Friedrich IV, fue cuando se rompió la presa. Los historiadores del futuro dirían lo mismo, que la caída de la dinastía Goldenbaum había sido puesta en marcha por esta única criatura elegante. Si no fuera por su hermana, el precipitado ascenso al poder de Reinhard von Lohengramm habría sido imposible. Nadie alteró la historia y el mundo por capricho. Como el polen transportado a un paisaje árido en previsión de nuevas flores, su florecimiento dependía del viento.

Por fin, Hilda tuvo su tímida respuesta.

“No tengo la necesidad de ser protegida, ni tengo el valor que justifique mi protección, Fraülein.”

Hilda y Reinhard habían anticipado esa respuesta. Como aquella a la que el primer ministro había confiado su petición, Hilda estaba preparada para cambiar su parecer.

“Con el debido respeto, condesa. Usted necesita ser protegida y merece dicha protección. Al menos así lo piensa el Duque Lohengramm. Nos aseguraremos de que su tranquila vida no cambia en lo más mínimo ¿No permitiría, al menos algo de protección extra alrededor de la villa?”

La prudente sombra de un sonrisa se asomo en los labios de Annerose.

“No hablemos más del presente. Nuestro padre, tras derrochar su modesta fortuna termino perdiendo su finca y mudándose a una pequeña casa de los suburbios. Eso fue hace doce años. Sentíamos que lo habíamos perdido todo, pero también conseguimos nuevas cosas para reemplazar lo perdido. El primer amigo de Reinhard fue un chico alto con un fiero cabello rojo y una sonrisa amable. Le dije a ese chico , “Sieg, se un buen amigo para mi hermano, ¿de acuerdo?”

Los troncos crepitaron en la chimenea con un chasquido sonoro. Las llamas naranjas danzaron, moldeando las sombras de aquella que hablaba, y aquella que escuchaba.

Escuchando a la hermosa condesa hablar, Hilda vio aquel pequeño rincón de las afueras reconstruido ante sus mismísimos ojos. Allí estaba una muchacha adolescente, esgrimiendo aquella misma sonrisa transparente, y un chico pelirrojo cuya cara estaba tan roja como su pelo. Y había otro chico mirándolos como un ángel que había perdido sus alas, agarrando la mano de su amigo pelirrojo y diciendo con una convicción que estaba más allá de su tierna edad “ Está decidido entonces. Siempre estaremos juntos.”

“El chico pelirrojo cumplió esa promesa. No, hizo más de lo que jamás podría haber esperado- Algo que nadie mas podría haber hecho por mi. – He despojado a Siegfried Kircheis de su vida, de su existencia al completo. Se ha marchado de este mundo mientras que yo continuo viviendo en el.”

Hilda no dijo nada.

“Soy una pecadora.”

Aun con toda su experiencia con diplomáticos elocuentes, tácticos astutos o severos abogados del estado, esta era la primera vez que Hilda se había visto sin saber que decir.

Sabiendo que discutir era inútil, se mantuvo firme, calmada y sin vergüenza.

“Condesa Grünewald, por favor perdóneme por hablar de este modo, pero aún así hablaré en estos términos. Si algo fuera a pasarle por culpa del terrorismo de los viejos nobles, ¿estaría contento el Almirante Kircheis en el Valhalla?”

Bajo ninguna otra circunstancia, Hilda se habría rebajado a una aproximación tan carente de tacto. Nunca había dejado que las emociones la dominaran. En este caso, sin embargo, parecía ser la única manera.

“Además, le imploro que piense no solo en los muertos, sino también en los vivos. El Duque Lohengramm no tendrá salvación , condesa ,si lo abandona. El almirante Kircheis era demasiado joven para morir ¿Pero no piensa que el Duque también lo es?”

Algo mas aparte de la luz de la chimenea tembló en la cara blanca como la porcelana de la condesa.

“¿Está diciendo que he abandonado a mi hermano pequeño?”

“Creo que el Duque Lohengramm quiere cumplir su deber hacia usted. Si aceptara sus deseos, podría pensar que su existencia todavía significa algo para su hermana. Y eso es increíblemente importante no solo para el Duque Lohengramm, sino para todos.”

Annerose se giró despreocupadamente hacia la chimenea, pero su atención parecía lejos de las llamas que allí se retorcían.

“¿Cuando dice todos, se incluye a si misma, Fraülein?”

“Si no lo negare. Y mas importante, hay muchas más personas ahí fuera. Duro que los veinticinco mil millones de ciudadanos del imperio galáctico quieran ver como su soberano cae en la ruina.”

Annerose se quedo sin habla.

“Ha asegurado repetidamente que su forma de vida no sera interrumpida de forma alguna. Y así, le pido que le conceda al Duque Lohengramm- No a Lord Reinhard- este deseo. Después de todo, todo lo que ha perseguido en su vida, ha sido buscando su bienestar.”

Por unos momentos, el tiempo fluyó en silencio entre ellas.

“Estoy muy agradecida por su preocupación, Fraülein, y por tener en tanta estima a mi hermano menor.”

Annerose miró a Hilda y sonrió.

“Fraülein von Mariendorf, lo dejo todo a su discreción. No tengo intención de dejar mi villa de montaña, así que por favor, haga lo que sienta que es mejor.”

“Le estoy eternamente agradecida, condesa Grünewald.” dijo Hilda de corazón.

Quizás Annerose no quería ninguna clase de molestia, pero aun así había aceptado.

“Y por favor, de ahora en adelante llámeme Annerose.”

“Lo haré. Por favor, llámeme Hilda.”

Hilda y su conductor pernoctaron esa noche en la villa de Annerose. Cuando Hilda entró en el espléndido dormitorio de la planta superior, Konrad le subió una jarra de agua.

“¿Puedo preguntarle algo?”

“Por supuesto, pregunta”

“¿Por qué no deja tranquila a Lady Annerose cuando todo lo que desea es vivir en paz? Soy el único que necesita a su lado para protegerla. Cualquier otro solo estorbará.”

Hilda miró al chico a los ojos (rebosantes de rabia, duda y un cierto aire de valentía) con amabilidad. Su corazón estaba libre de tachas egoístas, no había experimentado los estragos del tiempo.

“Entonces dejame prometerte esto a ti cambien: Lady Annerose no se verá molestada en lo más mínimo. Los guardias no pondrán un pie dentro de la finca y no se entrometerán en tus deberes. Entiende que no eres el único que desea proteger a Lady Annerose.”

Konrad se inclinó en silencio y se marchó, mientras Hilda se rascaba la cabeza de corto cabello rubio e investigaba la habitación. Como el salón de la planta baja, era algo limitado pero tenia un modesto encanto particular. Los cojines y el mantel habían sido hechos a mano, claramente producto de la señora de la casa. Hilda abrió la ventana, para echarle un vistazo al cielo nocturno que para ella era tan angosto que las estrellas parecían tocarse entre sí.

Mira como la luz de las estrellas más brillantes oculta a las débiles, pensó Hilda. Tales son las maneras de este mundo y las historias de la gente que en el vive. No pudo evitar sonreír amargamente ante su propio y necio deseo de paz. Al menos allí en esa habitación el calor y el confort eran algo dado. Atendiendo a la llamada de Hypnos, Hilda bostezó y cerró la ventana.

III

En contraste con el viaje de Hilda a las montañas Freuden, el trabajo de Reinhard era decididamente prosaico. Los asuntos relacionados con el trabajo eran de naturaleza practica y cuando concernían una batalla diplomática con el terrateniente Adrian Rubinsky, ampliamente conocido como el formidable “ Zorro negro de Phezzan”, y sus agentes, el sentimentalismo no era una opción. Ya que Reinhard no creía en lo más mínimo en los estándares político-morales de los líderes Phezzanies, había anticipado que las negociaciones serían nada más que un ejercicio de egoísmo por su parte. Un militar, sería siempre un militar. Un mercader, sería siempre un mercader. Y un villano, sería siempre un villano. Y había aprendido a tratar a cada uno de forma acorde. Los Phezzanies, con todos sus talentos y recursos no debían ser subestimados, sino temidos por derribar cualquier cosa que se entrometiera en su camino

El Comisionado Boltec fue convocado por Reinhard en la tarde del 20 de Junio. Boltec había estado quejándose acerca de las especias de su schnitzel de salchicha Phezzaní, y se alegró cuando el mensaje de Reinhard interrumpió su almuerzo por medio de un policía militar. El escote del traje de dos piezas que llevaba su secretaria tampoco le ponía precisamente de mal humor.

Mientras se aproximaba a la oficina del primer ministro, sus músculos faciales se redistribuyeron para crear la mascara de un hombre escrupuloso. Como un aspirante a actor, le dolía a Boltec pensar que sus talentos para tal exquisito arte no serían reconocidos.

“En primer lugar, me gustaría que me confirmara algo” dijo Reinhard, ofreciendo una silla a Boltec mientras el mismo se sentaba. El tono de su voz era intimidante pero refinado.

“Por supuesto, Excelencia ¿De que se trata?”

“¿Está usted investido de toda la autoridad del Terrateniente Rubinsky o es solo su lacayo?”

Boltec observó al elegante primer ministro con humildad, solo para encontrar un agudo escrutinio.

“¿Y bien?”

“Lo segundo, como es costumbre; su excelencia.”

“¿Como es costumbre, dice? Ignoraba que los Phezzanies valorasen la forma por encima de la sustancia.”

“¿Debería tomar eso como un cumplido?”

“Tómelo como usted quiera”

“De acuerdo”

Boltec se movió en su asiento. Reinhard extendió los bordes de su boca en una leve sonrisa, lanzando su primer tiro de forma casual

“¿Que quiere Phezzan exactamente?”

Boltec se esforzó por mantener su discreta actuación, mirando con los ojos muy abiertos.
“Con el debido respeto, Excelencia, no tengo idea de lo que está hablando”.
“Oh, ¿no lo sabe?”
“No. Sea lo que sea, no estoy en condiciones de … “
“Es molesto escucharle. Para que una obra de teatro de primer nivel se convierta en un drama de primer nivel, se requiere un actor de primer nivel. Pero su actuación es tan transparente que le quita toda la diversión, ¿no cree? “

“Eso es un poco duro” Sonrió Boltec desvergonzadamente, pero Reinhard sabía que no se despojaría de su mascara o sus guantes en cualquier momento.

“De acuerdo, déjeme preguntárselo de esta forma: ¿Qué gana Phezzan con el secuestro del Kaiser?”

Boltec se quedó sin habla.

“ O me pregunto….si acaso piensa que el Conde Lansberg está escasamente dotado para la tarea.”

“Estoy impresionado ¿Era tan obvio?”

Pese a que no estaba claro si hablaba de corazón o siguiendo un guion, Boltec miró aún así a Reinhard con admiración, admitiendo su derrota.

“Entonces, naturalmente, su excelencia es consciente de que eso fue filtrado por un agente Phezzaní”

Sin ver una razón para responder, Reinhard centró sus gélidos ojos azul hielo en el comisionado con indiferencia. La sangre de Boltec se heló en sus venas.

“En ese caso, Excelencia, puede estar seguro de que le he dicho todo lo que se.” Boltec se inclinó hacia delante. “En nombre del gobierno Phezzaní, le ofrezco humildemente nuestra cooperación en los designios de su excelencia para el gobierno total.”

“¿Es esa la intención de Rubinsky?”

“Si”

“Y vuestra obertura para tan profesada cooperación es ayudar a las reliquias de la alta nobleza en la tarea de secuestrar al Kaiser ¿Podría explicármelo?”

Boltec dudó, pero decidió jugar la carta que había estado guardándose para el momento adecuado. Bajó la guardia y habló con franqueza.

“Esto es lo que pienso. El conde Alfred von Lansberg está salvando a su Kaiser, Erwin Josef II de las manos de un vasallo traidor. Al menos es lo que se dice a sí mismo mientras que para el resto del mundo, el Kaiser está desertando a la Alianza de planetas libres vía Phezzan para establecer un gobierno en el exilio. Por supuesto, será una farsa, pero sé muy bien que usted, Duque Lohengramm jamas toleraría tal situación.”

“Continúe”

“Su excelencia, ¿de veras necesito deletrear como esto le daría la justificación necesaria para suprimir la Alianza de planetas libres?” Sonrió Boltec. Parecía estar complaciendo a su interlocutor, pero no era realmente el caso.”

El Kaiser de 7 años, Erwin Josef II estaba fuera del control de Reinhard. Eso era verdad. Era indudable que ese muchacho, que cuidaba temporalmente el trono que un diría Reinhard usurparía, había sido coronado como Kaiser. Pero su edad suponía un gran problema. Si la usurpación venía acompañada de derramamiento de sangre, sería conocido a lo largo de la historia como un infanticida. Ndt (regicida también XD)

El valor de la carta del Kaiser era discutible mientras Reinhard la tuviera en su mano. Si pasaba a manos de la alianza, podría ser jugada como un malicioso comodín capaz de destruir la misma alianza desde dentro.

Si, como Boltec había sugerido, el Kaiser buscaba refugio en la alianza, Reinhard tendría una causa justa definitiva que esgrimir para invadir la alianza. No le importaba ser acusado del secuestro del Kaiser o, de ser cómplice del complot reaccionario de la alta nobleza para estancar la revolución social en el imperio. De cualquier manera, las circunstancias estaban a su favor. Se garantizaba que la opinión pública estaría dividida sobre el Kaiser. Incluso esto sería una gran ventaja para Reinhard. No solo militarmente, sino también políticamente. La oferta de Phezzan, asumiendo que fuera genuina, era un favor muy bienvenido.

“ Entonces, ¿qué recomienda? ¿Se espera de mi que incline la cabeza en deferencia a la buena voluntad de Phezzan?

“Detecto cierto cinismo” Dijo Boltec.

“Entonces dígame, evitando evasivas y términos inciertos…. Que quieren que haga. Pincharnos los unos a los otros es divertido hasta que acabas lleno de agujeros”

Incluso Boltec, lleno de recursos como era, no podía evadir el ataque de Reinhard.

“Iré al grano, Duque Lohengramm. Debe hacerse con la autoridad secular y toda la hegemonía militar y política que implica. Phezzan tiene la intención de monopolizar los intereses económicos del universo, en particular los canales de distribución interestelares y de transporte mientras que estén bajo el control de su excelencia. ¿Le gusta la idea?”

“No es un mal plan, pero se olvida de una cosa ¿Que pasará con el estatus político de Phezzan?”

“Esperamos que su excelencia considere el auto-gobierno, bajo términos de Suzerania. El set y el decorado son los mismos, solo cambia el director.”

“Lo pensaré. Pero aun así, si la alianza no acepta al Kaiser, no importa lo superlativo del drama. El complot no avanzará ¿Qué piensa en ese sentido?”

Boltec respondió con una autoconfianza que rayaba la insubordinación.

“Con respecto a eso, quédese tranquilo que Phezzan se encargará de eso. Haremos lo que sea necesario.”

Con que solo hubiera un solo diplomático con cabeza fría en la alianza, podrían usar al Kaiser como su carta de triunfo en su diplomacia anti-imperial. Desafiando toda crítica humana o sentimental, el Kaiser sería devuelto directamente a manos de Reinhard. Reinhard no solo no tenía ninguna razón para negarse, sino que se vería obligado a aceptar un comodín inútil si no tenía cuidado. Phezzan podría protegerlo. Reinhard no pasó por alto lo absurdo de no propagar el fuego que había iniciado. Era hora de que subieran la apuesta.

“Comisionado, si Phezzan desea hacer un pacto conmigo, hay algo más que debe concederme”.

“¿Y qué podría ser eso?”

“Debería ser obvio. Debe garantizar a la marina Imperial libre acceso a través del corredor Phezzan.”

El comisionado de Phezzan no pudo ocultar su sorpresa, puesto que nunca había esperado que el futuro se decidiera con tanta determinación en ese instante. Miró hacia otro lado, vacilando momentáneamente por todos los cálculos y decisiones que corrían por sus sinapsis. Un ataque imprevisto reveló un punto débil en la barrera protectora del comisionado.

“¿Esperaba acaso otra cosa?¿Le ha comido la lengua el gato?” La fría y magnífica risa de Reinhard llovió sobre Boltec.

El comisionado apenas podía controlarse. “No tengo la libertad de responder de inmediato a esa cuestión, excelencia”.

“¿No dijo que me ayudaría en mi búsqueda de la hegemonía? Debería estar más que dispuesto a cumplir con mis demandas. Dado que tengo muchas justificaciones para invadir, sería inútil cerrar ese camino “.

“Pero…”

“Está sudando, comisionado ¿Es posible que su verdadera intención sea marcar un camino a lo largo del Corredor Iserlohn con cadáveres de soldados imperiales, dejando que Phezzan coseche los beneficios mientras el resto de nosotros estamos ocupados luchando? No lo dejaría pasar “.

“Ahora está pensando demasiado en el asunto, Su Excelencia.”

La débil protesta del comisionado no se registró en ninguna parte del radar de Lohengramm. La risa de Reinhard golpeó el tímpano de Boltec como una cuerda de arpa pulsada, más aguda que una aguja.

“Muy bien entonces. Phezzan tiene sus propios intereses y opiniones. Pero también es el caso con el imperio y la alianza. Si dos de estos tres poderes combinaran fuerzas, lo mejor para Phezzan sería ser uno de ellos, ¿no es así? “

Con esas palabras, Reinhard se había ganado a Boltec. El joven dictador rubio tenía el imperio y la alianza en la palma de su mano y había insinuado la posibilidad de aniquilar a Phezzan. Boltec supo, con cada fibra de su ser, que Reinhard no entregaría su liderazgo a nadie.

Capítulo 2. Laberinto

I

Tras haber entrado en la oficina del primer ministro de buen humor, Boltec regresó a su propia oficina con el ánimo destrozado. Sus piernas se sentían como si estuviera enfangado hasta las rodillas.

Entre los subordinados del comisionado, aquellos predispuestos al optimismo anticiparon el cambio de estación, preparándose para otro invierno. Pese a que uno podría pensar que incluso los más empedernidos pesimistas eran conscientes de ello, no podrían permitirse presumir de su previsión y como si fueran tortugas, contrajeron sus cuellos para calibrar sus alrededores desde el interior de sus conchas.

Como un líder de hombres, Boltec nunca había sido conocido por su despotismo, pero como cualquier otro diplomático llevaba diferentes máscaras dentro y fuera de la oficina.

“El mocoso rubio me ha hecho una insinuación atroz” dijo a su secretario

“¿Qué dijo?”

“Me amenazó con unirse a la alianza y tomar Phezzan militarmente. No podemos pensar por un momento que Phezzan es la única que pretende ganar algo.”

El comisionado no necesitaba mirar a la cara del hombre para saber que estaba reprimiendo su rabia.

“Pero ¿como podría hacer tal cosa? El duque Lohengramm jamas uniria fuerzas con la alianza. Es una hipótesis sin fundamento, como ninguna otra que haya escuchado.”

El comisionado se rio ante la lógica de su subordinado. Si tal forma de pensar pasara por la verdad probable esos días, no solo los presentes líderes de la alianza serían completamente ignorantes cuando el telón se levantara en lo que concernía a una colaboración productiva entre El imperio y Phezzan;La fuga del Kaiser, pero la posibilidad no llegaría a materializarse en sus mentes. Si Reinhard de alguna forma hubiera optado por alertar a la alianza, y asumiendo que jugasen sus cartas de la forma correcta; si jugasen sus cartas correctamente sus fuerzas militares combinadas serían suficientes para aniquilar Phezzan y… ¿No había alentado el golpe de estado que había llevado a cabo la facción pro guerra de los militares de la alianza el año anterior?”

La deuda que la Alianza tenía con Phezzan era considerable, y contribuía a fortalecer el estatus actual de Phezzan. Pero si Phezzan fuese destruida, esa gran deuda también desaparecería de un plumazo. No había garantía de que los lideres carentes de principios de la alianza no dejarían que la avaricia les dominase.

También podrían asestar un golpe fatal. Boltec rechinó los dientes debido al desarrollo de los acontecimientos que había traído su conversación con Reinhard. Para el momento en que se había dado cuenta de donde y como sus cálculos se habían desviado, su rey había sido conducido a una esquina del tablero de ajedrez, solo y desesperado. Para evitar una derrota unilateral, tendría que hacer una concesión a su oponente , que acababa de hacerle Jaque. Hizo una mueca ante la arrogancia de esa…alianza conjunta.

No debería haber sido de esa forma. Para nada. Quizás Phezzan debería haber tomado la iniciativa, más que feliz de unirse a la alianza. Usando un agente para informar en secreto de la infiltración del conde Lansberg, habían cortejado la ansiedad y sospecha de Reinhard como una puerta doble a la negociación. Parecía una buena idea, pero no podía tomar en serio a su oponente. Fue un error infantil para alguien que siempre había reconocido la experiencia de los diplomáticos y estrategas políticos de Phezzan.

“¿Cuál es su plan, Comisionado?” preguntó el secretario, reuniendo su valentía y sentido del deber lo mejor que pudo.

Boltec se volvió hacia su subordinado, con su máscara más autoritaria.

“¿Qué quieres decir?”

“Respecto al conde Lansberg y al capitán Schumacher. ¿Preferirías que destruyéramos nuestros planes, desecháramos a esos dos y fingiéramos ignorancia?

Boltec no tenía respuesta.

“Lejos de lo ideal, lo se. Pero siempre nos queda el futuro.”

El secretario agachó la cabeza esperando una respuesta furiosa. Pero Boltec permaneció sumido en sus pensamientos.

Tenía que pensar en su propio estatus. Había pasado de ayudante del terrateniente a comisionado en el imperio- una posición perfectamente respetable según los estándares políticos de Phezzan. Entre los Phezzanies, la obligación por el deber era débil. Los oficiales gubernamentales eran tratados como don-nadies carentes de templanza y se pensaba de ellos que tenían escasas aptitudes para los negocios. Una posición tan alta como la de Boltec garantizaba cierto respeto, pero si fracasaba en una importante misión diplomática con el imperio y traicionaba la confianza del terrateniente, sería tachado de inmerecedor de su posición y degradado al puesto de un oficial común.

¿ Y si se rendía a la intimidación de Reinhard von Lohengramm y abría el corredor Phezzan a la marina imperial de par en par? Sin importar el grado de su preparación militar, el monopolio de las rutas comerciales extinguiría la independencia y prosperidad económica de Phezzan de un plumazo.

Phezzan no era un estado totalitario. Las rutas comerciales eran un eficiente sistema cooperativo que habían creado voluntariamente para resguardar su propia libertad y beneficiarse del conflicto. Al menos asi era como los Phezzanies querrían ser recordados.

Y también estaban los orgullosos mercaderes independientes que jamas rendirían su precioso corredor Phezzan a manos de la marina imperial. Una rebelión violenta sería inevitable, una que dañaría la independencia y neutralidad de Phezzan como nación comercial. El dominio era nominalmente permanente pero un consejo de ancianos de 60 miembros se reuniría en respuesta a las demandas de un quinto del censo electoral. Si una mayoría de dos tercios lo apoyaba, podrían expulsar al terrateniente de su asiento.

Desde los tiempos del fundador, Leopold Laap, ese sistema jamas había sido usado. En caso de que Adrian Rubinsky garantizara el paso de la marina imperial a través del corredor Phezzan, la resistencia sería feroz. Asumiendo que eso fuera una realidad, Rubinsky se convertiría en el primer terrateniente de la historia en ser expulsado por una moción de censura. Para Boltec eso era inconcebible. Independientemente de como estuviera representado en los registros oficiales, el ascenso de Rubinsky al puesto había sido el designio del Arzobispo de la iglesia de Terra. Cualquier anuncio de candidaturas, discursos, votaciones y recuentos de votos constituían una gran actuación ante el publico general.

Boltec esbozó una media sonrisa. Esos mercaderes que se aferraban a su libertad e independencia, que pensaban de su mismos como astutos, pragmáticos e inteligentes, eran objetivos fáciles. Por un instante estuvo celoso de esos idealistas simplones que por los esfuerzos invertidos en la recolección de una gran fortuna, creían pertenecer al rango más alto de la jerarquía universal.

Si Rubinsky fuera expulsado de su cargo, el estatus y la seguridad de Boltec como su confidente serían insostenibles. Hasta ahora, como el principal consejero del terrateniente ni siquiera había escuchado algo parecido a los pasos de un rival potencial. Pero Rupert Kesselring, que tras la transferencia de Boltec había tomado su posición como ayudante, había consolidado rápidamente su poder e influencia dentro del gobierno (con la perspicacia de alguien que pudiera tener el doble de su edad)

Si Rubinsky y Boltec acabaran de patitas en la calle, ese pipiolo tomaría el mayor asiento de autoridad para si con todo su descaro, aunque sin el respaldo del gran obispo – una figura que la que el 99,9% ciudadanos de Phezzan desconocían que era su verdadero gobernante- eso nunca pasaría.

Pese a que Rupert Kesserling había apuntado al puesto de mayor autoridad, mientras que ese viejo tramoyista no se dignara a mirarle, su ambición terminaría en un sueño inconcluso demasiado grande que fuera cumplido.

En este punto de su pensamiento, el ritmo cardíaco de Boltec llegó a su ritmo más alto. En lo que concernía a obtener la autoridad absoluta sobre Phezzan, el apoyo de esa vieja momia era crucial. ¿No era mejor hacer lo contrario? Incluso con el apoyo del gran obispo, el – esto es- Nicolas Boltec- reuniría los requisitos para convertirse él mismo en gran obispo. ¿Acaso era un deseo tan arrogante? Ni siquiera Adrian Rubinsky había nacido para ser gran obispo, puesto que su asiento en el consejo de ancianos había sido nada mas que una posición otorgada. Quizás era momento de que Nicolas Boltec uniera fuerzas con Reinhard von Lohengramm para gobernar el universo.

Ese día había sido una sucesión de fracasos. El mocoso rubio les había puesto en jaque, pero parecía fácil revertir las posiciones del tablero. Eso no significaba que fuera a garantizar acceso a través del corredor Phezzan, pero podría servirse de ello en futuras negociaciones. Y aun tenía su carta de triunfo. Puesto que el astuto mocoso rubio desconocía la existencia del misterioso gran obispo que había extendido sus alas a cada esquina del cosmos. Era un arma lo suficientemente fuerte, una cuya posición sería reforzada por cualquier circunstancia, violenta o no.

Boltec sabía que tenía que proceder como había planeado originalmente. Cancelar la misión no era una opción. Dudar sobre su habilidad para llevar a cabo la misión había provocado la incomodidad de Rubinsky. Sería necesario convertir esas perdidas en ganancias y si alguien podía hacerlo….ese era Nicolas Boltec.

El comisionado se recompuso. Tranquilizó al secretario, que había estado mirándole preocupado, con facilidad por medio de una confiada sonrisa. Llevarían a cabo el plan de secuestro del Kaiser como estaba planeado. Ordenó que le llevaran champán en anticipación de su victoria

II

La lluvia se corrió un tupido velo sobre la capital imperial. Mirando fijamente las gotas que se deslizaban por el cristal de la ventana, Leopold Schumacher pensó para si acerca de lo extraño que había sido el clima esa temporada.

Normalmente las calles de Odín estarían radiantes de sol y verdor, y los plebeyos estarían regocijándose en las abundancias de la naturaleza para aplacar sus insatisfacciones.

“Capitán, ¿no va a comer?”

La mesa estaba bien servida de vino y comida y el conde Alfred von Lansberg por detrás del capitán, mirando cada plato con cierta lujuria. Sin esperar una respuesta, se sirvió una pinta de cerveza negra y se lo bebió de un único trago.

Ese sabor tan intenso, con cuerpo era justo tal y como lo recordaba. Nada en Phezzan llegaba a acercársele. A Alfred ciertamente no le faltaba el patriotismo ingenuo. Schumacher le miro por encima del hombro en silencio. Pese a que sabia que esa cerveza venia de una cervecera de capital Phezzani, no vio la necesidad de agriar los ánimos del joven conde. Incluso el hotel donde se hospedaban era de capital Phezzani y gestión Phezzani. Casi se pregunto, de forma un tanto cínica, si el aire que respiraban no sería también en algún momento un producto Phezzani.

¿Qué demonios hacía ahí de todas formas? Una nube de autocrítica se despejo encima de su cabeza.

Schumacher no podía evitar darse cuenta de como el comportamiento de los oficiales del puerto espacial hacia cambiado para mejor. Mientras que anteriormente hacían lo que querían con su poder y autoridad, inclinando la cabeza a los de mayor estatus mientras que oprimían a los ciudadanos corrientes y pedían sobornos de forma descarada de todos los viajeros…ahora atendían a sus deberes con cortesía y diligencia. La regulación de la ley y el orden era pruebas de que la reforma del duque Lohengramm había enraizado en al menos una sección del sistema social. Había emergido del exilio para tender las bases de la reforma y la regulación.

El joven conde Alfred von Lansberg, mientras tanto estaba intoxicado con el dulce heroísmo de rescatar al Kaiser. El conde Joachim von Remscheid, llamado popularmente el líder de los Lealistas” le había alentado con promesas de una alta posición en el futuro gobierno en el exilio y tierra del territorio que un dia el gobierno reclamaría.

“La recompensa es trivial. Son las accionas las que cuentan” afirmo Alfred.

Era un argumento solido. A Schumacher le habían prometido el rango de comodoro, pero esa era la menor de sus preocupaciones. Alfred aun creía en la justicia de sus propias acciones mientras que Schumacher no tanto. El imperio galáctico había caído en desgracia- una mera sombra de la poderosa dinastía Goldenbaum. El ascenso al poder de Reinhard von Lohengramm había sido decidido con la caída de la Alianza Lippstadt. El establecimiento de un gobierno en el exilio iba en contra de los designios de la historia. Tras el tenazmente caballeroso conde Lansberg y el soñador reaccionario Conde Remscheid, habían sido los políticos de Phezzan los que habían escrito el guion mientras que el verdadero escenario había sido invisiblemente anotado entre líneas.

De haber estado ocupado en sus propios designios, Schumacher jamas habría participado en alto tan fútil como tratar de revertir la rotación de un planeta. Se había rendido a la coerción no solo para salvar su propio pellejo, sino porque su oposición al plan habría puesto en peligro el modo de vida de los subordinados que habían desertado con él. Sin embargo, el corazón de Schumacher estaba en paz. Una vez que este asunto se resolviera, había jurado dejar una mella considerable en los beneficios de Phezzan. Más que venganza, esta vez era el deseo de no verse forzado por mecanismos similares a ir en contra de los deseos de Phezzan lo que lo llevó a actuar.

Algo más incomodaba a Schumacher . Pese a no ser nunca algo parecido a un optimista, esa solitaria gota de pesimismo que había sido añadida a un gran vaso rebosante era suficiente para arruinar el delicado equilibrio de su tensión superficial, y hacer que el vino se derramara en cualquier momento. Estaba completamente conectado a su orgullo como comandante militar. Supuestamente, Schumacher sería capaz de secuestrar al joven Kaiser justo en las narices del Duque Lohengramm , y establecer un gobierno en el exilio dentro de la Alianza de planetas libres. En el futuro, derrocaría a Lohengramm y haría un retorno triunfal a la capital imperial en Odín.

Schumacher quedó impactado al escuchar ese plan directamente de labios del ayudante del terrateniente, Rupert Kesselring. No le había parecido nada más que un quimera temeraria al principio. Pero mientras pensaba más en la idea y pese a sus reservas, Schumacher comenzó a ver la naturaleza de las palabras y los actos del comisionado Boltec, en su residencia oficial de Odón, como nada mas que maniobras evasivas. No podía aguantar que Boltec estuviera a cargo de la gestion de ese lugar.

Schumacher imaginaba el peor escenario posible: Phezzan investigando el secuestro del Kaiser, o por otra parte, entregándole la Información a Lohengramm y convirtiéndolos en chivos expiatorios de los que podría obtener algo a cambio. O eso o…

No había suficiente información para determinar su esa corazonada era correcta. Schumacher detecto una amargura incomoda en la cerveza negra que fluía por su garganta. No disfrutaba el hecho de ser manipulado por otros- incluso en pos de un gran objetivo. Menos aun , por un objetivo menos obvio.

III

Una vez que todo estaba finalmente dispuesto, Schumacher y Alfred se centraron en sus plan para infiltrarse en Neue Sans Souci.

Los planos de Neue Sans Souci no eran públicos e incluso con la ayuda de Phezzan, no eran algo tan fácil de encontrar. Un sistema político autoritario realmente efectivo era uno que mantenía a sus ciudadanos en la oscuridad, lo que quería decir que medidas preventivas contra el terrorismo eran imprescindibles.

El magnifico palacio se dividía en cuadrantes. El jardín este era el núcleo de la administración, un lugar donde se celebraban las audiencias reales y las reuniones. El jardín sur era la residencia oficial de la familia imperial. El jardín Oeste, también llamado el jardín de atrás, era hogar de muchas hermosas mujeres de la corte. Y el jardín norte era un terreno de caza de vastos campos y bosques, donde se liberaban ciervos y zorros para ser cazados por deporte. Habían muchos otros edificios y jardines de afiliación incierta por una superficie de 66 kilómetros cuadrados, dos mil fuentes de agua, 400 kilómetros de pasillos de mármol y 752 pabellones pequeños o kioscos en los jardines. Un numero absurdo de extravagancias que hablaba de la enorme escala del palacio. La hermana de Reinhard von Lohengramm, Annerose había una vez residido en una mansión de la parte norte del jardín Oeste.

“La seguridad en Neue Sans Souci es sorprendentemente mínima”

Como aristócrata, Alfred von Lansberg había cruzado muchas veces la puerta del palacio. Siempre había sido costumbre dentro del imperio emplear a seres de carne y hueso en vez de maquinas. Pese a que esta practica no se remontaba a los tiempos de Rudolf el grande en su mejor momento, en el pasado, los guardias imperiales se colocaban a intervalos de veinte pasos en los jardines y pasillos.

En el ultimo de los llamados años carmesíes del reinado de Friedrich III, la conjura, el asesinato y el terrorismo quedaban impunes mientras que la brigada Dragón del jardín Norte(ndt. Unidades de caballería) y la brigada de infantería del jardín oeste incitaban a los guardias a la rebelión.

Pese a que Friedrich III, sucesor de Maximilian Josef II puso fin a lo que eran básicamente ejércitos imperiales privados en los jardines norte y occidental, esa vez el peligro era que se unieran para derrocar al nuevo Kaiser para propiciar el ascenso de otro heredero al trono.

La Kaiserin (que previamente había sido una camarera de palacio) empezó a llevar un arma para proteger a su esposo. Anticipar cada eventualidad era imposible, puesto que el Kaiser fue envenenado. Sobrevivió, pero quedó medio ciego por el intento. Pese a que Josef II tenía las cualidades de un gobernante benevolente, sin la cooperación del recto Justicia mayor Münzer, el devoto consejero de la Kaiserin Sieglinde ; que había regulado las políticas nacionales como primer ministro, habría sido asesinado por otros medios.

Pese a estar afligido por sus ojos dañados, Maximilian Josef fue el baluarte contra la disolución interna del imperio y coloco nuevas piedras angulares, haciéndole ganar el titulo de “gran reconstructor”.

Mirando una imagen general un siglo y medio después, el mismo que había reconstruido el imperio también había puesto en marcha una guerra interminable con la alianza.

Después de este incidente, los sentimientos se inclinaron fuertemente hacia la automatización, pero incluso con una alta rotación, la presencia de soldados en el palacio nunca había disminuido.

Reinhard von Lohengramm había realizado grandes recortes a los gastos del palacio, clausurando por completo los jardines norte y oeste junto a la mitad de edificios de los jardines sur y este. Todos los deberes políticos salvo la ocasional función constitucional eran planeados y aprobados a través de la oficina del primer ministro imperial. El numero de fiestas vanidosas se había desplomado y los jardines estaban descuidados. Y así, el palacio que nunca dormía perdió su esplendor pareciendo con cada día que pasaba más y más una ciudad fantasma.

“Nos guiaré a través del Palacio cuando estemos dentro. Puede que este cerrado, pero no es como si lo hubieran reconstruido, solo abandonado.”

Garantizó que casi cada puerta, corredor y portón sería utilizable. Más aún, dijo en un tono velado. El gran palacio estaba lleno de salas ocultas y pasadizos. Tantos, de hecho que Lohengramm no podría ser consciente de todos ellos. Y de los que podrían hacer un uso efectivo.

Esa información no era nueva para Schumacher, que no lo había considerado como algo más allá de un rumor. Generaciones de Kaisers, temiendo el asesinato y revueltas, habían construido pequeñas habitaciones fortificadas con paredes con refuerzo doble en las que refugiarse o por las que escapar, excavaron túneles subterráneos y convirtieron Neue Sans Souci en un laberinto con puntos de acceso camuflado en los arbustos del jardín.

Muchos de esos pasadizos habían sido usados, dando lugar cada uno a una comedia y una tragedia. Cuando el segundo hijo del Kaiser Wilhelm II, el archiduque Albert tenía quince años, marchó a explorar ese laberinto subterráneo acompañado del ayuda de cámara del Kaiser. Incluso en el presente, tras mas de un siglo, su cuerpo no ha sido encontrado. Se dijo que la amante favorita del Kaiser Wilhelm II, Dorothea, lo había planeado todo. Habiendo engendrado a Albert, hijo del Kaiser que la amaba, se convirtió en objetivo del violento odio de la Kaiserin Konstance. Y así, cuando la Kaiserin cayó enferma quedando confinada en su lecho, Dorothea temiendo que su hijo fuera dañado por la emperatriz, lo confió al cuidado de un joven oficial que condujo discretamente al chico a traves de los pasadizos subterráneos hasta la Alianza de planetas libres, donde vivió su vida en un exilio pacífico.

Otra teoría decía que la Kaiserin Konstance había estado detrás de todo, y que de alguna forma había atraído a Albert a los pasajes subterráneos donde fue abandonado a su suerte.

Lo que se admitía generalmente como cierto era que tras la desaparición del Archiduque Albert (junto con la del ayuda de cámara del Kaiser), Wilhelm II murió por causas naturales y después de que el propio hijo de la Kaiserin ascendiese al trono como Cornelius II, Dorothea fallecería, aparentemente por envenenamiento. Una inexplicable fiebre causaría que la Kaiserin Konstance muriese loca, apenas un mes después. Era más que suficiente para estimular la curiosidad y sospechas de la gente. De estos dos apócrifos, varias secuelas habían surgido; como varios aristócratas que afirmaban ser un Albert adulto a bordo de una nave Phezzani de pasajeros, mientras que cierto personal militar afirmaron escuchar la voz del chico maldito mientras investigaban el laberinto subterráneo diez años después.

Esa era, por supuesto, la tragedia. El alivio cómico llegó dos décadas después. Cornelius II enfermó gravemente sin haber producido un heredero y los aristócratas corrían frenéticamente de un lado para otro preguntándose quien lo sucedería.

Un hombre, del que aparentemente se decía era la viva imagen de un adulto archiduque Albert apareció. Todo acerca de él llevo a la aristocracia a creerle. Cornelius II, que todos esos años había estado sospechando de los actos criminales de su madre, hizo llamar a su hermano pequeño a su lecho de muerte para una reunión desgarradora. La aristocracia esperaba que se convirtiera en el nuevo Kaiser, Albert I, y los nobles esperaban ser los primeros en lamer sus botas.

Cuando a Alfred (o así era como se le conocía) se le ofreció gratuitamente la villa de verano de un gran aristócrata, les agradeció por su favor y generosamente les agradeció su favor y organizó generosamente su futura posición y territorio. Su popularidad estaba en su punto más alto cuando golpeó la catástrofe.

Su alteza el príncipe Albert, primero en la linea de sucesión al trono del Kaiser se fugo con joyería por valor de cincuenta millones de marcos imperiales, y tomando a una inocente joven doncella con el huyo de la capital imperial de Odín.

A su paso dejo una multitud de nobles atónitos, por no hablar de media docena de jóvenes con sueños rotos de convertirse un día en emperatriz, como madre de su hijo. La mitad de esas jóvenes alumbraron a su vergonzoso bastardo y varios nobles llamados también Albert llegaron al punto de cambiarse el nombre para no ser asociados con ese impostor despiadado.

Entre la población en general, la aristocracia se convirtió en el blanco del ridículo.

Algunos se preguntaron si ese hombre no era el verdadero Albert después de todo. Pero como el audaz impostor había desaparecido sin dejar rastro, la verdad jamas se sabría.

Fuese en prosa o verso, en los cinco siglos que habían transcurrido desde el reinado de Rudolf el grande, las paredes de Neue Sans Souci habían contemplado toda clase de leyendas.

(ndt: La frase en realidad es “the rafters of Neue Sans Souci had come to be hung with all manner of legends” O “ de las vigas de Neue Sans Souci se han colgado toda clase de leyendas”. Pero como me suena mal, lo cambio) Todo eso le contó Alfred von Lansberg a Schumacher.

Un poeta de acción sin remedio, pensó Schumacher. Pero Alfred no tenía un solo hueso malicioso en su cuerpo, así que no había razones para albergar malicia hacia el. Solía pensar que era pensar de sentir desprecio hacia otros. A diferencia de Alfred, Schumacher no estaba tan dispuesto a jugarse la vida por algo en lo que no creía. O quizás estaba sobreinterpretando.

Al mirar a Alfred, Schumacher se sentía inclinado a apuntar al éxito, aunque sólo fuera para complacerlo. Además, mucho más intrigante era la perspectiva de ganarle un tanto a ese mocoso rubio, de una vez por todas.

IV

Mientras tanto, el mocoso rubio , el “cruel captor” del Kaiser, había convocado a sus propios oficiales para discutir las contramedidas.

Si el secretario general Paul von Oberstein, jefe de personal de la Armada espacial Imperial estaba sorprendido de escuchar de boca de Reinhard acerca de la existencia de una conspiración entre Phezzan y los altos nobles que quedaban con el objetivo de secuestrar al Kaiser…no lo parecía. Nunca había sido la clase de persona que mostrara sus emociones, para empezar. Con los pequeños computadores ópticos de sus ojos artificiales, observó al joven Lord seriamente y asintió.

“Eso es típico del zorro negro de Phezzan. Están a cargo del guion y la producción, tirando de todos los hilos tras las bambalinas del escenario”

“Si aparece en el escenario, lo sacarán del foso de la orquesta. Eso pondría a otros en riesgo “.

“¿Entonces que va a hacer? ¿Planea aceptar la oferta de Phezzan y permitirles secuestrar al Kaiser?

Una fría sonrisa asomó a los labios del elegante mariscal imperial.

“Sí, creo que será divertido dejar que lo intenten”.

“¿Reduciremos las defensas del palacio? Para ponérselo más fácil”

“No es necesario” Respondió secamente Reinhard “No está tan bien fortificado, para empezar. Si existe un hombre que pudo ocupar Iserlohn sin derramamientos de sangre, ¿por que accedería a cooperar con alguien que no puede siguiera secuestrar a un Kaiser?”

El secuestro del Kaiser- Para los que los llevaban a cabo, una operación de rescate- si tenia éxito, conduciría a un pacto implícito con Phezzan, avanzando hacia el final del enfrentamiento militar con la alianza. Si fracasaban, Reinhard tendría un motivo justo para subyugar a Phezzan como el verdadero culpable del secuestro del Kaiser. Reinhard tenía libre elección sin importar cómo se barajaran las cartas.

Boltec, El excesivamente confiado comisionado Phezzani, tenía demasiados trucos bajo la manga. No había margen para el error. Mientras fingieran ignorancia como espectadores inocentes y negociaran extraoficialmente, un compromiso con Phezzan era inevitable. Ese idiota había fallado. Y la razón por la que había fracasado era porque había juzgado mal a Reinhard von Lohengramm , al verlo como un posible títere, a la altura de ese poeta inútil. Boltec seguramente compensaría su ignorancia.

“Eso me recuerda, Oberstein. Me gustaría que vigilaras a ese ferozmente leal poeta inútil y a su gente. Dudo que tengas que hacer más que eso, pero Phezzan podría intentar matarlos. En ese caso, querría salvarlos antes de que eso suceda “.

“Como desee. Salvarlos podría funcionar a nuestro favor “.

El imperio podría usarlos como prueba viviente del complot Phezzani, añadiendo fuerza a sus negociaciones con Phezzan. Y si Schumacher demostrase ser lo suficientemente capaz, podría proporcionarle a Reinhard un notable entretenimiento.

“Por cierto, confio en que sus subordinados han estado echándole un ojo al antiguo vice primer ministro, Gerlach”

Los dos ojos artificiales de Oberstein brillaron extrañamente mientras respondía afirmativamente.

“¿Has hecho preparativos para su captura?”

“Si. Si es juzgado como un colaborador en la conspiración para secuestrar al Kaiser- No, rescatarlo- Seré el cortesano más satisfecho de todos los tiempos. Quizás la verdad de la conspiración saldrá a la luz cuando menos lo esperemos “.

Reinhard estudio la cara de su jefe de personal por un momento, pero no vio nada que indicase que estaba bromeando.

“Permite que lo dude”

En primer lugar, Gerlach carecía del valor o la resolución para rebelarse contra Reinhard. Segundo, incluso si los remanentes de la facción aristocrática arrastraban a Gerlach a sus complots, no solo habrían tenido que sacarlo fuera de la capital imperial, tendrían que haberle prometido una alta posición en ese gobierno en el exilio, en cuyo caso una lucha de poder entre ellos sería inevitable. Y aunque ese poeta inútil pudo haber sido un traidor, no era probable que se interpusiera en el camino de nadie.

Sin un entendimiento mutuo perfecto de las intenciones entre planeadores y ejecutores, el conde Lansberg podría simplemente visitar a Gerlach en caso de querer más aliados o querer compartir el placer de su gran empresa.

La lógica y demasiados factores los limitaban. Ya que Reinhard estaba obligado a responder a los planes de Phezzan hasta la ultima consecuencia, no había necesidad de pensar demasiado en el asunto.

“Solo podemos estar vigilantes, pero estoy de acuerdo con eso. Hagamos que se monitoree las actividades patrióticas de ese poeta inútil y de sus amigos “.

“Eso no hace falta decirlo, pero” —aquí el jefe de estado mayor de ojos artificiales se aclaró un poco la garganta— “si el Kaiser es secuestrado, la persona a cargo de la seguridad, por supuesto, caerá bajo sospecha. El almirante Mort lo pagará con su vida “.

“¿Quieres decir que lo matarán?”

En la mente del Reinhard se dibujo la imagen de un guerrero maduro, indispensable y honesto.

“El almirante Mort es un hombre chapado a la antigua. En caso del secuestro del Kaiser, incluso si su excelencia fuera a perdonarle, su orgullo le impediría aceptarlo.”

La expresión de Oberstein era severa, como si estuviera regañando a su joven maestro por una debilidad momentánea.

Reinhard, que no conocía la indulgencia alguna cuando tocaba lidiar con la alta nobleza, no era siempre tan directo cuando se trataba de sus aliados. No importaba lo profunda que fuera su indignación, si un subordinado libre de culpa fuese a morir como resultado de sus propias maquinaciones, no le sentaría bien.

“Recorremos un camino sangriento” Murmuró Reinhard para sus adentros. Si Siegfried Kircheis hubiera vivido, no se habría quedado quieto y permitir que Mort se convirtiera en un cabeza de turco. Cuando Reinhard uso la masacre de Westerland como maniobra política, Kircheis le advirtió en contra de actuar por remordimiento mas que por ira. Pero Reinhard no tuvo lamentos cuando perdió al Almirante Kempf posteriormente.

“Entendido. Es un sacrificio que tendremos que hacer. Cuando el tiempo llegue, la culpa recaerá en Mort y solo en el. Nadie más.”

“El superior directo de Mort es Kessler”

“Kessler es un tipo de hombre muy raro de encontrar. Si el jefe de la policía militar se convierte en un criminal, la moral de la tropa bajara. Despáchele con una advertencia y un recorte de sueldo. Dejalo ahí.”

El jefe de personal suspiró para si mismo “Le diría una cosa, Excelencia. Aunque pueda ofender sus oídos. No puede abrir un camino a través de un bosque denso sin desarraigar unos arboles y quitar unas cuantas rocas.”

Reinhard volvió sus ojos azul hielo hacia Oberstein. Su discernimiento carecía de severidad. Eran extrañamente incitantes. “Hablas como si estuvieras impartiendo una leccion de maquiavelismo a un puñado de colegiales ¿Acaso crees que no lo sé?”

“Así lo dice , pero a veces, excelencia, a este humilde servidor le parece que olvida las cosas más básicas. Desde los albores de la historia humana, todos los héroes han edificado sus tronos sobre los cadáveres de sus enemigos, sino también de sus aliados. Ningún monarca ha tenido manos sin tacha y sus subordinados eran conscientes de ello. Me gustaría recordare que otorgar muerte es una forma de compensar la lealtad.”

“¿Eso quiere decir que derramarías tu propia sangre por mi bien si fuera necesario?”

“Si fuera necesario”

“Recuerda lo que has dicho….he acabado contigo. Retírate.”

La irritación de la voz de Reinhard golpeó a Oberstein de forma delicada. Por un momento, pensó decir algo y sin cerrar la boca; se inclinó y procedió a marcharse.

El primero que recibió a Oberstein al llegar a su casa, era un viejo Dalmata, que meneaba su cola orgullosamente y le abría camino a su amo para entrar al vestíbulo. El mayordomo que saludo a Oberstein, extendió los brazos para tomar los ropajes de su maestro y le preguntó sobre la añada del vino que le gustaría tomar con la cena de esa noche.

“Ninguno. En cualquier momento espero que me convoque el Duque Lohengramm. Nada de alcohol esta noche. Una cena ligera estará bien.”

Justo mientras acababa su cena, el visiofono sonó y el ayudante jefe de Reinhard apareció en pantalla.

“Señor jefe de personal, el Duque Lohengramm le convoca con urgencia. Aun se encuentra en la oficina del primer ministro. Por favor, reúnase con el allí. “ Dijo el Contralmirante Streit de forma amable y formal, aunque encontró curioso que Oberstein llevase su uniforme incluso mientras cenaba en su casa. El jefe de personal de ojos artificiales no vio ninguna necesidad de dar explicaciones.

Tras dar la bienvenida brevemente al jefe de personal una segunda vez, el elegante primer ministro se ahorró las formalidades y fue directo al grano.

“Olvide una cosa”

“¿Y cual sería?”

“No me digas que no lo has anticipado. Si no, no habrías venido tan rápido a mi llamada.”

“Por supuesto. Simplemente asumí que había pensado en un nuevo Kaiser para reemplazar a Erwin Josef en el trono.”

“¿Y que piensas?¿Has pensado en algún candidato?”

Esta conversación, que habría dado a un espectador un gran motivo por el que quedarse boquiabierto, era para ellos algo tan normal como hablar del tiempo.

“Hay una nieta nacida de la tercera princesa del Kaiser Ludwig III. El padre es el conde Peigniz, que no participó en la guerra civil del año pasado. Es un hombre sin más intereses más allá de su colección de tallas finas de marfil. La madre es la sobrina del conde Bodendorf. Una niña, por supuesto, pero quizás es hora de que tengamos una Kaiserin”

“¿Que edad tiene?”

“Cinco meses”

De nuevo, nada en la expresión de Oberstein sugería Humor. Que Reinhard se riera era debido a su propia naturaleza entusiasta. Un niño de siete años iba a dejar vacante el trono, solo para ser reemplazado por un bebé de cinco meses. Alguien que no era lo suficientemente viejo para hablar iba a ser el soberano del universo, líder de sus gentes y defensor de la ley imperial galáctica.

No había un cuadro vivo digno de esa locura. Adultos arrodillándose y arrastrándose por una niña que aun llevaba pañales, y para la cual, rangos como los de alto oficial o almirante no significarían nada, y cuyo balbuceo tendrían que aceptar como mensaje divino.

“asi pues, ¿que pretende hacer?¿Buscará otro candidato?”

El tono de voz de Oberstein era más parecido a una orden que a una pregunta. La sonrisa de Reinhard se desvaneció y asintió con seriedad.

“De acuerdo. Demosle ese trono a ese bebe. No sera el juguete mas entretenido, seguro. Pero sera uno que cualquiera estaría feliz de tener, incluso si ella estuviera sola en el espacio. Dos serían demasiados”

“Muy bien. Por cierto, parece que algunos de los pagos pendientes del Conde Peigniz por sus figuras de marfil se están retrasando. Esto le ha causado ciertos problemas legales con algunos de los vendedores ¿Como propone que lidiemos con esto?”

“¿A cuanto asciende la deuda?”

“65000 marcos imperiales.”

“Encargate de ello. No sería bueno que el padre de la nueva Kaiserin estuviera en prisión por unos recibos impagados. Saca los fondos necesarios del presupuesto de la casa Imperial”

“Como desee”

Oberstein hizo una reverencia, se levantó y se despidió para retirarse a pasar la noche.

Si Reinhard hubiera sido bendecido con la autoridad para tomar el trono imperial él mismo, ¿cuánto más mejoraría la situación?, pensó el joven rubio. Pero mientras ejercía esa autoridad como si fuera suya, por ahora su corazón estaba esperando con las alas plegadas. La familia Goldenbaum, que había monopolizado la autoridad por un periodo de cinco siglos, reinando en la cúspide de una sociedad de clases y convirtiéndose en la fuente de todos los males sociales, sobre todo, la riqueza y la desigualdad de privilegios políticos, estaba a punto de caer de su palacio dorado, directamente a la cuneta. La emoción de la venganza comenzaba a brotar de su estómago, enroscando una desagradable acidez en torno a un pensamiento que Reinhard hubiera preferido escupir. Después de dudar durante unos segundos, hizo precisamente eso.

V

El plan de acción de Leopold Schumacher se iba a desarrollar en torno a una cosa esencial: una táctica de distracción. Mientras Alfred von Lansberg y Schumacher planeaban su infiltración en Neue Sans Souci, en otro sector de la ciudad imperial, se estaban fomentando, como esperaban, actividades subversivas a gran escala en instituciones que iban desde los círculos militares hasta la policía.

Alfred parecía escéptico sobre esto.

“No es una mala idea, pero el duque Lohengramm no es un idiota. Él verá a través de todo esto”.

A diferencia de otros altos nobles, se abstenía de denunciar a Reinhard como el “mocoso rubio”. Era la misma cortesía que Schumacher tenía para con el mismo Alfred.

“Aún así, vale la pena intentarlo. Tengo la intención de que los agentes de Phezzan lo hagan “.

“Eso no está bien. Ya están apoyando nuestra noble causa desde el margen. ¿No es eso suficiente, capitán?”

Schumacher lo veía de otra manera. Sus acciones eran cualquier cosa menos nobles, y la única razón por la que habían sido atados a la causa de Alfred era porque sabía que ellos, no Phezzan, eran los que estaban detrás de esto. Se guardó esto para sí mismo.

“Es cierto, no deberíamos esperar demasiado”.

“Es más, Capitán, destacaríamos por explotar a un servidor de la familia Goldenbaum”.

“Veo. Tiene razón, por supuesto “, dijo Schumacher, sin decir en serio ni una palabra.

Poner a Phezzan a cargo directo de actividades subversivas los convertía en más que cómplices, los convertía en actores principales. No importa como de amargas fueran sus contramedidas hacia Phezzan, nunca serán suficientes. Si algo salía mal, ni siquiera Phezzan podía garantizar que Alfred y Schumacher no serían vendidos al Duque Lohengramm. Entonces, ¿por qué no asignar un valor apropiado al secreto de Phezzan?

Schumacher nuevamente se enojó. Como militar que había luchado contra los más brillantes en el campo de batalla, se sintió obligado a participar en un plan improductivo.

“No eres alguien que este hecho para vivir su carrera cubierto de estiércol”, dijo Rupert Kesselring, el ayudante del terrateniente.

Aunque no había necesidad de distinguir a alguien como él del resto de la humanidad, tal vez no estaba calificado para vivir su vida cubierto de estiércol. Paradójicamente, aquel joven y descuidado ayudante había dicho una verdad.

“Más importante, capitán, es cómo entramos”, dijo Alfred con el debido énfasis. “Tengo la intención de utilizar esta ruta. Atraviesa el Jardín Norte y sale a la base de la estatua de Sigismund I en el Jardín Sur. Puesto que pasa por un área cerrada, hay pocas posibilidades de que lo descubran “.

El dedo de Alfred se movió vigorosamente por el mapa. Como el comisionado de Phezzan había declarado tan condescendientemente cuando se lo entregó, la posesión de este mapa significaba el fin de todos sus problemas.

El corredor comenzaba en una instalación de almacenamiento subterránea debajo del edificio de la Sociedad Imperial de Historia Natural. Tenía 12,7 kilómetros de largo y había sido construido hace cinco generaciones por uno de los antepasados de Alfred a las órdenes del Kaiser Georg II. A ese mismo antepasado se le había concedido la preciada amante del Kaiser a cambio de su meritorio servicio. Desde entonces, a su linaje se le había confiado un lema lleno de gracia: si hay algún peligro cerca del trono, la seguridad está en caminos desconocidos.

“Mi destino en el desempeño de esta importante misión se decidió hace cinco generaciones. El único problema ahora es averiguar cómo nos infiltramos en la Sociedad de Historia Natural, aunque es mejor que tener que irrumpir en el palacio en sí “.

La fatídica misión del conde Lansberg estaba fuera del ámbito de preocupación de Schumacher. Estaba anticipando las muchas variables necesarias para que sus propios planes se concretaran. Mientras examinaba el mapa, las preguntas se acumulaban en su interior.

VI

En la noche del 6 de julio, el conde Alfred von Lansberg y Leopold Schumacher exploraron las profundidades de Neue Sans Souci.

Esa noche, en las afueras de los suburbios del sur de la capital imperial, se movilizó a una multitud de policías militares para exponer una armería secreta dirigida por republicanos radicales.

A pesar de identificar correctamente la ubicación y apoderarse de las armas allí almacenadas, no detuvieron a nadie. El comisionado Boltec lo había arreglado bajo estrictas órdenes de Schumacher, renovando el sótano de una casa abandonada, llenándolo de armas y equipos y transformándolo en un almacén en cuestión de tres días. Era suficiente para cubrir sus huellas en la noche en cuestión, pero Schumacher les ordenó demoler el almacén para aumentar la confusión. Para ocultar este incidente a las autoridades civiles y a las organizaciones de noticias, habían preparado un vehículo terrestre frente al edificio de la Sociedad Imperial de Historia Natural, donde comenzaba el túnel, asegurando que Schumacher y los demás serían escoltados inmediatamente a la seguridad de la oficina del comisionado una vez que regresaran.

Era casi absurdo pensar que hizo falta un túnel que atravesaba las profundidades del subsuelo planetario para salvar al Kaiser de un Imperio Galáctico, gobernante de todo el universo, del miedo al asesinato o la traición. Incluso Schumacher no pudo evitar sentirse idiota mientras atravesaban ese mismo túnel.

Al menos no caminarían cada kilómetro ya que en este caso, viajar por encima del suelo llevaría más tiempo que por debajo. Schumacher conducía un vehículo terrestre ligero para cuatro personas equipado con células solares. Estaba hecho con una resina orgánica especial que se derretía cuando se exponía a cierto ácido. Schumacher planeaba no dejar rastro.

Habiendo sido construido para el uso más práctico, el túnel estaba desprovisto de las decoraciones rococó que obstruían todos los demás edificios a los que la dinastía Goldenbaum puso su nombre. La pared interior, un semicírculo con un radio de 2,5 metros, estaba revestida de hormigón armado. Para facilitar la fuga de un Kaiser, hace cinco generaciones, el jefe de la familia del conde Lansberg aparentemente había instalado todo tipo de dispositivos para disuadir a los posibles perseguidores. Estos también habían sido olvidados.

Una vez que llegaron a una pared gris, los dos se apearon del vehículo. Un círculo fluorescente brillaba débilmente en el techo. Alfred empujó el anillo de su dedo índice izquierdo hacia el centro del mismo. Después de diez segundos de un zumbido de frecuencia extremadamente baja, el techo se abrió sin hacer ruido.

Cinco minutos después, salieron al jardín sur y estaban dentro del edificio objetivo. Si esto hubiera sido durante el reinado del anterior Kaiser, Friedrich IV, los guardias ya los habrían abordado varias veces pidiendo que se identificaran. Era un tanto irónico, que el mismo flujo de los tiempos estuviera de su parte.

El dormitorio imperial estaba ubicado en un amplio balcón en el segundo piso. Allí, un niño solitario estaba sentado en su cama con dosel. Puesto que aún no se había despojado de la piel de su infancia, y vistiendo su lujoso pijama de seda, agarraba un osito de peluche que era la mitad de su tamaño. Su cabello rubio, ojos marrones, mandíbula afilada y piel suave y pálida llamaron la atención de los intrusos. Y luego fueron captados por los ojos del niño cuando inesperadamente miró hacia arriba y vio a dos adultos entrando en su habitación.

“Su Majestad.”

La voz de Alfred se estremeció con pura reverencia.

El chico, objeto de la lealtad incondicional de Alfred, era el mismísimo líder del Imperio Galáctico, el Kaiser Erwin Josef II.

El niño Kaiser miró al joven noble, que se había arrodillado para rendirle pleitesía; con una expresión extrañamente obtusa. No porque le hubieran despertado en mitad de la noche, ya que ya se había despertado cuando habían entrado, sino porque le faltaba por completo la sensibilidad juvenil. Cuando Alfred intentó abrir la boca nuevamente, el niño Kaiser lo interrumpió, señalando con un dedo acusador a Leopold Schumacher.

“¿Por qué no se arrodilla?” Preguntó con voz chillona.

“Capitán, aquí ante usted se sienta su majestad el Kaiser, soberano del universo”

Schumacher, tranquilo pero cínico, no estaba de humor para ceremonias. Pero viendo que Alfred insistía en ello, se arrodilló. No por respeto al Kaiser, sino por mera compasión a su compañero de crímenes. Schumacher dio su mejor reverencia fingida. Era todo lo que podía hacer para combatir la incongruencia de todo aquello . Se alegraría si esta era la última vez.

“Soy el leal súbdito de su majestad, el conde Alfred von Lansberg. He venido a rescatar a su majestad de las manos de un traidor. Ya que esta es una situación terriblemente inusual- Perdone, por favor cualquier descortesía de mi parte. Arriesgar nuestras vidas a servicio de su majestad sería nuestra recompensa como sus humildes sirvientes.”

Ignorando descaradamente el apasionado discurso de su leal sirviente, el Kaiser de siete años jugueteó bruscamente con su oso, no como si las palabras de Alfred no tuvieran sentido, sino como si no las entendiera para empezar. A esa edad, habría sido natural para él no comprender la dicción solemne de Alfred, pero Alfred, caballero, patriota y romántico hasta la médula, había esperado que el joven señor fuera un brillante prodigio. Un destello de desesperación asomó a los ojos de Alfred, pero se convenció a sí mismo de que estaba más allá de su lugar como súbdito el cuestionar, y que estar a cargo de esta tarea era suficiente honor. De ahora en adelante, se abstendría de grandes discursos.

El niño Kaiser tiró y torció una oreja de su oso con indiferencia y, cuando finalmente se la arrancó, tiró al oso desorejado al suelo. Lentamente se levantó de la cama y les dio la espalda a los dos hombres estupefactos. Claramente, algo andaba mal con este niño.

“Su … Su Majestad.”

La voz de Alfred desmentía su confusión, al igual que el comportamiento del niño káiser había desmentido cualquier impresión de su gracia. Alfred no había contado exactamente con los elogios y la gratitud, pero al menos había contado con recibir una respuesta adecuada al gobernante de un gran imperio, aunque fuera una versión infantil del mismo. El discurso, la conducta y la apariencia de Erwin Josef lamentablemente carecían de la cualidad angelical que se esperaba de alguien en su posición.

“¿Qué haremos, Conde?” preguntó Schumacher.

Alfred se encogió de hombros y luego entró en acción. Saltó hacia el sagrado e inviolable káiser, agarrándolo por detrás.

El káiser dejó escapar un grito desgarrador. Schumacher llevó una mano a la boca del niño. Alfred se disculpó por tomar medidas drásticas, preocupado incluso ahora por no poder observar el decoro como su sirviente.

Oyeron la voz de una mujer al otro lado de la puerta.

“Su Majestad, ¿qué pasa?”

Por un momento, los dos hombres se quedaron inmóviles. Mientras Schumacher contenía al niño que luchaba, Alfred sacó su pistola de partículas y rápidamente se ocultó en la sombra de la puerta. La delgada figura de una mujer en camisón de veintitantos o treinta y pocos años apareció. La niñera e institutriz privada del Kaiser, sin duda. Bajo cualquier otra circunstancia, Schumacher la habría interrogado sobre la disciplina y educación de Erwin Josef.

La mujer se acercó a la extravagante cama con dosel, tropezando con el osito de peluche en el suelo. Lo recogió y, al notar que le faltaba la oreja, dejó escapar un suspiro desanimado, como si fuera algo rutinario.

“Su Majestad”, estaba gritando de nuevo, cuando distinguió las figuras de los intrusos.

Su boca se abrió, pero su grito terminó antes de que comenzara cuando se dio cuenta de la pistola de Alfred. Afortunadamente para ambas partes, se desmayó y cayó al suelo como una muñeco barato. Los dos intrusos escucharon una ráfaga de pasos. Intercambiaron miradas y escaparon.

Lejos de ser un rescate, esto fue un secuestro absoluto, se reprendió Schumacher con vergüenza. Simpatizaba con el conde Lansberg, pero todo esto se estaba convirtiendo en una farsa inimaginable que involucraba al niño más ingrato del mundo y a dos adultos que seguían una quimera. Si esto cambiaba el curso de la historia, ¿no era la historia en sí misma una farsa?

Seguramente las sirvientas habían informado inmediatamente a la guardia del palacio de la situación, pero ya sea por la confusión o porque la animosidad hacia la secta de Reinhard por parte de un antiguo criado de la corte imperial había retrasado las cosas, los soldados no respondieron hasta que pasaron más de cinco minutos. .

El jefe de la guardia imperial, el almirante Mort, dormía en una casa de huéspedes adjunta a la oficina principal de la guardia, pero llegó corriendo tan pronto como recibió un informe de actividad inusual, naturalmente ansioso por confirmar el bienestar del Kaiser por encima de todo. Pero el anciano chambelán estaba demasiado nervioso para dar siquiera un resumen básico de los acontecimientos.

“¿Dónde está Su Majestad el Kaiser? Eso es todo lo que quiero saber “.

El tono del almirante Mort no era ni brusco ni furioso, pero no obstante tenía un aire intimidante que los débiles cortesanos no estaban preparados para resistir. El anciano chambelán apenas recuperó la compostura y, haciendo acopio de toda la dignidad que pudo, dio un relato indirecto de dos intrusos que habían irrumpido y secuestrado al niño Kaiser.

“¡¿Por qué no lo dijiste antes ?!”

Mort regañó al chambelán pero, no queriendo perder el tiempo investigando su culpabilidad, llamó a su ayudante de campo y ordenó con calma que barrieran el palacio. El rostro del ayudante de campo se puso serio cuando accedió a la orden y salió corriendo de la habitación para movilizar a sus hombres.

“No creo que necesite decirle que se guarde el asunto para si mismo, Chambelán”

El chambelán solo asintió con la cabeza en respuesta a Mort, quien, a juzgar por su expresión, estaba más preocupado por ser acusado de negligencia que por la seguridad del Kaiser.

Los soldados rasos no sabían nada del secuestro del Kaiser. Tampoco necesitaban saberlo. Conscientes unicamente de que había sucedido algo grave, tomaron sus sensores infrarrojos y visores de luz estelar y recorrieron los extensos terrenos del palacio, con sus más de cien mil casas privadas, como si fueran manadas de animales nocturnos.

Al fin, el ayudante de campo se apresuró a regresar y dio su evaluación. Los infrarrojos habían detectado restos de alguna actividad inusual, que desapareció en algún lugar cerca de la estatua de Su Majestad Sigismund I.

“Parece haber un pasaje subterráneo que conduce al exterior, pero está más allá de mis deberes poner una mano sobre la estatua del Kaiser. Con su permiso, lo investigaré de inmediato “.

Mort se quedó inmóvil, sin decir una palabra. Solo ahora recordaba haber oído hablar de un vasto laberinto debajo de Neue Sans Souci. Un sentimiento de aplastante derrota invadió el pecho del veterano militar, justo cuando los intrusos habían invadido el palacio. Siempre se había enorgullecido de hacer todo lo posible para cumplir con los deberes que se le asignaron al pie de la letra, y hasta esta noche lo había hecho. A partir de ahora, se hablaría de ese logro en tiempo pasado, como mucho.

Ulrich Kessler había superado innumerables peligros en el campo de batalla, y se abrió camino con valentía para convertirse en general. Pero cuando escuchó la noticia del secuestro del Kaiser, no pudo dejar de temblar. Poniéndose su uniforme militar, ordenó el cierre de todos los puertos espaciales, pidió barricadas en todas las carreteras principales que conducían a los suburbios desde la capital imperial y movilizó un regimiento de policía militar. Se preguntó quién podría haber cometido un crimen tan atroz. Sus células cerebrales se revolvieron y se establecieron en dos nombres: El conde Alfred von Lansberg y el antiguo capitán de la marina Imperial Leopold Schumacher. Pero, ¿no había relajado Duque Lohengramm el otro día el seguimiento de sus actividades? ¿Y por qué ahora?

La expresión de Kessler cambió de sorpresa a preocupación antes de quedarse momentáneamente en blanco, como si estuviera mirando hacia un abismo. Solo después de mucho esfuerzo consciente logró ponerse otra máscara mientras salía, vestido con su impecable uniforme negro y plateado, de su residencia oficial.

Capítulo 3. Se dispara la flecha.

I

A las 3,30 de la madrugada del 7 de julio el primer ministro del Imperio Galáctico; el Duque Reinhard von Lohengramm fue obligado a salir de la cama debido a un mensaje urgente del almirante Kessler, el jefe de la policía militar. Mientras Kessler inclinaba la cabeza en señal de gratitud desde la pantalla de su visiófono, Reinhard pensó, así que siguieron adelante después de todo. Acogió de buena gana el giro de los acontecimientos. Haber relajado la vigilancia sobre el Conde Lansberg y su grupo había tenido el efecto deseado.

Cuando Reinhard llegó a su oficina, Hilda llegó apresurada. En calidad de secretaria jefe del primer ministro Imperial, alguien que no se separaba de una personalidad como Reinhard, recibía comunicaciones constantes del oficial que en ese momento estuviera de guardia. Del mismo modo, el ayudante principal de Reinhard, el contraalmirante Arthur von Streit, el segundo ayudante el teniente Rücke, y el capitán Kissling, jefe de la guardia imperial, llegaron de inmediato.

El capitan Günter Kissling era un joven oficial de veintiocho años con una tiesa mata de pelo cobrizo y ojos color del topacio. Esos ojos, ademas de una peculiar forma de no articular ningún sonido mientras caminaba con sus botas militares le había ganado la comparación con una pantera entre aquellos a los que le caía bien, y con un gato entre aquellos que no. Naturalmente, Reinhard no había dado la responsabilidad de ser su guardaespaldas personal porque esas características le importaran, sino porque veía en el una combinación especial de valentía y compostura que sobresalía de la norma. Su distinguida hoja de servicios a lo largo de múltiples guerras tampoco estaba de mas.

Al poco rato, el almirante Kessler, acompañado del almirante Mort aparecieron ante Reinhard. Bajo la cuidadosa vigilancia de los aliados más cercanos de Reinhard, ambos se arrodillaron ante su joven señor y se disculparon por permitir que los intrusos huyeran.

“En lugar de disculparse por su indiscreción, Kessler, preferiría que llevara a cabo los deberes que le asigno. Asegúrese de que su majestad no abandona la capital.”

Kessler se marcho para mobilizar a un escuadrón de policía militar. Se preguntó si alguno se habría percatado de que había hecho todo lo posible para evitar mirar directamente al rostro de su joven señor.

Solo quedaba Mort. Aun arrodillado en el suelo, su cabeza colgaba pesada por la culpa.

Reinhard dejó caer una inexpresiva mirada azul hielo sobre la nuca de Mort, pero por razones contrarias a las que todos sospechaban. No estaba en posición de estar furioso, pero no iba a dejar que nadie se percatara. No tenía otra elección salvo dejar que la flecha volase desde la cuerda del arco.

“Vice Almirante Mort, Mañana- No, ya es mañana, ¿no es asi?- Le notificaré su castigo al mediodía del dia de hoy. Hasta entonces, permanecerá confinado en su oficina. Arregle sus asuntos, Haga cualquier arreglo que necesite para asegurarse de que no tiene nada que lamentar.”

Mort inclinó aun más la cabeza. Comprendiendo completamente la pista de su joven señor, se marchó sin decir nada, agradecido de seguir vivo. Reinhard le miró hasta que se marchó, sintiendo como los escrutadores y bravos ojos verdeazulados de Hildegard von Mariendorf se clavaban en él, quemandole un agujero en la carne.

“¿Hay algo que me quiera decir, Fraülein?”

“Solo lo que ya le dije el otro dia. La alta probabilidad de que Phezzan enviase a sus agentes para secuestrar a un alguien”

“Si, lo recuerdo”

La respuesta de Reinhard era fría y transparente.

“ Duque Lohengramm. Mejoró la seguridad de la villa de su hermana con guardas. Era entendible dadas las circunstancias. Y aun asi, encuentro extraño que no extendiera el mismo nivel de protección a la propia persona del Kaiser y que le deje caer en manos de intrusos bajo su guardia.”

Hilda tuvo cuidado de mantener su voz neutral, pero la idea subyacente en sus palabras le dieron a Reinhard donde dolía, y así el primer ministro imperial no podía abandonar su buen humor.

“¿Y sus conclusiones son, Fraülein?”

“Esto es lo que pienso. Usted, Duque Lohengramm unió fuerzas con Phezzan y deliberadamente les permitió secuestrar al Kaiser. ¿Me equivoco?”

Hilde no era una mujer propensa a creer mentiras actuando como si fueran ciertas. Y Reinhard no tenía intención de contar una mentira.

“No te equivocas”

Hilda agitó su cabeza decepcionada. El elegante primer ministro imperial sintió la necesidad de justificarse por encima de todo.

“Pero te diré una cosa: No estoy uniendo fuerzas con esa calaña, esos Phezzanies. Solo los estoy usando. No les he prometido nada.”

“¿Piensas que puedes controlarlos por completo?”

“¿Acaso no han intentado lo mismo conmigo?”

Reinhard escupió con violento desdén ante la mera idea. Solo entonces reveló a Hilda su conversación con el Comisionado Boltec. Hilda escuchó, y sus estrechos hombros cayeron más y más con cada palabra que escuchaba, puesto que se alineaba con lo que había adivinado.

“¿Quiere decir que pretendes lanzar un ataque total sobre la Alianza de planetas libres?”

“Lo pretendo. Pero eso estaba decidido hace tiempo. El ritmo de los acontecimientos solo se ha acelerado. De cualquier forma, no podría pedir una justificación más esplendida.”

“¿Convertir al Vice Almirante Mort en un cabeza de turco también formaba parte de su brillante estrategia?”

“Su familia no se verá afectada de ninguna forma”

Sabiendo que no era una excusa, Reinhard terminó la conversación agitando la mano. Una hora después, su segundo ayudante el Teniente Rucke anuncio que el vice almirante Mort había cometido suicidio. Reinhard asintió en silencio. Ordenó a un agitado Rucke que hiciera los arreglos necesarios para asegurarse de que la reputación de Mort o de su familia resultasen afectadas. Reinhard comenzaba a ver el tamaño de esa hipocresía. Pero era mejor haberlo hecho que no. Si era algo por lo que debía ser castigado y reprendido, tarde o temprano recibiría su merecido, aunque de quién no podía decirlo.

Llamó a Hilda.

“Reúna a todos los almirantes y altos almirantes”.

“Como desee, duque Lohengramm”.

Reinhard no estaba seguro de si interpretar la brusca sonrisa de ella como un signo de reconciliación o como un mal presagio contra ella.

II

En ese momento, la marina imperial galáctica tenía tres altos almirantes (Paul von Oberstein, Wolfgang Mittermeier y Oskar von Reuentahl) y diez almirantes (August Samuel Wahlen, Fritz Josef Wittenfelt, Cornelius Lutz, Neidhart Müller, Ulrich Kessler, Adalbert Fahrenheit, Ernest Mecklinger, Karl Robert Steinmetz, Helmut Lennenkamp, y Ernst von Eisenach).

Müller aún debía guardar reposo por las heridas sufridas en la batalla de Iserlohn, y Kessler estaba ocupado investigando el secuestro del Kaiser bajo el más estricto secreto. Los 11 restantes acudieron a la llamada de Reinhard.

Uno pensaría que los agradables sueños de todos habían sido interrumpidos, como la mano invisible del alba dispersando la oscuridad; pero ninguno parecía haber dormido demasiado. Pese a perder a Siegfried Kircheis y a Karl Gustav Kempf el año anterior, el almirantazgo de Reinhard parecía tan vibrante como siempre. Un par de ojos gélidos escanearon la sala de reuniones.

“Ha habido un incidente menor esta noche en Neue Sans Souci” Dijo Reinhard con sutileza “Y un niño de siete años ha sido secuestrado”

No había un soplo de viento, y aun así el aire en la habitación se agitó mientras los valientes y experimentados soldados contenían el aliento de forma colectiva y lo soltaban a la vez. Cualquier hombre incapaz de extrapolar la identidad del secuestrado no habría estado sentado en esa sala de todas formas. Solo Oberstein parecía impasible, pero los otros almirantes supusieron que solo era su in-expresividad habitual.

“Puse a Kessler en una cacería humana, pero los criminales todavía andan sueltos. Me gustaría escuchar sus opiniones antes de abordar los acontecimientos de esta noche. Pueden hablar libremente “.

“No hace falta decir que los criminales son restos de la facción de los altos nobles que se unen para restaurar su influencia. No veo ninguna razón para sospechar de nadie más ”, dijo Mittermeier, recibiendo gruñidos de aprobación de sus camaradas como respuesta.

“Pero aun asi, ¿secuestrar a su majestad el Kaiser? No podemos subestimar el poder organizativo y la habilidad de los altos nobles ¿Pero quien podría ser el conspirador?” Dijo Wahlen.

Los ojos desiguales de Reuentahl brillaron.

“Pase lo que pase, quedará pronto muy claro. Una vez que los criminales sean atrapados Kessler los hará cantar. Y si por alguna casualidad consiguieran huir, ten por seguro de que se pondrán a presumir de su logro ¿Qué propósito tendría el secuestro si no fueran a airearlo a lo largo y ancho del cosmos.

“Creo que tiene razón, en cuyo caso tendremos que tomar represalias. Me pregunto si estarán listos para eso “.

Wittenfeld abordó las dudas de Lutz.

“Más que listos, diría yo. Tal vez incluso utilicen al Kaiser para escudarse contra nuestro ataque. Por inútil que resulte.”

“Si. Por ahora, al menos, tienen la confianza suficiente para evitar nuestra persecución “.

“¿Cuando se volvieron tan descarados? No pueden evadirnos para siempre, mientras estén en el imperio “.

“¿O podría ser que están estableciendo una base secreta en la frontera?”

“¿Te refieres a una segunda Alianza de Planetas Libres?”

En este punto, la voz tranquila de Paul von Oberstein cortó la tensión.

“Creo que deberíamos dejar de lado la posibilidad de una segunda Alianza de Planetas Libres por ahora y centrarnos en la existente. Los restos de la alta nobleza y los republicanos pueden parecer aceite y agua, pero ¿quién puede decir que no harían una unión ilícita si eso significara evitar que el Duque Lohengramm establezca la hegemonía? Si nuestros criminales se refugian en la alianza de planetas libres, puede estar seguro de que no podremos atacar tan fácilmente “.

“¿La Alianza de Planetas Libres?” dijeron varios almirantes al unísono.

Pese a que era un hecho conocido que el Duque Lohengramm tenia enemigos a izquierda y derecha, ellos nunca habían esperado que los remanentes de la alta nobleza unieran fuerzas con la Alianza de planetas libres. ¿Habría tenido lugar un pacto fundamentalmente imposible entre las facciones de conservadores reaccionarios y republicanos?

“Como Reuentahl ha dicho, la cuestión de donde se halla actualmente su majestad se aclarará pronto. Por ahora, preferiría que nos refrenáramos antes de saltar a conclusiones prematuras. Si esos insurgentes que se llaman a su mismos Alianza de planetas libres son cómplices de esta trama traicionera, no os preocupéis que les haremos pagar por ello. La Avaricia les ha cegado impidiéndoles ver la totalidad de la situación, y sus lamentos los enterraran si no lo hacemos nosotros primero.”

Las vivaces palabras de Reinhard tuvieron un efecto igualmente inspirador en sus Almirantes, que se enderezaron con resolución renovada.

“Durante la ausencia del Kaiser compraremos tiempo diciendo que esta enfermo. El sello imperial está a salvo en la oficina del primer ministro, asi que el gobierno en si no se vera afectado. Solo pido dos cosas de todos ustedes. Primero, no van a decir ni una palabra acerca del secuestro a nadie del exterior. Segundo, reunirán las flotas que tienen bajo su mando directo y estarán listos para partir de forma inmediata si fuera necesario. En cuanto a otros asuntos, os daré instrucciones según sea necesario. Hemos estado en esto desde antes del amanecer, así que terminemos la sesión “.

Los almirantes se pusieron firmes y miraron mientras Reinhard se marchaba, tras lo cual se fueron marchando marcharon a casa para seguir con sus deberes habituales. Mittermeier agarro a Reuentahl del hombro mientras se marchaban.

“¿Te gustaría desayunar en mi casa?” Le ofreció a su amigo.

Su esposa, Evangeline, era una cocinera Gourmet (o eso decía el siempre) y Mittermeier aun tenia que probar la nueva especialidad de ella, un plato que había bautizado como “Lobo del vendaval”.

“Por supuesto. Supongo que puedo dejar que me convenzas.”

“No hay nada de malo en seguir ordenes”

“Ocasionalmente no”

Los dos hombres caminaron hombro con compro por el corredor, saludando a unos pocos soldados que pasaron junto a ellos.

“Considerando todo lo que ha pasado, es muy propio del Duque Lohengramm mantener la calma ante unas circunstancias tan acuciantes”- Dijo Mittermeier con la voz llena de admiración.

Solo trataba de iniciar una conversación, pero esas palabras se quedaron fijas en el cerebro de Reuentahl. Rescatar a un Kaiser de un poderoso sirviente era materia de cuento de hadas y no podía creer que el acto se hubiera cometido de forma tan temeraria. Alguien iba a beneficiarse de ello.

Y el Duque Lohengramm no era el menos importante de ellos.

Si Reinhard disponía el asesinato de un Kaiser de 7 años, sería directamente atacado por su crueldad, pero un secuestro le ponía a la suficiente distancia como para que sus manos siguieran limpias. El Duque Lohengramm podría entonces usar la aparente implicación de la Alianza de planetas libres como excusa para lanzar una ofensiva total contra las fuerzas armadas de la alianza a una escala sin precedentes. Ese drama que estaba a punto de agitar a la misma esencia de la humanidad era nada menos que el preludio de un brusco cambio político y militar. El almirante Heterocromático podría escuchar como su propia sangre hervía dentro de él ¿O era solo la emoción ante el nuevo abanico de posibilidades que el futuro iba a brindarle?

“Supongo que podemos esperar un despliegue a una escala nunca antes vista, en cualquier momento” susurró Mittermeier.

Reuentahl no podía decir si Mittermeier había llegado a esa conclusión por si mismo o por medio de la sugestión. De cualquier forma, el olfato de aquellos en altas posiciones de poder funcionaba mejor que los de la mayoría, en tiempo de guerra, siendo capaces de detectar la mas sutiles cambios en el ambiente.* ndt:(El original es, tal cual picking up on the subtlest pheromones of change. Pero me sonaba muy mal, así que lo he cambiado de forma totalmente arbitraria.)

Esos dos jóvenes almirantes, los bastiones gemelos de la marina imperial habían compartido el mismo pensamiento. Invadir el territorio de la alianza sin penetrar en el corredor de Iserlohn significaba encontrarse cara a cara con el comandante de Iserlohn, Yang Wen-li. El hombre que en mayo había reducido a polvo espacial a su camarada Karl Gustav Kempf. Incluso si pudieran derrotarlo, el camino para llegar allí no se ganaría sin una lucha larga y dura. Reuentahl y Mittermeier respetaban a su enemigo. No se imaginaban que Reinhard ya estaba considerando una invasión a través del corredor Phezzan.

III

En el planeta Phezzan, separado de la capital imperial de Odín por decenas de miles de años luz salpicados de oscuridad, el terrateniente Adrian Rubinsky estaba escuchando el informe del ayudante jefe, Rupert Kesselring.

De acuerdo al conde Alfred von Lansberg y a Leopold Schumacher, tras su “rescate” de Neue Sans Souci, el niño Kaiser había logrado pasar desapercibido a través de la red de búsqueda de la policía militar del Chire. Había sido ocultado en una bodega de carga secreta del Rocinante, una nave mercante Phezzaní y llegaría en dos semanas. En Phezzan, se reunirían con el Conde Remscheid y sus refugiados, y solicitarían asilo en el momento que entraran en territorio de la Alianza de planetas libres. Y cuando se anunciara oficialmente, todo el mundo salvo unos pocos quedarían sacudidos hasta la médula.

Tras escuchar el informe, Rubinsky se puso una mano en la mandíbula.

“Incluso con el Kaiser desaparecido, el Duque Lohengramm no tomará el trono sin poner antes a cargo a alguna marioneta.”

“Estoy de acuerdo. Reclamar el trono para si mismo demasiado pronto destruiría el imperio, o como mínimo le asestaría un golpe fatal. Su administración interna ya está en marcha, pero depende de un enorme éxito militar para…cerrar el trato.”

“I sospecho que es lo que conseguirá. En cualquier caso, el Duque Lohengramm siempre ha estado un paso por delante. Y Boltec no lo ha hecho tan mal”

“Acerca de eso….de acuerdo a la información que he reunido, parece que el comisionado Boltec deja mucho que desear”

Rubinsky se giró hacia el joven ayudante, su propio hijo y estrechó sus ojos.

“Y aun asi el Duque Lohengramm no tomo medidas para prevenir el secuestro del Kaiser. Las negociaciones de Boltec fueron obviamente efectivas contra el Duque Lohengramm ¿no?”

“Superficialmente si, lo parece. Pero si cambia Comisionado Boltec de Sujeto a Objeto…y puede ver como el informe trabaja a su favor.”

“¿Quiere decir que se han aprovechado de Boltec?”

“Exactamente”

Rupert Kesselring había ido proporcionando información comprometedora a Boltec a sabiendas. Ese hombre, que podría un día obstaculizar su camino como un futuro rival, tendría que ser expulsado del escenario tan pronto como fuera posible. Rupert no era un buen perdedor.

Pese a que Boltec había estado rebosante de confianza al responder a las llamadas del Duque Reinhard von Lohengramm, cuando regresaba a a oficina del comisionado lo dominaba una intensa incomodidad. Boltec podría fácilmente imaginar que sus negociaciones con el Duque iban a traer resultados inesperados. Quizás había subestimado la habilidad del Duque Lohengramm y no habría sido necesario negociar con él en primer lugar. Quizás Lohengramm había planeado facilitar el secuestro del niño Kaiser todo este tiempo, exponer la fuerza de Phezzan y obtener él mismo la ventaja. En el momento en que el niño Kaiser llegara a Phezzan, su paradero sería conocido por el Duque, que entraría a escena para unirse al baile. Había jugado demasiados trucos, lo que era un considerable tropiezo.

Y si Boltec hubiera sido forzado a prometer al Duque paso seguro por el corredor Phezzan incluso Rupert no podría evitar relamerse a causa de los errores de su rival. Era apropiado que se le garantizase ese paso seguro a través del corredor Phezzan para extender el alcance hegemónico del Duque Lohengramm , pero esa oportunidad tendría que ser escogida con la mayor de las discreciones y más importante, al justo precio. No tenía sentido venderse por calderilla.

Rupert pensaba que la alianza había asestado un serio golpe al Duque Lohengramm y que había sido tentado con la posibilidad de usar el corredor Phezzan. Y cuando su oponente estuviera en problemas, el fortalecería su posición echándoles una mano a cambio de un favor en el futuro. Incluso entonces, no era probable que fuera bienvenido, y preferiría que se ignorara su burla antes que sufrir el lío de dejar al descubierto sus motivos ocultos.

“Asumiendo que Boltec es el único que se equivoca, no tenemos nada de que preocuparnos. Pero si ese error pusiera en Desventaja a todo Phezzan, entonces diría que tenemos un problema enorme entre manos. En particular, con el Duque Lohengramm como nuestro oponente, el futuro parece terrible.”

“No he decidido aun si nos ha fallado. No actúes todavía como si lo hubiera hecho. El Kaiser aun no ha alcanzado siquiera Phezzan”

Rupert empezó a objetar pero se lo pensó mejor. Incluso el era capaz de ver el inconveniente que suponía el ser visto regocijándose de los errores de un rival. La naturaleza de la torpeza de Boltec saldría a la luz antes o después. Y además, pensó Rupert cínicamente, si el error del comisionado Boltec suponía la caída del terrateniente Rubinsky, entonces Rupert debería esperarlo con ansias. Cuando el corredor Phezzan se rindiera a la Marina imperial, los incontables ciudadanos que creían en la independencia y neutralidad de Phezzan se sentirían ultrajados. ¿Como se revelaría entonces el zorro negro de Phezzan?

¿Tomaría prestado el poder militar de la Armada Imperial y haría todo lo posible para permanecer en el poder? ¿Aprovecharía la autoridad de Terra y obligaría a todos a aceptar? ¿Resolvería las cosas a través de su propia popularidad y astucia política? Sin importar cómo lo hiciera, provocaría una transformación dramática en la larga historia de Phezzan. Las reacciones profundas estarían garantizadas. Esto se estaba volviendo más interesante por momentos.

Después de dejar la oficina del terrateniente, Rupert Kesselring viajó medio día desde la capital hasta el distrito Izmail para visitar al noble exiliado, el conde Remscheid. La noticia del exitoso “rescate” del Kaiser por Alfred von Lansberg lo dejó extasiado.

“Claramente, Odín ha tenido algo que ver con esto. Después de todo, hay justicia en este mundo “.

El conde Remscheid le pidió que perdonara su risa espontánea e hizo traer una botella de blanco del 82. Después de expresar su más sincera gratitud por ese punto, Rupert redirigió su atención a asuntos de alto secreto, incluida la deserción del Kaiser a la Alianza de Planetas Libres. El noble exiliado asintió.

“Me tomé la libertad de elaborar una lista de los ministros del gabinete del gobierno en la sombra. Dada la emergencia, todavía necesita algunos ajustes “.

“Una medida sumamente conveniente”.

De hecho, era una emergencia, ya que Remscheid había tenido los ojos puestos en el asiento del primer ministro desde que se enteró de los planes para rescatar al Kaiser. Incluso si carecía de las calificaciones adecuadas para el trabajo, era natural que un hombre de sus aspiraciones políticas apuntara alto.

“Si le parece bien, me gustaría mucho ver esa lista, Conde”.

Anticipándose a esta solicitud, ya estaba poniendo la lista en manos de Rupert. Las mejillas enrojecidas por el vino del conde Remscheid se relajaron en una sonrisa.

“Bueno, se suponía que esto estaba clasificado, pero dado lo mucho que estaremos en deuda con Phezzan, deberían saber acerca del gobierno imperial legítimo”.

“Por supuesto, Su Excelencia contará con el apoyo total de Phezzan. Nos veremos obligados a presentar un frente político débil, pero sepa que, aunque le obedezcamos, nuestra verdadera lealtad estará con Su Excelencia “.

Rupert tomó con reverencia la hoja de papel titulada “Rollo del Gabinete del Gobierno Galáctico Imperial Legítimo” y recorrió con la mirada la columna de apellidos:

Secretario-General y secretario de Estado: Conde Remscheid

Secretario de Defensa: Alto Almirante Merkatz

Secretario de Interior. Baron Radbruch

Secretario de Finanzas. Vizconde Schaelzer

Secretario de Justicia. Vizconde Herder

Secretario de la casa imperial. Baron Hosinger

Secretario jefe del gabinete. Baron Carnap.

Rupert levantó la vista de la lista, forzando una sonrisa dirigida al noble al que despreciaba.

“Agradezco sus esfuerzos en esta selección”.

“Notará la gran cantidad de refugiados en esta lista. Les puedo asegurar que juran lealtad eterna a Su Majestad. Pueden limitarnos a largo plazo, pero son útiles por ahora. Todo lo que pido es que tengan fe en nosotros y en aquellos que hemos elegido”.

“Confío en que no le importará si le hago una pregunta. Es natural que Su Excelencia supervise el gabinete como secretario general, pero ¿por qué no asumir el papel de primer ministro imperial?

El conde Remscheid pareció a la vez complacido y confundido por esta pregunta.

“Lo consideré, por supuesto, pero es un poco exagerado. Preferiría la silla de primer ministro imperial después de que haya regresado a la capital imperial de Odín, por orden de Su Majestad “.

Si esos eran sus verdaderos sentimientos, pensó Rupert, entonces este era un asunto extraño en el que actuar con moderación.

“De acuerdo, pero simplemente debe asumir ese papel a toda costa. No podemos permitir que el duque Lohengramm, por no hablar del universo en general, tenga motivos para socavar la viabilidad del gobierno imperial legítimo “.

“Estoy de acuerdo, pero …”

El conde Remscheid se mostraba evasivo. Entonces se dio cuenta de que Rupert había alentado más que suficiente a los altos nobles que quedaban en la capital imperial y que probablemente quería evitar hacer cualquier cosa que beneficiara al bando de Lohengramm.

“Dejemos esa discusión para otro día. ¿Cómo vamos a lidiar con los secuestradores de Su Majestad, el Conde Lansberg y el Capitán Schumacher?

“Por supuesto, no nos hemos olvidado de eso. El conde Lansberg está dispuesto a ocupar el puesto de subsecretario de asuntos militares. A Schumacher, por el momento, se le ha conferido el rango de comodoro y hay planes para hacer de él un ayudante de Merkatz. Él luchó contra el mocoso rubio en el espacio, después de todo “.

Rupert reexamino el nombre del hombre nominado al cargo de secretario de defensa:

Wilibald Joachim von Merkatz, comandante supremo de las fuerzas armadas de la confederación nobiliaria durante la guerra Lippstadt del año anterior. Sus tácticas eran sólidas, nacidas de una carrera militar de cuatro décadas. Parecía que este soldado veterano había tomado el título de “almirante invitado” para la alianza y trabajaba en Iserlohn como consejero de Yang Wen-li, había sido preparado para oponerse a Reinhard von Lohengramm. Por medio siglo había vivido la simple vida de un soldado capaz devoto al imperio que servía.

“Es natural que el almirante Merkatz sea secretario de Defensa, pero ¿qué hay de sus intenciones y las inclinaciones de la alianza?”

“No puedo imaginar que sus intenciones sean falsas. Mientras la alianza reconozca al gobierno en el exilio, entregarán a Merkatz sin dudarlo “.

” Ya veo. ¿Y cómo vamos a tratar con las tropas bajo su mando?

Dada la futilidad de esta pregunta, no era una eventualidad planeada por Rupert. Rupert pensó, con rara emoción, que aquí estaba el tipo de noble malvado que había embellecido ambiciones más allá de sus posibilidades con una causa justa, y eso sacaba lo peor de él. Rupert detestaba a este hombre. Su padre, Adrian Rubinsky, habría cerrado esta línea de preguntas mucho antes de que llegara tan lejos.

La pregunta de Rupert era un ejercicio de ridículo inconsciente, y el que estaba en sintonía con ella no era el que preguntaba, sino el que se preguntaba. El conde Remscheid era consciente de que su sangre caliente se había enfriado rápidamente, pero evitó que nada de esto se mostrara en su rostro.

“Los refugiados están cada vez más inquietos. No se les debe permitir que se capaciten y se organicen por si mismos. El problema es una cuestión de costo ”.

“Si lo que le preocupa son los gastos, no lo esté. Solo dígame cuánto necesita y considérelo hecho “.

“Es demasiado amable.”

Rupert no había dicho “libre de costo”. Mantuvo la boca cerrada en cuanto al recibo y a la auditoria de los gastos. Una vez que la deuda del gobierno legítimo del Reich con Phezzan alcanzara un cierto nivel tendrían que ser cuidadosos. Como uno de sus padres fundadores, Rupert jamas había pensado que el gobierno legítimo fuera capaz de saldar sus deudas. Este era solamente el deseo de un pequeño grupo de hombres, un desafortunado niño bastardo arrojado a la nada. Como un mero reflejo de su propia desgracia, su único destino sería sufrir una muerte calculada. Por supuesto, si ese niño tuviera vitalidad y ambición sería otra historia – Como el propio Rupert, por ejemplo. Pero era como mucho un tiro arrojado a la oscuridad como mucho.

Rupert tenia mucho de lo que ocuparse. Para alguien tan joven, poseedor de una energía física y mental como la suya, que montaba a horcajadas de la esfera pública y privada,nada era tan valioso como el tiempo. Tras pedir al Conde Remscheid una copia de la lista de los miembros del gobierno en el exilio, se retiro, puesto que era de noche. Cualquier traza del dia había desaparecido y un frío nocturno empezaba a entretejerse entre las fibras de aire seco. A la mañana siguiente iría a la oficina principal del terrateniente, así que se había arreglado una estancia para toda la noche.

Rupert había nacido el SE 775, Año imperial 466, así que era un año mayor que Reinhard von Lohengramm. Este año cumpliría 23. Kesselring era el apellido de su madre, una de las muchas amantes que habían pasado a través de la vida del terrateniente Adrian Rubinsky. O quizás había sido su única amante. Rubinsky no era el más agraciado de los hombres, pero ejercía cierta atraccion magnética sobre las mujeres que los futuros biógrafos harían todo lo posible por verificar.

Oficialmente Adrian Rubinsky no tenia hijos de ningún género. Y aquí estoy yo. Pensó Rupert, levantando una esquina de su boca. Como agente de Terra, su padre era la forma mas baja de residuo humano que jamas hubiera engañado a la gente de Phezzan. Lo que convertía a Rupert en su excremento. Claro estaba, de tal palo, tal astilla.

Rupert llego a una gran mansión en el distrito Sheepshorn. Abrió la puerta de su coche y puso su mano derecha en la puerta. Una vez que la huella de la mano se confirmo, la puerta de bronce tallado se abrió sin un sonido.

La propietaria de la mansión era una mujer de muchos títulos. Dueña de una joyería, de su propio club nocturno, y de muchas naves mercantes. Anteriormente había sido una cantante, bailarina y actriz. Ninguna de esas ocupaciones tenia mucho significado. Como una de las muchas amantes del terrateniente Adrian Rubinsky, jamas dejaría su huella en la historia como alguien de importancia pese a ser una gran influencia sobre políticos y mercaderes tras las bambalinas.

Esos días, Rubinsky la llamaba con menor frecuencia, asi que era probablemente mas apropiado llamarla su “amante en standby”

Ella, Dominique Saint-Pierre, contaba diecinueve años cuando, trabajando como cantante en un club hace ocho años, se enamoró de Rubinsky a primera vista, antes de que él asumiera el título de terrateniente. Rubinsky le había contado lo fascinado que estaba por su alegre baile, lo hermosamente que cantaba, lo impresionado que estaba por su inteligencia. Era una mujer hermosa con cabello castaño rojizo, aunque no tan hermosa como muchas otras mujeres, por lo que había pasado relativamente desapercibida.

La mujer que saludó a su invitado en el interior le habló como una canción.

“¿Supongo que pasarás la noche, Rupert?”

“Aunque soy un pobre sustituto de mi padre”.

“No seas tonto. Por otra parte, es propio de ti decir eso. ¿Quiero una bebida?”

“Claro, tomaré un trago primero. ¿Te importa si te pido un favor mientras estoy sobrio? —dijo el más joven de los dos amantes de Dominique mientras le llevaba una botella de whisky de sidra escarlata y unos cubitos de hielo del salón.

“Adelante, ¿qué es?”

“Hay un obispo de Terra llamado Degsby”.

“Lo conozco. Su rostro está inusualmente pálido “.

“Quiero saber cuáles son sus debilidades”.

Ella le preguntó si esto era para hacer de él un aliado.

“No. Para hacerle inclinarse ante mí “.

La arrogancia de su expresión y tono eran casi duros, o tal vez solo se estaba volviendo loco. La batalla que pronto enfrentaría no sería una prueba pequeña, pero no quería un aliado que fuera su igual. Lo que sí quería era que alguien hiciera un sacrificio incondicional por él.

“Parece ser el modelo del ascetismo, pero me pregunto si eso es cierto. Si no, una grieta en su apariencia es todo lo que necesito para romperlo “, dijo Dominique. “E incluso si es cierto, tal vez podamos cambiar eso, si dedicamos suficiente tiempo”.

“Hay algo más que tendremos que gastar: dinero”.

“No se preocupe. Haré lo que sea necesario “.

Que era exactamente lo que había dicho el conde Remscheid.

“La vida como asistente paga así de bien, ¿verdad? Ah, estabas diciendo que había ciertos beneficios secundarios, ¿verdad? Aún así, entre Terra y los nobles refugiados, las cosas están llegando a un punto crítico “.

“Es un pandemonio ahí fuera. En cualquier momento dado, alguien en esta nación está tratando de aprovecharse de otra persona. Sin embargo, nunca verás a nadie aprovecharse de mí “.

El siempre elegante rostro de Rupert pareció luchar contra un presentimiento momentáneo. Volvió a llenar su vaso con más de la bebida escarlata y lo tragó de golpe, disfrutando del picor caliente más que del sabor. Le ardían el estómago y la garganta. Sobreviviré a esto, pensó Rupert. Por otra parte, también lo pensaban todos los demás.

IV

Rocinante era el barco mercante privado más grande de Phezzan sin afiliaciones con ninguna empresa comercial interestelar a gran escala. El Kaiser Erwin Josef II, Alfred von Lansberg, Leopold Schumacher y el comisionado Boltec, junto con las cuatro jóvenes doncellas del niño Kaiser, eran sus honorables invitados.

Estaba lejos de ser la primera vez que este barco había dado paso seguro a los polizones. La rocinante había sido equipada con amplios trasteros para albergar a bordo a pasajeros indocumentados. Puertas secretas abiertas por identificación de huellas de voz y agua tibia calentada a la temperatura del cuerpo humano circulaba entre las paredes internas y externas para neutralizar la detección infrarroja. Los solicitantes de asilo eran, de hecho, la mayor fuente de ingresos de Rocinante, y los pasajeros clandestinos del capitán Bomel siempre habían pasado por la inspección imperial sin ser detectados. Ya sea haciéndose los suecos o mediante un soborno descarado, Bomel siempre sabía qué método garantizaba el resultado más fluido. El comisionado Boltec, como representante imperial, había elegido expresamente este barco para escoltar a Erwin Josef fuera de Odín.

Bomel había sido recomendado directamente por el comisionado y, dado que le habían pagado por adelantado, haría todo lo posible para entregar su honorable carga de manera segura y cómoda a Phezzan. Naturalmente, la etiqueta le impedía intentar determinar la identidad de su cargamento humano. Y así, a pesar de pensar que un hombre en su mejor momento, un muchacho más joven, cuatro mujeres de unos veinte años y un niño eran un grupo extraño, sabía que era mejor no entrometerse. Incluso relegó a sus oficiales el servicio de comida y otras comodidades. Suponiendo que este transporte de refugiados terminara con éxito, existía una alta probabilidad de que se le dieran más oportunidades de transportar pasajeros ilustres.

Las preocupaciones de Bomel comenzaron en el momento en que se le autorizó a partir del puerto galáctico de Odín.

“Ese es un diablillo incorregible”, anunció uno de los abatidos tripulantes después de llevar comida a los nuevos pasajeros. Cuando se le preguntó por qué tenía una ampolla en el brazo izquierdo, el tripulante dijo que el niño le había arrojado un plato entero de estofado de pollo porque no le gustaba el olor. Cuando una de las chicas trató de detenerlo, la hizo llorar tirándole del pelo . Solo entonces intervinieron los dos hombres. Incluso Bomel se sorprendió al escuchar esto.

“Sus padres deben haberlo echado a perder. No tiene sentido del bien o del mal. Supongo que todos los mocosos de alta cuna son iguales. De todos modos, tendrás que conseguir que alguien más le lleve las comidas. Yo no lo haré más “.

Con eso, el tripulante se dirigió a la enfermería para tratar su quemadura.

Bomel hizo que otro miembro de la tripulación le levara la siguiente comida, quien recibió a cambio un profundo rasguño en la mejilla. Y cuando un tercero regresó con un tabique magullado, incluso un comerciante experimentado como Bomel empezó a perder la paciencia. No estaba en el negocio de transportar leones de montaña, protestó, y pidió que se le mostrara algo de decoro. El elegante muchacho mayor se postró y le entregó una generosa propina, por lo que Bomel se retiró. Pero justo cuando estaba a punto de irse, notó cicatrices en las manos y el rostro de la muchacha.

“Perdóname por ser tan atrevido, pero los niños requieren una disciplina estricta. Un niño indisciplinado no es diferente de una bestia salvaje “.

En respuesta a este consejo, la niña solo sonrió débilmente. Bomel había pensado que la niña era una hermana mayor o una tía, pero ahora le parecía que era una sirvienta.

Solo después de llegar a Phezzan y descargar cargamento y polizones, Bomel se dio cuenta de que había estado transportando nada menos que al sagrado e inviolable Kaiser del Imperio Galáctico. Cuando, en un bar llamado De la Court, escuchó una transmisión de la Alianza de planetas libres sobre la deserción del Kaiser, miró la taza que tenía apretada en la mano izquierda.

Kaiser, nuestra nación está destinada a caer”.

Cuando Bomel trajo la comida él mismo, Erwin Josef II lo mordió lo suficientemente fuerte en la mano izquierda como para dejar una perfecta media luna de marcas de dientes.

Cegado por la furia de su temperamento, el portador de esos dientes nunca podría expresarse cuando sus necesidades no fueran satisfechas, excepto a través de la violencia.

Capítulo 4. El Gobierno legítimo del Imperio galáctico

I

Incluso cuando el niño Káiser Erwin Josef II estaba siendo secuestrado de la capital del imperio galáctico, la Fortaleza Iserlohn , base de primera línea del ejército de la Alianza, estaba entregándose a un sueño tardío.

Yang Wen-Li, comandante de la Fortaleza Iserlohn y de su flota patrullera contaba 31 años de edad, lo que le convertía en el soldado más joven en servir como Almirante de rango completo de las Fuerzas armadas aliadas. Esbelto y de constitución media, con su negro cabello ligeramente díscolo y bastante largo para un militar . Tenía la costumbre de quitarse los mechones ocasionales de la frente. Sabía que debería cortárselo. Pero tras ser reprendido por su largo cabello en un tribunal de investigación que se había celebrado la pasada primavera, optó por mantenerlo.

Siempre había sido la clase de tipo que iba a la izquierda cuando le decían en términos inequívocos que fuese a la derecha, y obedientemente aceptaba las consecuencias de sus contrariedades.

Sus ojos eran de color negro azabache, pero amables e incluso un poco vacíos. Un biógrafo lo describiría más tarde como “inteligencia envuelta en gentileza y gentileza envuelta en inteligencia”, y quienes lo conocieron no estarían en desacuerdo. Se decía que sus rasgos eran de un “atractivo poco destacable”, que apenas se acercaban a la elegancia de su rival, Reinhard von Lohengramm. A menudo se lo representaba con bastante precisión como alguien que parecía más joven de su edad y como cualquier otra cosa que no fuera un militar.

No es que Yang Wen-li no fuera consciente de sí mismo. En contra de los deseos de quienes esperaban que se convirtiera en historiador, ascendió al rango de teniente comandante a los veintiún años después de rescatar con éxito a civiles en el planeta El Fácil, y a los veintiocho ascendió tres rangos en el lapso de un año, convirtiéndose en contralmirante en la Batalla de Astarté, vicealmirante en la Batalla de Iserlohn y, en almirante pleno tras la Batalla de Amritzer. A pesar de sus hazañas de armas, los innumerables soldados enemigos que había enviado a la tumba eran un recordatorio suficiente de su destreza. Era un artista en el campo de batalla, pero siempre era el primero en restar importancia a la importancia de sus logros. Ser un soldado, solía decir, era una carrera que no aportaba nada a la civilización ni a la humanidad. Quería retirarse lo antes posible para poder relajarse, disfrutar de su pensión y pasar el resto de su vida escribiendo una obra maestra histórica.

Después de defenderse de una invasión de una flota imperial liderada por la Fortaleza de Gaiesburg el pasado mayo, Yang había estado acostado con un resfriado durante una semana, y desde que se levantase de la cama, cada día su tensión se había ido erosionando.

El hijo adoptivo de Yang We-li era Julian Mintz, un muchacho que había sido ascendido a suboficial.

Una mirada a Yang hizo que Julian se preguntara si no estaba solamente perdiendo el tiempo ,realizando gimnasia de alto nivel dentro de ese cráneo solitario, formulando un gran discurso táctico o reflexionando sobre alguna filosofía histórica profunda. Pero claro, El empuje de Julian no era el mismo que el de su tutor, y era propenso a sobrestimar la actividad intelectual.

Yang se quedó de brazos cruzados sin hacer nada más que firmar documentos, a la espera de la aprobación de facto del administrador de la fortaleza, el contralmirante Alex Cazellnu, y su ayudante, la teniente Frederica Greenhill. Durante los últimos dos meses, había estado perdiendo el tiempo en la sala de mando central, leyendo libros de historia y resolviendo crucigramas, y solo descansaba para tomar el té y echar siestas. Su comportamiento estaba lejos del de alguien que trabaja duro. El campo de su inteligencia, invadido como estaba por las malas hierbas, necesitaba urgentemente que lo cultivaran cultivo, plagado de mosquitos e insectos mientras su dueño solo se preocupaba por comer y dormir.

Desesperado por hacer algo creativo con su tiempo, empezó a escribir un ensayo sobre “El vino y la cultura” pero tras unas pocas líneas de introducción su pluma se detuvo. Las frases que había escrito eran poco menos que horribles.

La cultura humana comenzó con el vino. Y con el vino terminará. El vino es producto de inteligencia y emoción, y podría ser lo único que distinga a humanos de animales salvajes.

“He visto mejores textos en anuncios de antros nocturnos”

Yang abandonó rápidamente su esfuerzo futil una vez fue consiente de la degradación de sus biorritmos intelectuales. El comandante de defensa de la Fortaleza, el contra almirante Walter von Schenkopp se burlaría de él, acusándole de ser poco más que un ladrón de salarios.

No es que Schenkopp era la viva imagen de la virtud militar tampoco. Aun soltero a los 34 años, desde sus días de capitán sirviendo como comandante del regimiento de Rosen-Ritter, había adquirido una reputación de seductor temerario cuando habían mujeres involucradas. Aunque no era rival para el As Olivier Poplan, teniente comandante y capitán de la primera división de combate espacial de la fortaleza. Juntos habían enseñado a Julian todo lo que había que saber acerca de disparar armas o pilotar cazas espaciales uniasiento clase espartano. Yang los había asignado a Julian como instructores, como principales representantes de sus divisiones, incluso cuando se preocupaba de que volvieran loco al muchacho.

Los episodios que involucraban a Schenkopp y a Poplan eran material de leyendas. Una anécdota decía así:

Una mañana mientras Schenkopp salía de la habitación de la mujer de cierto teniente segundo, Poplan salía de la habitación de al lado, donde estaba la mujer de cierto sargento. Los dos intercambiaron miradas y se fueron, para encontrarse otra vez dos mañanas después. Solo que esa vez, Schenkopp salía de la habitación del Sargento y Poplan de la del Teniente segundo.

No había evidencia que sugiriera que dicho incidente había tenido lugar. Era un rumor de prestado, como mucho. Pero ello no impedía que muchos lo creyeran. Cuando le preguntaban por la autenticidad del mismo, Poplan respondía: “¿Por qué es que solo se identifica a los hombres por sus nombres reales, mientras que la mujer permanece anónima? ¿Acaso no es un poco injusto?”

Schenkopp por otra parte, respondía: “Digamos que mis estándares no son tan bajos como los de Poplan”

Era natural, pensó Yang, que a Julian le molestaran sus mentores, puesto que Julian era un joven atractivo. Mientras asistía a la academia de Heinessen, había sido nombrado mejor jugador de flyball y había hecho girar las cabezas de no pocas chicas de su clase. Había cinco millones de personas en el planeta artificial de Iserlohn, y como hijo adoptivo de un general que había demostrado su valor destruyendo cruceros en su primera campaña, era naturalmente popular.

“La verdad es que Julian puede hacer todo lo que tú no puedes”.

Como mentor de Yang en la academia, Alex Cazellnu se burlaba de él sin reservas. Cazellnu tenía dos hijas, y se rumoreaba que pretendía casar a la mayor, Charlotte Phyllis, con Yang. Cuando Yang se enteró, respondió:

“Charlotte es una buena chica. Su padre, por otro lado…”

La infatigable perspicacia militar y política de Yang Wen-li obligaba a muchos a pensar en él como una especie de clarividente. Sólo que ahora, no sentía nada más ominoso que la más vaga sensación de intranquilidad. No tenía ni idea de qué tipo de maniobras políticas, diplomáticas y estratégicas estaban teniendo lugar en el imperio, en Phezzan, o incluso dentro de la propia alianza, y así continuó pasando cada día añadiendo derrotas consecutivas a su lista de partidas de Ajedrez 3D, y teniendo en cuenta la cantidad de brandy que añadía a su té negro.

II

El 20 de Agosto se revelo públicamente lo que sería conocido como “El pacto sucio del 798 SE”.

El pacto sucio en cuestión era una alianza cooperativa entre el viejo régimen imperial y la Alianza de planetas libres contra el Régimen Lohengramm.

La Alianza de planetas libres aceptó la deserción del Kaiser Erwin Josef II y oficialmente reconoció al Conde Joachim von Remscheid como primer ministro del gobierno imperial en el exilio, también conocido como “ gobierno legítimo del imperio galáctico”

(ndt. legitime Regierung des Galaktischen Reiches. Debería poner más palabros en Alemán. Creo que uso muy poco la palabra “Reich” cuando técnicamente debería . Necesito meditarlo)

En caso de que el gobierno en el exilio derrocada a la dictadura de Reinhard von Lohengramm y volviera a su patria, se establecerían relaciones diplomáticas de igual a igual con la Alianza, y entrarían en vigor tratados de no agresión y de comercio, y se favorecería un proceso de democratizacion socio-política a través de la creación de una constitución y un parlamento. Además la alianza de planetas libres garantizó que el gobierno legítimo del imperio galáctico restauraría los derechos a sus propietarios originales, cooperando completamente para establecer un nuevo y permanente orden pacífico.

El presidente del alto consejo de la Alianza, Job Trünicht y el primer ministro del gobierno galáctico en el exilio habían llegado a un acuerdo a primeros de agosto, pero vieron necesario ser discretos a la hora de comunicarlo al publico. El camino al acuerdo no había sido precisamente equilibrado.

De acuerdo con Alex Cazellnu, Erwin Josef II había entrado en territorio de la Alianza de planetas libres a mediados de Julio. Por Ordenes directas del Consejero Trünicht, ambos habían sido protegidos por el Almirante Dawson, en el edificio del cuartel general de operaciones conjuntas de las fuerzas armadas de la Alianza. Pese a que las habilidades de Dawson como combatiente eran mediocres, se podía contar con el en tareas que requisiesen de absoluto secreto. Las negociaciones entre ambas partes se alargaron por tres semanas, después de las cuales, el conde Remscheid prometió a regañadientes una transición a un gobierno constitucional.

Esa misma tarde, el 20 de agosto, Julian estaba hablando con el Almirante de pelo Azabache en la fortaleza Iserlohn.

“He oído que el Consejero Trünicht dará un comunicado urgente e importante”

“Si es urgente, entonces seguramente debe ser importante.” Respondió Yang. Su contundente respuesta mostraba que no tenia interés alguno en escuchar algo que no requiriera de su atención. Pero cuando las órdenes desde Heinessen para todos los soldados, decían que debían estar pendientes de las comunicaciones superlumínicas, Yang se dijo a si mismo . Supongo que esto también viene con el trabajo. No obstante, quedó algo desconcertado cuando apareció en la pantalla el rostro del presidente.

“A todos los ciudadanos de la Alianza de planetas libres, Yo, el presidente del gran consejo , Job Trünicht, estoy encantado de anunciar que hemos recibido un gran regalo en nombre de toda la humanidad. Estoy orgulloso y abrumado de ser el encargado de realizar este anuncio histórico”

Regocíjate todo lo que quieras. Maldijo Yang para sus adentros. Quizás para detrimento de ambas partes, el Almirante mas joven de la alianza no tenia el mas mínimo respeto por su gobernante y lo miró con puro odio.

“Recientemente, un desertor en busca de asilo se convirtió en huésped de nuestra nación libre. Mucha personas huyendo de las cueles manos del despotismo han llegado aquí en busca de un mundo libre. Y nunca hemos rechazado a un solo refugiado. Pero este es especial. Conocéis su nombre: Erwin Josef von Goldenbaum.”

Esperó unos momentos para asimilarlo, disfrutando del efecto de sus palabras.

Como político demagogo, Trünicht estaba en buena forma y su anuncio golpeó a los trece mil millones de ciudadanos de la Alianza de planetas libres como un rayo gigante desprovisto de luz, calor y sonido. La mitad de la población se quedó sin aliento en estado de shock, mientras que la otra mitad simplemente se quedó mirando la figura de su jefe de estado mientras este desde sus pantallas, sacaba pecho.

El Kaiser del imperio galáctico había huido, abandonando la nación que se suponía que debía gobernar, ademas de la gente sobre la que gobernaba. Era suficiente para hacer que cualquiera se cuestionara lo que sabía del mundo.

“Mis queridos conciudadanos de la Alianza” continuo Trünicht, carente de vergüenza “Reinhard von Lohengramm del Imperio galáctico, tras purgar a aquellos que se oponían a él con el uso de fuerza bruta militar, ahora desea poderes dictatoriales completos. Abusa de su Kaiser, que apenas tiene siete años y cambia leyes por capricho, designa a sus partidarios a puestos clave y trata mundos como si fueran sus posesiones personales. No es solo una cuestión interna del imperio, porque ahora tiene sus diabólicos ojos puestos en nuestra propia nación. Quiere nada menos que un control despótico sobre todo el universo y está tratando de apagar la llama de la libertad y la democracia que nuestro pueblo ha protegido durante tanto tiempo. Su misma existencia es una amenaza para la nuestra. En esta coyuntura, no tenemos más remedio que deshacernos del pasado y trabajar junto con todas las almas desafortunadas que han sido enviadas corriendo por Lohengramm. Ha llegado el momento de que nos protejamos de la enorme amenaza que representa para toda la humanidad. Al evitar esta amenaza, por fin podemos hacer realidad una paz duradera “.

Desde la Aniquilación de Dagón de SE 640, año 331 del calendario imperial, el Imperio Galáctico de la Dinastía Goldenbaum y la Alianza de Planetas Libres habían estado enfrentados constantemente. En ese tiempo, no pocos políticos habían luchado por establecer pactos comerciales y de no intervención mutua entre sus respectivos sistemas políticos. Estos intentos, sin embargo, habían sido frustrados a cada paso por fanáticos y fundamentalistas de ambos lados. Un lado consideraba al enemigo como rebeldes que iban en contra de todo lo que defendía Su Majestad Imperial; el otro veía a su adversario como un estado autocrático. Al repudiar la existencia del otro, ¿no habían esparcido los cuerpos de innumerables compatriotas por los campos de batalla mediante una fuerza militar excesiva en su búsqueda de justicia?

Unir fuerzas hacia un objetivo común supuso un cambio radical. No era de extrañar que la gente se sorprendiera.

Julian rápidamente recorrió con la mirada a los reunidos en la sala de control central. Incluso las lenguas más afiladas, como las de Cazellnu y Schenkopp, permanecieron por unos instantes en un silencio sobrecogedor. Yang, por su parte, no estaba seguro de qué sentir, pero observó de cerca cómo una figura de cabello gris aparecía en la pantalla.

“Soy el secretario de estado del gobierno legítimo del imperio Galáctico, Joachim von Remscheid. No puedo expresar la profundidad de mi gratitud para con la Alianza de planetas libres por cuya gran virtud humana hemos tenido la oportunidad y la base de operaciones apropiada con la que restaurar la justicia para nuestra patria. En nombre de todos nuestros camaradas, cuyos nombres procederé a leer ahora, os transmito mis mas sincero agradecimiento.”

El conde Remscheid procedió a enumerar la lista de ministros de gabinete de ese llamado “gobierno legítimo”. El propio cargo de Remscheid era el de secretario de estado, y entre los otros ministros habían nombres de nobles exiliados, pero cuando se nombro al Alto almirante Merkatz como secretario de defensa, todos los presentes no pudieron hacer otra cosa que no fuera abrir los ojos como platos de la puta sorpresa ante la noticia referente al exiliado almirante invitado. Nadie, sin embargo estaba más sorprendido como el objeto de su atención.

“Su excelencia Merkatz, esto es…” Susurró Schneider, el ayudante de Merkatz, cuya mirada deambulaba por la estancia en shock, disculpándose en nombre de su reticente jefe.

“Por favor no lo malinterpreten. Esta es la primera vez que su excelencia o yo hemos oído de esto. Me gustaría muchísimo saber porque el Conde Remscheid ha nombrado a su excelencia.”

“Sé lo que quieres decir. Nadie cree que el Almirante Merkatz se haya vendido.”

Los intentos de Yang de pacificar a Schneider mantuvieron a raya cualquier comentario de sus subordinados que miraban a Merkatz con ojos sospechosos.”

No era probable que el conde Remscheid hubiera pedido permiso a Merkatz, convencido de que simplemente ofrecer la posición era suficiente para sellar el trato, excluyendo así cualquier clase de negociaciones.

“Imagino que el Conde Remscheid habría ofrecido el puesto de consejero de defensa al Almirante Merkatz de todas maneras. No puedo imaginar a un candidato mas adecuado.”

“Estoy de acuerdo”

Yang se sintió aliviado de lo oportuno que había sido el comentario de Schenkopp. No era nada, sino puntual. La lista de ministros de Remscheid había sido completada con la colaboración del gobierno de la alianza, lo que significaba que Merkatz pronto dejaría Iserlohn para organizar el ejército del ejército del gobierno legítimo. Yang sintió que le arrancaban a un gran consejero de las manos.

El teniente comandante Olivier Poplan estaba entre los muchos que expresaron libremente su rabia por el discurso de Trünicht.

“Y aquí estamos, caballeros de la justicia, salvando a un niño Kaiser vagabundo y luchando contra un usurpador que es nada menos que el Mal encarnado. ¡Es una locura! ¿Acaso somos personajes de un Drama televisivo?”

Poplan trató de reírse, pero incapaz arrojó su boina negra al suelo, asqueado. Su camarada, Ivan Konev la recogió en silencio para devolvérsela. El joven As la rechazo y continuó con su diatriba.

“En primer lugar ¿no es demasiado que debamos ofrecer nuestra sangre para proteger a la familia Goldenbaum? ¿Acaso no hemos estado luchando por más de un siglo, desde los tiempos de nuestros tatarabuelos, para derrocar a esa misma familia Goldenbaum y restaurar la libertad y democracia en la galaxia?”

“Pero si esto lleva a la paz, un cambio de política es inevitable”

“Si lleva la paz. Pero incluso si la paz se interpone entre nosotros y los Goldenbaum, ¿qué pasa con el duque Lohengramm? Nunca estará satisfecho. ¿Qué le impediría volverse loco y desquitarse con nosotros? “

“Todo lo que digo es que no podemos rechazar al Kaiser. Es solo un niño de siete años. El humanitarismo nos obliga a ayudarlo ”.

“¿Hablas de humanitarismo? ¿Está diciendo que los miembros de la familia Goldenbaum tienen derecho a solicitar tratamiento humanitario? Tal vez deberías abrir tus libros de texto de historia nuevamente para recordar a los miles de millones que Rudolf y sus descendientes han matado “.

“Esa sangre está en las manos de sus antepasados. No es una carga que deba llevar”.

“¿No eres simplemente un racionalista firme? Te las arreglas para encontrar fallas en todo lo que digo, ¿no? “

“No iría tan lejos”.

“¡No te pongas a la defensiva! ¡Estaba siendo sarcástico!”

Al no ver ninguna razón para continuar, Poplin le arrebató la boina que le ofrecía y salió furioso. Ivan Konev se encogió de hombros y sonrió torcidamente mientras lo veía irse.

III

“En otras palabras, el Imperio Galáctico y la familia Goldenbaum ahora son entes separados”.

Yang dejó escapar un suspiro, su mandíbula húmeda por el vapor que emanaba de su té con brandy. Todos los demás oficiales de estado mayor tenían un café enfrente, no es que tuvieran tiempo para disfrutar de su aroma. Julian estaba de pie junto a la pared detrás de Yang, sirviendo obedientemente su té.

“Ningún simple niño de siete años deserta por su propia voluntad. Llamadlo ‘rescate’ o ‘escape’, pero con esos súbditos que tanta lealtad le profesan, deberíamos verlo nada menos que como un secuestro “, Sugirió Cazellnu

. Algunos expresaron su acuerdo.

“Sea como sea, estoy más preocupado por el próximo movimiento del duque Lohengramm. ¿Y si viene exigiendo la liberación del Kaiser?

Mientras el contraalmirante Murai fruncía las cejas, el comodoro Patrichev se encogió de hombros sin tacto.

“Ya escuchaste el fluido discurso del presidente. Después de hablar de un juego tan importante, no hay forma de que lo abandone tan fácilmente “.

Walter von Schenkopp, a su manera refinada, devolvió la taza de café al plato y entrelazó los dedos.

“Bueno, si fuéramos a jugar de forma justa, habríamos hecho mejor en unir fuerzas hace un siglo. Nuestros oponentes han perdido su autoridad efectiva y huyen, y ahora quieren que seamos amigos. Todo esto huele a absurdo, si me preguntas.”

“Unir fuerzas con el menor de dos males es un buen augurio para los maquiavélicos que hay entre nosotros. Pero incluso suponiendo que el momento fuera el adecuado, necesitarían poder real. En este caso, no tenemos ninguno “.

Yang estiró bien la espalda y colocó todo su peso en la silla. Si la alianza fuera verdaderamente un espíritu maquiavélico, el momento de aprovechar la disputa entre las facciones pro y anti-Lohengramm habría sido durante la Guerra de la Alianza Lippstadt del año pasado. Si la alianza hubiera intervenido entonces, podrían haber cosechado suficientes beneficios mientras los imperiales luchaban entre ellos.

Habiendo anticipado esa misma posibilidad con su envidiable astucia, el duque Reinhard von Lohengramm había provocado un golpe de estado. Al fragmentar la alianza de ese modo, había impedido que sus ejércitos participaran en la guerra civil del imperio. Ahora que la autoridad del duque Lohengramm estaba asegurada, prácticamente no había posibilidad de que sus oponentes recuperaran territorio perdido. Schenkopp había dado en el blanco.

Si Yang hubiera esperado maquiavelismo dentro del gobierno de la alianza, habría entregado al Kaiser al duque Lohengramm en reconocimiento de su hegemonía sobre el imperio y le habría hecho prometer una coexistencia pacífica a partir de ahí. Y aunque este acto parecería inhumano, desde donde estaba sentado Yang, el duque von Lohengramm no tenía la capacidad de matar al niño Kaiser con sus propias manos. El elegante y joven dictador no era tan tonto como para entregarse a una crueldad irreflexiva. De estar en su lugar, Yang habría pensado en un uso más efectivo para el niño Kaiser en el momento en que nació. Quizás el gobierno de la alianza había jugado su comodín expresamente por el bien del duque Lohengramm.

El duque Lohengramm no perdía nada con la deserción del Kaiser. Por el contrario, centrar su atención en la “recaptura” o “rescate” del Kaiser le daba amplia justificación para emprender acciones militares contra la alianza. Ampliar la animosidad de la gente hacia el Kaiser era también un barómetro eficaz para medir la unidad nacional. En todo caso, el duque Lohengramm tenía mucho que ganar con la deserción del Kaiser a la alianza.

Yang estaba aterrorizado de a donde le llevaban sus pensamientos sobre el tema. Como tenía en alta consideración el genio de Reinhard, no creía que el joven dictador pudiera ser derrocado tan fácilmente por los restos del antiguo régimen. Cuando Yang expresó sus pensamientos sobre el asunto, los presentes guardaron silencio, hasta que Schenkopp lo rompió.

“¿Quieres decir que el Duque Lohengramm dejo intencionadamente que el Kaiser se le escapara?”

“Es, ciertamente una posibilidad” Dijo Yang gravemente.

Vertió Brandy en su taza vacía, ignorando el ojo crítico de Julian. Cazellnu tomo la botella una vez que la dejo en sobre la mesa y se echo parte del contenido en su propia taza. De ahi pasó por Murai, Schenkopp y sucesivamente. Mientras veía como la botella se abría paso cambiando de manos, Yang se sintió ligeramente ansioso, pero Yang desvió la mirada de Julian y volvió a centrar sus pensamientos nuevamente en la figura del duque Reinhard von Lohengramm.

Asumiendo que la estrategia del Duque Lohengramm era tan elaborada como aparentaba , estaba a punto de completarse un puzzle magnífico ¿Pero era únicamente el trabajo del Duque Lohengramm?

La Alianza y el viejo régimen del Reich estaban a punto de bailar …¿y no estaban de acuerdo con aquel que les había llevado a la pista de baile?

Lo más aterrador de todo era la perspectiva del Duque Reinhard von Lohengramm uniendo fuerzas con Phezzan ¿Unirían sus poderes económicos y militares, talentos y ambiciones en pos de sus intereses mutuos? Phezzan nunca extendería una mano a Reinhard si no tuvieran algo que ganar. Eso estaba claro. Pero aun así ¿qué beneficio les llevaría a un acuerdo asi? ¿Era el monopolio de los intereses económicos que prometía un imperio unificado? Era la respuesta con la que podría estar de acuerdo ¿Pero era real? ¿No sería una trampa para obligar al duque Lohengramm a estar de acuerdo y, en consecuencia, que bajara la guardia? O tal vez Phezzan quería algo aún más grande, siendo su adoración al dinero nada más que un camuflaje para ocultar motivos ocultos.

Toda esta linea de pensamientos comenzaba a hacer que le doliera la cabeza. Comenzó a incorporarse a la conversación de Cazellnu y Schenkopp.

“Podrías decir que una especie de síndrome del caballero blanco se esta contagiando por la capital: ¡Luchemos por la justicia y protejamos al joven Kaiser de las manos de un usurpador tiránico y malvado!”

“¿Restauran el poder tiránico de la familia Goldenbaum y lo llaman justicia? Como dijo el almirante Bucock, necesitamos un nuevo diccionario. ¿Alguien aquí no estaría de acuerdo?”

“No es que no haya teorías más conservadoras, pero hablar sobre esto podría ser suficiente para tildarte de inhumano. Prácticamente todo el mundo está fuera de sí, y por un niño de siete años, nada menos “.

Cazellnu miró malhumorado su taza de café, vacía una vez más. Se inclinó hacia delante para alcanzar con anhelo la botella de brandy.

“Si fuera una chica bonita de, digamos, diecisiete o dieciocho años, puedes estar seguro de que todo el mundo estaría de acuerdo con esto. A la gente le encantan los príncipes y las princesas. “.

“Eso es porque, en los cuentos de hadas, los príncipes y las princesas siempre han sido justos, mientras que los nobles tienen fama de malvados. No podemos juzgar los asuntos políticos al nivel de los cuentos de hadas “.

Mientras su conversación vagaba por el laberinto de su canal auditivo, Yang cultivó el campo de su inteligencia por primera vez en mucho tiempo, por difícil que fuera arrancar las malas hierbas.

Sembremos algo de política y diplomacia por ahora. Solamente considerando los aspectos bélicos, la alianza corre un riesgo considerable. Sin duda, el duque Lohengramm pretende acusarnos del crimen de secuestrar al Kaiser. Incluso podría inspirar a esos soldados de origen plebeyo a actuar haciéndoles creer que la familia Goldenbaum y el Kaiser son sus enemigos. Se llaman a sí mismos republicanos, incluso cuando derrocan la Alianza de Planetas Libres, que planea albergar al Kaiser y restaurar la desigualdad social bajo un gobierno autocrático. Pero la realidad pinta una imagen diferente, ya que los cómplices de la dinastía Goldenbaum derrocan la alianza para proteger sus derechos y privilegios. La perspectiva de tal sedición rebosa de persuasión.

La creencia de que los restos del antiguo régimen habían “rescatado” al Kaiser daría lugar a delirios de romanticismo caballeresco y ambición política, pero en realidad estos eran premisas vacías.

El duque Reinhard von Lohengramm se beneficiaría al máximo de este giro de los acontecimientos. Una vez había necesitado el poder del Kaiser tras él, pero ahora que había destruido la alianza de los altos nobles y purgado a su rival, el duque Lichtenlade de la corte, el poder dictatorial sobre el imperio estaba firmemente a su alcance. Un simple niño soberano de siete años era el único obstáculo erosionado que se interponía entre él y el trono. Con plena autoridad y fuerza militar a su disposición, apenas habría tenido que levantar un meñique para quitar ese obstáculo de su camino. Pero el duque Lohengramm tenía estándares. Si iba a destronar al niño Kaiser y recibir su corona imperial, necesitaba una causa justa para resistir el escrutinio de la historia. Si, por ejemplo, Erwin Josef II fuera un tirano subversivo que mató a su propia gente, Reinhard estaría más que justificado para destronarlo. Sin embargo, el Kaiser era un niño de siete años, que a diferencia de otros gobernantes del imperio antes que él, era poco probable que arrebatara a las esposas de sus sirvientes para su propio placer, que matara a su propia gente en nombre del mantenimiento del orden o asesinara a los sucesores de familias rivales cuando apenas eran meros infantes.

IV

De entre la sucesión de Kaisers de la dinastía Goldenbaum, el mas traicionero había sido August II, también conocido como August el Sangriento. Había ascendido al trono en 556 del calendario espacial, 247 del computo imperial.

Para la época en la que ascendió al trono a la edad de 27, se decía que ya conocía muchos de los placeres de la vida. Sus excesos con la bebida, la fornicacion y su gusto por la buena comida le habían golpeado con la enfermedad de la gota, llevándole a un hábito diario de consumo de Opio para calmar el dolor. Su cuerpo se deterioro hasta que no era otra cosa que grasa y fluidos. Sus débiles huesos y músculos no podían soportar su enorme peso, confinándolo al cojín de plumón de su silla de ruedas eléctrica, en el que transportaría su masa de manteca derretida.

Aunque su padre, el Kaiser Richard III, estaba avergonzado con solo verlo, August seguía siendo su hijo mayor y mostraba cierta promesa intelectual, por lo que el Kaiser no se atrevió a despojarlo de la corona. Además, los tres hermanos menores de August no eran mejores en su disposición o comportamiento. Su toma de posesión fue recibida con indiferencia, y el mayor tirano en la historia de la corte y el gobierno del Imperio Galáctico fue recibido de manera informal en el trono.

August se deleitaba con la autoridad ilimitada que ahora se le entregaba como un juguete. Su primer decreto como Kaiser obligó a las amantes favoritas de su difunto padre a trasladarse a su propio harén. Era costumbre que las concubinas de un Kaiser fallecido recibieran dinero y fueran liberadas de sus ataduras, mientras que el nuevo Kaiser seleccionaba nuevas mujeres para sí mismo. El descaro de August sorprendió a sus ministros y enfureció a su madre, la Kaiserinne viuda Irene. El joven Kaiser esbozó una media sonrisa en respuesta a su condena de su insolencia.

“Madre, solo estoy tratando de disipar el arrepentimiento que sentías por el hecho de que esas putas te robaran a padre”.

Agarrando la mano de su madre, la arrastró al interior del palacio mientras sus ojos brillaban sádica mente. Algún tiempo después, sus damas de compañía escucharon el grito desgarrador de una mujer. Antes de que se extinguiera el eco, la emperatriz viuda salió tambaleándose de la habitación interior, se derrumbó en el suelo y empezó a vomitar el contenido de su estómago. El olor metálico de la sangre asaltó las fosas nasales de sus damas de honor mientras corrían en su ayuda.

La Kaiserinne viuda había visto los cadáveres de cientos de concubinas en el interior del palacio. Es más, se decía que todos habían sido desollados. El deterioro de la mente de August había estado ganando la carrera contra su cuerpo, y el único vestigio que quedaba de su razón se había reducido a una delgada línea de cordura. Pero incluso eso se había desvanecido en el momento en que obtuvo un poder ilimitado, cuando el reino mental del nuevo Kaiser dio la bienvenida a la oscuridad en su trono.

Desde ese día en adelante, con cada chasquido de sus dedos gordos, ese pegote de grasa vestido con seda extravagante redujo la población de la ciudad capital de Odín. Sus tres hermanos menores fueron asesinados acusados de conspirar para usurparle el trono. Sus cuerpos fueron cortados en trozos con cuchillos láser y arrojados a una jauría de perros cabeza de cuerno. Como la responsable de haberles traído a este mundo, la Kaiserinne viuda fue forzada a cometer suicidio. Una semana después de la subida al trono del nuevo Kaiser no quedaba vivo ni un solo ministro de gabinete.

El comodoro Schaumburg de la guardia imperial busco a los así llamados rebeldes y a sus familias (incluidos niños) basándose en nada mas que la intuición del Kaiser. Ejecutar sentencias y confiscaciones de bienes era algo que se había en nombre de la “justicia” sin tener en cuenta el estatus.

Fiel a su estilo, a la hora de ejecutar criminales, se aseguró de utilizar métodos extravagantes e inimitables, e innumerables hombres y mujeres le proporcionaron material nuevo con el que ir probando sus innovaciones.

Los informes entre los registros imperiales oficiales existentes relacionados con August II no siempre eran precisos.

Por un lado, había sobrados motivos para tapar cualquier mancha sobre la familia Goldenbaum, mientras que por otro era necesario dejar constancia de las malas acciones de este tirano para ensalzar a los Kaisers que le sucedieron. Debido a esto, el número de personas que murieron bajo el reinado de August II se estimaba entre 6 y 20 millones. Pero incluso el más pequeño numero rara vez era mencionado. Como Rudolf el Grande y Sigismund I antes que él, ejercía el poder como un juguete, matando sin razón a pesar de su justicia propia. Los rumores de que el Kaiser comía carne humana y bebía vino mezclado con sangre eran claramente exagerados. Sin embargo, fue un hecho que utilizó una técnica conocida hasta el día de hoy como “aguja de August” para matar a muchas víctimas desafortunadas. Dicho método consistía en insertar finas agujas de diamante en los ojos de los presos, perforar el cráneo y dañar el cerebro, provocando la muerte por demencia.

Durante seis agonizantes años, el Imperio Galáctico gimió bajo el peso de su tiranía. Irónicamente, fue una época en la que nobles y plebeyos temblaban de miedo por igual, olvidando su antipatía mutua . Con el tiempo, este miedo los convirtió en ratas acorraladas.

El marqués Erich von Rinderhof, primo de August e hijo del hermano menor del antiguo Kaiser Ricardo III, el archiduque Andreas, rompió el ciclo. Al ver que el sentido y la razón del Kaiser habían saltado de un acantilado a un mar de locura, y sintiendo un peligro inminente, se fugó con vida de la ciudad capital de Odín y huyó a territorio neutral. Al final, August mató a casi todos los miembros de su familia en la capital y, sin olvidar la astuta huida de su primo, exigió su rendición. Erich rechazó la guillotina y, con el apoyo de una guarnición militar imperial vecina, izó el estandarte de la revuelta. Erich estaba dispuesto a morir por su libertad y había escondido una cápsula de veneno en su cuerpo. En caso de que fuera capturado por el Kaiser, podría quitarse la vida antes de que su primo pudiera torturarlo hasta la muerte.

A pesar de estar preparado para la derrota, tres jóvenes almirantes le prometieron su lealtad. Ya habían abandonado al tirano, y uno había perdido una esposa y un hijo por el despotismo del Kaiser. Se enfrentaron con una fuerza punitiva enviada por el Kaiser en la Región Estelar Trouerbach, pero abrumaron fácilmente a sus desapasionados enemigos. Por cada soldado muerto, veinte optaron por rendirse y vivir, y el ejército superviviente se resignó a seguir su ejemplo.

Y, sin embargo, incluso cuando se decidía el resultado de la batalla, August estaba muerto. Sabiendo que el final estaba cerca, el comodoro Schaumburg había empujado a August a su pozo de cabeza cuernos mientras alimentaba a los perros con carne cruda. El Kaiser dejó escapar un grito indescriptible en su camino hacia el fondo del pozo, donde su grasa fue desgarrada por colmillos y garras y digerida en el estómago de animales bien alimentados.

Después de un increíble regreso triunfal a la capital en medio de gritos de “Viva el nuevo Kaiser”, Erich inmediatamente convocó a Schaumburg, elogiándolo por eliminar al tirano y prevenir cualquier daño adicional al pueblo y su nación, y lo ascendió a almirante. Luego hizo que un exaltado Schaumburg fuera detenido y condenado a muerte por pelotón de fusilamiento por haber masacrado a tanta gente como el sirviente de confianza del tirano.

El reinado posterior del recién entronizado Kaiser Erich no fue ni particularmente ingenioso ni civilizado. Erich, sin embargo, se ganó su lugar en la historia como un gobernante de gran mérito al disipar la sombra de la política basada en el terror de August, rescatar al imperio de un estado infernal y estabilizar el espíritu de su pueblo. Pero, al igual que su descendiente Maximilian Josef, solo prolongó un régimen despótico que de otro modo podría haberse derrumbado, siendo nada más que un criminal involuntario en el gran esquema de las cosas.

V

Todo lo cual significaba que destituir al niño Kaiser Erwin Josef por tirano era un crimen que no podían permitirse cometer.

Incluso si muriera por causas naturales, la gente sospecharía automáticamente de un crimen. Para evitar ser deshonrado como asesino de niños, el duque Lohengramm tuvo que proteger la vida y la salud del niño Kaiser a toda costa. Era una posición convenientemente irónica en la que estar, y no importaba lo perspicaz que pudiera haber sido el duque Lohengramm, uno podía imaginar la carga que este niño Kaiser había llegado a representar. Aún así, la deserción del Kaiser había resuelto un desafío al dejar el trono vacante. ¿Podría el bando del ex gobernante culpar a un nuevo gobernante por querer ocuparlo?

El objetivo subjetivo del antiguo régimen ahora estaba descargando la carga de su enemigo. El duque Lohengramm, a su manera extravagante, disfrutó de una carcajada sobre eso. Todos los caminos llevaban a su triunfo. Si el Kaiser había desertado, abandonando el trono y sus súbditos por su libre albedrío, entonces Reinhard tenía todo el derecho de criticar su irresponsabilidad y cobardía. Y si el Kaiser hubiera sido secuestrado contra su voluntad, Reinhard condenaría a los secuestradores y procedería a “rescatar” al propio Kaiser. De cualquier manera, el poder de elección estaba en su elegante bolsillo cosido a mano. Mientras tanto, la Alianza de Planetas Libres se había metido en la cama con el Káiser y sus autoproclamados leales criados, y solo podía esperar con la respiración contenida para ver qué carta jugaría su oponente. Ya habían perdido su oportunidad.

¿Es esto solo suerte ciega por parte del duque Lohengramm? pensó Yang.

La respuesta proporcionó algo de consuelo: el destino no parecía haber intervenido.

El duque Lohengramm era joven, rebosante de ambición y coraje, y nunca había sido de los que se pasaban los días suspirando por la buena suerte. Lo correcto era ver como giraban los engranajes de las intenciones del duque Lohengramm a lo largo de este último giro de los acontecimientos. Ya había logrado dar un golpe de estado en la alianza. Y aunque no podía afirmar que lo había planeado desde el paso número uno, existía una clara posibilidad de que hubiera sabido de un plan para secuestrar al Káiser, pero que claramente había ignorado . Yang no creía que los restos del antiguo régimen tuvieran los medios para sacar al Kaiser de Odín ¿Cómo se infiltrarían en la capital para empezar? ¿Cómo escaparían? ¿Y cómo se las arreglarían para mantenerse ocultos de las miradas indiscretas de las autoridades? Era imposible imaginar a nadie más que el duque Lohengramm incitando a este crimen. Tenía en su poder todos los recursos, capital y conexiones personales necesarios, por no hablar de un motivo viable.

¿Y qué pasaba con Phezzan?

¿Había vuelto Phezzan a golpear? Yang casi se reprendió a sí mismo por considerar la idea. Como alguien que nunca se había unido a una escuela histórica legítima, nunca había sido demasiado revisionista. En su mente, uno necesitaba más que las tramas y esquemas de una minoría infinitesimal para cambiar el curso de las cosas. La historia simplemente no funcionaba de esa manera.

En cualquier caso, el gobierno de la alianza no debería ser responsable de la causa, sino del efecto.

La Alianza de Planetas Libres había unido fuerzas con el antiguo régimen del Reich. Los aristócratas eran claramente tradicionalistas. Al reconstruir la autoridad legítima de la dinastía Goldenbaum, y usarla como telón de fondo, reuniendo poder a través y dentro de ella, monopolizaron la riqueza con la esperanza de cambiar el rumbo. Su oposición a la reforma política y social del duque Lohengramm provenía de una firme creencia en la “democratización futura”. Era la brillante culminación de una tonta toma de decisiones.

Yang sintió los prejuicios plantados por muchas escuelas de pensamiento diferentes, nadando en el mar de sus pensamientos, pero admirablemente se abstuvo de lanzar sus redes. La dinastía Goldenbaum había durado cinco siglos desde Rudolf el Grande, y en ese tiempo había tenido muchas oportunidades para corregir injusticias sociopolíticas. Las élites se alejaban cada vez, matando flores dinásticas de raíz a pétalo con su venenoso aliento de corrupción. ¿Qué podrían haber anticipado sus remanentes?

Alguien dijo una vez que había tres clases de ladrones: los que roban con violencia, los que roban con sabiduría y los que lo hacen por ley.

¿Y qué hay de los veinticinco mil millones de habitantes del imperio liberados por el duque Lohengramm del yugo de un sistema gubernamental aristocrático? No es probable que vayan a perdonar pronto a la alianza por aliarse con el peor ladrón imaginable. Eso es un hecho. ¿Significa esto que nos enfrentaremos contra un “ejército popular” del Imperio Galáctico, como sospeché una vez? ¿Y no estará la justicia de su lado cuando eso suceda?

“Bien, Almirante Merkatz ¿Qué va a hacer?”

Una voz suave atrajo la atención de Yang de nuevo hacia la sala de conferencias de Iserlohn. Escudriñó los rostros de sus hombres hasta que sus ojos se posaron en el orador: su jefe de personal, Murai. A pesar de sus diferencias de rango, los otros oficiales de estado mayor no hicieron ningún esfuerzo por enmascarar su sorpresa. La actitud del secretario militar recién nombrado por el gobierno imperial legítimo bien podría haberse mezclado con sus oficiales de estado mayor, pero nadie pudo leer su rostro. Murai había roto su reserva y su vacilación como una hoja de papel.

“El conde Remscheid, como líder del gobierno en el exilio, seguramente no esperaría que el almirante Merkatz rechazara su nominación. No veo ninguna utilidad en desafiar sus expectativas “.

Aunque no había cinismo en la voz de Murai, carecía de cierta tolerancia a la evasión y la modestia, e hizo que Merkatz sintiera que su camino de retirada había sido cortado. El siempre serio Murai había saltado el muro de los almirantes desertores invitados con el palo de una crítica superficial. Merkatz se volvió hacia su interrogador con ojos cansados.

“No estoy para nada de acuerdo con el punto de vista del conde Remscheid. Mi lealtad a su majestad el Kaiser is tan fuerte como la suya, pero si me pregunta hubiera preferido que su majestad tuviera una vida despreocupada como un ciudadano ordinario”

La voz del veterano almirante se hizo más profunda.

“Solo porque establezcan un gobierno en el exilio no significa que puedan anular la autoridad del Duque Lohengramm El trata a la gente como sus aliados, pero solo porque ellos le apoyan. Lo que no alcanzo a entender completamente…”

Merkatz agitó la cabeza lentamente. La sombra de un cansancio que era más que físico estaba apretando su invisible agarre a su alrededor.

“…es porque aquellos que deberían estar defendiendo al joven Kaiser parecen estar empujando a su majestad a un remolino de guerra y luchas políticas. Si van a establecer un gobierno en el exilio, deberían haberlo hecho solos. No hay razón para involucrar a un niño, incluso si es su majestad, quien aun no tiene la capacidad de hacer juicios de valor apropiados.”

Yang, que se había quitado la boina para jugar con ella de forma algo irrespetuosa, guardaba silencio. Miró sin ninguna pretensión a Schenkopp, que ofreció su opinión.

“Si piensa sobre ello, simplemente la oferta y la demanda no están de acuerdo en este caso”

“¿Oferta y demanda?”

“Eso es. Ya que el poder del Duque Lohengramm sería nada sin la gente que le respalda, el realmente no necesita la autoridad del Kaiser. Por otro lado, al tratar de socavar la veracidad de su poder, el conde Remscheid le fuerza a usar su superávit tomando la iniciativa contra el gobierno en el exilio.”

“Entendemos la posición del Almirante Merkatz. Pero quiero preguntar que planea hacer su Excelencia y como lo llevará a cabo.”

“Contra Almirante Murai”, dijo Yang, abriendo la boca por primera vez.

Sentía como si Merkatz estuviera en la silla del Acusado. Valoraba mucho la precisión (y el fastidio) de Murai, pero a veces podía ser una espina en el costado.

“Que bonito debe ser para aquellos que operan dentro de una organización ser capaces de manejarse por su mismos para su propia conveniencia. Tengo una montaña de palabras que me gustaría transmitir a esos peces gordos del gobierno. Lo que realmente me enfada es como nos imponen sus decisiones arbitrarias.”

Cazellnu, Schenkopp y Frederica Greenhill asintieron ante el razonamiento de Yang, entendiendo a qué se refería. Merkatz no buscaba en modo alguno seguir el protocolo y participar oficialmente en el gobierno en el exilio, sino que se había convertido en el chivo expiatorio de la coerción con carácter retroactivo. Sería injusto darle un ultimátum en este momento. Quizás consciente de esto, Murai inclinó la cabeza y se despidió.

Temiendo que la situación se convirtiera en un atolladero, Yang ordenó un descanso. Schenkopp se volvió hacia el general (Yang) con una sonrisa irónica en el rostro.

“Si tienes una montaña de cosas que decir, ¿por qué no las dices? ¿Por qué no simplemente gritas que ‘¡El rey Midas tiene orejas de burro!’ Y terminamos de una vez? “

“No es el lugar de un soldado en servicio activo expresar críticas políticas en una reunión abierta, ¿verdad?”

“Creo que esos imbéciles de Heinessen deberían ser criticados”.

“Eres libre de pensar, pero nunca de hablar”.

“Ya veo, ¿entonces la libertad de debate es un territorio más estrecho que la libertad de ideas? ¿De dónde crees que viene el término “Libre” de la Alianza de Planetas Libres? “

Yang estaba seguro de que sabía cómo responder esa pregunta, pero se encogió de hombros en silencio de todos modos. El comandante de defensa de Iserlohn vio esto y entrecerró los ojos.

“¿Un país libre? Mis abuelos huyeron a este país “libre” conmigo cuando tenía seis años. Eso fue hace veintiocho años, pero recuerdo cada detalle. Los vientos fríos que cortaban como un cuchillo y las miradas despectivas de los aduaneros que trataban a los refugiados como mendigos. Nunca lo olvidaré hasta el día de mi muerte “.

Era raro que Schenkopp compartiera algo sobre su pasado, y los ojos negros de Yang se llenaron de interés, pero Schenkopp no tenía ganas de hablar de sí mismo. Se acarició la barbilla puntiaguda y se recompuso.

“Lo que quiero decir es que soy un hombre que ya ha llorado la pérdida de su tierra natal. Si una vez se convierte en dos, no me sorprenderé ni me entristecerá “.

En una habitación separada, se estaba llevando a cabo una acalorada conversación entre un oficial superior y su subordinado.

Merkatz miró a su ayudante, el teniente Schneider, con un rostro que era una mezcla perfecta de cinismo y auto-burla.

“El poder de la imaginación de un hombre solo puede llegar hasta cierto punto, ¿verdad? Hace un año, jamás hubiera soñado que el destino disponer para mi de un lugar en una mesa así “.

Schneider estaba fuera de sí por la decepción.

“Para que conste, le empujé a aceptar el exilio, pensando que era mejor por el bien de Su Excelencia”.

Merkatz entrecerró un poco los ojos.

“¿Oh? Pensé que usted, de todas las personas, estaría complacido. Para alguien que se opone al Duque Lohengramm, no podría haber un título más alto “.

De boca de cualquier otra persona, esas palabras se habrían sentido como alambre de púas en la piel de Schneider. Este sacudió la cabeza con disgusto.

“Secretario de las Fuerzas Armadas del gobierno legítimo, suena muy bien, pero la verdad es que no habría un solo soldado bajo el mando de Su Excelencia, ¿verdad?”

“Y si no estuviera allí para liderar, ¿Supondría alguna diferencia?”

“Entiendo lo que dice. Pero se hizo cargo liderando la flota del almirante Yang, aunque solo fuese temporalmente. Pero ahora incluso eso sería esperar demasiado. Es un título vacío sin una pizca de fidelidad “.

Schneider chasqueó la lengua.

“Una cosa es el Conde Remscheid, pero más allá de los nobles con rango en la corte, no hay nadie de mérito en la lista. No veo cómo alguno de ellos sería capaz de generar oposición contra el duque Lohengramm “.

“Todavía está Su Majestad el Káiser”.

La voz de Merkatz se hundió en el pecho de Schneider. El teniente contuvo la respiración. Se quedó mirando al veterano Almirante, que había servido como sirviente del Kaiser durante más de cuarenta años y que, por sus hombros encorvados , parecía haber envejecido rápidamente. Schneider, también, era naturalmente consciente de su servicio al Kaiser pero, en comparación con Merkatz, era más impulsivo y propenso a seguir a donde lo llevara más le compensara ir. Al ver lo estupefacto que estaba su ayudante por las implicaciones de sus palabras, Merkatz sonrió.

“Supongo que no puedo evitar que te preocupes demasiado. Y en cualquier caso, todavía tengo que aceptar formalmente la solicitud. Pensemos en ello detenidamente “.

La tempestad estaba llegando y Yang no había tomado medidas contra ella. De hecho, no tenia ninguna clase de plan de reserva. Si la enorme armada del imperio se dirigía realmente hacia la Fortaleza Iserlohn, podría despertar a algunos estrategas tácticos de habilidad excepcional, pero dada su inexperiencia fuera de la política, como oficiales uniformados serían inútiles. Yang continuó mirando desde el lateral, sin estar preparado.

“¡Su excelencia! El Duque Lohengramm está en la pantalla de telecomunicaciones. Va a dirigirse al imperio y a la alianza.”

El oficial de comunicaciones trajo este urgente informe luego de lograr engullir un almuerzo tras la noticia del gobierno en el exilio.

La leonina figura de Reinhard se transmitió a la pantalla principal de la sala central de operaciones. Llevaba el uniforme tradicional en plata y sable que le distinguía como cabeza de la armada del Reich.

sin embargo, le sentaba tan bien que bien podría haber sido diseñado siglos antes solo para que algún día pudiera ceñirse al cuerpo de ese joven de cabello dorado. Sus ojos azul hielo ocultaban una ventisca en lo profundo de su interior, ser el objetivo de esa mirada fija era suficiente para ser dominado por una intensa oleada de terror. Le gustara a uno o no, Reinhard claramente pertenecía a otro reino por completo.

Cuando Reinhard abrió la boca, su voz fluida y musical acarició los tímpanos de sus oyentes, incluso si el contenido de su discurso era más severo. Después de anunciar la verdad detrás del secuestro del Kaiser, el seductor dictador lanzó su bomba intangible.

“Por la presente, declaro: Con el secuestro del Kaiser por medio de artimañas desleales , por no mencionar cobardes, los remanentes de la alta nobleza tratan de darle la vuelta al rumbo de la historia arrebatándole a la gente los derechos que tan duramente se han ganado. Por esta atrocidad, recibirán la apropiada recompensa. Mientras que para las ambiciosas gentes de la Alianza de planetas libres que, en su colusión ilícita planifican una guerra de insubordinación contra la paz y el orden universal, sufrirán el mismo destino. Su error debe ser rectificado por medio del apropiado castigo. Los criminales no requieren diplomacia o persuasión puesto que no poseen ni la capacidad ni la intención de entender tales cosas. Solo la fuerza es capaz de hacerles ver su propia ignorancia. No importa cuanta sangre se derrame. Recordad que esos secuestradores necios y conspiradores son los culpables.”

Nada de diplomacia, ni de persuasión. Aquellos que escucharon las palabras de Reinhard tenían el corazón desbocado en el pecho. El gobierno en el exilio del viejo régimen del Reich, compañero de tretas del gobierno de la Alianza, había sido declarado un objetivo de intervención militar. Para ser francos, aquellos que había considerado los hechos como “reforma” habían previsto esta rápida e implacable respuesta.

Mientras la figura de Reinhard se desvanecía de la pantalla, Schenkopp se giró hacia Yang.

“Eso equivale a una declaración de guerra ¿no? Supongo que es muy tarde para preocuparse de eso”

“Las piezas están dispuestas sobre el tablero”

“Parece que Iserlohn estará de nuevo en las lineas de l frente. Es lo ultimo que necesitamos. Esos cretinos hacen lo que les parece, solo porque piensan que tienen esta fortaleza. Te hace pensar ¿no?”

Yang abrió la boca para decir algo, e inmediatamente la cerro, con la mirada fija en la pantalla atenuada con los ojos puestos en algo que nadie más podía ver.

Capítulo 5. Una partida

I

La Alianza de Planetas Libres se vio sumida en el caos por la deserción del káiser Erwin Josef II y la declaración de guerra del duque Reinhard von Lohengramm. Naturalmente, el Alto Consejo, con Job Trünicht como presidente, había esperado que Reinhard se opusiera al gobierno en el exilio, pero se sorprendió por la severidad de su reacción. En lo que respecta al consejero Kaplan, justo cuando estaban considerando entablar negociaciones diplomáticas con el gobierno en el exilio, habían recibido una bofetada en la cara preventiva, ya que el enemigo les había dicho en términos inequívocos que alcanzar un acuerdo ya no era una opción.

“Ese mocoso dorado tiene el descaro de amenazarnos, respaldado por la fuerza militar”, dijo Kaplan, enfurecido.

Pero no importaba cuánto pudieran culpar a Reinhard, la culpa era de ellos por sus decisiones políticas precipitadas. Prácticamente habían preparado una alfombra de bienvenida para las tácticas de mano dura de Reinhard.

Su elección, por tonta que fuera, había sido dirigida sin saberlo por la coproducción de Reinhard y Phezzan detrás de la cortina. Esto era un pequeño consuelo, dada la gran desgracia que había engendrado.

Dos políticos no afiliados a ningún partido político, João Lebello y Huang Rui, estaban cenando en un restaurante local. Ambos hombres habían participado en el tribunal de investigación, y de cierta forma estaban vinculados a Yang. Y así, por el momento, su conversación se centró en ese mismo tema.

“¿Yang Wen-li? ¿Un dictador? Es difícil de creer “.

“Es fácil reír ahora antes de que se convierta en realidad, pero he visto que las sonrisas borrándose de un plumazo, más veces en mi vida de las que puedo contar, Huang”.

Aunque como político Lebello se mostraba franco en lo que concernían sus deberes éticos, lamentablemente carecía de sentido del humor. Era el único aspecto por el que Huang sentía pena por su amigo.

“Para hacer ese cóctel que llamamos dictador se requiere capturar su sabor esencial. La dictadura puede ser algo bueno. Los dictadores son inquebrantables en sus creencias y sentido del deber, expresan su propio sentido de rectitud con el máximo efecto y poseen la fuerza para considerar a sus adversarios no solo como sus propios enemigos, sino como enemigos de la justicia. Pero me pregunto si puedes ver tanto, Lebello “.

“Por supuesto que puedo. ¿Y en el caso de Yang Wen-li? “

“Bueno, Yang Wen-li hace un cóctel delicioso, pero tal y como yo lo veo, carece de los ingredientes con los que se mezcla un dictador. No es una cuestión de inteligencia o ética, sino de creer en la propia infalibilidad y de cierto enamoramiento con la autoridad. Tal vez sea solo la receta de mi libro de cócteles, pero yo diría que le falta en ambas áreas “.

Los dos políticos guardaron silencio mientras les traían la sopa de pescado blanco. Lebello se llevó la cuchara a la boca y miró al camarero mientras se alejaba.

“¿Pero acaso no cree en su propia infalibilidad? Durante el tribunal de investigación , se mostró como un acusador intrépido y un orador obstinado. Tú mismo lo dijiste “.

Huang negó con la cabeza, no solo para expresar su desaprobación hacia Lebello, sino también, al parecer, para comentar el mal sabor de su sopa.

“Ah, tienes razón, pero tuvo que tirar el guante para frustrar la idiotez de sus examinadores. En lo que respecta a esa vez, fue un destacado estratega. Pero no cuando se trata de la guerra. Como táctico, preferiría ponerse del lado de cualquier tonto para evitar un conflicto. Sin embargo, nuestro buen Yang Wen-li nunca … “

Huang hizo una mueca mientras se llevaba otra cucharada a la boca.

“Por eso les dijo a la cara que eran unos cerdos. La gente pierde su dignidad cuando está molesta. Cualquier número de lamentables ejemplos de la historia te lo dirá. La dignidad y los triunfos políticos de la humanidad a veces hacen que el intercambio sea justo “.

Huang miró con recelo su cuenco vacío y tomó un sorbo de agua.

“No veo ninguna razón para creer que Yang Wen-li se convertirá en un dictador pronto. Al menos él no alberga dicha ambición “.

“No si la situación se desarrolla a su gusto”.

“Concedido. Y Yang Wen-li no es el único por el que deberíamos de preocuparnos. No eres una excepción, Lebello. Apenas pareces ansioso por el almirante Yang, pero ¿qué estás dispuesto a hacer si él toma las riendas dictatoriales y pone fin a la democracia tal y como la conocemos?”

Lebello frunció las cejas, sin dar una respuesta inmediata. Huang tampoco lo presionó por una. Ya estaba teniendo bastantes problemas para mantener a raya sus propias opiniones y resoluciones sólidas.

Elegir entre una democracia corrupta o una dictadura virtuosa fue uno de los dilemas más difíciles que enfrentaba a la sociedad humana. La gente del Imperio Galáctico tuvo la suerte de ser liberada de lo que era indiscutiblemente la peor condición: una autocracia corrupta.

Ese era un momento en que los errores de cálculo y el desanimo eran producidos en masa. El desconcierto del legítimo gobierno galáctico imperial por dar la bienvenida a un niño Kaiser que debería haber sido digno de la lealtad y devoción recibida superaba incluso eso.

“¡Maldito mocoso! No hay nada que lo redima. Es arrogante, grosero y más difícil de tratar que un gato psicótico “.

La ira, la decepción y otros sentimientos desagradables hervían en sus estómagos, empujando la saliva ácida a la boca. Sabían poco sobre el niño Kaiser, excepto que había tenido el apoyo total de Reinhard y el ex primer ministro imperial, el Duque Lichtenlade, pero nunca se habían imaginado que estimularía tan poca devoción por parte de sus subordinados.

Si el joven Kaiser llegara a la adultez sin aprender a controlar su ego, podrían esperar a otro August II.

Ese había sido el mayor paria en la historia de la familia Goldenbaum y el imperio, y si este niño iba a reclamar y ocupar con éxito el trono imperial, el nombre de August II debía ser ignorado con prudencia. Según los historiadores del futuro, afortunadamente su sucesor no había interferido en ninguna expresión de opiniones sobre August II, lo que permitió comprender los hechos del tirano y anticipó la necesidad de una insurgencia política.

El actual Kaiser no tenía ni la apariencia ni el carácter de alguien que respetara las opiniones de los adultos, por lo que las críticas a Erwin Josef II eran severas. Primero, no se puede cuestionar muy bien a un niño de siete años sobre la responsabilidad que en el se ha volcado. Los adultos que lo rodeaban lo mantendrían bajo control, tratando de trabajar diligentemente para mejorar su carácter. Con sus padres ya muertos y con Reinhard poco dispuesto a actuar como figura paterna, y junto con el hecho de que sus asistentes tenían el temperamento de pequeños funcionarios serviles, el Kaiser se esforzó solo en el más mínimo de los deberes oficiales. No es que el amor necesariamente lo decidiera todo, pero la falta total de él significaba que el cambio positivo era imposible.

La ruina insondable estaba carcomiendo la mente del niño y continuaría expandiéndose e intensificándose. Era suficiente para alejar a los demás de él.

Para los altos mandos del gobierno legítimo, el Kaiser no tenía por qué haber sido un héroe o un gobernante sabio en lo más mínimo. Una marioneta banal era preferible. Aun asi, caer tan por debajo incluso de ese estándar era preocupante. En cuanto al gobierno en el exilio, que no tenía dominio que gobernar, ni ciudadanos que explotar, ni ejército que gobernar mediante la violencia organizada, la protección de la Alianza de Planetas Libres y la ayuda de Phezzan eran necesarias para su existencia. Estaban sopesando sus opciones a medida que avanzaban, pero aun así, entre la buena voluntad que quemaban y el favor que estaban ganando con sus aliados, tenían que prepararse para la futura oposición y reconstrucción manteniéndose en la buena voluntad del niño Kaiser.

Por esa razón, querían que su Kaiser, de siete años, fuese un dulce ángel de algún cuento de hadas. Esas esperanzas fueron rápidamente aniquiladas. Era todo lo que podían hacer para minimizar cualquier animosidad que lo rodeaba. Y por eso decidieron mantener a Su Majestad fuera de la vista del público tanto como fuera posible. Ordenaron a un médico que administrara tranquilizantes al niño Kaiser y restringieron su mundo al dormitorio de su “palacio temporal”. Aunque su “médico de la corte” estaba preocupado por cómo las drogas podrían afectar el cuerpo frágil del niño, al final tuvo que seguir las órdenes.

Por lo tanto, todos los políticos y financieros de la alianza, la prensa y aquellos que querían hacer su parte por el gobierno en el exilio tenían que contentarse con mirar desde la puerta el rostro de un niño que había sido forzado a entrar en los dominios de Morfeo. Entre sus visitantes estaban los fascinados por su rostro dormido, mientras que otros lo consideraban la encarnación viviente de cinco siglos de despótica oscuridad perpetuada.

Se había convertido en una situación irritante, ya que todo el mundo tomaba sus decisiones basándose no en la razón sino en las emociones. Lo apoyaron a través del sentimiento, se opusieron a él por medio del odio visceral. Se había abandonado cualquier debate sobre si reconocer la deserción del Kaiser como tal traería la paz duradera de la democracia. Tanto partidarios como detractores, (los primeros de los cuales eran más numerosos), menospreciaron la necedad de sus oponentes y dejaron de perder tiempo y esfuerzo en la persuasión inútil.

El káiser Erwin Josef II no era el dulce angelito que algunos fantaseaban con él, sino un niño indisciplinado y sin encanto. Este descubrimiento hizo mella en la teoría del síndrome del caballero blanco de Cazellnu, aunque tenía más que suficiente prestigio político para siguiera en vigor. En cualquier caso, el duque Lohengramm, una persona de ambición insubordinada, había predicho que la mayoría de los oficiales de la Armada Imperial dudarían en apuntar con sus armas al niño Kaiser. De vuelta a la Tierra antigua, cuando los musulmanes se vieron envueltos en una guerra civil, el ejército contrario extendió un manuscrito original del Corán. Al ver eso, el enemigo arrojó sus armas y corrió. Los paralelos eran claros, aunque la predicción del duque Lohengramm era hija bastarda del deseo y la engaño.

Aunque agobiados por la inquietud y el pesar, los refugiados y el gobierno de la alianza que los apoyaba habían pasado por un punto sin retorno. La impactante respuesta de Reinhard los había separado del centro del ring. Sin espacio para la discusión, la resolución del conflicto solo era posible por la fuerza. La fortificación y el mantenimiento militares eran ahora asuntos urgentes. La primera empresa del gobierno de la alianza era disipar cualquier pudor en su autoridad militar y aumentar la influencia política de su gobierno sentando jefes militares con oficiales de alto rango afectos a Trünicht.

Así, el director del Cuartel General Operativo Conjunto, el almirante Cubresly, se retiró por motivos de enfermedad, mientras que en su lugar ascendieron al exdirector interino, el Almirante Dawson. Aunque la lealtad de Dawson encontró una recompensa adecuada en el poder político de Trünicht, los líderes militares al menos se oponían a parecer como si se adhirieran a la administración actual. Las manos de recursos humanos no llegaban tan lejos como para alcanzar al comandante en jefe de la armada espacial de la alianza, el almirante Bucock, pero se estiraron indirectamente hacia Yang y algún día podrían convocar un trueno rugiente sobre su cabeza.

“Julian Mintz ha sido ascendido de suboficial a alférez y será nombrado en la oficina del comisionado residente en la Embajada de Phezzan como agregado militar. Asumirá su nuevo cargo en Phezzan el 15 de octubre “.

Cuando la comunicación superluminica llevó esta orden a la fortaleza de Iserlohn, la teniente Frederica Greenhill no se atrevió a mirar a su oficial superior a los ojos.

II

Consciente de que su autoridad era cualquier cosa menos omnipotente, Yang entendio que esto era parte del paquete que implicaba estar en una república democrática. Tras recibir la orden, no pudo evitar recordar la recomendación sarcástica de Schenkopp, cuando el comandante de defensa de la fortaleza le había aconsejado con la mayor impropiedad de que se convirtiera en un dictador. La aquiescencia de su parte significaba tolerar la arrogancia de sus colegas.

La teniente Frederica Greenhill sostenía una carpeta contra su pecho mientras Yang caminó de un lado a otro exactamente sesenta veces. El joven comandante se quitó la boina y alborotó su cabello negro. Dejó escapar un suspiro que sonó como un géiser, lanzando una mirada premonitoria a algo invisible. Se retorció la boina con ambas manos, sin darse cuenta de que la estaba tratando como la garganta de alguien.

“Excelencia”, dijo Frederica a modo de disipar la tensión.

Como un niño que se porta mal agarrado por la nuca, Yang miró a su hermosa ayudante, como un niño travieso al que agarran de la nuca.Dejó de estrangularse la boina y exhaló un suspiro.

“Teniente Greenhill, tráigame a Julian”.

“Inmediatamente. Disculpe, almirante, pero … “

“Ah, sé lo que quieres decir… creo. ¿Podrías llamar a Julian?

La elección de palabras de Yang delató su inseguridad, pero fue todo lo que Frederica pudo ver en el corazón del joven comandante. Ella hizo lo que se le indicó.

Cualquiera podía ver que Julian era un chico inteligente, pero como Frederica había logrado reprimir sus sentimientos, hasta que Julian se paró ante el rostro inexpresivo de Yang y le entregaron la directiva, no tenía idea de la mala suerte que pronto le sobrevendría.

Leyó la directiva repetidas veces. Una vez que comprendió el significado de esas letras dispuestas de forma inorgánica su sangre hirvió con furia. Miró de Yang a Frederica y otra vez a Yang. Su visión se nubló por culpa de las distorsiones causadas por la rabia.Sintió la urgencia de destrozar la orden alli mismo, pero mordió dicha urgencia en la yugular con dientes afilados en el muro de la razón.

“Por favor, revoque esta orden!” Gritó Julian

Sabía que estaba hablando más alto de lo que permitía el decoro, pero sentía que su respuesta estaba justificada. Cualquiera que pudiera mantener la calma en su lugar no estaba emocionalmente en sus cabales.

“Julian, cuando eras funcionario, los nombramientos y los traslados siempre dependían del comandante. Pero ahora eres un verdadero soldado. Es tu deber seguir las órdenes del Comité de Defensa y del Cuartel General Operativo Conjunto. No debería tener que decirte esto a estas alturas del juego “.

“¿Incluso cuando las órdenes son tan absurdas?”

“¿De qué manera son absurdas?”

La réplica de Yang fue tan forzada que Julian evitó una respuesta directa y se puso a la defensiva.

“Si ese es el caso, prefiero volver a ser funcionario. Entonces no tendría que cumplir con esta orden, ¿verdad? “

“Julian, Julian…” dijo Yang, suspirando.

Nunca había reprendido a Julian, pero esta vez el chico lo estaba reprendiendo. Quizás Yang había sobreestimado la madurez de Julian.

“Deberías saberlo ahora, mejor que nadie. Nadie te obligó a convertirte en soldado. Te ofreciste voluntario, ¿recuerdas? Sabías que seguir órdenes era parte del trabajo desde el momento en que firmaste”.

La respuesta de Yang fue formulada en el mejor de los casos. Si había algo de poder de persuasión en la misma, no estaba en el contenido de sus palabras, sino en algo subyacente a su tono que inspiraba simpatía en Julian.

Mientras Julian intentaba restablecer el equilibrio en su corazón, la superficie de sus aguas permaneció perturbada. Su rostro estaba enrojecido por el aumento del flujo sanguíneo.

“Entendido. Asumiré mi nuevo puesto en Phezzan como agregado militar. No porque sea una orden del Cuartel General Operativo Conjunto, sino porque es una orden del almirante Yang Wen-li. Si eso es todo para lo que quería verme, ¿tengo permiso para irme, excelencia?

Con una expresión que parecía revestida de alabastro, Julian realizó un perfecto saludo de memoria y salió de la habitación con un paso falso.

“Entiendo cómo se siente Julian”, dijo finalmente Frederica.

solo el prejuicio de Yang le permitió detectar un elemento de culpa en su voz.

“Estoy seguro de que siente que Su Excelencia lo ve como prescindible”.

Frederica miró al comandante con ojos color avellana que sin palabras cuestionaban su falta de consideración por los sentimientos del niño.

“¿Reemplazable? nada de eso “. Ofendido, Yang trató de explicarse. “Entonces, ¿enviarlo lejos significa que es prescindible, mientras que mantenerlo a mi lado significa que lo necesitan? No funciona de esa manera. Incluso si no me fuera útil, lo mantendría a mi lado. No, su necesidad no es una cuestión de utilidad “.

Perdiendo la confianza en el poder expresivo de sus propias palabras, Yang se quedó en silencio. Se revolvió el pelo, se cruzó de brazos y respiró hondo. Había muchas cosas que respaldaban su decisión, pero apartar al chico sin hacer ningún esfuerzo por comprenderlo era lo último que quería hacer.

“Supongo que tendré que hablar con él”.

Incluso mientras lo decía, Yang se preguntaba por qué no lo había hecho en primer lugar. Yang estaba harto de su propio descuido.

El gran jardín botánico de la fortaleza de Iserlohn era el lugar perfecto para refrescarse. Frederica le había informado con indiferencia a Yang que Julian estaba sentado, sumido en sus pensamientos, en un banco entre los árboles de jacarandá, donde Yang ocasionalmente se echaba siestas.

Yang no tenía intención de trabajar horas extras y dejó el centro de mando central a las cinco en punto.

Se sentó en el banco del jardín junto a un desconsolado Julian, quien levantó la cabeza para ver a Yang con una lata de cerveza en la mano y una mirada imponente en su rostro.

“Almirante…”

“Oye, ¿te importa si me siento aquí?”

“Como usted quiera.”

Yang se sentó algo incómodo, tiró de la lengüeta de su lata de cerveza, tragó espuma y líquido y respiró hondo.

Mira, Julian.

“Sí, almirante.”

“Solo te estoy enviando a Phezzan porque me lo ordenaron. Pero, si me preguntas, tener a alguien en el interior en quien pueda confiar puede que no sea tan malo. De cualquier manera, estoy seguro de que preferirías no ir “.

“Con la forma en que van las cosas, Iserlohn sse convertirá de nuevo en el frente. Creo que sería de mayor utilidad aquí “.

“Honestamente, no le vería el sentido, Julian”.

Yang tomó otro trago de cerveza y miró al chico.

“Todos esperan que la Armada Imperial invada a través del Corredor Iserlohn, aunque ni el protocolo ni la ley lo exigen”.

“Pero si ese es el caso, ¿desde dónde invadirían? ¿Harán un gran desvío más allá del sistema estelar? El corredor de Phezzan es todo lo que queda “.

“Tienes razón.”

Julian jadeó ante la fácil respuesta de Yang y esperó una explicación.

“Para el duque Lohengramm, ninguna táctica podría ser más eficaz que asediar Iserlohn con una flota mientras atraviesa el corredor Phezzan con otra. Odin sabe que tiene los recursos para lograrlo. Iserlohn estaría aislada, reducida a poco más que un guijarro al costado de la carretera “.

“¿Pero entonces el imperio no se convertiría en enemigo de Phezzan?”

“Buena pregunta, pero no contaría con ello. A mi modo de ver, el duque Lohengramm tiene dos opciones si va a pasar por el corredor Phezzan. Una sería eliminar por la fuerza la resistencia abierta y encubierta de Phezzan. El otro sería eludir por completo la resistencia de Phezzan “.

Yang no explicó más, pero Julian sabía lo que estaba insinuando el comandante de cabello negro.

“¿Estás diciendo que el duque Lohengramm y Phezzan están trabajando juntos en secreto?”

“Precisamente.”

Yang levantó su cerveza al nivel de los ojos, elogiando la perspicacia del niño.

Julian no podía permitirse el lujo de sentirse feliz de ser elogiado en este caso. La colusión entre el duque Lohengramm y Phezzan significaba la unificación de las mayores potencias militares y económicas en la galaxia, y sus lanzas seguramente apuntarían a la Alianza de Planetas Libres. Julian se había acostumbrado a las condiciones políticas y militares imperantes, pero ahora estaba revisando drásticamente su diagrama mental de un imperio opuesto y una alianza con Phezzan equidistante entre ellos. Era mucho para asimilar de una sola vez.

“Julian, los humanos estamos programados para caer en este tipo de malentendidos. Pero piénsalo por un momento. El Imperio Galáctico no existía hace quinientos años. La historia de la Alianza de planetas libres tiene la mitad de esa extensión, y Phezzan apenas tiene un siglo ”.

Cualquier cosa que no hubiera existido desde los albores del universo probablemente no estaría disponible para la puesta del sol. El cambio era la forma de las cosas. Como se manifiesta en el carácter sobresaliente del duque Reinhard von Lohengramm, el cambio se había extendido por el Imperio Galáctico y ahora estaba tejiendo su red para atrapar a la totalidad de la sociedad humana.

“¿Eso significa que el Imperio Galáctico, no, la Dinastía Goldenbaum, se derrumbará?”

“Ciertamente. De hecho, ya lo ha hecho. La verdadera autoridad política y militar está en manos del duque Lohengramm. El Kaiser ha abandonado su país y su gente. Incluso si el nombre aun no ha cambiado, la dinastía Lohengramm ya está sobre nosotros “.

“Estoy seguro de que tienes razón. Pero me pregunto, ¿es realmente tan alta la probabilidad de que Phezzan se haya aliado con el duque Lohengramm?

“Imagina que tienes tres poderes principales -A, B y C-y que A y B están en una relación de adversión mutua. En este caso, el mejor curso de acción de C sería salvar a A si A estaba siendo amenazado por B, ayudar a B si B estaba siendo presionado por A, o simplemente prolongar el conflicto entre A y B hasta que ambos lados se destruyeran entre sí. Pero si la influencia de A se fortaleciera dramáticamente, de modo que incluso con la ayuda de B a C le resultaría difícil oponerse a A, ¿no estaría mejor C atacando a B en cooperación con A?

“Pero digamos que lo hizo, y el A abrumadoramente fortalecido culminó su victoria de destruir B atacando a C, ¿no estaría C dirigiéndose de la independencia a una ruina segura?”

El joven almirante de cabello oscuro miró al chico de cabello rubio, impresionado.

“Sí, eso es exactamente correcto, y el quid de hacia dónde voy con esto. Al ofrecer su riqueza y posición estratégica al duque Lohengramm, tal vez Phezzan pierda su independencia. ¿Y cómo planean salir de esa situación? “

Cerveza en mano, Yang reflexionó sobre esto.

“Quizás el objetivo de Phezzan no sea su propia preservación … No, eso es un salto de intuición demasiado grande. Para empezar, no hay prueba alguna. Estaba pensando que Phezzan tenía la intención de monopolizar los intereses económicos en un Imperio Galáctico recién unificado, pero ahora no estoy tan seguro “.

Julian inclinó la cabeza, enviando la más leve ondulación a través de su cabello rubio.

“Si no es un beneficio material o un interés propio, ¿podría ser algo espiritual?”

“¿Espiritual?”

“Ideología, por ejemplo, o religión”.

Ahora fue el turno de Yang de abrir los ojos. Hizo girar la lata de cerveza distraídamente en su mano.

¿Religión, dices? Sí, es una posibilidad. Tal vez estaba sobrepasando mis límites al pensar en Phezzan como un grupo de realistas lógicos superficiales. Religión, desde luego”.

En ese momento, Julian no siguió la rama de su propia lógica fina para arrancar el fruto de la realidad, porque simplemente había recitado algo que había recordado de repente, por lo que la admiración de Yang era para él más una fuente de vergüenza que de júbilo. . Tosió y confirmó los detalles de su misión con el joven comandante.

“Si puedo ir a Phezzan y descubrir incluso una fracción de sus planes y estrategias, además de determinar los movimientos de la Armada Imperial, eso sería de utilidad para Su Excelencia, ¿verdad? En ese caso, estoy feliz de ir a Phezzan “.

“Gracias. Pero hay otra razón por la que creo que deberías ir a Phezzan, Julian “.

“¿Cual es?”

“Bueno, ¿cómo debería decir esto? Si miras una montaña desde un solo lado, nunca captarás la totalidad … No, dejalo. Hay algo más importante que me gustaría preguntarte “.

Yang cruzó las piernas.

“Tarde o temprano, puedes apostar a que tendremos que arriesgar nuestras vidas luchando contra el duque Reinhard von Lohengramm. De hecho, Julian, ¿de verdad crees que el duque Lohengramm es la encarnación del mal?

Julian estaba perplejo por la pregunta.

“No lo creo, pero …”

“Tienes razón. Las encarnaciones del mal solo existen en los dramas de televisión “. Yang hizo una pausa para reírse de su propia observación. “Si algo es malo, es el hecho de que la Alianza de Planetas Libres ayudó al antiguo régimen imperial. Esto no solo acelera el flujo de la historia, sino que apoya al que contribuye a su reversión. Quizás la historia nos retratará algún día como los malos “.

“No veo cómo eso podría alguna vez …”

“No es tan infrecuente”.

Yang trató de imaginar un futuro en el que el duque Reinhard von Lohengramm se convirtiera en gobernante supremo y trajera la paz y el orden a toda la raza humana. A partir de entonces, se hablaría de la dinastía Goldenbaum en términos despectivos y de la Alianza de Planetas Libres como un enemigo que se había interpuesto en el camino de la unidad. Específicamente de Yang, los libros de texto de historia dirían: “Si no fuera por él y su sed de sangre, la unificación se habría logrado mucho antes”.

La idea de que existía el bien absoluto y el mal perfecto siempre sería un mal para el espíritu humano. La armonía y la compasión eran imposibles mientras una parte se considerara a sí misma como benévola y a su enemigo como nefasto. Esto sólo justificaba la valorización del yo sobre un oponente derrotado, sobre quien se manifestaba el dominio.

Yang no era un santo cruzado ordenado por Dios. Como militar, las decisiones injustificables vinieron con el territorio. Si hubiera nacido en otro tiempo y lugar, por supuesto, habría recorrido un camino diferente. No era de los que se engañaban pensando que, solo porque creía en la justicia, las generaciones futuras seguirían su ejemplo. Mientras sus motivos fueran subjetivamente correctos, sus resultados no importaban. Para él, esta era la única forma beneficiosa de pensar en ello.

Los seres humanos no estaban hechos para soportar el conocimiento de que eran malvados, y eran los más enérgicos, los más crueles, los más despiadados al afirmar la rectitud. Rudolf el Grande solo había derramado tanta sangre porque había creído en su propia justicia, y aunque bañó su reinado de carmesí, habia sido pacífico. O tal vez simplemente había fingido que lo era. Porque cuando se abrió una grieta en la armadura de la autojustificación con la que envolvía su cuerpo masivo, cual torre granítica, ¿se convirtió dicha enormidad en la base de su ego?

“Julian, ¿estás familiarizado con la leyenda del diluvio de Noé? Fue Dios, no el diablo, quien destruyó a todos menos al clan de Noé. Se podría decir que todos los mitos y leyendas monoteístas verifican la verdad al mostrar que Dios, no el diablo, gobierna a la humanidad a través del miedo y la violencia “.

Yang sabía que era un ejemplo extremo, pero nunca se podría exagerar la excesiva relatividad del bien y el mal. Las mejores elecciones de las que eran capaces los seres humanos, en comparación con los innumerables eventos reflejados en sus campos de visión, implicaban tomar una posición a favor. Y para aquellos que creían en la existencia de la justicia absoluta, ¿cómo explicaron la enorme contradicción inherente a la frase “luchando por la paz”?

“Entonces, Julian, cuando vayas a Phezzan, fíjate si no puedes distinguir la diferencia entre su sentido de la justicia y el nuestro. Esa no sería una mala experiencia para ti. Comparado con eso, el ascenso y la caída de las naciones palidecen en importancia. Esa es la pura verdad”.

“¿Incluso el ascenso y la caída de la Alianza de Planetas Libres?”

Yang alborotó su cabello negro y sonrió.

“Sí, aunque solo puedo esperar que dure lo suficiente para cobrar mi pensión. Incluso desde una perspectiva histórica, la Alianza se creó como la antítesis de la ideología política de Rudolf von Goldenbaum “.

“Eso lo puedo entender”.

“El gobierno constitucional está en contra de la autocracia, y la democracia progresista contra el autoritarismo intolerante. Defendemos estas ideologías como si fueran elecciones naturales y las ponemos en práctica. Pero si todas las cosas de Rudolf deben ser negadas y enterradas a manos del duque Lohengramm, no veo ninguna razón para que la alianza continúe como tal “.

Julian guardó silencio.

“ Mira, Julian. No importa lo poco realista que sea el hombre, no cree sinceramente en la inmortalidad y, sin embargo, ¿no te parece extraño que tantos idiotas se engañen pensando que sus naciones son indestructibles?”

Sin responder, Julian miró al joven almirante, con esos ojos castaños que también tenía su padre adoptivo. Los pensamientos de Yang a menudo se desarrollaban más allá del espacio y el tiempo y se expresaban con una extrema franqueza, para gran regocijo no solo de Julian, sino también de Frederica.

“Julian, las naciones no son más que herramientas básicas. Nunca olvides eso, y tal vez te aferres a quién eres “.

La peor enfermedad nacida en la civilización humana, pensó Yang, era la fe en la propia nación. No era más que un mecanismo mediante el cual promover de manera eficiente las relaciones complementarias entre quienes vivían en él. No había ninguna razón para dejarse gobernar por herramientas. O, mejor dicho, la mayoría se dejaba gobernar por unos pocos elegidos que sabían cómo usar esas herramientas. Yang no creía que hubiera necesidad de que Julian fuera dominado por gente así. Yang no dijo tanto, pero suponiendo que pudiera encontrar consuelo en una vida en Phezzan, Julian estaría mejor si se deshacía de la alianza y se convertía en un phezzaní. Por ahora, Yang estaba satisfecho del futuro que esperaba a Julian.

Al menos mi compañero de clase, Cazellnu, hizo algo bien. Él te trajo a mí.

Yang tenía la intención de decir esto, pero de alguna manera perdió la sustancia de tales palabras, que se desvanecieron como niebla. Yang miró en silencio el crepúsculo antinatural sobre ellos. Sus rodillas cruzadas, la lata de cerveza vacía y la boina negra parecían pedir piedad por los numerosos abusos del propio Yang.

III

La noticia de que Julian Mintz iba a dejar la Fortaleza de Iserlohn dejando atrás a Yang, no fue una sorpresa pequeña para los oficiales de estado mayor de Yang. Cuando el compañero de la academia de Yang, Alex Cazellnu, se enteró del informe, agarró a su antiguo pupilo durante la hora del almuerzo en el comedor de los almirantes.

“¿Así que finalmente te animaste a deshacerte de Julian? Debo decir que estoy sorprendido “.

Sonaba más retórico que afectuoso.

“No había nada que pudiera hacer al respecto, órdenes del Comité de Defensa Nacional. Además, yo también tenía dieciséis años cuando dejé a mi padre y me inscribí en la academia. Tal vez sea hora de que también extienda las alas “.

“Un punto de vista admirable, pero ¿cómo te las arreglarás sin Julian?”

Esta vez, Cazellnu sonaba genuinamente preocupado, lo que irritó a Yang aún más.

La teniente Greenhill preguntó lo mismo. ¿Por qué todos piensan que estaré perdido sin él? “

“Porque es la verdad”, aseguró Cazellnu con tal lucidez que no dejaba lugar a objeciones.

Incluso cuando Yang estaba luchando por encontrar un contraataque efectivo, Cazellnu le pidió que trajera a Julian a cenar. Una vez que Julian marchara a su nuevo puesto en Phezzan, esas oportunidades de confraternización se perderían.

Si algo sobre Yang daba a Cazellnu y Schenkopp motivo de resentimiento, fue lo inusualmente sencillo que se volvió cuando sermoneaba a Julian. Desde donde se encontraba Cazellnu, el sermoneado era un hombre más recto que el que daba la conferencia.

“Solo las personas sin sentido común cometen el error de hacer proselitismo sobre otros apelando al sentido común”.

“Así es, porque los niños no obedecen a sus padres, pero los imitan. No tiene sentido hablar de eso “.

Al escuchar su conversación, Yang se sintió bastante fuera de lugar entre estos autoproclamados guardianes del sentido común. Al menos Cazellnu dirigía una casa armoniosa, aunque si le preguntabas a Yang, era la esposa, no el esposo, quien llevaba realmente los pantalones. Pero no veía ninguna razón para ser tratado como una persona irracional por gente como Schenkopp, quién siendo tres años mayor que él, era todavía soltero y era la encarnación misma de un califa salido de Las mil y una noches.

Con asuntos más importantes exigiendo su atención, Yang no estaba de humor para este tipo de justas verbales. El Cuartel General Operativo Conjunto había solicitado que Yang nombrara un guardia para que acompañara a Julian a Phezzan, y esto no podía descuidarlo.

Yang estuvo de acuerdo con Frederica Greenhill, quien nominó al suboficial Louis Mashengo para el puesto. Era un hombre honrado que había servido como guardia de seguridad personal de Yang, y el contraalmirante Schenkopp dio garantía por escrito de su lealtad y fuerza. Estaba seguro de aconsejar y proteger bien a Julian. Casi todos los oficiales militares destinados en Phezzan eran indudablemente de la confianza de Trünicht, y la sensación de Yang era que, en el “territorio enemigo” de la oficina del comisionado, Mashengo sería el único y más confiable aliado de Julian.

El oficial residente en jefe actuó como capitán, y bajo él se encontraban seis oficiales y ocho agregados en la llamada división de agregados militares. El director residente ocupaba el tercer puesto más alto en la oficina del comisionado, después del propio comisionado y su secretaria. Los seis oficiales eran soldados, tres oficiales de campo y tres oficiales de compañía. Los ocho agregados eran soldados de bajo rango, y a Yang se le había confiado llenar una vacante entre ellos. Sintió algunos tratos clandestinos en marcha y se sintió incómodo con todo el asunto, pero como Julian había sido confirmado, Yang no podía dejar pasar la oportunidad de rodearlo con otros jóvenes de su edad. Yang se preguntó si estaba siendo sobreprotector, pero a los dieciséis años ni siquiera a Yang se le habían confiado asuntos oficiales y nunca había abandonado el país.

Después de decidir el despliegue de Mashengo, Yang pasó a su siguiente orden del día: escribir una carta al comandante en jefe de la armada espacial, el almirante Bucock. Julian no iría directamente a Phezzan, sino que recibiría un aviso oficial de su nombramiento del Cuartel General Operativo Conjunto en la ciudad capital de Heinessen, tras lo cual sería enviado a su nuevo destino.

Después de decidir sobre el despliegue de Mashengo, Yang pasó a su siguiente orden del día: escribir una carta al comandante en jefe de la armada espacial, el almirante Bucock. Julian no iría directamente a Phezzan, pero recibiría un aviso oficial de su nombramiento del Cuartel General Operativo Conjunto en la ciudad capital de Heinessen, tras lo cual sería enviado a su nueva estación.

Yang haría que Julian le entregara personalmente la carta. Aunque existía la posibilidad de que la principal facción militar, es decir, los matones de Trünicht, se interpusieran en el camino, si alguien podía solucionarlo, era el siempre ingenioso Julian.

En la carta, Yang señalaba la probabilidad de que el duque Reinhard von Lohengramm y Phezzan estuvieran en connivencia o al menos hubieran unido fuerzas después del hecho para producir el secuestro del Kaiser. Para disgusto de Yang, la evidencia era circunstancial. Aún así, era preferible al asesinato. Un secuestro no sería una mancha duradera en la reputación del duque Lohengramm. Los secuestradores se habían apoderado del Kaiser y huyeron de forma patosa del sistema de orden público del duque Lohengramm. Inmediatamente después del anuncio del gobierno en el exilio, y con una rapidez casi clarividente, el duque Lohengramm había hecho su declaración de guerra. Esto era evidencia suficiente de su conocimiento previo.

El duque Reinhard von Lohengramm había declarado “disciplina por la fuerza militar” y probablemente pasaría a la ofensiva, respaldado por su inconquistable ejército. Pero Yang no creyó ni por un segundo que solo con el pretexto del secuestro del Kaiser enviaría a sus tropas. Su tonto plan era enterrar el Corredor Iserlohn con los cadáveres de oficiales imperiales.

Mientras fingía de forma teatral, tratar de capturar la Fortaleza Iserlohn, desviaría a su gran ejército y penetraría en el indefenso Corredor Phezzan para invadir el territorio de la alianza. Y con tácticos sin límites como Wolfgang Mittermeier tomando las decisiones, incluso si Yang pudiera escapar rápidamente de Iserlohn, el planeta Heinessen caería en manos imperiales mucho antes de su llegada. Además, ningún oficial al mando de la Armada Imperial en el área de Iserlohn, y mucho menos el renombrado comandante de la flota Oscar von Reuentahl, se quedaría de brazos cruzados mientras Yang se retiraba de Iserlohn. En el peor de los casos, los mejores comandantes del imperio lo cortarían con un ataque de pinza. E incluso si Yang pudiera involucrarlos, Lohengramm, el mayor genio de la guerra que haya conocido, directa o indirectamente, estaría al acecho.

Quizás estaba pensando demasiado en el futuro, pero la posibilidad de que la Armada Imperial usara el Corredor Phezzan como ruta de invasión era más que preocupante. En el caso de que eso sucediera, las fuerzas imperiales fácilmente podrían mentir y usar a Phezzan como una enorme base de suministros. También era aterrador para Yang el hecho de que Phezzan mantenía una enorme base de datos de mapas estelares relacionados con el comercio y los vuelos espaciales, y al apropiarse de ella para su propio uso, la Armada Imperial podría disminuir significativamente su desventaja geográfica.

Ciento cincuenta y ocho años atrás, durante la Aniquilación de Dagon, el Comandante en Jefe de la alianza Lin Pao y el Jefe de Estado Mayor Yusuf Topparole habían atraído a una Marina Imperial completamente desconocedora del terrano a la laberíntica Región Estelar de Dagon, sirviéndoles una gran y total aniquilación en bandeja. Pero si los invasores hubieran usado mapas estelares precisos junto con su liderazgo intrépido y una planificación diseñada con precisión, el cazador se habría convertido en el cazado

Yang se apartó el flequillo, pensando en lo afortunados que eran esos grandes comandantes de hace siglo y medio en comparación con él. Lin Pao y Yusuf Topparole solo tenían que preocuparse del espacio de batalla en el que peleaban. En ese entonces, la república democrática rebosaba vitalidad. La fe y la reverencia de sus ciudadanos se basaba en un gobierno que habían elegido por su propia voluntad y por un sentido de responsabilidad personal. El gobierno se hizo cargo de sus funciones a fondo y no hubo un solo soldado fronterizo que cuestionara la eficacia de su gobierno.

Los asuntos militares nunca podrían compensar una política estéril. Era un hecho histórico: no habían ejemplos de países políticamente inferiores que lograran el éxito militar definitivo. Todos los grandes conquistadores, sin excepción, comenzaron como políticos de gran talento. La política podría compensar los fracasos militares, pero nunca al revés. Los asuntos militares eran una parte de la política, la parte más truculenta, incivilizada y torpe. Sólo aquellos que se habían convertido en esclavos mentales de políticos incompetentes y militares arrogantes concebían el poder militar como una droga milagrosa.

Cuando se informó a la capital del éxito rotundo del comandante en jefe Lin Pao en la Aniquilación de Dagón: “¡Preparen doscientas mil botellas de champán!”, El presidente del Alto Consejo de la alianza Manuel Juan Patricio había estado jugando una ronda de ajedrez en 3D con El presidente del Comité de Defensa Nacional, Cornell Youngblood, en una habitación de su residencia oficial. Al abrir el mensaje entregado por el secretario del presidente, el presidente del consejo contuvo la respiración, sin apenas cambiar de expresión, y se volvió hacia el joven presidente de defensa, que estaba ansioso por una explicación.

“Parece que esos bribones han logrado completar una tarea formidable. Si este conflicto realmente ha terminado, ahora tendré que llamar a un centenar de bares y tabernas por visíofono “.

La gloria de una pasada epoca legendaria. Yang levantó una copa de champán invisible con una mano. Glorificar el pasado, dijo alguien una vez, era como mirar el perfil distante de una mujer desde atrás mientras salía y decidir que era hermosa sin ver su rostro de primera mano. Dejando a un lado la verdad de ese símil, el pasado no era nada que uno pudiera enlazar con el presente. Para Yang, lidiar con esta situación era solo otra faceta de la realidad.

IV

Julian también estaba ocupado preparándose para su partida, pero debido a que sus habilidades administrativas diarias excedían con creces las de su superior, se adelantó a lo previsto. Lo que más le preocupaba era la forma de beber de Yang, por lo que Julian le pidió cautela.

“El alcohol es el mejor amigo del hombre. ¿Puedo abandonar a un amigo? ” dijo Yang amablemente.

“Eso es lo que dice la gente, pero ¿qué pasa con el alcohol?”

“El alcohol no quiere nada más que estar borracho. La gente lo bebía hace cinco mil años. Y todavía lo están bebiendo ahora “.

“Hasta ahí entiendo.”

“Y dentro de cinco mil años, puedes estar seguro de que todavía lo beberán. Suponiendo que quede alguien para hacerlo”.

“No estoy preocupado por lo que pase dentro de cinco mil años, estoy preocupado por el próximo mes y los que vengan después”.

A pesar de sus intentos de bloquear la refutación, Julian no presionó más al joven comandante ya que no quería irse con una nota amarga. El consumo de alcohol de Yang había aumentado drásticamente a lo largo de los años y estaba empezando a afectar su salud. Julian cambió de tema.

“Y luego está el asunto de que te despiertes por la mañana, o no te despiertes. ¿Incluso puedes levantarte puntualmente a las 7:00 a.m. sin que yo te saque de la cama? “

“Claro que puedo”, declaró Yang, reflexivamente fanfarroneando sin confianza.

“¿De verdad puedes? Eso me pregunto.”

“Ahora mira aquí, Julian. Si alguien más escuchara esta conversación, pensaría que Yang Wen-li ni siquiera podría cuidar de sí mismo, ¿no crees? “

Yang claramente lo estaba burlando, pero Julian se encogió de hombros anticipando el autoexamen de Yang.

“Antes de que entraras en mi vida, me cuidaba muy bien. Hice un trabajo espléndido administrando la casa y los jardines sin la ayuda de nadie “.

“te hiciste amigo del moho y el polvo, ¿verdad?”

Julian se rió entre dientes. Yang intentó responder con una mirada de disgusto pero falló, respondiendo en cambio con una risa nerviosa. Recordó la primera vez que se habían encontrado cara a cara, un día de principios de primavera cuatro años antes. El sol de la mañana había mostrado la terquedad de las huellas del invierno, reacio a marcharse. el aire era denso y sin vida.

Yang, vestido con un pijama, estaba tendido en el sofá, preguntándose cómo pasar lo que prometía ser un largo día libre.

La regla de Yang era que los días libres eran para ponerse al día con su trabajo, no es que tuviera a alguien con quien tener una cita de todos modos. Al darse cuenta de que su tetera estaba vacía, fue a servirse una taza de té negro cuando alguien llamó a la puerta.

Después de ser llamado por el teléfonillo de su puerta por tercera vez, abrió la puerta principal, solo para encontrar de pie en su porche a un niño de unos doce años de ojos marrones oscuros, sosteniendo una maleta con ambas manos como un accesorio de gran tamaño. Desde debajo de su cabello rubio, pegado a su frente con sudor diluido, Julian miró directamente al joven jefe de la Casa.

“¿Capitán Yang Wen-li, supongo?”

Yang se preguntó si era necesario responder, ya que la pregunta del niño se había respondido sola. De todos modos, Yang se detuvo de enviar irresponsablemente al chico de al lado, asintiendo en su lugar.

“¿Cómo le va? Mi nombre es Julian Mintz. Me han asignado el cuidado de tu casa. Encantado de conocerle.”

Cuando Julian tenía catorce o quince años, Yang se preguntó si hacer que su pupilo asumiera tareas adicionales interferiría con la vida amorosa de Julian. Su duda desapareció como la escarcha a la luz del sol de primavera cuando escuchó un nombre:

“Estoy aquí por introducción de Su Excelencia el Comodoro Cazellnu”.

En ese momento, Yang era capitán y Cazellnu era comodoro. Según la llamada Ley Travers, otras familias de militares acogían a los huérfanos de los muertos en combate.

“En ese entonces, salías al porche con un cepillo de dientes en la boca”, dijo Julian.

Pero Yang no recordaba su cruda apariencia. Supuso que el niño estaba imaginando cosas, pero cuando se dejaba al juicio de los demás, la balanza de la fe siempre se inclinaba a favor de las afirmaciones de Julian. Una vez, Cazellnu se dirigió a Yang y le dijo que siempre que quisiera cualquier tipo de información o datos sobre él, iría a preguntarle a Frederica Greenhill por cualquier cosa relacionada con asuntos gubernamentales y le preguntaría a Julian por asuntos personales. ¿Y por qué no acudieron a él? La respuesta era clara.

“Todo el mundo quiere información precisa. Pero, ¿puede alguien que apenas distingue la derecha de la izquierda dibujar un autorretrato preciso mirándose en un espejo?”

Yang se opuso a la metáfora, pero no pudo evitar pensar que era su deber personal tomar en serio las evaluaciones más difíciles de digerir de amigos y subordinados. Por otra parte, también podría haber sido la forma en que Cazellnu se burlaba de su compañero de la academia.

Julian no era el único que se preparaba para partir. Merkatz, que había respondido a su nombramiento para ser secretario de defensa del gobierno imperial legítimo galáctico, y su ayudante, el teniente comandante Schneider, también estaban ocupados con sus propios preparativos. Al final, Merkatz tuvo que aceptar el puesto, después de lo cual Yang no tuvo más remedio que dejarle marchar. Schneider, por su parte, seguiría a Merkatz como si fuese su sombra dondequiera que fuera.

Cuando Julian visitó expresamente a Cazellnu para despedirse, el hombre responsable de presentarle al niño a Yang le dijo: “No te pongas a tontear con chicas por ahí. Harás llorar a Charlotte “.

Era difícil saber si estaba bromeando o no.

Julian sonrió incómodo, tomando nota mental de su propia reacción.

El experto instructor de caza de Julian, el teniente comandante Olivier Poplan, fue en contra de los principios de Cazellnu.

“Si tan solo te hubieras quedado aquí en Iserlohn un año más… Te queda mucho por hacer “.

“Sí, desearía haber aprendido más de ti”.

“Si. Y no solo sobre pilotar un espartano. Preferiría haberte enseñado cosas más divertidas ”, dijo el joven as, sabiendo que a Yang le habría resultado difícil contener la lengua durante esta conversación.

“Cuando tenía diecisiete años, conquisté mi primer avión enemigo y mi primera mujer. He estado acumulando victorias desde entonces. Ambos están ahora en los tres dígitos “.

Julian expresó su asombro sin dar señales de querer decir más. Si Schenkopp hubiera estado allí, habría ofrecido algún comentario cínico: “Siempre te ha importado más la cantidad por encima de la calidad”, pero Julian, de dieciséis años, no tenía los medios para expresarlo. Sin la influencia de Yang, a veces Julian se sonrojaba con solo estar en presencia de Frederica Greenhill. Seguía siendo así. Poplin sintió que estaba perdiendo a un protegido.

El camarada de Poplin, el teniente Ivan Konev, respondió en primer lugar a la despedida de Julian con un “Cuídate ahí afuera”, y agregó: “Creo que tengo un primo en Phezzan. Sin embargo, nunca lo he conocido. Phezzan es enorme “. Estrechó la mano de Julian y le deseó lo mejor por última vez.

El jefe de personal de la flota de Yang, el contralmirante Murai, un hombre meticuloso dotado de fino intelecto y meticulosidad, así como de notables habilidades de gestión, estaba en una liga propia. Prefería tener el aire de un burócrata, y Julian nunca se había acercado a él, pero Julian no podía permitirse el lujo de no darle saludos de despedida. Al darle la bienvenida al ceremonioso niño en su despacho , Murai cambió su tono después de darle el habitual estímulo formal.

“Bueno, supongo que puedo decirlo ahora. Mi trabajo era hacer que el almirante Yang se viera mejor. Oh, no me mires así. No estoy tratando de quejarme o ser autocrítico “.

Incluso mientras Murai sonreía, Julian se dio cuenta de que probablemente lo había acusado con sus ojos de ser injusto con Yang.

“El almirante Yang es esa rara clase de persona que combina el temperamento de un comandante y el talento de un oficial de estado mayor. Si esa persona necesitara un oficial de estado mayor, ¿qué pensarían los demás? Sabiendo eso, acabo de consultar con él sobre las operaciones tácticas “.

¿No es esa la verdad ?, pensó Julian, pero esta vez enterró ese pensamiento detrás de una expresión neutra. Murai volvió a sonreír.

“Cuando aspiraba a servir como oficial de estado mayor del héroe de El Facil, me pregunté, ¿cuál es el papel que debo desempeñar? No obtuve una respuesta hasta después de la caída de Iserlohn. Solo entonces comprendí mi papel. Recité deliberadamente argumentos de sentido común y fui contra el almirante Merkatz. Fue un momento difícil. ¿Entiendes a qué me refiero?

“Si entiendo. Pero, ¿por qué me dice esto ahora?” Julian no pudo evitar preguntar, mostrando su sorpresa.

“¿Por qué ,de hecho? Puede que no tenga mucho sentido hablar de eso, pero significa que hay algo en ti que hace que los demás confíen en ti. Supongo que tanto el almirante Yang como el resto del grupo les dirán todo tipo de cosas. No pierdas eso nunca. Podría ser su mayor activo en el futuro “.

Aunque ese último fragmento había resultado como un sermón rancio, Julian sabía que lo había pronunciado de buena fe. Dio las gracias, pensando que conocía una posible razón por la que Murai había sido un buen oficial de estado mayor para Yang. Yang tenía razones justificadas para elegir a Murai como su jefe de personal. Pero hasta que lo escuchó del propio Murai, Julian nunca pensó que necesitara tal conocimiento de Yang.

Julian se despidió del contralmirante Fischer, el comodoro Patrichev y el contralmirante Attenborough. Cada uno expresó su pesar a su manera. Fischer palmeó el hombro de Julian en silencio, al igual que Patrichev, (aunque con demasiada fuerza) y le ofreció algunas palabras simbólicas de aliento. Attenborough le dio una vieja llave de cobre oxidada, diciendo que era un amuleto de buena suerte. Cuando Julian le preguntó qué tipo de suerte le había traído, el almirante más joven de Iserlohn le dedicó una amplia sonrisa.

“Bueno, cuando estaba en mi primer año en la academia, siempre que solía romper el toque de queda y escalaba la cerca, cierto estudiante de último año llamado Yang Wen-li miraba para otro lado”.

Y ahora ese mismo insolente estudiante de último año estaba preocupado por la seguridad de Julian y estaba haciendo reír a Schenkopp.

“Por eso Mashengo va con él. No encontrarás un guardaespaldas más confiable “.

“Pero ni siquiera Mashengo puede estar con Julian las veinticuatro horas del día”.

“No se preocupe, las habilidades de combate de Julian, con o sin arma, son mejores que las suyas, excelencia”.

“Cuando hablas de mí así …”

“¿Te hace sentir incómodo?”

“No, solo confundido. ¿Debo admirarlo o preocuparme de que no se necesite mucho para ser mejor que yo? “

“Mejor con lo primero”.

Yang se rindió y se despidió.

Esa noche, en la cena, Yang tenía un regalo para Julian.

“ Lleva esto contigo cuando te vayas. Puede ser de alguna utilidad “.

Yang le tendió una tarjeta de débito de Polaris, uno de los cinco bancos de Phezzan. En el momento en que lo tomó, Julian se sorprendió al ver que se había abierto una nueva cuenta a su nombre y que contenía una cantidad equivalente a la mitad del salario anual de Yang. Trató de devolvérselo, pero el joven almirante de cabello negro levantó las manos en suave negativa.

“De verdad, insisto. Solo llévalo contigo. Al menos no tendrás que preocuparte por cómo gastar el dinero “.

Yang, por supuesto, se ganaba bien la vida . No solo porque ganaba un salario alto para su edad, sino también porque tenía un sentido de la economía que el propio Julian nunca había desarrollado. Cuando Julian se convirtió en funcionario, Yang había expresado sus dudas e insatisfacción con el sistema salarial cuando sus impuestos se dispararon de forma repentina. Julian, en su propio descuido, no se había dado cuenta de que ya no era un dependiente. Fue solo la frugalidad de Yang lo que lo salvó de la bancarrota. Cuando se trataba de artículos para el hogar y vestimenta, Yang se contentaba con artículos baratos y camisas de algodón descoloridas, siempre que no fueran de mal gusto. Al comprar gafas de sol, después de escuchar a sus empleados hablar durante media hora sobre marcas de nicho, compró las más comunes producidas en masa que pudo encontrar. En lo que a él respectaba, las gafas de sol y otros accesorios similares estaban bien siempre que tuvieran un poco de color. Tampoco le importaban las primeras ediciones a la hora de comprar libros, y en lo que al alcohol se refiere, no tenía el paladar para distinguir entre un vino de añada de hace 760 años y uno de hace 762 años. Tenía un apego débil a las cosas materiales. Cuando se trataba de comida, comía a menudo en restaurantes designados para oficiales de alto rango, pero esto era solo para poder disfrutar de cierta libertad de conversación.

Yang había captado la idea de este sensato regalo tomando prestada la sabiduría de Frederica, y no era tan estrecho de miras como para sentirse avergonzado de haberlo hecho. Sin embargo, se podría rastrear esta motivación hasta su padre. “Tener tanto dinero como puedas controlar”, solía decir, “garantiza una libertad ininterrumpida”.

“Muchas gracias. No desperdiciaré ni un céntimo, almirante.”

La aceptación del buen favor de Yang era la mejor manera de recompensarlo.

“No lo dudo. Úsalo siempre que lo veas necesario. Una cosa más. ¿Podría entregarle esta carta al almirante Bucock?

Yang le dio a Julian una carta escrita a mano.

Más tarde, la carta se convertiría en una prueba reconocida de que Yang Wen-li no era un estratega corriente, sino de una importancia inimaginable. Por supuesto, a Julian le resultaba imposible ver un futuro tan lejano. No era necesario enfatizar su importancia de ninguna manera.

“Me aseguraré de entregárselo personalmente”.

“Asegúrate de ello”.

Yang sonrió antes de que su expresión cambiara.

“Escucha, Julian,no hablamos de la vida de cualquiera. Es tu vida. Recuerda siempre vivir primero por tu propio bien. Más allá de eso…”

Yang parecía dispuesto a decir más, pero el pozo de sus palabras se secó temporalmente. Cuando volvió a hablar, fue impersonal.

“No cojas frio. Y… trata de mantenerte sano.”

“Y usted también, almirante”, dijo Julian, apuntalando las olas de su emoción. “Por favor, trate de reducir el consumo de alcohol si puede, ¿de acuerdo? Y coma más verduras “.

“… nunca te rindes, ¿verdad?”

Yang le guiñó un ojo dos veces y tomó la mano de Julian. La mano de Yang era cálido, seco y suave al tacto. Julian recordaría vívidamente esa sensación durante mucho tiempo.

Al mediodía del 1 de septiembre, Julian Mintz partió hacia la Fortaleza Iserlohn a bordo de la Thanatos III, junto con el Almirante Invitado Merkatz, el Teniente von Schneider y el Suboficial Mashengo.

Ni a Julian ni a Merkatz, ni siquiera al supuesto maestro de la fortaleza, Yang, les gustaba la ceremoniosidad, pero la despedida se llevó a cabo en una escala que algunos podrían haber calificado de grandiosa. El almirante Yang, conocido por sus “discursos de dos segundos”, rompió el precedente al dar uno cien veces más largo. Dentro de lo que el sentido común todavía consideraba un tiempo muy escaso, sus pensamientos más íntimos, aunque algo infantiles, se volvieron transparentes para todos los asistentes.

Los que se iban recibieron ramos de flores de damas, pero Julian Mintz, el alférez más joven de la historia en convertirse en oficial residente en Phezzan, tuvo el honor de recibir un ramo de flores de la hija de Cazellnu, Charlotte Phyllis. Este gesto cosechó un aplauso entusiasta.

El evento singularmente iserlohniano no se anunció al público. Yang y Cazellnu se opusieron al principio a la tradición de regalar flores. “No puedes comer ramos”, dijeron.

Lo que lo resolvió de una vez por todas fue algo que dijo la asistente del comandante, la teniente Frederica Greenhill, después de escuchar numerosas ideas irresponsables de los otros hombres.

“Para este tipo de cosas es necesaria una ceremonia, pero no tanto la formalidad”.

Contra esta afirmación calmadamente pronunciada, no tenían objeciones.

“Y entonces, les pregunto, mis camaradas, ¿quién es el hombre más sabio en nuestra noble fortaleza de Iserlohn?”

La historia que terminó con esta pregunta tan grosera hizo reír a quienes la escucharon; los que sacaron el tema apenas se rieron.

Cazellnu y los demás decidieron que el contraalmirante Schenkopp o el teniente comandante Poplin, si no ambos, eran culpables de difundir el rumor por toda la fortaleza, aunque no había forma de probarlo. No se creía del todo que el episodio en sí hubiera tenido lugar. En cualquier caso, Yang y, curiosamente, Cazellnu se sentían cada vez más inútiles. Quedaron tan impresionados por la eficiencia con la que Frederica Greenhill manejó todo, inspirando a Poplin y a los demás a comportarse.

Después de la ceremonia, cuando Frederica fue llamada a la habitación privada de Yang, el comandante de cabello negro se sentó groseramente con los pies estirados sobre su escritorio y, con una copa de brandy en una mano, miró el gran océano de estrellas fuera de su ventana de observación con cierto aire rítmico. La botella de brandy, ahora dos tercios más vacía, se alzaba orgullosa sobre su escritorio.

“Almirante”, dijo Frederica en voz baja, después de un momento de vacilación.

Yang se dio la vuelta con la expresión de un niño al que habían sorprendido portándose mal, pero Frederica no estaba de humor para juegos de hoy.

“Se ha ido”.

“Si.”

Yang asintió, colocó su vaso vacío sobre el escritorio y comenzó a servir otro antes de rectificar y volver a ponerlo en su sitio. Frederica no supo si su restricción fue por el bien de ella o por el de alguien que ya no estaba allí.

“Supongo que será un poco más alto la próxima vez que nos veamos”, se dijo a sí mismo.

Poco sabía él, cuán cierto resultaría ser.

<h2 id="Estr6"Capítulo 6. La Operación Ragnarök

I

“Una orden para movilizar a cien millones de soldados y un millón de naves”

Esas palabras estaban siendo susurradas a través de los pasillos de los cuarteles generales del mando militar del Imperio tras la severa declaración de guerra que el comandante de flota supremo, el duque Reinhard von Lohengramm, había dirigido a la alianza de planetas libres y al “gobierno legítimo del imperio galáctico”. Tras declarar su intención de aplicar la disciplina por medio de la fuerza militar, los jóvenes plebeyos que no estaban en nómina de la soldada corrieron en oleadas de sus trabajos y escuelas a las oficinas de reclutamiento de la marina espacial del imperio. Entre ellos ,muchos habian dejado el servicio militar para volver temporalmente a sus hogares para terminar eligiendo el abandonar sus tranquilas vidas para volver a desempeñar su viejo puesto en la tropa.

Reinhard había logrado fomentar en el hombre corriente un odio por el despotismo elitista de la dinastía Goldenbaum y lo había fermentado con una nueva enemistad hacia la Alianza de Planetas Libres.

¡Abajo con los restos de la alta nobleza! ¡No dejéis que se hagan cargo de nuevo! ¡Proteged los derechos de la gente! “

“¡Abajo los cómplices de los nobles, la llamada Alianza de Planetas Libres!”

En apenas una semana esos eslóganes ya estaban en boca de todos. Aunque Reinhard había tomado parte a la hora de diseñarlos, habían terminado por crecer por si mismos. Por medio de su declaración de guerra, Reinhard no había apremiado a la gente a actuar de ninguna manera necesariamente. En cualquier caso

En todo caso, hubiera preferido ocultar el hecho de que la Alianza de Planetas Libres se había aliado pasivamente con los altos nobles, para que pudiera parecer un acto más deliberado. Sobre todo, habría encubierto su propia complicidad en el complot para secuestrar al Kaiser. La gente albergaba su propia sensación de peligro. La justicia social y económica les había sido arrebatada de las manos y no podían evitar temer la restauración de la clase privilegiada.

Por primera vez en una temporada, el Almirante Neidhart Müller de la marina imperial mostró su cara en el club Aguila Marina para Almirantes, el primer sábado de septiembre. Esa mañana, tras haber sido dado de alta del hospital tras una larga recuperación, Müller había terminado su discurso ante el consejo de Reinhard, recibió su aviso de regreso al servicio activo y luego se dirigió directamente al club donde seguramente estarían pasando el rato sus compañeros. Era el mejor de los almirantes de la Armada Imperial y, aparte de Reinhard, el más joven. También era soltero y no tenía necesidad de volver corriendo a su residencia oficial.

“Empezaba a pensar de que estaría encadenado para siempre a esa cama de hospital. Espero que no estuvieran demasiado preocupados por mi”

Sonrió cuando Mittermeier y Reuentahl se levantaron de la pequeña mesa de póquer para darle la bienvenida. El lobo del vendaval pidió un café al estudiante de la academia que trabajaba como camarero del club y le ofreció un asiento a Müller.

“Me costó mucho que me dieran el alta. Escuchar toda esa charla acerca de la ‘orden de cien millones de personas y un millón de naves’ fue la patada en el trasero que necesitaba “.

“Se está extendiendo como un incendio”, dijo Müller, tomando asiento. “¿Pero es la única forma de movilizar a la gente?”

Reuentahl tenía un brillo en sus ojos heterocromáticos.

“Bueno, es cuantitativamente posible. Pero en la práctica coordinada, esa es una historia diferente. Primero, está el problema de los suministros. No es fácil alimentar a cien millones de personas “.

“La práctica siempre es más difícil que la teoría”.

La respuesta de Mittermeier fue bien recibida. Molesto por los repetidos retrasos e interrupciones en los suministros en las líneas del frente, sabían muy bien que la guerra no era manejable solo en papel. Era difícil expresar la magnitud de su enojo y pesar cada vez que veían montañas de provisiones estropeadas por la negligencia, después de que los planes de producción se frustraron por la falta de transporte. La escasez de provisiones les había hecho abandonar bases valiosamente fortificadas y regresar a casa más veces de las que querían admitir.

Después de algunas rondas de conversación, Reuentahl se levantó y se despidió de sus dos compañeros. Al ver su elegante figura desaparecer por la puerta, Müller sonrió al lobo del vendaval.

“Escuché que el almirante Reuentahl ha tomado una nueva amante”.

“Eso parece”, respondió Mittermeier con una sonrisa irónica, pero su expresión daba a intuir que tras ella ocultaba pensamientos mucho menos mundanos.

Era claro ver que Reuentahl era un mujeriego, pero también tenia el rasgo inusual de ser un monógamo serial. Pese a que ninguna relación que hubiera tenido había durado demasiado, cuando convertía a una mujer en su compañera, sus ojos desiguales nunca miraban a otra mujer mientras la relación duraba. Quizás era por esta razón que las mujeres a las que tan indiferentemente ladeaba aun creían que su corazón les pertenecía, y sorprendentemente los casos de resentimiento fueron pocos y espaciados. No es que le importara lo que los otros hombres pensaran de él.

“Si, Reuentahl ha cambiado de chica otra vez”

“Ya van 5 meses”

Mecklinger era el literato del grupo y tendía a escribir al margen frases cínicas como “ las flores del año pasado no serán las de este año” en los margenes de su libreta. Por supuesto, a Reuentahl le traían sin cuidado cualquier clase de critica o cinismo.

Mittermeier sabía que el libertinaje de su amigo era el resultado del severo trauma de que su madre tratara de sacarle el ojo derecho, pero no estaba dispuesto a ir a revelar ese secreto. En lo que respecta a ese incidente, solo pudo oscurecer la situación con declaraciones vagas como “Cualquier mujer que se enamora de él es tan mala como él”.

“¿Por qué las mujeres se aferran a sus almohadas durante una tormenta de todos modos?”

Una vez había hecho esta pregunta con seriedad. Incluso Mittermeier estaba perplejo.

“Supongo que porque están asustadas”, fue todo lo que pudo reunir.

Reuentahl no estuvo de acuerdo.

“¿Por qué se aferrarían a su almohada cuando podrían aferrarse a mí? ¿Crees que una almohada las salvará?”

Aunque era inútil pedir una explicación racional, como ocurre con las tácticas militares, el joven almirante de ojos heterocromáticos insistía en la racionalidad.

“Así son las mujeres. No tiene sentido preguntar. Ni siquiera se conocen a sí mismas “.

Mittermeier cedió. No podía sostener una vela por las conquistas de su camarada fuera del campo de batalla. En cualquier caso, tenía una familia en casa, pero en ese momento Reuentahl no reconocería la autoridad de un hombre casado.

“No te crezcas. No hay forma de que entiendas a las mujeres mejor que yo “.

A partir de ahí, la presión atmosférica comenzó a descender.

“Entiendo a Evangeline. Evangeline es una mujer “.

“Tu esposa no cuenta”.

“¿Y cómo es que sabes esas cosas?”

Reuentahl dejó su jarra de cerveza y bajó la voz.

“Siempre es Evangeline esto y Evangeline aquello. ¿De verdad disfrutas estar atado a una mujer? Todo lo que hace es limitar tus opciones. No lo entiendo “.

Decir que estas conversaciones entre comandantes elogiados como los mejores y más brillantes de la Armada Imperial carecían de dignidad sería quedarse corto. La ultima de esas discusiones aparentemente había terminado en una pelea a puñetazos. No es que recordaran nada de lo que había sucedido. Los testigos también mantuvieron la boca cerrada, por lo que al día siguiente solo pudieron adivinar por qué sus cuerpos dolían por todas partes.

“Con el almirante Reuentahl acaparando toda la mercancía, no hay suficientes mujeres hermosas para todos”, dijo Mittermeier sin el menor despecho, y tomó un sorbo del café que le trajo el estudiante de camarero. Había rumores de que había pasado por una mala ruptura en sus días de subteniente, pero solo sonrió tranquilamente y de manera incongruente, sin confirmar ni negar esos rumores. Del joven que llegaría a ser conocido como “Müller Muro de Hierro”, fue un lado diferente de la fama en el campo de batalla.

II

Inicialmente diecisiete nombres asistieron al consejo supremo de guerra que se reunió el 19 de septiembre en el Almirantazgo Lohengramm: El mariscal Imperial Reinhard von Lohengramm, sus ayudantes (jefe y secundario), El comodoro Streit y el Teniente Rücke. La secretaria jefe, Hildegard von Mariendorf; los altos Almirantes Oberstein, Reuentahl y Mittermeier, y los Almirantes Wahlen, Müller, Fahrenheit, Lutz, Kessler, Wittenfeld, Mecklinger, Steinmetz, Lennenkamp y Eisenach.

Kessler era el responsable de mantener el orden público en la capital y en virtud de dicha capacidad se le había preguntado acerca de su posible implicación en la deserción del Kaiser. Había recibido un cachete con una advertencia, un recorte de sueldo y un arresto domiciliario temporal. Pero el castigo había sido levantado y había regresado a sus obligaciones.

La totalidad de la armada imperial estaba en espera de un primer lanzamiento, y si el Mariscal Imperial Lohengramm diera la orden pertinente, una gran flota de aproximadamente 150,000 naves de guerra podría estar en el planeta Odín en menos de un día.

La figura alta y elegante de Reinhard ocupaba el asiento de honor. Su cabello dorado brillaba lujosamente como la melena de un león, mientras recibía el saludo de sus almirantes.

“Os he reunido a todos aquí hoy para escuchar vuestras opiniones acerca de esos rebeldes que se llaman a si mismos Alianza de planetas libres, y acerca de un método específico de castigarlos usando la fuerza militar.!”

Entonces, antes de la reunión, Reinhard hizo su importante, aunque también distante, declaración.

“ Pero en primer lugar permitidme contaros mi plan, que consiste en no preocuparnos acerca de la fortaleza Iserlohn como hemos hecho en el pasado, sino usar otro corredor como ruta para invadirles. Por explicarlo de forma simple, invadiremos la Alianza vía Phezzan. Phezzan renunciará a su neutralidad política y militar para participar en nuestro bando.”

Por un momento una conmoción muda agitó el aire de la sala de conferencias. Reinhard levantó una mano con amabilidad, pidiendo orden.

Los almirantes tenían los ojos pegados a la puerta, cada uno esbozando una expresión acorde a su respectivo carácter.

De pie junto al capitán de la guardia Personal de Reinhard, Gunter Kissling, había una cara familiar: el comisionado Phezzaní, Nicolas Boltec.

“Ha accedido a ayudarnos, no son compensación; claro.”

Después de presentar formalmente a Boltec a todos los presentes, Reinhard suprimió todo escepticismo. Reinhard había hecho un pacto secreto con el comisionado Al ver la ventaja de que Boltec usara todos los medios posibles para otorgar a la Armada Imperial el paso a través del Corredor Phezzan, Reinhard despediría al terrateniente Rubinsky tan pronto como recibiera la apelación de Boltec y lo sentaría como reemplazo de Rubinsky. Aunque Reinhard no había dicho tanto, los almirantes no tardaron en ponerlo todo junto.

“¿Quieres decir que está vendiendo su propia nación?” —preguntó Wittenfeld, ocultando apenas su disgusto por Boltec.

El comisionado se compadeció y dibujó en su cara una expresión dolida.

“Con el debido respeto, lo único que vendo es la independencia nominal de Phezzan. Esta acción no dice nada sobre las verdaderas intenciones o ganancias de Phezzan. Al acabar con una formalidad tan inútil, Phezzan se beneficiará sustancialmente “.

“Vendelo como quieras. Eventualmente encontrarás una razón para vender a tus padres o traicionar a tus amigos “.

“Es suficiente, Wittenfeld”. Con eso, el mariscal imperial de cabellos dorados embotó la lengua afilada del valiente almirante. “Si no fuera por su cooperación, tendríamos dificultades para encajar nuestra flota a través de las puertas de Phezzan. Tengo toda la intención de devolverle su ayuda con la remuneración y cortesía acordes. Os he reunido a todos aquí hoy para escuchar vuestras opiniones, por supuesto. ¿Qué dices, Reuentahl?”

“Perdóneme por decir esto, pero no estoy seguro de que debamos confiar tan incondicionalmente en un phezzaní intrigante”, afirmó Reuentahl con cortés indiferencia. “Tan pronto como hayamos pasado por el Corredor Phezzan e invadido el territorio de la alianza, si deciden cambiar de tono y sellar el corredor, seremos blancos fáciles. Sin conocer el diseño del territorio enemigo, estaríamos poniendo nuestros suministros y comunicaciones en un riesgo demasiado grande, ¿no crees? “

Wittenfeld objetó. “Las preocupaciones de Reuentahl son naturales, pero incluso si Phezzan recurriera a medidas tan cobardes, ¿no tendríamos la suficiente fuerza bruta para ponerlos en su lugar?”

“¿Está diciendo que tendríamos que invertir el curso de la flota a través del corredor Phezzan?”

“Sí, la fuerza militar de Phezzan no es rival para la nuestra. Estoy seguro de que podríamos frustrar sus planes de manera adecuada “.

“Y si las Fuerzas Armadas de la Alianza atacaran en el momento en que nos dimos la vuelta, ¿entonces qué?” preguntó Reuentahl. “Eso nos pondría en desventaja. No es que piense que perderíamos, pero no podemos pasar por alto el sacrificio”.

El soldado que recitaba esta teoría conservadora a menudo no podía escapar a la calumnia de ser llamado cobarde, pero tampoco había nadie en toda la Armada Imperial que pudiera hacer que Reuentahl incitara tales rechazos de los demás. Wittenfeld estaba abatido y silencioso, y ninguno de los otros almirantes estaba dispuesto a discutir con él. Reinhard abrió la boca.

“Los comentarios de Reuentahl tienen sentido, pero tengo la intención de invadir la alianza a través del corredor de Phezzan. Asumiendo que el corredor de Iserlohn es nuestra única ruta de invasión, reducir el alcance de nuestras propias opciones estratégicas reproduciría la locura de las Fuerzas Armadas de la Alianza, que allanaron el camino a la fortaleza con los cadáveres de sus hombres. El hecho de no poner pasar a través del corredor Phezzan es por una convención humana, no por una ley que haya existido desde tiempos inmemoriales. No estamos obligados a compartir las ilusiones de la alianza. El paso por el Corredor de Phezzan es nuestra mejor opción, aunque sólo sea porque nos da el elemento de la sorpresa”.

Reinhard miró a su alrededor, asegurándose de que los demás entendían su punto de vista antes de continuar.

“Ahora bien, primero avanzaremos nuestras tropas en dirección al corredor de Iserlohn, tal y como ellos esperan. Muchas más tropas de las que se movieron bajo Kempf y Müller esta primavera. Esto será, por supuesto, una distracción.”

Las mejillas blancas de Reinhard se sonrojaron. No fue ni la política ni el subterfugio, sino la estrategia y la táctica lo que llenaba su prodigioso ser de exaltación.

“Con el foco de la alianza concentrado en Iserlohn, nuestra fuerza principal pasará por el corredor Phezzan en su camino hacia la invasión del territorio de la alianza. Yang Wen-li está en Iserlohn. En cuanto al resto de las fuerzas o comandantes de la alianza, no merece la pena que gastemos el aliento hablando de ellos.”

“Creo que sí, como tú dices”, dijo el Lobo del vendaval, con una ligera duda, “pero está el asunto de Yang Wen-li”. Debemos considerar la posibilidad de que haga un largo viaje desde Iserlohn para tomar represalias contra los movimientos de nuestra fuerza principal.”

“En ese caso, debemos atacar a Yang Wen-li por la retaguardia, convirtiéndolo en un mártir de su causa democrática.”

A la orgullosa declaración de Reinhard, la mayoría de los almirantes hicieron expresiones de asentimiento, pero Oberstein estaba mirando al espacio con sus ojos artificiales.

“¿Crees que será tan fácil?”preguntó Reuentahl.

Wolfgang Mittermeier le disparó una mirada. Para ser tan franco, no era propio de él ceder a la ansiedad. Nadie pareció darse cuenta.

“Me gustaría que saliera bien.”

Conscientemente o no, Reinhard se había dedicado hábilmente a los comentarios de Reuentahl, forzando una sonrisa transparente en sus elegantes labios. Desde el pasado hasta el presente, aquellos que albergaban odio hacia Reinhard y negaban sus habilidades apenas reconocían la belleza de esa sonrisa.

“Como yo”.

El joven y heterocromático almirante sonrió de la misma manera. Mittermeier aflojó el cinturón de nerviosismo que le oprimía el corazón. Inmediatamente después de la muerte de Karl Gustav Kempf en la batalla del corredor de Iserlohn, Reuentahl sorprendió a Mittermeier expresando su desconfianza hacia Reinhard. Al día siguiente, había bromeado sobre el alcohol, pero aunque Mittermeier simpatizaba con esa excusa, no podía prohibir que una vaga ansiedad patrullara sus calles interiores. A Reuentahl no le gustaba guardar rencores, ni tampoco dejar que otras personas los mencionaran. Al menos podía contentarse con saber que nunca había hablado o actuado fuera de lugar.

“¿Y cómo llamaremos a esta gran operación?” preguntó Müller.

Reinhard sonrió con cierta satisfacción. Agitó uno de sus rizos dorados hablando de forma casi musical.

“La llamo…operación ragnarok”

“¿Ragnarok?”

Los almirantes murmuraron para sí mismos. Las reverberaciones de ese nombre los hicieron temblar con una excitación perversa. Si estos valientes y veteranos soldados habían temido por un momento la desaparición de la civilización planetaria tal y como la conocían, tampoco podían imaginar un nombre más perfecto para su conquista. El nombre en sí mismo garantizaba el éxito, o eso les auguraba su momentánea ilusión. Sabían que el viaje que tenían por delante no iba a ser fácil, y pronto sus rostros se endurecieron, pero su ambición y ardor como soldados en tiempos difíciles se revivió. Eso era real.

Los almirantes hablaron sucesivamente. Cada uno exigió participar en esta operación sin precedentes, sabiendo que su nombre quedaría escrito para siempre en el capítulo final de los 250 años de historia de la Alianza de los Planetas Libres.

III

Después de que los almirantes levantaran se retiraran, el alto Almirante Oberstein se quedó para repasar los detalles de su próxima reunión.

“Haríamos bien en pecar de precavidos en lo que respecta a Boltec, Su Excelencia.”

Reinhard levantó sus cejas bien formadas.

“Al menos Boltec será más fácil de mantener bajo control que ese Zorro Negro, Rubinsky.”

“De acuerdo, pero de repente tenemos otro problema en nuestras manos. Desconocemos si Boltec será capaz de mantener a Phezzan bajo control. Es lo suficientemente capaz como ayudante, pero por lo demás no es más que un astuto ratón que extrae el poder de un zorro negro”.

“¿Estás diciendo que carece de la capacidad de elevarse por encima de los demás?”

“Estaría igual de preocupado si tuviera demasiada habilidad. Pero si no puede reunir suficiente poder para suprimir a todos esos disidentes, terminará interponiéndose en el camino de nuestra flota.”

Reinhard descartó la pesimista opinión de su jefe de personal con una risa.

“Podríamos esperar que tuviera ese nivel de poder. Por mucho que lo tenga, tendrá que correr como un loco para acallar a esos disidentes si quiere mantener su posición y autoridad. Naturalmente, será el blanco del odio y la oposición. Si me ocupo de él yo mismo antes de que las cosas lleguen a ese punto, entonces podré manejar eficazmente a quien lo reemplace. Y sin temor a la reacción de los demás”.

“Ya veo, ¿así que has pensado hasta ese punto?”

El jefe de personal con ojos artificiales no hizo ningún esfuerzo por ocultar lo impresionado que estaba.

“Perdóneme. Nunca debí haber dudado ni un momento. Por favor, proceda como considere oportuno.”

La admiración de Oberstein no significaba nada para el elegante mariscal imperial. Sus pensamientos ya estaban en otra parte.

“Así es como pienso que podemos usarlo una vez que hayamos subyugado a la Alianza de Planetas Libres. ¿No lo cree así, Jefe del Estado Mayor?”

“Sí, lo creo”.Oberstein asintió con la cabeza. “Seguramente habrá quienes deseen el puesto de secretario general de la alianza en apoyo de la autoridad y el poder militar del nuevo imperio. ¿Tiene en mente un candidato?”

Reinhard asintió en silencio, poniendo las alas de su imaginación alrededor de una figura solitaria.

Yang Wen-li. El general más joven e ingenioso de las Fuerzas Armadas de la Alianza. Los militares condecorados a una edad tan joven tendían a estar celosos de los logros más pequeños. Asumiendo que se contentaba con ser forzado a ocupar el puesto de secretario general del nuevo imperio, ¿sería capaz de mantener firmemente la lealtad a su nación democrática? Era una propuesta significativa.

Debía impedir que otros jugaran con su destino y hacer que ellos gobernaran sobre sus propios destinos. Reinhard había pensado así desde que era un niño, cuando le robaron cosas que nunca debieron ser robadas. Reinhard ya no podía justificar estas infracciones incondicionalmente. Había descubierto un sinfín de razones para excluirse del antiguo régimen del Imperio Galáctico y de la Alianza de los Planetas Libres, y hacerse con todo el poder. La inminente dinastía Lohengramm no se detendría ante nada para lograr la paz universal. Su reinado, comparado con el del antiguo régimen, era más justo y, comparado con la Alianza de los Planetas Libres, mucho más eficiente. Por lo menos nunca confiaría una gran flota a los altos nobles libertinos, que sólo podían presumir de su pedigrí y sus conexiones familiares o sacudir el poder de los políticos agitadores que movían a una población ignorante con sus sofismas y complaciendo los intereses públicos. Incluso para un hombre como Yang Wen-li, el camino hacia el poder estaba abierto de par en par. Y aún así, no importaba cómo se unieran sus numerosos talentos, Reinhard sabía que nunca podría compensar la pérdida de su difunto amigo pelirrojo un año antes.

Hildegard von Mariendorf tenía dudas sobre la estrategia de Reinhard para alcanzar la hegemonía de todo el espectro. Lo dijo una vez que estaban solos.

“¿No hay forma de coexistir pacíficamente con la Alianza de los Planetas Libres?”

La pregunta era retórica, carente de valor más allá de la pregunta.

“No. Tuvieron su oportunidad”, dijo Reinhard con demasiada indiferencia, así que Hilda se preguntó qué le pesaba en la cabeza. “Los verdaderos maquiavélicos no habrían visto la necesidad de ponerse sentimentales por la edad del Kaiser. Si hubieran detenido y deportado al emperador y a sus secuestradores, habría estado fuera de mi alcance tomar medidas políticas o militares contra ellos. Han firmado su propia sentencia de muerte”.

Reinhard creía que los maquiavélicos de segunda clase que tenían el monopolio del poder eran la señal de un país en ruinas. En su mente, había llegado a un punto crucial cuando, junto con lo inevitable e históricamente indeterminado, la Dinastía Goldenbaum y la Alianza de los Planetas Libres estaban dilapidando sus propios destinos. Sin embargo, Reinhard no podía soportar pensar en sí mismo como una mera herramienta de la historia. Tenía toda la intención de llevar a la Dinastía Goldenbaum a la ruina y levantar de los hombros de la humanidad la tenaz maldición de cinco siglos de Rudolf. Pero aún así…

“Fräulein”.

“¿Sí, Duque Lohengramm?”

“¿Encuentra mi forma de hacer las cosas, carente de escrúpulos?”

Hilda no supo que decir durante un segundo. La mirada en esos ojos azules era demasiado seria.

“¿Y si dijera que no, le complacería Su Excelencia?” dijo al fin, sin saber la respuesta que buscaba.

El joven duque adornó su rostro con una sonrisa irónica.

“Le estoy agradecido, fräulein. De verdad. Si hubiera ido yo mismo a esa villa de la montaña, estoy seguro de que mi hermana no me habría visto. Nunca habría aceptado a mis guardias si no la hubieras convencido”.

Hilda percibió la diferencia entre la forma de hacer las cosas de Reinhard como gobernante y la franqueza juvenil de este arrepentimiento fraternal. Sabía que era una tontería preguntarse cuál era el verdadero Reinhard, pero no podía evitar imaginar cuál de esas pieles acabaría llevando.

“Aunque mi hermana me odia, nunca desharía lo que he hecho. Si me desvío del camino hacia el liderazgo en esta etapa del juego, ¿quién más restaurará la unidad y la armonía del universo? ¿Debo confiar el futuro de la raza humana a la Alianza de los Planetas Libres o a los demagogos del antiguo régimen?”

Pensando que había dejado claro su punto de vista, Reinhard se sintió de repente perturbado. Sus ojos azul hielo se llenaron de una luz dura y furiosa, y recuperó una expresión digna de un dictador que gobernaba a más de veinticinco mil millones de ciudadanos.

“Mañana anunciaremos el destronamiento del Kaiser”, declaró Reinhard.

El Kaiser de siete años, Erwin Josef II, se vería privado del trono, y en su lugar la niña de ocho meses Katharin, hija del vizconde Pegnitz, tomaría el relevo como Kaiserinne. Ella sería la gobernante más joven de la Dinastía Goldenbaum, la última de la dinastía Goldenbaum. En el momento en que puso a un niño en el trono, Reinhard pudo imaginar fácilmente la indignación y el odio con el que los restos del antiguo régimen responderían a este temible espectáculo.

“Ese mocoso rubio profana nuestro poder y tradición.”

Tales lemas de venganza eran inevitables, pero su “poder” y “tradición” no eran más que dos torres de un castillo en el cielo inventado por Rudolf von Goldenbaum cinco siglos antes. Y cuando esos dos pilares perdieron su integridad estructural, todo se derrumbó. Reinhard sintió una extraña pena por el antiguo régimen, con sus delirios y todo.

IV

Hasta hace casi dos años, Heinrich Lang había ocupado un importante cargo burocrático. Como jefe de la Oficina para el Mantenimiento del Orden Público, sus deberes incluían arrestar a los delincuentes políticos y criminales políticos, monitorear o reprimir las actividades de libertad de expresión e incluso incursionar en la educación y las artes. Fue un punto de apoyo del autoritarismo dentro del gobierno imperial y, como tal, explotó toda la gama de su poder e influencia. Llegó un día a convertirse en secretario de Interior.

Lang no había sido condenado a muerte como miembro del antiguo régimen por el nuevo orden Lohengramm. Había dos razones para esto: en primer lugar, como jefe de la policía secreta se había destacado en la recopilación de inteligencia y había acumulado mucha información valiosa sobre los nobles. En segundo lugar, como especialista en negocios, poseía una conciencia y una lealtad propias, y había expresado su intención de seguir al nuevo gobernante después de que cayeran los antiguos altos nobles, a quienes Mittermeier llamó maliciosamente los “pastores”. Lang no veía motivos para desesperarse por la abolición de la oficina por parte de Reinhard, y creía en sí mismo lo suficiente como para esperar pacientemente el día en que el sol disipara de nuevo la oscuridad.

Su paciencia se había visto recompensada antes de lo que esperaba. La policía militar, cuyo descontento autoimpuesto era una aparente obligación de su trabajo, recibió la orden de la oficina del alto almirante Oberstein de liberarlo del arresto domiciliario.

Afortunadamente para Lang, la investigación exhaustiva de Oberstein no arrojó pruebas que sugirieran que había abusado de su autoridad de alguna manera para beneficio personal. Entre los altos mandos del antiguo régimen, él era excepcionalmente impecable en su conducta personal y fue tratado como un favorito de la nobleza a pesar de que no le gustaba su compañía. Era diligente en sus deberes y fue, no sin razón, conocido como el “Perro de Caza”.

Con solo mirarlo, Oberstein quería reír (no es que le hubiera dicho tanto a la cara) La apariencia exterior de Lang era incongruente con sus talentos y logros. Aunque todavía no había pasado de los cuarenta, el 80% de su cabello castaño se había desvanecido. Lo poco que le quedaba se aferraba de por vida alrededor de sus oídos. Sus ojos cenicientos eran grandes e inquietos. Sus labios eran gruesos y rojos, aunque su boca era pequeña. Su cabeza era relativamente grande para alguien de su baja estatura. Todo su cuerpo era rechoncho y la piel que lo cubría rosa y brillante. En resumen, Heinrich Lang daba la impresión visual de un bebé sano lleno de leche materna, y adivinar sus deberes profesionales solo por su apariencia no habría sido fácil para alguien con una imaginación activa. Como jefe de la policía secreta, se destacó por no tener un exterior más sereno y canoso.

Pero fue su voz la que mostraba lo único que era. La persona promedio habría pensado que un hombre así tenía la voz aguda de un niño. Lo que salió de la boca de Lang fue en cambio un bajo solemne, como el de algún antiguo líder religioso que predicaba el evangelio a sus creyentes. Los que estaban dispuestos a reprimir la risa quedaron boquiabiertos. Aprovechar esta contradicción había cogido desprevenidos a sus oponentes, y su bajo le había servido bien como arma de interrogatorio.

Pero el hombre que tenía ante él ahora, cuyos ojos artificiales lo miraban inorgánicamente , decidiría si Lang era digno de consideración y luego informaría al primer ministro imperial, el duque Lohengramm.

“Su Excelencia, Jefe de Estado Mayor, puede hacerlo ver como quiera, pero el gobierno tiene una sola realidad”.

Lang habló enfáticamente. Oberstein había estado evaluando el discurso de Lang desde la primera palabra.

“Oh, ¿y qué podría ser?”

“El control de muchos por unos pocos”.

La voz de Lang se parecía tanto a la de un hombre solitario que suplicaba a Dios que casi se esperaba que lo acompañara un órgano de tubos. Por otra parte, con plena autoridad de vida o muerte como lo hizo sobre Lang, Oberstein era como Dios en el sentido de que, sin importar cuán sinceramente uno hablara con él, nunca era suficiente.

“Insistimos en que la democracia es el gobierno de muchos por libre albedrío, pero me gustaría conocer su opinión al respecto

“Si tenemos 100 personas, cincuenta y una pueden reclamar el gobierno de la mayoría. Y cuando esa mayoría se divide en tantas facciones, solo se necesitan veintiséis de ellas para gobernar a esos mismos cien. En otras palabras, es posible que un simple cuarto gobierne a muchos. Una visión convencional y reduccionista, lo admito, pero que muestra cuán inútil es el gobierno de la mayoría como principio democrático. Sé que un hombre de la inteligencia de Su Excelencia lo entenderá “.

Oberstein ignoró los halagos instintivos. Al igual que su maestro, Reinhard, no pudo evitar darse cuenta de que aquellos que lo criticaban eran siempre los que lo despreciaban. Ignorando que estaba siendo ignorado, Lang prosiguió.

“Dado que la realidad del gobierno es el control de muchos por unos pocos, estoy seguro de que estará de acuerdo en que la gente como yo es indispensable para mantener las cosas en orden”.

“¿Se refiere a la policía secreta?”

“Alguien para mantener un sistema de orden público”.

Era una reformulación sutil de la frase, pero Oberstein volvió a ignorar la modesta autoafirmación del hombre.

“La policía secreta puede ser conveniente para los que están en el poder, pero su propia existencia se convierte en blanco del odio. Aunque la Oficina para el Mantenimiento del Orden Público fue desmantelada recientemente, hay muchos que lo castigarían por supervisarla. A la gente le gusta el reformista Karl Bracke “.

“El señor Bracke tiene sus propias ideas, pero lo único que he hecho es dedicarme a la dinastía, sin ejercer ni una sola vez los límites de mi autoridad para beneficio personal. Si toma mi lealtad como motivo de castigo, no le irá bien al duque Lohengramm “.

De debajo de la ropa de este consejo bien intencionado, un deje de amenaza comenzaba a asomarse. Si estaba siendo acusado no solo por fechorías pasadas, sino también por su mandato en la oficina, ¿tenía algo más en mente?

“Parece que al duque Lohengramm tampoco le importa mucho su existencia”.

“El duque Lohengramm es ante todo un soldado. Es natural que intente subyugar el universo mediante grandes batallas. Pero a veces, el más mínimo rumor falso puede superar a una flota de diez mil naves, y la defensa se convierte en la mejor forma de ataque. No esperaría nada menos que el mayor discernimiento y tolerancia tanto del Duque Lohengramm como de Su Excelencia.

“No me importa. ¿Cómo piensa devolver la tolerancia del duque Lohengramm? Ese es el punto crucial aquí “.

“Por supuesto, invocando mi lealtad incondicional y todos mis escasos talentos en cooperación con el gobierno militar del duque”.

“Eso está muy bien, pero no tiene sentido restaurar la oficina, ahora que está extinta. Sería equivalente a un retroceso de nuestras políticas de reforma. Tendremos que pensar en otro nombre “.

El rostro infantil de Lang brillaba.

“Ya tengo uno en mente”, declaró con su cautivadora voz de barítono, sonando para todos como un cantante de ópera fuera de lugar.

“La Oficina Nacional de seguridad doméstica. ¿Qué piensas? ¿Suena bien, no?”

Aunque no estaba particularmente inspirado, el jefe de personal de ojos artificiales asintió.

“Vino viejo en un odre nuevo”.

“Yo diría que el vino también quiere ser lo más nuevo posible”.

“Muy bien. Haz tu mejor intento.”

Por lo tanto, Heinrich Lang se redefinió a sí mismo de jefe de la oficina de mantenimiento del orden público a jefe de la oficina de de seguridad doméstica.

Anticipándose a la Operación Ragnarök, los altos mandos de la Armada Imperial habían puesto las cosas en marcha en secreto. Reuentahl todavía tenía dudas sobre el asunto de aliarse con Phezzan. La idea de estar tan cerca le provocaba especial cautela.

“Su Excelencia Reuentahl se preocupa en exceso”, dijo Mittermeier con una sonrisa.

Su pareja no era una joven ingenua, sino el viejo zorro de Phezzan. Mittermeier, por su parte, prefería con mucho una victoria militar rápida a darle a Phezzan espacio para tender una trampa, pero en el improbable caso de que fracasaran, como había dicho Reuentahl, se convertirían en presas fáciles.

“En ese caso, tendremos que abastecernos en el mismo frente si queremos alimentar a nuestras tropas. E incluso si lo logramos, seremos marcados como saqueadores “.

Mittermeier se sintió obligado a no estar de acuerdo con sus propios sentimientos. Nada más que decoraciones verbales secas.

“Puedo soportar ser despreciado como conquistador, pero ser despreciado como un saqueador es menos que ideal”.

“Incluso eso depende de si vale la pena saquearlos en primer lugar. Sería despiadado dejarnos llevar por esas mismas tácticas de tierra quemada de hace un año. Recordarás el lamentable estado en el que estaban entonces las Fuerzas Armadas de la Alianza “.

No importaba cuánto, y con qué florituras retóricas, publicitó su autojustificación, cuando la realidad del saqueo estaba cerca, la gente no apoyaría a sus conquistadores. Una vez que se decidieron por una destrucción temporal, desarrollar su conquista en una unificación permanente sería demasiado desventajoso si empleaba como base la animosidad de la gente.

“En ese punto, sin embargo, los pensamientos de Lohengramm sobre el asunto anulan todo lo que decimos”.

Neidhart Müller había propuesto humildemente que se abstuvieran de discutir el asunto para aclarar sus cabezas. Mittermeier y Reuentahl asintieron, abandonando una discusión que no mostraba signos de terminar y pasaron a cuestiones más prácticas. No obstante, el comentario de Müller había provocado un pensamiento privado en Reuentahl: Así que todo depende de Lohengramm, ¿no?

Cuando se trataba de asuntos domésticos, el joven primer ministro imperial de cabello dorado siempre había defendido la rectitud. Al menos, el gobierno de Reinhard superó al antiguo régimen de los nobles en justicia. Y tal vez lo llevaría a cabo, hasta todos los ciudadanos en territorio enemigo.

Reuentahl era un hombre ambicioso. Tenía la ambición de un héroe de tiempos turbulentos que ya estaba reflexionando sobre el siguiente paso antes de terminar el anterior. Durante el último año, el deseo de derrocar a sus superiores y tomar su lugar había comenzado a agitarse en su corazón como un leviatán dormido cobrando vida. No había nada inherente o delirante en ello. Si resultaba que las habilidades y la suerte de Reinhard superaban las suyas, Reuentahl amablemente cedería su asiento de supremacía, prueba de que solo Reinhard era apto para ser su gobernante supremo. Pero si por un casual se volvía negligente y se descuidaba…

V

Aunque la noticia del inminente despliegue a gran escala de la flota imperial se comunicó a Phezzan a través de múltiples canales, la reacción de la mayoría de la gente fue “Aquí vamos de nuevo”. Incluso los astutos comerciantes de Phezzan llevaban más de un siglo acostumbrados a un concurso a tres bandas, estaban convencidos de que nada cambiaría. Habían disimulado el crack de la matanza innecesaria, esperando contra toda esperanza que fomentara su acumulación de riqueza mientras competían en sus respectivos campos de inversión, finanzas, producción y distribución. Para ellos, parecía poco probable que la gran flota del Imperio Galáctico llenara el Corredor Phezzan con un océano de paz y prosperidad, o que mantuvieran cautivos a los comerciantes autosuficientes de Phezzan en alguna celda inmaterial. Seguramente esos planes se habían ideado en innumerables ocasiones en el pasado, sin éxito. El gobierno del terrateniente se encargaba de todo por ellos, por esa razón pagaban sus impuestos en primer lugar. Trabajaban y proveían para sí mismos. La mayor parte de la población general de Phezzan compartía ese sentimiento.

Pero no se podía decir que el terrateniente actual abrazara una lealtad desinteresada hacia esa misma opinión. Desde el fundador Leopold Laap, los sucesivos terrateniente se habían preocupado de si el pueblo Phezzaní y la Tierra jurarían su devoción, y con Adrian Rubinsky, por fin era previsible el fin de todo eso. Pero el corazón de Rubinsky era multidireccional, como era habitual en él.

“En lo que respecta al hardware, la fortaleza Iserlohn es inexpugnable. Además, el mejor comandante de las Fuerzas Armadas de la Alianza está allí. Es típico de esos políticos mediocres ser tan complacientes “.

Rubinsky estaba hablando con su ayudante Rupert Kesselring sobre el estado de la alianza.

“Pero esa sensación de seguridad ha desprovisto a los órganos rectores de la alianza de un juicio sano y ha provocado la peor decisión que podrían haber tomado. Un ejemplo por excelencia de un éxito pasado que conduce a errores presentes y roba cualquier esperanza para el futuro, en mi opinion “.

Rupert Kesselring se preguntó si esa instrucción moral sería beneficiosa para alguien. El terrateniente era un hazmerreír por convencerse a sí mismo de que él era una excepción. El hijo abandonado había estado cavando diligentemente la parcela de entierro de su padre, pero en estos días parecía que no era el único que tenía la intención de agarrar una pala.

“Los movimientos del comisario Boltec me parecen muy interesantes”.

Se plantó un aguijón en la voz de Rupert Kesselring. Era inútil tratar de ocultar más su malicia. Para Rupert, la idea de que ese bufón de Boltec se uniera a la conjura le hizo querer mandarlos a ambos al agujero de una patada.

“Boltec mostró su carta de triunfo demasiado pronto. Esto le permitió al duque Lohengramm darle la vuelta. Supongo que estaba demasiado ansioso por el éxito “.

“Un hombre sorprendentemente incompetente”.

Al terrateniente no le molestó la sutil implicación de que él había sido el culpable de nombrar a dicho incompetente.

“El duque Lohengramm lo superó. Boltec es un gran trabajador y hasta ahora ha sido inmune a los errores, pero se resbaló en el último paso ”.

“¿Cómo propones que tratemos con él?” preguntó el joven, haciendo su mejor imitación de Mefistófeles, pero no hubo respuesta.

Los pensamientos de estas tres partes —Rubinsky, Rupert Kesselring y Boltec— se habían enredado en una hélice gigante.

No era fácil elegir al traidor más ofensivo entre ellos. Una cosa era segura: cualquiera de ellos vendería a los otros dos en un santiamén. Eso no significaba que estuvieran interesados ​​en vender Phezzan. La riqueza y vitalidad de Phezzan, por no hablar de su posición estratégica, garantizaría su presente y futuro. Con él podrían nivelar el campo de juego entre el primer ministro imperial, Reinhard von Lohengramm, y el gran obispo de Terra. No era de extrañar que fueran reacios a vender.

Rubinsky cambió de tema.

“Por cierto, tengo entendido que el alférez Julian Mintz ha sido designado para la oficina del comisionado de la alianza”.

“Escuché que es el chico de los recados favorito del almirante Yang Wen-li. Me pregunto como lo habrá favorecido “.

El desprecio de Rupert era aún más estridente que las reproducciones a gran escala de su padre.

De todos modos, es solo un mocoso de dieciséis años. No puede hacer mucho “.

“Cuando el duque Lohengramm tenía dieciséis años, ya se había ganado sus galones como teniente comandante. Julian Mintz solo se mueve a un ritmo más lento “.

“¿No está simplemente montado a la zaga de los faldones de su tutor?”

“Quizás, pero sus elogios solo están aumentando. Personalmente, preferiría no ser yo quien confundiera el cachorro de un tigre con un gato “.

Rupert Kesselring estuvo de acuerdo. Mirando hacia atrás, a los dieciséis años, ¿no había decidido ya derribar a su padre y apoderarse de su estatus y poder? ¿No tomaría por la fuerza lo que su padre nunca le iba a darle? Como dijo una vez un anciano sabio, el talento era como una piedra arrojada al agua: sus ondas aumentaban a medida que crecían. La ambición y el deseo no eran diferentes. En ese caso, Rubinsky estaba naturalmente en guardia. Pero, se preguntó, ¿Habría dirigido a él una sospecha similar?

Rupert Kesselring volvió la hoja de su fría mirada hacia el perfil de su padre, pero desvió la mirada de inmediato. Como su padre, Rubinsky todavía tenía poder sobre él. Deseo de poder, miedo a la sospecha: Rubinsky encarnaba a ambos, y ambos eran dignos del odio de Kesselring.

Capítulo 7. Alferez Mintz, Agregado militar

I

Innumerables pétalos bailaban en un mar de luz tenue …

Antes de despertar, todo el cuerpo de Julian Mintz fue tomado por preciosos recuerdos.

Cuando me levante, necesito ducharme, cepillarme los dientes y preparar el desayuno. Té negro de hojas de Shillong y arusha, con leche. Tres tostadas de centeno, cortadas por la mitad. Para untar, la mantequilla se mezcla con perejil y jugo de limón. A continuación, salchichas y manzana frita en mantequilla serían buenas. Ensalada fresca y un sencillo plato de huevo. Ayer fueron huevos fritos, así que hoy los haré revueltos, con leche …

Las burbujas de luz continuaron flotando y estallando, rociando el aliento de realidad sobre Julian. Cuando sus párpados se abrieron, su vista se llenó de mañana, poblada por los muebles de su habitación. Al mirar el reloj de su mesita de noche, vio que eran las 6:30. Parecía que el hábito había penetrado al chico hasta el nivel celular. Podría haber dormido una hora más, pero …

Oh, 7, 00 horas, almirante, siete en punto. Por favor, levántese. El desayuno esta listo.”

“Por favor, cinco minutos más. No, cuatro minutos y medio son suficientes. Que sean cuatro minutos y quince segundos “.

“De verdad, almirante, es tan terco. ¿No les está dando un mal ejemplo a sus subordinados durmiendo hasta tarde? “

“Mis soldados estan bien sin mí”.

“¡El enemigo se está acercando! Si le toman por sorpresa y le matan mientras yace en la cama, los historiadores del futuro le ridiculizarán durante siglos “.

“El enemigo también está durmiendo y los historiadores del futuro ni siquiera han nacido todavía. Buenas noches. Al menos todavía hay paz en mis sueños … “

“¡Almirante!”

Cuatro años antes, el “almirante” había sido “capitán”. Pero, ¿no habían tenido esa misma conversación mil veces? Y en todo ese tiempo, Yang no había progresado a la hora de levantarse de la cama.

Julian se sentó en su propia cama y se desperezó. Se sentía extraño estar solo y no tener que preocuparse por preparar el desayuno. Julian saltó de la cama, anticipando su adaptación a la vida de soldado.

Con todo en orden a las siete en punto, todavía tenía algo de tiempo libre. Levantarse temprano siempre molestaba a los suboficiales y soldados, o al menos eso le había dicho Yang, pero probablemente eso solo era parcialmente cierto. Faltaban cuatro horas para la llegada a Phezzan y aún no se había anunciado su última comida a bordo de la nave.

Julian había permanecido en Heinessen solamente tres días. Durante ese tiempo, fue arrastrado por todos lados a través del núcleo del gobierno y el ejército. Sintió que lo estaban llevando a la cima de una sociedad exclusiva y poderosa. Al igual que Yang, avanzar más allá de su edad invariablemente molestaba a los demás, por lo que la mayoría de las veces era mal recibido.

Entre las sub-ramas del Comité de Defensa se encontraban el Cuartel General de Operaciones Conjuntas, el Cuartel General de Servicios de retaguardia, el Cuartel General de Ciencia y Tecnología y otros once, incluidos los departamentos de defensa, investigaciones de campo, contabilidad, inteligencia, recursos humanos, provisiones, ingeniería, salud, comunicaciones y estrategia. . En los casos en que el jefe de departamento era un soldado en servicio activo, se nombraban oficiales de alto rango como almirantes y vicealmirantes por debajo de él o ella. El difunto almirante Dwight Greenhill, padre de la ayudante de Yang, la teniente Frederica Greenhill, había sido director de investigaciones de campo. Julian debía reunirse con el jefe del departamento de recursos humanos, el vicealmirante Livermore, para recibir su orden oficial sobre su asignación como agregado militar en Phezzan. Su rango no sería más alto que el de alférez, y una vez que fuera agregado militar, su estado estaría bajo la supervisión directa de Livermore.

Julian fue muy puntual, pero los preliminares tardaron más de lo esperado, lo que resultó en una espera de dos horas. Se preguntó si esto era intencional, pero tenía suficiente de qué preocuparse (por ejemplo, el reciente tribunal de Yang) para no caer presa de sospechas inútiles. La inflexibilidad de una sociedad poderosa privó a los seres humanos de su brío mental y debilitaba sus ingenuas lealtades al Estado. Mientras Julian reflexionaba sobre estos conceptos algo exagerados, un ayudante lo llamó por su nombre y lo condujeron a la oficina del vicealmirante.

Su tiempo que estuvo dentro de la oficina no fue ni una quincuagésima parte del tiempo que había estado esperando. Fue recibido sin ceremonias y recibió en mano su aviso e insignia, después de lo cual se inclinó ante el vicealmirante ligeramente jorobado y se fue.

Visitar al comandante en jefe de la armada espacial, el almirante Bucock, fue como salir de una alcantarilla a una planicie de campos verdes. Además de sentirse aliviado por la entrega segura de la carta manuscrita de Yang a su destinatario, Julian sentía cariño por el viejo almirante, al igual que Yang y Frederica, y le levantó el ánimo el solo hecho de poder reunirse con él nuevamente. Aunque Bucock también estaba en medio de algo y lo hizo esperar una hora, esta vez a Julian no le molestó en lo más mínimo. La preocupación era un mal hábito que había adquirido de Yang.

“Vaya, cómo has crecido”, dijo el viejo almirante, dándole una cálida bienvenida. “Es natural, supongo, considerando que no te he visto en un año y medio. Estás en esa edad en la que debes estar creciendo un centímetro cada noche “.

“Comandante en Jefe, me alegra verle tan bien”.

“¿Qué? Cada día me acerca más a las puertas del infierno. No puedo esperar a ver al Kaiser Rudolf hirviendo en un caldero por toda la eternidad. Lo que me recuerda, ¿tenía algo que decir el vicealmirante Livermore?”

“No nada. No hubo charla informal de ninguna clase”.

Bucock sonrió, esperándolo. Como hombre afiliado a la facción de Job Trünicht, el vicealmirante Livermore siempre quiso fortalecer sus propias convicciones y no vio ninguna razón para ganarse el favor de un muchacho de dieciséis años. Por otro lado, se le consideraba infantil por recurrir a un lenguaje abusivo y se enorgullecía del hecho de que no decía nada que no fuera necesario en el contexto de los asuntos oficiales.

Julian negó con la cabeza.

“¿Por qué conseguir mi favor mejoraría la impresión que el presidente Trünicht tenga de él?” —dijo Julian con un brillo levemente bromista en sus ojos castaños oscuros. “Estoy del lado de Yang Wen-li, no del de Trünicht”.

“Por supuesto que lo estas. Quizás usted no estaba al tanto de esto, pero el presidente del alto consejo de la nación preguntó por usted personalmente. El consejero Islands es el tercer brazo de Trünicht, y eso parece indicar su interés en ti “.

“¡Nunca lo pedí!”

“Pensé que podrías sentirte así, pero no vayas a gritar desde los tejados. Lo último que me gustaría es que adquirieras cualquier mal hábito mio o del Almirante Yang”.

El viejo general sonrió como estuviera hablando con su nieto favorito y le explicó la cadena de mando militar en la que estaba involucrada la facción de Trünicht. No se limitó fundamentalmente a Trünicht, ni a la Alianza de Planetas Libres. Lo que siempre había pesado mucho en la mente de las autoridades civiles era que las naves en territorios alejados de la capital podrían convertirse en la flota privada del comandante o en una camarilla militar, desafiando el control del gobierno central. Esa posibilidad era su constante pesadilla. Como medida preventiva, consideraron usar su propia autoridad para evitar que miembros clave de esas fuerzas permanecieran en un solo lugar. Debían tener cuidado de no alterar el equilibrio entre su poder militar y sus recursos humanos.

“¿Asi que mi nuevo destino es parte de ese plan?”

“Si, me temo que si”

Bucock se acarició la barbilla.

“Y cuando el cuartel general alejó al almirante Merkatz del almirante Yang, ¿era eso parte del mismo plan?”

Impresionado por el sentido táctico de la pregunta de Julian, el viejo almirante asintió profundamente.

“Sí, lo fue al principio”.

A partir de ese momento, era probable que el gobierno también retirase a Cazellnu y Schenkopp del mando de Yang.

“¿Pero qué va a pasar entonces? Al debilitar al almirante Yang, ¿no estarán simplemente fortaleciendo la posición de la Armada Imperial? “

La estupidez de los que estaban en el poder al tratar de lidiar con situaciones usando solamente la política de facciones, y con un desprecio tan flagrante por la lógica, fue más que molesto para Julian. Los puestos de poder eran, en y por sí mismos, cánceres esperando a materializarse y mientras los hombres se contentaran con sentarse en ellos, ¿no se convertiría su limitado campo de visión e interés propio en una enfermedad inevitable?

Bucock abrió la carta de Yang, asintiendo un par de veces mientras la leía. Se había considerado la posibilidad de que flotas imperiales pasaran por el corredor de Phezzan, desde un punto de vista puramente táctico. Pero la estabilidad a largo plazo había diluido la sensación de peligro de la gente a casi nada, y las contramedidas acumulaban polvo, olvidadas. Desde el principio, tanto la alianza como el imperio habían elaborado planes basados en el supuesto de que cada uno tenía una fuerza militar y un poder de producción comparables y que en su estado actual eran inútiles e ineficaces.

Bucock le resumió al niño el contenido de la carta de Yang.

“La propuesta del almirante Yang es la siguiente: si la Armada Imperial pasara a través del Corredor de Phezzan, para prevenir una invasión al territorio de la alianza, tendremos que confiar en la resistencia civil del pueblo de Phezzan”.

Específicamente, eso significaba primero inutilizar los sistemas sociales y económicos de Phezzan mediante el sabotaje sistemático y las huelgas generales por parte de la población civil de Phezzan. A través de estos medios, podrían detener los planes de la Armada Imperial para establecer una base de suministros de Phezzan. En segundo lugar, bloquearían el corredor de Phezzan con filas de barcos mercantes civiles, lo que haría físicamente imposible el avance de la Armada Imperial.

“¿Crees que funcionará?”

“No necesariamente. El mismo almirante Yang lo dice en su carta. En cuyo caso, colocar a los ciudadanos de Phezzan ante la Armada Imperial como escudo de la alianza sería un crimen mucho mayor que matarse unos a otros en el campo de batalla “.

Julian se quedó en silencio ante esta perspectiva.

“La gente de Phezzan actúa según sus propias creencias y, si se les obliga, la fuerza de sus convicciones nunca les permitiría ceder a la fuerza militar de otra nación. Pero si esperaban hasta que la Armada Imperial ocupara Phezzan, la resistencia efectiva y sistemática sería casi imposible “.

En ese momento, escribió Yang, sería necesario iniciar rumores infundados dentro de Phezzan. Los rumores serían algo como esto: el gobierno de Phezzan, conspirando con el propio duque Lohengramm , estaba tratando de vender territorio, gente y autonomía al mejor postor. Como prueba de esto, la Armada Imperial se había estacionado en Phezzan, y el Corredor Phezzan se ofrecía como ruta de invasión contra la alianza. Para evitarlo, tenían que derrocar a la actual administración y forjar un nuevo régimen que se adhiriera a una política nacional neutral. Si estos rumores pudieran despertar el sentimiento público de Phezzan, la ocupación de la Armada Imperial no sería tan fácil de llevar a cabo. Si era forzado, la gente de Phezzan lo bloquearía. Al final, incluso si la Armada Imperial tenía éxito en su ocupación, existía la posibilidad de que la alianza apoyara a los propios antiimperialistas de Phezzan. Por supuesto, tal maquiavelismo nunca escaparía al reproche moral.

Bucock negó con su envejecida cabeza blanca.

“El almirante Yang ve muy bien el futuro, pero desafortunadamente no hay nada que podamos hacer al respecto. No es que sea culpa suya, por supuesto. No tiene autoridad para tomar medidas decisivas hasta ese punto “.

“¿Entonces es culpa del sistema?”

El viejo almirante enarcó las cejas de un blanco grisáceo, pensando que la pregunta de Julian era más atrevida de lo que el chico creía.

“¿El sistema?” Había una pizca de remordimiento en su voz. “Fácilmente podría culpar al sistema. He llegado a enorgullecerme de ser el soldado de una república democrática durante tanto tiempo. De hecho, me he sentido así desde que me convertí en soldado raso a la misma edad que tienes ahora “.

Bucock había observado su propio progreso durante más de medio siglo, incluso cuando la democracia sucumbía a la debilidad y el deterioro, un ideal devorado vivo por células cancerosas revestidas de verdad.

“Creo que es correcto que las naciones democráticas limiten el poder y la autoridad militares. Los soldados no deberían poder ejercer esos privilegios en ningún otro lugar que no sea el espacio de batalla. Además, ningún gobierno democrático puede ser sólido cuando sus fuerzas armadas se vuelven obesas al ignorar las críticas de su propia sociedad, convirtiéndose efectivamente en una nación dentro de una nación “.

Las palabras del viejo almirante parecían el trabajo de alguien que revalidaba su propio sistema de valores.

“No es el sistema de gobierno democrático lo que está mal. El problema es que el sistema se ha disociado del mismo espíritu que lo sostiene. Por ahora, la existencia de nuestra fachada pública apenas anticipa la degeneración de sus verdaderas intenciones. Me pregunto cuánto tiempo aguantaremos “.

Julian solo pudo reaccionar a la gravedad de los sentimientos del viejo almirante con silencio. La suya era una existencia sin experiencia e indefensa, y en ocasiones se sentía impotente para sostenerse.

Después de despedirse de Bucock, Julian se dirigió al edificio del gobierno legítimo del imperio galáctico para ofrecer sus saludos formales a Merkatz, recién instalado como secretario de defensa del gobierno en el exilio. Pero el edificio no era más que un antiguo hotel ahora invadido por nobles exiliados. Merkatz no se encontraba por ninguna parte. Fue solo por casualidad que se encontró con Schneider justo afuera de la puerta.

“Este lugar está plagado de hienas vestidas con esmoquin. Parecen competir por puestos y rango, incluso en un gobierno sin ciudadanos y una Armada sin tropas. Me sorprendería que se decidieran por seis o siete ministros del gabinete. Date prisa y únete ya a la Armada Imperial, Julian. Serías teniente comandante “.

Julian no podía decir si la lengua afilada de Schneider era algo natural o si casi un año de vida en Iserlohn lo había contaminado.

“El almirante Merkatz también debe estar trabajando muy duro”.

Como Schneider le explicó de forma escandalosa, había oído que Merkatz pronto recibiría el rango de mariscal imperial por parte del “gobierno legítimo”. Por el momento, no había un solo soldado bajo el mando de alguien de su posición. Tendría que comenzar recibiendo provisiones de capital y viejos buques de guerra del gobierno de la alianza, reclutando entre los refugiados y construyendo una flota desde cero.

“¿Creen honestamente que pueden reunir fuerzas suficientes para competir con un genio político y militar como el duque Reinhard von Lohengramm? Si es así, son demasiado ambiciosos o totalmente delirantes. Apostaría mi dinero a que han perdido la cabeza. No es divertido estar atrapado en todo esto, de cualquier manera “.

Si Merkatz era ascendido a mariscal, Schneider se convertiría en comandante, aunque eso no era suficiente para él.

“Si hay una gracia salvadora, es que, aunque Lohengramm es un genio, la historia tiene más de unos pocos ejemplos de genios perdiendo ante los ordinarios. Aún así, no veo cómo podemos ganar sin esperar un milagro desde el principio “.

Julian no pudo evitar que sus pensamientos se precipitaran sobre una cascada de pesimismo. Si le hubiera dicho lo mismo a Merkatz, habría manchado su posición de gobierno en el exilio. No había nadie con quien pudiera siquiera hablar de tales cosas. A pesar de ser tratado como un receptáculo para todas estas quejas, al menos sabía que la lealtad de Schneider hacia Merkatz era genuina. Su apoyo por Merkatz, que no podía obtener un puesto digno de sus habilidades era imposible de reprimir. El solo pensamiento de Yang obteniendo el mismo tipo de posición que Merkatz hizo que Julian sintiera que el suelo más interno de su corazón se congelaba. Cualquiera sea el resultado, por supuesto, Julian planeaba ir con Yang.

Al final, Julian le confió a Schneider que saludara a Merkatz de su parte y dejó Heinessen apresuradamente sin poder encontrarse con él.

II

A medida que la nave se acercaba, el planeta de Phezzan fue tomando forma como un delicado orbe azul, como un espectáculo para ojos cansados. En el espacio detrás de ellos, partículas de luz plateada bailaron ruidosamente contra un fondo negro, mientras que el planeta en primer plano apareció para todos como una pieza musical visualizada en todas sus variaciones de luz y oscuridad. Desde dentro de sus fluctuaciones de intensidad, études de tonos y longitudes de onda giraban hacia afuera.

Mientras Julian Mintz miraba el planeta desde la ventana de observación, un par de ojos color avellana se superpusieron a su luz mientras pensaba en la teniente Frederica Greenhill. Ella era ocho años mayor que él, lo que la colocaba a medio camino entre él y Yang Wen-li. Si no hubiera sido tan obvio que Yang era el objeto del afecto de Frederica, el de Julian podría haber sido un poco más fuerte y, aunque solo sea sutilmente, más claro. Su última conversación antes de su partida se repitió en su mente. Comenzó con la historia de su encuentro con Yang en el planeta El Facil.

“El almirante Yang era subteniente en ese entonces. Nunca se llegó a acostumbrar a esa boina negra “.

Los ciudadanos de El Facil no tenían ninguna razón para respetar o confiar en este oficial novato, pero su odio abierto hacia él, no obstante, llenó a Frederica de justa indignación. Se sintió obligada a hacer todo lo posible para ayudarlo.

“Lo pensé mucho. Era un hombre poco confiable y pomposo que dormía en el sofá con su uniforme, no se lavaba la cara por las mañana y mordisqueaba pan sin siquiera ponerle mantequilla, murmurando para sí mismo todo el tiempo. Sabía que si yo no lo amaba, nadie lo amaría “.

Frederica se rió. Las ondas de su risa nunca fueron monótonas. Muchas cosas habían sucedido en la década que había transcurrido desde entonces, y cada una había proyectado su sombra, débil pero profunda.

“No me enamoré de él porque fuera un héroe o un comandante famoso. Tal vez… solo tenga una habilidad especial para invertir en el futuro “.

“Claro que la tiene”, respondió Julian, aunque no podía estar seguro de si esta era la respuesta que Frederica quería escuchar. ¿Había cambiado la impresión de Frederica sobre Yang?

“No, Yang Wen-li no ha cambiado. El entorno ha cambiado, pero él mismo ni un poco “.

Durante sus días como subteniente, Yang se sintió inadecuado para el trabajo, como también le pasaba ahora mismo, como Almirante. Y si (cuando pasara) se le ascendía a mariscal, seguramente se sentiría igual de incompetente. Yang dio la impresión de que, cualquiera que fuera su rango, nunca se acostumbraría del todo a los deberes de su puesto. Yang nunca había considerado activamente convertirse en militar, e incluso ahora tenía el corazón puesto en convertirse en historiador. Pero al imaginárselo como un maestro, Frederica imaginó que se sentiría tan incomodo enseñando desde un estrado, como dirigiendo un campo de batalla, y en este sentido Julian entendió muy bien sus pensamientos. Más difícil de entender, por supuesto, era el lado emocional de Yang, y Julian quería saber qué había en el laberinto mental de Yang que lo hacía aparentemente ajeno a las atenciones de Frederica.

El visiófono gorjeó y se le informó al niño que pronto llegarían a Phezzan.

Para la hora estándar de Phezzan, era mediodía y, por primera vez en su vida, Julian Mintz estaba a punto de poner un pie en la superficie de este planeta distante. Su nueva vida había comenzado.

III

Aunque Julian había oído que el capitán Viola, jefe de personal y agregado militar de la oficina del comisionado de la Alianza en Phezzan, era relativamente alto y obeso, a los ojos de Julian no encajaba en esa descripción. Era más corpulento que obeso, no tenía rastros de grasa o músculo debajo de su pálida piel, y en cualquier caso parecía como si estuviera hinchado por gases. Julian supuso que pesaba menos de lo esperado y se preguntó si estaba yendo demasiado lejos al pensar en él como una aeronave ambulante, hasta el día siguiente, cuando descubrió la existencia del apodo de “Dirigible en tierra”.

“Tiene mucho que aprender, alférez Mintz. Tengo entendido que te has hecho un nombre en el espacio de batalla, pero aquí eso no significa nada. En primer lugar, si tiene sentimientos de dependencia, deshágase de ellos “.

La implicación era clara: los beneficios que había recibido gracias al patrocinio de Yang Wen-li ya no eran válidos.

“Sí, señor, me aseguraré de tener eso en cuenta. Soy plenamente consciente de mi inexperiencia y confío en que me guiará bien en todos los asuntos ”.

Julian sintió que el Capitán Viola iba a ser un hueso duro de roer y se sintió miserable por dentro.

Mientras había estado en la Fortaleza Iserlohn, había tenido algunos intercambios desagradables, pero una etiqueta diplomática tan hueca le era casi completamente ajena. Quizás había demasiadas flores silvestres en el invernadero y su entorno externo era duro, pero Iserlohn era un mundo en sí mismo.

“Hmm, hablas bien, ¿no? Tu lengua de plata contradice tu edad “.

Aunque esas palabras indicaban la estrechez de miras del capitán, a Julian le dolía su aparente falta de sinceridad. La voz ligeramente aguda del capitán y los ojos delgados y epicantónicos solo sirvieron para enfatizar una malicia subyacente en sus comentarios. Parecía inútil desperdiciar energía emocional tratando de ponerse de su lado bueno.

Una cosa era clara; Phezzan era territorio enemigo. Ya fuera dentro de la oficina del comisionado o fuera de ella, el aire estaba lleno de una hostilidad insípida e incolora que podría prenderse fuego en cualquier momento. Julian se resigno al hecho de que la única persona en la que podría confiar de ahora en adelante era su compañero, el suboficial Louis Mashengo.

Cualquier hostilidad interna dirigida a Julian era en ultima instancia un reflejo de los sentimientos de los miembros de la facción de Trünicht hacia Yang. Si esto fuera personal, era sin duda debido a ciertos celos y rivalidad por su reputación como el agregado militar más joven de la historia. Con todo dicho, no era más que un alférez y no sería capaz de ejercitar mucha influencia en sus alrededores. Julian entendía eso. Visto desde fuera, era propiedad del Almirante Yang Wen-Li, y si alguna vez cometía un error le repercutiría negativamente a Yang. Tenía que ser cuidadoso.

No podía hacerse una bola como un erizo y aislarse. Tenia deberes como agregado militar e incluso si los resultados de los tejemanejes de la facción de Trünicht pasaban a convertirse en una parte inesperada de su trabajo, eso no significaba que tenía justificación para desafiar a sus superiores.

Julian nunca se había preocupado demasiado por su vestimenta. En ocasiones formales, se apañaba bastante bien con el uniforme. Cada vez que Yang llevaba a Julian a comprar ropa, la falta de sentido de la moda hacía que Yang lo arrastrara adentro y dejara todo en manos de un asociado de ventas que supiera más del tema. Se había contentado con tener cosas baratas para él, pero siempre buscaba productos de mayor calidad para Julian, tal vez como una forma de mostrar su admiración. Como dijo Alex Caselnes, Yang y Julian eran de diferentes clase. Julian no necesitaba atraer la atención de otras personas, por lo que, naturalmente, no le importaba y, en el caso de Yang, era solo una molestia.

A un agregado militar se le encomendaba la importante tarea de recopilar y analizar información y observar la vida de las personas en las calles. Era un trabajo creíble. Vestido como un civil con un fino jersey de cuello alto de color crema y vaqueros , y con su característico cabello rubio muy largo, Julian, como Yang, no se parecía en nada a un militar. Mashengo, que lo acompañaba, trató de esconder sus músculos debajo de un suéter grueso, sin éxito, y parecía una tortuga gigante y oscura que cobijaba a un mítico príncipe vagabundo, pero sus ojos redondos rebosaban de respeto y ayudaban a disipar parte del peligro en el aire.

Una vez que terminaron sus procedimientos y fueron liberados del trabajo, caminaron juntos hacia las calles de Phezzan. Los edificios de oficinas se alineaban en las calles hasta donde alcanzaban la vista, lugares en los que sus superiores y colegas los tratarían como obstáculos. Como marginados, no iban a ser invitados a cenar pronto.

Julian y el suboficial Mashengo caminaron por las calles animadas y bulliciosas a un ritmo pausado. Un grupo de media docena de chicas de la edad de Julian lo evaluaron al acercarse. Cuando Julian las miró, chillaron de risa y huyeron a medio galope.

“Es un poco mono, ¿no?” ellas parecieron decir. “Sin embargo, no parece que esté acostumbrado”.

Julian volvió bruscamente su cabeza rubia. En contraste con la política de poder que se desarrollaba a puerta cerrada, Julian no entendía nada de mujeres. Si Poplan hubiera estado allí, seguro que le habría dado un sermón.

Al divisar una calle lateral, los dos entraron en una tienda de ropa. El comerciante corrió hacia ellos, los obsequió con cortesías y recomendó algunos artículos después de ver adónde viajaban los ojos de Julian.

“Este te quedaría genial. No a todo el mundo le sentaría bien, pero con sus características y sentido del estilo, te sentaría como un guante “.

“Es caro.”

“¿Estás bromeando? Estoy haciendo un gran sacrificio vendiéndolo a este precio “.

“Pensé que era veinte marcos más barato el mes pasado”, mintió Julian.

“Debe estar equivocado. En cualquier caso, consulte el periódico electrónico. Realiza un seguimiento de las fluctuaciones en el índice de precios, hasta el más minimo centavo “.

Julian asintió con la cabeza, al ver que el comerciante tenía otras fluctuaciones en mente, y respondió con entusiasmo.

“Lo tomaré, entonces. ¿Puede darme un recibo? “

Pagó noventa marcos Phezzan y agarró un suéter mientras estaba en ello. Un precio inesperadamente extravagante a pagar por una pequeña recopilación de información. Más tarde, en un café con terraza, revisó algunos periódicos electrónicos para verificar la afirmación del comerciante.

“Los precios son estables y la calidad de los productos es alta. Los problemas financieros son raros, lo que significa que la economía aquí es bastante sólida “.

“Será malo comparar, cuando nos toque volver a casa ¿no?” se lamentó Mashengo abiertamente.

En comparación con la alianza, que se estaba arruinando, la fuerza económica de Phezzan parecía sólida de pies a cabeza, hasta en cada pequeña tienda.

“Los que derraman sangre, aquellos cuya sangre se derrama, y ​​los que se ceban con la sangre derramada … Hace falta de todo, ¿eh?”

La voz de Julian tembló con un brillo de odio. Nunca había escuchado a Yang hablar de Phezzan en términos prejuiciosos, pero cuando comparó a aquellos que sufrieron una calamidad en la batalla con aquellos que se jactaban de su prosperidad y los beneficios que obtenían de ella, Julian no veía ninguna razón para sentirse bien con estos últimos. Por más que lo intentó, Julian no pudo exprimir su sensibilidad a través de su filtro militar.

Cuando salieron del café, Julian y Mashengo se dirigieron a la oficina del comisionado Imperial en la ciudad propiamente dicha. No entraron, por supuesto, solo miraron l fachada.

“Extraño, ¿no? Alojar enemigos y aliados en el mismo lugar “.

Julián asintió con la cabeza a la observación obligatoria de Mashengo, mirando fijamente el edificio del comisionado de paredes blancas, medio oculto por un bosquecillo de árboles. Quizás también estaban siendo observados por el sistema de cámaras infrarrojas, como si fueran el blanco de una grandiosa broma phezzaní.

IV

Al día siguiente, se celebró una fiesta en el Hotel Batavia para dar la bienvenida al nuevo agregado militar. Julian oyó que habían decidido no usar la oficina del comisionado de la Alianza para evitar el peligro de que los asistentes pusieran micrófonos en su interior. Pero entonces, no pudo evitar preguntarse, ¿qué pasaría si el propio hotel hubiera sido pinchado de antemano? En cualquier caso, como invitado de honor Julian estaba obligado a asistir. La formalidad era la formalidad.

Sabía bien por el ejemplo de Yang que ser un invitado de honor significaba tener que estar constantemente de pie como una estatua titulada “Muerta de hambre”. Además, debido a que estaba expuesto al escrutinio de todos, requería un cierto esfuerzo sólo para sonreír. Como Yang le había dicho una vez con un suspiro, una vida en la que uno podía arreglárselas sin hacer cosas que no quería hacer era tan rara como el puro radio metálico.

Si alguien lo observaba, también era una oportunidad para Julián de observar en igual medida, y como representante de Yang, era necesario que difundiera el virus de un rumor infundado sobre la ocupación de Phezzan por la Armada Imperial. No tenía más remedio que plantar el virus, dejar que royera los corazones de la gente mientras criaba sus poderosas toxinas, y esperar a que aparecieran los síntomas. Si mostraba su mayor efecto, generaría antagonismo entre el pueblo de Phezzan y su gobierno autónomo, y el gobierno, presionado por el pueblo, revocaría a regañadientes su pacto secreto -suponiendo que lo hubiera- con el imperio, mientras que la alianza frustraba cualquier invasión de la Armada Imperial desde el Corredor de Phezzan. Incluso si no había un pacto secreto, tenía que confirmar si esto sembraría la sospecha del imperio entre el pueblo de Phezzan y, en cuanto a sus sentimientos hacia el gobierno autónomo, si todavía concedería el paso imperial a través del Corredor Phezzan. La alianza ganaría de cualquier manera.

La preocupación de Yang era que, si el pueblo de Phezzan entraba en pánico y cerraba el corredor por sus propios medios, era posible el derramamiento de sangre entre el gobierno autónomo y las fuerzas de ocupación imperiales. Tal era la cúspide del maquiavelismo: países periféricos engañados para sacrificarse por el bien del conjunto. Lo que ayudó a Yang a superar esta vacilación fue que, cuando el paso de la Armada Imperial por el Corredor Phezzan pasó de la hipótesis a la realidad, quedó claro que el pueblo de Phezzan saldría en masa para evitar el derramamiento de sangre a toda costa, con o sin rumores infundados.

Yang dijo lo mismo en su carta a Bucock:

“Como ya se ha dicho, aunque creo que el gobierno autónomo de Phezzan ha hecho un pacto secreto con el duque Lohengramm, y que pretenden vender el corredor, ¿cómo reaccionará el pueblo de Phezzan, orgulloso como está de su independencia? Predigo que nunca llegará a un enfrentamiento con el imperio o el gobierno autónomo. Aunque sería una oportunidad para actuar, eso no significa que lo imposible vaya a suceder. Al final, son quienes son. Si no pueden evitar derramar sangre para proteger su propia libertad y dignidad, entonces se derramará sangre. Y en ese caso, la Armada Imperial no ocupará pacíficamente. El problema es que la gente de Phezzan podría empezar a actuar cuando esta información se filtre, dando así una gran ventaja a las fuerzas imperiales. Si eso sucede, esto se volverá contra nosotros de la peor manera posible. Además, la Armada Imperial ya está en movimiento. Es demasiado tarde para elaborar una contramedida segura”.

Esta última parte hizo que Bucock y Cazellnu sintieran que a veces Yang veía demasiado bien el futuro. Lo veía todo en su peor momento.

Yang estaba claramente dotado de talento como estratega, pero el talento no lo era todo. El carácter y la intención, así como el éxito en la ejecución de sus estrategias, no tenían ningún significado por sí mismos. Para él, el más alto sentido del valor no era la búsqueda del beneficio nacional a través de la guerra y la estrategia, algo inusual para un soldado de carrera que había llegado a una posición tan alta a su edad. Hubo quienes criticaron a Yang por ello, como siempre pasaría, por la falta de honestidad de su convicción, señalando que aunque Yang nunca vio la rectitud en la guerra, cuanto más condecoraciones recibía, más enemigos mataba. Julián, por supuesto, no compartía esa crítica, y el propio Yang habría respondido con poco más que una sonrisa agridulce. Incluso entonces, probablemente sería criticado de todos modos por descuidar su deber como ser humano de afirmar su propia rectitud.

Julián estaba de pie en medio de la multitud, vestido con el traje blanco de etiqueta reservado a los oficiales. Su pelo largo y algo rebelde, sus rasgos elegantes, sus animados ojos marrones y su postura erguida atraían la atención de todos los presentes.

Si hubiera sido Reinhard, habría abrumado su entorno con su magnificencia, como si fuera el único hilo cromático en un tapiz por lo demás acromático. Julián no poseía esa intensidad, pero daba la impresión de estar exactamente donde debía estar, la indispensable pieza de esquina de un gran puzzle.

Si hubiera sido Reinhard, habría abrumado su entorno con su magnificencia, como si fuera el único hilo cromático en un tapiz por lo demás acromático. Julián podría no haber poseído ese tipo de intensidad, pero daba la impresión de alguien que estaba exactamente donde debía estar, la indispensable pieza angular de un puzzle mayor.

Los caballeros y las damas de Phezzan bullían de conversación alrededor del agregado militar más joven de la historia, y cada vez que una de esas burbujas estallaba, una ola de risas irradiaba a través de la habitación. Como Julián predijo, la sonrisa constante ya le estaba empezando a afectar.

“¿Qué le parece Phezzan hasta ahora, alférez?”

“Me impresiona lo limpios que están hasta las callejuelas. Eso, y que hay tantas mascotas, y tan bien alimentadas”.

“Vaya, tienes unos intereses eclécticos, ¿eh?”

Julian se encogió de hombros por dentro. Estaba siendo metafórico de todos modos. La limpieza de los callejones era otra forma de decir que la sociedad Phezzaní funcionaba sin problemas, y muchas mascotas bien alimentadas significaban que la gente de Phezzan disfrutaba de un superávit material. Aunque Julián había insinuado que, en estas instantáneas de la vida diaria, había observado una faceta del perfecto poder nacional de Phezzan, nadie se dio cuenta. Julian sintió que le estaban disparando con balas de fogueo. Si Yang hubiera estado aquí, seguramente le habría guiñado un ojo y le habría llamado presumido, haciendo que Julian se volviera y se sonrojara.

“¿Qué opina de las chicas de Phezzan, alférez?”

Su compañero de conversación, con experiencia en este tipo de funciones para ayudar al invitado de honor, había cambiado de tema.

“Son todas tan bonitas. Y muy animadas”.

“Qué tacto tiene al decirlo”.

Sólo decir lo correcto, aunque fuera poco sincero, le permitiría pasar la noche sin problemas.

“Phezzan tiene de todo, desde chicas bonitas hasta sistemas de terraformación. Todo lo que pueda necesitar. Puedes conseguir cualquier cosa con los recursos adecuados. En su caso, alférez, podría comprar el corazón de una chica con sólo una sonrisa, sin dinero. Estoy tan celoso”.

“Veré lo que puedo hacer”.

Julian mostró una expresión indecorosa, que lo hizo sentir aún más fuera de lugar. No pudo evitar pensar que se estaba extralimitando.

“Por cierto, hablando de comprar”, dijo Julian, encendiendo casualmente su detonador, “Me preocupan los rumores que he oído sobre la compra del corredor Phezzan por parte de la Marina Imperial y la independencia de Phezzan”.

“¿Le importaría repetirlo?”

Era una forma forzada y trillada de responder a una pregunta con una pregunta. Julian siguió con una nueva frase. ¿Phezzan pretendia vender su corredor a la Armada Imperial como si fuera una mercancía?

“Vaya, nuestro pequeño alférez tiene mucha imaginación ¡La Armada Imperial!”

La voz del hombre ondulaba de risa.

“¿Está diciendo que la Armada Imperial pasará por el corredor Phezzan e invadirá el territorio de la alianza? No, eso sería una gran historia, pero…”

El hombre estaba empezando el sermón.

“¿No es un poco exagerado? El Corredor Phezzan es un verdadero océano de paz. Sólo naves de pasajeros y los mercantes navegan por allí. Cualquier nave con bandera militar nunca llegaría muy lejos”.

“¿Quién decide eso?”, preguntó Julian con una inapropiada falta de civismo.

“¿Quién decide?” preguntó el hombre a cambio, tratando de reírse pero sin llegar a conseguirlo.

Los demás a su alrededor se dieron cuenta de que Julián había planteado la pregunta en serio. Parado en medio de todas esas miradas, Julian levantó su voz para ser escuchado.

“Si la gente estableciera esa ley, creo que esa misma gente también podría revocarla. Dada la forma en que opera el Duque Reinhard von Lohengramm, no veo que siga las viejas costumbres. Es la primera vez que oigo que un Kaiser reinante deserte de su propia patria.”

Su público quedó atónito.

“¿No destruye el Duque Lohengramm con calma los vetustos vestigios de tradición y las leyes no escritas para mandar y conquistar? Dudo que alguien argumente lo contrario”.

Todos hablaban tranquilamente entre ellos. Aunque hubiera oposición a los comentarios de Julian, nadie podía expresarla.

“Pero digamos que el Duque Lohengramm alberga tales ambiciones. Dudo que la gente de Phezzan le venda su orgullo tan fácilmente”.

Detrás de su aire de despreocupación, el corazón de Julián temblaba. Sin tener idea de cómo serían recibidas sus propias provocaciones, estaba nadando en aguas oscuras.

Un joven elegante que charlaba amistosamente con un grupo cercano echó una mirada aguda al joven invitado de honor. Que muchacho tan perspicaz, pensó el ayudante del terrateniente, Rupert Kesselring. Sin embargo, era extraño que el muchacho llegara a una conclusión tan bien formada por sí mismo. Yang Wen-li estaba ciertamente detrás de esto. Se inclinó bruscamente ante sus compañeros y se unió al círculo de gente que se reunía alrededor de Julian. Ni un minuto después, estaba de pie frente al chico para tomar las riendas de esta conversación.

“Incluso con esas, ¿Phezzan vendiéndose al Imperio? Es una conjetura muy atrevida, ¿no es así, Alferez Mintz?”

“¿Lo es? No me parece que la independencia o la independencia formal sea la prioridad más alta de Phezzan.”

“Pero está cerca de ser la más alta. No lo subestime, Alférez Mintz”

La forma en la que Rupert Kesselring enfatizaba el nombre de Julian le dio escalofríos. Su despreciativa superioridad se hinchó en el aire, pareciendo casi soplar el voluminoso flequillo de Julián.

Había siete años de diferencia entre Kesselring y Julian, pero una brecha aún mayor además, no de la inteligencia sino de la independencia. Tal y como Kesselring lo veia, Julián aún no se había alejado un solo paso de la palma de la mano de Yang.

Afortunadamente, el capitán Viola llegó corriendo con su voz clásica y estruendosa para disipar esta atmósfera nociva.

“Alférez Mintz, ha venido aquí para ser bienvenido, no para discutir. ¿Ha olvidado su lugar? Mis disculpas a todos. Por favor, discúlpenlo. Me temo que ha dejado que su ardor juvenil se apodere de él”.

A veces incluso este tipo de esnobismo era efectivo. La música seguía sonando, y las vacantes conversaciones vacías burbujeaban una vez más sobre los asistentes.

V

Rupert Kesselring suspiró en el asiento del conductor de su auto. Su aliento estaba caliente más por el alcohol que fluía en sus venas que por el reflejo de su frustración. El interior del coche estaba oscuro, iluminado sólo por la luz que provenía de la pantalla de cuatro centímetros cuadrados de su visifono, en la que aún resplandecía el rostro del hombre calvo y vigoroso que había estado escuchando el relato de Kesselring sobre la fiesta: El terrateniente Rubinsky.

“Todo esto sólo puede significar que Yang Wen-li probablemente ha visto a través de los planes estratégicos de la Armada Imperial. ¿Y ahora qué?”

“Incluso si eso es cierto, no hay nada que pueda hacer al respecto.”

“¿Seguro que no lo hay?”

Kesselring fingió burla pero tenía problemas para escoger la mosca de la sospecha de su sopa mental. El alférez Julian Mintz no presentaba problemas, pero no era tan tonto ni presuntuoso como para pensar que podía darle la espalda a Yang Wen-li por un momento.

“Sin embargo, ese chico ciertamente dijo algunas palabras a la gente de la fiesta. Claro, están todos borrachos, pero me pregunto cuántos de ellos lo recordarán por la mañana. Y si su interés se convierte en una especulación política, ¿entonces qué?”

“Es demasiado tarde. Sean cuales sean sus dudas, no hay tiempo para actuar sobre ellas. Yo no me preocuparía por eso.”

Apagando el visiófono, Rupert Kesselring mantuvo sus ojos fijos en la pantalla nublada, murmurando para sí mismo, “Aunque esté preocupado, no es por ti.”

Saliendo de su coche en la calle Coburg, Rupert Kesselring entró enérgicamente en un viejo edificio. Una voz mecánica carente de género confirmó su identidad. Los desnudos escalones de hormigón que conducían al subsuelo eran empinados, pero su ritmo perfectamente controlado evitó que tropezara. El pasillo dio un giro, y Kesselring abrió la puerta en su extremo, bañando su cuerpo con un enfermizo brillo naranja. Miró a la figura encogiéndose como un animal moribundo en el sofá.

“¿Y cómo nos sentimos hoy, Obispo Degsby?”

Se encontró con un patético resoplido lleno de maldiciones. Kesselring levantó una esquina de su boca con una sonrisa burlona. El humo de los placeres a media luz se deslizó por la habitación mal ventilada.

“Alcohol, drogas, mujeres. Te has embriagado con todos los pecados bajo el sol, a pesar de ser un hombre religioso que predica la abstinencia. Me pregunto si Su Santidad el Gran Obispo de Terra será tan indulgente con respecto a tu promiscuidad.”

“¡Me obligaste a tomar esas drogas!” dijo el joven obispo, resoplando. Sus capilares habían reventado, dando a sus pálidos irises la apariencia de nadar en un mar rojo.

“¿No me deslizaste esas drogas y me empujaste a las profundidades de la depravación? ¡Blasfemo! Uno de estos días, llegará el momento en que te des cuenta de la locura de tus acciones.”

“Por todos los medios, ilumíname. ¿Me caerá un rayo? ¿O tal vez un meteoro?

“¿No temes a la justicia?”

“¿Justicia?” El joven ayudante rió sardónicamente. “Rudolf el Grande no se convirtió en gobernante del universo gracias a un excedente de justicia. Tampoco Adrian Rubinsky ganó el puesto de terrateniente por su impecable carácter. Llegaron a donde estaban porque eran el poder superior. El principio de control es el poder, no el derecho”, señaló Rupert Kesselring con indiferencia. “Para empezar no existe la rectitud absoluta, por lo que juzgar cualquier cosa sobre esa base no tiene sentido. Los muchos millones de personas asesinadas por Rudolf el Grande recibieron su merecido por insistir en la justicia a pesar de su falta de poder. Si tuvieras poder, podrías vivir sin temer la ira del Gran Obispo. Lo que me lleva a mi punto.”

Tomó un respiro.

“No me importa la autoridad religiosa. Puedes monopolizarla todo lo que quieras. Si cada uno de nosotros se convierte en el gurú de su respectivo mundo, no tendremos necesidad de estar celosos el uno del otro.”

“No entiendo lo que quieres decir.”

“¿No lo entiendes? Digo que te daré la Tierra y la Iglesia de la Tierra.”

El obispo no dijo nada.

“Yo derribaré a Rubinsky. Tú ocupas el lugar del Gran Obispo”.

Degsby aún no dijo nada.

“Esta ya no es su época. Ochocientos años de odio en la Tierra serán una buena comida para la mesa del diablo. De aquí en adelante, tú y yo…”

Cerró la boca, frunció el ceño y miró a Degsby, que se reía.

“¡Olvidas tu lugar, tonto!”

Los ojos de Degsby eran un alto horno hirviendo con una emoción desenfrenada. Sus delgados labios se volvieron hacia arriba, y desde dentro de su garganta explotó un estallido de ira. El joven obispo, vestido de negro, temblaba de pies a cabeza.

“Con una ambición y un pensamiento tan superficial como el suyo, ¿realmente quiere desafiar a Su Santidad el Gran Obispo? Risible no es la palabra. Es más que ridícula. Sueña con tus sueños caninos, desgraciado. Pero no intentes enfrentarte a un elefante. Es por tu propio bien”.

“Creo que ya te has reído bastante a mi costa por un día, ¿verdad, Obispo?

El guión de Rupert Kesselring era tan común que delineaba un marco alrededor de su espíritu poco común. Manteniendo la calma, se permitió responder desde un lugar de verdad personal. No estaba acostumbrado a ser ridiculizado. Tampoco quería acostumbrarse a ello. Sólo los vencedores deberían tener ese privilegio.

“Tengo todas sus vergonzosas escapadas con alcohol, drogas y mujeres grabadas. Si no cooperas conmigo, las usaré como me parezca. Una táctica cliché, lo admito, pero probada y verdadera. El reloj corre.”.

“Perro asqueroso”, respondió el obispo, aunque su voz era ya débil, despojada de su celo.

Julian Mintz se revolvió en su cama muchas veces esa noche, lo cual era inusual para él. Algo amargo de la fiesta había dejado un sabor tan malo en su boca que incluso se levantó una vez para enjuagarla. Revisó su expediente mental, preguntándose si podría haber hecho las cosas mejor. Sintió el aguijón de su propia inexperiencia y se ruborizó solo en la oscuridad.

Había muchos tipos diferentes de combate. Eso lo sabía, y muy bien. Pero había algo que sabía aún más que era cierto: el tipo de combate engendrado por su pequeño intercambio con Rupert Kesselring no era algo que le gustara. Si iba a luchar, quería que fuera con ingenio y valentía, en la vasta extensión del espacio exterior, con las estrellas a sus espaldas, contra el heroico Reinhard von Lohengramm. Era una ambición escandalosa, por supuesto. Julián no tenía la energía necesaria para enumerar todas las formas en que Reinhard le superaba. Ni siquiera el Almirante Yang podía equipararse al genio de Reinhard von Lohengramm. Y aquí estaba él, apenas digno de besar los pies del Almirante Yang. Pero, como Schneider había dicho, a veces se necesitaba un hombre común para derrotar al más inteligente. Esta maraña de pensamientos le había alejado del abrazo del sueño.

Julián quiso beber de repente, y sólo ahora empezaba a entender la fuerza del hábito de Yang. Fue, quizás, su mayor epifanía de la noche.

Más allá de la cama de Julián, el mundo continuaba retumbando sin hacer ruido.

Capítulo 8. Invitación al Requiem

I

Y llegó noviembre y con el, el conocimiento que una mecha encendida, cuya chispa se dirigía a un punto de ignición; estaba a punto de ser rápidamente consumida. La Marina imperial estaba llevando a cabo verdaderas maniobras de combate de forma diaria, acumulando recursos y material, rotando unidades e inspeccionando los sistemas de armamento , en preparación para una campaña que no tenía precedentes en toda la historia del imperio galáctico. El cuatro de noviembre, el Alto Almirante Reuentahl, en calidad de uno de los comandantes de la expedición y como inspector general de la flota llevó a cabo maniobras a gran escala con flotas de treinta mil naves. Estas sesiones de practicas fueron tan intensas que los ejercicios de entrenamiento por si mismos provocaron mas de un centenar de bajas.

La fabricacion de elementos en el lado no-militar de las cosas iba como la seda. El “topo” del imperio el Phezzan, el comisionado Boltec dio parte a Phezzan , por orden de Reinhard de que la flota imperial pronto se desplegaría en dirección a Iserlohn.

A cambio, Boltec solicitó ser nombrado nuevo terrateniente de Phezzan. Reinhard no era ningún miserable y naturalmente Boltec pensaba que su petición sería aceptada. Pero la respuesta de Reinhard fue más rápida de lo que había anticipado. Una vez que conquistase la alianza, Reinhard no tenía intenciones de poner a alguien en posición de autoridad indirecta cuando combinase el territorio recién adquirido con el viejo. Phezzan estaría mejor bajo su control directo, prefiriendo dar a Boltec un puesto relajado con un alto salario y despachar asi el asunto.

Pese a que era la manera correcta de gobernar, apenas parecía compensar el maquiavelico esfuerzo de concentrar el odio del pueblo de Phezzan sobre Boltec. En ultima instancia, como una vez le había dicho a Oberstein, esperaba que Boltec fracasara pronto en sus intentos de mantener el orden público y con esa idea en mente Reinhard le había prometido la posición de terrateniente. Pero Boltec tendría que tomar la completa responsabilidad de mantener el orden público de Phezzan en cooperación con la marina imperial.

De esta forma, Boltec siguió suministrando información falsa a su mundo nativo. Por supuesto, era necesario ajustarse lo más posible a la información enviada por los medios civiles. En un estado mental que no podría haber imaginado experimentar hace un año, ya consideraba su lealtad incondicional a Rubinsky como las acciones de otro yo en otra vida. Originalmente, Boltec se había vendido inesperadamente a sí mismo, comenzando con su mal manejo de la situación con Reinhard al principio, pero para justificar su culpa, encontró fallos en Rubinsky y se resignó al hecho de que perdería su autoridad. El sucesor de Boltec, el ayudante jefe Rupert Kesselring, ya casi nunca estaba en su mente. No era el único que pensaba en Kesselring como un satélite que se alimentaba de la órbita gravitacional del terrateniente. El 8 de noviembre, Reinhard hizo sus asignaciones finales para la Operación Ragnarök. Primero, movilizaría una gran flota de vanguardia hacia Iserlohn. Y mientras todos los ojos y oídos estaban puestos en Iserlohn, enhebraría esa aguja para dominar el corredor de Phezzan con un movimiento rápido. Las órdenes de invadir Phezzan serían competencia del alto almirante Wolfgang Mittermeier y solo de él.

El herido Almirante Neidhart Müller sería comandante del la formación secundaria que seguiría al lobo del vendaval. Müller , quien había esperado fervientemente participar en la operación de captura de la fortaleza Iserlohn como forma de vengar su pasado, esperaba conseguir un logro notable a ojos de Reinhard. Pero en esa ocasión tuvo que guardar para sí mismo sus instintos de venganza.

Comandando la tercera formación iba el comandante de más alto rango de la Marina Imperial, el mismísimo mariscal Imperial, Reinhard von Lohengramm. Bajo su mando directo habían cinco vicealmirante: Aldringen, Brauhitsch, Carnap, Grünemann, y Thurneisen. El jefe de personal de la Armada galáctica el Alto almirante Oberstain, el ayudante jefe de Reinhard, el contra Almirante Streit y el ayudante secundario , el teniente Rücke, asi como la la secretaria jefe del primer ministro imperial, Hildegard von Mariendorf y el lider la guardia imperial, el capital Kissling, estarían a bordo de la nave insignia de la flota, la Brünhilde. Sería la primera vez que una mujer ocupaba un rango en ese buque de guerra.

Para la cuarta formación, Reinhard asignó al almirante Steinmetz. Como alto noble con una larga y condecorada carrera en defensa de la frontera, había ocupado el rango de vicealmirante. Después de la campaña de Lippstadt, volvió de ese destino, prometiendo lealtad a Reinhard, lo que le valió el rango de almirante que deseaba.

Como última defensa, la quinta formación estaría dirigida por el almirante Wahlen. Había aconsejado al pelirrojo Siegfried Kircheis en la Guerra de Lippstadt, en la que había luchado con valentía. Era un gran general en el que se presentaban en el coraje y la táctica, de forma equilibrada y esta vez se le había encomendado la gran responsabilidad de conectar el corredor Phezzan con el resto del territorio imperial. En total, las fuerzas de Reinhard eran doce millones de efectivos, incluidos cuatro millones de personal esencial para defender en tierra en los territorios ocupados de Phezzan y la alianza, y una flota total de 87.500 naves.

Mientras tanto, se movilizó un formidable batallón como Ejército destinado a Iserlohn. Aunque fundamentalmente se había propuesto como una distracción, su aparente debilidad no sería percibida como tal. Para ello, se dispuso el equilibrio adecuado de fuerza militar, recursos humanos y materiales. Dependiendo de las circunstancias, a esta unidad se le encomendaría el gran y tácticamente importante deber de penetrar en el Corredor Iserlohn, infiltrarse en el territorio de la alianza y luego fusionarse con sus camaradas que invaden desde el lado de Phezzan. Liderazgo, perspicacia táctica a gran escala y la capacidad de evaluar las cosas con serenidad: todo esto y más se le exigió al oficial al mando, el alto almirante Oscar von Reuentahl.

Los almirantes Lutz y Lennenkamp servirían como vicecomandantes. Lutz, como Wahlen, había trabajado una vez como vicecomandante de Kircheis. Lennenkamp, como Steinmetz, se había convertido en oficial de estado mayor de Reinhard después de la guerra Lippstadt y en almirante de pleno derecho a partir de entonces. Aunque ya servía como oficial de la escala superior cuando Reinhard apenas era un niño, por las apariencias externas no era más que un hombre delgado de mediana edad. A los almirantes Fahrenheit y Wittenfeld, como jefes de las fuerzas de reserva, se les ordenó estar en alerta. Ambos eran grandes generales, fuertes frente a la agresión y más que preparados para el desafío de defenderse en una batalla decisiva. La flota de Wittenfeld, conocida como Schwarz Lanzenreiter, o Lanceros negros, era un bonus. El almirante Kessler se quedaría en el planeta Odin como comandante de las defensas de la capital y, junto con el almirante Meckinlger, debía esperar nuevas órdenes. Además de ocuparse de tareas de administración y gestión en el Ministerio de Asuntos Militares, se le encomendaría la importante tarea de suministro y organización de refuerzos como gerente de servicios de retaguardia.

Las fuerzas de Iserlohn fueron ampliamente anunciadas, y muchos datos fueron notificados hasta la fecha y hora exactas en que se dirigían a la capital imperial. Eso, en sí mismo, era parte de su estrategia.

“Podemos esperar que la Armada Imperial, dirigida por el Almirante Reuentahl, se dirija hacia Iserlohn”.

En contraste con la ostentosa provocación de la Armada Imperial, la red de información de la alianza comunicó ese peligro a la capital de manera conservadora en el mejor de los casos.

La capital de la alianza de Heinessen se sorprendió, aunque solo fuera porque sus ciudadanos creían en la existencia continua de una armonía preestablecida. Así como la primavera seguía la estala del invierno, nunca dudaron de que la paz reviviría. ¿Y por qué deberían haberlo dudado? En la medida en que Iserlohn era una fortaleza inexpugnable y tenía un joven comandante invencible al mando, no había razón para que la Armada Imperial intentara una invasión del territorio de la alianza.

En este caso, parecía que los funcionarios del gobierno estaban desterrando cualquier recuerdo de haber tratado al eminentemente consumado Almirante Yang desde la perspectiva de un juego de facciones. Cuando los altos mandos del gobierno y la armada se reunieron para celebrar una reunión del Comité de Defensa, el comandante en jefe de la armada espacial, el almirante Bucock, solicitó hablar. Después de ser ignorado varias veces, finalmente le dieron la palabra. El viejo almirante opinaba que cualquier ataque a Iserlohn no sería más que una distracción mientras las principales fuerzas enemigas pondrían la mira en Phezzan.

La observación de Bucock sorprendió a los altos funcionarios presentes, pero la profunda impresión que causó funcionó en su contra. Estalló la oposición llena de burla y cinismo.

“Las preocupaciones del comandante en jefe Bucock son exclusivamente suyas. No puedo pensar que Phezzan esté tan dispuesto a renunciar a su neutralidad política, y a más de un siglo de tradición, conspirando con el imperio. Para empezar, si el imperio se fortaleciera debido a esto, la supervivencia de Phezzan se vería comprometida. Seguramente lo han tenido en cuenta “.

“Phezzan sigue obteniendo importantes beneficios mediante la inversión de generosas cantidades de capital en nuestra alianza. Si la alianza fuese conquistada por el imperio, todos nuestros esfuerzos fracasarían. ¿Harían algo tan contraproducente? “

El viejo almirante no se inmutó ante el fuego concentrado.

“De hecho, Phezzan está invirtiendo en la alianza, pero todo eso se destina a minas, tierras y empresas que operan en los respectivos planetas de la alianza, no es que estén prestando dinero al gobierno de la alianza en sí. Si el capital invertido en Phezzan fuera seguro, dudo que perdieran el sueño por la destrucción de la infraestructura nacional de la alianza, que para ellos sería poco más que el colapso de un techo “.

Después de infligir esta reprimenda, Bucock se lanzó a matar.

“O tal vez también sea cierto que Phezzan está invirtiendo en el gobierno de la alianza”.

“Almirante, haría bien en ser más discreto”, dijo el presidente del Comité de Defensa Islands en un tono prepotente, refrenando la censura del viejo almirante.

Los comentarios de Bucock señalaban la posibilidad de que altos funcionarios del gobierno hubieran estado aceptando sobornos secretamente en forma de sobornos de Phezzan. Algunos de esos mismos funcionarios habrían prometido en su propia conciencia que nada de eso había sucedido. Aunque eso hubiera sido impensable entre padres fundadores como Ale Heinessen, durante el siglo pasado nadie se había preocupado por sus sucesores, dando lugar a que los altos funcionarios imitaran las peores partes del espíritu phezzaní e intercambiaran poder y deber por dinero

Además, la connivencia de los medios de comunicación con la esfera política aseguraba que nada más allá de las luchas políticas entre facciones hubiera surgido en el imaginario público como tema de preocupación.

Las declaraciones de Bucock fueron descartadas como pura especulación y la asamblea optó por fortalecer la vigilancia en Iserlohn y prepararse para la eventualidad de transportar municiones una vez que se emitiera una apelación. Con eso, todos los miembros de la asamblea, excepto uno, levantaron la sesión, satisfechos.

II

El comandante Nilson era el capitán del Ulysses, una nave de guerra que pertenecía a la flota patrullera de Iserlohn. Los últimos días habían sido miserables. Como no le había dicho ni una palabra a nadie, sus subordinados ejercitaron su libertad, es decir, su libertad para hablar cuando su superior no estaba cerca, para llenar los espacios en blanco. ¿Quizás no lo habían tenido en cuenta para un ascenso o había tenido una pelea con su esposa? Uno de los hombres se enteró de que el teniente comandante Poplan lo había desplumado jugando al póquer. Otro dijo que había perdido en el póquer, pero contra el contraalmirante Schenkopp. Entre estas voces de especulación se encontraba la del Subteniente Fields, quien se adjudicó el primer premio en lo que respectaba a los rumores.

“En realidad, el capitán está enamorado de Julian Mintz. Pero, como todos saben, se fue a Phezzan para convertirse en agregado militar. La pérdida de su amor no correspondido lo ha empujado a las profundidades de la desesperación. Seamos suaves con el pobre capitán “.

Su audiencia se rió hasta convulsionar, pero el comandante Nilson era un anciano duro, y todos sabían muy bien que no había un hueso pedófilo en su cuerpo. Aún así, la risa siempre ayudaba a pasar el tiempo. La verdadera razón de la depresión del comandante Nilson fue que, después de pasar los cuarenta, de repente una vieja muela del juicio le estaba causando problemas. Ninguno podría haberlo adivinado.

Casi todos los satélites de vigilancia que Yang había instalado en el corredor habían sido destruidos por el ataque de la flota de Kempf a principios de ese año. Su incapacidad para reemplazarlos debido a los recortes presupuestarios había sido un golpe considerable para su capacidad para rastrear al enemigo. Yang había solicitado en repetidas ocasiones un presupuesto suplementario del Comité de Defensa Nacional, pero el departamento de contabilidad aún no había terminado la auditoría requerida, por lo que, de acuerdo con la regulación, nunca se habían otorgado fondos extra.

Esto no fue un acoso deliberado dirigido a Yang por parte del consejo, sino simplemente el efecto secundario de una burocracia nacional mediocre. La situación se veía más espantosa por momentos.

No había forma de que suspendieran la vigilancia hasta que se les concediera un presupuesto suplementario, por lo que se había organizado una labor de patrulla que sería llevada a cabo por las diferentes divisiones de la flota. Ese día era 20 de noviembre, y habían pasado dos días desde que la Ulises hubiera empezado su labor de patrulla por el corredor.

El capitán Nilson seguía frotándose la mejilla derecha con incomodidad, y cuando recibió noticias de las señales enemigas de su operador de navegación, no se sorprendió en lo más mínimo. Aunque lejos de ser un hombre tímido, el dolor lo estaba agotando, y cualquier energía emocional que le sobraba estaba plagada de pavor y miedo.

“Es una cantidad increíble de naves,es imposible contarlas”.

El operador había experimentado este tipo de situación muchas veces antes, pero esta ocasión le hizo estremecerse tanto como la primera.

“¿Qué debemos hacer? ¿Luchar?”

El capitán lo llamó idiota. La flota de Iserlohn estaba invicta y se había mantenido así porque nunca se enfrentó a un enemigo que no tenía ninguna posibilidad de derrotar. No había lugar en la flota de Yang para la estupidez de luchar contra un vencedor seguro.

“¡¿No podéis retiraros más rápido ?! ¡¿A que estáis esperando?!”

La flota de Reuentahl detectó el acorazado de la alianza mientras se despojaba de su espíritu de lucha y huía. Cuando se les preguntó si debían perseguirlo, el almirante heterocromático les ordenó que esperaran por el momento.

Preferiría que Nilson regresara a la Fortaleza de Iserlohn y corriera la voz sobre el acercamiento de la Armada Imperial. Al igual que su camarada Mittermeier, no era del tipo que disfrutaba persiguiendo peces pequeños. Su único oponente era Yang Wen-li, el almirante más ingenioso de las Fuerzas Armadas de la Alianza. ¿No debería concentrarse en reunir su valor para luchar contra el enemigo mas importante?

Se había disparado el primer tiro de la Operación Ragnarök. También eran las notas del primer compás del réquiem de la Alianza de planetas libres.

Después de recibir la noticia de que el acorazado Ulises se había retirado sabiamente, Yang reunió a sus oficiales de estado mayor en la sala de conferencias de la fortaleza.

Cazellnu se frotó el estómago con malestar, recordando las penurias de la primera mitad del año.

“El almirante Kempf también tenía una gran fuerza militar cuando nos asaltó la primavera pasada, pero esta vez será aún peor”.

Frederica negó con la cabeza.

“¿Asumo bien si pienso que todo esto es parte del gran plan del duque Lohengramm?”

Yang asintió. Esta era simplemente una manifestación local de la epopeya estratégica que había comenzado con la fuga del Kaiser Erwin Josef II. Si Reinhard fuera la clase de militar que imitaba las acciones inútiles de las Fuerzas Armadas de la Alianza, Yang no tenía nada que temer.

El contralmirante Murai, Jefe de Estado Mayor de Yang, se cruzó de brazos.

“De ahora en adelante, deberíamos abstenernos de enviar al Ulises en más patrullas. Cada vez que salen, vuelven con el enemigo pisándoles los talones “.

Yang le lanzó una mirada de reojo a su jefe de personal, sin saber si estaba bromeando o hablando en serio. Esperaba que fuera lo primero, pero la expresión de Murai demostró lo contrario.

“Bueno, no pensemos en eso por ahora. Podríamos simplemente aumentar nuestro nivel de alerta un nivel cada vez que enviemos a Ulises a patrullar “.

Yang ordenó al comandante de defensa Schenkopp y al director administrativo de Iserlohn, Cazellnu, que hicieran todos los preparativos necesarios según lo exigido por el protocolo.

Los ciudadanos de la Alianza a los que debía proteger, a cuatro mil años luz de distancia en la capital, eran más motivo de dolor de cabeza que los enemigos que se aproximaban a él. Por ahora, el fuego se limitaba al Corredor de Iserlohn, y los funcionarios de élite de la capital se sintieron aliviados al saber que podían contar con la inexpugnabilidad de la Fortaleza de Iserlohn y la experiencia táctica de Yang. Pero cuando la Armada Imperial interrumpiese su calma al irrumpir a través de la puerta inmaterial que sellaba el Corredor Phezzan, los sumiría en el pánico. ¿Y si se les ordenara ignorar la situación en la Fortaleza Iserlohn y correr al rescate de la capital?

No tendrían más remedio que ir a ayudar. Él lo sabía. Como había dicho Julián, los soldados seguían órdenes. Las elecciones no dependían de ellos. El renombrado almirante heterocromático,Oscar von Reuentahl, quien, junto con Mittermeier, era una de las estrellas gemelas de la Armada Imperial, había despertado una vez más las más espantosas imaginaciones de Yang. Con Reuentahl en el camino, sería difícil para Yang, seguir adelante a pesar de sus intenciones de rescatar la capital.

En el peor de los casos, la Fortaleza Iserlohn sería recapturada (originalmente había sido propiedad del imperio de todos modos) y terminarían siendo alcanzados por detrás, lo que era tan malo como una derrota. Asegurar Iserlohn y enviar una flota para rescatar la capital de la crisis, todo mientras se enfrentaban a un ataque imperial, sería nada menos que un milagro. Si hicieran demandas, ¿se sentirían satisfechos los altos funcionarios del gobierno? Para empeorar las cosas, tenía demasiada integridad para pensar que lo tratarían amablemente.

El plan de Yang para defender la fortaleza era el siguiente. Antes de la llegada del enemigo, enviaría una flota desde la fortaleza para tender una emboscada en el pasillo, atacaría al enemigo por la retaguardia mientras atacaba la fortaleza y lo aplastaría con la ayuda de la fortaleza en un ataque de pinza. Aunque en general se trataba de una táctica eficaz, las acciones de la Armada Imperial eran rápidas y sistemáticas, y Yang no tendría oportunidad de burlarse de su ingenioso plan. ¿Cuántos planes e ideas en este mundo estaban condenados a fracasar antes de nacer?

Yang envió noticias de inminente batalla a Heinessen. Además, notifico que pensaba que no se trataba de un ataque aislado, sino de un eslabón de la gran cadena táctica del duque Reinhard von Lohengramm, que, una vez completada, conduciría a un asalto a través del corredor Phezzan. Yang les dijo que se concentraran en fortalecer sus defensas en el lado de Phezzan. Aunque sabían que probablemente era inútil, era todo lo que podían hacer. El comandante en jefe Bucock probablemente estaba luchando solo en el Comité de Defensa Nacional, y al menos necesitaba el apoyo.

III

Reuentahl extendió la flota bajo su mando frente a la Fortaleza Iserlohn, asegurándose de estar fuera del alcance del Martillo de Thor, el arma principal de la fortaleza.

Yang no pudo evitar sentirse impresionado por la magnitud de la formación de Reuentahl. Los grupos de puntos luminosos reflejados en su pantalla eran sistemáticos, abrumando a Iserlohn con su grosor y profundidad.

Lo que significaba que el enemigo no iba a escatimar en esfuerzos, ni siquiera en sus distracciones. Yang no tenía ninguna duda de que, a la primera oportunidad, ganarían el control del corredor con su colosal fuerza militar, saludarían a sus tropas amigas que invadían desde Phezzan y se acercarían desde ambos lados. En cuyo caso, se volvería eminentemente difícil para Yang hacer un movimiento. Reuentahl probablemente estaba esperando que él hiciera precisamente eso. Si tan solo hubiera una manera de usar eso contra ellos …

Con sus ojos heterocromáticos, Reuentahl miró el globo plateado reflejado en su pantalla. Sus subordinados, que equiparaban en numero a la población de una gran ciudad, esperaron tensamente la orden de bombardearla. Por fin llegó.

“¡Fuego!”

Más de trescientos mil cañones arrojaron sus lanzas de luz a la vez. Los muros exteriores de la fortaleza, hechos de un compuesto de capa cuádruple de acero superendurecido, fibra cristalina y supercerámica entrelazada con un revestimiento de espejo, emitían una incandescencia blanca proveniente de la lluvia de rayos reflejados. La fortaleza brillaba como una piedra preciosa gigante en la oscuridad del espacio, brillando más que las estrellas detrás de ella y enviando una señal silenciosa a años luz de distancia.

Aunque una gran cantidad de baterías de armas y emplazamientos fueron destruidos por esta gran descarga, la fortaleza en sí resistió las furiosas olas de energía, colgando casi con orgullo en el espacio.

“No se moverá”.

El vicealmirante Bergengrün, jefe de personal, quedó impresionado por lo que vio en la pantalla.

“No hay razón para que deba hacerlo. Pero es nuestro deber dar espectáculo. Démosles algo con lo que deleitarse, ¿de acuerdo?

Aunque el futuro era incierto, Reuentahl se dedicó a la misión que tenía entre manos, sin intención de ser tachado de incompetente. Porque cuando un hombre que por mero interés propio no cumplía con los deberes que le habían sido asignados se levantaba contra el gobernante supremo, ¿quién lo seguiría? La popularidad se cultivaba mediante logros reales. Podía ser una distracción, pero si pudiera llevar a cabo esta misión al máximo, adjudicándose para sí un logro real, y de paso derrotaba al almirante más ingenioso de las Fuerzas Armadas de la Alianza y recuperaba la Fortaleza de Iserlohn, su popularidad y renombre no conocerían límites.

“Pongame con el almirante Lutz. Proceda según lo planeado con una formación semi-envolvente “.

Como Kircheis antes que ellos, confió tanto en Bergengrün como en Lutz. Aunque no eran los hombres más dinámicos, seguían las órdenes con la máxima eficacia. En la Batalla de Kifeuser también habían cumplido bien las órdenes, contribuyendo a las grandiosas tácticas y la dramática victoria de Kircheis.

Remolinos de brillantez explosiva y danzante llenaron la pantalla gigante del centro de mando de la Fortaleza Iserlohn.

Como era su costumbre al dar órdenes de batalla, Yang se sentó en el escritorio del comandante, puso una rodilla en su regazo, dejo caer un codo en ella, y apoyó la barbilla en la mano, mirando fijamente a la pantalla. Aunque Yang no pensó que su pose tuviera necesariamente algún efecto en su mente, calmaba su cuerpo y, sobre todo, tranquilizaba a sus subordinados. Y, sin embargo, verlo sentado allí, con los ojos inyectados en sangre por toda la emoción, provocó por una vez una perturbación en la fe indestructible de sus subordinados. Su comandante a veces tenía que hacer un espectáculo para ellos, pero esta vez estaba realmente exhausto.

“La flota puede salir al corredor en cualquier momento”.

Eso se parecía más a una solicitud que a un informe, pero Yang estaba haciendo que mantuvieran su posición actual y se mantuvieran alerta. Ya se habían adelantado por el avance del enemigo, y Yang quería un poco más de tiempo para ver cómo se desarrollaban las cosas.

Por accidente,al considerar las posibles interacciones, una sección de la flota imperial se había separado hábilmente y adoptó una formación semi-envolvente dentro del alcance del cañón principal de la fortaleza. Si lo ignoraban, el enemigo podría aprovechar un punto ciego en su campo de tiro.

Yang autorizó el lanzamiento. Pero, dado que él mismo estaba confinado en la fortaleza, confiaba a Fischer y Attenborough como comandantes de primera línea para que le informaran del estado de la batalla. Fischer, sin interés, y Attenborough, muy animado, se habían estado preparando para salir al exterior desde los puertos principales, pero en ese momento Yang, en un golpe de brillantez, dejó que Reuentahl tomara la iniciativa. El almirante heterocromático esperó el visto bueno de Yang y respondió en segundos.

Su sincronización no podría haber sido más exquisita. Cuando Yang se puso de pie en el escritorio de mando, las flotas de ambos lados se enzarzaron en un cuerpo a cuerpo dentro del alcance de los cañones de la fortaleza. El enemigo y los aliados estaban mezclados como piezas de ajedrez, e incluso mientras intentaban atacar al enemigo, detectaron la figura de una nave consorte acercándose por detrás. Todo lo que pudieron hacer para contrarrestarla era atacar con artillería de pequeño calibre. Muchas de las naves ni siquiera eran rivales para eso, y se dispersaron en todas direcciones para evitar colisiones y el contacto con el enemigo. En estas circunstancias, era imposible disparar los cañones de la fortaleza, que destruirían más amigos que enemigos.

“No está mal, no está nada mal.”

Yang quedó impresionado. Habiendo sido testigo de una habilidad táctica tan refinada, no tenía ninguna razón para estar resentido. Se sentó de nuevo en su escritorio y pensó en la mejor manera de aprovechar esta situación. Incluso cuando estaba convencido de que von Reuentahl tenía la ventaja, se preguntó si no había una oportunidad que pudiera aprovechar.

Mientras tanto, Reuentahl observaba con calma el progreso de la batalla.

Si las Fuerzas Armadas de la Alianza intentaban rescatar a los suyos, no podrían depender de las armas y tendrían que desplegar refuerzos desde la fortaleza. Y si crecían, Reuentahl necesitaría hacer crecer sus naves en igual medida.

Si tan solo pudieran llevar a la alianza a una guerra de desgaste, Reuentahl estaría en una posición infinitamente mejor. Por otra parte, al tratar con un hombre llamado “Yang milagroso” y “Yang el mago”, sospechaba que su oponente aún podría sacar un conejo de su sombrero. Naturalmente, Reuentahl lo estaba esperando.

IV

La flota de Yang, enviada desde la fortaleza con Fischer a los mandos del timón y Attenborough a cargo del trabajo táctico, evitó por poco la aniquilación. En el borde exterior de una tormenta de golpes, las flotas de ambos bandos intercambiaron fuego y bolas de luz , que aparecieron sucesivamente en la oscuridad del espacio.

Un aguacero incandescente envolvió el buque de guerra imperial Schoenberg, y en el momento en que la integridades de los escudos compuestos y el campo magnético neutralizador de energía de la nave resultaron comprometidas , el propio Schoenberg se sumó al espectáculo de luces. Se expandió y se convirtió en una estrella fija efímera a pequeña escala antes de dispersarse silenciosamente en todas direcciones. Tan pronto como se desvaneció su resplandor latente, una nueva bola de luz apareció a su lado antes de ser reducida a átomos.

La alianza también sufrió daños. El acorazado Oxiana estaba rodeado por tres ágiles destructores, movido por un hábil y compenetrado trabajo en equipo y había resultado bombardeado con metralla nuclear justo en el cañón de la nave. El gran buque de guerra se partió desde el interior, retorciéndose en la explosión antes de ser finalmente destruido. El acorazado Ljubljana fue golpeado por dos haces de luz desde el frente, y el barco se partió en dos cuando sus brechas se combinaron. Dentro de un círculo formado por las manos unidas de la muerte y la destrucción, ambas flotas bailaron en lucha combativa, escupiendo fuego.

En esa vorágine, la flota de Yang lanzó nuevas fuerzas. En el puente del buque insignia de Reuentahl, Tristan, el operador abrió mucho los ojos cuando vio el modelo y el nombre del barco en su computadora.

“¡Es el acorazado Hyperion!” El operador casi dudaba de sí mismo, incluso mientras lo decía.

El joven almirante heterocromático se sorprendió de todos modos. Por supuesto, no expresó nada de eso en su discurso y conducta. Era impensable que el comandante enemigo hubiera salido él mismo. Había escuchado que Yang era ingenioso, pero ¿tenía lo necesario para liderar un ejército?

Yang y Reuentahl tenían ambos treinta y un años. Aunque esto era una mera coincidencia, el hecho de que ambos habían llegado a estar asociados con el campo de batalla y podían presumir de altos rangos y servicio distinguido a una edad tan temprana era incluso más difícil de creer.

¡Todos los barcos, carguen! ¡avante, a toda maquina!” ordenó Reuentahl.

Podían decidir el resultado de un solo golpe. Cada oficial imperial deseaba ser quien capturara y matara a Yang. Era un logro monumental, y el joven Reuentahl sentía que su espíritu de lucha se avivaba ante la perspectiva.

La nave insignia Tristan encabezaba la flota imperial que se dirigía hacia el Hyperion. Pero cuando estaba justo dentro del alcance de disparo, el operador gritó y la nave fue sacudida por un impacto sordo cuando una nave enemiga la embistió desde un ángulo oblicuo.

Una nave de desembarco de asalto se había adherido al vientre de la Tristan usando un potente electroimán, para despues disparar un taladro térmico y rociar un agente oxidante. Después de unos dos minutos, un agujero de dos metros se había abierto paso a través de las paredes interiores de ambas naves, a través del cual una unidad de abordaje vestida con trajes blindados penetró en la Tristan.

Así que ese era el juego de Yang. ¿Acababa de tropezar con un comandante de primera, si no más capaz que el propio Reuentahl, utilizando un truco de segunda? Usando su nave insignia, en la que ni siquiera estaba presente, como señuelo, atrajo a Reuentahl hacia adelante, para estrellar una nave de asalto contra él e infiltrarse en su nave, tal vez con la intención de convertirlo en prisionero de guerra. El plan había sido propuesto por Schenkopp.

“¡Alerta ,intrusos! ¡Alerta, intrusos! ¡Prepárense para un contraataque de emergencia! “

En medio del estruendo de las advertencias y las sirenas, los tiroteos y el combate cuerpo a cuerpo ya se habían intensificado a lo largo del pasillo central del barco. El regimiento Rosen-Ritter, equipado con escudos de espejos compuestos que reflejaban el fuego láser, se abalanzó sobre los soldados enemigos con un heroísmo imprudente y con sus tomahawks de cristal de carbono dejaron tras de su un reguero de sangre fresca en el suelo, las paredes y el techo. Los defensores imperiales no fueron menos valientes que los intrusos. Incluso cuando los soldados aplastados por las hacha de guerras estaban a punto de caer presa de las garras de la muerte, agarrabann sus rifles láser, usando sus ultimas fuerzas para derribar enemigos con fuego implacable antes de caer en charcos de su propia sangre.

“No os preocupéis por estos secuaces. Nuestro objetivo es su comandante. Encontrad el puente ”, ordenó Schenkopp a sus subordinados.

Allí estaba de pie blandiendo su hacha de guerra, con multitud de soldados enemigos muertos a sus pies que no volverían a moverse.

“No dejeis que nadie salga vivo de esta nave. ¡Haced que reciban la apropiada recompensa por su temeridad! “

Esa era la orden del vicealmirante Bergengrün, que se había hecho un nombre bajo el mando de Siegfried Kircheis. Después de la muerte de Kircheis, se convirtió en el jefe de personal de Reuentahl, pero como hombre diligente de gran inteligencia, se había encargado de dirigir este contraataque.

Por orden del jefe de estado mayor, los soldados imperiales asumieron una formación de ataque de pinza a ambos lados del pasaje. Schenkopp cargó, derribando a dos soldados enemigos con un golpe de su hacha de guerra. Bañado con la sangre de sus compañeros, con otro golpe derribó a tres hombres más que se abalanzaron sobre él. Solo él y otros dos soldados lograron pasar, dejando a los demás enredados en una batalla contra todos.

Tanto si los llamaba camaradas como si no, la oportunidad estaba de su parte. Al ver a un grupo de soldados corriendo hacia él, abrió una puerta lateral y se metió dentro. Hubo gritos de sorpresa cuando dos soldados que asistían a un oficial desenfundaron sus pistolas láser.

Las láseres se cruzaron en la pequeña habitación de diez metros cuadrados y dos hombres de cada lado cayeron al suelo en medio de gritos de corta duración. De pie en la habitación estaban Schenkopp y un soldado imperial, que todavía sostenía el traje que se había estado poniendo para unirse a la lucha.

Al ver que el intruso estaba completamente armado, no gritó pidiendo ayuda, sino que arqueó una ceja y se volvió hacia él. Además de su extraordinaria audacia, su magnífico uniforme imperial negro y plateado, y particularmente la insignia dorada que solo un almirante tendría, fortalecieron las convicciones de Schenkopp.

“¿Alto Almirante Reuentahl?”

El joven almirante, al que se dirigió a la manera imperial(*), asintió a su indiscutiblemente descarado intruso. (*Ndt: O sea, le hablo en alemán.)

“Si. ¿El perro de caza de la alianza, supongo?”

Su voz era tranquila, lo que agradó enormemente a Schenkopp. Apretó el agarre de su tomahawk. No ofreció rendición, sabiendo que era inútil.

“Soy Walter von Schenkopp. Te haré recordar eso en estos últimos breves momentos “.

En cuanto hubo hablado, su hacha de guerra cortó el aire. Reuentahl no era tan tonto como para tratar de bloquear el ataque. Su cuerpo largo y bien proporcionado, bajo un control perfectamente consciente, voló dos metros hacia atrás. El tomahawk se balanceó paralelo al suelo donde había estado su cabeza un momento antes. Cuando Reuentahl apuntó con su pistola láser , el tomahawk pareció desafiar las leyes de la inercia, ya que se balanceaba desde la otra dirección con una velocidad aún mayor. Reuentahl se agachó. La hoja de cristal de carbono le afeitó algunos mechones de cabello castaño oscuro de la parte superior de la cabeza. Reuentahl rodó por el suelo y saltó al apretar el gatillo. El sable de luz brillante habría perforado el casco de su oponente si no hubiera bloqueado el rayo con su hacha de guerra. El mango del tomahawk se partió bajo su fuerza.

Reducida el arma a un mango roto, el tomahawk voló de la mano de Schenkopp y golpeó el desintegrador láser de la de Reuentahl. Ambos hombres, ahora con las manos desnudas, se miraron el uno al otro, asintiendo al unísono. Schenkopp sacó un largo cuchillo de combate de su cinturón. Reuentahl saltó hacia el cadáver de un soldado aliado que había llamado el rabillo del ojo y le arrebató un cuchillo manchado de sangre.

Pateó el suelo y el cuchillo brilló en un arco vertical. Las hojas supercerámicas chocaron, quemando los ojos de sus portadores con chispas. Trataron de apuñalarse, cortarse, derribarse entre sí , pero terminaban parando los golpes del otro en un baile impecablemente idéntico. Por más que intentaron enterrar sus cuchillos en la carne del otro, el equilibrio impecable de su ofensiva y defensa no se rompió tan fácilmente.

Hubo una avalancha de pasos cuando el regimiento Rosen-Ritter entró corriendo, habiendo encontrado a su comandante. Los soldados imperiales no se quedaron atrás.

El capitán Kasper Rinz derribó a varios soldados imperiales desde un costado, bañándose en una niebla de su sangre. Rodó por el suelo. Más soldados dispararon contra los intrusos, utilizando los cuerpos de sus compañeros caídos como escudos.

Resoplidos furiosos, sangre fresca y destellos de luz llenaron la habitación. Sin un resultado aún decidido, Reuentahl y Schenkopp fueron absorbidos por una ola de soldados.

En tres minutos, los soldados de la alianza habían sido expulsados ​​de la habitación y el vicealmirante Bergengrün pudo distinguir por fin la figura de su comandante.

“Su Excelencia, ¿se encuentra bien?”

Reuentahl asintió en silencio. Mientras se alisaba el cabello revuelto con la palma de la mano, sus ojos desiguales brillaron con autodesprecio. Qué broma había resultado ser. Aquí estaba, un comandante de flota, que acababa de participar en un combate cuerpo a cuerpo. A pesar de haber luchado valientemente contra su enemigo, el alto Almirante Ovlesser el año pasado, no tenía muchas ganas de sonreír.

“¿Entonces esos son los infames Rosen-Ritter?”

“Sí, parece que sí”.

“Detén la pelea y retírate. Estaba demasiado ansioso por ganar y terminé siguiendo el ritmo marcado por el enemigo. Y ahora, debido a ello un regimiento ha invadido el buque insignia “.

“No hay excusa para ello”.

“Para empezar, nunca fue tu responsabilidad. Estaba demasiado exaltado. Déjame refrescarme un poco y comenzaremos de nuevo “.

Cuando Yang se enteró de esto, reconoció que Reuentahl no solo era talentoso, sino un comandante capaz y de primera categoría.

Schenkopp, que había regresado a la Fortaleza de Iserlohn en la nave de abordaje, apareció ante Yang con armadura completa, casco en mano, para dar su informe. Su traje salpicado de sangre, junto con su expresión intrépida, lo hacía parecer un caballero de la legendaria Mesa Redonda.

“Casi lo tenía, pero el pez gordo se escapó. Logramos invadir el buque insignia, por lo que no todo fue en balde “.

“Eso es lamentable”.

“De hecho, y tal vez estén pensando lo mismo. Era un oponente muy digno, estabamos muy igualados en cada turno “.

“Así que, después de todo, no pudimos cambiar la historia”.

Yang sonrió y Schenkopp le devolvió la sonrisa. Ambos hombres sabían que Yang solo estaba bromeando.

V

Reuentahl había demostrado una habilidad extraordinaria. Había retirado sus fuerzas de la formación de combate cuerpo a cuerpo y reorganizado sus fuerzas de forma sistemática. Además, había logrado hacer esto mientras continuaba luchando contra la flota de Yang. Por supuesto, Yang había intentado aprovechar la retirada del enemigo, pero sin un hueco a la vista que permitiera la persecución, abandonó la idea y recibió a su flota en la fortaleza. La batalla había terminado en empate.

Yang estaba sentado con las piernas cruzadas en el escritorio del comandante, sorbiendo desagradablemente de su taza de té negro. La razón de su expresión hosca no era el estado de la guerra que tenía ante él, sino el sabor de su té. Las hojas estaban bien, pero las había remojado demasiado tiempo, lo que dejaba un sabor amargo en la lengua. Recordando lo hábil que era Julian preparando té, el hecho de dejarle ir pesaba aún más en su mente. Yang sabía que era egoísta por pensar así.

“Hay grandes enemigos en todas partes”, comentó Cazellnu, tomando un sorbo de café que claramente no era de su agrado.

Yang colgó una pierna del escritorio, pateándolo suavemente.

“No debería haber dejado de atacar, pero es una de las estrellas Gemelas de la Armada Imperial. Hay algo diferente en él “.

Yang nunca era parco a la hora de felicitar a sus enemigos. Schenkopp hizo una pregunta puntual: aunque la situación actual se estaba desarrollando encaminada hacia una batalla entre fortaleza y flota, ¿Podria Reuentahl ponerle en jaque cuando se tratase de una partida de ajedrez entre flotas?

“No lo sé. Kempf debería haber sido inferior a Reuentahl en términos de flexibilidad táctica, pero apenas conseguimos desembarazarnos de él, ¿Quién sabe cómo serán las tornas esta vez? “

“Por favor, no digas cosas que me decepcionen. Lo he dicho antes y lo diré de nuevo: creo que puedes derrotar a Reinhard von Lohengramm. ¿Qué pasará si no puedes derrotar a su subordinado? “

“Eres libre de pensar lo que quieras, pero la confianza subjetiva no conduce necesariamente a resultados objetivos”.

Yang hablaba tanto para sí mismo como para Cazellnu. Cuando se enfrentó al valiente Almirante Karl Gustav Kempf de la Armada Imperial, pensó que seguramente perdería ante el subordinado de Reinhard, pero de alguna manera las cosas se habían vuelto aún más severas y, como Cazellnu había dicho, abundaban los enemigos formidables.

A raíz de este enfrentamiento, las fuerzas imperiales se mantuvieron discretamente a distancia de la Fortaleza Iserlohn.

Si la Armada Imperial llegaba a acercarse a cualquier lugar dentro del alcance de la batería principal de la fortaleza, la fortaleza podía disparar sus armas o enfrentarse al enemigo en combate cuerpo a cuerpo con un ataque sorpresa, pero el enemigo no respondió a su invitación silenciosa. Yang había probado el método ortodoxo de despliegue de flota en pequeños incrementos y mantener el fuego enemigo con la esperanza de atraerlos dentro del rango de tiro.

Pero la autoridad de Reuentahl se estaba seguía al pie de la letra, sin un solo giro en los movimientos de la Armada Imperial. Al avanzar y retroceder repetidamente con un ritmo casi artístico, sembraron ansiedad en los corazones de los operadores de la fortaleza.

Más que nunca, Schenkopp lamentó no haber matado a Reuentahl cuando tuvo la oportunidad.

El 9 de diciembre, la Armada Imperial lanzó una ofensiva sorpresa. Detuvieron su patrulla fuera del alcance del cañón principal de la fortaleza. De esos barcos, un grupo de quinientos empleó una táctica de golpe y fuga, atacando a corta distancia.

Era una misión kamikaze. Si el rayo de energía de 924 millones de megavatios del Martillo de Thor los golpeara directamente , esas quinientas naves se vaporizarían al instante. Ninguna cantidad de velocidad o movilidad sería suficiente para escapar, ya que los cañones periféricos y los emplazamientos de la fortaleza se habían diseñado para combatir precisamente este tipo de maniobras evasivas. A pesar de ser consciente de esto, Reuentahl lanzó su ataque. Por lo tanto, la batalla comenzó de nuevo con mayor intensidad y rapidez.

Las torretas de la fortaleza recibieron varios impactos directos, brillante color blanco que se disolvía en el firmamento, como columnas de sal. Los que quedaron apuntando hacia el cielo dispararon rápidas flechas de energía. Las naves más pequeños cayeron en picado. Incapaces de librarse del agarre de la gravedad artificial de Iserlohn, se estrellaron contra el muro exterior de la fortaleza y explotaron. Cuando una ola se retiró, la siguiente se apresuró a ocupar su lugar, asaltando la pared exterior con un aguacero continuo.

Treinta minutos después, la Armada Imperial había perdido más de dos mil buques, mientras que Iserlohn había registrado más de doscientos informes de daños. Las órdenes de Reuentahl fueron sutiles. Con un ingenio envidiable, sus naves se acercaron a un punto ciego de las torretas de la fortaleza e hicieron una pequeña brecha en la muralla exterior de la fortaleza concentrando toda su potencia de fuego. La cortaron, como un bisturí abre una herida.

Aunque no era una herida fatal, si era lo suficientemente grave como para dañar los nervios del bando defensor. Yang estaba tácticamente abrumado.

Aunque Yang había esperado esa batalla, Reuentahl había tomado la iniciativa desde el principio. Los ataques de Reuentahl resistieron todo lo que se les presentó, y la destreza con la que curó sus heridas no tenía rival. Este no era el trabajo de un artista creativo, sino de un ingeniero meticuloso que ordenaba los planos colocados en su escritorio. Frederica estaba secretamente preocupada, porque la habilidad de Yang parecía diferente de su brillo y vitalidad habituales. Aunque el fracaso no era seguro, tampoco estaba lejos.

“Nunca había librado una batalla tan aburrida”, dijo el teniente comandante Olivier Poplan, mientras comía en el comedor de pilotos, todavía con su uniforme.

Cuando se lanzaron, el enemigo no se acercó, y si el enemigo atacaba, no era su turno. No era más que una batalla de artillería dejada a la sólida pared exterior. No había ningún placer en esto para un hombre de la disposición de Poplin.

“No puedo entender el comportamiento del enemigo. ¿No están simplemente jugando con nosotros? “

Ivan Konev miró a su camarada, esperando que sus dudas fueran validadas. Poplan bajó con cierta descortesía su pan y su salchicha de cerdo con un poco de cerveza antes de responder.

“Prefiero a un hombre que trata la guerra como un juego”.

“Esta no es una cuestión de tus preferencias. Me preocupa lo que el imperio tiene bajo la manga “.

“Lo sé, pero por mucho que te preocupes, puedes estar seguro de que nuestro comandante ha estado preocupándose por eso mucho más tiempo. Obtiene cero puntos como amante, pero como estratega nadie puede superarlo. Ese patán “.

“¿A diferencia de ti?”

Konev pensó que ese cinismo podría molestarlo, pero el joven as que se jactaba más de su pilotaje en la cama que en el aire se rió tranquilamente.

“No soy tan vanidoso. Me gusta más presumir de cantidad que de calidad, ya sabes. El filantropismo es una contrariedad para alguien como yo ”.

Como señaló Poplan, Yang conocía los verdaderos motivos de la Armada Imperial. Pero saber que no podía hacer nada al respecto hundió su corazón hasta el fondo de un océano pesado. Así como Yang había discernido la estrategia y el plan táctico de Reinhard durante el golpe de estado del año pasado, también lo había hecho esta vez. ¿Pero con qué efecto? ¿No era mejor ser actor que mero profeta? ¿No garantizaba eso una vida mucho más significativa?

Si Julian hubiera estado allí, le habría dicho: “No sirve de nada estar deprimido”. Y Yang estaba realmente deprimido. Tanto es así que quería gritar: “¿No sabes lo que va a pasar con la Alianza de Planetas Libres?” Quería a ese chico rubio a su lado más que nunca. Lamentaba profundamente haber dejado ir a Julian. Aún más irritante era que no tenía forma de medir si su arrepentimiento estaba bien fundado.

VI

El ataque de Reuentahl a Iserlohn terminó en fracaso el 9 de diciembre. A pesar de los daños, Iserlohn demostró una vez más su inexpugnabilidad y Reuentahl retiró su flota. Pero se trataba de un desarrollo superficial y anticipado. El objetivo de la Armada Imperial desde el principio había sido provocar un ataque a gran escala contra Iserlohn y luego dar a conocer su fracaso en toda la alianza y Phezzan.

Aquí, se estaba representando una obra épica pero amarga. El gobierno de la alianza y su pueblo engañarían a Phezzan y, en una actuación destinada a causar errores de juicio, escribirían un guión que aceleraría un cambio histórico.

El comandante de las fuerzas de invasión de Iserlohn de la Armada Imperial, el alto almirante Oscar von Reuentahl, transmitió la inmensidad de las defensas y la resistencia de Iserlohn a la capital, y solicitó refuerzos a Reinhard von Lohengramm. Reinhard expresó su pesar por la dura lucha de Reuentahl y transmitió a los oficiales de estado mayor de más alto rango de la Armada Imperial su intención de capturar Iserlohn en una acción rápida. El alto almirante Wolfgang Mittermeier, el almirante Neidhart Müller y los demás en espera en las regiones estelares que rodeaban la capital recibieron órdenes de despliegue.

“Diríjanse al Corredor Iserlohn y cumplan con su deber de la manera más eficiente posible. Si necesita más mano de obra, yo personalmente saldré de la capital y me uniré a sus filas “.

“Como desée, Excelencia. Lo daremos todo “.

Los almirantes sabían que el comando de Reinhard contenía un nombre propio falso. Se dirigían a un Corredor completamente diferente.

Reinhard despidió a Mittermeier y los demás mientras salían del puerto espacial militar. De pie a su lado estaba su secretaria, Hildegard von Mariendorf, o Hilda, que observaba como la nave insignia de Mittermeier, la Beowulf, borraba las estrellas mientras se abría paso a través de la atmósfera superior del planeta.

“Ha comenzado, ¿no es así?”

Al ver a Hilda parada allí, vestida con su uniforme negro y plateado, y tratada por todos como un comandante, Reinhard asintió con entusiasmo juvenil.

“Sí, es el principio del fin, fräulein”.

Mientras estudiaba a Reinhard, inmediatamente le vino a la mente la imagen de su primo, el barón Heinrich von Kümmel. El noble de dieciocho años padecía una enfermedad conocida como disbolismo congénito y era, como Reinhard, incapaz de hacer despegar sus diseños para el universo. Al contrario, apenas podía mantener su propia vida por sí mismo. Antes de su partida, Hilda se había prometido a sí misma hacerle una visita a Heinrich. Siguió de nuevo la línea de visión de Reinhard, mirando hacia el cielo nocturno.

Mucho más allá de donde sus ojos podían ver, se extendían ante ellos un océano de estrellas que pronto serían conquistadas.

Capítulo 9. La ocupación de Phezzan

I

La flota del alto almirante Wolfgang Mittermeier salió de la capital de Odin, presumiblemente hacia el Corredor Iserlohn. La mayoría de los oficiales y hombres estaban convencidos de ello, pero a medida que avanzaba su marcha, algunos empezaron a albergar dudas. Para los oficiales de control de navegación era algo evidente que se alejaban de Iserlohn con cada salto warp. Y aunque al principio parecía que se lanzaban sin rumbo fijo por el espacio, gradualmente las letras en sus cabezas formaron un solo nombre: Phezzan. Era el único lugar fuera de Iserlohn que estaba más allá del territorio imperial. No podían creerlo.

El 13 de diciembre, sus sospechas se confirmaron cuando se dio a conocer a la tropa los detalles de la Operación Ragnarök, conocida hasta entonces solo por los almirantes. Desde el puente de la nave insignia Beowulf, el almirante principal Mittermeier hizo su anuncio a toda la flota a través de la pantalla de comunicaciones.

“No vamos al Corredor Iserlohn, sino al Corredor Phezzan”.

Cuando los dos millones de soldados que escuchaban la voz del lobo del vendaval comprendieron su significado, se agitaron con una conmoción febril. Mittermeier prosiguió, como si quisiera reprimirlo.

“Nuestro objetivo final, por supuesto, va más allá de la ocupación de Phezzan. Usaremos Phezzan como nuestra base de retaguardia, atravesaremos el corredor y venceremos a esos rebeldes que presumen de llamarse a si mismos Alianza de planetas libres, poniendo así fin a un conflicto divisivo que ha sacudido a la humanidad durante siglos. Por eso nuestra flota ha sido desplegada. No estamos aquí simplemente para mandar y conquistar, sino para pasar página en nuestra historia colectiva “.

Respiró hondo y luego continuó.

“Por supuesto, no va a ser fácil. El territorio de la Alianza es vasto. Tienen muchas tropas estacionadas listas y un comandante sobresaliente para dirigirlas. Pero tomar el control del corredor Phezzan nos coloca en una posición abrumadoramente ventajosa. Tengo mucha fe en vuestra valentía “.

Y así, la flota de Mittermeier puso rumbo a Phezzan, cabalgando sobre la ola de su propio regocijo.

La Easy Money, nave Phezzani dedicada al comercio de mineral, estaba, por primera vez en seis años, completamente cargada con una preciosa carga y se dirigía a casa. La tripulación, catorce personas, confiaban los detalles del viaje a la computadora de navegación, y mientras se divertían jugando a las cartas y al ajedrez, y de sus bocas brotaban olores de alcohol y sueños. Entre ellos había un hombre, cheque en mano, que planeaba casarse con su amante cuando regresara. Su ociosidad y calma, sin embargo, se vieron destrozados por una vista sorprendente en la pantalla principal del operador: grupos de puntos de luz creados por el hombre que parecían no terminar nunca.

Los tripulantes se miraron, pero en ningún rostro se escribió una respuesta satisfactoria. Tres minutos después, el operador hizo un anuncio a sus compañeros.

¡Una flota imperial! Diez mil, no, veinte mil naves. Pero, ¿por qué una flota imperial vendría hasta aquí? Se supone que es una zona espacial desmilitarizada “.

La tripulación estalló en un coro de voces agitadas. El astronavegador normalmente reticente fue el primero en proponer una explicación.

“El enemigo tiene la intención de invadir el corredor Phezzan. Todos pensamos que iban a Iserlohn, pero parece que nos han engañado “.

Casi sonaba como alguien contando un chiste de mal gusto, pero bajo la fina costra de su ira burbujeaba un magma de inquietud y miedo.

“¿Entonces tienen la intención de ocupar Phezzan por la fuerza militar?” preguntó alguien, esperando un no que nunca llegaría.

“¿Qué más podría ser?”

“¡¿Cómo puedes estar tan tranquilo ?! Ésto es una emergencia. Debemos alertar a Phezzan de inmediato “.

Pero para entonces, más de diez destructores y patrulleras de alta velocidad estaban dirigiendo sus proas hacia la Easy Money. Enviaron órdenes para la nave detuviera sus motores a medida que se acercaban. Les esperaba un dilema impensable. Incluso la gente de Phezzan, que se suponía que estaba dotada de una audacia más que suficiente, estaba asustada por estas circunstancias imprevistas y no pudo determinar ninguna contramedida inmediata.

“Pasará un tiempo antes de que los destructores abran fuego. No hay tiempo que perder. Hagamos nuestra escapada mientras podamos “.

“Imposible. Nos alcanzarían en un santiamén “, dijo el astronavegador, negándose a albergar optimismo. E incluso si logramos escapar, terminaremos teniendo que reunirnos con la Armada Imperial en Phezzan de todos modos. En cuyo caso, haríamos mejor en dar una impresión conforme “.

“¿Pero por qué ha llegado a esto? Solía ​​pensar que Phezzan y el imperio seguirían coexistiendo, pero … “

“Supongo que los tiempos han cambiado.”

Se vieron obligados a admitir que no eran más que la audiencia angustiada de un drama histórico. Después de trabajar diligente y concienzudamente sin vacilar, amasar su riqueza y regresar a casa con la esperanza de vivir sus vidas al máximo, las cosas habían tomado un rumbo diferente. La historia había cambiado y los tiempos con ella. A medida que su nación se había elevado, también caería.

Aunque el control de la Easy Money había sido revocado, su seguridad estaría garantizada cuando la tripulación regresara a un Phezzan rodeado de barcos de la Armada Imperial. Si intentaban escapar, serían diezmados en un instante. Nadie superó al lobo del vendaval. La perspectiva de serr protegidos por veinte mil naves de la flota imperial no era nada de lo que alegrarse. Medio día después, La nave mercante Caprice de Phezzan también se enredó en la red de vigilancia de la Armada Imperial y se le pidió que se detuviera:

“Si no lo hace, dispararemos”.

Pero la tripulación del Caprice fue mucho más valiente que sus aliados a bordo de Easy Money. O mucho más estúpida. Haciendo caso omiso de la señal, comenzaron a huir.

Cuando la señal fue ignorada por cuarta vez, incluso Mittermeier no pudo decidir qué hacer. Treinta segundos después, estrías de luz de un blanco puro atravesaron la oscuridad eterna, incinerando la Caprice.

Los tripulantes que miraban en la pantalla principal de la Easy Money bajaron la cabeza decepcionados. Sabiendo que habían tomado la decisión correcta tan bien como sabían que la Caprice había tomado la decisión incorrecta, rezaron igualmente por el éxito del encomiable intento de fuga de la Caprice.

El 24 de diciembre, la flota de Mittermeier alcanzó la órbita del satélite de Phezzan.

En su camino, capturó sesenta barcos mercantes que encontró en el corredor Phezzan y se vio obligado a destruir aproximadamente la mitad. Para el lobo del vendaval, que esperaba un enemigo más heroico, era una expedición totalmente insatisfactoria, pero podía esperar otros de mucha mayor magnitud. A pesar de las tácticas de distracción, era difícil hacer un juicio rápido sobre quién tenía más suerte: él o su camarada Oscar von Reuentahl, que había bailado con Yang Wen-li. En cualquier caso, Wolfgang Mittermeier pasaría a la historia como el primero en invadir este corredor desde la fundación de Phezzan.

En el puente de su nave insignia, la Beowulf, Mittermeier observó el procedimiento de aterrizaje a la superficie del planeta en su enorme pantalla. Las advertencias vinieron de la torre de control de Phezzan.

“Aquí Control. ¡Por favor, obedezcan! Están en un espacio aéreo restringido.“Repito: Aquí Control ¡ obedezcan!”

Esas advertencias fueron ignoradas. La flota bajo el mando del vicealmirante Bayerlein ya había traspasado la órbita del satélite y avanzaba a través de la atmósfera hacia la superficie. Bañada por la luz del sol, la flota brillaba en una espiral cerrada que parecía un collar de perlas que se deshacía alrededor del planeta. Era extrañamente hermoso.

¡Póngase en contacto con la oficina del terrateniente de inmediato! La flota imperial ha atravesado la atmósfera. ¡Es una invasión! “

La torre de control de Phezzan se vio invadida por el pánico, revelando así la fragilidad de una sociedad que, ajena a la agresividad y al belicismo durante más de un siglo, había sido construida por aquellos que en su complacencia habían olvidado cómo era una crisis. En medio de los gritos histéricos y los pasos desordenados, uno de los controladores tiró sus auriculares sobre la mesa, se tiró del pelo y se maldijo a sí mismo.

“¿Por qué diablos no fuimos conscientes de esta situación?”

Muchos Phezanies, abajo en la superficie también maldijeron el cielo. Como arrojar los brazos alrededor de un holograma, era un comportamiento instintivo pero sin sentido.

En la superficie de Phezzan, incluso en la mitad del globo sumergido en la oscuridad de la noche, se instaló el caos. Los niños señalaban al cielo con gritos de comprensión incompleta, mientras los adultos seguían su ejemplo, con los ojos fijos hacia arriba.

Julian lo vio todo mientras innumerables puntos de luz abrumaban el cielo índigo profundo en un plano diagonal. Él acababa de salir a las calles vestido de civil cuando sucedió. Sintió que lo estaban siguiendo, ya fuera un phezaní, alguien de la oficina del comisionado o un camarada, no podía decirlo, pero eso ya no importaba.

Por fin había comenzado. Julian sabía esto. La Armada Imperial iba a ocupar Phezzan y usarlo como base para invadir el territorio de la alianza. La predicción del almirante Yang se había hecho realidad después de todo. Había intentado detenerlo, pero los intentos habían sido en en vano.

Mientras sus tímpanos filtraban los gritos de conmoción de la gente, Julian se giró sobre sus talones y, tratando de no tropezar con nadie, corrió hacia la oficina del comisionado.

II

“La Armada Imperial ha invadido Phezzan. El puerto espacial central ya ha sido ocupado “.

Cuando esa noticia llegó a la ciudad, el terrateniente Adrian Rubinsky no se encontraba en su oficina ni en su residencia oficial, sino en su residencia privada. El techo era alto en el espacioso salón del segundo piso, algunas pinturas al óleo colgaban de las paredes y todos los accesorios estaban decorados con un estilo rococó antiguo. En una pared había un enorme espejo que medía dos metros de lado. Extravagante, sí, pero no se podía negar que reflejaba un estilo personal.

Incluso después de enfrentarse a una derrota segura por la rápida y decisiva invasión de Phezzan por parte de Reinhard, Rubinsky parecía cualquier cosa menos un perdedor, relajado como estaba en un sofá, bebiendo tranquilamente de su copa de vino. El hombre sentado en el sofá de enfrente abrió la boca.

“¿Ha oído, terrateniente, su excelencia?” —dijo Rupert Kesselring.

“Por supuesto.”

“La hora final de Phezzan está cerca”.

Nadie jamás soñó que esto sucedería, pensó Rupert Kesselring. De hecho, ni siquiera él se había imaginado que este año, el 798 de la era espacial, vería a oficiales imperiales pisar suelo phezzaní..

“Podemos esperar que Boltec venga montado en su caballo en cualquier momento, respaldado por la Armada Imperial, para arrebatarle su posición y asumir un poder de autoridad que no está listo para manejar”.

Rupert Kesselring sonrió fríamente al ver el rostro familiar reflejado en su vino.

“Tu tiempo se ha acabado. Has ocupado el durante siete años, lo que te convierte en terrateneinte que menos tiempo ha estado en el poder en toda la historia de Phezzan”.

“¿Eso es una garantía de algo?”

“Solo en ese punto, tengo la misma opinión que Boltec. Los actores que han interpretado sus papeles y que siguen acaparando el escenario se interponen en el camino de los que les siguen. Es hora de que salgas de escena “.

Si alguien más le hubiera hablado así, Rubinsky habría considerado clavarle una daga en ese mismo momento. Adrian Rubinsky no se inmutó. El Zorro Negro de Phezzan dejó su copa de vino en una mesa auxiliar y se acarició la barbilla delgada con una palma.

“También tienes la misma opinión que el duque Lohengramm, quien cree que soy más difícil de tratar que Boltec. Debería sentirme honrado “.

“No pensé que tratarías de glorificarte tanto”.

La voz y las palabras de Rupert Kesselring habían pasado de mostrar resentimiento a vulgaridad. También de su expresión se había quitado el disfraz de cortesía, y el odio desenfrenado que emanaba de su crisol interno enrojeció su elegante rostro con veneno. Si Kesselring hubiera sido un hombre tímido, no podría haber mirado a Rubinsky a los ojos. Lo peor de las emociones humanas se había catalizado en ambas partes y parecía estar experimentando un cambio químico hacia algo aún más oscuro. Sonriendo, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó algo, lenta y deliberadamente. En la mano de Rupert Kesselring había un blaster , con el cañón apuntando a Rubinsky. El terrateniente lo miró con desprecio.

“Realmente no tenía idea. Tener tanto interés en un cadáver es un poco mórbido, ¿no crees?”

“Ya veo, así que tan pronto como llega la oportunidad, ¿descubres tus colmillos?” Rubinsky pareció bastante impresionado.

“Bueno, no puedo decir que no fueras listo para aprovechar una oportunidad, pero no nos adelantemos, ¿de acuerdo?”

“Pensaste que, incluso si me dabas la oportunidad de cambiar las cosas, no habría necesidad de dudar en modificar el plan original, ¿no es así, señor terrateniente, excelencia? Probablemente hubiera dicho que el éxito depende completamente de la corrección “.

“Tal vez sea así, pero no hay necesidad de que te ensucies las manos, Rupert”.

Al ser llamado por su nombre de pila, el rostro del joven asistente se puso rojo. Su ira y malestar estimularon cada vena de la superficie de su rostro. Respiró hondo para estabilizarse. Parecía que las palabras que quería decir en represalia a su padre abusivo no saldrían tan fácilmente.

“Derribaré a ese palurdo de Boltec de alguna manera. Pero estás en el camino de que me convierta en el maestro de Phezzan, no obstante. Eres un hombre que vive para engañar a los demás. Si arreglo las cosas contigo aquí mismo, no solo me sentiré cómodo, sino que también contribuiré al bienestar del público en general “.

Había considerado capturar a Rubinsky y entregarlo a la Armada Imperial, pero el duque Lohengramm, que ya tenía a Boltec en la palma de su mano, no querria a Kesselring. Era más probable que lo trataran como un traidor, junto con Rubinsky, y se le tratara en consecuencia. Quería unir a la gente de Phezzan en nombre del renacimiento. En cuyo caso, la existencia de Rubinsky, que era más popular que él, se interpondría en el camino. Para cuando llegó a esta conclusión, su interés personal era sólido y ya no podía dudar de los sentimientos negativos que tenía hacia su padre.

“Pero Rupert …”

“¡Cállate! No seas tan familiar conmigo “.

Rubinsky volvió a cruzar las piernas con calma, mirando con ojos inexpresivos su propia carne y sangre.

“Soy tu padre. Haría bien en dejar que te llame por tu nombre de pila “.

“Padre, ¿es …?”

Rupert Kesselring casi se atragantó con la palabra. Tosió y se aclaró la garganta.

“¿Padre? Si vas a decir padre, entonces también podrías … “

La furiosa corriente de emociones dentro de él le había robado sus palabras. El joven ayudante apretó el gatillo de su bláster.

El espejo en la pared dejó escapar un grito agudo cuando su superficie se hizo añicos, enviando fragmentos brillantes volando en todas direcciones. Con una mirada de sorpresa, Rupert Kesselring se volvió para enfrentarlo. Tres rayos de luz salieron disparados de ese brillo brillante y fueron absorbidos por el cuerpo de Kesselring.

El joven ayudante, con el blaster aún en la mano, realizó una danza corta pero violenta. Un momento después, Rupert Kesselring cayó al suelo y se quedó inmóvil como si una mano invisible gigante lo hubiera golpeado.

“Parece que me subestimaste un poco, Rupert.”

Rubinsky se levantó del sofá y miró a su hijo, nada impresionado pero un poco pensativo.

“Sabía que tenías toda la intención de matarme. Ese era su objetivo al venir aquí esta noche, ¿no es así? Por eso estaba preparado “.

“¿Por qué…?”

“Siempre dije que eras ingenuo. ¿De verdad creías que Dominique estaba de tu lado?”

“¡Esa puta!”

Rupert necesito hacer un esfuerzo colosal solo para escupir esa maldición. En su campo de visión, que iba perdiendo luz y color, varias figuras indistintas salieron de donde había estado el espejo, como si fueran habitantes de alguna tierra de cuento de hadas detrás de él. Habían estado ocultos por un espejo unidireccional, esperando el momento adecuado para proteger a su terrateniente. Rupert había cometido el error de pelear en el terreno de su padre.

“Siempre te pareciste a mí de la peor forma posible. Si tan solo hubieras frenado un poco más tu ambición y codicia, podría haberte entregado mi posición y autoridad en mi lecho de muerte. Lo sabías todo, pero simplemente no supiste esperar tu oportunidad “.

La energía de su malicia brilló débilmente en los ojos del joven.

“Nunca pensé que conseguiría que me entregaras algo”.

La espuma roja que brotaba de una comisura de la boca de Rupert hizo que su voz fuera casi ininteligible. Los lugares donde había sido herido estaban extrañamente calientes, mientras que un escalofrío se deslizaba como un animal nocturno desde la punta de sus extremidades hasta el centro de su cuerpo. Cuando llegara a su corazón, perdería su futuro.

“Te lo habría quitado. Me habría llevado todo. Esa fue mi decisión. No te dejaré nada.Ni siquiera yo… “

Sus murmullos llenos de odio cesaron y Rupert Kesselring se quedó quieto. Dejando inconclusas muchas estrategias y planes, el hijo de Rubinsky había salido del escenario antes que su padre.

“Terrateniente, excelencia, ¿qué haremos ahora?” preguntó uno de los guardias de Rubinsky con cierta vacilación.

No conocían los verdaderos colores del que habían matado. Desde detrás del espejo, no habían conocido la naturaleza de su conversación. Pero no pudieron evitar ser vagamente conscientes de una relación poco común entre los dos. Era suficiente para ponerlos incómodos.

Rubinsky se volvió hacia el que había preguntado. Sintiendo una coacción casi física al ser visto así, movió su robusta constitución un paso atrás. Un destello en los ojos de Rubinsky se apoderó de una mano helada alrededor del corazón del guardia, pero un momento después se desvaneció, y Rubinsky volvió a su yo descarado pero digno de confianza, su voz llena de convicción.

“El presidente de la Alianza, Trünicht, se escondió hasta que terminó el golpe de estado. Sigamos su ejemplo “.

III

Mittermeier había establecido un cuartel general temporal dentro del edificio del puerto espacial central de Phezzan.

“He recibido noticias de la oficina del comisionado imperial”, anunció su ayudante, el teniente comandante Kurlich. “Teme represalias por parte de insurgentes hostiles a la ocupación de nuestra flota. Están solicitando una unidad de guardia “.

“Apenas llegamos, ¿y ya están haciendo solicitudes? Bien, entonces, envíen un batallón de tropas terrestres. Si tienen tanto miedo de mostrar la cara, no es necesario que vengan a saludarnos “, dijo Mittermeier con una sonrisa irónica.

Reunió a sus oficiales de estado mayor para transmitir sus ordenes concernientes a la invasión.

Se volvieron a confirmar los objetivos de supresión. La oficina del terrateniente, la oficina del comisionado de la alianza, la Oficina de Navegación, el Centro de Radiodifusión Pública, la Oficina Central de Comunicaciones, seis puertos espaciales, el Centro de Control de Distribución de Mercancías, el Cuartel General de la Policía de Seguridad, el Centro de Control de Tráfico Terrestre y el Centro de Energía de Hidrógeno eran los principales objetivos. Con estos bajo control, tendrían posesión del cerebro y el corazón de Phezzan, para hacer lo que quisieran.

“Los más importantes son la oficina del terrateniente, la oficina del comisionado de la alianza y la Oficina de Navegación. Debemos tener acceso a sus sistemas informáticos y poner nuestras manos en sus datos. El fracaso no es una opción. ¿Entendido?”

Bayerlein, Büro, Droisen y Sinzer asintieron nerviosamente en respuesta al brillo en el ojo de su comandante, entendiendo bien la gravedad de su misión.

En el pasado, cualquier número de fuerzas expedicionarias se había visto obligada a retirarse en derrota debido a la falta de información adecuada sobre la geografía del territorio de la alianza. Pero si pudieran hacerse con el control de la Oficina de Navegación y las computadoras de la oficina del comisionado de la alianza, neutralizarían la lucha con un enemigo que se jactaba de la ventaja local sobre el vasto y desconocido terreno. Con Phezzan como retaguardia y con esta información en la mano, podrían librar la guerra en igualdad de condiciones. Para Reinhard, que aspiraba a dominar todo el universo de un solo golpe, este era un requisito previo.

Tampoco se podían ignorar las dimensiones mentales en juego. Si información tan significativa sobre la geografía, el ejército y la economía de su propia nación cayera en manos del enemigo, ni siquiera la alianza podría detener un traspié.

Al completar su invasión de Phezzan, el imperio había decidido una victoria estratégica contra la alianza, que había centrado su atención en el corredor Iserlohn. Incluso si Yang Wen-li era un genio táctico de la alianza, al menos tenían control sobre su entorno inmediato.

Mittermeier declaró además que el asesinato de civiles, la violencia sexual contra las mujeres y el saqueo de cualquier tipo estaban prohibidos, y que cualquier delincuente sería condenado a muerte por un pelotón de fusilamiento tras un juicio sumario.

“No crean que Wolfgang Mittermeier va a incumplir su palabra. Cualquiera que se atreva a herir el honor de la Armada Imperial recibirá su justa recompensa. Y no lo olviden “.

Sus oficiales de estado mayor hicieron lo que se les ordenó. Para sus subordinados, Mittermeier podía ser generoso y acogedor, pero era un superior que no conocía la misericordia cuando se trataba de delincuencia. La idea del castigo les hizo estremecerse. En la época del antiguo régimen, él mismo había ejecutado a un subordinado que había asesinado a un civil durante un robo. Esto había sido considerado un problema y había sido sometido a consejo de guerra por personas celosas de que alguien de su origen común pudiera llegar a ser tan distinguido. Reinhard se había levantado el traje y lo había adelantado, absorbiéndolo en su almirantazgo. Mittermeier se vio obligado a hacer el bien como receptor del favor del joven maestro.

Su orden fue ejecutada favorablemente ya que, una tras otra, las ubicaciones clave de Phezzan fueron suprimidas por la Armada Imperial. La Oficina de Navegación fue la primera en ser asumida y sus computadoras confiscadas, incluyendo su extensa base de datos de navegaciones.

La siguiente en ser ocupada fue la oficina del terrateniente, aunque el dueño del edificio no estaba por ninguna parte. Y aunque se envió una fuerza separada a su residencia privada, esto arrojó solo el cadáver de un joven en el salón del segundo piso y un espejo unidireccional roto. Identificaron al hombre como el ayudante del terrateniente, Rupert Kesselring, pero tendrían que esperar antes de poder reconstruir las circunstancias que rodearon su asesinato.

Un grupo de seiscientos granaderos terrestres, encabezadas por el capitán Gläser y divididas en 120 vehículos blindados móviles, se dispuso a ocupar la oficina del comisionado de la Alianza de Planetas Libres en Phezzan. Se precipitaron por la vía principal de la ciudad a toda velocidad. Normalmente habría habido mucho tráfico de peatones, pero la mayoría de las tiendas estaban cerradas y solo se encontraron con miradas de miedo y enojo desde los laterales.

Cuando llegaron a la oficina del comisionado de la alianza, el capitán rodeó el edificio por los cuatro lados. Bajó de su vehículo y se paró ante la puerta principal.

En ese momento, un rayo de partículas cargadas se disparó desde el edificio hasta el suelo a sus pies, levantando humo blanco y fragmentos de pavimento cerámico.

“Bueno, eso fue inútil”, dijo Gläser con una sonrisa fría.

Levantó una mano e indicó a uno de sus vehículos blindados que apuntara su pistola de calor de dos cañones al edificio. Una vez alineado, disparó dos flechas rugientes de llamas anaranjadas al nivel del suelo del edificio. El vidrio duro se hizo añicos, y el humo y el fuego parecieron luchar entre sí por el dominio cuando surgieron del agujero dejado atrás.

No llegó ningún fuego de respuesta. Si había alguien dentro, estaba inusualmente silencioso. Gläser, fiel a su entrenamiento, consideró la posibilidad de una emboscada, pero un dispositivo de medición por infrarrojos sería inútil con todo el fuego.

Después de un acercamiento cuidadoso, sus hombres entraron corriendo, pero ni un minuto después uno de los soldados salió corriendo.

“Capitán, el edificio está totalmente desierto”.

Cuando se le preguntó quién les había disparado, el soldado señaló la ventana del segundo piso.

El capitán chasqueó la lengua cuando vio el mecanismo de disparo automático. Un rifle de partículas cargado había sido colocado en la ventana, operado por un temporizador. El capitán maldijo a la persona inteligente con la que estaban tratando. Ordenó a sus hombres que apagaran el fuego y se dirigió a la sala de ordenadores con su ingeniero a cuestas.

Después de juguetear con la computadora, el rostro del ingeniero se puso pálido cuando se volvió hacia el capitán. En el momento en que vio esto, el capitán supo que no había logrado llevar a cabo la tarea más importante de esta misión. El sonido de sus dientes apretados llenó el aire con futilidad, luego se disipó.

Siendo un militar nato, Mittermeier era ignorante cuando se trataba de economía, pero sabía lo suficiente para actuar con cuidado. Por el momento, los bancos permanecieron abiertos y los negocios funcionaban como de costumbre, para alivio de la gente. A pesar de su animosidad hacia la Armada Imperial, tenían que seguir viviendo y sus actuales circunstancias económicas eran preferibles a la alternativa.

De la misma manera, Mittermeier envió una ordenanza, declarando que cualquiera que se dedicara a acaparar o aumentar los precios sería severamente castigado. Ni una hora después del anuncio, muchas de las nuevas etiquetas de precios que las tiendas acababan de hacer se volvieron obsoletas. Con un solo movimiento, Mittermeier había aplastado el vigoroso espíritu comercial del pueblo de Phezzan.

El día veintiocho, Neidhart Müller del segundo regimiento llegó a Phezzan. Los subordinados de Mittermeier dieron la bienvenida con júbilo a su aliado. El más animado de los ciudadanos de Phezzan observaba con odio, el menos animado con resignación, mientras más de un millón de tropas imperiales se sumaban recientemente a la ocupación. Müller estrechó la mano con firmeza a Mittermeier, que salió a saludarlo.

Mientras tanto, los puertos espaciales de Phezzan habían caído bajo control imperial y todas las operaciones de vuelo de pasajeros habían sido suspendidas. Nadie podía abandonar la superficie de Phezzan, al menos oficialmente, lo que significaba que terrateniente Rubinsky y el comisionado se escondían en algún lugar del planeta..

El historial de Mittermeier como gobernador militar era casi perfecto, pero eso no significaba que estuviera exento de defectos. Justo antes de la llegada de Müller, se produjo un incidente que involucró la violación de una mujer civil por un pequeño grupo de soldados. Junto con su dignidad, el anillo de compromiso de zafiro estrella de la víctima había sido robado. Por orden de un Mittermeier enfurecido, los perpetradores fueron descubiertos de inmediato. El lobo del vendaval se disculpó con la víctima, le devolvió el anillo y, con el poder que se le había otorgado como comandante, condenó a muerte a los tres hombres.

La ejecución pública se llevó a cabo en la plaza Santa Teresa. Extremo, quizás, pero había que hacerlo. Rescindir abiertamente la ejecución significaría perder la confianza de los ciudadanos bajo ocupación, y si la ejecución se llevara a cabo en secreto, la gente se preguntaría si los perpetradores no se han librado discretamente del cadalso. En cualquier caso, tenía que aplacar los nervios de la gente y eliminar cualquier posibilidad de resistencia civil.

El líder de la unidad de los perpetradores suplicó tímidamente clemencia, pero Mittermeier se mantuvo firme.

“Dije que nunca volvería a incumplir mi palabra. ¿O mi palabra significa tan poco que no estabas escuchando?”

Después de presenciar la ejecución de primera mano, Mittermeier se dirigió al puerto espacial central para recibir a su compañero de armas. Müller agradeció ser recibido por alguien de mayor rango como Mittermeier y lo felicitó por ser tan prudente en su gobierno.

“Bueno, hasta ahora,” respondió el lobo del vendaval.

Phezzan se estaba comportando debido a las circunstancias extremas. Pero, tarde o temprano, podía esperar que apareciera disidencia. En ese caso, estaba seguro de que el duque Lohengramm tomaría las medidas adecuadas.

“En cualquier caso, no me sentiré cómodo si no peleo”, concluyó el militar nato.

IV

Un niño, vestido informalmente con un suéter y unos vaqueros, corrió por un callejón, donde los de su clase nunca eran vistos. Su largo cabello rubio, rasgos faciales que hacían girar la cabeza a las chicas de su edad, ojos castaños oscuros y un cuerpo bien proporcionado y en forma pintaban la imagen inconfundible de Julian Mintz. Mientras abría la puerta de un edificio bajo y anodino para entrar en él, tres hombres lo esperaban, entre ellos el suboficial Mashengo y el comisionado Henslow, quienes habían escapado de la oficina del comisionado. La tercera persona no le era familiar. ¿ Había Mashengo encontrado a su comerciante independiente?

Cuatro días antes, mientras corría de regreso a la oficina después de ver con sus propios ojos la invasión imperial, Julián había cogido un vehículo terrestre con Mashengo, pero la caótica muchedumbre hacía imposible conducir.

“No hay nada que podamos hacer, Suboficial. Vamos a salir.”

“¿Caminamos?”

“No corramos.”

Mashengo lo siguió de cerca. Tenia a ese chico en muy alta consideración y haría todo lo posible por protegerlo. Fue una solicitud personal del almirante Yang. Cuando regresaron a la oficina del comisionado, Julian encontró a todos reunidos en el pasillo. Se acercó al comisionado Henslow y saludó.

“Su Excelencia, por favor escúcheme. Debemos borrar la unidad de disco de su computadora de una vez “.

“¿Borrar?” La respuesta del comisario era tan obtusa que podría enloquecer a cualquiera.

“Si lo dejamos como está, todos los datos caerán en manos de la Armada Imperial”.

El comisionado Henslow jadeó y desvió la mirada sin rumbo fijo, como si esperara echarle la responsabilidad a otra persona. Su mirada no se encontró con la de otro.

“Por favor, ahora es el momento de tomar una decisión. Las fuerzas imperiales estarán aquí en cualquier momento “.

Julian miró a su alrededor. Se preguntó si nadie estaría de acuerdo con esto, porque todos estaban en silencio, casi apáticos. Incluso el jefe de personal y agregado militar, el capitán Viola, se quedó allí quieto, mirándolo con rencor.

“¡No aceptaré órdenes de gente como tú!”

Sorprendido por el volumen de su propia voz, Henslow se secó el sudor con la punta de los dedos.

“Pero, al margen de las órdenes, parece que su propuesta tiene un valor que debe tomarse en serio. Quizás deberíamos borrar los datos de la computadora, pero tu eres responsable “.

Si la alianza caía, pensó Julian, este hombre pensaba echarle la culpa a otra persona.

“Hay otra forma. Podríamos dejar los datos de la computadora como están y entregarnos a la Armada Imperial. Al ofrecerles estos datos valiosos, tal vez lo traten con indulgencia “.

El propio Julian había tenido la intención de ser sarcástico, pero Henslow se quedó en silencio y el niño se asombró al ver una expresión egoísta en el rostro del hombre.

“Entendido”, dijo Julian. “Asumiré toda la responsabilidad. Permítame borrar la memoria de la computadora “.

Hubo algunas dudas internas en su declaración, pero si no lo hacía, la situación se estancaría. Con la ayuda de Mashengo, borró la memoria de la computadora y, cuando volvió media hora después, se encontró con una escena inesperada. El salón estaba completamente vacío, y solo quedaba un comisionado sentado en un sofá completamente asombrado, abandonado por sus superiores incompetentes. Sabía que este lugar no había sido originalmente un centro de ley y orden, pero tal irresponsabilidad estaba más allá de la imaginación. Entendió que si el gobierno de la alianza se enteraba de esto, enfrentarían graves consecuencias por abandonar sus cargos. O tal vez habían renunciado al futuro de la propia alianza. A Julian se le heló el corazón al pensarlo.

“Tú … tú … te lo ruego, llévame a un lugar seguro”, dijo Henslow cuando vio a Julian.

Honestamente, Julian veía al hombre como una carga, pero no podía dejarlo allí. Después de decirle al comisionado que se cambiara con ropa más cómoda y que preparara algo de dinero en efectivo y un bláster, Julian hizo un dispositivo de disparo automático con un rifle de partículas cargado y lo instaló en una ventana del segundo piso.

Encontró al comisionado, cambiado y listo, vagando sin rumbo fijo por la planta baja. Cuando salieron del edificio, escucharon acercarse las ruedas de vehículos blindados móviles.

“¿Que hacemos ahora? ¿Tiene algún sentido todo esto? Si no, estamos jodidos “.

Estaban fuera del alcance del enemigo por el momento. Mientras medio corrían por los callejones al amparo de la noche, Henslow volvió a su arrogancia predeterminada. Como nunca había conocido un día de dificultades o adversidad en su vida, parecía desanimado por el hecho de que un joven que aún no había cumplido los treinta fuera ahora su protector. Incluso mientras envidiaba la astucia de sus colegas, Julian respondió, no teniendo otra opción.

“Buscaremos un comerciante independiente”.

“Y cuando lo hagamos, ¿entonces qué?”

“Planeo conseguir que nos ofrezca un barco para escapar de Phezzan”.

El comisario negó con la cabeza. “Hmm … ¿Pero irá tan bien como parece?”

Eso es lo que Julian quería saber aún más. Pero no podían quedarse allí mirando como el mundo cambiaba a su alrededor. Quería volver a Yang. Al lugar al que pertenecía. Lanzó una mirada de desprecio al comisario. Si tan solo Yang estuviera parado allí en vez de este hombre indigno de respeto. Cuánto levantaría eso el ánimo de Julian …

Durante los siguientes cuatro días, Julian se refugió en un callejón apartado y continuó buscando una forma de escapar de Phezzan. Una cosa de Phezzan por la que Julian estaba agradecido era que casi cualquier cosa se podía comprar al precio correcto.

El hombre que Mashengo le presentó a Julián tenía el cabello ralo y la piel flácida, y daba la impresión de ser alguien cansado de mediana edad. Pero sus ojos eran inesperadamente vibrantes.

“Mi nombre es Marinesk, capitán en funciones del buque mercante independiente Beryozka”.

El hombre le dijo a Julian que pensaba que podría ser de alguna utilidad. Debido a que originalmente era un oficial administrativo, no confiaba en que la nave despegara por sus propios medios, pero le aseguró a Julian que se ocuparía personalmente de que contratar a a un experto.

“La verdad es que no somos totalmente extraños, tú y yo, aunque hay dos grados de separación entre nosotros”.

“¿Dos grados?”

“Mi capitán, Boris Konev, y el tutor del alférez, el almirante Yang. Cuando los dos eran niños, bueno, parecían llevarse lo suficientemente bien como para llamarse buenos amigos “.

Los ojos de Julian se iluminaron, pero se desanimó al escuchar que el otrora amigable capitán estaba ahora en la capital de la alianza, Heinessen.

“Pero sí conozco a otro piloto altamente cualificado. Usted puede contar conmigo. Para un phezzaní, un contrato siempre es sagrado “.

Añadió que requeriría dinero.

“Sea lo que sea lo que pague, confío en que será acorde con el coraje y la habilidad necesarios para esta misión. No creo que sea mucho pedir “.

“ Yo tampoco. Te lo aseguro, será suficiente. ¿Puedes encontrar a esta persona de inmediato? “

Ignorando las protestas de Henslow, Julian sacó cinco mil marcos de la gruesa billetera del comisionado y se los entregó a Marinesk como anticipo. Después de irse, el suboficial Mashengo miró pensativo a su chico superior.

“¿Podemos confiar en él?”

“Creo que sí, pero …”

No podía decir que confiara en él completamente. Pero no había otra forma, y ​​en cualquier caso, tenía que dejar su vida y su destino en manos de otra persona. Julian se preguntó si este Konev, además de ser el amigo de la infancia de Yang, no estaría relacionado con el piloto as Ivan Konev, el llamado primo de Phezzan. Nunca lo sabría con seguridad a menos que lo conociera.

“Alférez, ya que confiamos en él, dadas las circunstancias, deberíamos estar preparados para matarlo si decide traicionarnos. ¿Qué piensa?”

Ante esto, los elegantes hombros de Julian se inclinaron ligeramente. A veces, sentía que alguien invisible lo obligaba a llevar a cabo responsabilidades y deberes más allá de su comprensión. ¿Era esto lo que llamaban cosechar lo que se sembraba? ¿Era esta la consecuencia de querer convertirse en militar? De cualquier manera, Julian tenía que hacer lo que fuera necesario para volver con Yang, y tenía el corazón puesto en hacer precisamente eso.

Los vehículos blindados, equipados con pistolas térmicas de doble cañón, rugieron porla avenida principal, batiendo el aire con los sonidos de sus turbinas de fusión nuclear.

Un hombre que los miraba desde una ventana del tercer piso chasqueó la lengua con disgusto, uno de un grupo de comerciantes independientes reunidos en una habitación de un bar llamado Dracul. Con la mitad de los puertos espaciales ya bloqueados, la mayoría de ellos estaban sin trabajo y todo lo que podían hacer era congregarse y distraerse de su resentimiento bebiendo.

“ ¿Dices que Phezzan se enteró de esto de antemano? ¡No puedo creer lo que escucho! ¿Y sin embargo, ni siquiera pudieron pronosticar una invasión imperial?”

“¿Y qué han estado haciendo esos imbéciles en la oficina del comisionado en Odin todo este tiempo, enviando todos esos informes inútiles sobre fiestas y el clima? Supongo que los funcionarios del gobierno son inútiles después de todo “.

“¿Estás realmente tan sorprendido? No sé sobre otras naciones, pero aquí en Phezzan tenemos idiotas sin talento dirigiendo el espectáculo. No tendría sentido esperar informes beneficiosos de su parte “.

Estos insultos carecían de brillo, y quienes los lanzaban sabían mejor que la mayoría que tratar de mejorar la situación actual maldiciendo a otras personas nunca haría retroceder el tiempo. Nubes oscuras flotaban en el fondo de cada uno de sus corazones mientras hablaban del día en que ya no usarían el calendario que siempre habían conocido.

“¿Pero a dónde diablos vamos desde aquí?”

“¿A dónde ir desde aquí, dices? La historia cambiará. La dinastía Goldenbaum, Phezzan, la Alianza de Planetas Libres, todo desaparecerá. Entonces ese mocoso dorado se convertirá en Kaiser del universo entero “.

“¿No está satisfecho con solo derribar la dinastía Goldenbaum? Es pura codicia, te lo digo. No tiene nada de encantador “.

“Encantador o no, ¿puede un idiota tener éxito? En ese sentido, los dignatarios de nuestra nación son igualmente despreciables “.

Sus bromas inspiraron risas, a pesar de un cierto tono de desesperación.

“Recuerda, somos ciudadanos libres, no unos idiotas que orgullosamente nos llamamos la Alianza de Planetas Libres, o lo que sea. Somos un pueblo libre. Un Kaiser benevolente es lo último que necesitamos “.

Cuando uno de ellos se lanzó a su discurso, otro tiró de su manga. Entre el grupo había un miembro mayor, un comerciante anciano que era respetado como el más viejo entre ellos. Abrió la boca.

“Ojalá nunca hubiera vivido tanto. Entonces nunca tendría que ver a la flota imperial profanando nuestras calles con sus elegantes zapatos militares “.

El viejo comerciante exhaló un suspiro y los hombres más jóvenes a su alrededor guardaron silencio, carentes de consuelo.

“Dado que esta era se mantuvo durante cien años, solo esperaba que continuara durante cien más, pero cuando lo piensas, no existe tal precedente. Incluso cuando vi la dinastía Goldenbaum, que duró cinco siglos, convertida en una versión miserable de lo que era antes, nunca pensé que Phezzan perecería. Que estúpido de mi parte.”

Al oír la palabra “perecer”, el silencio se hizo más profundo, roto por una voz solitaria.

“Es una perspectiva aterradora, sí, pero puede que solo sea temporal. Phezzan se levantará de nuevo. Reconstruiremos nuestra fortaleza de comerciantes independientes para ciudadanos libres. Como estaba diciendo, no necesitamos que un Kaiser nos dé órdenes “.

El hombre que dijo esto fue Kahle Wilock, más conocido como astronavegador que como comerciante.

Hubo aplausos y todos se volvieron, su pesimismo se desvaneció. Un recién llegado de pie junto a la puerta volvió a aplaudir.

“Ese fue un gran discurso, Wilock”.

Wilock sonrió a su viejo amigo.

“Por qué, si no es Marinesk del Beryozka. ¿Y a qué motivo oculto debo el placer de esta rara aparición?

“Vengo con un trabajo para ti. Es decir, a menos que prefieras dar discursos a pilotar un barco “.

“Claro, cuenta conmigo”.

“Estoy sorprendido. ¿Aceptas sin siquiera preguntar los términos del trabajo? “

Marinesk sonrió con ironía ante la ciega determinación de Wilock.

“Aceptaría una solicitud del mismo diablo solo para salir de esta rutina. Y ya sabes que si tengo que elegir entre ti y el diablo, no dudo en quedarme contigo.”

Wilock sonrió con picardía.

V

El 30 de diciembre, a las 1650, hora estándar de Phezzan, Reinhard von Lohengramm pisó el suelo de Phezzan junto con sus ayudantes más cercanos.

El alto almirante Mittermeier y el almirante Müller, acompañados por cuarenta mil guardias, dieron la bienvenida al mariscal imperial. Fue el momento en que el día entregaba su soberanía a la noche. Se oscureció a un ritmo constante, y bajo el cielo, en el que un azul sin fondo se estaba transformando en una banda de color rosa, la joven figura rubia parecía sacada de un poema. Incluso aquellos que lo despreciaban no pudieron evitar reconocer su abrumadora magnificencia. Hasta el día en que murieran en la batalla o en la vejez, los soldados que veían a Reinhard de pie en el puerto espacial se jactarían ante sus esposas, hijos y nietos de la vez que vieron a ese joven de cabello dorado elevándose en el crepúsculo. Los soldados se levantaron con júbilo como una canción, su fervor y poder fortaleciéndose con cada aclamación.

“¡Larga vida al Kaiser! ¡Viva el imperio! “

Mittermeier se inclinó hacia el joven mariscal.

“Le están llamando su Kaiser”.

“Están ansiosos”.

Los oficiales de Reinhard captaron su significado exacto. No negaba que lo llamaran Kaiser. Mientras saludaba a los soldados, otra ronda de vítores estalló en el cielo nocturno.

“¡Larga vida al Kaiser! ¡Viva el imperio! “

Reinhard no sería coronado Kaiser hasta el año siguiente. Pero en el planeta Phezzan, este día sería recordado como el primero en el que sus soldados lo conocieron oficialmente como “nuestro Kaiser Reinhard”.

Reinhard instaló una oficina improvisada del mariscal en un hotel de clase alta requisado. Su primera declaración fue que la ocupación imperial de ninguna manera dañaría los muchos derechos civiles de los que siempre había disfrutado el pueblo de Phezzan. Además, manifestó su esperanza de ver unidos de forma duradera al Imperio y el dominio autónomo de Phezzan, y esto no era mentira. Simplemente no mencionó que este era un paso hacia su máxima ambición de conquistar la Alianza de Planetas Libres y que todo se llevaría a cabo bajo su estricto liderazgo.

Mittermeier ofreció sus disculpas a Reinhard por fallarle, respecto a tres motivos: no poder apresar al terrateniente Rubinsky, No poder apresar al comisario Henslow de la alianza, y finalmente, no poder extraer ningún dato útil de la computadora de la oficina del comisionado. Reinhard se encogió de hombros, su rostro tranquilo.

“No existe la perfección total. Si no pudiste hacerlo, dudo que alguien más pudiera hacerlo. No necesitas disculparte.”

A Reinhard apenas le importaba lo que concernía a alguien como el comisionado Henslow. Y por ahora, incluso Julian Mintz estaba lejos de su mente. Si bien el incidente que involucró la computadora de la oficina del comisionado fue realmente lamentable, habían logrado obtener todos los datos de la Oficina de Navegación, por lo que estaba lejos de ser una falla irrecuperable. Sin embargo, lo que no podía ignorar era al paradero desconocido de Rubinsky.

“¿Qué piensa usted, Fraülein von Mariendorf, sobre las intenciones del Zorro Negro?”

“En este punto, creo que ha aceptado la derrota y ha vuelto a meterse en su agujero. Por otro lado, probablemente prevé que el comisionado Boltec nunca llegará a controlar Phezzan. Bien podría creer que le llegará el turno nuevamente cuando Boltec falle estrepitosamente. Ya sea Su Excelencia o la gente de Phezzan, no importa a quién corteje “.

“Así que ha llegado a eso, ¿verdad?”

Reinhard aceptó el análisis de Hilda. Rubinsky había pasado un tiempo tratando de incitar a Reinhard con el secuestro del Kaiser y su paso por el corredor de Phezzan, pero había funcionado completamente en su contra.

Reinhard detectó algo más que la victoria total acechando dentro de sus vías neuronales. Por el momento, era una mera semilla de sospecha, pero si se alimentaba con el tiempo, podría convertirse en una flor de ansiedad. Boltec y Rubinsky estaban escondiendo algo. Fuera lo que fuera, se aclararía tarde o temprano.

Después de terminar la cena con sus oficiales, Reinhard se dirigió a la Oficina de Navegación con sus guardias imperiales a cuestas. Cuando fue conducido a la sala de computadoras por el comodoro Klapf, jefe de operaciones de defensa, Reinhard dejó incluso al jefe de su guardia personal, el Capitán Kissling, esperando fuera y entró a la habitación solo.

La sala de ordenadores vacía era tan mecánica que el mismo aire olía a electricidad. Reinhard caminó en silencio entre las máquinas y se detuvo ante una pantalla, mirando su gigantesca y brillante superficie en blanco.

“Sí, esto es lo que quería”.

Su voz tenía el tono de alguien que sueña. Puso sus manos sobre la consola y sin dudarlo comenzó a arrancar la computadora.

Sus manipulaciones eran más que deliberadas, como las de un pianista inspirado para tocar un solo improvisado. Pero lo que tocaba, por supuesto, no era música. La pantalla mostró un mapa de estrellas : un sistema galáctico de doscientos mil millones de estrellas fijas. Lo amplió. El territorio de la Alianza de Planetas Libres apareció ante él. El nombre de cada sistema estelar fijo apareció, junto con las rutas que los conectaban: el planeta capital de la alianza, Heinessen; la Región Estelar Astarté, donde una vez había mandado a una flota enemiga dos veces mayor que la suya al olvido; la Región Estelar de Dagón, donde, hace 158 años, la Armada Imperial había sufrido una aplastante derrota; e innumerables otros sistemas estelares fijos, regiones estelares y campos de batalla. Suspiraba por el día en que los conquistaría a todos.

Reinhard se convirtió en una escultura viviente ante la pantalla. Después de un rato, tomó el colgante de plata que colgaba de su cuello, en su palma y, abriéndolo, miró fijamente el pequeño mechón de cabello rojo escondido dentro.

“Vamos, Kircheis. El universo es nuestro “.

Incluso después de la muerte de Siegfried, Reinhard hablaba con su amigo pelirrojo.

Reinhard se echó hacia atrás el cabello dorado, levantó los hombros con orgullo y, con un paso que nadie podía imitar, salió de la sala de ordenadores.

Ese año, el 798 ES, año 489 CI , se había quitado de encima el yugo del pasado en medio de la confusión y la agitación. La humanidad estaba consciente de lo que debía hacer y qué tipo de pedestal ocuparía en el gran museo de historia. ¿Se pueden contar unos pocos entre un total de cuarenta mil millones de personas?

Los gritos de “¡Viva el Kaiser Reinhard!” ahora abrumaban al universo entero. Solo el tiempo fluía imparcialmente para quienes los escucharon como buenos o malos augurios.

El año nuevo,799 ES , 490 CI , estaba llamando a la puerta …

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