Heroes galácticos 4: Estratagema

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Capítulo 1. Trueno

Las mutaciones de la historia y las consecuencias de la victoria se determinan en un mero instante. La mayoría de nosotros vive despreocupadamente en ecos de dichos instantes, mientras estos se retiran en el pasado. Aquellos capaces de reconocerlos son pocos, y aquellos capaces de ponerlos en marcha a voluntad son menos aún. Desgraciadamente son estos últimos los que acaban consiguiendo la victoria, auspiciados por los ejércitos de malicia.

-D. Sinclair.

Conocer el futuro, mediante la directa experimentación del presente y la experimentación indirecta del pasado: Cada uno ofrece su emoción de felicidad, miedo o rabia. Aquellos que viven en el pasado están destinados a ser esclavos del arrepentimiento.

—E. J. Mackenzie

I

Corría el año 489 del calendario imperial. La primavera había llegado de forma tardía, pero vengativa contra el tenaz agarre del invierno decorando las calles de la calle imperial de Odín con una gran manto de flores.

La estación cambió y esas flores se marchitaron, dando paso a un verdor fresco y espeso cuando los vientos marcaron el comienzo del primer rubor vigorizante del verano.

Era mediados de junio, un tiempo del año en el que las temperaturas de las zonas midlatitudinales del hemisferio norte de Odín eran de lo más agradables. Ese día, sin embargo, era inusualmente cálido y húmedo. Las nubes se deslizaban sin rumbo, muy por encima de los niños que corrían por los campos en su camino a casa mientras regresaban de la escuela.

El edificio que albergaba la oficina del primer ministro imperial estaba construido en piedra gris claro y emitía un aura intimidadora que sobrepasaba su propósito. Naturalmente no había sido construido por el actual primer ministro, Reinhard Von Lohengramm. Muchos altos nobles y miembros de la familia imperial habían ocupado tan importante cargo, ejerciendo su autoridad como representantes del poder del Kaiser sobre miles de mundos de estrella fija. Reinhard era el más joven y más poderoso de los que habían ejercido ese cargo en el Imperio. Mientras que sus predecesores habían sido nombrados por el Kaiser, él había sido el primero que hizo que el Kaiser le nombrara.

Una joven melancólica y solemne caminaba a través de los altamente reverenciados pasillos del edificio.

Aunque la cadencia de sus pasos, su atuendo discreto y el corto cabello rubio pálido presentaban la apariencia de un hombre, su maquillaje ligero y la bufanda naranja que asomaba por su cuello traicionaban esa imagen.

Como secretaria jefe del primer ministro, Hildegard von Mariendorf (o Hilda) se había ganado el reverente saludo que recibió de los guardias de Reinhard, que le permitieron entrar en su oficina.

Hilda les dio cálidamente las gracias y buscó al joven y apuesto Reinhard dentro de la oficina. El comandante en jefe de la armada imperial había estado mirando por la ventana, pero movió su lujoso cabello dorado en dirección a Hilda cuando ella entró en la espaciosa habitación. Tenía una figura sorprendente, ataviado con su magnífico uniforme negro adornado en plata.

“¿Le estoy molestando, excelencia?”

“De ningún modo. Me gustaría escuchar lo que quiera decirme, fräulein “.

“Vengo con un mensaje del almirante Kessler solicitando una reunión personal. Dice que es urgente “.

“Ya veo ¿Kessler tiene tanta prisa?”

Ulrich Kessler, que tenía los cargos de jefe de la policía militar y comandante de defensa de la capital, no era una persona carente de defectos, pero no era alguien propenso a dejar que la impaciencia o la confusión sacara lo mejor de él, como bien sabían tanto el primer ministro como su secretaria . La urgencia de Kessler, por tanto no debía ser tomada a la ligera.

“le veré, hágale pasar” Dijo el dictador de facto del imperio, apartándose los rizos dorados de su frente con sus esbeltos dedos. Ni una sola ves había tratado de eludir as responsabilidades de su cargo- un hecho que ni siquiera sus enemigos podían negar.

Mientras Hilda se giraba sobre sus talones una tenue luz esparció sus rayos a través de la ventana. Las gruesas nubes comenzaron a descender en el horizonte para dar paso a un cielo de un enfermizo color blanquecino.

“Truena”

“La oficina meteorológica ha previsto una serie de tormentas eléctricas en la capital. Una molestia atmosférica, la llaman.”

El leve chasquido de una descarga eléctrica en la distancia llegó a sus tímpanos. El sonido se intensificó hasta que un martillo de luz impactó en la escena, enviando legiones de refuerzo en forma de gotas de lluvia a través de los cristales.

Ulrich Kessler era mas bajo y ancho de hombros que su joven maestro. Un hombre atractivo y viril, en mitad de la treintena. Su semblante sin embargo contaba una historia de servicio militar mas larga. Sus cejas estaban salpicadas de blanco y sus sienes estaban prematuramente teñidas de gris, rodeadas por sólido marrón.

“Gracias por acceder a verme con tan poca antelación, Duque Lohengramm. Ha llegado a mi conocimiento que dos extremistas partidarios del viejo régimen aristocrático se han infiltrado en la capital. He venido tan pronto como he recibido la información”

El joven lord , parado junto a la ventana, miró a su subordinado por encima de hombro.

“¿Y como es que ha obtenido esa información?”

“De hecho, su excelencia, fue debido a un informe anónimo”

“¿Un informe anónimo?” Dijo el primer ministro , incómodo. Esas dos palabras eran como insectos nocivos que corrompían el jardín de su alma. El siempre había sido muy cuidadoso al respecto de la inteligencia anónima, pese a conocer su valor.

Un flash plateado serpenteo a través del cielo,en medio de truenos aullantes, rompiendo el silencio como porcelana rota. Sus ominosas reverberaciones permanecieron unos segundos en sus canales auditivos. Antes de que se desvanecieran, Reinhard se forzó y urgió al jefe de la policía militar a continuar con los detalles de su reporte.

Kessler manipuló una caja pequeña, que reveló una imagen holográfica ante el joven primer ministro. Pese a que no era exactamente atractivo, ese rostro pertenecía a un hombre de obvio carácter y pedigrí, uno cuyos rasgos no traicionaban nada de la oscuridad que había tras su sonrisa.

“Conde Alfred von Lansberg, 26 años. Como uno de los nobles que tomaron parte de la Alianza Lippstadt huyó a Phezzan tras la derrota.”

Reinhard asintió en silencio. Recordaba el nombre y el rostro. Había sido un activo participante en numerosas ceremonias, y no había mostrado nunca una pizca de animadversión hacia Reinhard. Más inofensivo que lo contrario, habiendo nacido en la paz de la dinastía Goldenbaum, era un hombre de cultura , un aspirante a erudito que empleaba su energía en poesía mediocre y novelas. La clase de hombre que no ha trabajado un solo día en su vida, pensó Reinhard. Un hombre pobremente preparado para esos tiempos turbulentos. Seguramente, su cercanía con la facción opositora a Reinhard no tenía tanto que ver con un acto de odio, sino que era más el resultado de ser una víctima de su propio pedigrí y los valores tradicionales de los que se consideraba guardián.

El holograma de la cara de Lansberg dio paso a la de un hombre ligeramente más joven que tenía todas las cualidades de un hombre de negocios capaz. Así habló el jefe de la policía militar del C apitan Schumacher.

Leopold Schumacher se había graduado de la academia militar a los veinte años para acceder al rango de capitán una década mas tarde. Siendo de origen plebeyo, había tocado toda su vida en las lineas del frente como segundo violín y al contrario de Wolfgang Mittermeier, había tenido pocas oportunidades en las que distinguirse en su servicio militar. Considerando esto, había llegado sorprendentemente alto en la escala de oficiales.

Dotado de agudos poderes de razonamiento y un rendimiento ejemplar durante las misiones, era mas que capaz de poner en acción y movilizar una gran fuerza. Estaba destinado a llegar lejos.

Reinhard notó con pesar que la codicia había dejado una buena cantidad de problemas en su red. Pero todo lo que le hubiera faltado en recursos humanos, lo compensaba con recursos materiales. Desde que perdiera a su compañero pelirrojo Siegfried Kircheis el año anterior, se había mostrado reacio a enterrar su dolor.

Lo que daba pie a la siguiente pregunta; ¿Por qué el conde Alfred von Lansberg y Schumacher habían abandonado su refugio Phezzaní para infiltrarse en un Odín controlado por el enemigo?”

“Asumo que falsificaron su documentación para volver, y usando nombres falsos, ¿verdad?”

La respuesta de Kessler fue un no categórico. Durante la inspección rutinaria de pasaportes, no habían levantado una ceja. De no ser por el chivatazo anónimo, sus verdaderas identidades podrían no haber sido descubiertas nunca. Y dado que sus pasaportes habían sido emitidos por el gobierno autónomo de Phezzan, Phezzan había sido claramente cómplice en este asunto, urgiendo a Kessler a buscar el juicio político de su Excelencia.

Tras dejar marchar a Kessler prometiéndole más instrucciones, Reinhard volvió su vista al cielo, vociferante con plenitud de rayos y truenos.

“Supongo que sabe que un historiador imperial comparó una vez los estallidos de furia de Rudolf el grande, con los truenos, Fraülein von Mariendorf.”

“Si, lo sé”

“Un símil muy acertado.”

Hilda evitó una respuesta inmediata, estudiando en su lugar la elegante figura del joven primer ministro, cuya solemne atención se extendía más allá de la ventana. Hilda detectó un deje de malicia en la voz de Reinhard.

“En lo que concierne a ese fenómeno que conocemos como trueno…”

Las regias facciones de Reinhard brillaron con la luz de un rayo, haciéndole parecer una estatua de sal.

“su energía se desperdicia en el momento en que se usa. Emite una tremenda cantidad de calor, luz y sonido, pero se enfurece locamente por el simple hecho de hacerlo. Eso es, en definitiva; Rudolf”

Hilda abrió sus bien formados labios pero los cerró sin decir una palabra, suponiendo que su respuesta se alejaba de los pensamientos del propio Reinhard.

“Pero yo no. Jamás seré como él”

Hilda sintió que esas palabras iban dirigidas parcialmente al mismo Reinhard, y parcialmente a otra persona que no estaba presente en la estancia.

Reinhard se giró de cara a la habitación y a la joven aristócrata que allí estaba de pie.

“Fraülein von Mariendorf, ¿Qué piensa? Me gustaría escuchar su opinión”

“¿Respecto a la motivación del regreso del Conde Lansberg a Odín?”

“Si. Podría vivir pasar tranquilamente sus días en Phezzan, escribiendo esas ramplonadas que tiene la audacia de llamar poesía, pero aun así regresa para afrontar cierto peligro ¿Por qué razón?”

“Lansberg siempre fue un romántico”

Aun sin ser tener un sentido del humor prodigioso, a Reinhard pareció agradarle su réplica y su boca se torció, en una amplia sonrisa.

“Respeto tu perspicacia, pero encuentro difícil de creer que ese poeta bueno para nada haya vuelto a su viejo mundo buscando romance. Me inclinaría mas a creerlo si fuera un viejo, pero apenas ha pasado un año desde la guerra civil”

“Como usted dice. La razón para que el Conde Lansberg regrese tendría que ser mucho más significativa como para mereciera la pena correr ese riesgo.”

“¿Y que podría ser entonces?”

Reinhard disfrutaba sus charlas con la sabia noble. No meramente por permitirle estar en la compañía de una mujer, pero porque apreciaba los debates intelectuales que surgían entre intelectuales del mismo rango y el valoraba muy positivamente el estímulo y vitalidad que ella proporcionaba a su forma de pensar.

“Como la historia ha enseñado tantas veces, el terrorismo dirigido al poder fáctico es suficiente para seducir a un romántico y hacerle pasar a la acción ¿Podría ser que en esperanza de satisfacer esa lealtad inquebrantable y sentido del deber, el conde Lansberg ha realizado un movimiento de infiltración decisivo?”

Hilda había respondido correctamente. El año anterior ella había terminado relevando en cierto sentido al difunto Siegfried Kircheis, cuyo valor para la sociedad había sido irreemplazable.

se había hecho cargo de parte del irreemplazable valor para la sociedad

“Por terrorismo, ¿quiere decir que tiene planes de asesinarme?”

“No, creo que es otra cosa”

“¿Por qué?”

Hilda contraatacó a la gran pregunta de Reinhard. Un asesinato era mas bien una forma de redimir el pasado de uno más que una forma de construir un futuro. Si Reinhard fuera asesinado , sería reemplazado por otro y el poder simplemente cambiaría de manos. Una razón por la que los Nobles de la alianza Lippstadt habían sido derrotados era el gran desacuerdo que había tenido lugar entre el Duque Braunschweig y el Marques Littenheim sobre quien debería gobernar en lugar de Reinhard una vez que este fuera depuesto.* Como el Almirante Kessler había sugerido, había razón para sospechar de la implicación de Phezzan en la infiltración del conde Lansberg. El colapso de un poder unificado, como resultado de la muerte de Reinhard solo traería el conflicto social y económico y era la última cosa que Phezzan querría, al menos por ahora.

Ndt: No olvidemos que al inicio de la guerra Lippstadt, Reinhard es comandante en jefe de la armada espacial del Imperio y se convierte en la secretario de armada espacial y ministro de guerra; convirtiéndose en el hombre más poderoso del universo. Pero entonces aun no gobierna, puesto que el poder imperial sigue en manos de Lichtenlade. Hasta el golpe de estado auspiciado por Oberstein, Mittermeier y Reuentahl al final de la guerra civil, que acabó con la purga de la familia Lichtenlade ; Reinhard no gobierna en el imperio.

“Es lo que pienso, ahora mismo. Si Phezzan trata de cometer un acto de terrorismo no será un asesinato sino el secuestro de alguien importante.”

“En ese caso, ¿quien sería el objetivo?”

“Puedo pensar en tres personas”

“Yo sería uno de los objetivos, por supuesto ¿Y los otros dos?”

Hilda miró directamente a sus ojos grises.

“Una de ellas sería la hermana de su excelencia, la Condesa Grünewald”

Nada más esas palabras brotaron de los labios de Hilda , el color se extendió a través de la complexión de Reinhard, preludio de un brote de emoción violenta.

“Si mi hermana sufriera algún daño, haré que ese maldito poeta inútil hubiera deseado haber nacido sin capacidad de sentir dolor. Lo mataré de la forma más cruel imaginable.”

Hilda no veía razón para creer que Reinhard no llevaría a cabo cada palabra de ese juramento.

Si en verdad el conde Alfred von Lansberg había cedido a la tentación de la insubordinación, entonces había desatado al siguiente vengador descarriado.

“Duque Lohengramm, me he sobrepasado en mi informe. Por favor, perdóneme. Apenas hay razones para sospechar de que su hermana sería secuestrada en este caso.”

“¿Y como puede estar tan segura?”

“Porque secuestrar a una mujer para usarla como rehén va contra todo lo que el conde Lansberg cree. Como decía, es un romántico empedernido. En vez de cargar con el ridículo de raptar a alguna doncella indefensa, pienso que tomará otro rumbo. Uno menos aparente.”

“Estás en lo cierto. Quizás el conde Lansberg sea solo un poeta necio, después de todo. Aún así, si Phezzan esta involucrado en todo esto , podría ser un recurso conveniente para un fin. Los Phezannies son realistas en el peor sentido posible. Forzarán la mano del conde Lansberg por cualquier método que les traiga el mayor beneficio con el menor esfuerzo posible.”

Los sentimientos de Reinhard por Annerose, la condesa Grünewald, dominaban constantemente su razón. Esta fortaleza psicológica que había construido en torno a ella, al menos en lo concernían a sus puntos débiles no tenía nada que ver con la incondicional sociopatía de Rudolf el grande, que a veces era conocido como “el gigante de acero”

“Duque Lohengramm, he reducido los posibles objetivos del secuestro a tres. Ya he tachado el nombre de su excelencia de esa lista mental, e incluso si usted fuera el objetivo del conde Lansberg, parece no darse cuenta del hecho de que Phezzan esta tirando de los hilos. También descartaría a la condesa Grünewald, ya que no creo que el conde Lansberg sea siquiera consciente de si existencia. Eso nos deja con el tercer candidato. El único, que me parece reúne todos los criterios.”

“¿Quién sería?”

“Lleva la corona de Kaiser, mientras hablamos.”

Reinhard no pareció sorprendido. Había llegado a la misma conclusión que Hilda, pese a que su tono subrayaba lo inesperado.

“¿Quieres decir que nuestro romántico pretende secuestrar al Kaiser?”

“Dudo que Lansberg lo vea como un secuestro, sino mas bien como el deber de un vasallo leal liberando a su joven Kaiser de las manos del enemigo. Lo haría sin dudarlo.”

“Puedo manejar a un poeta ¿Pero y las otras partes implicadas? ¿Que podrían ganar los Phezzanies del secuestro del Kaiser?”

“Eso no está claro. A menos que por supuesto, la participación de Phezzan permaneciera en la oscuridad.”

“Ahora llegamos a algo” Asintió Reinhard, concluyendo que la posibilidad de las inferencias de Hilda era más que certera. No es que pudiera culpar de Phezzan, considerando su pragmática forma de pensar y la personalidad del conde Lansberg.

“Así que el zorro negro de Phezzan levanta su fea cabeza una vez más. Nunca baila solo, pero toca su flauta en el rincón más oscuro tras las cortinas. Así que ese poeta inútil le sirve como su perrillo faldero.”Murmuró Reinhard teñida de desprecio.

Pese a que Reinhard no sentía simpatía alguna por el “poeta inútil”, tampoco podría celebrar la victoria del terrateniente de Phezzan, Adrian Rubinsky.

“Fraülein Mariendorf, sospecho que fue uno de los agentes de Phezzan el que filtró la infiltración de Lansberg y su gente. ¿Que piensa?”

“Si, creo que su excelencia está en lo cierto”

Por un momento, Hilda esperaba que Reinhard sonriera. En su lugar, el joven primer ministro volvió sus ojos azul hielo una ultima vez a la ventana, con una cara rígida como la roca , perdiéndose en el camino de sus pensamientos

II

Aquel tiempo tan impropio de la temporada, se prolongó hasta el día siguiente, envolviendo el cementerio imperial central en capas de gotas de agua que no eran ni niebla ni lluvia. Incluso las hileras de abetos, que en días claros convertían la luz del sol en haces de cristal, permanecían solemnes en la bruma.

Dejando atrás su vehículo, que la estaba esperando, Hilda caminó por un camino de piedra, sosteniendo un ramo de lirios fragantes dorados. Tres minutos después, llegó a la tumba que la había llevado allí. La tumba estaba lejos de ser magnífica. Incluso la inscripción grabada en la inmaculada lápida blanca era rudimentaria:

Aquí yace mi amigo

Siegfried Kircheis

Nacido el 14 de enero 467 ic

Muerto el 9 de septiembre 488 ic

Hilda se quedó parada frente a la lápida, con sus mejillas blancas cubiertas de lágrimas. Mi amigo.

¿Cuanto tiempo necesitaría la gente para comprender completa y correctamente el peso de esas palabras? Reinhard había pagado al camarada pelirrojo que le había salvado la vida varias veces:

había sido nombrado mariscal imperial, ministro de asuntos militares y comandante en jefe de la armada espacial y se había volcado a la importante tarea de ser el tercer comandante imperial , como muchos otros almirantes antes que él habían soñado en convertirse alguna vez. Reinhard aún lloraba a su amigo pelirrojo y para él la inscripción de la lápida llevaba un significado oculto, más profundo que lo que allí estaba escrito.

Hilda dejó el ramo de lirios sobre la fría, húmeda y plana lápida, preguntándose si la temperatura mejoraría o debilitaría la fragancia de las flores. Incluso de niña, ella nunca se había sentido atraída por flores y muñecas, y su amable (pero corriente) había estado demasiado preocupado con asuntos de gestión del territorio y el entorno como para preocuparse.

Hilda nunca había conocido a Siegfried Kircheis. Pero de no haber sido por su victoria en la rebelión Kastropp que había tenido lugar dos años antes, el padre de Hilda, Franz von Mariendorf podría no haber sobrevivido. Ella sentía que le debía algo, al menos. Justo antes de la guerra Lippstadt, Hilda había persuadido a su padre para negociar con Reinhard , trayendo paz al condado Mariendorf y rescatando a la casa de las garras de la muerte. Hilda tampoco había sobrestimado sus propio servicio meritorio.

Siegfried Kircheis no había tenido parangón en cuanto a habilidades, perspicacia y lealtad. Había asistido a Reinhard como consejero y ganado los más altos galones en campañas como la misma rebelión Kastropp, La batalla de Amritzer, y la guerra Lippstadt. Si hubiera seguido con vida, quien diría como y por medio de que hazañas monumentales podría haber cambiado el curso de la historia por medio de sus operaciones anti alianza.

Sin embargo, como hombre, no había sido perfecto, y ciertamente habría cometido algunos errores en el camino, como resultado, sobre todo, de posibles conflictos de emociones y choques de ideales con el propio Reinhard. De hecho, se habían enfrentado a menudo. Cuando Kircheis había salvado a Reinhard a costa de su vida, estaba desarmado. Hasta entonces, solo a Kircheis se le había permitido portar las armas prohibidas a otros. Cuando Reinhard revocó ese privilegio, tratando a su amigo pelirrojo como lo haría con cualquier otro subordinado, la tragedia de todo esto desgarró al rubio dictador con garras de remordimiento. La masacre de Westerland también había abierto una brecha entre ellos, dejando una sensación de pesar inconmensurable y sin resolver.

Hilda negó con la cabeza. Diminutas gotas de agua se pegaron a su corto cabello rubio. Sus hombros cargaban con un peso desagradable. Miró el epitafio una vez más. A pesar de ser un regalo del corazón, tal vez los lirios no eran apropiados para Siegfried Kircheis. Quizás eran un presagio. Tal vez necesitaba aprender más sobre flores.
Hilda se volvió y se fue. Había venido aquí con gran esfuerzo y se había ido sin encontrar palabras para honrar a los muertos.

Ndt: (En el original, los lirios “golden rayed lilies” que Hilda le lleva, se corresponden a una especie nativa de Japón (Lilium auratum, yama yuri o lirio de las montañas, debido a que florecen en julio en las montañas de la isla de Honshu). Desafortunadamente, no conozco el significado específico de la flor .)

Situada en la parte occidental del centro de la capital imperial, la zona montañosa de Freuden se extendía durante seis horas en vehículo terrestre. Las crestas de las montañas se unieron en un solo punto desde tres direcciones, chocando en retorcidas olas de roca. Se habían formado profundos barrancos y cadenas de lagos donde se cruzaban las cordilleras y las vías fluviales. En elevaciones tan altas, la flora mixta daba paso a las coníferas y a los rebeldes racimos de vegetación alpina que parecían besar el cielo, maquillados por el brillo del arco iris de la nieve perpetua golpeada por la luz del sol.

Los pastos y campos de flores naturales salpicaban la tierra entre los bosques y promontorios, afirmándose sin pretensiones como lugares ideales para las villas de montaña que los adornaban. Estas villas, casi sin excepción, pertenecían a la realeza, aunque la mayoría de sus propietarios habían fallecido durante la guerra de Lippstadt. Eventualmente serían entregadas a ciudadanos laicos, pero por ahora simplemente estaban allí, abandonadas y desatendidas.

La villa de Annerose, la condesa Grünewald, estaba situada en una península en forma de Y que sobresalía en medio de un lago.

Una puerta de encina se alzaba, abierta; en la base de la península. En ese punto Hilda se bajó del coche de tierra. El suboficial que estaba sirviendo como su chófer hizo hincapié en lo tarde que era y la distancia que la separaba de la casa. La animó a usar el coche, pero ella lo rechazó.

“Está bien. Me dará una oportunidad de estirar las piernas”

A Hilda le parecía un crimen no deleitarse en esa atmósfera, tan fría y refrescante, como dulce.

El camino sin pavimentar se inclinaba ligeramente entre espesuras de avellanos a través de los cuales se filtraba el rumor de un arroyo que corría a lo margo del camino.

Acompañada de su conductor y con un paso gallardo- Una característica que su futuro biógrafo seguramente recalcaría- Hilda camino por algún tiempo antes de pararse en una curva del camino. Los arboles terminaron revelando una fragante pradera en la que se alzaba una elegante casa de madera de dos plantas. Hilda caminó lentamente hacia la hermosa y esbelta joven que estaba de pie frente a la casa, cuidándose de no asustarla.

“La condesa Grünewald, supongo”

“¿Y tu eres?”

“Hildegard von Mariendorf, secretaria privada de su excelencia el Duque Lohengramm; a su servicio. Estaría muy agradecida por su tiempo.”

Esos ojos azul oscuro evaluaron a Hilda en silencio. Sus miradas se encontraron, a pesar de una vaga tensión había comenzado a arraigar en ellos. Aquí hay alguien, pensó Hilda, que no tiene una pizca de espíritu combativo en su cuerpo y contra la cual, el engaño y la estrategia serían fútiles.

“¡Konrad!”

Un joven emergió de la villa inmediatamente. El cabello dorado del sirviente de Annerose en todas sus sutiles variaciones brillo en la luz desvaneciente del crepúsculo. No parecía tener más de catorce años.

“¿Me llamó, Lady Annerose?”

“Tenemos una invitada a la que debo atender. Acompaña al conductor al comedor ¿quieres? Y dale de cenar.”

“Enseguida, Lady Annerose.”

Mientras el conductor se marchaba con el chico (cuya expresión es una mezcla de gratitud y anticipación), Annerose llevó a su inesperada invitada a un acogedor salon (aunque anticuado) con una chimenea.

“Condesa, ¿no es el chico del Vizconde Moder?”

“Si. Es todo lo que queda de la familia Moder.”

Hilda sabía que ese era el nombre de una de las familias de nobles contra las que Reinhard había luchado. Por algún giro del destino, Annerose se había convertido en su guardián.

Mirando por la ventana, vio la puesta de sol. Un rayo de luz cayó del cielo, tejiendo una banda de oro alrededor de un bosque de hayas distantes hasta desaparecer. El cielo pasó de lo profundo a lo oscuro, y en poco tiempo las siluetas de los árboles eran indistinguibles contra su extensión. Las estrellas llenaban la noche con su luz dura, haciendo que pareciera que todo lo que tenía que hacer era despegar una capa de atmósfera para tocar el cosmos. De día, el cielo pertenece a la tierra; por la noche, pertenece al universo; Hilda recordaba haberlo oído una vez. El hermano menor de Annerose había librado una batalla en ese mismo mar de estrellas, había conquistado algunas de ellas y se estaba preparando para otra ronda.

Las llamas bailaron vigorosamente en la chimenea. La primavera y el verano llegaron a estas montañas dos meses más tarde que en el centro de la capital, mientras que el otoño y el invierno llegaban dos meses antes. El aire crepuscular creció por segundo de frío a helado, contra el cual el fuego brillante parecía un abrigo grueso cosido de carne y espíritu humanos. Hilda se sentó en el sofá y, no queriendo ser descortés, ahogó un suspiro de satisfacción. La relajación era un lujo que no podía permitirse. Después de que Hilda divulgara el motivo de su visita, la hermosa condesa desvió la mirada con gracia.

“Así que Reinhard insiste en protegerme ¿no?”

“Si. El duque Lohengramm tiene razones para temer que usted podría convertirse en un objetivo para los terroristas. Él esperaba que usted podría regresar y vivir con él, pero dijo que probablemente nunca accedería. Al menos, espera que le permitirá colocar algunos guardias armados en el perímetro de Freuden”

Hilda espero que Annerose hablada. Hilda no esperaba una respuesta inmediata y sabía que era mejor no forzarla.

Reinhard le había dicho lo que podía esperar, de una manera menos propia de un dictador que de un niño pequeño genuinamente preocupado por la seguridad de su hermana mayor. Podría haberla visitado él mismo, pero sabía que ella no lo habría visto, por lo que le había confiado el asunto a Hilda.

Es por ella que vivimos en el mundo que vivimos, pensó Hilda, incapaz de contener cierto asombro. La encantadora Annerose, cuya suave modestia daba la impresión de la luz del sol de principios de primavera, fue la piedra angular de su generación. Doce años atrás, mientras estaba alojada en uno de los palacios del difunto Kaiser Friedrich IV, fue cuando se rompió la presa. Los historiadores del futuro dirían lo mismo, que la caída de la dinastía Goldenbaum había sido puesta en marcha por esta única criatura elegante. Si no fuera por su hermana, el precipitado ascenso al poder de Reinhard von Lohengramm habría sido imposible. Nadie alteró la historia y el mundo por capricho. Como el polen transportado a un paisaje árido en previsión de nuevas flores, su florecimiento dependía del viento.

Por fin, Hilda tuvo su tímida respuesta.

“No tengo la necesidad de ser protegida, ni tengo el valor que justifique mi protección, Fraülein.”

Hilda y Reinhard habían anticipado esa respuesta. Como aquella a la que el primer ministro había confiado su petición, Hilda estaba preparada para cambiar su parecer.

“Con el debido respeto, condesa. Usted necesita ser protegida y merece dicha protección. Al menos así lo piensa el Duque Lohengramm. Nos aseguraremos de que su tranquila vida no cambia en lo más mínimo ¿No permitiría, al menos algo de protección extra alrededor de la villa?”

La prudente sombra de un sonrisa se asomo en los labios de Annerose.

“No hablemos más del presente. Nuestro padre, tras derrochar su modesta fortuna termino perdiendo su finca y mudándose a una pequeña casa de los suburbios. Eso fue hace doce años. Sentíamos que lo habíamos perdido todo, pero también conseguimos nuevas cosas para reemplazar lo perdido. El primer amigo de Reinhard fue un chico alto con un fiero cabello rojo y una sonrisa amable. Le dije a ese chico , “Sieg, se un buen amigo para mi hermano, ¿de acuerdo?”

Los troncos crepitaron en la chimenea con un chasquido sonoro. Las llamas naranjas danzaron, moldeando las sombras de aquella que hablaba, y aquella que escuchaba.

Escuchando a la hermosa condesa hablar, Hilda vio aquel pequeño rincón de las afueras reconstruido ante sus mismísimos ojos. Allí estaba una muchacha adolescente, esgrimiendo aquella misma sonrisa transparente, y un chico pelirrojo cuya cara estaba tan roja como su pelo. Y había otro chico mirándolos como un ángel que había perdido sus alas, agarrando la mano de su amigo pelirrojo y diciendo con una convicción que estaba más allá de su tierna edad “ Está decidido entonces. Siempre estaremos juntos.”

“El chico pelirrojo cumplió esa promesa. No, hizo más de lo que jamás podría haber esperado- Algo que nadie mas podría haber hecho por mi. – He despojado a Siegfried Kircheis de su vida, de su existencia al completo. Se ha marchado de este mundo mientras que yo continuo viviendo en el.”

Hilda no dijo nada.

“Soy una pecadora.”

Aun con toda su experiencia con diplomáticos elocuentes, tácticos astutos o severos abogados del estado, esta era la primera vez que Hilda se había visto sin saber que decir.

Sabiendo que discutir era inútil, se mantuvo firme, calmada y sin vergüenza.

“Condesa Grünewald, por favor perdóneme por hablar de este modo, pero aún así hablaré en estos términos. Si algo fuera a pasarle por culpa del terrorismo de los viejos nobles, ¿estaría contento el Almirante Kircheis en el Valhalla?”

Bajo ninguna otra circunstancia, Hilda se habría rebajado a una aproximación tan carente de tacto. Nunca había dejado que las emociones la dominaran. En este caso, sin embargo, parecía ser la única manera.

“Además, le imploro que piense no solo en los muertos, sino también en los vivos. El Duque Lohengramm no tendrá salvación , condesa ,si lo abandona. El almirante Kircheis era demasiado joven para morir ¿Pero no piensa que el Duque también lo es?”

Algo mas aparte de la luz de la chimenea tembló en la cara blanca como la porcelana de la condesa.

“¿Está diciendo que he abandonado a mi hermano pequeño?”

“Creo que el Duque Lohengramm quiere cumplir su deber hacia usted. Si aceptara sus deseos, podría pensar que su existencia todavía significa algo para su hermana. Y eso es increíblemente importante no solo para el Duque Lohengramm, sino para todos.”

Annerose se giró despreocupadamente hacia la chimenea, pero su atención parecía lejos de las llamas que allí se retorcían.

“¿Cuando dice todos, se incluye a si misma, Fraülein?”

“Si no lo negare. Y mas importante, hay muchas más personas ahí fuera. Duro que los veinticinco mil millones de ciudadanos del imperio galáctico quieran ver como su soberano cae en la ruina.”

Annerose se quedo sin habla.

“Ha asegurado repetidamente que su forma de vida no sera interrumpida de forma alguna. Y así, le pido que le conceda al Duque Lohengramm- No a Lord Reinhard- este deseo. Después de todo, todo lo que ha perseguido en su vida, ha sido buscando su bienestar.”

Por unos momentos, el tiempo fluyó en silencio entre ellas.

“Estoy muy agradecida por su preocupación, Fraülein, y por tener en tanta estima a mi hermano menor.”

Annerose miró a Hilda y sonrió.

“Fraülein von Mariendorf, lo dejo todo a su discreción. No tengo intención de dejar mi villa de montaña, así que por favor, haga lo que sienta que es mejor.”

“Le estoy eternamente agradecida, condesa Grünewald.” dijo Hilda de corazón.

Quizás Annerose no quería ninguna clase de molestia, pero aun así había aceptado.

“Y por favor, de ahora en adelante llámeme Annerose.”

“Lo haré. Por favor, llámeme Hilda.”

Hilda y su conductor pernoctaron esa noche en la villa de Annerose. Cuando Hilda entró en el espléndido dormitorio de la planta superior, Konrad le subió una jarra de agua.

“¿Puedo preguntarle algo?”

“Por supuesto, pregunta”

“¿Por qué no deja tranquila a Lady Annerose cuando todo lo que desea es vivir en paz? Soy el único que necesita a su lado para protegerla. Cualquier otro solo estorbará.”

Hilda miró al chico a los ojos (rebosantes de rabia, duda y un cierto aire de valentía) con amabilidad. Su corazón estaba libre de tachas egoístas, no había experimentado los estragos del tiempo.

“Entonces dejame prometerte esto a ti cambien: Lady Annerose no se verá molestada en lo más mínimo. Los guardias no pondrán un pie dentro de la finca y no se entrometerán en tus deberes. Entiende que no eres el único que desea proteger a Lady Annerose.”

Konrad se inclinó en silencio y se marchó, mientras Hilda se rascaba la cabeza de corto cabello rubio e investigaba la habitación. Como el salón de la planta baja, era algo limitado pero tenia un modesto encanto particular. Los cojines y el mantel habían sido hechos a mano, claramente producto de la señora de la casa. Hilda abrió la ventana, para echarle un vistazo al cielo nocturno que para ella era tan angosto que las estrellas parecían tocarse entre sí.

Mira como la luz de las estrellas más brillantes oculta a las débiles, pensó Hilda. Tales son las maneras de este mundo y las historias de la gente que en el vive. No pudo evitar sonreír amargamente ante su propio y necio deseo de paz. Al menos allí en esa habitación el calor y el confort eran algo dado. Atendiendo a la llamada de Hypnos, Hilda bostezó y cerró la ventana.

III

En contraste con el viaje de Hilda a las montañas Freuden, el trabajo de Reinhard era decididamente prosaico. Los asuntos relacionados con el trabajo eran de naturaleza practica y cuando concernían una batalla diplomática con el terrateniente Adrian Rubinsky, ampliamente conocido como el formidable “ Zorro negro de Phezzan”, y sus agentes, el sentimentalismo no era una opción. Ya que Reinhard no creía en lo más mínimo en los estándares político-morales de los líderes Phezzanies, había anticipado que las negociaciones serían nada más que un ejercicio de egoísmo por su parte. Un militar, sería siempre un militar. Un mercader, sería siempre un mercader. Y un villano, sería siempre un villano. Y había aprendido a tratar a cada uno de forma acorde. Los Phezzanies, con todos sus talentos y recursos no debían ser subestimados, sino temidos por derribar cualquier cosa que se entrometiera en su camino

El Comisionado Boltec fue convocado por Reinhard en la tarde del 20 de Junio. Boltec había estado quejándose acerca de las especias de su schnitzel de salchicha Phezzaní, y se alegró cuando el mensaje de Reinhard interrumpió su almuerzo por medio de un policía militar. El escote del traje de dos piezas que llevaba su secretaria tampoco le ponía precisamente de mal humor.

Mientras se aproximaba a la oficina del primer ministro, sus músculos faciales se redistribuyeron para crear la mascara de un hombre escrupuloso. Como un aspirante a actor, le dolía a Boltec pensar que sus talentos para tal exquisito arte no serían reconocidos.

“En primer lugar, me gustaría que me confirmara algo” dijo Reinhard, ofreciendo una silla a Boltec mientras el mismo se sentaba. El tono de su voz era intimidante pero refinado.

“Por supuesto, Excelencia ¿De que se trata?”

“¿Está usted investido de toda la autoridad del Terrateniente Rubinsky o es solo su lacayo?”

Boltec observó al elegante primer ministro con humildad, solo para encontrar un agudo escrutinio.

“¿Y bien?”

“Lo segundo, como es costumbre; su excelencia.”

“¿Como es costumbre, dice? Ignoraba que los Phezzanies valorasen la forma por encima de la sustancia.”

“¿Debería tomar eso como un cumplido?”

“Tómelo como usted quiera”

“De acuerdo”

Boltec se movió en su asiento. Reinhard extendió los bordes de su boca en una leve sonrisa, lanzando su primer tiro de forma casual

“¿Que quiere Phezzan exactamente?”

Boltec se esforzó por mantener su discreta actuación, mirando con los ojos muy abiertos.
“Con el debido respeto, Excelencia, no tengo idea de lo que está hablando”.
“Oh, ¿no lo sabe?”
“No. Sea lo que sea, no estoy en condiciones de … “
“Es molesto escucharle. Para que una obra de teatro de primer nivel se convierta en un drama de primer nivel, se requiere un actor de primer nivel. Pero su actuación es tan transparente que le quita toda la diversión, ¿no cree? “

“Eso es un poco duro” Sonrió Boltec desvergonzadamente, pero Reinhard sabía que no se despojaría de su mascara o sus guantes en cualquier momento.

“De acuerdo, déjeme preguntárselo de esta forma: ¿Qué gana Phezzan con el secuestro del Kaiser?”

Boltec se quedó sin habla.

“ O me pregunto….si acaso piensa que el Conde Lansberg está escasamente dotado para la tarea.”

“Estoy impresionado ¿Era tan obvio?”

Pese a que no estaba claro si hablaba de corazón o siguiendo un guion, Boltec miró aún así a Reinhard con admiración, admitiendo su derrota.

“Entonces, naturalmente, su excelencia es consciente de que eso fue filtrado por un agente Phezzaní”

Sin ver una razón para responder, Reinhard centró sus gélidos ojos azul hielo en el comisionado con indiferencia. La sangre de Boltec se heló en sus venas.

“En ese caso, Excelencia, puede estar seguro de que le he dicho todo lo que se.” Boltec se inclinó hacia delante. “En nombre del gobierno Phezzaní, le ofrezco humildemente nuestra cooperación en los designios de su excelencia para el gobierno total.”

“¿Es esa la intención de Rubinsky?”

“Si”

“Y vuestra obertura para tan profesada cooperación es ayudar a las reliquias de la alta nobleza en la tarea de secuestrar al Kaiser ¿Podría explicármelo?”

Boltec dudó, pero decidió jugar la carta que había estado guardándose para el momento adecuado. Bajó la guardia y habló con franqueza.

“Esto es lo que pienso. El conde Alfred von Lansberg está salvando a su Kaiser, Erwin Josef II de las manos de un vasallo traidor. Al menos es lo que se dice a sí mismo mientras que para el resto del mundo, el Kaiser está desertando a la Alianza de planetas libres vía Phezzan para establecer un gobierno en el exilio. Por supuesto, será una farsa, pero sé muy bien que usted, Duque Lohengramm jamas toleraría tal situación.”

“Continúe”

“Su excelencia, ¿de veras necesito deletrear como esto le daría la justificación necesaria para suprimir la Alianza de planetas libres?” Sonrió Boltec. Parecía estar complaciendo a su interlocutor, pero no era realmente el caso.”

El Kaiser de 7 años, Erwin Josef II estaba fuera del control de Reinhard. Eso era verdad. Era indudable que ese muchacho, que cuidaba temporalmente el trono que un diría Reinhard usurparía, había sido coronado como Kaiser. Pero su edad suponía un gran problema. Si la usurpación venía acompañada de derramamiento de sangre, sería conocido a lo largo de la historia como un infanticida. Ndt (regicida también XD)

El valor de la carta del Kaiser era discutible mientras Reinhard la tuviera en su mano. Si pasaba a manos de la alianza, podría ser jugada como un malicioso comodín capaz de destruir la misma alianza desde dentro.

Si, como Boltec había sugerido, el Kaiser buscaba refugio en la alianza, Reinhard tendría una causa justa definitiva que esgrimir para invadir la alianza. No le importaba ser acusado del secuestro del Kaiser o, de ser cómplice del complot reaccionario de la alta nobleza para estancar la revolución social en el imperio. De cualquier manera, las circunstancias estaban a su favor. Se garantizaba que la opinión pública estaría dividida sobre el Kaiser. Incluso esto sería una gran ventaja para Reinhard. No solo militarmente, sino también políticamente. La oferta de Phezzan, asumiendo que fuera genuina, era un favor muy bienvenido.

“ Entonces, ¿qué recomienda? ¿Se espera de mi que incline la cabeza en deferencia a la buena voluntad de Phezzan?

“Detecto cierto cinismo” Dijo Boltec.

“Entonces dígame, evitando evasivas y términos inciertos…. Que quieren que haga. Pincharnos los unos a los otros es divertido hasta que acabas lleno de agujeros”

Incluso Boltec, lleno de recursos como era, no podía evadir el ataque de Reinhard.

“Iré al grano, Duque Lohengramm. Debe hacerse con la autoridad secular y toda la hegemonía militar y política que implica. Phezzan tiene la intención de monopolizar los intereses económicos del universo, en particular los canales de distribución interestelares y de transporte mientras que estén bajo el control de su excelencia. ¿Le gusta la idea?”

“No es un mal plan, pero se olvida de una cosa ¿Que pasará con el estatus político de Phezzan?”

“Esperamos que su excelencia considere el auto-gobierno, bajo términos de Suzerania. El set y el decorado son los mismos, solo cambia el director.”

“Lo pensaré. Pero aun así, si la alianza no acepta al Kaiser, no importa lo superlativo del drama. El complot no avanzará ¿Qué piensa en ese sentido?”

Boltec respondió con una autoconfianza que rayaba la insubordinación.

“Con respecto a eso, quédese tranquilo que Phezzan se encargará de eso. Haremos lo que sea necesario.”

Con que solo hubiera un solo diplomático con cabeza fría en la alianza, podrían usar al Kaiser como su carta de triunfo en su diplomacia anti-imperial. Desafiando toda crítica humana o sentimental, el Kaiser sería devuelto directamente a manos de Reinhard. Reinhard no solo no tenía ninguna razón para negarse, sino que se vería obligado a aceptar un comodín inútil si no tenía cuidado. Phezzan podría protegerlo. Reinhard no pasó por alto lo absurdo de no propagar el fuego que había iniciado. Era hora de que subieran la apuesta.

“Comisionado, si Phezzan desea hacer un pacto conmigo, hay algo más que debe concederme”.

“¿Y qué podría ser eso?”

“Debería ser obvio. Debe garantizar a la marina Imperial libre acceso a través del corredor Phezzan.”

El comisionado de Phezzan no pudo ocultar su sorpresa, puesto que nunca había esperado que el futuro se decidiera con tanta determinación en ese instante. Miró hacia otro lado, vacilando momentáneamente por todos los cálculos y decisiones que corrían por sus sinapsis. Un ataque imprevisto reveló un punto débil en la barrera protectora del comisionado.

“¿Esperaba acaso otra cosa?¿Le ha comido la lengua el gato?” La fría y magnífica risa de Reinhard llovió sobre Boltec.

El comisionado apenas podía controlarse. “No tengo la libertad de responder de inmediato a esa cuestión, excelencia”.

“¿No dijo que me ayudaría en mi búsqueda de la hegemonía? Debería estar más que dispuesto a cumplir con mis demandas. Dado que tengo muchas justificaciones para invadir, sería inútil cerrar ese camino “.

“Pero…”

“Está sudando, comisionado ¿Es posible que su verdadera intención sea marcar un camino a lo largo del Corredor Iserlohn con cadáveres de soldados imperiales, dejando que Phezzan coseche los beneficios mientras el resto de nosotros estamos ocupados luchando? No lo dejaría pasar “.

“Ahora está pensando demasiado en el asunto, Su Excelencia.”

La débil protesta del comisionado no se registró en ninguna parte del radar de Lohengramm. La risa de Reinhard golpeó el tímpano de Boltec como una cuerda de arpa pulsada, más aguda que una aguja.

“Muy bien entonces. Phezzan tiene sus propios intereses y opiniones. Pero también es el caso con el imperio y la alianza. Si dos de estos tres poderes combinaran fuerzas, lo mejor para Phezzan sería ser uno de ellos, ¿no es así? “

Con esas palabras, Reinhard se había ganado a Boltec. El joven dictador rubio tenía el imperio y la alianza en la palma de su mano y había insinuado la posibilidad de aniquilar a Phezzan. Boltec supo, con cada fibra de su ser, que Reinhard no entregaría su liderazgo a nadie.

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